Fran aún continúa penetrando a carmen
Fran y carmen siguen siendo observado por carmen.
El aire en la habitación estaba saturado de un aroma pesado, una mezcla embriagadora de sudor, sexo y el olor metálico y dulce del deseo desbordado. Mari estaba paralizada contra el marco de la puerta, con la respiración agitada y el corazón martilleando contra sus costillas. La escena frente a ella era una oda a lo prohibido: su propia hermana, Carmen, estaba completamente entregada, sometida a la voluntad carnal de Fran.
Carmen estaba boca abajo, la pelvis elevada, exponiendo su trasero mientras Fran la penetraba brutalmente por el ano. Cada embestida era un golpe seco, un sonido húmedo y rítmico que resonaba en el silencio del cuarto. Carmen mordía la almohada con desesperación, ahogando gemidos que se transformaban en ronroneos guturales, mientras su cuerpo convulsionaba violentamente. El placer era tan intenso que rozaba el dolor, una estimulación prohibida que la hacía arquear la espalda en cada impacto.
Al ver aquella obscenidad, Mari sintió que una ola de calor eléctrico inundaba su bajo vientre, concentrándose en un punto palpitante de necesidad. Sin apartar la vista, deslizó su mano lentamente bajo la falda. Sus dedos, ya húmedos, encontraron su clítoris congestionado y sensible. Comenzó a acariciarse en un silencio sepulcral, coordinando sus movimientos con el ritmo frenético de Fran. Cada vez que el pene de Fran golpeaba las paredes profundas del recto de Carmen, Mari presionaba con más fuerza, imaginando que era ella quien recibía aquel castigo placentero.
De repente, Carmen soltó un grito desgarrador que sacudió las paredes de la casa. Un orgasmo masivo y exquisito la sacudió, dejándola temblando. «¡No pares, Fran! ¡Sigue… hazme el amor, destrúyeme!», suplicaba entre jadeos. En ese instante, Fran sintió el primer espasmo eléctrico en su glande. Carmen, sintiendo la pulsación interna, se excitó aún más ante la idea de ser reclamada. «¡Acaba adentro! ¡Lléname el culo, no te salgas!», gritó con una urgencia animal.
Fran soltó un gruñido ronco y descargó toda su semilla caliente y espesa dentro del ano de Carmen. Fue una explosión de placer inmundo. Carmen alcanzó su tercer orgasmo, sintiendo cómo el semen de Fran inundaba su interior, marcándola por completo. Mientras tanto, Mari, en la puerta, llegó a su propio clímax en un silencio extático, apretando sus dedos contra su carne húmeda, cerrando los ojos mientras imaginaba que aquel fluido también la llenaba a ella.
Pero el deseo de Fran no se había agotado. Aún erecto y palpitante, se retiró lentamente y le susurró al oído con una voz cargada de malicia: «Voltéate y acuéstate… todavía tengo ganas de taladrarte la vagina». Carmen, con una sonrisa pícara y los ojos nublados de lujuria, obedeció al instante. Se acomodó en la cama, abriendo las piernas la mayor distancia posible.
Fran no perdió tiempo. Se posicionó y comenzó a bombear nuevamente, pero esta vez buscando la profundidad máxima. Agarró las piernas de Carmen y las lanzó sobre sus propios hombros, exponiendo el coño totalmente abierto y empapado. Las embestidas se volvieron brutales; el sonido de la carne chocando contra la carne llenaba la habitación. Mari observaba hipnotizada, sintiendo una envidia corrosiva y un deseo voraz. Empezó a maquinar, a planear cómo seducir a Fran para que él fuera a su casa y le hiciera sentir esa misma devastación placentera que estaba presenciando.
La acción cambió de ritmo. Fran puso a Carmen de lado, penetrándola con golpes largos y lentos que hacían que ella sollozara de placer. Luego, la impulsó a subir sobre él. Carmen comenzó a cabalgar, controlando el ritmo, bajando todo el peso de su cuerpo sobre el pene de Fran mientras él, con hambre insaciable, succionaba sus senos, dejando marcas rojas sobre la piel blanca.
En medio de esa danza erótica, el teléfono de Fran sonó: era Angélica. El riesgo añadió una capa de adrenalina eléctrica a la escena. Fran contestó mientras seguía penetrando a Carmen, quien tenía que taparse la boca con la mano para que sus gemidos no fueran escuchados por el teléfono ni por Mari.
—»Hola, cariño… sí, sigo aquí esperando a Carmen», mintió Fran con una voz sorprendentemente estable mientras sentía cómo las paredes vaginales de Carmen lo apretaban en espasmos.
—»Estoy en la peluquería depilándome las cejas, ya voy en camino», respondió Angélica.
Cuando colgaron, Fran sonrió. Sabía que tenía al menos una hora más. Durante los siguientes treinta minutos, convirtió la cama en un campo de batalla sexual, azotando la vagina de Carmen con una fuerza implacable hasta que, en un último espasmo violento, inundó el coño de la tía de su novia con una descarga masiva de leche caliente.
Mari, exhausta y satisfecha tras tres orgasmos solitarios, se retiró sigilosamente de la casa para regresar justo cuando Angélica llegaba. Ambas entraron y encontraron a Fran y Carmen en la cocina, fingiendo normalidad mientras preparaban la cena. Fran recibió a Angélica con un beso apasionado en los labios.
Carmen, mientras servía la comida, sintió un escalofrío recorrer su espalda al pensar que esos mismos labios que ahora besaban a Angélica habían estado hace minutos devorando su culo y su vagina, arrancándole los orgasmos más intensos de su vida. A su lado, Mari observaba la escena con una mirada depredadora, pensando en que aquella boca también había estado succionando los senos de su hermana… y deseando fervientemente que pronto, esos labios hicieran lo mismo con ella.


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