Juego de la Familia
El Juego de la Familia El aire en la habitación principal del piso superior de la casa de Carmen, cuñada de Alexandra y tía de la novia de Francisco, estaba cargado con un perfume floral que se mezclaba con el aroma del sudor y el sexo. Las cortinas de gasa se movían suavemente, dejando entrar l.
El Juego de la Familia
El aire en la habitación principal del piso superior de la casa de Carmen, cuñada de Alexandra y tía de la novia de Francisco, estaba cargado con un perfume floral que se mezclaba con el aroma del sudor y el sexo. Las cortinas de gasa se movían suavemente, dejando entrar la brisa nocturna que acariciaba la piel desnuda de las tres mujeres que se enredaban en la gran cama de madera oscura. Carmen, con su cuerpo esbelto y atlético, sus senos firmes de 34DD balanceándose con cada movimiento, y su trasero redondo y firme, dominaba la escena desde arriba mientras cabalgaba a Francisco con movimientos lentos y deliberados. Sus pezones rosados y erectos rozaban el pecho del joven, que gemía con cada embestida.
—Mmm, sí, Francisco… así, más profundo —gimoteó Carmen, arqueando su espalda y apretando sus caderas contra él. Sus uñas se clavaban en los hombros del muchacho, dejando marcas rojas que pronto serían testigos silenciosos de su pasión.
A su lado, Yeli, la madre de Dalila, con su figura exuberante y curvilínea, observaba con los ojos brillantes mientras acariciaba sus propios senos a través del ajustado minivestido de lycra fucsia. Sus lentes de marco negro resbalaban un poco por su nariz sudorosa, pero no los acomodaba. En cambio, su mano libre se deslizaba entre sus piernas, frotando su clítoris a través de la tela húmeda de su ropa interior.
—Dios, Carmen… no puedo creer que estemos haciendo esto —jadeó Yeli, mordiéndose el labio inferior—. Su pene es… increíble.
Mientras tanto, Andreína, la comadre de Carmen, con su cabello negro intenso y su figura voluptuosa, se inclinaba sobre la cama, sus labios rojos y llenos susurrando al oído de Francisco:
—Míralas, Francisco. Dos mujeres mayores que te desean… y tú las complaces como un buen chico —sus dedos trazaban círculos en el muslo del joven, acercándose peligrosamente a su base—. ¿No es emocionante?
Francisco, con su torso musculoso brillando bajo la tenue luz, gruñó en respuesta mientras empujaba sus caderas hacia arriba, llenando a Carmen hasta el fondo.
—¡Joder! ¡Carmen, no puedo aguantar más! —exclamó, su voz ronca por el esfuerzo.
—Entonces córrete dentro de mí, cariño —ronroneó ella, acelerando el ritmo—. Quiero sentir cómo me llenas.
El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en la habitación, mezclado con los gemidos y jadeos de las mujeres. Yeli, incapaz de resistirse más, se acercó a Francisco y se agachó para tomar su miembro entre sus manos. Lo bombeó con fuerza mientras su lengua serpenteaba alrededor de la cabeza, lamiendo las gotas de pre-semen que ya asomaban.
—Uf, qué rico —murmuró alrededor de su verga, sus ojos en éxtasis—. Tiene un sabor… delicioso.
Andreína, por su parte, no se quedó atrás. Se colocó detrás de Yeli, levantándole el vestido y exponiendo su trasero redondo y firme. Con un dedo cubierto de saliva, comenzó a masajear el ano de la mujer, preparándola para lo que vendría.
—Relájate, Yeli —susurró Andreína, mientras introducía un dedo lentamente—. Vas a disfrutar esto.
—Ah, sí, sí… —gimoteó Yeli, empujando su trasero hacia atrás para recibir más—. Dios, me encanta sentirte ahí.
Francisco, con la visión nublada por el placer, sintió cómo Yeli se inclinaba hacia adelante, ofreciendo su trasero a Andreína, quien no perdió tiempo en cubrir su rostro con la lengua, lamiendo y mordisqueando con avidez.
—¡Aaah! ¡Andreína, por Dios! —gritó Yeli, sus caderas temblando—. Me vas a hacer correrme solo con tu boca.
Carmen, sintiendo que Francisco estaba a punto de explotar, se inclinó hacia adelante y capturó sus labios en un beso apasionado, su lengua explorando su boca con la misma intensidad con la que su sexo lo hacía.
—Córrete, Francisco —ordenó Carmen entre besos—. Córrete dentro de mí como una buena chica.
Y entonces, como si sus cuerpos estuvieran sincronizados, Francisco arqueó la espalda y un gruñido gutural escapó de su garganta mientras eyaculaba con fuerza dentro de Carmen. Ella gritó, sus músculos vaginales apretándose alrededor de su miembro mientras su propio orgasmo la recorría, haciendo que un flujo de sus jugos resbalara por sus muslos.
—Dios mío… ¡Sí! —gritó Carmen, su cuerpo temblando violentamente—. Me corro, Francisco… ¡me corro!
Yeli y Andreína no se quedaron atrás. Yeli, con un grito ahogado, se corrió sobre el rostro de Andreína, quien lamió cada gota con avidez, mientras sus propios jugos humedecían las sábanas bajo ella. Andreína, con un gemido prolongado, se corrió también, su cuerpo temblando mientras Francisco, aún dentro de Carmen, seguía empujando débilmente, ordeñando hasta la última gota de su semen.
El silencio que siguió fue roto solo por las respiraciones jadeantes y el sonido de los cuerpos pegajosos al separarse lentamente. Francisco, exhausto pero satisfecho, se desplomó sobre la cama, con Carmen aún cabalgándolo, su sexo palpitante alrededor de su miembro flácido.
Pero el descanso fue breve.
La puerta se abrió con un crujido, y Dalila, con su vestido rojo vino ajustado a su cuerpo, entró en la habitación con una sonrisa pícara en sus labios. Sus ojos, detrás de los lentes finos, brillaban con malicia mientras observaba la escena.
—Vaya, vaya… con que la reunión familiar se puso interesante —dijo, su voz arrastrada y sensual—. Mamá, tía… veo que no me invitaron a la fiesta.
Yeli, aún recuperándose del orgasmo, se cubrió instintivamente con las manos.
—Dalila… hija, vete abajo —logró decir entre jadeos, pero su voz carecía de convicción.
Dalila no se movió. En cambio, se acercó a la cama con movimientos felinos, desabrochando lentamente el cuello de su vestido hasta dejar al descubierto el inicio de sus senos, firmes y jóvenes. Sus pezones, duros como guijarros, se marcaban bajo la tela.
—Oh, no me iré, mamá —ronroneó, sentándose en el borde de la cama y pasando una mano por el muslo de Francisco, que ya comenzaba a endurecerse de nuevo—. He oído hablar mucho de ti, Francisco. Angélica no para de alabarte.
Andreína, con una sonrisa traviesa, se acercó a Dalila y le acarició el cabello castaño oscuro con destellos rojizos.
—La pequeña Dalila quiere jugar con los mayores —susurró, su aliento cálido contra el oído de la joven—. ¿No es así?
Dalila asintió, su lengua humedeciendo sus labios carnosos.
—Así es. Y si toda la familia está compartiendo… yo también quiero un pedacito.
Francisco, sintiendo cómo su verga volvía a cobrar vida bajo la mano de Dalila, gimió.
—Joder… ¿En serio?
—En serio —respondió Dalila, inclinándose para tomar su miembro entre sus labios. Su lengua rodeó la cabeza con movimientos circulares, saboreando el semen residual de su reciente orgasmo.
—Mmm, qué rico… Sabes a él y a mí —murmuró alrededor de su verga, sus ojos en los de Francisco—. Me encanta.
Carmen, recuperada de su clímax, se acercó a Dalila por detrás y comenzó a acariciar su espalda, sus dedos deslizándose hacia el cierre del vestido de la joven.
—Déjame ayudarte con esto, cariño —susurró, desnudándola lentamente—. Vas a necesitar estar cómoda.
En segundos, Dalila quedó completamente desnuda, su cuerpo joven y esbelto brillando bajo la luz tenue de la habitación. Sus senos pequeños pero firmes, su cintura estrecha y sus caderas anchas la hacían una visión tentadora. Andreína no pudo resistirse y se inclinó para tomar uno de sus pezones en su boca, mordisqueándolo suavemente mientras su mano se deslizaba entre las piernas de la joven.
—Dios, estás tan húmeda ya —gimoteó Andreína, sus dedos encontrando el clítoris de Dalila y frotándolo con movimientos rápidos—. Vamos a hacer que te corras antes de que Francisco te folle.
Dalila, con un gemido, arqueó su espalda, empujando su sexo contra la mano de Andreína.
—¡Sí! ¡Así, no pares!
Francisco, ya completamente erecto de nuevo, se acercó a Dalila por detrás, su verga rozando el trasero firme de la joven.
—¿Estás lista para mí, Dalila? —preguntó, su voz ronca—. Porque te voy a follar duro.
—Dios, sí —jadeó ella, girando su cabeza para besarlo apasionadamente—. Fóllame, Francisco. Hazme gritar como a las otras.
Con un movimiento rápido, Francisco la levantó y la colocó sobre sus manos y rodillas en la cama, su trasero en pompa frente a él. Carmen, siempre dispuesta a participar, se colocó frente a Dalila y le ofreció sus senos para que los tomara en su boca.
—Toma, cariño —susurró Carmen, apretando sus senos juntos—. Chupa mientras Francisco te penetra.
Dalila no necesitó más invitación. Con un gemido, tomó un pezón de Carmen en su boca, chupando con fuerza mientras su lengua jugaba con el endurecido botón. Andreína, por su parte, se colocó detrás de ella y comenzó a lamer y morder sus nalgas, preparándola para la penetración anal que estaba por venir.
—Relájate, Dalila —susurró Andreína, su aliento cálido contra la entrada prohibida de la joven—. Vas a amar esto.
Francisco, con las manos en las caderas de Dalila, alineó su verga con su vagina y empujó con fuerza, enterrándose hasta la base en un solo movimiento.
—¡Aaaah! ¡Sí, por Dios! —gritó Dalila, su boca aún ocupada con el pezón de Carmen—. Me llena… me llena tanto.
Carmen, sintiendo cómo los gemidos de Dalila vibraban contra su seno, se corrió con un grito ahogado, su cuerpo temblando mientras su propio orgasmo la recorría.
—¡Dios, Francisco! ¡Me haces correrme solo con verte!
Andreína, sin perder tiempo, escupió en su mano y la usó para lubricar el ano de Dalila antes de introducir un dedo lentamente.
—Respira, cariña —murmuró, mientras su dedo se hundía más—. Vas a sentir algo que no olvidarás.
Dalila gritó, su cuerpo tenso por la invasión repentina, pero pronto el placer comenzó a reemplazar el dolor.
—¡Más! ¡Quiero más! —suplicó, empujando su trasero hacia atrás para recibir más.
Francisco, sintiendo cómo su verga era apretada por el doble placer, comenzó a empujar con más fuerza, follando a Dalila con movimientos profundos y lentos al principio, pero pronto aumentando el ritmo hasta que sus cuerpos chocaban con un sonido húmedo y resbaladizo.
—Joder, Dalila… estás tan apretada —gruñó Francisco, sus caderas golpeando contra su trasero—. No puedo aguantar…
—¡Sí, córrete dentro de mí! —suplicó Dalila, su voz entrecortada—. ¡Quiero sentirte explotar!
Andreína, con un gemido, introdujo otro dedo en el ano de Dalila, estirándola y preparándola para lo que vendría. Yeli, recuperada de su orgasmo, se acercó a Francisco y tomó su verga entre sus manos, bombeándola mientras él seguía embistiendo a Dalila.
—Mírame, Francisco —jadeó Yeli, su voz cargada de lujuria—. Córrete en su boca mientras la follas.
Francisco, con un gruñido gutural, eyaculó con fuerza dentro de Dalila, llenándola hasta el borde mientras su semen brotaba de su miembro. Dalila gritó, su propio orgasmo arrasando con ella mientras su cuerpo se sacudía violentamente, sus jugos resbalando por sus muslos y empapando las sábanas.
—¡Sí! ¡Me corro! ¡Me corro! —gritó, su voz ahogada en un gemido prolongado.
Andreína, sintiendo cómo los músculos de Dalila se apretaban alrededor de sus dedos, se corrió también, su cuerpo temblando mientras su propia excitación alcanzaba su clímax.
El silencio que siguió fue roto solo por los jadeos entrecortados y los cuerpos que se separaban lentamente, pegajosos y satisfechos. Francisco, exhausto pero feliz, se dejó caer sobre la cama, con Dalila aún montándolo, su sexo palpitante alrededor de su miembro flácido.
Carmen, con una sonrisa pícara, se acercó a Andreína y la besó apasionadamente, sus lenguas enredándose mientras sus cuerpos se frotaban uno contra el otro.
—Ha sido increíble —susurró Carmen, sus dedos trazando círculos en la espalda de Andreína—. Pero creo que esto no ha hecho más que empezar.
Yeli, con una sonrisa traviesa, se unió a ellas, sus manos explorando los cuerpos de sus compañeras mientras Francisco, aún dentro de Dalila, comenzaba a recuperar su erección.
—Entonces, ¿qué dicen? —preguntó Dalila, su voz llena de promesas—. ¿Otra ronda?
Y con eso, el juego de pasión y lujuria volvió a comenzar, esta vez con nuevas combinaciones y posiciones que solo la imaginación de estas cuatro almas desinhibidas podía concebir.
La luz de la luna se filtraba por las ventanas abiertas de la casa de Carmen, iluminando los cuerpos sudorosos y entrelazados sobre la gran cama. Francisco, aún dentro de Dalila, sintió cómo su erección volvía a crecer mientras sus dedos se enredaban en los mechones rojos de su cabello. Carmen, con una sonrisa pícara, se acercó a Andreína y la besó con furia, sus pechos aplastándose contra los de la otra mujer mientras sus lenguas se enredaban en un baile húmedo. Yeli, observando la escena con ojos hambrientos, se deslizó hacia la cabecera de la cama y se acomodó sobre el rostro de Francisco, sus muslos abriéndose para ofrecerle su culo empapado.
—Chúpame el coño mientras Dalila te cabalga —ordenó Yeli, su voz ronca de deseo, agarrando la cabeza de Francisco para guiarlo hacia su entrepierna—. Y no te detengas hasta que grite tu nombre.
Dalila, sentada a horcajadas sobre él, comenzó a mover sus caderas en círculos lentos, su vagina apretada y caliente ordeñando la verga de Francisco con cada descenso. Él gimió contra el coño de Yeli, su lengua lamiendo con avidez el clítoris hinchado mientras sus manos agarraban con fuerza las nalgas de Dalila, empujándola más profundo.
—Oh, joder, qué bien estás —jadeó Dalila, sus uñas clavándose en los hombros de Francisco mientras aumentaba el ritmo—. Me encanta sentirte tan dentro.
Andreína, que había estado besando y mordisqueando los pezones de Carmen con voracidad, se separó un momento para observar al grupo con una sonrisa traviesa.
—Quiero probar algo nuevo —anunció, deslizando una mano entre sus propias piernas y humedeciendo sus dedos con su propia excitación antes de llevarlos al ano de Carmen—. ¿Te gustaría que te folle con los dedos mientras te como el coño?
Carmen, con los ojos vidriosos de lujuria, asintió sin dudar.
—¡Sí, por Dios, hazlo! —exclamó, separando aún más sus piernas para darle mejor acceso.
Andreína, con movimientos precisos, introdujo primero un dedo en el ano de Carmen, luego otro, estirándola mientras su lengua se hundía en la vagina de la otra mujer. Carmen gritó, arqueando la espalda y apretando con fuerza los muslos alrededor de la cabeza de Andreína.
—Más fuerte —suplicó Carmen, su voz temblorosa—. Quiero más.
Andreína añadió un tercer dedo, curvándolos para rozar esa zona sensible dentro de Carmen que la hizo gritar de placer.
Mientras tanto, Francisco, con la lengua profundamente enterrada en el coño de Yeli, sintió cómo su propio orgasmo se acercaba. Dalila, montándolo con movimientos frenéticos, aceleró el ritmo hasta que ambos estallaron en un clímax simultáneo, Francisco bombeando su semen dentro de ella mientras Dalila gritaba su nombre entre jadeos.
Yeli, sintiendo la tensión en las piernas de Francisco, se levantó un momento para dejar que él recuperara el aliento antes de empujarlo suavemente hacia el suelo.
—Ahora te quiero aquí abajo —dijo, su voz llena de promesas—. Pero esta vez, será diferente.
Francisco, aún con la verga dura y brillante por los fluidos de Dalila, se arrodilló frente a Yeli. Ella se dio la vuelta, ofreciéndole su trasero redondo y firme, y se inclinó hacia adelante, apoyándose en el borde de la cama.
—Quiero que me la metas por detrás —susurró Yeli, moviendo su culo en círculos tentadores—. Y que Andreína te folle el culo mientras lo haces.
Andreína, que no perdió tiempo en lubricar su verga con el gel que había en la mesita de noche, se acercó a Francisco por detrás y comenzó a deslizar la punta de su pene en su ano, empujando con cuidado.
—Relájate —murmuró Andreína, sus manos agarrando las caderas de Francisco para guiarlo—. Déjame entrar.
Francisco gimió cuando sintió la presión del sexo de Andreína abriéndose paso dentro de él, su verga dentro de Yeli palpitando al ritmo de las embestidas de Andreína. La sensación de tener dos agujeros siendo penetrados a la vez era abrumadora, y no pudo evitar gemir con fuerza.
—¡Dios, qué buena está esto! —gruñó Francisco, sus caderas moviéndose instintivamente para encontrarse con las de Andreína mientras su verga se clavaba más profundo en el coño de Yeli.
Dalila, que había estado observando la escena con los ojos brillantes, se acercó a Carmen y se arrodilló frente a ella.
—Déjame comer ese coño mientras Andreína te penetra —dijo Dalila, sus dedos separando los labios de la vagina de Carmen para exponer su clítoris—. Quiero saborear cómo gime tu nombre.
Carmen, con los ojos entrecerrados por el placer, asintió y se recostó en la cama, abriendo aún más las piernas.
—Hazlo, pequeña —ronroneó Carmen—. Pero no te detengas hasta que me corra en tu boca.
Dalila no necesitó más invitación. Se lanzó sobre el coño de Carmen como una mujer hambrienta, su lengua lamiendo desde el perineo hasta el clítoris antes de succionar con fuerza. Carmen gritó, sus caderas levantándose del colchón mientras Andreína, desde atrás, empujaba con más fuerza, haciendo que Francisco también se agitara dentro de Yeli.
La habitación se llenó de gemidos, jadeos y el sonido húmedo de cuerpos chocando contra cuerpos. Yeli, con las uñas clavadas en la sábana, alcanzó su clímax primero, gritando el nombre de Francisco mientras su vagina se contraía alrededor de su verga. Andreína, sintiendo los espasmos del orgasmo de Yeli, aceleró sus embestidas en el ano de Francisco hasta que él también explotó dentro de ella, su semen saliendo a borbotones mientras gemía como un animal.
Carmen, sintiendo que ya no podía aguantar más, agarró la cabeza de Dalila y la empujó con más fuerza contra su coño, ordenándole sin palabras que la hiciera correrse. Dalila, obediente, aumentó el ritmo de su lengua, lamiendo y succionando hasta que Carmen gritó, su cuerpo convulsionando mientras su orgasmo la recorría de pies a cabeza.
El sudor cubría sus cuerpos, mezclándose con los fluidos de sus orgasmos, mientras se derrumbaban sobre la cama en un montón de extremidades entrelazadas. Ninguno de ellos quería moverse, pero sabían que esto era solo el comienzo.
Carmen, con una sonrisa pícara, se acercó a Francisco y le susurró al oído:
—Creo que necesitas algo más para relajarte después de tanto esfuerzo.
Antes de que él pudiera reaccionar, Andreína y Yeli lo agarraron por los brazos y lo arrastraron hacia el baño, donde la bañera ya estaba llena de agua espumosa y burbujas. Dalila, anticipando lo que venía, se deslizó dentro del agua primero y se acomodó contra el borde, sus piernas abiertas invitando a Francisco a unirse.
—Entra aquí —ordenó Dalila, su voz juguetona—. Te lavaremos como mereces.
Francisco, con el cuerpo aún tembloroso por los orgasmos anteriores, se metió en la bañera y se acomodó entre las piernas de Dalila. Ella, con una esponja jabonosa, comenzó a deslizarla sobre su pecho y abdomen, pero cuando llegó a su verga, en lugar de lavarla, la agarró con firmeza y comenzó a masturbarlo lentamente.
—Mmm, qué grueso estás —murmuró Dalila, su voz cargada de deseo—. Me encanta cómo te pones cuando te tocan.
Mientras tanto, Carmen y Yeli se turnaban para enjabonar el resto de su cuerpo, sus manos explorando cada rincón, cada curva, cada grieta. Andreína, sin embargo, tenía otros planes. Se acomodó detrás de él en la bañera y, con manos expertas, comenzó a masajear su ano con el jabón, preparándolo para lo que vendría.
—Respira hondo —susurró Andreína, su aliento caliente en el oído de Francisco—. Esto va a ser intenso.
Francisco sintió cómo un dedo resbaladizo se deslizaba dentro de él, luego dos, estirándolo mientras Dalila seguía masturbándolo con movimientos lentos y deliberados. Carmen y Yeli, viendo lo que estaba sucediendo, se colocaron frente a él, sus pechos a la altura de su rostro.
—Chupa estos mientras Andreína te prepara —ordenó Carmen, acercando un pezón a sus labios.
Francisco no necesitó que se lo pidieran dos veces. Abrió la boca y succion


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