Es mi madre pero yo la hago feliz
La primera vez que escuché los gemidos de mi madre a través de la pared, pensé que estaba llorando. Habían pasado apenas dos meses desde que papá se había ido en aquel accidente estúpido, y yo, con mis dieciocho años recién cumplidos, intentaba ser el hombre de la casa sin tener ni idea de cómo hace.
La primera vez que escuché los gemidos de mi madre a través de la pared, pensé que estaba llorando. Habían pasado apenas dos meses desde que papá se había ido en aquel accidente estúpido, y yo, con mis 16 años recién cumplidos, intentaba ser el hombre de la casa sin tener ni idea de cómo hacerlo.
Pero no eran lágrimas. Eran gritos de placer. Gemidos ahogados que se colaban por las rendijas de su puerta y se filtraban en mi habitación contigua. Mi madre Camila se había transformado. La viuda doliente se había convertido en una mujer insaciable. Llegaba a casa casi todas las noches con el perfume del alcohol impregnado en su piel y la risa desenfrenada de quien ha encontrado en la carne un remedio temporal para el dolor.
Cada noche era un hombre diferente, y yo comencé a conocerlos a todos, porque me volvió una costumbre sentarme en el comedor a esperar que terminaran. Allí estaba yo, en la penumbra de la madrugada, sentado a la mesa de madera oscura con un vaso de agua entre las manos, observando cómo cada uno de esos hombres salía de la habitación de mi madre.
La primera vez que vi a Jaime, el taxista de cuarenta años, salió ajustándose los pantalones con una sonrisa de satisfacción. Me vio sentado en la oscuridad y no se sobresaltó. Al contrario, se acercó a la cocina, tomó un vaso de agua, y me guiñó un ojo.
—Tu jefa es una fiera, chamaco —dijo con voz ronca, limpiándose el sudor de la frente—. Esa mujer no se cansa.
Se fue muy orgulloso, dejándome con la imagen de mi madre abierta y usada al otro lado de la pared.
Luego estuvieron Isaac y Saúl, los dos policías. Isaac tenía 23 años y cuerpo de gimnasio; Saúl, 25, era más alto y moreno. Los vi entrar juntos con mi madre entre ellos, borracha y riendo, con las manos ya metidas por debajo de sus camisetas. Esa noche el ruido fue diferente. Eran gemidos dobles, el sonido de dos cuerpos masculinos moviéndose al unísono, el chirrido de la cama multiplicado.
Ay mi culo ahhhh! Sii denme los 2, los quiero a los dos al mismo tiempo. — gemia Camila.
Salieron a las 4 AM, los dos despeinados y sonrientes. Isaac me vio sentado y me sonrió ampliamente.
—Tu mamá es una loca—dijo dándome una palmada en el hombro que olía a sexo y a ella—. Esa mujer aguanta más que el cuero. Nos dejó secos a los dos.
Saúl, más reservado, solo asintió con una sonrisa cómplice y levantó el pulgar.
—Gracias por… esperar —dijo con ironía, y salieron juntos riendo como si fuera lo más normal del MUNDO. 🤣🤣🤣
Pero la noche que realmente cambió todo fue con Gerónimo, el vecino de 45 años. Lo conocía de toda la vida, lo veía cada domingo en la misa con su esposa e hijos. Esa madrugada, la puerta de la habitación se abrió y Gerónimo salió desnudo de cintura para abajo, con su verga erecta y enorme apuntando hacia adelante como un arma cargada.
Caminó directo a la cocina, abrió el grifo, y tomó un vaso de agua frente a mí. No se inmutó al verme sentado a menos de un metro de distancia. Al contrario, me miró con una sonrisa de complicidad y señaló su miembro con la mano que sostenía el vaso.
—Está grandote, ¿ah? 😎🍆 —dijo con voz burlona, moviendo las caderas ligeramente para que yo viera cómo palpitaba—. Tu mamá no puede con él. Voy por la segunda ronda.
Y así, con el vaso de agua todavía en la mano, volvió a la habitación de mi madre. Escuché cómo ella gemía cuando él volvió a entrar en ella, cómo la cama retomaba su ritmo frenético. Yo me quedé sentado, terminando mi agua, con mi propia erección dolorosa bajo los pantalones.
La noche que llegó Jake, el gringo turista quizás 21 años, apenas me miró. Salió a las 3:30 AM, desnudo de cintura para arriba, con el torso musculoso brillando de sudor. Me vio sentado y sonrió con arrogancia.
—Your mom is on FIRE, dude —dijo dándome un puñetazo amistoso en el hombro—. She’s a fucking goddess. Wet as the ocean.
Se fue peinandose su melena y al menos me dejó un billete de $20 en la mesa, yo realmente tenia una rabia ciega mezclada con deseo.
Pero el que más frecuente era Gonzalo, el bartender colombiano de 30 años. Venía casi tres veces por semana, siempre con una botella de ron. Gonzalo me saludaba como a un viejo amigo. Me veía sentado en el comedor y se sentaba a veces frente a mí, conversando mientras descansaba entre rondas.
Cuando Gonzalo entraba con mi madre, yo me quedaba en mi habitación, palpándome mi miembro, de apenas 14cm pero grueso y siempre erecto, palpitaba entre mis manos mientras escuchaba el sonido de los cuerpos chocando al otro lado de la pared.
Pero una noche todo cambió.
Eran pasadas las cuatro de la madrugada cuando escuché la puerta principal cerrarse. Gonzalo se había ido. La casa quedó en silencio, salvo por la respiración entrecortada de mi madre que podía percibir incluso desde mi cuarto.
Algo me impulsó a levantarme. No era la curiosidad, era algo más primitivo. Mi cuerpo vibraba con una necesidad que ya no podía saciar con mi propia mano. Caminé descalzo por el pasillo, con mis 14cm de carne en la mano, con los músculos de mis piernas tensos por el entrenamiento diario, sintiendo cómo la sangre latía en mis venas.
La puerta de su habitación estaba entreabierta. Empujé suavemente con la punta de los dedos y el aire viciado del cuarto me golpeó: olor a sexo, a sudor, a perfume barato y a vodka. Allí estaba ella, mi madre, la mujer que me había dado la vida, despatarrada en la cama como una ofrenda pagana.
Camila yacía boca arriba, con las piernas abiertas en un ángulo obsceno, la falda levantada hasta la cintura. Su cuerpo latino, voluptuoso y rebosante, se extendía ante mí como un territorio por conquistar. Tenía los ojos cerrados, la respiración agitada pero pausada, evidentemente dormida o en ese limbo etílico entre la vigilia y el sueño. Su vagina —esa vagina de la que yo había salido 16 años atrás— estaba húmeda, abierta, expuesta. Y lo peor, o lo mejor, era que estaba llena del leche de Gonzalo que acababa de marcharse. La luz de la luna entraba por la ventana y hacía brillar aquel fluido blanquecino que se escapaba de ella, que se mezclaba con su propia excitación.
Mi mano bajó instintivamente a mi entrepierna. Estaba duro como una roca, más duro que nunca. El poco vello de mi pecho se erizó mientras contemplaba aquella escena. Era mi madre, sí, pero en ese momento no era más que una mujer hermosa, necesitada, disponible.
Me acerqué a la cama con pasos de felino. El corazón me martilleaba en el pecho con tal fuerza que temí despertarla. Me quité los boxer con cuidado, liberando mi miembro que saltó erecto, apuntando hacia ella como una brújula hacia el norte. Me arrodillé entre sus piernas, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo.
Con una mano temblorosa, tomé su cadera. Su piel era suave, cálida, invitante. Acercé mi glande a su entrada, sintiendo el contacto húmedo de sus labios vaginales contra mi piel. El olor a sexo era embriagador. Con cuidado, casi con reverencia, comencé a introducirme en ella.
Ella estaba tan relajada, tan abierta por el uso reciente, que entré sin resistencia. El calor húmedo de su interior me envolvió por completo y tuve que morderme el labio para no gemir. Estaba dentro de mi madre. La sensación era indescriptible: era prohibido, era sagrado, era el paraíso.
De pronto, mientras yo estaba apenas a la mitad de mi introducción, Camila movió sus brazos. Mi cuerpo se tensó, pensando que despertaría y me descubriría, que gritaría, que me odiaría para siempre. Pero no. Sus manos buscaron a tientas en el aire hasta encontrar mi espalda desnuda. Con una fuerza sorprendente para alguien en su estado, me atrajo hacia ella.
—Mmm… Emmanuel… —murmuró dormida, confundiéndome con mi padre difunto.
Su pecho se elevó para recibirme y mi rostro quedó sepultado entre sus tetas enormes, aquellos senos que me habían alimentado de niño y que ahora me servían de almohada mientras yo penetraba su cuerpo. El olor a sudor y perfume de su escote me mareaba. Sentí cómo sus pezones se endurecían contra mi barba incipiente.
Pero no terminó ahí. Sus piernas, esas piernas cortas pero gruesas y potentes, se cerraron alrededor de mi cintura como una prensa. Me presionó hacia adentro con una fuerza que me dejó sin aliento. Sentí cómo mi miembro se enterraba completamente en ella, hasta el fondo, hasta que mis testículos golpearon suavemente su perineo.
Estaba totalmente dentro de mi madre. Y ella, ebria y soñando con su esposo muerto, me abrazaba con una ternura que me partía el alma y me excitaba hasta la locura.
Comencé a moverme. Lentamente al principio, con movimientos circulares de cadera que hacían que mi glande rozara todas las paredes de su vagina. Ella suspiraba en sueños, moviendo la cabeza de lado a lado, con el cabello negro y largo esparcido sobre la almohada como un halo de obsidiana.
—Sí… así… —susurraba ella, y no sabía si hablaba conmigo o con el fantasma de papá.
Aumenté el ritmo. Mis caderas comenzaron a golpear contra ella con fuerza, haciendo que la cama chirriara. El sonido de nuestros cuerpos uniéndose —plap, plap, plap— llenaba la habitación. Yo estaba embriagado por la sensación de su carne cálida y húmeda envolviéndome, por el peso de sus piernas sobre mi espalda, por la suavidad de sus senos contra mi rostro.
Pasaron los minutos. Diez, veinte, treinta. No quería que terminara. Cada embestida la hacía gemir suavemente, y esos gemidos, lejos de los gritos desenfrenados que emitía con sus amantes, eran tiernos, íntimos, como si en su inconsciente supiera que quien la poseía era alguien que la amaba de verdad.
Yo la cogía con una mezcla de salvajismo y devoción. La penetraba profundo, luego salía casi por completo para volver a entrar de golpe, sintiendo cómo su vagina me succionaba, cómo sus músculos internos se contraían alrededor de mi miembro. El semen de Gonzalo servía de lubricante, haciendo que cada embestida fuera más fluida, más obscena, más perfecta.
Miré hacia abajo y la visión me llevó al borde del orgasmo: mi verga entrando y saliendo de ella, mi vello púbico oscuro contrastando con su piel morena clara, su vientre suave moviéndose con cada embestida. Era la imagen más erótica que había visto en mi vida.
—Te amo, mamá —susurré contra su pecho, sabiendo que no me escuchaba.
Ella respondió apretándome más fuerte con las piernas, haciendo que yo penetrara aún más profundo. Su cabeza cayó hacia atrás, exponiendo su cuello, y yo aproveché para morderlo suavemente, dejando marcas de mi paso por su piel.
Me encanta tu verga Emmanuel – dijo Camila, mientras se ponía de pie y luego se arrodilla a poniendo su boca a mi disposición.
Sin más, me puse frente a ella y puse mi miembro en sus labios, ella lo tomó con las 2 manos y lo chupo como nunca nadie me lo había hecho. Ella me deboraba con su boca que se veía había entrenado para eso.
Te gusta ah? Dime que soy tu perrita! – dijo Camila; Eres mi perra malportada, te reventaré Ese culo — respondí yo.
La puse boca abajo en el borde de la cama y abrí sus piernas al máximo, puse mi verga en la entrada de su culo que ya había sido culiado por Gonzalo, ahora era mi turno…. Lo metí de un golpe, que hizo que ella gritara de placer.
Ayyyyyy noo me partes, no Ahhhh! — gemia ella, mientras yo penetraba salvajemente su rojo y ensangrentado culo, que ya competía en tamaño con su vagina.
El reloj marcaba las cinco de la mañana cuando sentí que no podía más. Mi cuerpo entero se tensó, mis testículos se contrajeron y con un gemido ahogado que enterré entre sus senos, me vine. Disparé mi semen dentro de ella, llenándola con mi leche, marcándola por dentro como solo un hijo podría hacerlo. Chorro tras chorro salió de mí, mezclándose con el fluido del amantes anterior, creando una mezcla primitiva y sagrada en su interior.
Seguí moviéndome, vaciándome por completo, hasta que las últimas gotas salieron de mi miembro. Me quedé inmóvil unos segundos, disfrutando de la última sensación de estar unido a ella, de la calidez de su abrazo, del olor a sexo que impregnaba el aire.
Cuando salí de ella, lo hice con cuidado, viendo cómo mi semen se escapaba de su vagina abierta, mezclándose con el del otro. Era una imagen obscenamente hermosa. La cubrí con la sábana, besé su frente, y volví a mi habitación.
Al día siguiente, ella no recordaba nada. Se levantó con resaca, tomó café en silencio, y me miró con los ojos apagados de quien ha perdido al amor de su vida. Pero esa noche volvió a traer a otro hombre, y yo volví a escucharlos, y cuando él se fue, yo volví a su cama.
Ahora es habitual. Casi todas las noches, cuando el amante de turno se marcha y ella queda dormida en la cama con su cuerpo expuesto y usado, yo entro y termino lo que ellos empezaron. A veces ella me abraza llamándome por el nombre de papá. Otras veces simplemente yace inerte mientras yo la penetro durante una hora o más hasta llenarla de mi semen.
Sé que es incorrecto. Sé que debería buscar a una chica de mi edad, alguien que no sea mi madre, alguien que esté despierta y consciente cuando yo la tome. Pero ya no puedo masturbarme más. Necesito sentir su calor, su abrazo, su cuerpo voluptuoso presionando contra el mío.
Es mi madre, sí. Pero yo la hago feliz. Y ella, sin saberlo, me hace feliz a mí de una manera que nadie más podría. Somos dos almas rotas buscando consuelo en la carne, y mientras ella siga llegando ebria a casa, yo seguiré estando ahí, listo para recoger los pedazos y hacerla gemir una vez más, ahora con el amor verdadero que solo un hijo puede darle.



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