la chica de la web 2
el dinero que ha recibido por lo que pasó con su padre, hace que Débora realmente considere continuar con el show.
Capítulo 2: El Pacto del Demonio
La noche cayó sobre la casa como un manto pesado. Débora yacía en su cama, aún temblando, el olor a sexo y semen impregnando sus sábanas. Su cuerpo dolía en lugares que no sabía que existían. Pero su mente… su mente estaba girando con los números que había visto en la pantalla.
Cinco mil dólares. Luego diez. Luego veinte.
Los seguidores habían enloquecido con lo que vieron. Le estaban suplicando más, ofreciendo cantidades absurdas por algo «aún más depravado».
Débora se levantó lentamente, sus piernas débiles, su ano adolorido. Se puso una bata y caminó hacia la habitación de su padre. La puerta estaba entreabierta. Él estaba sentado en su cama, mirando su teléfono, una sonrisa satisfecha en su rostro.
«¿Papá?» dijo ella, su voz ronca por los gritos.
Martín levantó la vista, sorprendido. «¿Qué haces despierta? Deberías descansar.»
Débora tragó saliva. «Yo… te perdono.»
Martín arqueó una ceja. «¿Me perdonas?»
«Lo que hiciste… me dolió. Pero…» ella dudó, luego continuó. «Mis seguidores me han enviado mucho dinero. Más del que he ganado en meses. Y quieren más. Quieren ver algo aún más… depravado.»
Martín la miró, sus ojos brillando con interés. «¿Cuánto dinero?»
«Veinte mil dólares. Y subiendo. Si hacemos lo que piden, podría ser mucho más.»
Martín se quedó en silencio, procesando. Luego, una sonrisa lenta se extendió por su rostro. «Interesante.»
«¿Qué vamos a hacer?» preguntó ella, su voz apenas un susurro.
«Vamos a darles lo que quieren», dijo él. «Pero primero, descansa. Esta noche no te tocaré. Mañana hablaremos.»
Débora asintió, aliviada, y se retiró a su habitación. Se durmió rápidamente, agotada, su mente llena de números y promesas.
A la mañana siguiente, el teléfono de Martín vibró con un mensaje grupal de sus tres amigos: Raúl, el que le había enviado el link; Toño, un hombre corpulento con manos grandes y ásperas; y Beto, delgado y de mirada penetrante.
«Vimos el en vivo, Martín. La violaste como a una puta. Nosotros también queremos hacerlo.»
«O le contamos a tu esposa lo que hiciste con su hija mientras ella está de viaje.»
«Tienes hasta el fin de semana para decidir.»
Martín apretó la mandíbula, pero no sintió miedo. Sintió… oportunidad.
Recordó la propuesta de los seguidores de Débora. Querían algo más depravado. Algo más extremo. Y sus amigos, esos pervertidos que habían deseado a su hija desde que era una preadolescente, ahora veían una oportunidad para hacer sus sueños pervertidos realidad.
¿Por qué no matar dos pájaros de un tiro? Se dijo a sí mismo.
El fin de semana llegó rápido. El sábado por la mañana, Martín llamó a Débora a la sala. Ella estaba nerviosa, pero excitada por el dinero que podría recibir.
«¿Qué vamos a hacer?» preguntó.
«Tus fans quieren un espectáculo», dijo él. «Y yo sé exactamente cómo dárselo. Pero es una sorpresa. Solo conéctate esta tarde como siempre, y déjame manejar el resto.»
Débora dudó. «¿De verdad puedo confiar en ti?»
Martín sonrió. «Claro que sí, hija. Esto es por tu futuro.»
Esa tarde, Débora se conectó al sitio de webcams como siempre. Su habitación estaba iluminada con luces rosadas, la cámara en posición. Pero esta vez, había algo diferente. Una venda en la mesa.
«¿Qué es eso?» preguntó ella.
«Una sorpresa», dijo Martín, tomando la venda. «Confía en mí.»
Débora dejó que él le vendara los ojos. La oscuridad la envolvió, y escuchó el sonido de la puerta abriéndose. Pasos. Múltiples pasos. Su corazón comenzó a latir rápido.
«¿Papá? ¿Hay alguien más aquí?»
No hubo respuesta. Solo risas bajas, masculinas, que ella reconoció con horror.
«No… no, por favor…»
Martín retiró la venda.
Débora parpadeó, sus ojos ajustándose a la luz. Y entonces los vio.
Raúl. Toño. Beto.
Los tres amigos de su padre, desnudos, sus pollas erectas, sus ojos llenos de una lujuria que la hizo sentir sucia. Estaban todos alrededor de su cama, mirándola como depredadores a su presa.
«¡No! ¡No, no, no!» gritó ella, tratando de levantarse, pero las manos la agarraron, inmovilizándola.
«¡Cálmate, Débora!» dijo Raúl, riendo. «Esto es lo que tus fans quieren ver. Y nosotros también.»
«¡Suéltame! ¡Papá, detenlos!» suplicó ella, pero Martín solo sonrió, sentado en una silla, observando.
«Esto es por tu futuro, hija, recuerda lo que te pidieron tus fans», dijo él. «Y creo que tu ya sabías que mis amigos han esperado mucho tiempo para esto, tu misma me llegaste a decir que te incomodaba que te vieran con ojos llenos de deseo.»
Las manos de los tres hombres la desnudaron rápidamente, rasgando su ropa. Débora luchó, arañando, pateando, pero eran demasiados. Toño la sujetó por las muñecas, inmovilizándola contra la cama, mientras Raúl y Beto se abalanzaron sobre sus pechos.
«¡Mira esas tetas!» jadeó Raúl, tomando uno en cada mano, masajeándolo, sus dedos pellizcando los pezones rosados y saltones. «Siempre supe que serían perfectas.»
«¡Suéltame, asqueroso!» gritó Débora, tratando de girar, pero Beto ya estaba chupando el otro pezón, su lengua húmeda y caliente rodeando la aureola.
Toño bajó, sus manos ásperas agarrando sus caderas, su boca besando su vientre, bajando hacia su entrepierna. Débora sintió su lengua en su clítoris y gritó, tratando de cerrar las piernas, pero Beto las mantuvo abiertas.
«¡No! ¡No me toques ahí! ¡Por favor!» suplicó ella, pero Toño solo se rió, su lengua lamiendo su vagina con avidez.
«Estás tan húmeda, putita», dijo él, levantando la cabeza. «Dime que no disfrutas esto.»
«¡No lo disfruto! ¡Te odio!» gritó ella, pero su cuerpo traicionero respondía, su clítoris endureciéndose bajo la estimulación.
Raúl se posicionó entre sus piernas, su polla gruesa y dura presionando contra su entrada. «Es hora de que probemos a esta puta.»
«¡No! ¡Ya no aguanto! ¡Duele!» gritó Débora, pero él empujó, su polla deslizándose dentro de su coño, aún sensible por la violación anterior.
Ella gritó, un sonido desgarrador, mientras él comenzaba a moverse. Sus caderas chocaban contra las suyas, sus testículos golpeando su trasero. Toño se movió detrás de ella, alineando su polla con su ano.
«¡No! ¡Ahí no! ¡Por favor!» suplicó ella, pero él empujó, su polla estirando su esfínter, entrando lentamente en su intestino.
Débora gritó, el dolor y la invasión abrumadores. Tenía dos pollas dentro de ella, una en su coño y otra en su ano, moviéndose al mismo tiempo, llenándola por completo.
«¡Mierda, está apretadísima!» gruñó Raúl, sus manos agarrando sus tetas.
«Y su culo es una maravilla», añadió Toño, jadeando. «Está tan caliente.»
Beto se movió frente a ella, su polla en la mano. «Abre la boca, puta.»
«¡No!» gritó ella, girando la cabeza, pero él le agarró el cabello, forzándola a mirarlo, y metió su polla entre sus labios.
Débora se atragantaba, su garganta llenándose, sus ojos llorosos. Beto comenzó a moverse, follando su boca mientras los otros dos la follaban por ambos extremos.
Estaba siendo usada. Completamente. Sus tres orificios llenos de pollas, sus cuerpos moviéndose al unísono, sus gruñidos llenando la habitación. Martín observaba desde la silla, su polla en la mano, masturbándose lentamente, disfrutando del espectáculo.
«¡Eso es, chicos! ¡Dénle duro!» animó él.
Débora lloraba, sus lágrimas mezclándose con la saliva, su cuerpo sacudido por los embates. Podía sentir cómo cada uno se acercaba a su clímax, sus movimientos volviéndose más erráticos, más salvajes.
«¡Voy a correrme!» gruñó Raúl, y con un último empujón, se corrió dentro de su vagina, su semen caliente inundándola.
«¡Yo también!» jadeó Toño, y su polla pulsó, descargando su semen en su ano.
Beto fue el último, su polla en su garganta, y con un rugido, se corrió, disparando su semen directamente en su garganta.
Débora tosió, tragando a la fuerza, su cuerpo temblando. Pero no terminó ahí. Los hombres se turnaron, intercambiando posiciones, usando cada uno de sus orificios. Raúl la folló por el ano, Toño por la boca, Beto por la vagina. Se corrieron dentro de ella una y otra vez, llenándola de semen hasta que goteaba por sus muslos.
Pasaron horas. Débora perdió la noción del tiempo. Solo sabía que su cuerpo era una cáscara vacía, un recipiente para el placer de ellos. Gritó hasta que su voz se quebró, lloró hasta que no le quedaron lágrimas.
Finalmente, los hombres se retiraron, satisfechos, sus pollas flácidas y cubiertas de fluidos mezclados. Débora yacía en la cama, inmóvil, su cuerpo cubierto de semen, sus ojos vacíos.
«Fue mejor de lo que imaginé», dijo Raúl, riendo.
«Definitivamente repetiremos», añadió Beto.
Se vistieron y se fueron, dejándola sola con su padre.
Martín se acercó, mirándola con satisfacción. «Buen trabajo, hija. Tus fans van a estar muy contentos.»
Débora no respondió. Solo yacía allí.
Más tarde, cuando finalmente encontró la fuerza para levantarse, se arrastró hasta su laptop. La pantalla estaba llena de notificaciones.
«¡¡¡INCREÍBLE!!!»
«¡Nunca había visto algo tan depravado!»
«¡Te hemos enviado $50,000!»
«¡Queremos más! ¡Algo aún más extremo!»
«$100,000 si nos dejas ver algo nuevo…»
Débora miró los números, atónita. Cincuenta mil dólares. Con eso podría vivir sin preocupaciones durante años. Podría irse, escapar, dejar atrás a su padre y sus amigos pervertidos.
Pero entonces, un mensaje apareció en la pantalla, destacado por el administrador del sitio:
«¡FELICIDADES! Has sido nominada como la mejor webcam del mes. Tu próxima actuación será transmitida en vivo a millones de espectadores. ¡Prepárate para mostrar algo realmente inolvidable!»
Débora sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal.
Millones de espectadores.
Y su padre, desde la puerta, sonrió.
«Parece que tenemos mucho que planear, hija.»

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