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Fantasías / Parodias, Heterosexual, Zoofilia Hombre

Juan y la yegua negra

En el medio del campo, donde el viento huele a tierra mojada y mierda de oveja, vivía el viejo Ruben, un hijo de puta amargado. Tenía una hermosa yegua negra de solo 2 años, llamada Daisy. Pelo negro azabache, cuerpo firme, culo grande y firme. Ruben la trataba bastante mal que al resto de a sus ani.
En el medio del campo, donde el viento huele a tierra mojada y mierda de oveja, vivía el viejo Ruben, un hijo de puta amargado. Tenía una hermosa yegua negra de solo 2 años, llamada Daisy. Pelo negro azabache, cuerpo firme, culo grande y firme. Ruben la trataba bastante mal que al resto de a sus animales: la ataba, la golpeaba y la dejaba dormir en la intemperie, todo porque el animal no se dejaba montar.

A unos cuantos campos de distancia vivía Juan, un gaucho joven de 25 años, tranquilo y callado. Tenía sus ovejas, su pedacito de tierra y vivía humilde. Desde lejos veía cómo Ruben maltrataba a la yegua, y eso le carcomía el alma.

Juan tenía un problema grande desde chico. Le había salido una verga descomunal: larga, gruesa como una botella de cerveza, venosa y pesada. A los 16 intentó con una novia y la chica casi se desmaya del susto. Lo apodaban “el tres piernas” en el pueblo. Solo había cogido una vez en la vida, con una puta gorda y vieja que apenas aguantó la mitad y se quejó todo el rato. Desde entonces se había resignado a pajearse solo en el granero.

 

Una tarde, Juan encontró a Daisy atorada en el pantano, intentando escapar. Estaba cubierta de barro, respirando agitada. Cuando sus miradas se cruzaron, algo pasó. Una conexión muda, fuerte. Pero Ruben llegó gritando, la ató con una soga al cuello y se la llevó a rastras.

Juan no aguantó más. Al día siguiente fue a hablar con el viejo.

—Te compro a la yegua negra —dijo sin vueltas.

Ruben soltó una risa asquerosa.

—¿Así que te interesa mi yegua? No es más que un animal sucio que da problemas.

—Si es solo un animal, no te va a doler vendérmela —respondió Juan.

Después de regatear un rato, el viejo aceptó. Juan se llevó a Daisy con la misma soga al cuello. Daisy caminaba dócil a su lado, mirándolo de reojo.

Cuando llegaron a la humilde chacra de Juan, él le sacó la soga, le dio de comer, agua fresca y la bañó con cuidado. Al terminar, le dijo:

—Sos libre, chica. Podés irte cuando quieras.

Daisy lo miró un rato largo, dio media vuelta y se fue corriendo hacia el monte.

Pero esa misma noche, cuando la luna estaba alta, la puerta del granero crujió.

Daisy había vuelto.

 

Juan estaba sentado sobre un fardo de paja, con los pantalones bajados, pajeándose esa verga monstruosa a la luz de un farol. Movía la mano despacio, con bronca y costumbre.

Daisy entró en silencio. Lo miró fijo, especialmente esa tranca enorme y gruesa. En un lenguaje sin palabras, se dio vuelta, se acomodo dándole el culo a Juan, e hizo su larga cola a un lado ofreciéndole todo. Su vulva hinchada brillaba: labios negros y gruesos por fuera, rosaditos y mojados por dentro. ese orto se coronaba con un ano equino que se fruncía nervioso.

Juan se quedó tieso.

—Daisy… no tenés que…

Ella bufó fuerte y empujó el culo para atrás, impaciente.

Juan se acercó, puso un banquete improvisado para estar a la altura, y acariciando esas ancas negras, comenzó a frotar la cabeza gruesa contra la concha. Estaba empapada. Empujó. La entrada se resistió, pero poco a poco fue entrando. Daisy soltó un bufido fuerte y tensó todo el cuerpo. Su orto se frunció con cada centímetro que entraba.

—Puta madre… mirá cómo te abre —gruñó Juan, sudando—. Ese viejo de mierda no supo apreciarte… te trataba como a un perro y yo te estoy partiendo la concha al medio.

Fue metiendo más. Cuando ya tenía casi toda la verga adentro, empezó a bombear. Despacio al principio, después más fuerte. El ruido húmedo y carnoso de la verga gruesa entrando y saliendo llenaba el granero. Daisy bufaba y gruñía bajito con cada embestida. Su culo grande rebotaba contra las caderas de Juan.

De repente se tensó toda, relincho fuerte y soltó un chorro blanco y transparente que le salpicó los muslos a Juan.

—Te estás corriendo como toda una yegua en celo… —jadeó Juan, sin parar.

La siguió cogiendo más duro. Daisy se corrió por segunda vez, bufando y temblando, largando otro chorro. Juan no aguantó más. La agarró fuerte de las ancas y le clavó todo, corriéndose adentro con gruñidos largos, llenándola de leche espesa.

Se sacó, todavía medio duro. Un río de semen le chorreaba a Daisy por los muslos.

Después de unos minutos, Juan se sentó en el fardo, todavía medio duro. Daisy se dio vuelta, lo miró y se acercó. Se agachó y empezó a lamerle la verga sucia de semen y sus jugos, limpiándola con la lengua. Juan se puso duro de nuevo rápido.

—Vení… —dijo él.

Volvió a acomodarse detrás de ella, a su altura. Esta vez entró más fácil, pero igual la abría mucho. Empezó a cogérsela con ritmo constante. Daisy bufaba y relinchaba con cada embestida profunda. Su orto se fruncía visiblemente cada vez que la verga gruesa entraba hasta el fondo.

—Qué concha más rica tenés… —jadeaba Juan—. Me tragás todo, negrita…

Daisy se corrió por tercera vez, soltando otro chorro que salpicó todo. Juan siguió follándola sin parar. Unos minutos después se corrió por tercera vez, llenándola otra vez de semen.

Se separaron un rato. Juan le dio agua de un balde. Daisy bebió, todavía con la concha chorreando. Se quedaron un rato en silencio, recuperando el aliento.

Pero Daisy no había terminado. Se acomodo otra vez entregándole ese orto negro, con esa concha animal de labios negros, mirándolo por encima del hombro, ofreciéndose de nuevo.

Juan sonrió con cansancio y excitación. Se acomodó detrás y la penetró por cuarta vez. Esta ronda fue más lenta pero profunda. La cogía con fuerza, agarrándola del pelo azabache. Daisy se corrió dos veces más, llenando el lugar de sus relinchos de yegua puta, temblando, soltando chorros cada vez más débiles.

—Sos insaciable… —gruñó Juan sudando—. Me vas a matar…

Finalmente, en la quinta ronda, Juan la montó con todo. La cogía como un animal. Daisy relinchaba sin parar. Cuando Juan sintió que venía, le clavó todo y se corrió por ultima vez, soltando lo que le quedaba adentro de esa concha negra ya completamente llena y abierta.

Quedaron pegados, unidos. De entre los dos caían fluidos sexuales. Una mezcla de semen humano y jugos de hembra equina, recorrían tanto las piernas de Juan, como las ancas de Daisy.

El amanecer marco el fin de una noche intensamente sexual. Juan había encontrado a la novia perfecta, esa que no solo podía soportar semejante verga, sino que buscaba ser penetrada por Juan.

2 Lecturas/27 junio, 2026/0 Comentarios/por Willy
Etiquetas: cogiendo, culo, hijo, joven, madre, metro, puta, semen
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