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Heterosexual, Infidelidad, Sexo con Madur@s

La consecuencia de una mirada indiscreta

Cuando una compañera de estudio de mi hija, desata una vorágine de sexo lujurioso que yo mismo no sabía que podía tener… Gracias a que miró descaradamente mi pene mientras me bañaba.
Hola, espero que sus masturbaciones sean satisfactorias y sin remordimientos.

No me gusta auto describirme, pero diré que soy un hombre de 48 años, casado desde hace una década, una hija de 16 años de edad y trabajo como profesor universitario. He contado varias historias en esta plataforma y todas han sido vivencias personales que me han pasado a lo largo de mi vida.

Ésta que les contaré en éste relato fue hace dos años, aproximadamente, mi esposa e hija salieron a hacer unas compras y dijeron que tardarían como cuarenta y cinco minutos a lo máximo una hora.

Era una tarde calmada, como tantas otras en casa. Yo necesitaba salir, pero estaba llegando de hacer una caminata en un bosque cercano a la casa, estaba sudado y acalorado por el recorrido. Me refrescaba en la sala de estar cuando tocaron la puerta principal.

Al abrir, me encontré con una de las compañeras de estudio de mi hija, una chica de catorce años, un poco más alta que mi hija, pero no tanto como yo, delgada pero con una bonita figura, cabello negro hasta los hombros con las puntas pintadas de Azul Claro, una sonrisa que siempre me había parecido demasiado dulce, casi ingenua. Llevaba un short negro ajustado y una camiseta de la selección nacional de futbol.

“Hola ¿Cómo está? ¿Está su hija?”, preguntó, mordisqueando el labio inferior y el dedo índice de su mano derecha colocado en su boca.

“No, ella salió con su mamá. No deberían tardar, pero tendrás que esperar.” Intenté que mi voz sonara normal, paternal. “Ya conoces la casa. Yo tengo que salir en un momento, pero primero necesito darme una ducha… Estás en tu casa.”

Ella asintió, esa sonrisa aún en los labios y pasó a la sala mientras yo me dirigía al baño principal, ubicado en el área de los dormitorios, cerrando la puerta con un clic suave.

El agua cayó sobre mis hombros, un alivio para la tensión del día. El trabajo me tenía estresado, quería tomar vacaciones, pero las necesito en otra época del año. Cerré los ojos, dejando que la ducha me envolviera e hiciera su trabajo. Pero luego, el «Sentido Arácnido» que los años te dan, me hizo abrirlos.

Allí en la puerta del baño, que yo juré haber cerrado, una silueta se distinguía contra la luz del pasillo. Era la compañera de estudio de mi hija. Quieta, solamente observando.

Mi cuerpo se tensó por un momento. No dije nada. En su lugar, tosí de manera exagerada, hice ruido al agarrar el jabón y dejarlo resbalar. Sonidos torpes, claras señales de que sabía que estaba allí. La sombra no se movió.

Y entonces, mis ojos buscaron su mirada. No miraba mi rostro. No miraba el agua correr. Miraba fija e hipnotizada a mi pene, que reposaba flácido entre mis piernas al principio, pero que, bajo la intensidad de esa mirada, comenzó a dar señales de vida. Lentamente, contra toda decencia, fue tomando una buena erección, alargándose, endureciéndose bajo el chorro de agua, hasta quedar completamente erecto.

La vi claramente. Sus ojos, oscuros y abiertos, brillaban con una fascinación obscena. Su boca, entreabierta, formaba una pequeña ‘O’ de puro asombro. Estaba extasiada. Embobada. Como si estuviera viendo algo prohibido, un tesoro que nunca antes había contemplado. No había vergüenza en su expresión, solo un deseo crudo, primitivo, que emanaba de ella y calentaba el aire del baño.

Una corriente eléctrica me recorrió todo el cuerpo. No era solo excitación; era ira, posesión, una necesidad animal que no se apagaba. Si eso era lo que quería ver, entonces tendría algo más para ver. Descaradamente le di una buena visual de mi pene, para que lo pudiera apreciar mejor. Al parecer ella agradeció al ver que abría más la boca y su mano bajaba a su vagina, para sobarla… Yo estaba que no soportaba la situación.

Cerré el agua con un movimiento brusco. Me sequé de forma rápida y descuidada. Envolví la toalla alrededor de mi cintura, anudándola con fuerza para que no se cayera facilmente. Mi erección, lejos de ceder, parecía más grande, sobre todo con la última de las escenas. El deseo era un nudo de fuego en la entrepierna, imposible de ignorar.

Salí al pasillo. La casa estaba en silencio. La encontré en el comedor, junto a la mesa de madera, hojeando distraídamente una revista. Al escuchar mis pasos, levantó la vista. Su mirada fue directa a la toalla, a la protuberancia inconfundible que había debajo y luego a mis ojos. Y ahí estaba de nuevo: esa sonrisita. Ya no era inocente. Era una de complicidad, de desafío, de alguien que había logrado exactamente lo que quería.

Esa sonrisa rompió el último muro de contención.

Sin mediar palabra, crucé la distancia que nos separaba lo más rápido posible y sin tropezarme con nada. Mis manos, aún húmedas y con algo de fuerza, se cerraron como tenazas alrededor de sus delgados brazos.

“Esto,” dije cargado de una furia lujuriosa que ni yo mismo reconocía, “te pasa por andar viendo mi pene.”

Ella no dijo nada. No se defendió. No forcejeó. Solo emitió un leve jadeo cuando la giré con brusquedad y la incliné sobre la superficie de la mesa de comedor. Su espalda quedó arqueada, su rostro presionado contra las páginas de la revista que ojeaba. Con un solo movimiento, tiré del elástico de su short negro, arrastrando con él la tela fina de una tanga roja (la muy putita la traía puesta), hasta dejar sus nalgas blancas y redondeadas completamente desnudas. Y su vagina, un pequeño montículo depilado y húmedo, expuesto a mi vista.

No hubo preámbulos, no hubo caricias, no había tiempo. La lujuria me superaba con creces. Con una mano, me liberé de la toalla. Y con las dos le abrí la vagina, que también guiaban mi pene a su entrada. Y la penetré de un solo empujón profundo, brutal, sin contemplación.

Un temblor recorrió su cuerpo, lo pude sentir. Ella enterró el rostro en el brazo y al principio solo hubo silencio. Un silencio tenso, cargado, pesado. Pero mientras yo comenzaba a moverme, a embestirla de manera salvaje, animal y urgente, arrastrándola hacia mí con cada embate, el silencio se quebró.

Primero fue un gemido ahogado. Luego otro, más largo, más musical. Sus manos se aferraron al borde de la mesa. Sus caderas, lejos de alejarse, comenzaron a moverse en contra de las mías, buscando el ritmo, profundizando cada penetración. Sus gemidos se hicieron más constantes, más altos, un coro de placer que llenó buena parte de la casa. “Sí… ah… sí…”, dijo con una voz que estaba cargada de un éxtasis que no fingía. Eso avivó el fuego en mis entrañas.

La sensación era abrumadora. Su interior tibio, apretado y vibrante, la vista de su espalda arqueada, el sonido de sus gemidos mezclándose con el choque de nuestros cuerpos contra la madera. Eso me insitó a agarrar su cabello y jalarlo, sus gemidos se conviertieron en gritos de placer. Esa niña dejo de serlo hace varias embestidas atrás, para convertirse en una hembra que grita cuando le dan una buena cogida.

Al sentir que llegaba mi eyaculación, solté su cabello y me aferré a sus hombros. Quería que sintiera estas embestidas en todo su esplendor, las intensifiqué a un nivel que yo mismo me sorprendí por la fuerza y la habilidad que mostré. El orgasmo llegó como una explosión sorda, un terremoto que me sacudió desde los talones.

“Dentro… te voy a llenar…”, gruñí fuertemente, más una advertencia animal que una frase. Y no me detuve. Seguí embistiéndola, con embates quizás más lentos pero igual de profundos, mientras sentía cómo mi semen brotaba en pulsaciones calientes y gruesas, inundándola, llenando cada espacio de su interior. Ella gritó, con un sonido agudo y desgarrado, su cuerpo se convulsionó bajo el mío en lo que pareció ser su propio orgasmo, prolongado y violento.

Cuando por fin el último espasmo llegó, me separé. El aire frío de la habitación chocó contra mi piel humeda de sudor, agua y fluídos. La miré, seguía tumbada sobre la mesa, jadeando, con las piernas temblorosas. Su short negro y esa exquisita tanga roja seguían enredados alrededor de sus tobillos. Su vagina, colorada e hinchada, escurría lentamente un hilo blanco de mi semen y de uno rojo de sangre… No lo podía creer ¡La había desvirgado!

Una calma misteriosa, extraña y vacía me invadió el cuerpo; gracias a que sacié mi sed lujuria y la desvirgué en un mismo acto. Recogí mi toalla del suelo y sin mirarla a los ojos, me acerqué una última vez. Puse una de mis manos, aún temblorosa, en la curva de su nalga.

“Para que sigas mirando mi pene cuando me baño,” murmuré. Después le dí una sonora nalgada que de seguro jamás olvidará.

Luego, di media vuelta y me dirigí a mi habitación, cerrando la puerta tras de mí. La dejé allí sobre la mesa del comedor, con el culo al aire y su vagina chorreando mi semen, recien desvirgado. Siendo el único cómplice de lo que la lujuria y una mirada indiscreta habían desatado.

Me terminé de limpiar, me vestí y salí. Calculo que debí tardarme unos 10 minutos entre recuperarme, tomar la ropa y ponermela. Cuando salgo la compañera de mi hija ya estaba arreglada y había limpiado todo el desastre que hicimos hace un momento en el comedor… Esa mesa donde viví tantas comidas familiares, ya no la veré de la misma manera, fue el testigo mudo de una acción que jamás busqué y que me sorprendió por cómo me comporté.

En eso entra mi hija, que sale a saludar a su compañera, después de un «Hola papi». Atrás de ella veo a mi esposa que se me acerca a darme un beso de pico en la boca, como siempre lo hace para saludarnos y despedirnos, para preguntarme si se tardaron mucho. A lo que respondo:

“Lo justo y necesario“… Tomando en cuenta lo que había pasado.

Finalmente salí de la casa a hacer lo que tenía pendiente.

Con respecto a la chica, debo decir que cada vez que podemos lo hacemos, sobre todo cuando viene a mi casa a estudiar con mi hija que es mucho más frecuente que antes. Ahora me pide la bendición cada vez que nos encontramos, nuestras miradas son traviesas cada vez que nos vemos y me dice papi cada vez que hablamos.

Espero que les haya gustado, tratare de estarles relatando otras de mis aventuras sexuales… ¡Larga vida y prosperidad! 🖖🏻

5 Lecturas/17 agosto, 2026/0 Comentarios/por angeldelasfiestas
Etiquetas: baño, culo, hija, orgasmo, semen, sexo, vacaciones, vagina
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