En la casa de la tía carmen continúa la acción
La tía Carmen nos ve.
Fran observaba cómo Ángelica se levantaba del sofá con una gracia felina, sus caderas balanceándose suavemente bajo la tela ajustada de su vestido de verano. El sol de la tarde se filtraba por las persianas de la sala, dibujando rayos dorados en el suelo de madera mientras el aroma a café recién hecho aún persistía en el ambiente. Una sonrisa pícara se dibujó en los labios de Ángelica, esa sonrisa que Fran había aprendido a reconocer como preludio de alguna travesura.
«Ven,» susurró ella, extendiendo una mano hacia él. Sus dedos, largos y delicados, se movieron con una invitación tácita que no requería palabras. Fran se levantó sin dudar, sintiendo cómo la sangre comenzaba a bombear con más fuerza en sus venas, cómo un calor familiar se extendía por su abdomen.
Ángelica lo guio por el pasillo, sus pasos silenciosos en la alfombra antigua. Las paredes estaban decoradas con fotografías enmarcadas de la familia, testigos mudos de los momentos compartidos en esa casa. Fran podía oír el suave murmullo del aire acondicionado y el lejano sonido de tráfico desde la calle. Cada paso los acercaba más a la habitación de la tía Carmen, esa puerta cerrada que siempre había representado un límite, un espacio sagrado al que solo se entraba con permiso.
La mano de Ángelica se cerró sobre la perilla de bronce, girándola con una decisión que no admitía dudas. La puerta se abrió con un suave chasquido, revelando el interior de la habitación. El aire allí era diferente, más denso, cargado con el perfume característico de la tía Carmen —una mezcla de lavanda y polvos de talco— y el aroma más sutil de sus pertenencias personales.
debajo de su vestido, dejándolas caer al suelo junto a la cama.
Luego, con una lentitud tortuosa, comenzó a bajarse sobre él. Fran sintió cómo el calor de ella se acercaba, cómo sus labios se abrían para recibirlo. El primer contacto fue eléctrico, una descarga de placer que recorrió todo su cuerpo. Ángelica se detuvo allí, con solo la cabeza de su erección dentro de ella, moviendo sus caderas en círculos lentos que lo volvían loco de deseo.
«Por favor,» susurró Fran, sus manos agarrando las sábanas a ambos lados de su cuerpo. Necesitaba más, necesitaba sentirla completamente.
Ángelica sonrió, esa sonrisa pícara que había iniciado todo, y luego se dejó caer, tomando toda su longitud en un solo movimiento que los hizo gemir al unísono. El ajuste era perfecto, cálido y apretado, como si su cuerpo hubiera sido diseñado específicamente para el de él. Ella se quedó inmóvil por un momento, adaptándose, permitiendo que ambos saborearan la sensación de estar completamente unidos.
Entonces comenzó el movimiento. Lento al principio, casi imperceptible, luego aumentando gradualmente el ritmo. Ángelica se apoyó en las manos que había colocado a cada lado de la cabeza de Fran, usando sus brazos para controlar la profundidad y velocidad de cada embestida. Sus pechos se balanceaban con el movimiento, los pezones erectos visibles a través del tejido del vestido.
Los gemidos de Ángelica comenzaron a llenar la habitación, sonidos guturales y sin filtros que hablaban de placer puro. Cada vez que se hundía sobre él, emitía un pequeño grito que se convertía en un gemido más largo cuando se levantaba. Fran podía sentir cómo las paredes internas de ella se contraían alrededor de su erección, cómo cada movimiento parecía diseñado para maximizar el placer de ambos.
«Más rápido,» pidió él, sus manos subiendo para agarrar sus caderas, guiarla, controlar el ritmo aunque él estuviera debajo. Ángelica obedeció, aumentando la velocidad hasta que sus cuerpos se encontraban con sonidos húmedos y rítmicos que se mezclaban con sus gemidos y respiraciones agitadas.
El peligro de ser descubiertos añadía una capa adicional de excitación a todo. Cada vez que oían un ruido desde fuera —el lejano cierre de una puerta, el sonido de un coche en la calle— sus cuerpos se tensaban momentáneamente antes de relajarse de nuevo, más excitados que antes. La posibilidad de que la tía Carmen regresara inesperadamente convertía cada segundo en una carrera contra el tiempo.
Ángelica cambió la posición, inclinándose hacia atrás para cambiar el ángulo de penetración. Este nuevo movimiento permitió que la base del miembro de Fran presionara contra su clítoris con cada embestida. Sus gemidos se volvieron más altos, más desesperados. Fran podía ver cómo su abdomen se contraía, cómo las venas de su cuello se marcaban con el esfuerzo y el placer.
un ritmo que se aceleraba gradualmente. Su mano continuaba trabajando la base, complementando los movimientos de su boca. Fran podía sentir cómo el orgasmo se construía nuevamente, esta vez más rápido, más urgente.
«Ángelica,» advirtió él, sus caderas comenzando a moverse involuntariamente, empujando hacia su calor. «Estoy a punto de…»
Ella no se detuvo. Si acaso, aumentó la velocidad, sus movimientos volviéndose más desesperados. Fran sintió cómo sus testículos se contraían, cómo una ola de calor comenzaba en la base de su columna y se extendía por todo su cuerpo.
Fue en ese preciso momento cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe.
«Tía Carmen,» pensó Fran con pánico, pero su cuerpo ya estaba demasiado lejos en el viaje del placer para detenerse. La figura de la tía Carmen se recortaba en el marco de la puerta, sus ojos abiertos con sorpresa mientras observaba la escena: su sobrina de rodillas, con la boca llena de la erección de Fran, mientras él eyaculaba con una fuerza que hizo temblar todo su cuerpo.
Ángelica no se movió, simplemente continuó tragando, sus ojos cerrados en concentración mientras la tía Carmen observaba, inmóvil, en el umbral. El silencio en la habitación era roto solo por los jadeos de Fran y los suaves sonidos de Ángelica limpiándolo completamente.
Cuando Fran finalmente abrió los ojos, la tía Carmen todavía estaba allí, su expresión imposible de leer en el sembrío de la habitación.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!