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Heterosexual, Incestos en Familia, Orgias

Entre varios jóvenes se cogían a mi esposa embarazada.

Esposa es adicta a las vergas jóvenes. .
Hola, amigos. Soy Pedro, ingeniero de profesión, y trabajo en la construcción de carreteras. Tengo poco más de un año de casado con una mujer a la que le gustan los jovencitos.

 

Hace un año, por motivos de trabajo, viajé a un pueblo. En la tienda local conocí a quien hoy es mi esposa; desde que la vi, me cautivó. Su belleza y su color de piel contrastaban mucho con los habitantes del lugar.

 

Su padre, dueño de la tienda, se había casado con una extranjera, por lo que ella heredó muchos rasgos de su madre: era güerita, de ojos azules y cabello castaño claro. Aunque no era muy alta, tenía un cuerpo bonito y, a sus 31 años, estaba en su plenitud.

 

Cuando entré, la vi vacilando con un grupo de muchachos; su risa, su coquetería y su buen trato me encantaron. Me enteré por la gente que era recién divorciada, y yo me preguntaba: «¿Quién sería el idiota que dejó ir a tan hermosa mujer?». En menos de un mes ya éramos novios y, sin saber mucho de ella, a los dos meses nos estábamos casando y la traje a la ciudad.

 

Los primeros días pasamos noches de verdadera pasión, ya que me resultó muy fogosa; a todas horas quería estar copulando. Yo era feliz disfrutando de esa belleza que era mía.

 

Al segundo mes quedó embarazada; su pancita empezó a crecer y sus enormes pechos se fueron poniendo más grandes, con sus areolas y pezones rosaditos. A los cinco meses de embarazo dejé de tener relaciones con ella por temor a lastimarla a ella o al bebé, pues habíamos sido muy activos.

 

Por esos días vino mi sobrino, hijo de mi cuñada, a presentar su examen de admisión a la universidad y a tomar un curso. Con sus 19 años, le tuve confianza.

 

 

Debido a mi trabajo, tuve que ausentarme un tiempo, dejándolos solos. Después, por las lluvias, tuve unos días libres y aproveché para regresar a casa sin previo aviso, ya que quería darle una sorpresa a mi esposa. Cuando iba llegando, vi la casa a media luz y supuse que ella estaría descansando en la recámara.

 

Subí despacio y, a punto de abrir la puerta, oí gritos escandalosos y aplausos. «¡El brasier, el brasier!», decían a coro varias voces. Busqué por dónde asomarme y la apertura de una ventana me permitió ver.

 

Mis ojos se desorbitaron; no podía creer lo que veía: mi esposa embarazada en plena orgía con mi sobrino y tres de sus amigos. Algunos semidesnudos y otros completamente sin ropa, jugaban a la botella y pedían que mi esposa se quitara el brasier.

 

Ella, con movimientos sensuales, se lo quitó, liberando sus pechos ante aquellos chicos; se veía excitada, ya que sus pezones estaban erectos.

En ese momento sentí ganas de entrar y sacarlos a patadas a la calle, incluyéndola a ella.

 

Sin embargo, algo más fuerte que yo me hizo quedarme ahí a ver hasta dónde llegaba aquello. Una vez desnudos todos, mi mujer se acostó en la cama de lado, con la cabeza hacia la orilla. Un chico se subió por el frente y mi sobrino por detrás, mientras otros dos se acomodaban frente a frente, cerca de la cara de mi esposa.

 

En pocos minutos aquello era un caos; uno le daba por delante y otro por detrás, mientras mi esposa se ocupaba con su boca de los otros dos.

 

Sin darme cuenta, mi virilidad ya estaba dura, palpitando fuerte; mi corazón estaba desbocado y gruesas gotas de sudor corrían por mi frente.

 

Ahí estaba la mujer que juró amarme siempre, convertida en alguien que devoraba aquellas vergas juveniles pidiendo a gritos más.

Aquello era un concierto de gemidos y gritos de placer.

 

Mi boca seca y mi corazón desbocado eran acompañados por el sonido rítmico que hacían sus nalgas al chocar con los muslos de los chicos. A pesar de su panza, ella se movía con facilidad mientras sus enormes pechos se bamboleaban.

 

Cuando me di cuenta, me había venido en mis pantalones, pero seguía excitado. Los chicos se vaciaban una y otra vez, llenándola de semen desde la cabeza hasta los pies. Se veía asquerosamente excitante cuando un chico se venía en su cara o pechos y ella lo extendía por su cuerpo.

 

Poco a poco se fue apagando aquella orgía; ella y los chicos quedaron tendidos un rato en la cama, luego se bañaron y se durmieron. No supe por cuánto tiempo.

 

Yo salí como había llegado; me fui a un hotel cercano y ni las copas que pedí ni lo que hice por mi cuenta calmaron el fuego que me calcinaba las entrañas.

 

A la mañana siguiente, muy temprano, me bañé y le marqué para decirle que llegaba en un rato. Ella, como si nada, me recibió muy cariñosa, invitándome a la cama a descansar. Notó que yo estaba excitado y, con tranquilidad, me dijo: «¿Quieres que te lo haga para que te vengas? Porque, como dices tú, si me la metes puedes lastimar al bebé».

 

Hace poco me enteré por gente de su pueblo que su divorcio fue porque su esposo la encontró con dos jovencitos. Ahora sé que mi esposa tiene una adicción, pero estoy enamorado de ella y tendré que hacerme el que no sabe nada para que siga disfrutando de su estilo de vida.

9 Lecturas/20 junio, 2026/0 Comentarios/por Acabrerg
Etiquetas: amigos, cuñada, hijo, hotel, madre, padre, semen, sobrino
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