La Bendi de Papa Parte 6
Pasa un año desde las aventuras en el Tigre de nuestros protagonistas. Sophia y Ale han cambiado, y se abren puertas a nuevas aventuras..
Queridos Lectores!
Perdon que estuve perdido este tiempo, pero por motivos personales pare un poco la producción. Les traigo esta nueva etapa en la relación entre Sophia y Ale. Y muchas puertas que se abren en la vida de nuestra princesita.
Había pasado un año y medio desde que Romina se nos fue. Se fue así, de un día para el otro, sin avisar, y no volví a saber nada de ella. Sophia estuvo hecha mierda las primeras semanas, lloraba por cualquier cosa, preguntaba a cada rato cuándo volvía la seño. Pero de a poco lo fuimos superando.
Yo, por mi parte, me encargué de revisar toda la caja de recuerdos que nos dejó. Estaba llena de videos y fotos de ella desde que era una nena. Y cuando digo desde que era una nena, digo desde muy nena. Los videos los había grabado y fotografiado el padre, que era el que la había criado a pija y caricia, igual que yo crío a Sophia.
Los videos de Romina eran tremendos. Pero ella parecía disfrutarlos, se notaba. Disfrutaba cómo el padre la abusaba, cómo la cogía de todas las formas posibles: con amor, con furia, sola, en grupo, con otros nenes. Romina era pedófila porque la había criado un pedófilo. Los videos la mostraban desde antes de que le crecieran las tetas hasta que quedó embarazada de los gemelos a los dieciséis. Era increíble verla en situaciones de todo tipo: disfrazada, con nenes y nenas más chicos que ella. Incluso había videos de ella ya de maestra, en jardines de infantes, con los pibes. Llevaría varios relatos contar todos los detalles, pero si había algo que quedaba clarísimo era la complicidad que tenía con ese hombre, que solo en contadas ocasiones dejaba ver la cara. Era el padre. Se amaban, se deseaban, igual que Sophia y yo. Nunca terminé de entender por qué dejó que yo fuera el que le sacara la virginidad a los gemelos, pero lo que es seguro es que, después de ese fin de semana en el Tigre, mi vida sexual y la de Sophia cambiaron para siempre. Ahí asumí mi condición de adulto que se excita con nenes, y además, mi amor por mi hija, que no se explica solo por la relación de padre e hija.
Los videos los compartimos con Sophia desde ese mismo día. Cada vez que estábamos solos los mirábamos, y ella imitaba a Romi, quería seguir sus pasos. Pero había límites: no quería todavía que mi hija se abriera sexualmente a otros, ni nenes ni adultos. Tenía dudas, miedos, y también celos. Creí que no iba a pasar nunca si lograba controlarla y convencerla. En el medio tenía una aliada maravillosa, Luisa, que hacía dos años era la niñera, y se encargaba de borrar o tapar los rastros de nuestra relación a cambio de un buen sueldo y de que le diera pija.
Sophia había empezado sus benditas clases de baile hacía más de un año. Eso la había puesto de mejor humor, la había ayudado con la tristeza. Si bien cada tanto se acordaba de Romi y preguntaba si sabíamos algo de ella, volvió a ser una nena alegre. Se enfocaba mucho en el baile y en la gimnasia, le dedicaba horas a su cuerpo, ya sea en las clases o haciendo ejercicios. Ejercicios que para mí eran la gloria. Verla bailar, mover ese culito infantil tan bien formado, era increíble. Se movía como una gata, con una sensualidad que te partía la cabeza. Me tenía todo el día con la pija dura y babeante, y ella lo sabía, porque mientras bailaba me miraba, me provocaba, hasta que al final ese cuerpito de seis años recibía su buena ración de pija. Además, todo su cuerpo empezaba a mostrar formas muy exquisitas: las piernas, la cintura, el pecho. Si bien no tenía las mamas desarrolladas, ya se veía que iba a heredar otra cosa hermosa de la madre, que eran dos muy buenas tetas. Por supuesto, bien entrenada en los morbos de su papi, cuando volvía de baile me daba sus bombachas a escondidas de la madre para que yo las oliera, o me hacía una paja mientras yo disfrutaba de su transpiración. Sophia era una provocadora y una puta exquisita, no paraba de querer pija. Todavía no sabía qué tan puta era mi nena. Estaba por descubrirlo.
La relación con Mariana seguía siendo una mierda. Con la llegada de Luisa encontró la excusa perfecta para no estar en casa casi todo el día. Ya había terminado sus estudios y estaba trabajando de enfermera en una clínica privada de estética en el centro. Se iba a la mañana muy temprano y volvía muy tarde, o de noche. Estaba totalmente desentendida de Sophia, la piba prácticamente la ignoraba, y las pocas veces que había intentado intervenir le tuve que aclarar que iba a terminar siendo paciente de la clínica. Luisa era la señora de la casa en todo sentido: limpiaba, dejaba la comida preparada, y además me mantenía al tanto de todo. Y me atendía muy bien la pija, una milf de barrio que sabe cómo sacarle leche a un macho. Si Mariana se quedaba en casa, o si ella necesitaba, Sophia iba a lo de Luisa a jugar con Brenda, la pibita que ahora tenía casi quince, y con Juanse, que tenía casi la misma edad. El hijo putito de Luisa se las tenía juradas, iba a llegar el momento en que iban a recibir ración de chota. Brenda era una putita famosa en el barrio, y se la pasaba insinuándose, especialmente a mí cuando me veía. Pero de momento había logrado zafar.
Una mañana estaba tomando unos mates y contestando mensajes del laburo, cuando aparece Mariana de mal humor, lista para irse.
—Tu hija dice que quiere que vos le hagas la colita para ir a la escuela. Yo no voy a discutir más con la pendeja, me voy a trabajar. Me lleva un compañero en auto para no esperar el bondi. Así que toda tuya, o llamá a la negra cochina de la vecina para que venga ella.
—Andá tranquila, no servís ni para peinar a tu hija. Si cogés con tu compañero, cero drama, me chupa un huevo, pero no vengas preñada porque te saco a patadas en el culo —le dije sin levantar la vista.
—Sos un maleducado y un forro.
—Pero por lo menos cuido a mi hija. Chau. —Me levanté y me fui para el baño sin mirarla. A los segundos escuché que cerró la puerta y se fue.
Entré al baño y la encontré a Sophia lista con la ropita del colegio de monjas, la pollerita tableada, la camiseta verde, parada en el banquito para poder peinarse y lavarse la cara. Estaba hermosa, era una re potra, había crecido un montón. Estaba en sus primeros días de primer grado, con esos ojos azules profundos, el pelo negro brillante, los labios rojos como sangre. Era una hembrita divina.
—Así que necesitás ayuda para peinarte.
—Eh, sí, papi, si querés. Igual yo me sé hacer trenzas sola, me enseñó Luisa.
—Entonces, ¿qué querías, que papi te haga la otra colita? —Le di un chirlo en la cola y la abracé desde atrás, mirándonos por el espejo. Enseguida ella movió el culito con un leve perreo para atrás, mientras me buscaba con los labios, y yo le di la lengua, nos chupamos los labios y las lenguas despacio, muy sensual. —Alguien quiere lechita antes de la escuela, parece.
—Sí, papi. Un poquito, por favor.
—A ver, gata traviesa, ¿qué vas a hacer? —Le solté el pelo que le caía sobre la espalda, le corrí un mechón y le mordí la oreja suave. Ella soltó un gemido bajito, de pura excitación.
—Lo que Romi hacía en los videos… pero solo si vos querés, papi. Tengo que ir al colegio.
—Hay tiempo para todo, mi amor. Vamos, antes de que tu estúpida madre se arrepienta y vuelva a hinchar las pelotas. ¿Querés que te haga la colita en el pelo, o la otra colita?
—Las dos, papi… la colita con el cepillo, y la otra colita con tu cosita grande. —Se bajó la minifalda unos centímetros, mostrando el borde de su bombacha, mientras me miraba con esos ojos de cachorra excitada.
—Dale, Princesa, vamos a divertirnos un ratito. Hoy vas a ir al colegio con un secreto muy dulce en la panza. —La levanté del banquito y la abracé fuerte, dándole besos en el cuello mientras la sentaba sobre la mesada del baño. A pesar de sus seis años, Sophia ya no era una nena inocente; tenía una morbosidad y una pasividad que no encajaban con su cuerpito y su carita de nena. Cosas como la pomadita y todos los eufemismos infantiles que introdujeron nuestros juegos sexuales desaparecieron para convertirse en una amante infantil, pero con una experiencia y un lenguaje propio de una experta. Sophia era la putita de papá. Amaba recordármelo. Hacía más de un año que tenía prohibido el sexo con Mariana, porque ella mandaba. Me permitía coger con quien quisiera, menos con su madre; ella no me merecía, según sus palabras. Por otro lado, ninguna hembra, absolutamente ninguna, podía compararse con ella. Sabía cada uno de mis morbos, sabía cómo volverme loco de placer con cada contacto, cada gesto. Y aprovechaba cada momento, cada lugar, para satisfacerme, pero además, para satisfacerse ella misma. No podía estar sin sexo, sin ser tocada, sin ser llenada de leche, baboseada, meada, chupada. Era una nena viciosa.
—Bueno, mi puta exquisita. A ver qué hace tu papi para que vayas con la panza llena. —La senté en el borde de la mesada, sus pies colgando, justo a la altura de mi cintura.
—Sí, papi. Papi me tiene que llenar… me tiene que poner tu chota adentro. La necesito mucho. Quiero tu lechita, papi. Mucha leche. —Me miró con un deseo que no era de una nena. El lenguaje era crudo, directo, aprendido de los videos de Romina y de nuestra propia práctica.
—Mi putita viciosa… ¿Y qué va a hacer papi con esa concha rica? —Le levanté suave la minifalda tableada, y me sorprendió lo que vi: una tanga de encaje, diminuta, usada. Estaba húmeda y desprendía ese olor agridulce tan excitante. No era una bombacha de nena.
—¿Qué es esto, mi amor? ¿De dónde sacaste esta cosita de puta? Está toda mojadita y huele a concha.
—Me la dio Luisa, papi. Me la regaló ayer. Me dijo que te iba a gustar mucho si me la ponía. Quería ponérmela para vos. ¿Te gusta, papi? Es mi tanga de puta.
—Me encanta, mi amor. Tu niñera es una genia. Una puta que ayuda a otra putita. —Acercándome a su entrepierna, hundí la nariz en la telita mojada. Olía intensamente a Sophia, a su transpiración infantil mezclada con ese aroma íntimo y excitante. Inspiré profundo, cerrando los ojos. —Ay, mi amor. Qué olor a conchita rica tenés… ¡Mmm! Me vuelve loco.
—Chupame, papi. Chupame la concha sobre la tanga. —Movió las caderas despacio, frotándose contra mi cara.
—Ya va a haber tiempo para eso, gata. Ahora, papi va a manosear a su princesa. —Deslicé las manos por debajo de la tanga. El encaje rasposo se movió bajo mi tacto, y mis dedos encontraron la piel lisa y suave de su monte. Era increíblemente suave, lampiña, ya algo húmeda por la excitación. Le acaricié la vulva por encima de la tela, dibujando círculos.
—Ay, papi… tocame. Más fuerte, papi. Sentí cómo se me moja la concha por vos.
—Sí, mi puta. Está caliente. Te voy a tocar bien hasta que te mojes toda. Mirá cómo tenés el agujerito de la tanga, ya está empapado. ¿Querés que meta los dedos, o la pija de papi directo?
—La pija, papi. Quiero tu pija grande ya. Metémela hasta que me duela, papi. Te amo, papi, sos mi macho. Mi macho de chota grande.
—Sos la puta más linda y más viciosa, mi amor. Vamos a llenarte la conchita de leche, como a vos te gusta. —Retiré las manos de debajo de la tanga, que ahora estaba pegada a su piel, completamente mojada y oliendo a ella. Con un movimiento rápido, la bajé del todo, tirándola al suelo. La levanté en mis brazos y la abracé contra mí, sintiendo su cuerpito excitado. —Vamos a ponerte esa colita de pelo después. Ahora vas a recibir la otra colita, Princesa. La que te va a dejar caminando como una puta orgullosa.
—Dale, mi putita viciosa, decile a papi dónde querés la pija. ¿En la conchita o en el orto?
—En los dos, papi. Pero primero llename la conchita. Me encanta sentirte ahí adentro, papi. Y el orto lo quiero para después, para ir con lechita en el culo al colegio.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo vas a hacer para ir con la conchita llena de leche y el culo abierto, mi amor? Vas a ir caminando como una putita recién cogida.
—Sí, papi. Voy a caminar como una puta orgullosa, como dijiste vos. Mirá, ya estoy toda mojada. Sentí el olor. —Me tomó la cara con sus manitas y me acercó más a su entrepierna. El aroma a sexo, a esa mezcla agridulce, era potente. Me excitaba como nada.
—¡La puta madre que olés rico, mi amor! Estás que ardés. Papi está durísimo. ¿Te vas a portar bien? ¿Vas a cerrar la boca cuando papi te dé la leche?
—Papi, yo cierro la boca y aprieto fuerte para que no se te escape ni una gota de leche. La necesito toda. ¿Me vas a poner de perrito para que me des masa como a Romi en los videos?
—Mi puta experta. Sabés todo lo que le gusta a papi. Vamos a darte tan duro que vas a caminar como un pato todo el día en el colegio. Pero primero, la colita del pelo. No queremos que la estúpida de tu madre sospeche. —La solté un momento, y ella hizo un puchero.
—No, papi. La otra colita primero. La del pelo no importa. Ya se me va a desarmar cuando me llenés.
—Sos una atrevida, mi amor. Siempre querés la cochinada antes. Bueno, mi Reina. Preparate, que papi te va a dar el gusto. Pero hoy te toca doble ración de todo. Te voy a peinar con la pija, y con el cepillo.
—¡Sí, papi! ¡Peináme! ¡Llename! Dale, que necesito tu pija ya. ¡Metémela!
—¡Sí, papi! ¡Metémela! ¡Ahora! ¡Quiero tu pija!
—Mi putita desesperada. Bueno, no se hable más. —La agarré de las caderas, la giré despacio para que quedara de frente a mí y la senté en la mesada. —Mirame mientras te doy lo que pedís, mi Reina.
Se desabrochó la minifalda de monja, que cayó al piso junto con la tanga de encaje. Me acerqué y la penetré lentamente, sintiendo cómo mi erección, grande y dura, se deslizaba por su conchita hinchada y perfectamente lampiña. Aunque era una nena, su cuerpo ya era una cueva dulce y caliente que me recibía.
—¡Ahí está, mi amor! ¡Adentro! —La agarré de la cintura con las dos manos. Su espalda se arqueó, buscando más de mi pene. —Sos tan apretadita y rica, Sophia.
—¡Ay, papi! ¡Sí! ¡Movete! ¡Dame duro!
Comencé a moverme despacio, un ritmo suave pero profundo. Ella me agarró del cuello y me besó con urgencia. El espejo del baño nos devolvía la imagen: yo, imponente, penetrándola; ella, con las piernas colgando, agarrada a mí, la falda a un lado, la blusa blanca y el cuello de monja desordenados.
—Mirá en el espejo, mi amor. Mirá lo puta que sos, mirá cómo me tenés adentro. —Aumenté la velocidad, entrando y saliendo con más fuerza. El choque de nuestras pieles era el único sonido. —¡No puede ser que seas tan puta! ¡Con la edad que tenés! ¿Sabés cómo me volvés loco?
—¡G-gracias, papi! ¡Sí! ¡Soy tu puta! ¡Llenáme! ¡Gritáme!
—Te va a crecer el orto de tanto semen, mi amor. Te voy a llenar hasta la garganta. Sos tan exquisita.
Seguí embistiéndola mientras la miraba. Sus ojos se cerraron, su boca entreabierta en un grito silencioso de placer.
—Sos mi puta exquisita. La puta de papi. Nadie te toca como yo. Nadie te llena como yo.
Ella gimió con un sonido más agudo. —¡Ah, papi! ¡Me voy a venir! ¡Más, papi! ¡Más!
Sentí la presión. Me saqué el pene un segundo, escupí generosamente en mi palma, y sin soltarla, llevé la mano mojada a su culito. El ano de Sophia era una flor apretada, apenas visible. Con la punta de mi dedo, empecé a delinear el contorno.
—A ver, mi amor. El orto más hermoso del mundo.
Mi dedo se deslizó un poco dentro. Sophia soltó un gemido que esta vez no era de placer vaginal, sino de una nueva, más profunda excitación.
—Tu culito es lo más hermoso y sexy del mundo, mi reina. Parece tallado. Todo ese baile, todas esas horas, te tonificaron esto. Mirá cómo brilla, tan redondito, tan perfecto. No hay uno igual, mi amor. Es una obra de arte.
Moví el dedo, entrando y saliendo de su culo despacio mientras la penetraba por la concha con el ritmo de antes. Era una doble tortura de placer. Ella apretaba mi pene, volviéndome loco.
—¡Veníte, mi amor! ¡Veníte para papi!
Ella se vino, un espasmo tembloroso recorriendo su cuerpo. El gemido fue largo, silencioso, pero sentí el latido de sus paredes internas.
—Así me gusta. Mi puta con la concha mojada y el orto esperando. Agarrate fuerte, mi Reina, que recién empezamos.
Sophia respiraba agitadamente, sus ojos todavía cerrados, el placer reciente ondulando en su rostro. Yo seguí moviéndome, embistiéndola por la concha, lento pero profundo. El placer de verla así, exhausta por el clímax, pero lista para más, era adictivo.
—Ahora, mi amor, vamos por la doble. Te voy a peinar la concha y el orto a la vez.
Tomé el cepillo de pelo de la mesada, uno grande, de mango grueso. Sophia abrió los ojos, su sonrisa era de pura anticipación.
—Para el final. La doble.
Tomé el mango del cepillo y lo unté un poco con el fluido que salía de su concha. Con cuidado, lo acerqué a su culito.
—Relajá, mi amor. Despacito.
Empecé a introducir el mango del cepillo en su ano. Era grueso y requería paciencia. Sophia soltó un grito ahogado de sorpresa, pero su cuerpo se relajó casi de inmediato. Su concha, todavía húmeda y temblorosa por el orgasmo, recibió de nuevo mi erección. Doble penetración. Mi pene en su concha, el mango del cepillo en su culo.
—¡Ay, papi! ¡El cepillo! ¡Es mucho! —Gritó, pero se agarró con más fuerza a la mesada. —¡Pero me encanta! ¡Sos el mejor, papi!
—Sos mi perra insaciable. Mirá cómo aguantás. ¡Sos una diosa!
La embestí por la concha, mientras el mango del cepillo se movía un poco con el movimiento de su cuerpo. Era una imagen brutal y excitante en el espejo. El placer era demasiado intenso.
—Ay, que te gusta, amor… mmm mostrame cuánto te gusta que papito te coja —empujaba despacio el cepillo en su culito infantil, admirando ese monumento al ojete en una potranquita de seis años. La miraba por el espejo, su cara era un poema, disfrutando como una adulta la introducción del pene, y además jugaba con un objeto duro en su culo. —¿Te duele, amor? ¿Querés que lo saque?
—¡Nooo, papi… no lo saques! Se siente rico, duele un poco, pero me siento muy llena… mmmm papi, me gusta mucho que me metas la pija…
—Eso es porque sos muy putita pendeja, pero papi tiene acá lo que necesita una putita de seis años como vos… papi ama abusar de vos, enana… —Dije, mirándola desde atrás por el espejo; nuestras miradas se cruzaron en el reflejo con picardía. Su culito todo sudado por el momento me volvía loco, le pegué una buena nalgada.
—M-más, papi… llename el ortito… la pija es lo más rico que hay… más, papi, dame más… —Jadeó, moviendo las caderas para ayudar a la penetración y al cepillo, forzando ambos hasta el límite.
—¡Mi puta insaciable! ¡Te voy a reventar! ¡Tomá la pija! —La embestí con una furia renovada en su concha, mientras con mi otra mano forzaba el mango del cepillo un poco más adentro de su culo, sintiendo cómo cedía con un dolor delicioso. —¡Te encanta ser cogida, mi amor! ¡Mirate en el espejo, puta! ¡El ortito con el cepillo! ¡La concha con mi pija! ¡Sos una putita perfecta!
—¡Papi, me voy a venir de nuevo! ¡Sí, papi! ¡Abusame! ¡Llename! ¡Ahhh! —Su cuerpo se convulsionó otra vez en un segundo orgasmo, apretando mi pene con una fuerza que me hizo gemir.
—¡Ahora sí, mi reina! ¡Ahora viene tu leche! —Retiré el pene de su concha, que ya chorreaba fluidos mezclados, y lo acerqué a su rostro. —¡Abrí la boca, mi putita! ¡Te vas a tragar toda la leche para ir al colegio!
Sophia abrió la boca sin dudar. Puse mi pene en su boca, que lo succionó con el conocimiento de una profesional. Me vine con una explosión, llenando su boca. Ella se tragó todo, sus ojos azules mirándome con devoción.
—Buena chica. Tragaste todo. Sos la mejor. Ahora, a peinar el orto. —Saqué el cepillo de su culo de un tirón. Ella gimió por el vacío. Lo unté con el semen que me chorreaba del pene y lo volví a meter en su ano, esta vez más rápido y profundo.
—¡El orto lleno! ¡Me encanta, papi! —Dijo, con la voz ahogada por el placer anal y la boca llena de mi semen.
—Te vas a ir con el orto adolorido y lleno, mi amor. Caminando como una puta. Pero vas a ser la más feliz. Ahora, a peinar ese pelo antes de que se haga tarde.
Sophia se paró otra vez frente al espejo. Su pelo era un desastre, su carita chorreaba un poco de semen y estaba toda desalineada. Nos miramos a los ojos y empezamos a reír a carcajadas. La tomé de la barbilla y me acerqué.
—Te amo, locurita mía. Sos lo más hermoso y tierno que me pasó en la vida, ¿sabías?
—Yo también te amo, papi… gracias por ser así conmigo. Soy muy feliz. —Nos besamos con mucho amor, despacio.
—Ahora tenemos que cambiarte o llegás tarde a la escuela y yo al trabajo.
Entonces siento que golpean la puerta del baño. Yo estaba todavía con la pija sucia de jugos de la concha de Sophia, y Sophia toda desarreglada con restos de semen en la carita. Si era Mariana, estaba en un problema grande. Sophia me miró con los ojos enormes, asustada, preocupada por la situación. Entonces una voz conocida habló.
—Señor Ale, es re tarde, ¿quiere que lo ayude a vestir a Sophia? —Me volvió el alma al cuerpo, abrí la puerta despacio y apareció la niñera, esa hermosa milf de barrio tetona con olor a concha que cuidaba a mi hija, y le enseñaba cómo estar lista para su macho.
—Luisa, qué susto me pegué, pensé que estábamos solos —dije sin el menor pudor a que nos viera en ese estado.
—Perdón, vecino, entré cuando vi que Mariana se había ido, pensé que por ahí necesitaba ayuda con algo. Pero los escuché jugar y no los quise interrumpir, pero la hora… es tarde —dijo mostrando cómo se tomaba en serio su trabajo. No era para menos, cobraba un buen billete por su lealtad y su silencio.
—¡Luisa!, ¿vos también vas a jugar conmigo hoy? —dijo mi princesa abrazando fuerte a su niñera, que enseguida la levantó a upa, y le dio un beso en la barbilla limpiando restos de mi semen.
—Si querés podemos jugar las dos cuando vuelvas de la escuela, hoy Juanse viene más tarde, y vamos a estar las dos solas, pero ahora te tengo que cambiar, no podés ir así pegajosa de semen y con el pelo como un nido de caranchos.
—Tiene razón, Sophi, se nos hizo re tarde, tenés que prepararte. Y yo, yo tengo que irme a trabajar también, así que dale, corazón.
—¡Ufa!… yo quería un poco más… —Luisa se rio.
—Jaja, qué nena tan regalada… Jaja. ¿Sabes cuántas mujeres envidiarían todo lo que haces con tu papi? Dale, vamos a cambiarnos.
—Dale, mi amor, que papi tiene que ir a trabajar con el choro limpio, y vos tenés que ir a la escuela con la cara de nena buena. Pero mirá la pija de tu papi, está toda pegoteada. ¿Me ayudás a limpiarla?
—¡Sííí, Luisa! Yo quiero limpiarle la chota a mi papi. —Dijo, ya más animada, bajando de los brazos de la niñera.
—Son unas putitas bien serviciales. A ver, mi Reina, vení, pasame la lengua a ver si sacás todos los restos de tu conchita y de mi leche.
Sophia se acercó con devoción a mi entrepierna. Con la punta de su lengua, empezó a lamer mi glande, limpiando los restos de sus jugos y mi semen.
—A ver, negra cochina, que yo también te ayudo a limpiar al macho. —Luisa me agarró el pene, que ya se estaba endureciendo de nuevo, y me lo restregó contra su busto. Luisa vestía una blusa liviana que se desabrochó con rapidez, dejando al aire un par de tetas grandes y maduras, con pezones oscuros y erectos. —Tomá, forro, disfrutá de las gomas de tu mucama. Mirá, pendeja, así se limpia la chota de un hombre.
—¡Qué tetas grandes, Luisa! Yo quiero que me crezcan así. —Dijo, mirando los pechos con admiración, sin dejar de pasar la lengua por mi pene.
—¡Qué par de tetas enormes que tenés, negra sucia! Sos una milf de barrio regalada. Mirá cómo le enseñás a mi hija a ser una puta. —Le dije a Luisa con desprecio, pero mis ojos no se despegaban de su escote.
—¡Eso, patrón! Insúlteme. Me excita que me hable así, sorete. Soy su puta que limpia y garcha cuando el amo lo pide. —Mientras decía esto, presionaba mi pene entre sus enormes tetas, haciendo una cubana.
—Te voy a reventar de leche, vaca lechera. Mirá, mi hija te está limpiando la punta mientras vos me ordeñás. Sos una villera que solo sirve para esto.
—Papi, ¿yo también soy una puta como Luisa? Yo quiero que me digas así, papi. Y que me escupas también.
—Sos mi putita personal, mi amor. La más exquisita. Y mirá, te vas a ir con el culo abierto y la boca llena de leche. Luisa es la negra que calienta las bolas, vos sos la Reina.
Luisa, mientras me hacía la cubana y Sophia lamía, deslizó una mano por la espalda de Sophia y, con el dedo índice, empezó a masajear suavemente la entrada de su ano, que todavía estaba sensible por el cepillo.
—A ver cómo tenés el ortito, princesa… Todo blandito y lubricado. Te gusta que papi te rompa el culo, ¿no? —Murmuró con una sonrisa cómplice.
—¡Sí, Luisa! Me gusta. Tocame ahí… más fuerte. Papi, mirá, mirá cómo Luisa me toca el orto mientras te chupo la chota. ¿Puedo escupirte como a Luisa, papi?
—¡Qué degeneradas son las dos! ¡Me vuelven loco! ¡Tocale fuerte el culo, Luisa, que sepa lo que es el placer anal! Y vos, mi amor, ¡tragate toda la leche!
El placer se intensificó. Sentí la lengua caliente de Sophia en la punta, el roce suave y firme de las tetas de Luisa, y la mano de la niñera en el orto de mi hija. Era una sinfonía de perversión.
—¡Tomá, negra puta! ¡Ensuciate las tetas de leche! Ahhhhhhhhhh —Me vine con un gemido ruidoso, llenando la boca de Sophia con mi semen, que ella tragó inmediatamente, mientras una parte salpicaba y manchaba el generoso escote de Luisa.
—¡Sí, patrón! ¡Ensuciame! ¡Me encanta que me llenes de leche! —Dijo, restregándose el semen en los pechos con una mueca de placer. —Viste, putita de papi, así se atiende al macho. Ahora, limpiate la cara que tenés que ir al colegio.
Luisa tomó a Sophia, le limpió los restos de semen de la cara con su barbilla, y luego la puso de pie. Me guiñó un ojo, como diciendo: «Misión cumplida».
—Negra desagradable. Andá a cambiarla y peinala. Y vos, Sophia, hoy tomaste mucha leche. A portarse bien en la escuela, mi princesa putita.
—Chau, papi. Te amo. Hoy me voy feliz. ¿A la tarde me llevás vos a Baile?
—Sí, mi amor. Papi te lleva a baile.
—Ah, buenísimo. Yo te iba a preguntar, Ale, si querías que la lleve con Juanse, ya que tengo que buscarlo del colegio a él también.
—No te hagas problema, Luisa. Te doy la tarde libre hoy por ser una excelente niñera. Cuando vuelvo del trabajo los busco yo a los dos y me encargo de llevar a Juanse y a Sophia a donde tengan que ir. Así paso un poco más de tiempo con Sophia antes de su clase de baile.
—¡Ay, qué bueno! Gracias, entonces hoy me quedo descansando. ¡Qué amable!
—De nada. Ahora vístanse que se hace tarde.
—Sí, señor. Ya la visto. Chau, Ale.
—¡Chau, papi! ¡A la tarde me voy con vos! —Me tiró un beso volador.
Las dejé en el baño y fui a cambiarme. Las escuchaba charlar. Luisa era muy cariñosa con Sophia, y le enseñaba a cómo guardar las formas. Le explicaba que no tenía que ir con tanga a la escuela. Que era una nena muy linda, pero que tenía que saber no llamar la atención en algunos lugares, para que pueda seguir jugando con papá. Luisa era una gran niñera.
—Sophia, mirá qué hermosa te queda esta bombacha. Es de algodón, de nena. Es mucho mejor para ir a la escuela, mi amor. La tanga de encaje la guardamos para cuando volvés, ¿dale? Es nuestro secreto.
—¡Pero me gusta mi tanga de puta, Luisa! ¡Me la regalaste vos! Papi dice que soy su puta exquisita.
—Y lo sos, mi vida. Pero en la escuela sos la Princesa Sophia, la alumna más dulce. Mirá, esta bombachita tapa todo el pegote que te dejó papi. Si vas con la tanga, se te va a ver todo marcado por abajo de la pollera, y no queremos que nadie sospeche. Tenés que ser muy viva, mi amor.
—¿Y a vos también te llena papi, Luisa? ¿Vos sos la puta de papi?
—Ay, Princesa, no hagas esas preguntas. Yo solo ayudo a tu papi a estar feliz, y él me ayuda a mí. Además, soy tu niñera, y estoy para cuidarte y para que puedas estar con tu papá. Si yo hablara, no podrías jugar más con él. ¿Vos querés eso?
—¡Noooo! No quiero que papi me deje de coger. Me encanta que me llene la concha y el orto. Me gusta que me diga putita.
—Entonces, a portarse bien y a seguir las reglas. Mirá, el pelo te lo vamos a peinar con estas gomitas. Te voy a hacer dos colitas bien firmes. Así pareces una nena inocente.
—Pero me va a doler un poco el ortito… ¿Me vas a poner de perrito cuando volvamos, Luisa?
—Jaja, sos terrible. Te prometo que a la tarde vamos a jugar un rato, si papi no viene tan temprano. Ahora, estate quieta que te pongo la pollera y la blusa. Mirá, te voy a poner un poco de este perfume de nena, así no se siente el olor a leche de papi.
—¿Y papi te coge a vos con mi perfume?
—¡Dale, Sophia! ¡No seas preguntona! Acordate: cara de nena buena, caminás despacio porque te duele la cola, y no le decís a nadie de dónde sacaste el olor a semen. Somos un equipo, ¿dale?
—¡Dale, Luisa! ¡Somos el equipo de las putas de papi! ¿Papi nos va a coger juntas algún día?
—Jaja, ojalá, mi amor. Pero eso lo decide el Patrón. Ahora, andá a cepillarte los dientes y yo te espero para irnos. ¡Qué linda estás! ¡Parecés una virgencita! —Sentí el chasquido del beso que le dio Luisa a mi hija, y cómo Sophia se iba corriendo. Me quedé un segundo con una sonrisa maliciosa. Tenía a las dos en la palma de mi mano.
Me fui a trabajar. Fue una mañana monótona en el laburo. Estaba trabajando en una división de inteligencia de la policía que se dedicaba a seguimiento digital. Cerca del mediodía me dirigí a la oficina de uno de mis compañeros, con quien habíamos quedado para almorzar. José tenía mi edad, y era padre viudo de dos nenas. Veníamos hablando mucho sobre nuestra vida como padres. Él no sabía de mi conexión con Sophia, pero cuando hablaba de sus hijas había algo raro, algo diferente. Desde que se encargó solo de la casa se había vuelto menos social, y se la pasaba hablando de sus hijas cuando estábamos juntos. No quería ir a fiestas o reuniones, y dejó de ir a jugar a la pelota. Solo del laburo a casa y de casa al laburo. Lejos de parecer triste por el luto, se lo veía feliz, con energía, pero no la compartía con los amigos.
José había estado casado con una mujer rubia, hermosa, con unas tetas que eran blanco de todos nuestros comentarios. Habíamos hablado de ella muchas veces, como amigos y confidentes, y siempre me mostraba fotos de la mina desnuda, con enormes pechos. Sus hijas habían salido muy parecidas a la madre: rubias, ojos verdes, curvilíneas. India tenía catorce años, y era una adolescente hermosa, pechos generosos para su edad, un culito paradito, piernas macizas por jugar al hockey. Bastante extrovertida, y acostumbrada a liderar, con mucha personalidad. Helena tenía nueve, ya se podía ver el inicio del desarrollo de sus pechitos; también era jugadora de hockey. A diferencia de su hermana, su culo era un atributo más notorio y paradito, casi como el de mi hija Sophia. Por como su papá contaba, las nenas habían madurado desde la muerte de la madre, y eran las mujercitas de la casa.
Me dirigí a nuestro almuerzo habitual en su oficina, toqué la puerta para entrar. Al ingresar, vi que José cambiaba algo que miraba en la computadora, parecía porno. Por nuestro trabajo veíamos muchísimo porno infantil u otro tipo de actividades en redes relacionadas con tráfico sexual, por lo que en principio no me pareció raro. Pero sí noté que él se puso más nervioso de lo común, después de todo no era la primera vez que veíamos esos materiales juntos por trabajo; también hemos comentado mucho sobre ese material y confesado cómo nos paraba la pija ciertas cosas.
—Ehh, chabón, pensé que era más temprano, ¿ya es la hora de almorzar? —me contestó medio nervioso.
—Sí, jajaja, son las 13:30, campeón. Ya es tarde, me estoy cagando de hambre, deja de mirar cosas de laburo y vamos a morfar. Traje unas milangas.
—Perdón, es que me enganché con un seguimiento de un proxeneta del norte, pero bueno, creo que ya tengo lo que necesitaba. —Era claro que me mentía, estaba extrañamente nervioso.
—¿Por eso tenés la pija así de dura, jaja? —le señalé la visible carpa en el pantalón.
—Bueno, uno no es de piedra tampoco, chabón, ya sabes, jajaja, soy tan pajero como vos.
—Jajaj, sos re pajero, pero te haces el tonto. Dale, vamos a comer.
—Dale, voy a la heladera de abajo que traje unas birras, total en un rato nos vamos.
—¡Esa, papá! ¡Bien ahí, un par de frescas! —Se levantó y salió de la oficina en busca de las birras, mientras yo empecé a abrir la comida.
Mientras buscaba unos cubiertos que tenía guardados en un cajón, noté que había dejado la computadora abierta y, si bien había bajado la ventana, lo que miraba seguía abierto. Me mató la curiosidad, así que me senté y abrí el video. Lo que vi me dejó boquiabierto.
En el video se veían dos hermosas nenas rubias, una más grande y desarrollada, y otra más chica. La chica tenía el pelo atado en una gran trenza, mientras la más grande tenía el pelo suelto. Ambas se besaban, con ternura y con mucha expertise, como si supieran hacerlo de toda la vida. La más grande metía despacio los dedos entre las piernas de la más chica y la masturbaba despacio, masajeaba el clítoris ejerciendo una leve presión. La chica gemía. Ambas sudadas, su cuerpo brillaba como si les hubieran puesto aceite en la piel. La calidad de la filmación era muy buena, mejor que una porno de la tele. En un momento dado se separan del beso y se veía claramente: eran India y Helena, las hijas de José. En ese momento se escucha una voz de fondo, era la voz de mi amigo que las filmaba, indicándole a Helena que chupe las tetas de su hermana mayor, que les dé amor.
Me quedé petrificado, los ojos fijos en la pantalla que proyectaba la imagen de India y Helena, desnudas y brillantes, como estatuas de mármol pulido. Sus cuerpos jóvenes, cubiertos por esa capa delgada y lustrosa que parecía aceite, brillaban bajo la luz artificial de la habitación filmada.
India, la mayor, con sus catorce años, era un portento: rubia, con pechos generosos que desafiaban su edad, ahora erectos y coronados por pezones grandes y oscuros. Helena, de nueve, más chica, pero con una figura ya definida, tenía su pelo atado en una trenza pulcra que contrastaba con la escena de pura lascivia.
En el video, India se reclinó un poco, ofreciendo su cuerpo a su hermana. Helena se acercó con una naturalidad sorprendente, como si fuera lo más normal del mundo. Su boquita se abrió sobre el pezón de India.
Escuché la voz de José fuera de campo, un susurro ronco y excitado que sonó como una orden divina para las nenas: «Despacio, Elenita… Dale amor a la teta de tu hermana… chupale rico, como te gusta».
Helena obedeció al instante. Su lengua chica y húmeda jugueteaba primero alrededor del pezón, probando, y luego succionó con una fuerza tierna pero efectiva, haciendo un chasquido suave que se filtraba por el micrófono. India gimió, un sonido grave y placentero que hizo que mi erección se tensara aún más contra mi pantalón. Las manos de India se hundieron en el cabello de su hermana, guiándola con una mezcla de dominación y excitación.
«Eso es, mi amor… mordela un poquito, India… que sienta lo que te gusta», instó José desde la oscuridad.
India sonrió, una mueca de pura perversión en su rostro juvenil, y cumplió, atrapando el pezón de su hermana con suavidad entre sus labios, dándole un mordisco juguetón que hizo que Helena se estremeciera, soltando la teta para soltar un gemido ahogado de placer.
India luego se inclinó sobre la chica, tomando la iniciativa, su aliento cálido contra el cuello de Helena. La mayor deslizó una mano por el cuerpo aceitado de la menor, una caricia lenta que descendió por el vientre liso hasta llegar al punto más sensible. Los dedos de India se encontraron con la entrada de la vulva lampiña de Helena, que estaba hinchada y ya visiblemente húmeda.
«Tocale la conchita, India… despacio… que se moje para papi», ordenó José.
India obedeció, masajeando el clítoris expuesto de su hermana con una delicadeza experta. Helena jadeó, el movimiento rítmico la hacía arquear la espalda.
«¡M-más, India… me gusta… ay!», la chica jadeaba, con los ojos cerrados por el placer. El aceite hacía que el deslizamiento de los dedos fuera suave, casi sin fricción, pero la presión era suficiente para provocar una respuesta intensa.
Sentía mi propia sangre hirviendo, observando la escena con una fascinación mórbida. No era solo sexo infantil, era un acto de exhibicionismo incestuoso dirigido y filmado por el propio padre. Y eran hermosas, dos rubias perfectas entregadas al placer mutuo bajo la mirada de su progenitor.
Helena, con su cuerpo estremeciéndose bajo el tacto de su hermana, buscó los labios de India. Se besaron de nuevo, un beso profundo y húmedo, las lenguas entrelazadas con pasión, mientras los dedos de India seguían el ritmo de la masturbación. El placer en los rostros infantiles de las dos nenas era palpable, una excitación que iba más allá del simple juego, una complicidad sexual que solo podía ser engendrada por el morbo de su padre.
—¿Qué haces con mi computadora, boludo? —Estaba tan metido en lo que veía que perdí la noción del tiempo. José cerró la puerta y corrió a cerrar la computadora, increpándome: —¿Qué viste? ¡No tenías derecho!
—Pará, José… pará, no… ¿Esas eran India y Helena? O sea, ¿vos y ellas?
—No, pará, no entendés. Yo te puedo explicar. Por favor, amigo, no me quemes, tiene una explicación todo… —Su intento de parecer enojado duró un segundo, notó que estaba acorralado. Pero yo no tenía intención de aprovecharme de él, él era mi gran amigo, casi un hermano.
—Poné llave a la puerta, pelotudo, vos y yo tenemos que hablar.
—¡Pará, Ale, por favor! Soy el único sostén de mis hijas, no puedo ir en cana, por favor…
—¡Cerrá el orto, y cerrá la puerta con llave, dale, no seas boludo! —le grité. Él inmediatamente se dio vuelta y puso llave a la puerta de la oficina. Y me miró pálido.
—¿Ahora qué? ¿Me vas a denunciar? Por favor, amigo, no lo hagas, mis hijas no tienen a nadie más.
—¿Y no pensaste en eso antes de estar filmándolas y mirándolas en tu oficina, en un edificio lleno de policías, pelotudo? ¿Qué hubiera pasado si no era yo el que lo veía? ¿Te imaginás el quilombo? ¿Así las cuidás?
—Perdón, amigo, sé que soy horrible, y lo que hago está muy mal, no quiero hacerles daño, pero ellas son felices, realmente disfrutan esto, ¡juro que no las obligué a nada!
—¡Ya sé, boludo! Sé que jamás obligarías a tus hijas a nada, no te estoy cagando a pedos por eso, sino porque te podría haber descubierto otro. ¡PELOTUDO! —Le grité, tratando de hacerle entender que no lo estaba juzgando.
—Entonces vos… ¿no vas a…? —Me miró incrédulo.
—No, gil, ¿cómo voy a denunciarte? Tampoco te voy a juzgar, soy tu amigo, y además…
—Además ¿qué? ¿Qué me vas a pedir a cambio?
—Nada, boludo, somos amigos desde la academia, y por algo somos como hermanos, voy a mostrarte algo. —Saqué mi celular y busqué un video reciente de Sophia, con sus seis añitos, mostrando que ya era toda una provocadora de machos, se había grabado sola bailando de forma sensual, hablándole a la cámara como si yo estuviera viendo, y que termina masturbándose con un consolador. José me miraba extrañado, sin entender, sin saber qué esperar. —Tomá, mirá este video y vas a entender.
José tomó mi celular con manos temblorosas. Al principio, la imagen lo confundió: una nena morocha, de pelo bien oscuro, chica, en ropa interior, parada frente a lo que parecía ser la cámara de mi teléfono. Luego, la reconoció. Eran los ojos azules profundos de Sophia. Estaba en una habitación que reconocí como la nuestra, la luz suave filtrándose por una ventana.
En el video, Sophia, con sus seis años, llevaba puesta la tanga de encaje que le había regalado Luisa. Se movía despacio, con esa sensualidad innata que había desarrollado por sus clases de baile y por el constante abuso. Su cuerpito, tonificado, se contoneaba con una expertise que aterraba y excitaba a partes iguales.
Sophia miró directamente a la cámara, con una sonrisa maliciosa.
—Hola, papi. ¿Me estás mirando, mi amor? Sé que sí. Sabía que ibas a querer verme. —Su voz era infantil, pero el tono era de una amante experimentada.
Empezó a bailar, un perreo lento y consciente, moviendo ese culito paradito y chico que era mi perdición. Se inclinó, mirando la cámara entre sus piernas.
—Mirá mi colita, papi. ¿Te gusta? Hoy Luisa me la llenó un poco con el dedo, para que no me duela tanto cuando vos me la rompas más tarde.
Luego, se enderezó y se acercó a la cámara, sentándose en el suelo. Se tocó la vulva, masajeando la tanga ya húmeda.
—Mi conchita te extraña, papi. Está toda mojadita. ¿Ves? Huelo a tu pija. —Aspiró con teatralidad la tela. —Me encanta tu olor, papi. Ojalá me hubieras llenado más la boca hoy.
Se levantó y caminó fuera de cuadro por un instante. Volvió con un consolador de silicona, uno chico, con forma de pene, que guardaba en su caja de «juguetes secretos». Lo sostuvo frente a la cámara, lamiendo la punta con picardía.
—Hoy no pude tener tu chota, papi. Así que voy a tener que usar a este. Pero no es lo mismo. Este no me da tu leche. —Se subió las piernas y se acostó de espaldas, abriendo las rodillas.
—Mirá, papi. Mirá cómo me lo pongo. —Con una naturalidad sorprendente, se introdujo el consolador en la vulva. Su rostro se contorsionó en un gesto de placer intenso. —¡Ay, papi… se siente bien… pero no es tu chota grande! Te necesito adentro, papi. ¡Meteme tu pija!
Comenzó a embestirse con el juguete, su respiración agitada.
—Soy tu putita, papi. Soy tu puta exquisita. Me voy a venir pensando en vos. ¡En tu semen! —Se vino con un grito ahogado y tembloroso, el consolador todavía dentro. Jadeando, lo sacó y lo besó. —Te amo, papi. Llename la concha y el orto cuando vuelvas. Dame mucho, mucho semen.
El video terminó con ella tirando un beso y apagando la cámara.
José, que había estado pálido durante la filmación de sus propias hijas, palideció aún más al ver a Sophia. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, y el teléfono resbaló de su mano, cayendo sobre el escritorio.
—Ale… es… es tu hija. Sophia… —Su voz era apenas un susurro, mezclando horror y una comprensión repentina e ineludible. —Ella… ella está…
—Sí, boludo. Es Sophia. Mi puta exquisita de seis años. La que me pide que la llene de semen en la concha y el culo. La que se graba para su papá. —Lo miré a los ojos con una calma que lo desarmó.
—No… no puede ser… Yo… pensé que era el único… —Se tambaleó, apoyándose contra la pared de la oficina. La negación se derrumbó en sus ojos. —Sos… sos como yo.
—Somos iguales, José. Siempre lo fuimos, solo que lo negábamos. Vos con tus nenas, yo con la mía. No sos un monstruo, boludo. Sos un padre que ama a su hija de una manera que la sociedad no entiende. Y ella te ama a vos.
José se sentó en la silla frente al escritorio, cubriéndose el rostro con las manos. Las milanesas y las cervezas en la mesa parecían fuera de lugar, una ironía trivial en medio de la revelación.
—¿Y Mariana? ¿Ella sabe?
—Mariana es una estúpida que está en su mundo. Casi nunca está en casa, y probablemente en breve se vaya definitivamente.
José levantó la vista, sus ojos se cruzaron con los míos, ya no había miedo ni juicio, solo una camaradería oscura y profunda.
—Vos… vos lo tenés controlado. Yo… yo estoy aterrado de que alguien me descubra. Y si es por trabajo, me arruinan.
—Por eso te digo, José. Somos hermanos en esto. Pero ahora lo sabes. Y ahora sé lo tuyo. Entre nosotros, hay silencio. Pero quiero saberlo todo. Contame cómo empezaste con India y Helena.
—Ale… no sé ni por dónde empezar… —José se quedó un momento pensando, y después arrancó. —Es que… todo empezó cuando Laura murió. Fue hace dos años y medio ya. Un cáncer de mierda que se la llevó en seis meses. Cuando se fue, el mundo se nos vino abajo. Las nenas estaban destrozadas, y yo… yo no sabía ni cómo hacer una cama. Laura era el sol de la casa, la que organizaba todo.
—Al principio fue un caos. Yo salía disparado del laburo para llegar a casa, hacer algo de cena, asegurarme de que las pibas hicieran la tarea. Pero de a poco, India… India se hizo cargo. Tenía doce años, pero de repente se convirtió en la mujer de la casa. Fue increíble verla. Empezó a cocinar, aprendió a lavar la ropa, se aseguraba de que la casa estuviera ordenada. Se cortó el pelo, se vestía de una forma más… madura. Quería verme feliz, quería ocupar el vacío que dejó su madre.
—Y ahí empezó a pasar. India siempre fue hermosa, igual a la madre. Laura era rubia, tetona, una potra. India, aunque era una nena, empezó a parecérsele cada vez más. Esos pechos que ya tenía a los trece, las curvas… y yo solo veía a mi esposa en ella. La tentación, boludo… era un viudo solo, con una hija que irradiaba la misma belleza de la madre, pero con la inocencia y la devoción de una nena.
—Ella era tan cariñosa, tan dulce. Se preocupaba por mí de una forma que ni Laura lo hacía al final. Me esperaba con la cena lista, me daba masajes cuando llegaba cansado. Recuerdo que un día me vio planchando mi camisa para el día siguiente, y se acercó, me abrazó por la espalda. Me dijo: «Papá, yo hago eso. Vos andá a descansar». Y verla ahí, con su culito paradito y esos brazos tiernos, moviéndose con la plancha, tratando de hacer de mujer adulta… me partió la cabeza.
—Un día, se puso una remera de Laura que le quedaba enorme, pero que le marcaba todo el busto. Se reía porque le bailaba la ropa, pero yo no podía dejar de mirarla. Ella notó mi mirada, y en lugar de avergonzarse, se acercó y me preguntó: «¿Qué pasa, papá? ¿Me queda mal?» Le dije que no, que estaba hermosa, y ella se acurrucó en mi pecho. Sentí su cuerpo, el calor, sus incipientes pechos contra mi piel… fue un escalofrío.
—Empezamos con pequeñas cosas. Ella durmiendo en mi cama a veces, solo para «cuidarme». Yo la abrazaba, la consolaba, pero cada vez los abrazos eran más largos, más apretados. Ella se empezó a poner shorts muy cortos en casa, por el calor, decía. Y se sentaba a mirar tele conmigo, con las piernas cruzadas, sin darse cuenta de lo que me provocaba. O sí se daba cuenta, pero no lo entendía. Era natural, inocente, pero seductora a la vez.
—Una noche, me desperté y ella estaba durmiendo de espaldas. Su short se había subido, dejando al descubierto su culito. No pude evitarlo, la rocé suavemente. Ella se movió, gimió bajito, pero no se despertó. Volví a hacerlo, más intencional. Y ahí supe que estaba perdido. Ya no veía a mi hija, veía a la mujer que me cuidaba, que me consolaba, que me excitaba. La veía como el reemplazo perfecto de mi esposa, pero mejor, porque era mía, solo mía.
—A las pocas semanas, ya no había vuelta atrás. Ella se dio cuenta, claro. Se dio cuenta de cómo la miraba, de la tensión que había cada vez que me abrazaba, de que mis caricias dejaban de ser de padre. Yo me sentía un monstruo, pero no podía parar. Y una noche, mientras estábamos en el sillón, ella apoyada en mi pecho, me miró con esos ojos enormes, idénticos a los de Laura, y me dijo: «Papá, no te da vergüenza mirarme así». Yo me quedé helado. No supe qué responder. Ella sonrió, una sonrisa de mujer ya, no de nena, y se acercó, me dio un beso en la boca, tierno, pero firme. Ella dio el primer paso. «No pasa nada, papá», me susurró. «Mamá ya no está, y vos me tenés a mí».
—Fue ella la que me «pidió» que la tocara más fuerte, la que me pedía que durmiera desnuda conmigo, la que se acostaba a mi lado sin ropa, esperando mi caricia. Y todo con esa sonrisa angelical, con la certeza de que estaba haciendo algo bueno por su papá. Ella, boludo, ella me sedujo con su necesidad de llenar el hueco de su madre.
Yo escuchaba la historia de José con gran interés. Ahora entendía por qué en tan poco tiempo se le veía tan recuperado tras la muerte de Laura. José se emocionaba hasta las lágrimas al contar su relato, sintiéndose de alguna manera culpable.
—Amigo, tranquilo, no te juzgo. Me estás contando una historia de amor.
—Es que no pude contenerme, Ale, estaba vulnerable. No quería ser como los depravados que encarcelamos por abusar de nenes. Pero India, ¿viste cómo es? Es hermosa. Es irresistible, y en medio de tanta tristeza fue como si volviera la luz.
—José… no hay nada malo en esto. No la lastimaste. Se brindaban amor y afecto. ¿Por qué estaría mal? Yo te entiendo mejor que nadie, José, yo amo a Sophia desde que nació.
Le relaté brevemente mi historia con Sophia: desde las caricias cuando era un bebé, aquel primer encuentro en el baño donde la protegí del enojo de Mariana, cómo ella permitió que yo explorara su tierna zona íntima a los cuatro años, cómo me dejó eyacular en su trasero sin penetrarla, cómo nos acariciábamos y cómo la manchaba con semen y orina, y ella lo disfrutaba. Le hablé de Romina, la docente con tendencias pedófilas que me asistió para que ella perdiera la virginidad, y cómo desde hace dos años tenemos relaciones sexuales de diversa índole a pesar de sus seis años. De cómo mi hija era una chica y dispuesta pareja sexual. Y cómo nos amábamos y éramos cómplices. También le conté sobre Luisa, su nueva niñera, de cómo ella nos encubría y además instruía a Sophia, preparándola para mí.
—Romina me enseñó que no podía escapar del amor que siento por mi hija, y también me enseñó que si los nenes lo desean merecen tener sexo, tienen toda una vida sexual por descubrir y disfrutar si se los cuida, además del placer que pueden darnos…
—Hoy puedo decir que te creo, mis nenas me enseñaron un mundo nuevo en términos de sexualidad. Me siento muy culpable, pero a la vez te lo cuento y mi pija es una piedra.
—Bueno, no voy a negarte que ver a tus hijas como estaban en el video me la puso como una piedra también. Espero que no te enojes.
—Si hay que confesar… ¡Hermano, qué orto tiene Sophia, Dios! ¿En serio le entra tu pija?
—Jajaja, amigo, me alegra que podamos compartir esto, en serio. Y sí, así como la ves se la banca como una princesita —le dije dándole una palmada.
—Dios, qué ricura.
—¿Querés ver otro video más? Tengo… un montón.
—¿Posta? ¿No te jode?
—Sos mi hermano, y no, mi hija es hermosa. Si te querés pajear viéndola, te lleno de videos de ella, jaja. —Él me quedó mirando extrañado. —José, mi hija es hermosa, igual que las tuyas, y quiero que disfrute siempre de ser hermosa.
—O sea, vos me dejarías…
—Sos mi hermano de la vida, te dejaría muchas cosas. Mirá. —Le pasé otro video de Sophia para que viera.
En el video, Sophia tenía cinco años y medio, y estaba sin ropa de la cintura para abajo, y una remerita de la princesa Jasmín, mordiéndose los labios mientras mi pija entraba en su ano en posición de misionero, y ella se estimulaba con un chico vibrador la conchita. José tomó el celular de nuevo, su rostro reflejaba una mezcla de asombro y una excitación creciente. Los ojos, fijos en la pantalla, se posaron en la chica Sophia.
El video comenzó con un primer plano: la cara de Sophia. Estaba recostada, su pelo oscuro esparcido sobre una almohada, la remera de la Princesa Jasmín de Disney era lo único que cubría la parte superior de su cuerpo. La inocencia del dibujo animado contrastaba brutalmente con la expresión en el rostro de la nena: labios hinchados y mordidos, ojos azules entrecerrados en una intensa concentración.
—Mirame, mi amor. Mirá lo hermosa que sos para papi —se me escuchaba decir, con la voz ronca.
—Te estoy mirando, papi… mmm… ya estás adentro… entrame más, papi… rompeme el culito —contestaba ella, con la voz entrecortada por el esfuerzo.
La cámara se movió, enfocando la escena completa. Sophia estaba en posición misionero, pero su cuerpo se arqueaba un poco. Sus piernas estaban abiertas, revelando un vibrador chico, de color rosa, pulsando suavemente en su vulva. Detrás de ella, mi pene, grande y duro, entraba y salía de su chico ano, lubricado por el frote y el deseo. Se notaba el esfuerzo en su respiración.
—Sos tan apretada, mi putita. Tu culito es un monumento. Mirá cómo te gusta que papi te lo rompa, ¿eh? Mmm… Sentí mi leche cerca, mi amor. Te voy a llenar ese agujerito de puta.
Sophia soltó un gemido largo y agudo, apretando los músculos internos alrededor de mi pene, lo que me hizo gruñir de placer.
—¡Ay, papi… sí! ¡Meteme toda tu chota… me duele rico… duele, pero me encanta… me siento tuya, papi… tuya…!
Con una mano, Sophia presionaba el vibrador contra su clítoris con más fuerza, buscando una sincronía con mis embestidas. El contraste del placer vaginal autoinducido y la penetración anal salvaje la volvía loca.
—Sos una putita experta, mi Reina. Ni una puta grande aguanta así. Mirá ese vibradorcito… te estás cogiendo la conchita para mí, para que tu culito se concentre en mi chota, ¿no? ¡Sos una perra viciosa!
—Sí, papi… me gusta que me digas así… ¡Decime que soy tu puta… que me vas a llenar el culo de semen! ¡Lo quiero, papi!
Mis embestidas se hicieron más profundas y rápidas. El sonido de la piel al chocar era rítmico, y la nena no paraba de gemir, su rostro contorsionado en el clímax.
—Te voy a hacer caminar como un pato todo el día, mi amor. Pero vas a ser la más feliz. Te voy a dejar la pija adentro hasta que no te quede ni una gota de semen.
—¡Quiero la leche, papi! ¡Dame la leche en mi ortito… que tu putita sienta cosquillas ricas con vos! ¡Ahora!
Ella soltó un espasmo de placer, y yo sentí el mío acercarse. Con un último empuje profundo, mi semen se liberó dentro de ella. La cámara se detuvo un instante, registrando el cuerpo de Sophia temblando, exhausta, con el vibrador todavía en la mano y mi pene pulsando dentro de su ano.
—Ahí tenés, mi amor. La leche de papi. Adentro, calentita. Te amo, mi putita exquisita.
El video terminaba con Sophia mirándome, una sonrisa de satisfacción total extendiéndose por su rostro húmedo.
—Gracias, papi. Me llenaste. Ahora soy feliz.
José murmuraba, con el celular todavía en la mano: «¡Mierda, Ale… mierda… es… es increíble! Se ve… se ve el amor». Yo empecé a acariciarme la pija por arriba del pantalón, necesitaba masturbarme, la excitación de la situación era enorme.
—Así es, amigo… me estoy re calentando. ¿Cómo ves una paja mirando a Sophia…? —le tiré sin anestesia. Él me miró fijo, como sin creer lo que le decía.
—¿Posta me dejarías masturbarme mirándola?
—José, viste lo que es la pendeja pidiendo pija, me ofendería si me dijeras que no te excita.
—No, amigo… me re calienta tu hija. Y no veo la hora de sacarme la leche en su honor…
—¿Entonces? ¿Qué esperamos? Vamos a ver otro video. —Me tomó la mano en señal de que espere.
—No, amigo, hoy acabas de ayudarme un montón con mi culpa, así que voy a compartirte algo especial. —Volvió a agarrar su computadora y abrió una carpeta llena de videos. Vi que ponía un video largo. —Mis hijas no solo juegan conmigo, de repente son las mejores hermanas, no sé si me hago entender, son muy cómplices entre sí… y voy a mostrarte algo.
José manipuló la computadora, buscando el archivo que quería mostrar. Se sentó a mi lado, la tensión en el ambiente se había transformado en una complicidad excitada. Mis ojos estaban fijos en la pantalla.
—Este es de hace unos meses. Les enloquece jugar entre las dos con aceite de bebé.
El video se reprodujo. La luz era cálida, de un dormitorio. India y Helena estaban desnudas de la cintura para arriba, con el cuerpo reluciente, cubierto por una fina capa de aceite de bebé. Sus pechos, los incipientes de Helena y los maduros de India, brillaban. Llevaban solo unas bombachitas blancas de algodón, que el aceite ya empezaba a hacer ligeramente transparentes.
—Hola, papi. Soy India y tengo catorce años —decía India, mirando a la cámara con una sonrisa coqueta.
—Y yo soy Helena, y tengo nueve años —agregaba Helena, dando un pasito al frente, con su trenza perfecta.
—Hoy vamos a jugar a darnos muchos mimos. Para vos, papi, para que te pongas contento.
Helena se acercó a su hermana y la abrazó. Ambas rieron, el sonido cristalino contrastando con la lubricidad de la escena.
—Mirá, papito. Nos vamos a dar mimos para que veas lo mucho que nos queremos.
India se inclinó, buscando los labios de su hermana, y se besaron con ternura al principio, y luego con una pasión que imitaba a la de una pareja adulta. El aceite hacía que sus bocas se resbalaran un poco.
—Muy bien, mis amores. Jueguen rico —se escuchaba la voz de José, un susurro suave.
India tomó un frasco de aceite que estaba en la mesita de luz y se lo tiró sobre el abdomen, haciéndolo chorrear por sus curvas.
—¡Ay, qué fresquito! —Frotó el aceite sobre su vientre y luego extendió la mano para untar a Helena. —Tomá, Elenita, para que brilles más.
Helena se rió y frotó el aceite sobre su propio cuerpo. Se abrazaron de nuevo, frotando sus cuerpos aceitados. Las bombachitas, ahora empapadas en aceite, se pegaban a sus cuerpos, dejando ver la sombra oscura de sus vulvas púberes.
—Mmm… India, olés re rico. Olés a… a mi olor, pero más fuerte.
—Vos también, mi amor. Olés a nena rica.
Se separaron, y Helena miró a la cámara, con sus ojos verdes fijos.
—Papi, mirá. Huele a nosotras, ¿viste? Me dan ganas de darte muchos besitos en tu… —Hizo una pausa y se rió, señalando su entrepierna.
—Yo también tengo ganas de besitos de papi. Y mimos… muchos mimos. Y huelo el aceite y huelo a mi hermana, y me dan ganas de… —siguió India, con picardía.
—¿Ganas de qué, India? Contale a papi —la interrumpió José suavemente.
—Ganas de ser la mujer de la casa. Ganas de que me huelas, papi. De que huelas el olor a mí y a Elenita. ¿Te gusta que olamos así, papi?
—Siento… siento calor acá abajo. Y me gusta sentir el olorcito de India. Quiero que papi nos de mucho amor cuando terminemos de jugar —agregó Helena, tocándose la bombacha transparente y húmeda.
—Sí, papi. Queremos que nos des muchos besitos y mimos… y nos llenes de tu amor. Mucha leche, papi. Queremos llenarnos de leche.
Las dos se acercaron a la cámara, la apagaron de golpe con un beso en la lente.
El video terminó. José y yo nos quedamos en silencio por un momento, ambos con una erección dolorosa.
—José… no sé qué decir, boludo. Son… perfectas. La complicidad entre ellas es increíble.
—Te juro que no las obligué. Ellas disfrutan ser así. Y no hay nada más excitante que verlas a las dos juntas, dándose… amor. Es el reemplazo perfecto de su mamá, pero doble.
—No, no es un reemplazo, José. Es algo nuevo. Algo puro. Te aman, y quieren darte placer. Es el amor de la hija al padre llevado a su máximo extremo. —Saqué mi pene de mi pantalón. Estaba rojo y duro. —No aguanto más, amigo. Voy a reventar.
—Yo tampoco. Ale, estoy a punto de explotar…
—Dale, boludo. Saquemos la leche juntos, mirando a estas dos reinas. Abrí otro video. Cualquiera.
José no dudó. Buscó el momento exacto en el video. El archivo continuó reproduciéndose, las dos nenas, India y Helena, todavía relucientes por el aceite.
—Dale, Elenita. Papi dijo que teníamos que jugar a la perrita. Ponete de perrito para que te huela la colita —decía India, con voz imperiosa pero juguetona.
Helena obedeció de inmediato, arrodillándose en el suelo, levantando su chico y aceitado culito en el aire. La bombachita de algodón, empapada y casi transparente, se marcaba entre sus nalgas firmes.
India se acercó a su hermana, gateando despacio, con esa misma sensualidad que había absorbido de su madre muerta. Hundió la nariz en el entrecejo de su hermana, aspirando con fuerza.
—Mmm… ¡Qué rico que olés, mi amor! Olés a culito de nena y a conchita rica. Papi dice que este olor lo vuelve loco.
Helena se rió, moviendo las caderas en un chico perreo.
—Vos también, India. Acercate y olé mi conchita. Está re mojadita por el aceite y porque… porque ya tengo ganas de jugar con papi.
India se volteó ligeramente, exponiendo su propia entrepierna a la cara de Helena.
—A ver… olé acá. La mía huele como le gusta a papi, a putitas, y necesitamos besitos en la concha.
—¡La puta madre que son putas, mis angelitos! ¡Qué olor a concha rica! ¡Huelan para papi, putitas! —se escuchaba el gruñido excitado de José.
India se puso en cuclillas detrás de Helena, y con una mano tomó el frasco de aceite. Lo vació generosamente sobre el trasero de su hermana.
—A ver, mi amor. Vamos a aceitarte bien la colita para que brille. Y para que esté lista para los mimos.
El aceite chorreó por el ano apretado de Helena, deslizándose por sus muslos. India, con los dedos llenos de aceite, se acercó al culito de Helena.
—¡Eso, India! ¡Aceitale bien el orto a tu hermana! ¡Y ahora, metele el dedo! ¡Dale placer a tu hermana, puta exquisita! ¡Hacela gritar para papi! —la voz de José se escuchaba más alta y excitada.
India sonrió con picardía a la cámara, una sonrisa adulta. Con la punta de su dedo, empezó a delinear el contorno del ano de Helena, lubricado y reluciente. Helena gimió, un sonido agudo y de pura excitación.
—¡Ay, India! ¡Más fuerte! ¡Me duele rico! ¡Se siente re bien!
India introdujo el dedo en el ano de su hermana, moviéndolo lentamente, haciendo círculos.
—¿Te gusta que te rompa el culito, mi amor? Sos tan apretadita. Vas a ser la puta más rica de papi.
—¡Sí! ¡Me encanta! ¡Llename, India! ¡Llename el culito! —jadeaba Helena, su voz una súplica.
—¡Mierda, son tan putas! ¡Las amo, hijas de puta! ¡Ahora sí, papi va a reventar! ¡Mierda! —gemía José fuera de campo.
En ese momento, José y yo sacamos nuestras erecciones de los pantalones. Mi pene, palpitante y cubierto de venas, se erguía ante la pantalla. José, con su pija más grande y gruesa, goteaba placer.
—¡Qué putas que son! ¡Mirá cómo se dan placer! ¡Mi putita Sophia haría eso! ¡Mierda! —susurré, mientras me masturbaba.
—Son… son mi vida, Ale. Me vuelven loco —dijo José, con los ojos fijos en la pantalla, su mano moviéndose enérgicamente.
José le dio un golpe al teclado, y el video avanzó rápidamente. La imagen se detuvo en un primer plano que no dejaba lugar a dudas sobre la perversión compartida.
Las dos hermanas, India y Helena, estaban arrodilladas en la cama, sus cuerpos juveniles y relucientes por el aceite. La cámara, sostenida por José, estaba colocada en un ángulo alto, filmando desde arriba. En el centro de la escena, como un tótem de nuestra depravación compartida, estaba la erección de José, dura y palpitante, brillando también por el aceite.
India, la mayor, con sus grandes pechos balanceándose levemente con el movimiento, tenía la cabeza de su padre ya profundamente en la boca, succionando con un ritmo experto. Helena, la chica, estaba arrodillada justo al lado, con sus ojos verdes fijos en el pene, esperando su turno, mientras acariciaba con una mano los testículos de su padre, cubiertos por esa misma capa lustrosa de aceite.
—Eso es, mi amor. Chupame rico, India. Como la puta experta que sos para papi —se escuchaba la voz grave de José.
India soltó la punta del pene por un segundo y sonrió, con los labios untados en el precum y el aceite.
—Mmm… ¡Me encanta tu sabor, papi! Dame más…
Rápidamente, Helena se inclinó y tomó el glande. Su boca chica se abrió más de lo que parecía posible, y su lengua rodeó la cabeza de mi amigo. El sonido de la succión era rítmico, un chasquido húmedo que llenaba el silencio de la oficina.
—¡Ay, Helenita… así… sentí cómo te llena la boca, mi amor! Chupame la punta, mi princesa, que se te llene la boca de amor —gemía José.
Helena obedeció, sus ojos fijos en la base del pene de José, subiendo y bajando. India, mientras tanto, se concentró en los testículos. Los acariciaba, los chupaba suavemente, limpiando el aceite y los fluidos con su lengua.
—A ver, hermanita, yo te ayudo.
India se acercó y, sin soltar los testículos de José, deslizó su lengua por el tronco del pene, hasta unirse a la boca de Helena. Ambas compartieron el pene por un instante, moviendo la cabeza en un baile lascivo y sincronizado, sus mejillas rozándose, sus ojos encontrándose sobre la verga de su padre.
—¡Así, mis putitas! ¡Qué bien se llevan! ¡Besense, compartan mi pija, hijas de puta! ¡Me vuelven loco! —con voz forzada por el placer, gemía José.
Las nenas se separaron del pene. India miró a Helena, la punta de la lengua afuera, probando el precum.
—Mirá, Helenita. La leche de papi está rica.
Helena se rió y, en un gesto de complicidad pura, se acercó al rostro de India y le lamió el labio donde estaba el fluido.
—Sí… ¡Está rica! Ahora dame la puntita, India. Yo quiero chupar la puntita.
Se turnaron de nuevo, cada una concentrándose en una parte del pene: India en el tronco, Helena en el glande. El pene desaparecía y reaparecía entre los labios rosados de las dos nenas, que se esforzaban por complacer a su padre.
—¡Papi se va a venir, mis putitas! ¡Quiero que se traguen hasta la última gota de mi amor! ¡Mírenme a los ojos, putas! ¡Mírenme mientras chupan la chota de su papi!
Ambas levantaron la mirada, sus ojos verdes fijos en la cámara, en el rostro de su padre. Había una mezcla de concentración y una alegría genuina en sus rostros, como si este fuera el juego más divertido del mundo.
—¡Las amo, mis putitas! ¡Llenen la boca, mierda! ¡Tomen toda mi leche! ¡Ahhhhhh!
El semen de José salió con fuerza. La cámara se sacudió ligeramente con el espasmo de mi amigo. Las nenas se esforzaron por tragar todo, sus mejillas inflándose ligeramente, sus ojos permaneciendo fijos en el lente, como trofeos vivientes de nuestra perversión.
—Buenas chicas… se tragaron todo. Son las putitas más ricas de papá —susurró José al final, con la voz rota.
El video se detuvo. José y yo estábamos completamente duros, jadeando en la oficina silenciosa.
—¡La puta madre, José! No puedo creer lo que acabo de ver. ¡Son… increíbles! —Mis dedos se movieron con desesperación sobre mi erección.
—Yo tampoco, Ale. Y me vuelven loco. Y ahora… ahora te toca a vos, Ale. Dame uno de Sophia. Vamos a reventar los dos por nuestras putitas.
Ale no dudó. Con la mano temblorosa por la excitación, sacó un cable de la mochila que llevaba y lo conectó a su celular, proyectando la imagen en el monitor de José.
—¡Dale, guachín… mostrámela de una vez!
El video comenzó. La luz era tenue, de un dormitorio, y en el centro estaba Sophia, con solo una diminuta tanguita roja de encaje que apenas cubría su pubis lampiño.
—¿Te gusta tu tanguita nueva, mi amor? —se me escuchaba decir, un susurro ronco.
—Sí, papi. Me la regalaste vos. Para que tu puta se ponga linda —contestaba Sophia, sonriendo a la cámara, moviendo su cadera.
Mientras se volteaba con gracia, la cámara se centró en su culito. Un chico plug anal de metal, cuyo extremo brillaba con un adorno que parecía un rubí, asomaba de su ano. La imagen era brutalmente hermosa: la inocencia infantil contrastada con el objeto sexual incrustado.
—¡Mierda! ¡La puta madre que te parió, qué orto! ¡Con el rubí y todo, es una banda! —gruñó José, su pene se agitaba en su mano.
—¿Viste, pelotudo? Una joya para mi joya. Es una bomba.
En el video, Ale le pidió a Sophia que bailara. Ella sonrió y la música de un reggaetón lento y pegadizo comenzó a sonar de fondo. Sophia se movió con una sensualidad que había perfeccionado en sus clases de baile, perreando el culito, haciendo twerking suave, haciendo rebotar sus nalgas firmes, con el plug moviéndose ligeramente con el ritmo.
—¿Te gusta cómo muevo el culo, papi? Es para vos —decía Sophia, con la voz entrecortada por el esfuerzo.
—¡Te juro que es un puto monumento! ¡Esa nena está para reventarla! ¡Ese culito no es de una nena, es de gato!
—No, boludo, es el culito de la puta de papi.
El video cambió. Sophia estaba ahora en cuatro, sobre su cama llena de peluches. Abrazaba a un oso de felpa grande.
—Papi… mi colita… llename la colita… poneme pomadita, papi… —suplicaba, su voz infantil cargada de morbo.
—¿Pomadita? No, mi amor. ¿Cómo se llama lo que te da papi? Decilo bien, puta —se me escuchaba, con voz dominante.
—Leche… papi… llename la colita de leche… ¡La necesito!
Ale se acercó por detrás y, con un tirón, sacó el plug anal. El rubí desapareció. El ano de Sophia, rosado y ligeramente irritado por el plug, quedó expuesto.
—¡Uh, qué caño ese orto recién destapado! ¡Mamita querida! —soltó José.
—Y ahora, a oler a la puta de papi.
—Ay, mi amor… qué olor a conchita transpirada que traés. No te bañaste después de baile, ¿no, putita? Me encanta ese olor agridulce… a sudor de nena y a concha —se me escuchaba en el video.
Se escuchó el sonido húmedo de mi lengua. Yo lamí y chupé la vulva de Sophia, que estaba hinchada y mojada. Luego, me dirigí a su ano.
—¡Ay, papi… chupame el orto… más fuerte! ¡Se siente rico tu lengua! ¡Quiero que me vengan las cosquillitas, papi! —gemía fuerte Sophia.
—Mi amor, dime… ¿cómo puede ser que seas tan chiquita y ya seas tan puta? ¡Me pones loco!
—¡Ja! Me pregunto lo mismo, Ale. ¡Mírala, es una muñequita diabólica! ¡Qué pedazo de hembra! —reía José, masturbándose más rápido.
—Es que huele a cielo, José. A vicio puro. ¿No ves cómo se excita con la lengua?
En el video, Ale se levantó. Su gran erección llenó la pantalla por un momento.
—Ya está de tanto chupar, mi amor. Ahora, tu papi te va a romper. Mirá qué pedazo de chota para tu culito.
—¡Metémela, papi! ¡Metémela hasta que me duela, papi! ¡Quiero tu pija grande ya! —gritaba Sophia.
Ale, en cuatro sobre Sophia, la penetró lentamente. La imagen en el monitor mostraba la entrada gradual de su pene en el chico ano de su hija, con los peluches como testigos mudos.
—¡La puta madre… ese orto aguanta lo que sea! ¡Cómo le entra esa verga! ¡La va a dejar reventada al medio, mal! —susurró José con la boca seca.
—¡Sos la puta de papi, Sophia! ¡Nadie te va a coger así! ¡Aguantá, mi reina, aguantá mi pija! —me escuchaba decir, mientras me movía en el video.
José y yo nos miramos. Ambos estábamos con los penes al aire, moviendo las manos con furia sobre nuestras propias erecciones.
—¡Qué puta que es tu hija, Ale! ¡Digna de un rey!
—¡Dale, José, decile más putadas! ¡Ella ama ser la puta exquisita de papi! ¡Gritale, boludo, que sienta el morbo de dos machos viéndola! ¡Ponete a tiro!
—¡Puta Sophia! ¡Abusada y rica! ¡Vas a ir al colegio con el orto abierto y la concha llena! ¡Ahora sí, Ale, reventemos por estas nenas!
—¡Dale, José, a la carga! ¡Vamos a inundar la oficina con nuestra leche!
Ambos gemíamos, nuestros ojos fijos en la pantalla donde Sophia seguía siendo embestida con furia. El clímax se acercaba, la tensión insostenible.
—Dale, José, mirá esta putita cómo se porta. Este fue hace poco, la saqué de la escuela un rato. Mirá qué putón que es, boludo. —Manipulé el monitor y puse otro video de mi celular.
El video comenzó con una luz cálida y húmeda, el sonido de agua corriendo de fondo. La imagen era borrosa al principio, pero luego se enfocó en un espejo que reflejaba una escena brutal. Estábamos en el baño de un telo.
Sophia estaba arrodillada en el borde de un jacuzzi, con el agua burbujeando a su alrededor. Llevaba la pollera tableada verde y la blusa blanca de su uniforme de monja, pero la ropa estaba completamente mojada, pegada a su cuerpo, revelando la ausencia de bombacha. El agua había lavado parte de la inocencia de su uniforme, transformándola en un vestuario porno.
—¿Te gusta el telo, mi putita? Te traje acá, para que nadie nos joda. Mirá, tu ropita mojada me pone como una piedra —se me escuchaba, excitado.
—Sí, papi… ¡Me encanta el telo! ¡Y el jacuzzi me hace sentir cosquillas en la conchita…!
La cámara se movió para mostrar el reflejo en el espejo. Sophia estaba en cuatro patas, su chico culo levantado y redondo, con el agua escurriendo por sus muslos. Mi erección, grande y dura, la penetraba por detrás, sujeta con fuerza. Su pelo estaba recogido en las dos trencitas que le había hecho Luisa esa mañana.
—¡La puta madre, Ale! ¡Es un sueño! ¡Ese culito necesita una fiesta de chota! ¡Es muy puta, boludo! —gruñó José, su voz temblaba.
—¿Viste, José? Es la putita más caliente del país. Ahora, mirá. ¡Gritá, mi amor. Gritá fuerte para tu papi, mostrale lo puta que sos en el telo!
—¡Dame más, papi! ¡Rompe mi culo, tu chota es mi vida! ¡Soy tu putita del telo! ¡Me vuelvo loca! —gritaba Sophia, su voz amplificada por la acústica del baño.
—¡Callate, nena! ¡A vos te gusta ser abusada! ¡Mirá tu cara de vicio en el espejo! ¡Sos la putita más sucia que existe!
Ale se movía con violencia, sin importarle la rudeza del impacto. El agua salpicaba con cada estocada.
—¡Sí, papi, decime cochinadas! ¡Me encanta cuando me puteas! ¡Me calienta ser tu puta sucia! ¡Abusame fuerte, papi!
—¡Tomá, putita! ¡Tomá la pija de tu papá en el telo!
Ale sacó su pene de golpe y, con un movimiento rápido, tomó las dos trencitas de Sophia con una mano, tirando de su cabeza hacia atrás. La cara de la nena se elevó, y Ale la escupió con fuerza en la cara.
—¡Gracias, papi! ¡Me encanta tu baba! ¡Ahora, dame tu leche, papi! ¡Llename la boca, la necesito!
—¡No te la merecés, puta! ¡Abrí la boca, tragá, basura!
Ale retiró el pene de Sophia y, sin dejar de sujetarla por las trenzas, se lo puso en la boca. Sophia succionó con desesperación, sus ojos mirando a la cámara.
—¡Mierda, mierda, mierda! ¡La quiero en mi cama, Ale! ¡Quiero reventar ese culo! ¡Es la puta perfecta! —jadeaba José, con la voz quebrada.
—¡Ahora, José! ¡Es el momento, dale! ¡Gritá por nuestra putita, que te escucha!
—¡Tragá, nena, tragá la leche de tu amo! ¡Sos nuestra puta, sos nuestra reina! —José se vino con un rugido, el semen salpicando el monitor.
—¡Sí, mi putita! ¡Tragate todo, que no quede nada! ¡Tomá la leche del amo, puta! —Ale se vino con la misma intensidad, el semen proyectándose hacia la pantalla, en la boca de Sophia, que tragaba con devoción.
El video terminó con la imagen de Sophia con la boca llena, su rostro empapado, pero sus ojos azules brillando con un éxtasis total.
—Ahí tenés, José. Ella es Sophia. Mi puta exquisita.
José se desplomó en su silla, su respiración era pesada.
—Sos… sos un afortunado, Ale. Me acabaste de dar la paja de mi vida. Gracias, hermano.
—No hay de qué, José. Veo que te gustó la nena…
—¡Jajaja, mierda! Sí, Dios, tu hija es increíble. ¿Cómo puede ser que con esa cara de princesita, con seis añitos, pida leche, se deje escupir, disfrute ese sexo tan salvaje? Las mías hacen de todo, pero nunca las vi así de desatadas, ni siquiera a India, que es más grande y más atrevida.
—Digamos que Sophia recibió clases especiales. —Recordé los videos de Romina, y Sophia viéndolos una y otra vez y pidiendo imitar a su maestra de jardín en toda esa colección de filmes de pedofilia explícita, donde ella fue el centro durante años.
—¿Clases? ¿A qué te referís? ¿Dónde llevo a mis hijas para eso? Jajaj.
—Otro día te explico los detalles, y te muestro a qué me refiero. Pero sí, tuve suerte; digamos que encontré a las personas indicadas para criar a Sophia. Y la respuesta, amigo, es sí…
—¿Sí a qué, Ale? ¿A qué te referís? Jajaja —me dijo sorprendido.
—Podés cogerte a mi hija si ella quiere, y no te pido a tus hijas a cambio si no estás listo para eso.
—¡Mierda! ¿Hablás en serio? ¿Vos me dejarías que me garche a Sophia?
—Obvio, boludo. Mi hija seguro se engancha, además hace rato que viene diciéndome que le gustaría «jugar con alguien más».
—¡Ale, me jodés? ¿Tu hija quiere un trío?
—José, Sophi tuvo su primer anal a los cuatro años junto con dos gemelos que eran los hijos de su maestra de jardín, dos nenes muy putitos. ¿Viste el dije de mariposa que lleva mi hija en el cuello en los videos? Se lo regaló esta seño, son el símbolo de la pedofilia. Ella tiene re claro todo lo que hacemos. ¡Se me va de las manos la nena!
—¡Mierda, Ale! No sabés cómo te envidio. Tu hija es una bomba, un putón de seis años que ya pide que la caguen a pijas. Mirá que las mías son atrevidas, y me dieron un mundo nuevo, pero tu Sophia… esa nena es de otro planeta. Es una puta exquisita, como vos decís.
—Y sí, boludo. La putita salió a su padre, o a las clases que le dieron. Pero es así, pura calentura.
—Es que verla en el video pidiendo leche, con ese plug de rubí en el orto… te juro que me hizo dar cuenta de que a mis nenas les falta ese toque de vicio, ¿viste? India es una potra, una putita en potencia, y Helena ya aprendió de su hermana y es una puta nuevita que recién empieza a jugar. Pero tu Sophia… es un gato hecho y derecho.
—¿Y qué te gustaría, José? ¿Que fueran así?
—Y mirá, te soy sincero, Ale. Me encantaría que me pidieran el orto como la tuya. Que me pidieran que las llene de leche en la concha y en el culo antes de ir al colegio. ¡Sería un sueño! Y si tu Sophia es así de abierta, no me extrañaría que las mías, con la edad que tienen, se suelten si ven a otra pendeja con ese vicio.
—Y capaz que sí, boludo. La compañía de una putita experta como Sophia siempre ayuda.
—Mirá, Ale… Si me vas a dejar cogerme a Sophia, yo no tengo drama en que vos también te garchés a mis hijas. Te lo digo de corazón, como amigo y como hermano. Yo sé que te re calientan. ¿Viste lo que es India? Y la chica Helena, con ese ortito paradito…
—¡Ey! No te hagas el humilde, José. Me re calientan tus nenas, obvio. Son dos rubias espectaculares. Pero no es necesario que me las des a cambio. Yo te doy a Sophia porque te quiero y porque mi hija es una puta generosa y viciosa que quiere más pijas.
—No, Ale. Yo te las ofrezco. ¿Qué carajo vamos a andar con esas boludeces de «no, no hace falta»? Somos dos machos con nuestras bendis putitas. ¿Por qué no vamos a compartir? Ponele, un día que no esté Mariana, venís a casa. Te muestro las joyas en persona. A ver si te animás a darle un buen garche a India, que es más grande, para que se suelte más. O a Helena, que es la más nuevita en el vicio.
—¡Mierda, José! Estás hecho un degenerado de primera. Me gusta. Me gusta esa idea de que compartamos el vicio y las bendis. Pero andá despacio, guachín. Primero conocé a Sophia. A la tarde, si no tenés nada que hacer, venite. Las putitas vuelven a esa hora.
—Che, a la tarde se me complica. Además, si vengo yo solo, mis nenas van a sospechar. ¿Por qué no hacemos algo más tranqui y con las pendejas?
—¿Cómo qué, boludo?
—Te propongo algo. El viernes a la noche, cuando Mariana no esté, venite a casa con Sophia. Hacemos unas pizzas y ponemos alguna peli para que vean las tres. Y después, cuando se duerman, ahí sí.
—¡Jajajaja! ¡Qué vivo que sos! Querés un quilombo de putitas y disfrazarlo de reunión familiar. Me gusta, me gusta. ¡Un planazo! El viernes a la noche, entonces.
—¡Dale, hermano! El viernes a la noche es nuestro. Yo les digo a las mías que viene una amiguita con el papá.
—Perfecto. Nos vemos el viernes, puto. Prepará esas pizzas y a tus joyitas.
—¡Ya sabés que sí, Ale! ¡Qué vicio! ¡El viernes vamos a garchar como locos!
A eso de las 17 horas llegué a mi casa, todavía bastante caliente por lo que había pasado con José, y con la cabeza en el viernes. Ni bien abrí la puerta escuché las voces de nenes, una era la de Sophia, y la otra voz era la de Juanse, el chico hijo de Luisa. Ambos estaban bailando frente a la tele, practicando una coreografía. Sophia vestía unas calzas cortitas azules, que dejaban ver su hermoso culo como si estuviera desnudo, y un topcito que tapaba su aún plano pecho. Pero Juanse me dejó loco, él también tenía unas calzas así de apretadas, y rosas, con una remerita toda floreada. Luisa siempre decía que Juanse le había salido puto y que no podía hacer nada para evitarlo, y sí, viéndolo así con su pelo castaño algo ondulado, esos movimientos femeninos y esa ropa, sumado a su fragilidad, sus modos tan de nena, era claramente un putito.
—¡Hola, princesa! ¿Cómo estás? —Sophia me miró sin dejar de bailar, moviendo su hermoso culito. Pero Juanse se quedó parado mirándome.
—Bien, papi. Estamos con Juanse bailando la canción que nos están enseñando.
—Veo que les sale muy bien, los felicito. ¡Hola, Juanse! Bonito, ¿cómo estás? ¡Tanto tiempo! —saludé dándole un elogio al pendejito que se había puesto notoriamente nervioso con mi presencia.
—Hol… hola, señor. Yo…
—Jaja, no me digas señor, bonito. Me llamo Ale, decime así… —Me acerqué y le di un pico a Sophia, que lo tomó con naturalidad, y un beso muy pegado a la boca a Juanse, aprovechando y acariciando su espalda hasta sus nalgas en un movimiento rápido, que lo dejó con los ojos abiertos como platos. —Veo que están divertidos, ¿puedo tomarme unos mates mientras los veo bailar?
—¡Sí, dale, papito! ¿Falta mucho para la clase?
—Sí, falta más de una hora, y en el auto llegamos enseguida. Así que voy a hacerme unos mates. ¿Dónde está tu mami, Juanse? —dijo revoloteando su pelo ondulado.
—Ella… estaba colgando la rop… —La voz de Luisa llegó de la cocina:
—Ya terminé, ahí le llevo el mate, señor Ale.
—¡GRACIAS, LUISA HERMOSA! Y después andá a casa, yo me encargo de los pimpollitos.
Luisa apareció en la sala, con la bandeja de mates en la mano, su blusa bien ajustada que acentuaba sus grandes pechos. Se acercó a mí sin dudar, ignorando a los dos nenes que seguían con su coreografía.
—Acá tenés, patrón. Unos mates bien calientes para que te despejes.
—¡Gracias, negra! Vení acá que te doy un beso de agradecimiento.
La atraje por la cintura con fuerza y le planté un beso en la boca, uno largo y húmedo, que no tenía nada de social. Ella respondió con la misma intensidad, abriendo sus labios carnosos y metiendo su lengua con un ardor que me encendió al instante. Con una mano, la apreté contra mi erección que ya se estaba levantando. La otra mano se deslizó bajo su pollera, apretando una de sus nalgas firmes.
—¡Mmm… qué rico besás, villera! —Dije, separándome solo unos centímetros.
—A mí me encanta besarte a vos, Ale. Sos mi macho. Pero me tengo que ir, estoy apurada, tengo que ir a hacer unas compras antes de que cierren.
—¿Te vas a ir así, con el patrón con la chota parada? No, negra, un ratito me tenés que atender.
Aproveché la cercanía y deslicé mi mano, que ya estaba en su culo, para meterla por el costado de su bombacha, buscando su humedad. Mis dedos se encontraron con su concha, ya caliente y pegajosa.
—¡Ay, putita! Estás toda mojada… ¡Mmm…! —Retiré la mano, acercando mis dedos a mi nariz para aspirar su olor intenso, una mezcla de sudor y sexo maduro. —¡Qué olor a concha que tenés, regalada!
—¡Ay, Ale, me vas a hacer llegar tarde! Te juro que cuando vuelvo te atiendo como te merecés. Te dejo la chota limpia y llena de mi baba… Pero ahora no puedo.
Juanse, que había detenido su baile, no había quitado los ojos de la escena. Su rostro era una mezcla de shock e intensa curiosidad, con la mirada fija en mi mano y luego en mi bulto. Sophia, en cambio, se había reído un poco, acostumbrada a nuestro juego.
—Más te vale, viciosa. Sabés que al patrón se le cumple.
—Lo sé, Ale, lo sé. Dale, me voy. —Se recompuso la ropa con rapidez. —Yo después vengo por Juanse. Ya están cambiados los dos, con ropa cómoda para la clase. Juanse tenía muchas ganas de que lo lleves vos, ¿sabés? Siempre le hablo mucho de vos.
—Sí… sí, señor —dijo Juanse, con la voz casi inaudible.
—Y… —Miró a Juanse con una sonrisa cómplice. —También le gusta mucho que lo acompañen al baño. Es un pimpollito muy tímido, le da vergüenza ir solo, ¿viste? Si llega a pedir ir al baño en el medio de la clase de baile, por favor, no seas malo y acompañalo. No le gusta ir solito. Bueno, ¡chau, Ale!
Luisa me dio otro beso rápido y salió casi corriendo. Yo me quedé, mirando a Juanse, que ahora miraba al suelo, con las mejillas sonrojadas, pero su mirada de reojo se dirigía insistentemente a la evidente carpa en mi pantalón.
Me senté en el sillón a tomar unos mates, observando a los dos pibes frente al televisor. La música esa de mierda, electrónica y reggaetón, me taladraba la cabeza, pero la vista… la vista lo compensaba. La Sophia y Juanse se movían con una energía impresionante, siguiendo la coreografía como si fuesen profesionales de alguna escuela de baile urbano.
—¡Qué bien que bailan, pimpollitos! ¡Son unos artistas de la puta madre! ¡Me encanta verlos! —les dije con una sonrisa. Aunque los ojos, claro, estaban fijos en otra cosa.
La Sophia se volteó, haciendo un movimiento que había aprendido en la escuela: un twerk suave y controlado, haciendo rebotar su chico y firme culo. Las calzas cortitas azules eran una bendición, dejaban poco a la imaginación. El movimiento era pura sensualidad, descarado para su edad, pero yo se lo había naturalizado, así que…
—¿Ves, papi? Esta parte es para que se mueva el culito como me enseñó la profe de twerking —dijo la pendeja con orgullo.
Después, miró al Juanse, que era más técnico, pero menos explosivo.
—¡Dale, Juanse! ¡Así no, boludo! ¡Tenés que moverlo más sexy! ¡Así! —y la Sophia exageró el movimiento, acentuando la redondez de sus nalgas.
El Juanse, el pimpollito, lo intentó. Sus calzas rosas, apretadísimas, me hicieron tragar saliva. El pibito tenía un culito chico, pero bien formado, que se movía con una gracia inesperadamente femenina. A través de la tela ajustada, distinguí la línea de lo que parecía ser una tanga de corte alto o una bombacha diminuta, capaz más chica que la de mi hija. «Mierda, la negra cochina lo viste con tanga también», pensé, sintiendo un nuevo escalofrío de excitación.
Juanse se movía con fluidez, los brazos y las manos delicadas, el pelo ondulado revoloteando. Tenía esa gracia innata del putito bailarín, pero le faltaba la maldad y la conciencia sexual que la Sophia ya tiene.
—¡Muy bien, Juanse! ¡Sos un campeón! ¡Tenés una habilidad tremenda para el baile, bonito! —lo felicité, y las palabras eran genuinas, pero mi mirada de macho estaba clavada en su trasero, apreciando esa figura delicada y sus movimientos fluidos.
El pibe se sonrojó de nuevo con el cumplido.
—Gr-gracias, señor Ale. Sophia me está enseñando a ser más… más suelto.
La Sophia se acercó a él y le dio un empujoncito en las caderas.
—¡Dale, putito! ¡Mostrale a papi cómo moves el ortito! ¡Como si estuvieras garchando! —le susurró con esa sonrisa pícara, imitando sin saberlo las palabras que yo uso con ella.
Juanse se rió, avergonzado, pero obedeció. Se giró e hizo un movimiento más exagerado. Al verlo así, tan expuesto en sus calzas, con esa expresión de nene, pero esa silueta tan femenina, sentí que mi pija se tensaba hasta el dolor. Juanse es un putito en ciernes, una joyita virgen que no va a tardar en caer.
«¡Los dos son unos putitos geniales! ¡Me tienen todo duro, con lo que bailan! ¡Son unos dulces!», pensé, levantándome para ir a la cocina y ver si podía contener un poco la excitación antes de llevarlos a clase.
—Voy a ir a buscar algo para tomar, sigan practicando, reinas.
Me serví un vaso de soda y me quedé pensando en ese nene. Juanse era hermoso, casi una nena. Recordé la vez que a los dos años espió cómo le hice el culo a su mamá en el living de su casa. Ahora notaba cómo no dejaba de ver mi bulto. Yo sospeché siempre que ese nene ya probaba pijas; tenía toda la pinta de esos nenes abusados que disfrutaban de provocar machos. Además, su cara cuando manoseé a su mamá y le dije todo lo que le dije, era como si fuera natural vivir cosas así. Por otro lado, mi encuentro con José al mediodía me tenía todavía caliente, y faltaba mucho tiempo para volver a estar solo con Sophia. No quería una conchita adulta, quería a mi hija, o al chico Juanse…
—¡Papi, tengo que ir al baño! ¡Ya vuelvo! —gritó Sophia desde la sala, interrumpiendo abruptamente la coreografía.
Juanse se quedó parado, inmóvil por un momento, mirando por donde se había ido Sophia. Luego, con una timidez que no lograba ocultar una extraña decisión, caminó hacia la cocina, donde yo estaba con la soda en la mano.
—¿Señor Ale? ¿Puedo… puedo hablar un ratito con usted?
—Claro que sí, bonito. ¿Qué pasa? ¿No querés seguir bailando? —Me acerqué a la mesada y me apoyé en ella, cruzando los brazos, pero manteniendo mi vista fija en él.
—Sí, sí quiero… pero es que… —Se frotó las manos y miró el suelo, sus calzas rosas brillaban bajo la luz de la cocina. —Es que usted… me dijo que bailamos bien.
—Y es verdad, campeón. Vos tenés un talento increíble, te movés con una gracia que ya quisieran muchas nenas. —Las palabras eran un elogio, pero mi tono era deliberadamente cercano, sensual.
—¿En serio le gusta cómo me muevo? —Levantó la mirada, sus ojos castaños buscando los míos, una chispa de picardía se encendió en su rostro a pesar del rubor. Dio un chico paso hacia mí. —Es que… mi papá nunca me vio bailar. Siempre está en el trabajo.
—Bueno, tu papá se pierde de ver algo muy hermoso. Yo, en cambio, no me pierdo un solo movimiento tuyo. Tenés el ritmo en el cuerpo, Juanse. ¿Sabés lo valioso que es eso?
—Sí… Sophia dice que me muevo como una gata. —Dio otro paso, ahora estaba muy cerca de la mesada donde yo me apoyaba. Su voz era un susurro. —Me gustaría tener un… un papá que me mirara así. Que le guste todo lo que hago.
—Yo te miro, Juanse. Y lo que veo me encanta. Sos un príncipe, bonito. Y si yo fuera tu papá… te mimaría y te cuidaría mucho. Y no te perdería de vista nunca.
—¿De veras? —La pregunta salió con una mezcla de anhelo y atrevimiento. Se humedeció los labios con la lengua. —Es que… con usted… me siento más… más libre para moverme.
—Eso es bueno. Tenés que ser libre, Juanse. Tenés que dejar que tu cuerpo haga lo que quiere.
—Sí… —Juanse pareció acalorado, sus mejillas se pusieron rojas. —Tengo sed. ¿Me da agua?
—Claro, mi vida.
Juanse caminó hacia la heladera, que tenía un dispensador de agua fría en la puerta. Se estiró sobre la punta de los pies, pero era demasiado bajo para alcanzar la palanca cómodamente.
—Ufa… no llego bien.
—Vení acá, chico. Papi te ayuda. —Aproveché la excusa con una sonrisa maliciosa. Con un movimiento rápido, lo levanté en mis brazos y lo senté sobre la mesada de la cocina, justo donde minutos antes había estado Sophia. Pero al hacerlo, mi poronga, grande y dura, que ya se había levantado, se frotó con firmeza contra el trasero de Juanse, envuelto solo por la apretadísima calza rosa. El roce duró solo un segundo, pero fue intencional y notorio.
Juanse soltó un grito ahogado de sorpresa al sentir mi bulto, y se quedó rígido, con los ojos abiertos. Sus mejillas se tiñeron de un rojo vibrante, y su respiración se aceleró.
—Ahí está, campeón. Más fácil. —Le di el vaso de soda. Mientras bebía, mis manos se quedaron en sus muslos, apretando el musculito que se sentía bajo la tela de la calza. Luego, con una audacia que la situación me permitía, acerqué mi mano a su trasero y, con un movimiento lento y suave, acaricié el surco de su culo sobre la calza, justo donde sospechaba que estaba la tanga.
Juanse se atragantó con la soda, tosiendo. No me miró, mantuvo la vista fija en el vaso, pero sentí cómo sus músculos se tensaban con mi caricia y su piel se calentaba bajo mi palma.
—¿Estás bien, Juanse? No tomes tan rápido. —Mi voz era de falsa preocupación, pero mis dedos seguían explorando la forma de su trasero, que se movía ligeramente con su tos. —Tenés el culo muy firme, bonito. El baile te hace muy bien.
—S-sí, señor Ale… g-gracias. —Su voz era un hilo tembloroso. Se bajó de la mesada con rapidez.
Juanse se quedó inmóvil por un segundo, su cuerpo infantil aún tenso por el roce intencional de mi bulto, pero no se movió de su posición. Me acerqué con una lentitud depredadora, cerrando la distancia que había intentado crear al bajarse de la mesada. Lo tomé suavemente de la cintura y, con un movimiento que no admitía negación, lo levanté y lo senté a upa sobre mi regazo. Mi poronga, dura como una roca, quedó presionada directamente contra su culito en las calzas rosas.
—¡Ey, bonito! ¿Por qué te asustás? Vení acá con papi. —Mi voz era un arrullo suave, pero mi mano ya estaba en su espalda, masajeando los musculitos con una presión deliberadamente sensual. —No te pongas nervioso.
Juanse se apoyó contra mi pecho con una pasividad sorprendente. Pude sentir el calor de su cuerpo a través de la tela, y el latido rápido de su corazón. Respiré profundo, sintiendo ese aroma infantil, una mezcla de jabón, sudor de baile y ese particular olor a nene que me volvía loco.
—Sos un nene muy hermoso, Juanse. Muy, muy bonito. ¿Sabías? —Acerqué mi rostro a su pelo ondulado, aspirando el olor a su shampoo de nene. Los cachetes de Juanse estaban encendidos, un rojo vibrante que contrastaba con su piel clara. —Me encanta verte bailar. Te movés como un sueño.
—Gr-gracias, señor Ale. —Su voz seguía siendo temblorosa, pero su cuerpo, que al principio estaba rígido, empezó a relajarse un poco en mi regazo. Se movió sutilmente, y el roce de su trasero contra mi poronga fue una chispa de placer que me hizo gruñir internamente.
—Shhh, no me digas señor. Decime Ale, o… o papi, si querés. —Apreté mis dedos en sus costados. —¿Te incomoda que te tenga así, mi vida? ¿Te molesta mi poronga dura en tu colita?
Juanse se quedó en silencio por un momento. Luego, me miró a los ojos, sus castaños fijos en los míos, sin rastro de miedo, solo una curiosidad recién despertada.
—N-no… No me molesta. Es que… hacía mucho que un señor no me alzaba. Me gusta. Me gusta que me haga upa. —Se acurrucó un poco más, y sentí cómo su culito se frotaba sin querer contra mi poronga, enviando una oleada de calor por mi cuerpo.
—¿Ah, sí? ¿Te gusta que te hagan upa? ¿Y qué otras cosas te gustan, chico? ¿Qué cosas te gusta hacer cuando estás con señores grandes? —Mi tono era bajo y meloso, diseñando la pregunta para que él respondiera desde su supuesta inocencia o desde su experiencia.
—Mmm… Me gusta que me mimen. Que me digan que soy lindo. —Movió sus piernitas bien formadas, enfundadas en esas calzas rosas, y las sentí fuertes y tersas bajo mi mano. —Y… y me gusta que me den regalitos. Mamá dice que los nenes lindos tienen que ser mimados.
—Mamá es muy inteligente. Y tiene mucha razón. Los nenes bonitos como vos merecen todos los mimos del mundo. ¿Y algún regalito especial? ¿Algo que te guste que te den los señores?
Juanse ladeó la cabeza, su expresión era de inocencia total, pero la forma en que su cuerpo se movía en mi regazo decía lo contrario.
—No sé… ¿A usted qué le gusta dar, Ale? A mí me gusta que me agarren así, como usted. Me siento… seguro.
Yo no podía dejar de acariciar ese culito suave. Mi poronga seguía pulsando contra él, enviándole el mensaje que mis palabras estaban preparando.
—A mí me gusta dar placer, Juanse. Y me gusta dar cosas que te hagan feliz. Si te gusta que te agarren, te agarro. Si te gusta que te miren, te miro sin parar. Y si un día querés otra cosa, me lo pedís, ¿dale? Yo no te voy a juzgar.
Juanse cerró los ojos por un instante. Cuando los abrió, había una rendición completa en ellos. Su rubor era intenso, pero no se separó.
—Está bien, Ale. —Su voz era un hilo casi inaudible. —Me gusta que me digas bonito. Y me gusta que me mires así.
En ese momento escuchamos salir a Sophia del baño, diciendo que había que irse, tenía razón, era hora de llevarlos a clases. Así que bajé a Juanse, que me miró con algo de cara de desilusión. Le pegué una nalgada, y le señalé que era el momento de irnos.
—Otro día seguimos nuestra charla, bonito, no quiero llegar tarde a Danza, ¿no?
—No se señor Ale… tiene razón.
—Decime papi si querés, Juanse, a mí me encantaría tener un hijo tan bonito como vos, príncipe. —Se le iluminaron otra vez los ojitos.
—Vamos, papitos. Ya estoy. —Apareció por la puerta, lista y bonita como siempre. —¿Todo bien, qué hacían?
—Juanse y yo nos conocíamos, amor, creo que sería lindo invitarlos más seguido, ¿no?
—Siiii, papi, me encantaría, Juanse es mi mejor amigo. —Corrió a abrazarlo y Juanse le devolvió el abrazo, ambos saltaban de alegría como hermanos.
—Sí, podemos hacer pijamadas, ¿no?
—Obvio que sí, cuando quieran pueden.
CONTINUARA
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