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Heterosexual

La Carretera del Silencio

El cielo comenzaba a teñirse de naranja cuando el vehículo avanzaba por la estrecha carretera que atravesaba kilómetros de campos abandonados. A ambos lados, la vegetación crecía sin control..

Mateo conducía con una sola mano sobre el volante y la mirada fija al frente. Su postura transmitía una seguridad casi desafiante. Era el tipo de persona que tomaba decisiones sin vacilar y que rara vez pedía opinión antes de actuar. Desde que habían iniciado el viaje aquella mañana, había elegido la ruta, los horarios y hasta las paradas para descansar.

Rosa, sentada en el asiento del copiloto, observaba el paisaje por la ventana. Aunque intentaba mantenerse relajada, cada cierto tiempo dirigía una mirada discreta hacia Mateo. No era una persona insegura, pero estaba acostumbrada a seguir el liderazgo de otros, especialmente cuando esos otros parecían tener tan claro el camino como él.

—Todavía faltan unos treinta kilómetros —dijo Mateo tras consultar brevemente el tablero—. Llegaremos antes de que oscurezca.

—Está bien —respondió Rosa con una leve sonrisa.

Mateo soltó una breve risa.

Entonces ocurrió.

El vehículo se desvió unos centímetros. Después vino el ruido.

Un estruendo metálico desgarró el aire.

Las ruedas perdieron contacto con el asfalto.

Todo se convirtió en movimiento, golpes y fragmentos de cristal suspendidos en el tiempo.

Y luego, silencio.

Cuando Mateo abrió los ojos, el mundo parecía haber cambiado de forma.

El automóvil era poco más que una masa retorcida de metal. El motor expulsaba una tenue columna de humo que se perdía en el aire inmóvil de la tarde. A varios metros de distancia, la carretera seguía allí, desierta, indiferente a la tragedia.

Con esfuerzo, logró incorporarse.

—Rosa —llamó, sintiendo un dolor agudo en el hombro—. ¿Rosa?

No obtuvo respuesta inmediata.

Mateo sintió una sensación desconocida: incertidumbre.

Intentó ponerse de pie y una punzada recorrió su costado. Aun así, avanzó entre los restos del vehículo.

—¡Rosa!

Esta vez escuchó algo.

Un sonido débil. Un gemido.

Giró la cabeza y la vio varios metros más adelante, tendida sobre la hierba alta. Corrió hacia ella ignorando el dolor.

—Rosa, ¿me escuchas?

Ella abrió los ojos lentamente.

—Creo que sí… —susurró—. ¿Qué pasó?

—Tuvimos un accidente.

Rosa intentó incorporarse, pero Mateo la ayudó a permanecer inmóvil.

—No te muevas todavía.

—¿Estás bien?

Mateo tardó unos segundos en responder.

—No lo sé.

El silencio volvió a extenderse sobre la carretera.

No se escuchaban motores. No había casas a la vista. Ni siquiera el canto de los pájaros.

Solo el viento moviendo la vegetación.

Mateo sacó su teléfono del bolsillo. La pantalla estaba rota, pero aún funcionaba.

Sin señal.

Rosa revisó el suyo.

Lo mismo.

—Genial —murmuró ella.

Mateo observó el horizonte. El sol descendía con rapidez y las sombras comenzaban a alargarse sobre los campos.

—Debemos encontrar ayuda.

—¿Y hacia dónde?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Miró la carretera vacía en ambas direcciones.

Luego miró a Rosa.

—No estoy seguro.

La oscuridad avanzaba con lentitud sobre los campos.

Mateo y Rosa caminaban por el borde de la carretera, alejándose del vehículo destruido. A cada paso, el silencio parecía hacerse más profundo. No era una ausencia total de sonido, sino una quietud extraña que volvía cada ruido más evidente: el roce de la ropa, el crujido de la grava bajo los zapatos, la respiración contenida después del esfuerzo.

—¿Crees que encontraremos algo? —preguntó Rosa.

Mateo observó el camino que se perdía en la penumbra.

—Algo habrá.

Al cabo de varios minutos, Rosa comenzó a cojear ligeramente.

Mateo lo notó de inmediato.

—Estás lastimada.

—Solo estoy cansada.

—No.

Se detuvo y señaló el tobillo de Rosa. Incluso con la poca luz que quedaba, era evidente la inflamación.

Rosa suspiró.

—No quería retrasarnos.

Mateo observó la lesión durante unos segundos. Luego se quitó la chaqueta y la dobló cuidadosamente para que ella pudiera sentarse sobre ella junto a la carretera.

—Descansa un momento.

No había dureza en su voz. Tampoco impaciencia.

Rosa sonrió ligeramente mientras se acomodaba.

Mateo permaneció de pie, vigilando la carretera.

La noche terminaba de asentarse cuando reanudaron la marcha.

Rosa avanzaba con cuidado debido al dolor en el tobillo. Aun así, procuraba mantener el ritmo de Mateo.

Rosa era una mujer de apariencia discreta. No llamaba la atención por imponerse sobre los demás ni por buscar ocupar el centro de una conversación. Su estatura era pequeña, su figura delgada y ágil. El cabello negro le caía hasta los hombros, generalmente sujeto de forma sencilla cuando viajaba. Su piel morena clara conservaba el tono cálido de quien disfrutaba pasar tiempo al aire libre, y sus ojos eran cafés.

Rosa rara vez discutía o elevaba la voz. Prefería escuchar antes que hablar y analizar antes que actuar.

No era alguien que necesitara liderar para sentirse valiosa. Tampoco necesitaba tener siempre la razón. Quizá por eso solía adaptarse con facilidad a las decisiones de otros. No porque careciera de criterio propio, sino porque comprendía que no todas las batallas merecían ser libradas.

Aquella característica le había permitido convivir con personas muy distintas a lo largo de su vida.

Incluido Mateo.

—¿Qué? —preguntó ella de pronto.

Mateo apartó la mirada.

—Nada.

—Me estabas mirando.

—Solo verificaba que pudieras seguir caminando.

Rosa dejó escapar una pequeña risa.

—Claro.

Mateo negó con la cabeza.

Ella sonrió nuevamente.

Esa sonrisa era otra de las cosas que la definían. No era amplia ni llamativa, pero tenía la capacidad de suavizar los momentos difíciles. A menudo aparecía cuando otros estaban preocupados, como si intentara recordarles que incluso los problemas más grandes terminaban pasando.

A lo lejos no se distinguían luces de viviendas, estaciones de servicio ni establecimientos abiertos. Solo una cinta de asfalto que parecía extenderse indefinidamente entre campos descuidados y terrenos vacíos.

Aquella soledad no era completamente casual.

Era el año 2020.

La pandemia del coronavirus había alterado el ritmo habitual de las ciudades y de las carreteras. Muchas personas permanecían confinadas en sus hogares. Los desplazamientos se habían reducido al mínimo y numerosos negocios rurales habían cerrado temporalmente por falta de clientes o por las restricciones sanitarias. Incluso las rutas que antes mantenían un tráfico constante parecían haber sido abandonadas.

La carretera por la que transitaban era una prueba de ello.

Horas antes del accidente, Mateo había comentado precisamente ese detalle.

—Nunca había visto esta ruta tan vacía.

—Supongo que nadie quiere viajar ahora —había respondido Rosa.

—O nadie necesita hacerlo.

En aquel momento la observación había parecido irrelevante.

Ahora cobraba un significado distinto.

El silencio que los rodeaba no era únicamente el silencio de una zona rural. Era también el silencio de un país que atravesaba uno de los momentos más inciertos de su historia reciente.

Rosa avanzó unos pasos más y luego acomodó la correa de la mochila sobre su hombro.

Dentro llevaba planos, una tableta electrónica y varios documentos impresos que, milagrosamente, parecían haber sobrevivido al accidente.

Tenía veintinueve años y trabajaba como arquitecta desde hacía poco más de cinco. Había ingresado al estudio de diseño donde también trabajaba Mateo poco antes de que comenzara la pandemia.

Al principio apenas intercambiaban algunas palabras.

Ella se ocupaba principalmente del desarrollo técnico de los proyectos, mientras él coordinaba gran parte de las visitas de campo y la relación con los clientes.

Sin embargo, con el paso de los meses, comenzaron a colaborar cada vez más.

Mateo admiraba la capacidad de Rosa para detectar detalles que otros pasaban por alto.

Rosa admiraba la facilidad con la que Mateo resolvía problemas bajo presión.

Sus métodos eran diferentes, pero los resultados casi siempre terminaban complementándose.

Por eso ambos se encontraban allí aquella tarde.

La empresa les había asignado una inspección preliminar de una antigua hacienda que sería transformada en un complejo turístico cuando las condiciones sanitarias permitieran reactivar varios proyectos suspendidos.

El lugar se encontraba en una región apartada.

Para ahorrar tiempo, Mateo había elegido una ruta secundaria que atravesaba kilómetros de terrenos agrícolas y pequeñas poblaciones.

La decisión parecía razonable.

Hasta que dejó de serlo.

Los ojos de Mateo escaneaban el horizonte en busca de ayuda, pero su mente comenzó a divagar hacia un territorio mucho más oscuro. La observó a Rosa, a su lado, vulnerable, con el cabello ligeramente desordenado por el viento y el esfuerzo. Imaginó cómo sería su cuerpo bajo esa ropa sencilla, cómo se sentiría su piel sudada contra la suya.

La imagen se volvió más vívida: adivinaba el sabor de su boca, el calor de su pecho, pero sobre todo, anhelaba descubrir lo que escondía entre sus piernas. Se preguntaría si su vagina estaría enrojecida por el caminar, húmeda por el sudor y el calor de la jornada. La fantasía lo transportó: imaginó sus dedos deslizándose bajo la tela de sus pantalones, encontrando ese calor húmedo, sintiendo cómo se contraía a su toque.

Y no solo eso. También pensó en ese culo que había notado tantas veces en la oficina, firme y bien formado, adivinaba cómo se vería completamente desnudo. Seguro que Rosa no era de las que usaba tanga; probablemente llevaba esos calzones amplios que cubrían todo, pero eso solo excitaba más su imaginación. La idea de descubrir ese culito seco y apretado, resguardado entre esas robustas nalgas que ella tenía, le provocó una erección instantánea que tuvo que disimular rápidamente volviéndose ligeramente.

—¿Estás bien? —preguntó Rosa, notando su tensión.

—Sí, solo preocupado por la situación —mintió Mateo, ajustándose los pantalones disimuladamente.

Cada vez que miraba a Rosa caminar delante de él, la fantasía se intensificaba. Observaba cómo sus caderas se movían con cada paso que daba, cómo el pantalón se marcaba en sus nalgas. No podía evitar imaginar cómo sería doblarla sobre el borde de la carretera, bajarle esos pantalones y los calzones que imaginaba amplios y descubrir ese culo que tanto lo excitaba.

Se preguntó cómo reaccionaría ella. ¿Se resistiría? ¿O quizás, en esta situación desesperada, aceptaría el consuelo que solo él podía ofrecerle? La idea de que pudiera estar pensando lo mismo, de que también necesitara el contacto humano, el calor de otro cuerpo, solo alimentaba más su deseo.

—¿Qué me miras? —preguntó ella de nuevo, dándose vuelta y sorprendiéndolo mientras la observaba con esa mirada intensa.

Mateo apartó la vista rápidamente.

—Nada.

Mateo negó con la cabeza, pero su mente seguía en otro lugar. Imaginaba cómo sería su piel al tacto, cómo se sentiría su cuerpo temblando bajo el suyo mientras la tomaba ahí mismo, en medio de la carretera desierta, bajo la luz de la luna. La fantasía era tan intensa que casi podía sentir el calor de su vagina, el sabor de su piel, el sonido de sus gemidos mientras él la penetraba.

—Tenemos que encontrar refugio —dijo de repente, con la voz ronca por el deseo—. No podemos seguir caminando toda la noche.

Rosa asintió, sin sospechar las verdaderas intenciones que se escondían detrás de sus palabras. Pero mientras reanudaban la marcha, Mateo sabía que no solo buscaba un lugar para resguardarse del frío y la noche. Buscaba un lugar donde finalmente pudiera satisfacer ese anhelo primordial que lo consumía, un lugar donde pudiera descubrir todos los secretos que el cuerpo de Rosa guardaba bajo esas ropas tan modestas.

Caminaron unos minutos más en silencio, con el dolor del tobillo de Rosa haciéndose más evidente a cada paso. De repente, Mateo se detuvo y señaló hacia una estructura que se divisaba a lo lejos, apenas visible entre la oscuridad de los campos.

—Allí —dijo—. Parece una caseta abandonada, quizás de algún agricultor. Podríamos resguardarnos allí hasta el amanecer.

Rosa siguió la dirección de su dedo y distinguió la silueta de un pequeño edificio. Al verlo, sintió un rubor inesperado subir por su cuello, como si supiera instintivamente lo que Mateo estaba pensando. Pero su personalidad sumisa no le permitiría negarse, especialmente cuando era la opción más sensata en su situación.

—Está bien —respondió con voz suave, evitando mirarlo a los ojos.

Se desviaron de la carretera y caminaron entre los campos altos hasta llegar a la caseta. Era más pequeña de lo que parecía a distancia, con las paredes de madera desgastadas por el tiempo y el techo parcialmente colapsado. La puerta estaba entreabierta, balanceándose suavemente con el viento.

Mateo entró primero, sosteniendo la puerta para que Rosa pudiera pasar. El interior era oscuro y olía a tierra húmeda y a abandono. Había restos de herramientas agrícolas en un rincón y una cama improvisada con paja en el otro.

—No es mucho, pero nos protegerá del viento —dijo Mateo, dejando una pequeña mochila en el suelo.

Rosa asintió, sintiendo cómo el corazón le latía con más fuerza de lo normal. Se sentía vulnerable, expuesta, y esa sensación la excitaba y aterrorizaba al mismo tiempo. Sabía que estaban solos, completamente aislados, y que nada de lo que sucediera esa noche sería descubierto por nadie.

—Tienes frío —dijo Mateo, acercándose más a ella—. Tu cuerpo tiembla.

Rosa negó con la cabeza, pero sabía que mentía. No era frío lo que sentía, sino una mezcla de miedo y anticipación que recorría cada fibra de su ser.

—No, estoy bien.

Mateo sonrió y extendió su mano hacia ella, rozando ligeramente su mejilla con los dedos. El contacto fue como una descarga eléctrica que hizo que Rosa se estremeciera.

—Mientes —susurró él, acercándose más—. Sé lo que sientes, Rosa. Lo mismo que yo.

Ella no pudo evitar mirarlo directamente a los ojos entonces, y lo que vio en su mirada la dejó sin aliento. Había deseo allí, un deseo intenso y primitivo que la intimidaba y atraía por igual. Su cuerpo respondió antes de que su mente pudiera procesar lo que estaba sucediendo, sintiendo cómo un calor se extendía entre sus piernas, cómo sus pechos se endurecían bajo la tela del sostén.

—Mateo… —logró decir, pero su voz era apenas un susurro.

Él no respondió con palabras. En su lugar, se inclinó y sus labios se encontraron con los de Rosa en un beso vacilante al principio, luego más seguro, más hambriento. No era un beso de consuelo, sino un beso de deseo, un beso que decía todo lo que no habían dicho durante todo el viaje.

Rosa se rindió al beso, permitiendo que la lengua de Mateo explorara su boca, que sus manos se deslizaran por su espalda hasta llegar a sus nalgas, que las apretara con fuerza, acercándola más a él. Sintió cómo su erección se presionaba contra su vientre, y en lugar de asustarse, sintió una ola de deseo que la inundó por completo.

—He querido hacer esto hace tiempo —confesó Mateo entre besos, sus manos encontrando el borde de su blusa y deslizándose por debajo, hasta encontrar la piel caliente de su espalda.

Rosa arqueó la espalda, permitiendo que sus manos exploraran su cuerpo, sintiendo cómo cada toque despertaba en ella un deseo que no sabía que poseía. No había vuelta atrás, no quería que la hubiera. Solo quería sentir, experimentar, entregarse por completo a ese hombre que la deseaba con una intensidad que la hacía sentir viva por primera vez en mucho tiempo.

—Hazme todo lo que quieras.

Mateo sonrió, una sonrisa que mezclaba el triunfo con el deseo. Lentamente, comenzó a desabotonar la blusa de Rosa, descubriendo la piel de su pecho, el borde del sostén que contenía sus pechos ansiosos por ser liberados. La empujó suavemente hacia la cama de paja, y cuando ella cayó sobre ella, se arrodilló entre sus piernas, listo para descubrir todos los secretos que su cuerpo guardaba bajo esas ropas tan modestas.

—Vamos a ver qué escondes aquí —murmuró, mientras sus manos encontraban el botón de sus pantalones—. He estado imaginando esto todo el camino.

Rosa cerró los ojos, sintiendo cómo sus pantalones eran desabrochados, cómo sus manos se deslizaban bajo la tela de sus calzones —exactamente como él había imaginado, amplios y funcionales.

Con una delicadeza que contrastaba con la ferocidad de su mirada, Mateo deslizó una mano por la espalda de Rosa, buscando la pequeña hebilla del sostén. Sus dedos eran torpes, temblorosos de anhelo, pero finalmente encontraron el mecanismo. Con un chasquido casi inaudible, el sostén se soltó. Rosa sintió cómo la tensión en sus hombros desaparecía, cómo sus pechos, liberados de su confinamiento, se asentaban con un peso natural. Mateo retiró la prenda lentamente, como si desempaquetara un regalo sagrado, y la arrojó a un lado, donde cayó sin hacer ruido sobre la paja.

Y entonces los vio. Dos pechos perfectos, no grandes, pero bien formados, con areolas de un marrón oscuro que se contraían en el centro, endureciéndose por el aire frío y la excitación del momento. Mateo sintió un nudo en la garganta, un deseo tan abrumador que casi lo ahogaba. Se inclinó y su boca encontró uno de ellos, no con suavidad, sino con un hambre voraz. Succión, presión, el raspado de su barba incipiente contra la piel sensible de Rosa. Ella arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios, un sonido que era mitad dolor, mitad placer puro. Su mano encontró la cabeza de Mateo, sus dedos entrelazándose en su cabello, no para empujarlo lejos, sino para mantenerlo allí, para asegurarse de que no se detuviera.

Mientras su boca trabajaba en un pecho, su mano exploraba el otro, masajeándolo, pellizcando el pezón con una fuerza que bordeaba el dolor pero que se transformaba en un placer delirante para Rosa. Cada toque era una nueva revelación, una nueva sensación que la elevaba más y más, llevándola a un estado de conciencia alterada donde solo existía el aquí y el ahora, solo el tacto de Mateo en su piel.

—Te quiero toda —murmuró él contra su pecho, su voz ronca, gutural.

Sus manos descendieron entonces, trazando la curva de su cintura, la suavidad de su vientre. Rosa levantó las caderas en un gesto instintivo de cooperación, de entrega total.

Mateo se arrodilló entre sus piernas, que ahora estaban completamente abiertas para él. Sus ojos se clavaron en el centro de su sexo. Podía ver el contorno de sus labios, podía adivinar el calor y la humedad que se escondían allí. Rosa estaba ahora completamente desnuda, tendida sobre la pala como una ofrenda, su piel brillando bajo la luz de la luna, su pecho subiendo y bajando con cada respiración agitada, sus piernas abiertas en una invitación silenciosa.

—Eres más hermosa de lo que imaginaba —dijo Mateo, su voz cargada de una emoción genuina que se mezclaba con el deseo animal.

Sus manos volvieron a su cuerpo, pero esta vez no había ropa que se interpusiera. Recorrieron cada centímetro de su piel, memorizando cada curva, cada textura. Subieron por sus piernas, sintiendo la suavidad de sus muslos, la delicadeza de la piel detrás de sus rodillas. Llegaron a sus caderas, anchas y femeninas, perfectas para ser agarradas, para ser usadas como punto de anclaje mientras él la tomaba.

Una de sus manos se deslizó por su espalda, siguiendo la curva de su columna vertebral, hasta llegar al valle entre sus nalgas. Rosa contuvo el aliento cuando sintió un dedo explorar esa fisura, descendiendo lentamente, rozando el pequeño y apretado orificio de su ano. Un gemido profundo escapó de su garganta. Era una sensación nueva, prohibida, que la llenó de una vergüenza excitante. Nadia nunca la había tocado allí. Era un territorio virgen, un secreto guardado incluso para ella misma.

—Y aquí… —susurró Mateo, su dedo presionando ligeramente, sin penetrar, solo sugiriendo la posibilidad—. También es mío.

Rosa solo pudo asentir, incapaz de formar palabras. Su cuerpo era un instrumento y Mateo el músico que sabía exactamente cómo tocarlo para sacar de él las notas más dulces y más salvajes.

Su otra mano, mientras tanto, había llegado a su destino final. Con la palma plana, presionó contra el monte de Venus de Rosa, sintiendo el calor que emanaba de su sexo. Sus caderas hacia arriba, buscando más presión, más contacto. Sus labios se entreabrieron en un gemido silencioso, sus ojos cerrados, perdida en un torbellino de sensaciones que la superaban.

—Tú… me gustaría verte desnudp —logró decir, con un hilo de voz.

Mateo sonrió, una sonrisa de poder y satisfacción. Se incorporó, arrodillado sobre ella, y con movimientos seguros, comenzó a desabotonar su propia camisa. Rosa lo observaba con ojos vidriosos, viendo cómo su torso se descubría, ancho y fuerte, con los músculos marcados por el esfuerzo y el trabajo. No era el cuerpo de un gimnasio, sino el de un hombre real, con vello en el pecho que descendía hasta su vientre.

Se quitó la camisa y la arrojó a un lado. Luego, con la misma lentitud calculada, desabrochó su cinturón. El sonido del metal al deslizarse por las hebillas resonó en el silencio de la caseta como una promesa. Bajó la cremallera de sus pantalones y Rosa sintió cómo su corazón daba un vuelco. Sabía lo que venía, lo que estaba a punto de suceder, y una mezcla de miedo y un deseo abrumador la paralizó.

Él se levantó un momento para quitarse los pantalones y el calzoncillo de un solo movimiento. Y entonces, bajo la luz de la luna, Rosa lo vio por primera vez. Su miembro, erecto y poderoso, se alzaba contra su vientre, más grande y más imponente de lo que ella había imaginado. La cabeza era de un color púrpura oscuro, brillante con el líquido preseminal que ya se escapaba de la punta. Las venas recorrían el tallo como mapas de un territorio que ella estaba a punto de explorar. Un escalofrío recorrió su cuerpo, una mezcla de aprensión y un anhelo tan profundo que le dolía.

Para Mateo, la expresión en el rostro de Rosa era la confirmación de todo lo que había sentido durante el viaje. El miedo, el deseo, la sumisión… todo estaba ahí, en sus ojos muy abiertos, en su boca ligeramente abierta, en la forma en que sus manos se aferraban a la paza como si buscara anclaje. Y para él, no era una sorpresa lo fácil que había resultado llegar hasta este punto, lo natural que parecía que su cuerpo respondiera al suyo. Como si siempre hubiera estado destinado a ser suya, como si esta noche en esta caseta abandonada fuera simplemente el cumplimiento de un pacto sellado mucho antes de que el accidente los dejara aquí.

Se arrodilló de nuevo entre sus piernas, que se abrieron aún más para recibirlo. Su mano rodeó su miembro, lentamente, como si se estuviera asegurando de su realidad, de su dureza. Rosa lo observaba, hipnotizada, sin poder apartar la mirada. Él guió la cabeza de su sexo hacia la entrada de la vagina de Rosa, ya húmeda y abierta por el deseo. Rozó los labios con la punta, recogiendo la humedad, untándola sobre su glande. Ambos emitieron un gemido simultáneo, un sonido que era puro deseo, pura anticipación.

Y entonces, con una decisión que no admitía dudas, Mateo la penetró. No fue una entrada lenta y cuidadosa, sino un golpe seco y profundo que la llenó hasta la mitad de un solo movimiento. Rosa gritó, un grito de dolor y placer que se perdió en la noche. Sus manos se aferraron a los brazos de Mateo, sus uñas clavándose en su piel, no para rechazarlo, sino para soportar la intensidad de la sensación.

Se quedó así por un momento, inmóvil dentro de ella, permitiéndole acostumbrarse a su tamaño, a su presencia. Rosa sentía cómo sus paredes vaginales se estiraban para acomodarlo, cómo cada fibra de su ser estaba concentrada en ese punto de unión, en esa sensación de plenitud que nunca antes había experimentado. El dolor inicial se estaba transformando en un placer profundo, una pulsación que comenzaba en el centro de su sexo y se extendía por todo su cuerpo.

—Dios, estás apretada —murmuró Mateo, su voz tensa por el esfuerzo de contenerse—. Te siento… te siento toda.

Y luego comenzó a moverse. Lentamente al principio, retirándose casi por completo para volver a entrar, cada vez un poco más profundo. Cada embestida era una nueva revelación, una nueva ola de placer que la elevaba más y más. Rosa elevó las caderas para recibirlo mejor, para permitirle una penetración más profunda, para fusionarse con él hasta que ya no supiera dónde terminaba ella y dónde comenzaba él.

Sus manos exploraron su cuerpo, mientras él la tomaba con una fuerza creciente. Una de ellas encontró sus pechos, masajeándolos, pellizcando los pezones con una fuerza que la hacía gritar de placer.

El ritmo se aceleró, los golpes se hicieron más profundos, más salvajes. La cama de paza crujía bajo ellos, el sonido de sus cuerpos chocando llenaba la caseta, mezclado con sus gemidos y susurros. Rosa sentía cómo se acercaba al borde, cómo una tensión indescriptible se construía en su interior, buscando una salida.

—Más… más rápido —suplicó, perdida en el delirio del placer.

Mateo obedeció, aumentando la velocidad de sus embestidas, tomando sus caderas con más fuerza, usándolas para penetrarla aún más profundo. El mundo exterior desapareció, no existía la carretera, ni el accidente, ni el frío de la noche. Solo existían ellos dos, unidos en el acto más primitivo y sagrado, perdidos en un torbellino de sensaciones que los consumía por completo.

Y entonces, el orgasmo la golpeó como una ola gigantesca. Una explosión de luz y color que recorrió todo su cuerpo, haciéndolo temblor violentamente. Un grito escapó de su garganta, un grito de liberación, de éxtasis, de pura y absoluta entrega. Sus paredes vaginales se contrajeron alrededor del miembro de Mateo, apretándolo, masajeándolo, llevándolo al límite de su propio control.

Mateo sintió cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba en un esfuerzo sobrehumano por no sucumbir al placer abrumador que lo invadía. Las contracciones rítmicas de la vagina de Rosa lo estaban llevando al borde, pero una parte de él, la parte que siempre había estado al mando, se negaba a ceder tan pronto. Había más que quería de ella, más placer que quería extraer de ese cuerpo que ahora se entregaba a él sin reservas.

Se mantuvo inmóvil dentro de ella, luchando contra su propio clímax, sintiendo cómo las oleadas del orgasmo de Rosa se sucedían una tras otra, cada una menos intensa que la anterior pero igualmente deliciosas. La observó, con los ojos cerrados, la boca ligeramente abierta, el pecho subiendo y bajando con cada respiración agitada. Estaba hermosa, radiante, completamente perdida en el placer que él le había dado.

—No… no puedo más —susurró ella, cuando por fin las contracciones cesaron y su cuerpo se relajó sobre la paja, completamente exhausta pero satisfecha.

Mateo sonrió, una sonrisa de poder y posesión. Se retiró lentamente de ella, sintiendo cómo su miembro salía de ese calor húmedo con un sonido obsceno y excitante. Rosa emitió un pequeño gemido de protesta, sintiéndose vacía de repente, incompleta.

—Shhh, no he terminado contigo —murmuró él, acariciando su vientre sudado—. Apenas estamos empezando.

Sus manos descendieron por su cuerpo, explorando cada curva, cada pliegue de piel. Pasaron por sus caderas, por sus muslos, hasta llegar a sus rodillas. Con una suavidad que contrastaba con la ferocidad de su acto anterior, las tomó y las separó aún más, abriéndola por completo a su mirada codiciosa. Rosa sintió un rubor subir por su cuello, una mezcla de vergüenza y excitación ante esa exposición total.

—Qué linda estás así —dijo Mateo, su voz baja y ronca—. Abierta, mojada, toda para mí.

Sus ojos se clavaron en su sexo, ahora hinchado y enrojecido por el reciente clímax, brillando bajo la luz de la luna con los jugos de su excitación. Podía ver cada detalle, cada pliegue de piel, cada latido de deseo.

—Y ahora… —susurró él, dejando una de sus rodillas y deslizando su mano por la parte interna de su muslo hasta llegar a su ano—. Tu culito lindo.

Rosa se estremeció al sentir el contacto de sus dedos en esa zona tan íntima, tan prohibida. Nadia nunca la había tocado allí, ni siquiera ella misma se había atrevido a explorar ese territorio. Era un tabú, una barrera que nunca había cruzado. Pero ahora, bajo la mirada y las manos de Mateo, esa barrera parecía tan frágil, tan fácil de derribar.

—Mateo, no… —protestó débilmente, aunque su cuerpo decía lo contrario.

Él ignoró su protesta, sabiendo que no era real. Su dedo trazó el contorno de su ano, presionando ligeramente sin penetrar, sintiendo cómo el músculo se contraía con el contacto, como si intentara rechazarlo y atraerlo al mismo tiempo. Rosa emitió un gemido profundo, un sonido que era mitad miedo, mitad placer.

—¿Nunca nadie te ha tocado aquí? —preguntó él, su voz cargada de una curiosidad que se mezclaba con el deseo.

Rosa negó con la cabeza, incapaz de formar palabras. Sentía cómo una ola de calor recorría todo su cuerpo, centrada en el punto donde el dedo de Mateo la estaba tocando. Era una sensación nueva, extraña, pero increíblemente excitante.

—Qué pena —dijo él, con una sonrisa maliciosa—. Es un placer que no te puedes perder.

Su dedo continuó su exploración, presionando un poco más, sintiendo cómo el músculo comenzaba a ceder, a abrirse ante su insistencia. Rosa se agarró a la paja con ambas manos, sus nudillos blancos por la fuerza con que apretaba. Cada célula de su cuerpo estaba concentrada en esa sensación, en ese dedo que estaba a punto de cruzar la última frontera, de invadir el último santuario de su intimidad.

—Relájate —ordenó él, su voz suave pero firme—. Déjame entrar. Confía en mí.

Rosa intentó obedecer, intentó relajar los músculos que se tensaban instintivamente, pero era difícil. El miedo a lo desconocido, a ese dolor que imaginaba, luchaba contra el deseo de experimentar, de entregarse por completo a este hombre que estaba desafiando todos sus límites.

Mateo sintió su resistencia y cambió de táctica. Con su otra mano, comenzó a frotar su clítoris, ya sensible por el reciente clímax. El placer que esa acción le producía fue inmediato, abrumador. Rosa se olvidó del miedo, olvidó de todo, solo se concentró en ese placer que la volvía a llevar al borde del éxtasis.

Y entonces, mientras su mente estaba distraída por el placer, el dedo de Mateo penetró. Solo hasta la primera falange, pero suficiente para hacerla gritar, no de dolor, sino de sorpresa y placer. Era una sensación extraña, una mezcla de presión y plenitud que nunca antes había experimentado. Su ano se contrajo alrededor del dedo, como si intentara retenerlo, como si no quisiera dejarlo ir.

—Sí… así —murmuró Mateo, sintiendo cómo su dedo era absorbido por ese calor apretado—. Siente cómo te abres para mí. Siente cómo te lleno.

Comenzó a mover el dedo lentamente, dentro y fuera, sincronizando sus movimientos con los de su otra mano en su clítoris. Rosa sintió cómo una nueva ola de placer se construía en su interior, diferente a la anterior, más profunda, más intensa. Cada movimiento del dedo en su ano enviaba ondas de placer que se extendían por todo su cuerpo, haciéndola temblar, haciéndola desear más.

—Más… por favor, más —suplicó, perdida en el delirio del placer.

Mateo sonrió, satisfecho. Introdujo un segundo dedo, aumentando la sensación de plenitud, de estiramiento. Rosa gimió, esta vez con una mezcla de dolor y placer que la llevaba a límites que nunca antes había explorado. Sentía cómo sus músculos se estiraban, se adaptaban, cómo su cuerpo se abría completamente a la voluntad de Mateo.

—¿Te gusta? —preguntó él, su voz ronca por el deseo—. ¿Te gusta que te toque así, que te llene por aquí?

Rosa solo pudo asentir, incapaz de formar palabras. Estaba perdida en un torbellino de sensaciones, en un mar de placer que la ahogaba y la revitalizaba al mismo tiempo. Cada célula de su ser estaba vibrando, pidiendo más, exigiendo más.

El orgasmo la recorrió como una corriente continua, una vibración profunda que parecía venir del mismo centro de su ser. Cuando finalmente se desplomó sobre la paja, completamente rendida, temblando incontrolablemente, un rostro de pura y absoluta satisfacción dibujado en su rostro, Mateo se incorporó lentamente.

La observó con una intensidad casi feroz. Su cabello desordenado, la piel brillante de sudado, los pechos levantandose con cada respiración agitada, y entre sus piernas, su sexo enrojecido y húmedo, testigo del segundo orgasmo que acababa de experimentar. Pero su rostro, aunque mostraba el éxtasis, también parecía juzgarse. Una sombra de duda, de vergüenza por la intensidad de su propia respuesta, por la entrega tan absoluta a un placer que consideraba tabú. Se mordía el labio inferior, como si intentara recuperar un control que había perdido por completo.

Pero para Mateo, aquello era perfecto. Esa mezcla de entrega y culpa, de placer y vergüenza, era la prueba más evidente de su poder, de su capacidad para llevarla más allá de sus límites, para descubrir en ella una mujer que ni ella misma conocía. Su miembro, completamente rigido, latía con una fuerza casi dolorosa. El simple espectáculo de Rosa, rendida y vulnerable, era suficiente para hacerlo explotar.

Acto seguido, metió un tercer dedo. Los tres hasta el fondo de su ano, sin previo aviso, sin preparación. La entrada fue brusca, seca, y Rosa gritó, un grito de dolor y sorpresa que se mezcló con un placer abrumador. Sintió cómo se abría por completo, cómo sus músculos se estiraban hasta el límite, cómo una sensación de plenitud tan intensa que casi era dolorosa la invadía por completo.

Su verga explotaba de solo verla. El contraste entre sus dedos, hundidos en ese orificio tan apretado, y la piel pálida de sus nalgas era la imagen más erótica que jamás había contemplado. Dudó un segundo. Debería penetrarla? Debería tomarla allí, en ese lugar tan prohibido, tan sagrado? La tentación era abrumadora, una pulsión animal que lo consumía por completo. Podía imaginar cómo se sentiría ese calor apretado alrededor de su miembro, cómo sería escuchar sus gemidos de dolor y placer mientras la tomaba por primera vez de esa manera.

Antes de su siguiente acción, un gemido y unas palabras de Rosa lo excitaron aún más.

—No… no puedo… —susurró ella, con la voz quebrada por el dolor y el placer—. Es demasiado… me estás rompiendo…

Sus palabras eran una contradicción, una mezcla de dolor y placer que reflejaba perfectamente lo que estaba sintiendo.

Mateo sonrió, una sonrisa de triunfo y poder. Sabía entonces que no había dudas, no había límites. Ella era suya, completamente, para hacer con ella lo que quisiera.

—No te preocupes —murmuró él, su voz ronca por el deseo—. Voy a darte todo lo que necesitas, aunque te duela, aunque te rompa. Voy a llenarte por completo, a poseerte por todas partes, hasta que no sepas dónde terminas y dónde empiezo.

Mientras hablaba, sus dedos continuaban su trabajo, moviéndose dentro de ella, estirándola, preparándola para lo que estaba por venir. Cada movimiento era una nueva tortura, un nuevo placer que la llevaba más y más allá de sus límites.

Mateo retiró sus dedos lentamente, sintiendo cómo su ano se contraía, como si intentara retenerlos. Se arrodilló entre sus piernas, que se abrieron aún más en una invitación explícita. Tomó su miembro con la mano, temblando de anticipación, y lo guió hacia ese orificio tan pequeño, tan apretado.

Y entonces, con una lentitud calculada para aumentar la anticipación al máximo, Mateo comenzó a penetrarla. La cabeza de su miembro, ya lubricada con sus propios jugos, presionó contra el anillo muscular de su ano. Rosa contuvo la respiración, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba instintivamente, cómo una mezcla de miedo y deseo la paralizaba.

—Relájate —ordenó él, su voz suave pero firme—. Confía en mí. Déjame entrar.

Rosa intentó obedecer, intentó relajar los músculos que se tensaban, pero era difícil. El dolor imaginario luchaba contra el deseo real, el miedo a lo desconocido contra la necesidad de experimentarlo todo.

La cabeza de su miembro penetró. Rosa gritó, un grito de dolor y placer que se perdió en la noche. Sintió cómo se abría, cómo su cuerpo se adaptaba a esa invasión, cómo una sensación de plenitud tan intensa que casi era insoportable la invadía por completo.

—Dios… Dios mío… —logró decir, con la voz quebrada por el esfuerzo y la emoción.

Mateo se quedó inmóvil por un momento, permitiéndole acostumbrarse a su tamaño, a su presencia. Sentía cómo sus músculos se contraían alrededor de su miembro, apretándolo, masajeándolo, llevándolo al límite de su propio control.

—Ya… ya estoy dentro —murmuró él, con la voz tensa por el esfuerzo de contenerse—. Todo dentro de tu culito lindo. ¿Lo sientes? ¿Sientes cómo te lleno?

Rosa solo pudo asentir, incapaz de formar palabras. Estaba llena, completa, poseída por completo. Cada centímetro de su ser estaba vibrando, pidiendo más, exigiendo más.

Y entonces, comenzó a moverse. Lentamente al principio, retirándose un poco para volver a entrar, cada vez un poco más profundo. Cada embestida era una nueva revelación, una nueva ola de placer y dolor que la elevaba más y más. Rosa elevó las caderas para recibirlo mejor, para permitirle una penetración más profunda, para fusionarse con él hasta que ya no supiera dónde terminaba ella y dónde comenzaba él.

El ritmo se aceleró, los golpes se hicieron más profundos, más salvajes. La cama de paja crujía bajo ellos, el sonido de sus cuerpos chocando llenaba la caseta, mezclado con sus gemidos y susurros. Rosa sentía cómo se acercaba al borde, cómo una tensión indescriptible se construía en su interior, buscando una salida.

—Más… más rápido —suplicó, perdida en el delirio del placer.

Mateo obedeció, aumentando la velocidad de sus embestidas, tomando sus caderas con más fuerza, usándolas para penetrarla aún más profundo.

Y entonces, el tercer orgasmo de la noche la golpeó, esta vez con una intensidad que la dejó sin aliento. No fue una explosión súbita como la anterior, sino una ola gigantesca que la elevó y la mantuvo en la cima durante lo que pareció una eternidad.

Mateo se levantó con una fluidez que contradecía la ferocidad de su acto anterior. Se retiró de ella sin eyacular, una decisión que nació de un instinto más profundo que el simple deseo físico: el de presenciar, de consumar su victoria no en el clímax, sino en la contemplación de su conquista. Se arrodilló al borde de la cama de paja, con el miembro todavía erecto y pulsante, y la miró.

Y qué vio lo dejó sin aliento.

Rosa estaba allí, completamente entregada. Abierta de piernas sobre una cama de paja mugrienta, un contraste sacrílego entre la pureza de su entrega y la suciedad del entorno. Su cuerpo brillaba, cubierto por una fina capa de sudor que parecía resaltar cada curva, cada músculo tensado por el placer y el agotamiento. Sus pechos se levantaban con cada respiración agitada, los pezones todavía endurecidos, oscuros y erectos bajo la luz pálida de la luna.

Pero lo que realmente lo hipnotizó, lo que hizo que su verga latiera con una fuerza casi dolorosa, era la visión de sus dos agujeros, abiertos y húmedos, ofrecidos a su mirada como un altar de sacrificio. Su vagina, enrojecida y hinchada, brillaba con los jugos de su excitación, los labios todavía separados, como si esperaran ser llenados de nuevo. Y su ano, ligeramente dilatado por la reciente penetración, oscuro y pulsante, un anillo de carne que parecía latir con vida propia, una pequeña boca que había susurrado su nombre en el éxtasis.

Era la imagen más erótica, más poderosa que jamás había contemplado. No era solo una mujer desnuda, era un símbolo de la sumisión absoluta, de la entrega total, de la victoria completa. Él la había roto, la había reconstruido a su imagen y semejanza, y ahora contemplaba su obra con un orgullo que casi era religioso.

Rosa sintió su mirada, pesada como un toque, y abrió los ojos lentamente. Vio a Mateo arrodillado a su lado, observándola con una intensidad que la hizo temblar. Vio su erección, poderosa y orgullosa, y supo que él no había terminado, que su placer estaba en el poder, en el control, en la capacidad de llevarla al límite una y otra vez.

—¿Qué… qué ves? —logró preguntar, con la voz ronca, casi inaudible.

Mateo sonrió, una sonrisa lenta, carnívora.

—Te veo —dijo él, su voz baja y ronca—. Te veo toda. Te veo abierta, mojada, llena de mí. Te veo como eres ahora: mía.

Sus palabras fueron como un látizo, una mezcla de humillación y placer que la hizo estremecer. Se sintió expuesta, vulnerable, pero también increíblemente viva, increíblemente deseada. Él no la estaba viendo como un objeto de deseo, sino como una creación, una obra de arte nacida de su voluntad y su placer.

Mateo tomó su mano, pero no para llevarla a su miembro, como ella esperaba. En su lugar, la llevó a sus labios y besó sus nudillos, uno por uno, con una reverencia que contrastaba con la brutalidad de su acto anterior. Luego, la soltó y se levantó, de pie frente a ella, como un dios contemplando a su mortal.

Mateo la observó, con la respiración agitada, con el miembro todavía duro en su mano. Había visto su clímax, había presenciado su entrega más absoluta, y eso lo había llevado al borde del suyo. Pero aún no era el momento. Aún le quedaba una cosa por hacer, una última forma de marcarla, de poseerla por completo.

Se arrodilló junto a su cabeza. Con una mano, tomó su miembro y lo guió hacia los labios de Rosa, que todavía estaban ligeramente abiertos, permitiendo el paso de su respiración agitada.

—Ábre —ordenó él, su voz baja, autoritaria—. Quiero que lo sientas en tu boca

Rosa obedeció, abriendo la boca y recibiendo su miembro. Sintió cómo se deslizaba sobre su lengua, cómo llenaba su boca, cómo el sabor de su propio sexo se mezclaba con el sabor de él. Era un acto de sumisión absoluta, una entrega final que la completaba, que la hacía suya por completo.

11 Lecturas/14 junio, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: culito, culo, orgasmo, secundaria, sexo, vagina, viaje, virgen
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