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Heterosexual, Incestos en Familia, Intercambios / Trios

Fui a por Carla y me folle a Clara

Me folle a la amiga de mi hija Clara de 9 .
El domingo cuando desperté, Agustín ya no estaba. La cama estaba fría a su lado, solo quedaba el leve olor a sexo y colonia masculina flotando en el aire. Me estiré sintiendo esa punzada dolorosa y placentera en mi espalda baja, y sonreí al recordar cada embestida de la noche anterior.

 

Fui al baño y encendí la ducha. El agua caliente cayó sobre mi cuerpo mientras me enjabonaba, y noté cómo todavía se me escurría el semen de Agustín por el interior de los muslos, viscoso y caliente, saliendo de mi ano todavía algo abierto. Cerré los ojos bajo el chorro, recordando cómo me había penetrado una y otra vez hasta dejarme exhausto. Sin duda había sido el mejor cumpleaños de mi vida.

 

Me sequé, me vestí con unos bóxers limpios y un vaquero con camiseta, y salí de casa. Tenía que recoger a Carla, mi hija, en casa de Clara, su mejor amiga.

 

Llamé a la puerta y Clara abrió. Llevaba una camiseta vieja de tirantes y unas braguitas blancas, y su pelo castaño caía desordenado sobre los hombros. Tenía la piel sonrosada, como si acabara de hacer ejercicio físico intenso.

 

—Carla no está —me dijo, apoyándose en el marco—. Se ha ido con mi padre a comprar algo para el desayuno. Pero pasa y espera, si quieres.

 

Entré y el olor me golpeó de inmediato. Esa mezcla inconfundible de sudor, sexo y feromonas que impregna el aire después de una buena follada. Yo conocía bien ese aroma; mi propia casa apestaba igual después de las últimas sesiones de sexo con Pedro y con Agustín.

 

—Voy a ducharme —anunció Clara—. Espera en el comedor, ¿vale?

 

Me quedé solo. El silencio de la casa me invitaba a curiosear. Y entonces lo vi: sobre la mesa del salón, una cámara digital pequeña conectada a un cable. Mi corazón empezó a latir más rápido. Sabía que no debería, pero la curiosidad y la excitación que todavía sentía de haber sido follado esa madrugada me empujaban.

 

Me acerqué, encendí la pantalla y busqué los archivos de vídeo. Elegí el más reciente, del sábado por la noche, y pulsé reproducir.

 

Lo que vi me encantó. Allí estaba Carla, mi hija, desnuda y arrodillada sobre la cama de Clara, mientras el padre de Clara, un hombre de unos cincuenta años con complexión fuerte, la penetraba por detrás con fuerza. Carla gemía y pedía más, agarrándose a las sábanas. La cámara se movía y mostraba a Clara en otra esquina de la habitación, montando a un hombre desconocido, cabalgándolo con abandono, con los ojos cerrados, mientras gritaba de placer.

 

Sentí cómo mi polla se endurecía al instante dentro del pantalón. La imagen de mi hija siendo follada por ese hombre maduro sin que yo estuviera delante ó se lo hubiera pedido, la vista de Clara perdiendo el control… todo se mezclaba con los recuerdos de Agustín clavándome esa misma madrugada.

 

—¿Qué estás viendo?

 

La voz de Clara me sobresaltó. Giré la cabeza y la vi de pie, con una toalla blanca envuelta alrededor de su cuerpo, el pelo mojado y gotas de agua resbalando por su inexistente escote. Sus ojos verdes se abrieron como platos al ver la pantalla.

 

—Lo… lo siento —tartamudeé, sintiendo cómo el rubor subía a mis mejillas y cómo mi erección palpitaba contra la bragueta—. No pude evitarlo.

 

Pero Clara no se enfadó. Se acercó lentamente, con una sonrisa pícora dibujándose en sus labios, observando el bulto que se marcaba en mi vaquero.

 

—¿Y qué te ha parecido? —preguntó, sentándose a mi lado en el sofá, tan cerca que podía oler el aroma a jabón de fresa.

 

—Que… que fue una noche intensa —respondí, sintiendo cómo la tensión sexual crecía entre nosotros.

 

—Carla no paraba de decir que le hubiera gustado que estuvieras —confesó Clara, posando su mano sobre mi muslo y subiendo despacio hacia mi entrepierna—. Dijo que quería que vieras como se la follaba mi padre y que tú me follaras a mi.

Y Clara añadió:

—Yo también he querido tenerte desde hace tiempo.

 

Nos besamos. Fue un beso hambriento, salvaje, nuestras lenguas encontrándose con urgencia. Sus manos bajaron la cremallera de mi vaquero mientras las mías tiraban de su toalla, dejando al descubierto su cuerpo desnudo infantil, moreno y perfecto, con los pezonzitos en punta por la excitación y el coñito algo inchando sin pelitos pero sobre todo brillante de excitación.

 

Me empujó hacia atrás en el sofá y se arrodilló entre mis piernas. Me bajó los bóxers de un tirón y mi polla saltó libre, dura y palpitante, con la punta brillante de presemen. Clara la tomó con su mano, me miró a los ojos, y se la metió en la boca.

 

Joder. Su boca era caliente, húmeda, perfecta. Succionó con maestría, moviendo la lengua alrededor de mi glande, bajando hasta donde llegaba y volviendo a subir. Agarré su pelo mojado, gimiendo su nombre mientras me chupaba con una voracidad que me hacía ver estrellas.

 

—Clara… joder, sí…

 

Cuando estuve al borde del orgasmo, la detuve. Quería saborearla también. La hice tumbarse en el sofá y me posé entre sus muslos abiertos. Su coñito estaba húmedo, rosado, algo inchado pero para mí era perfecto. Hundí mi lengua en su interior, saboreando su néctar, mientras ella gemía y se retorcía debajo de mí, agarrándome la cabeza y pidiendo más.

 

—Fóllame —suplicó, mirándome con ojos vidriosos—. Por favor, métemela.

Era la primera vez en mi vida que iba a follar a una niña, aunque con 9 años ya sabía chupar muy bien, supongo que su padre era igual que yo y que Jorge, ya había dos personas cercanas a mi con mis mismos gustos.

Me levanté, me quité la ropa por completo. Clara contempló mi cuerpo desnudo, mi polla erguida y pesada que sobresalía de mi entrepierna afeitada. Se mordió el labio.

 

La penetré lentamente, sintiendo cómo su coñito me apretaba, caliente y mojado, cómo se abría para recibirme. Ella jadeó, agarrándose a los cojines del sofá, mientras yo empezaba a moverme, primero despacio, luego con más fuerza, embistiéndola una y otra vez, viendo cómo ponía caritas al ritmo de mis embestidas.

 

—Más fuerte —gritó—. ¡Fóllame más fuerte!

 

La cogí de la cintura y aumenté el ritmo, clavándola hasta el fondo, era igual que carla le entraba toda y yo sintiendo cómo su orgasmo se acercaba. Pero no quería terminar así. Saqué mi polla de su coñito, escuchando su quejido de protesta, y la posé contra su ano.

 

—¿Sí? —pregunté, mirándola a los ojos, con la punta mojada rozando su agujero.

 

—Sí, por favor, métemela por el culo —rogó, masturbándose el clítoris con los dedos—. Quiero sentirte en mi culo.

 

Empujé. Entró con facilidad, lubricada por su propia excitación. El ano de Clara era caliente, estrecho, perfecto. Gemí al sentir cómo me apretaba, cómo sus paredes internas me masajeaban la polla. Empecé a moverme, primero con cuidado, luego sin piedad, follandola por el culo mientras ella gritaba de placer, pidiendo más, siempre más.

 

—Me voy a correr… —avisé, sintiendo cómo el placer se acumulaba en mi base, cómo mis huevos se tensaban.

 

—Dentro… no, espera, en mi coñito —pidió ella, saliendo de debajo de mí y girándose.

 

Se abrió de piernas y yo, sin salirme de ella del todo, la penetré de nuevo por el coñito, hundiéndome hasta el fondo. Un par de embestidas más y exploté, corriéndome en su interior, llenándola de mi semen caliente mientras ella alcanzaba su propio clímax, contrayéndose alrededor de mí, gritando que rico Rubén.

 

Nos quedamos así un momento, jadeando, sudados, fundidos en el sofá. Luego Clara se incorporó y, con una sonrisa traviesa, se inclinó y lamió mi polla, limpiándola de nuestros jugos mezclados, besando la punta con ternura.

 

—Esto ha estado… increíble tenía muchas ganas de hacerlo contigo Rubén—susurró.

 

Nos vestimos a toda prisa, con la sensación de que Carla y el padre de Clara podrían llegar en cualquier momento. Justo cuando terminaba de abrocharme el cinturón, escuchamos la puerta de entrada.

 

—¡Hola! —gritó Carla desde el recibidor.

 

Entraron ella y el padre de Clara, cargados de bolsas de panadería. Carla me miró con una sonrisa cómplice, como si intuyera lo que había pasado. El padre de Clara, un hombre alto de canas en las sienes, nos saludó con un gesto amable, ajeno a que minutos antes yo había estado follando a su hija en su propio sofá, dejándola llena de mi semen.

 

Nos despedimos, Clara y yo intercambiamos una mirada cargada de promesas para el futuro, y Carla y yo salimos a la calle, caminando hacia casa bajo el sol de la mañana.

 

—¿Te lo pasaste bien anoche? —preguntó Carla, tomando mi mano.

 

—El mejor cumpleaños de mi vida, gracias por tus dos regalos—respondí, sonriendo al pensar en Agustín, en Pedro, en todo lo que había vivido ese fin de semana—. Y tú, ¿qué tal con el padre de Clara?

 

Carla se rio, sonrojándose.

 

—Tendrás que contarme todo en casa —dije, apretando su mano mientras caminábamos, sintiéndome vivo, liberado y completamente satisfecho.

 

Espero sus comentarios.

Y gracias por las valoraciones positivas.

3 Lecturas/20 agosto, 2026/0 Comentarios/por benjionda42
Etiquetas: amiga, baño, cumpleaños, hija, maduro, padre, recuerdos, sexo
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