La ducha
Continúa el encuentro de Mari y fran.
El aire en la habitación estaba cargado de una electricidad casi tangible, un magnetismo animal que los empujaba el uno hacia el otro. Al cerrar la puerta del cuarto, el mundo exterior desapareció; ya no existían Angélica, ni Carmen, ni las mentiras, solo el hambre voraz de dos cuerpos que se reconocían en el pecado. Estaban empapados, el agua de la regadera aún goteando de sus pieles, creando un rastro brillante sobre las sábanas que pronto se convertirían en el escenario de una batalla de lujuria.
Fran no esperó. Empujó a Mari contra la pared junto a la cama, atrapándola con su cuerpo. Sus labios se encontraron en un choque violento, un beso que sabía a urgencia y a posesión. Las manos de Fran, grandes y fuertes, bajaron rápidamente hasta los muslos de Mari, levantándola en el aire. Ella envolvió sus piernas alrededor de la cintura de él, sintiendo la dureza de su erección presionando contra su entrada, que seguía latiendo y húmeda por la descarga anterior.
—Me tienes loca, Fran… no puedo dejar de pensar en lo que le hacías a mi hermana y en cómo me haces sentir a mí —susurró ella, mordiéndole el lóbulo de la oreja con una intensidad que lo hizo gruñir.
Fran la depositó sobre la cama, pero no la dejó descansar. Se posicionó sobre ella y, con un movimiento experto, la giró, dejándola boca abajo, en la misma posición en la que había visto a Carmen días atrás. El deseo de Mari se disparó al recordar la imagen; quería ser sometida, quería sentir esa misma brutalidad. Fran deslizó su mano por la curva de su espalda hasta llegar a su trasero, apretándolo con fuerza, dejando marcas rojas en la piel tersa.
Sin previo aviso, Fran lubricó la entrada anal de Mari con los restos de humedad vaginal que aún quedaban en sus dedos y, con un empuje lento pero firme, comenzó a penetrarla por el ano. Mari soltó un grito que fue mitad sorpresa y mitad éxtasis. La sensación de plenitud era abrumadora; el pene de Fran llenaba cada espacio, estirándola, reclamándola.
—¡Oh Dios, sí! ¡Así… justo así! —gemía Mari, enterrando la cara en la almohada mientras su cuerpo se arqueaba.
Fran aumentó el ritmo, transformando la penetración en una serie de embestidas rítmicas y profundas. El sonido era obsceno: el choque húmedo de sus pelvis y los jadeos sincopados de ambos. Mari sentía que su cerebro se derretía; la estimulación anal, combinada con el roce de su clítoris contra las sábanas, la estaba llevando al borde del abismo. Fran, excitado por la estrechez del esfínter de Mari, comenzó a azotar sus nalgas con la palma de la mano, marcando el compás de su lujuria. Cada golpe era una chispa que encendía más el fuego.
Después de unos minutos de una intensidad frenética, Fran se retiró bruscamente, dejando a Mari temblando y jadeando. Pero no terminó ahí. La giró rápidamente y la sentó sobre el borde de la cama, obligándola a abrir las piernas al máximo. Fran se arrodilló frente a ella y comenzó a lamerla con una devoción casi religiosa. Su lengua trabajaba el clítoris con una precisión quirúrgica, mientras sus dedos se hundían profundamente en su vagina, simulando el movimiento de su miembro. Mari se agarraba a las sábanas, sus uñas rasgando la tela mientras sus caderas se movían involuntariamente, buscando más de aquel placer eléctrico.
—¡Voy a correrme otra vez! ¡Sigue, por favor, no pares! —gritaba ella, perdiendo todo control.
Cuando Mari alcanzó un orgasmo volcánico que la dejó sin aliento, Fran se puso de pie y la tomó por las caderas, levantándola y apoyándola contra la pared. En un movimiento coordinado y feroz, la penetró vaginalmente una vez más, pero esta vez lo hizo con una fuerza bruta, buscando el fondo de su útero. Mari sentía que Fran la atravesaba por completo, llenando cada fibra de su ser.
La pasión escaló hasta un punto crítico. Fran comenzó a bombear con una velocidad vertiginosa, sus pechos chocando violentamente. Mari lo abrazaba con desesperación, sintiendo que el tiempo se detenía. El sudor volvía a cubrir sus cuerpos, fundiéndolos en una sola masa de piel y deseo.
—Lléname… ¡Lléname otra vez, hazme tuya para siempre! —suplicó Mari en un susurro ronco.
Fran sintió el clímax acercarse; la presión en su glande era insoportable. Con un último empuje que parecía querer fusionar sus cuerpos, Fran soltó un rugido gutural y eyaculó una cantidad masiva de semen caliente dentro de Mari. Ella sintió cada pulsación, cada gota de esa esencia masculina inundando su interior, provocándole una serie de contracciones vaginales que la llevaron a un cuarto orgasmo, el más intenso de todos.
Se desplomaron sobre la cama, entrelazados, con la respiración agitada y el corazón latiendo al unísono. El silencio regresó a la habitación, pero era un silencio cargado de complicidad y pecado.
Mientras recuperaban el aliento, Mari miró a Fran con una sonrisa depredadora. Sabía que esto no era un evento aislado. Ahora que había probado el fruto prohibido, y que había sentido el poder de Fran dentro de ella, no habría vuelta atrás. Imaginó el rostro de Angélica y la mirada de Carmen, y una chispa de malicia brilló en sus ojos.
—Esto ha sido increíble… —susurró Mari, besando el pecho sudado de Fran—. Pero creo que todavía nos quedan muchas tardes así antes de que Angélica sospeche algo.
Fran sonrió, sabiendo que había caído en la trampa más deliciosa de su vida, y volvió a besarla, sellando un pacto de lujuria que prometía incendiar todo a su paso.




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