La Dueña y él Recolector de 10 años
Victoria no necesitaba a nadie. Hasta que un pequeño recolector de basura y de 9 años de la ciudad se atrevió a desafiarla. Ahora vive en su mansión, desnudo, sumiso y completamente suyo. Una historia de desprecio, poder y un deseo que ninguno de los dos esperaba..
Me llamo Victoria, tengo 34 años, cabello rubio largo en ondas y piel clara. Mis ojos grises son fríos y mis labios carnosos pueden sonreír o dar órdenes. Soy alta y delgada, con curvas precisas. Hoy llevo un blazer rojo sangre y blusa de seda negra que apenas cubre mi pecho, pantalones de talle alto y tacones que resuenan en el mármol de mi mansión.
Estoy en mi estudio, en el piso más alto, rodeada de maniquíes y telas lujosas. Trabajo en la colección Otoño-invierno, buscando crear diseños que exijan poder y refuercen la superioridad de las mujeres. Aprecio mi figura y creo que la dureza construye imperios; he construido el mío.
Un ruido metálico interrumpe mi concentración: es el camión de la basura, un sonido vulgar que desprecio. Sigo dibujando un traje de chaqueta con falda lápiz. Últimamente, le presto más atención al camión de lo que debería, pero ahora solo me importan mis diseños y el elegante silencio de mi estudio.
El camión se acerca nuevamente. He despedido a mis sirvientes por su ineptitud y no tolero la mediocridad en mi hogar. Al mirar el reloj, noto que las bolsas de basura llevan dos días acumulándose. El olor empieza a ser inaceptable; no permitiré que la podredumbre invada mi mansión.
Molesta, me levanto y bajo las escaleras, con los tacones resonando. En la cocina, recojo las bolsas de basura, evitando que el plástico crujiente me toque. Salgo por la puerta de servicio.
El camión está detenido a unos metros y el recolector me observa. Al mirarlo, veo que es… pequeño, de apenas un metro cuarenta y uno. Su uniforme le queda grande, y su sonrisa es abierta y infantil, demasiado inocente para alguien que trabaja entre desperdicios.
—B-buenos días, señorita —dijo con voz suave, bajita, cortés hasta la médula—. ¿Le ayudo con las bolsas?
Me detuve frente a él. Desde mi altura lo miraba claramente hacia abajo. El contraste era casi ofensivo. Yo, alta, impecable, envuelta en rojo y seda. Él, diminuto, sucio, oloroso a basura y a pobreza.
Le extendí las bolsas sin sonreír.
—Llévatelas. Y no me hables más de lo necesario. No somos iguales.
Él parpadeó. La sonrisa se le apagó un poco, pero no desapareció del todo. Asintió con la cabeza gacha, como un cachorro regañado.
—Perdón… —murmuró, tomando las bolsas con las dos manos—. No quería molestar.
El «perdón» me rozó los oídos como algo pegajoso. Me dio un leve asco. Y, al mismo tiempo, una chispa fría de interés. Tan pequeño. Tan dispuesto a disculparse solo por existir frente a mí.
—Me das asco —le dije con total calma, ya dándome media vuelta—. No vuelvas a dirigirme la palabra como si tuvieras derecho.
No esperé respuesta. Subí los peldaños de regreso a la casa. Antes de cerrar la puerta oí su voz, apenas un susurro:
—Perdón…
Cerré. El ruido del camión se reanudó segundos después.
Subí de nuevo al estudio, pero el lápiz ya no me interesaba tanto. Me quedé de pie frente al ventanal, mirando la calle. Todavía podía ver el camión alejándose. Y dentro de él, esa figura ridículamente pequeña que se había disculpado dos veces en menos de un minuto.
Qué curioso.
Qué fácil parecía de romper.
Los días siguientes se convirtieron en una rutina deliberada.
Cada mañana, exactamente a la misma hora, bajaba las escaleras con las bolsas de basura entre los dedos. Ya no era solo por necesidad. Los sirvientes seguían despedidos y yo me negaba a contratar nuevos… pero la verdad era otra. Quería verlo. Quería ese momento exacto en que el camión se detenía y él bajaba, tan ridículamente pequeño, con esa sonrisa estúpida y servicial que todavía no aprendía a guardar.
Siempre esperaba a que sus compañeros estuvieran del otro lado del camión, ocupados con otros contenedores. Solo entonces salía. Solo entonces lo dejaba acercarse.
La segunda vez que lo vi, el aire olía a humedad. Él se acercó con las manos ya extendidas, como un perro bien entrenado.
—Buenos días, señorita… ¿las bolsas?
Lo miré de arriba abajo. Desde mi altura parecía todavía más diminuto. Un metro cuarenta y uno de nada. Hombros estrechos, cuello fino, esa expresión de cachorro que no entiende por qué le gritan.
—Más lento —ordené en voz baja, para que solo él me oyera—. No corras hacia mí como si fueras alguien. Eres el que recoge la mierda de los demás. Actúa como tal.
Él se detuvo en seco. Las mejillas se le tiñeron de un rojo vergonzoso.
—Perdón…
—Otra vez esa palabra. Qué predecible. Toma las bolsas y no me mires a la cara. No tienes permiso.
Obedeció y bajó la mirada. Vi cómo apretaba las bolsas contra su pecho, temeroso de que se le cayeran. Mientras se alejaba hacia el camión, reflexioné sobre lo fácil que era su sumisión, una aceptación triste y casi agradecida de que alguien como yo le hablara, aunque fuera para humillarlo.
Al día siguiente lo esperé nuevamente. Esta vez llevaba un blazer rojo abrochado solo con un botón, mostrando un escote que no era para él, sino porque disfrutaba de la diferencia. Mi cuerpo alto y cuidado contrastaba con el suyo, pequeño y delgado, marcado por una vida que yo jamás habría tolerado.
—Hoy hueles peor que ayer —le dije cuando se acercó, asegurándome de que nadie más estuviera cerca—. ¿No te bañas? ¿O es que la basura ya se te pegó a la piel de forma permanente?
Él tragó saliva. La voz le salió más bajita todavía.
—Me baño… en la noche. Pero el trabajo es así, señorita. Perdón si le molesta el olor.
Me reí por lo bajo. Una risa fría, breve.
—Me molesta todo de ti. Tu tamaño. Tu voz. Esa cara de niño bueno que no engaña a nadie. Eres alguien que recoge desperdicios y todavía sonríes como si el mundo te debiera algo. No te debe nada. Nadie te debe nada.
Vi cómo se le humedecían un poco los ojos. No lloró. Solo apretó los labios y asintió, una y otra vez, mientras tomaba las bolsas.
—Sí, señorita… tiene razón.
Cuando se dio la vuelta, lo seguí con la mirada. Esa espalda estrecha, esos hombros caídos. Pensé en lo simple que sería romperlo del todo. En lo poco que costaría. Y, por primera vez, sentí una punzada distinta en el vientre. No era solo desprecio. Era curiosidad. Una curiosidad oscura, por ver hasta dónde podía bajar la cabeza alguien tan pequeño e inocente antes de que se quebrara por completo.
Las mañanas siguientes fueron las mismas: siempre a solas y con la misma precisión. Le decía que su uniforme parecía prestado, que hablaba tan bajo que parecía tener miedo de existir, y que un niño como él no debía mirar a una mujer como yo. Él siempre respondía con la cabeza gacha, un «perdón» que empezaba a sonar como música. Mientras subía las escaleras, me sorprendía sonriendo, no de manera amable, sino como quien ha encontrado un juguete nuevo, sin saber cómo romperlo.
Las humillaciones se tornaron más personales, no solo sobre su aspecto, sino donde realmente dolía. Una mañana, con el aire frío y el camión detenido, lo esperé en la puerta de servicio. Él se acercó, pequeño, con esa expresión de quien ya sabe que algo desagradable va a suceder, y, aun así, no huía.
—Hoy no traes esa sonrisa idiota —observé, entregándole las bolsas sin mirarlo realmente—. ¿Por fin entendiste que no tienes nada que ofrecer? Ni siquiera una cara agradable. Eres pequeño, pobre y olvidable. Si desaparecieras mañana, nadie lo notaría. Ni siquiera tus compañeros.
Él apretó las bolsas contra el pecho. Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Por un segundo creí que iba a hacer lo de siempre: bajar la cabeza, murmurar un «perdón» y alejarse.
Pero no.
Levantó la vista. Esos ojos castaños, normalmente tan dulces, tenían un brillo distinto. Pequeño. Tembloroso. Pero distinto.
—No… no soy olvidable —dijo en voz baja, pero clara—. Trabajo. Ayudo. No le he hecho nada malo a usted, señorita. No tiene por qué decirme esas cosas todos los días.
Me quedé inmóvil.
El silencio entre nosotros se volvió espeso. Él mismo pareció asustarse de sus propias palabras, porque inmediatamente bajó la mirada otra vez, como si esperara un golpe.
Pero yo no golpeé.
Sentí algo caliente y afilado subirme por el pecho. No era solo enfado. Era ofensa. ¿Cómo se atrevía? ¿Ese recolector de metro cuarenta y uno, ese niño disfrazado de adulto, ese pedazo de basura ambulante… se atrevía a contestarme?
Me acerqué un paso. Lo suficiente para que tuviera que alzar todavía más la cara si quería sostenerme la mirada. No lo hizo.
—Repite eso —ordené, la voz baja, peligrosa.
Él tragó saliva.
—Yo solo… solo dije que no soy olvidable. Que trabajo. Que no le he hecho daño.
Sonreí. Una sonrisa lenta, fría, que no llegó a los ojos.
—Qué valiente. Qué tierno. El perrito de la basura por fin enseñó los dientes.
Le quité las bolsas de las manos con un movimiento brusco y las dejé caer a sus pies.
—Recógelas. Ahora. Y mientras lo haces, escúchame bien: acabas de cometer un error. Uno muy grande. Yo no olvido. Y tú… tú vas a aprender lo que cuesta abrirme la boca.
Él se agachó de inmediato, recogiendo las bolsas con manos temblorosas. No dijo nada más. Solo ese silencio asustado que me gustó más que cualquier disculpa.
Me di la vuelta y entré a la casa sin mirarlo otra vez.
Subí las escaleras con el corazón latiéndome más rápido de lo normal. En el estudio me quedé de pie frente al ventanal, mirando cómo el camión se alejaba. Dentro de mí algo se había removido. Una rabia fría y deliciosa. Él se había atrevido a defenderse. A existir un poco más de lo que yo le permitía.
Eso no se podía quedar así.
Esa misma tarde abrí el portátil. Busqué el número de la empresa de recolección. Sonreí mientras marcaba.
No iba a contentarme con humillarlo unos minutos cada mañana.
Iba a quitarle lo único que tenía.
El trabajo. La miseria paga que le daba para comer. La rutina que, de alguna forma absurda, todavía le permitía sentirse útil.
Si se atrevía a responder, entonces merecía perderlo todo.
Y yo iba a asegurarme de que así fuera.
Esa misma tarde hice la primera llamada.
Me senté en el sillón de mi estudio, las piernas cruzadas, el blazer rojo todavía puesto. Marqué el número de la empresa de recolección con una calma casi elegante. Cuando contestaron, mi voz cambió. Se volvió la de una clienta importante, ofendida, educada… y venenosa.
—Buenas tardes. Quiero presentar una queja formal. El recolector que pasa por mi calle, el pequeño, el de pelo marrón… ha sido grosero en varias ocasiones. Me ha respondido de mala manera. Ha dejado bolsas mal cerradas frente a mi propiedad. Y, francamente, el olor que arrastra es inaceptable para una zona residencial de este nivel. No pago impuestos para tolerar ese tipo de personal.
Mentí con precisión quirúrgica. Cada palabra salió suave, creíble, envuelta en esa superioridad que sé usar tan bien. Cuando colgué, sonreí. Después hice una segunda llamada, y una tercera, desde números distintos, quejándome de «actitudes inapropiadas» y «falta de profesionalismo». Sembré la duda. Fue suficiente.
Al día siguiente lo esperé por última vez.
El camión llegó como siempre. Él bajó, todavía sin saber nada. Se acercó con esa misma cautela de perro golpeado, pero yo ya no sentía solo desprecio. Sentía anticipación. Sabía lo que le esperaba y eso me calentaba por dentro de una forma oscura y deliciosa.
Le entregué las bolsas con lentitud, disfrutando cada segundo.
—Hoy estás más callado de lo normal —observé, la voz baja para que nadie más oyera—. ¿Todavía te duele haber abierto la boca ayer? Qué valiente te pusiste. Qué estúpido.
Él no levantó la vista.
—Perdón, señorita…
—No. Ya no quiero tus perdones. Quiero que entiendas algo: la gente como tú no tiene derecho a defenderse. No tienes derecho a existir más de lo que yo te permito. Eres pequeño, insignificante, y muy pronto vas a descubrir lo que pasa cuando alguien como yo decide que ya no te necesita.
Lo miré fijamente, saboreando el momento. Él no entendía del todo, pero algo en mi tono lo hizo temblar.
—Toma tus bolsas —ordené—. Y reza para que el universo sea más generoso contigo de lo que yo voy a ser.
Se alejó en silencio. Yo me quedé en la puerta unos segundos más, viéndolo subir al camión. Sabía que probablemente era la última vez que lo vería en ese uniforme.
Y tenía razón.
Pasaron tres días. Después cinco. El camión seguía pasando, pero él ya no bajaba. Otro hombre, más alto, más indiferente, recogía las bolsas. No hubo sonrisas. No hubo «perdón». No hubo nada.
Me quedé frente al ventanal del estudio, observando el camión alejarse, y sentí una oleada de satisfacción tan profunda que casi me hizo cerrar los ojos. Había funcionado. Con tres llamadas y un poco de veneno bien colocado, había destruido lo único que ese muchacho tenía. Su trabajo. Su miseria diaria. Su ilusión ridícula de ser útil.
Sonreí, lenta, genuina.
Ese aire de superioridad que siempre llevo conmigo se volvió todavía más denso, más absoluto. No era solo dinero. No era solo belleza. Era poder real. El poder de mirar a alguien a los ojos, decidir que ya no merece existir en mi mundo… y hacerlo desaparecer sin siquiera ensuciarme las manos.
Quien se meta conmigo termina mal. Siempre. De una forma u otra.
Y yo no podría estar más feliz por ello.
Durante días me sentí imbatible.
Cada vez que el camión de la basura pasaba y él no bajaba, una sonrisa lenta se me dibujaba en los labios. Había ganado. Había borrado a ese insecto de mi calle con tres llamadas y un poco de veneno bien colocado. El poder me sabía dulce. Más dulce que cualquier orgasmo.
Pero la euforia, como todo, termina aburriendo.
Una noche, ya entrada la madrugada, el silencio de la mansión se me hizo pesado. Demasiado limpio. Demasiado predecible. Agarré el teléfono y marqué el número de uno de mis juguetes descartables: un chico de veintidós años, cuerpo trabajado, músculos firmes, sonrisa fácil y nula profundidad. Exactamente lo que necesitaba.
Llegó en menos de media hora. No intercambiamos casi palabras. Lo llevé al dormitorio, lo usé y lo disfruté el tiempo justo. Cuando terminé, le indiqué la puerta con un gesto vago. Él se vistió en silencio, todavía un poco aturdido, y se fue. Ni siquiera me molesté en aprender su nombre completo. Todos son iguales: cuerpos jóvenes, deseosos, desechables. Sirven mientras entretienen. Después sobran.
Volví a quedarme sola. Satisfecha… y otra vez un poco aburrida.
Pasaron varias semanas.
Una tarde salí a hacer las compras. Seguí sin contratar sirvientes nuevos; me gustaba la libertad de moverme sin testigos dentro de mi propia casa. Caminé hasta el supermercado de la zona alta, llené el carrito con lo que se me antojó y regresé a pie, las bolsas colgando de mis manos cuidadas.
El camino de vuelta pasaba junto a un callejón estrecho entre dos edificios viejos. Normalmente ni lo miraba. Esa tarde, sin embargo, oí algo.
Sollozos.
Me detuve. El sonido era agudo, roto, patético. Curiosidad. Nada más. Me acerqué unos pasos, lo suficiente para ver dentro de la penumbra.
Y ahí estaba él.
De rodillas sobre el concreto sucio, envuelto en una manta mugrienta que apenas le cubría los hombros. Temblaba. Lloraba con la cara escondida entre las rodillas, el pelo marrón pegado a la frente por el sudor y la suciedad. Parecía todavía más pequeño que antes. Más roto. Más insignificante.
Me quedé quieta en la entrada del callejón, las bolsas todavía en la mano, el blazer rojo impecable contrastando con toda esa miseria.
Una sonrisa lenta, casi perezosa, se me extendió por los labios.
Qué conveniente.
Qué perfecto.
Me quedé en la boca del callejón, quieta, observándolo.
No me acerqué de inmediato. Quería saborearlo. Verlo así, de rodillas, sucio, temblando, reducido a nada, me producía un placer frío y denso que se me instaló en el pecho y bajó despacio hasta el vientre. Era exactamente lo que yo había provocado. Mi obra. Mi basura personal, ahora tirada entre la basura de verdad.
Pasaron varios segundos. Quizá un minuto entero. Él seguía con la cara escondida entre las rodillas, sollozando en voz baja, sin saber que lo miraban.
Entonces levantó la cabeza.
Sus ojos se encontraron con los míos. El reconocimiento fue instantáneo. El color se le drenó de la cara. El temblor se volvió más violento, como si el simple hecho de verme pudiera destrozarlo todavía más de lo que ya estaba. Intentó incorporarse un poco, pero las piernas no le respondieron. Se quedó a medio camino, aterrorizado, esperando el golpe verbal que seguro creía que venía.
Caminé hacia él con calma. Los tacones sonaban secos sobre el concreto. Me detuve a escasos dos metros, lo bastante cerca para que tuviera que alzar la cara hacia mí, lo bastante lejos para que sintiera la distancia que siempre había entre nosotros.
Incliné ligeramente la cabeza, curiosa.
—¿Cómo terminaste aquí? La última vez que te vi todavía tenías un uniforme y un camión. Ahora estás de rodillas en un callejón, oliendo a miseria. Explícame.
La voz le salió rota, apenas un susurro:
—Mis… mis padres. Me echaron de la casa. Se quedaron con el poco dinero que había juntado del trabajo. Me dijeron que ya no servía, que era una carga… Después ya no supe qué hacer. Empecé a pedir… solo para conseguir un pedazo de pan. Algo. Cualquier cosa.
Bajó la mirada, avergonzado. Las lágrimas limpiaban surcos en sus mejillas.
Yo, con los brazos cruzados, disfrutaba de su humillación.
—Qué conmovedor —respondí sin ternura—. Ni tu familia te quiso. Te usaron por tu dinero y luego te desecharon. Ahora mendigas. Qué caída más predecible.
Él se encogió todavía más sobre sí mismo, como si quisiera desaparecer dentro de esa manta asquerosa.
Yo sonreí, lenta, fría.
La oportunidad estaba ahí. Deliciosa. Perfecta.
Me quedé mirándolo un rato más.
No dije nada. Solo lo observé. De rodillas, sucio, temblando, con esa manta asquerosa pegada al cuerpo. Cada sollozo, cada estremecimiento, me producía un placer frío y denso. Era mío. Aunque él todavía no lo supiera. Yo lo había empujado hasta aquí y ahora lo tenía exactamente donde quería: roto, desesperado, sin nada.
Cuando me cansé de saborearlo en silencio, hablé.
—¿Cuánto tiempo llevas tirado en este callejón?
Él levantó un poco la cara, todavía sin atreverse a mirarme a los ojos.
—Un… un buen tiempo, señorita. Días. No sé exactamente cuántos. Pierdo la cuenta…
—¿Has comido?
Negó con la cabeza, casi avergonzado.
—Muy poco. A veces un pan que me dan… a veces nada. Estoy dispuesto a todo. A lo que sea. Solo… solo no quiero seguir así.
Ahí estaba. La frase que yo necesitaba.
Sonreí. Una sonrisa pequeña, lenta, casi indulgente.
—Entonces te voy a hacer una oferta. Una sola. Escucha con atención, porque no la repetiré.
Me agaché un poco, lo suficiente para que mi voz le llegara baja y clara.
—Te llevo a mi casa. Vivirás allí. Serás mi sirviente personal. Harás absolutamente todo lo que yo te diga, cuando yo te lo diga, como yo te lo diga. Limpiarás, cocinarás, servirás, te arrodillarás si te lo ordeno. Serás mío. A cambio tendrás techo, comida caliente todos los días y, si demuestras una lealtad total, algún pequeño lujo de vez en cuando. Si fallas… si me molestas… si intentas algo… te devuelvo a este callejón y esta vez no habrá segunda oportunidad. ¿Queda claro?
Él me miró por fin. Los ojos hinchados, llenos de una mezcla de terror y de una esperanza patética.
—Sí… sí, señorita. Acepto. Acepto todo.
Asentí, satisfecha.
—Bien. Una última cosa antes de levantarte. ¿Cuántos años tienes?
La pregunta lo tomó por sorpresa. Bajó la mirada otra vez, la voz saliéndole todavía más tímida, casi infantil:
—Diez… tengo Diez años.
Diez.
La sonrisa se me ensanchó un poco más.
Perfecto.
Todavía tan joven. Tan fácil de moldear. Tan desesperadamente necesitado.
—Levántate —ordené—. Vamos. A partir de ahora eres mío.
Salimos del callejón.
—Una última cosa —dije— ¿Cuál es tu nombre?
—Adrián.
Y con eso caminamos juntos hacia la mansión.
Yo caminaba delante, pasos firmes, tacones resonando en la acera. Él detrás, a dos metros exactos, como le había indicado con un simple gesto. No hablé durante el trayecto. No necesitaba hacerlo. El silencio era suficiente para recordarle su nuevo lugar: detrás de mí. Siempre detrás.
La mansión apareció al final de la calle arbolada, blanca, imponente, con los jardines perfectamente recortados. Abrí la puerta principal y entré sin mirarlo. Él dudó un segundo en el umbral, como si no creyera que le permitieran pisar ese mármol.
—Entra —ordené—. Y no toques nada.
Lo llevé directamente al baño del primer piso. Era amplio, de mármol blanco y grifería dorada, con una ducha de lluvia enorme y toallas que costaban más de lo que él había ganado en meses. Señalé el interior.
—Dúchate. Ahora. Quítate esa mierda que llevas puesta y tírala a la basura. Quiero que salgas limpio. No salgas hasta que yo regrese.
Él asintió, todavía temblando un poco, y entró. En cuanto la puerta se cerró, giré la llave con calma. El pestillo hizo un clic suave. No iba a arriesgarme a que desapareciera o a que intentara robar algo en un momento de pánico. Era precaución. Nada más.
Salí de la casa.
Fui a una tienda discreta de la zona y compré lo mínimo: un pantalón negro sencillo, una camisa blanca de manga larga, ropa interior básica y un par de zapatos baratos pero limpios. Un uniforme de sirviente. Nada más. No merecía nada más. Todavía.
Cuando regresé, el agua de la ducha seguía corriendo. Me acerqué a la puerta cerrada y escuché el sonido del agua golpeando el mármol. Él no sabía que estaba encerrado. Seguía ahí dentro, lavándose la miseria del cuerpo, creyendo que la puerta estaba abierta.
Sonreí para mis adentros.
Esperé unos minutos más hasta que el agua se detuvo. Entonces giré la llave, abrí la puerta y me aparté. Él salió envuelto en una de las toallas blancas, el pelo mojado pegado a la frente, la piel ahora limpia, casi pálida de lo fina que era. Parecía todavía más pequeño. Más joven. Más fácil de romper.
—Sígueme —dije.
Lo llevé a la sala principal. El salón enorme, con sofás de cuero oscuro, una chimenea de mármol y ventanales que daban al jardín. Me senté en el sillón más alto, las piernas cruzadas, y lo dejé de pie frente a mí, todavía con la toalla alrededor de la cintura.
Le arrojé la bolsa de la ropa a los pies.
—Póntelo. Ahora.
Obedeció en silencio. Se vistió con torpeza, las manos todavía un poco temblorosas. El pantalón y la camisa le quedaban un poco grandes, subrayando todavía más lo pequeño que era. Cuando terminó, se quedó quieto, esperando.
Lo miré de arriba abajo.
—Escucha con atención, porque estas reglas no se negocian.
Levanté un dedo.
—Primero: me llamarás “señorita” o «ama», según yo decida ese día. Nunca por mi nombre.
Segundo dedo.
—Segundo: harás todo lo que te ordene, sin preguntas, sin demoras, sin esa carita de cachorro herido. Si te digo que te arrodilles, te arrodillas. Si te digo que limpies el piso con un cepillo de dientes, lo haces.
Tercer dedo.
—Tercero: tu cuerpo, tu tiempo y tu silencio me pertenecen mientras estés bajo este techo. No tocas nada que yo no te autorice. No sales sin permiso. No hablas con nadie de lo que ocurre aquí.
Bajé la mano y lo miré fijamente.
—Si cumples, tendrás comida, techo y la posibilidad de no volver a ese callejón. Si fallas… aunque sea en lo más mínimo… te devuelvo a la calle y esta vez me aseguraré de que no haya nadie que te recoja. ¿Queda claro?
Él tragó saliva y asintió con fuerza.
—Sí, señorita. Queda claro.
Asentí, satisfecha.
—Bien. Hoy descansas. Comes lo que te deje en la cocina y duermes en el cuarto de servicio del sótano. Mañana empieza todo de verdad.
Me levanté, pasando a su lado sin rozarlo siquiera.
—Y Adrián… —añadí sin mirarlo—, no olvides lo que eres ahora. Mi sirviente. Nada más.
Subí las escaleras, dejando atrás el eco de mis tacones y la figura pequeña y limpia que se quedaba sola en medio de mi salón, vestida con el uniforme que yo le había comprado.
Mañana.
Mañana empezaría a disfrutar de verdad.
La mañana siguiente amanecí temprano.
Bajé las escaleras todavía en bata de seda negra, el cabello suelto, los pies descalzos sobre el mármol frío. El olor a café todavía no existía. Solo el silencio impecable de una casa que, por fin, tenía alguien dentro para romperlo a mi favor.
Lo encontré en la cocina.
Adrián ya estaba despierto, vestido con el uniforme que le había dado la noche anterior. La camisa blanca le quedaba un poco grande en los hombros, el pantalón negro le sobraba en la cintura. Estaba ordenando los utensilios con movimientos cuidadosos, casi tímidos, como si tuviera miedo de romper algo solo con tocarlo. Se notaba que sabía lo básico: cómo abrir un cajón sin hacer ruido, cómo acomodar una sartén, cómo moverse en una cocina aunque esta fuera diez veces más grande y cara que cualquier cosa que hubiera visto antes. En su antiguo hogar se había valido por sí mismo. Eso, al menos, me ahorraba tener que enseñarle desde cero.
Cuando me vio aparecer en el umbral, se enderezó de inmediato y bajó la mirada.
—B-buenos días, señorita…
Me apoyé en el marco de la puerta, cruzándome de brazos.
—Desayuno —dije sin más preámbulo—. ¿Qué sabes preparar?
Él dudó un segundo, jugueteando nervioso con el borde de la camisa.
—Lo básico, señorita. Huevos, tostadas, café… cosas sencillas. En mi casa… yo me lo hacía.
Asentí, lenta.
—Entonces prepárame exactamente eso. Dos huevos estrellados. Una tostada. Café negro. Nada más. Sin adornos. Sin errores. Quiero ver si eres capaz de cumplir algo tan simple.
Él asintió con fuerza, casi aliviado de tener una orden clara.
—Sí, señorita. Ahora mismo.
Me alejé de la cocina sin mirarlo otra vez. Subí al salón y me senté en el sillón principal, las piernas cruzadas, esperando. El tic-tac del reloj de pared era el único sonido. Cada minuto que pasaba lo sentía como una prueba. Si tardaba demasiado, si quemaba algo, si se atrevía a preguntar de más… ya tenía la excusa perfecta para empezar a castigar.
Diez minutos después lo oí acercarse.
Apareció en el umbral cargando una bandeja con las dos manos. Los huevos estaban bien, la yema intacta.
La tostada dorada por ambos lados. El café humeaba en una taza de porcelana blanca. Se acercó con pasos cortos, casi reverentes, y dejó la bandeja sobre la mesa baja frente a mí con un cuidado exagerado.
—Su desayuno, señorita…
Se quedó de pie, a un metro de distancia, esperando. Las manos ahora vacías se retorcían un poco detrás de la espalda. Parecía estar conteniendo la respiración.
Tomé la taza, bebí un sorbo y lo miré por encima del borde.
Todavía no le dije si estaba bien o mal.
Lo dejé esperando.
Me levanté del sillón sin mirarlo otra vez.
—Limpia toda la planta baja. Cocina, salón, pasillos, baños. Quiero que brille. Después subes al primer piso y haces lo mismo. No entres a mi dormitorio ni al estudio hasta que yo te lo diga. Si terminas antes de que baje, te quedas quieto en la cocina esperando. ¿Entendido?
—Sí, señorita.
Subí las escaleras con la taza de café todavía en la mano. El estudio me esperaba igual que siempre: luz natural, maniquíes mudos, telas caras extendidas sobre la mesa grande. Me senté, abrí el cuaderno de diseños y retomé el traje de chaqueta que había dejado a medias días atrás. Líneas afiladas. Hombreras sutiles. Un escote que no pedía permiso.
Mientras el lápiz se deslizaba sobre el papel, oía abajo el ruido lejano de Adrián trabajando. El arrastre de un balde. El roce de un trapo. Pasos pequeños y cuidadosos. Cada sonido me recordaba que ahora tenía alguien dentro de mi casa cuya única función era servir. La idea me resultaba placentera. Casi reconfortante.
Pasaron las horas.
Estaba terminando el boceto de una falda lápiz cuando oí pasos en la escalera. Suaves. Dudosos. Adrián apareció en el umbral del estudio, las manos limpias pero todavía un poco enrojecidas por el esfuerzo, el uniforme ligeramente arrugado.
—Señorita… ya terminé la planta baja y el primer piso. Todo está limpio.
Dejé el lápiz sobre la mesa y lo miré por encima del hombro. No sonreí.
—¿Todo? —repetí, con un tono que hacía evidente que no le creía del todo—. Esta mansión es grande, Adrián. Muy grande. Hay rincones que ni siquiera has visto. Cristales, molduras, el interior de los armarios de servicio, las escaleras de atrás… Apenas has raspado la superficie. Vas a estar ocupado. Muy ocupado. Y eso me gusta.
Él bajó la mirada al instante.
—Sí, señorita. Entiendo.
Me giré un poco más en la silla, evaluándolo.
—Más adelante te mandaré a comprar lo del almuerzo. Harás la lista exacta que yo te dé, pagarás con el dinero que yo te entregue y volverás sin demoras ni desvíos. Si tardas más de lo necesario, lo sabré. Si gastas un centavo de más, también lo sabré. ¿Queda claro?
—Sí, señorita. Queda claro.
Asentí y volví a mi diseño, dándole la espalda.
—Entonces regresa abajo. Sigue limpiando. Cuando yo decida que es hora del almuerzo, te llamaré.
Lo oí alejarse escaleras abajo. El sonido de sus pasos pequeños se fue perdiendo hasta desaparecer.
Me quedé sola otra vez frente al papel, el lápiz entre los dedos, y sonreí apenas.
Todavía no había empezado a exigirle de verdad.
Eso vendría después.
Había pasado tiempo.
Ya no usaba el uniforme holgado de los primeros días. Le había comprado uno que se ajustaba mejor a su cuerpo pequeño: camisa blanca impecable, pantalón negro de corte recto, zapatos limpios. Se veía… presentable. O al menos tan presentable como podía verse alguien como él. Conocía la mansión de arriba a abajo. Cada habitación, cada rincón, cada cajón. Limpiaba, cocinaba, ordenaba, anticipaba. Yo ya casi no tenía que preocuparme de nada doméstico. Él lo hacía todo.
Por supuesto, hubo castigos.
El más reciente había sido por una lata de atún. Una simple lata que olvidó traer del supermercado. Lo hice arrodillarse en medio del salón, frente a mí, y pedir perdón en voz alta, una y otra vez, prometiendo que no volvería a fallar. Lloró un poco. Tembló. Y yo disfruté cada segundo. Después de eso fue todavía más cuidadoso. Más obediente. Más… mío.
Con el tiempo, nos acostumbramos. Ya no me parecía extraño verlo moverse en la casa como una sombra. Y él comenzó a mirarme de una forma diferente, no solo con miedo. Había un apego ridículo, una gratitud absurda, como si sacarlo del callejón y ofrecerle techo y comida fuera un acto de bondad, cuando en realidad era una decisión práctica y egoísta. Se había encariñado, lo notaba en cómo se apresuraba al oírme llegar y en su mirada, que mezclaba respeto y devoción.
Qué tonto.
Esa tarde regresé más tarde de la empresa. El día fue largo: reuniones, diseños sin convencer, una modelo que cuestionó un corte. Estaba agotada; los hombros me pesaban y el cuello me dolía.
Entré a la mansión, dejé el bolso sobre la mesa de la entrada y hablé en voz alta, sabiendo que él me oiría desde cualquier parte de la casa:
—Adrián. Ven.
Apareció en menos de un minuto, impecable, el uniforme sin una arruga, la expresión atenta.
—Señorita…
Me dejé caer en el sillón más grande del salón, cerrando los ojos un segundo.
—Estoy cansada. Ven aquí y dame un masaje en los hombros. Ahora.
Él se acercó en silencio. Sentí sus manos pequeñas y cálidas posarse con cuidado sobre mis hombros, a través de la blusa de seda. Empezó a presionar con una ternura casi reverente, como si tuviera miedo de lastimarme. Sus dedos encontraban los nudos de tensión y los trabajaban con una dedicación que solo alguien agradecido podía tener.
Yo no dije nada.
Solo cerré los ojos y dejé que trabajara, saboreando el contraste: mis hombros caros, cuidados, tensos por el poder… y esas manos que habían recogido basura, que habían temblado de hambre, ahora al servicio exclusivo de mi comodidad.
Qué conveniente.
Qué predecible.
Y qué peligroso empezaba a resultar ese cariño absurdo que él me tenía.
Me quedé en el sillón con los ojos cerrados un rato más.
Sus manos seguían trabajando. Pequeñas, cálidas, demasiado cuidadosas. Presionaban exactamente donde dolía y después suavizaban el músculo con una dedicación que rozaba lo ridículo. No era solo obediencia. Había algo más. Una especie de gratitud enferma. Como si cada nudo que me deshacía fuera su forma de agradecerme por no haberlo dejado pudrirse en ese callejón.
Abrí los ojos y miré de reojo el reflejo en el ventanal oscuro.
Él estaba detrás de mí, concentrado, el ceño ligeramente fruncido, los labios entreabiertos. El uniforme negro y blanco le quedaba bien ahora. Ya no parecía un niño disfrazado. Parecía… mío. Y eso era peligroso.
—Más fuerte —ordené en voz baja.
Obedeció al instante. Los dedos se hundieron con más firmeza. Un leve quejido se me escapó sin querer. Él se tensó detrás de mí, como si hubiera cometido un error solo por hacerme sentir bien.
—No pares.
Continuó. El silencio de la casa se volvió denso, roto solo por el roce de sus manos contra la seda de mi blusa y mi respiración cada vez más lenta. Sentía el calor de su cuerpo cerca, ese calor pequeño y constante que ahora formaba parte de la rutina. Y debajo de ese calor, algo más: la certeza de que él se estaba encariñando de verdad.
Qué estúpido.
Qué útil.
Cuando el dolor de los hombros se diluyó lo suficiente, hablé sin girarme:
—Basta.
Sus manos se retiraron de inmediato, como si las hubiera quemado. Dio un paso atrás. Lo oí respirar un poco más rápido.
Me incorporé con calma, ajustándome el blazer. Lo miré de frente por primera vez desde que había empezado el masaje. Todavía tenía las mejillas ligeramente sonrosadas. Esa mezcla de miedo y devoción en los ojos.
—Te estás acostumbrando demasiado a esto —dije con voz suave, casi perezosa—. A tocarme. A estar cerca. A creer que porque te dejo vivir aquí eres algo más que un sirviente.
Él bajó la mirada al instante.
—No… no creo eso, señorita. Solo… solo quiero hacer bien las cosas.
Me acerqué un paso. Lo suficiente para que tuviera que alzar un poco la cara.
—Mentira. Te veo. La forma en que corres cuando me oyes llegar. La forma en que me miras cuando crees que no te estoy prestando atención. Te estás apegando. Y eso es un error.
Tragué saliva. Él también.
—No quiero que te apegues, Adrián. Quiero que obedezcas. Son dos cosas muy distintas. Si algún día confundes una con la otra… te lo voy a recordar de la forma más clara posible. ¿Entendido?
—Sí, señorita —susurró—. Entendido.
Asentí, satisfecha con el temblor que todavía le recorría las manos.
—Entonces ve a preparar la cena. Quiero algo ligero. Y después de limpiar la cocina te vas directo al cuarto de servicio. Esta noche no te necesito para nada más.
Él inclinó la cabeza y se alejó en silencio. Escuché sus pasos pequeños desaparecer hacia la cocina.
Me quedé sola en el salón, todavía sintiendo el fantasma de sus manos sobre los hombros. La casa volvía a estar en orden. Mi cuerpo, un poco menos tenso. Y él… él cada vez más enganchado a la única persona que lo había sacado de la calle solo para convertirlo en propiedad.
Sonreí apenas.
Todavía no había empezado a exigir lo que de verdad quería de él.
Eso vendría cuando dejara de resultarme útil solo para masajes y desayunos.
Los días siguieron su curso.
Yo trabajaba. Diseñaba. Reuniones. Telas. Decisiones. Él limpiaba, cocinaba, anticipaba cada una de mis necesidades con una precisión cada vez más molesta. Ya no tenía que pedir casi nada. Simplemente aparecía con lo que hacía falta, en el momento exacto, con esa expresión de perro fiel que empezaba a irritarme más de lo que debería.
Y lo noté.
Empezó sutil. Cuando me acercaba demasiado, las piernas le temblaban apenas. Cuando le hablaba de cerca, desviaba la mirada como si mis ojos pudieran quemarlo. Cuando le rozaba el hombro al pasar, contenía la respiración. Intentaba ocultarlo. Se esforzaba. Pero yo lo veía todo.
Una tarde, después de que se atreviera a dejar una arruga mínima en el mantel del comedor, lo llamé al salón.
—De rodillas.
Obedeció al instante. Ya no necesitaba que se lo repitiera dos veces. Se arrodilló frente a mí, la espalda recta, las manos sobre los muslos, la mirada baja. Exactamente como le había enseñado.
Me quité un tacón con calma. Después el otro. Los dejé a un lado. Extendí un pie descalzo hacia su cara.
—Bésalo.
Él dudó solo una fracción de segundo. Después inclinó la cabeza y posó los labios contra el empeine. Un beso corto, respetuoso. Después otro. Y otro. Pequeños. Casi reverentes.
Me cruzé de brazos y lo observé desde arriba. Disfruté cada segundo. La diferencia de altura. El contraste entre mi pie cuidado y su boca sumisa. El poder absoluto de tenerlo ahí, besando lo que yo le ordenaba solo porque podía.
Pero entonces lo vi.
Cerró los ojos.
No de vergüenza. No de miedo. Los cerró con una expresión casi… placentera. Los labios se movían con demasiada suavidad. Demasiado gusto. Daba besitos pequeños, lentos, como si estuviera saboreando algo que no debería.
La rabia me subió caliente y afilada.
Le pegué una patada firme en el hombro. No lo suficiente para romperle nada, pero sí para tirarlo hacia atrás contra el piso.
Él soltó un quejido ahogado y se quedó ahí, medio tumbado, mirándome con los ojos abiertos de golpe, el miedo volviendo a inundarle la cara.
—¿Te está gustando? —pregunté con voz fría, casi divertida—. ¿El perrito de la basura está disfrutando besar los pies de su ama?
Se incorporó de inmediato como pudo y volvió a arrodillarse, las piernas ya acostumbradas a esa posición. Temblaba.
—N-no, señorita… yo solo… obedecía…
Me agaché un poco, lo suficiente para que mi voz le llegara baja y venenosa.
—Mentiroso. Te vi. Cerraste los ojos. Lo estabas disfrutando. Qué asco.
Me incorporé de nuevo, recogí los tacones y me los puse con calma.
—Ya terminé contigo por hoy. Lárgate a la mierda. Ahora.
Se levantó torpemente, temblando, y salió del salón con la cabeza gacha, sin mirarme. Sus pasos rápidos se alejaron hacia el sótano.
Quedé sola en el salón, sonriendo con labios apretados, disfrutando su humillación. Eso no lo iba a permitir fácilmente.
Esa noche, el silencio de la mansión se volvió pesado. Necesitaba algo más, alguien que supiera su propósito y luego desapareciera.
Llamé a Adrián al salón.
—Prepara la habitación de invitados del segundo piso. Sábanas limpias, luces bajas, una botella de vino tinto en la mesita. Y después desaparece. No quiero verte hasta que yo te llame. ¿Entendido?
—Sí, señorita.
Obedeció en silencio. Escuché cómo subía y bajaba las escaleras, cómo movía las sábanas, cómo dejaba todo listo con esa precisión que ya me resultaba casi automática. Cuando terminó, se esfumó hacia el sótano como le había ordenado.
El amante llegó media hora después. Alto, de veinticuatro años, cuerpo trabajado, sonrisa fácil. Uno de los muchos. Entró, me miró de arriba abajo y soltó un silbido bajo al ver a Adrián pasar por el pasillo con una bandeja vacía (no había podido evitarlo del todo).
—Vaya… ¿ese es tu sirvientito nuevo? Está… pequeño.
Lo miré con absoluta indiferencia mientras le quitaba la chaqueta.
—No te fijes en él. No es importante para nada. Solo limpia y obedece. Nada más.
El chico se rió y me siguió escaleras arriba. Cerré la puerta de la habitación detrás de nosotros. No perdí el tiempo. Lo empujé contra la cama, me quité el blazer y lo usé exactamente para lo que había venido: para follar. Fuerte, directo, sin romantismos. Sus manos grandes en mi cintura, mi boca en su cuello, el sonido de la cama golpeando contra la pared. Gocé cuando quise. Lo hice gozar cuando me dio la gana. Y en medio de todo, mientras él gemía contra mi oído, oí algo más.
Gemidos cortos.
Muy bajos. Muy contenidos. Venidos del otro lado de la puerta.
No detuve lo que estaba haciendo. Seguí moviéndome, seguí usándolo, pero una parte de mí se afiló. Esos gemidos no eran del hombre que tenía debajo. Eran más agudos. Más pequeños. Más… familiares.
Cuando terminé, lo empujé a un lado. Me levanté, me puse la bata de seda y le indiqué la puerta con un gesto vago.
Él se vistió todavía sudado, todavía sonriendo.
—Me gustaría repetirlo… pronto.
Le devolví una sonrisa perfectamente falsa.
—Sería genial.
Le cerré la puerta en la cara sin esperar respuesta. Escuché sus pasos alejarse por las escaleras y la puerta principal cerrarse.
Entonces volví hacia la habitación.
Frente a la puerta, en el piso de madera, había una pequeña mancha blanca, reciente. La toqué y era viscosa. Sonreí. No necesitaba preguntar; ya sabía.
Adrián había estado ahí, escuchando y tocándose mientras yo estaba con otro.
Sentí una mezcla de asco, diversión y curiosidad. ¿Hasta dónde llegaría por mí? ¿Y yo, cuánto lo empujaría?
Iba a averiguarlo. Lo mandé al cuarto de lavado.
—Lleva toda la ropa sucia. Separar blancos y oscuros. No quiero una sola arruga cuando termines. Y no salgas de ahí hasta que yo te llame.
Asintió y desapareció con el cesto. Yo volví al estudio. El tiempo pasó. Cuando necesité que subiera a recoger unos bocetos del salón, hablé en voz alta desde el primer piso:
—Adrián. Ven.
Silencio.
Repetí, más seca:
—Adrián.
Nada.
El enfado me subió rápido. Bajé las escaleras con pasos firmes, tacones golpeando el mármol. Revisé la cocina. El salón. El baño de visitas. El cuarto de servicio del sótano. Vacío. El cuarto de lavado también estaba vacío: la lavadora todavía giraba, pero él no estaba.
Empecé a buscarlo por toda la mansión, cada vez más molesta. Abrí puertas. Revisé armarios. Nada. Hasta que, al pasar junto a una habitación de almacenamiento del segundo piso —llena de cajas viejas, muebles cubiertos y trastos que no usaba-, oí algo.
Quejidos.
Gemidos cortos, ahogados, como si alguien estuviera intentando no hacer ruido y fallara.
Me detuve. Caminé en silencio hasta la penumbra detrás de las cajas. Y lo vi.
Adrián estaba de rodillas en el suelo, rodeado de mi ropa. Blusas de seda, un sostén negro de encaje, varias bragas (algunas todavía con el olor de mi día), una falda que había usado la semana anterior. Las había acomodado como un pequeño altar torpe: las prendas más íntimas al centro, las demás alrededor. Tenía una braga negra apretada contra la cara y la otra mano moviéndose rápido entre las piernas.
Su pollita —pequeña, exactamente igual de diminuta que el resto de su cuerpo— estaba dura y roja. Jadeaba. Y hablaba. En voz baja, rota, casi rezando:
—Te quiero… te deseo tanto… seré leal a todo… a lo que sea… eres hermosa… en todos los sentidos… señorita… ama…
Se corrió.
Chorros densos y blancos salieron de esa pollita ridícula, salpicando las bragas, el sostén, la seda. Algunos cayeron sobre su propio muslo. Él tembló, los ojos cerrados, la boca entreabierta, todavía apretando mi ropa contra la cara mientras terminaba de vaciarse encima de todo lo que me pertenecía.
Me quedé inmóvil en la sombra.
La rabia no llegó sola. Llegó mezclada con algo más frío y mucho más peligroso. Asco. Ofensa. Y una claridad absoluta: esto no se iba a quedar así.
Di un paso adelante. El tacón sonó seco contra el suelo de madera.
Él abrió los ojos de golpe. El color se le drenó de la cara. Intentó esconder la pollita todavía semidura y las prendas manchadas, pero ya era demasiado tarde.
Lo miré desde arriba, sin una sola palabra todavía, y sonreí.
Una sonrisa que no tenía nada de divertida.
Lo miré en silencio.
Él seguía de rodillas entre las cajas, la pollita todavía semidura y brillante de semen, mis bragas y sostenes manchados a su alrededor. El color se le había ido de la cara. Las manos le temblaban. Los ojos, abiertos de miedo, no sabían si mirarme o esconderse.
Intentó hablar.
—Señorita… yo… no… no era…
No lo dejé terminar. Me agaché, lo agarré del brazo con fuerza y lo levanté de un tirón. Él soltó un quejido ahogado. Lo arrastré fuera de la habitación de almacenamiento, por el pasillo, hasta mi dormitorio. Abrí la puerta, lo empujé dentro y la cerré detrás de nosotros con un golpe seco.
Lo solté. Se quedó de pie en medio de la habitación, pequeño, temblando, oliendo todavía a sexo y a mi ropa.
—Explícame —ordené.
La voz le salió rota, entrecortada por el miedo:
—Yo… yo la quiero mucho, señorita. De verdad. Aunque… aunque me humille… me dio una oportunidad. Me sacó de la calle. Me dio techo… comida… y a veces… a veces siento que hay algo parecido a cariño. Por dejarme estar cerca. Por no… por no tirarme otra vez. Yo solo…
Me reí. Una risa breve, fría, burlona.
—Qué tierno.
Me acerqué despacio. Él retrocedió un paso por instinto, pero no había a dónde ir.
—Qué historia más bonita. El esclavo agradecido que confunde una cama y un plato de comida con cariño. Olvidaste tu lugar en esta mansión, Adrián. No eres nadie. No eres un amante potencial. Eres mi esclavo. Mi sirviente. Mi propiedad. Nada más.
Lo miré de arriba abajo, deteniéndome un segundo en la mancha todavía húmeda en su pantalón.
—Ahora responde con claridad. ¿Por qué te masturbaste con mi ropa? ¿Por qué hiciste ese altar patético? ¿Por qué te corriste encima de mis bragas y mis sostenes?
Él desvió la mirada. Las orejas le ardían. Los labios se le movieron pero no salió ninguna explicación coherente. Solo un murmullo vergonzoso.
No hizo falta que dijera nada más. Lo entendí perfectamente.
Sonreí, lenta, cruel.
—En serio… —dije, casi en un susurro—. ¿De verdad creíste que un gusano, un parásito como tú, tendría alguna oportunidad conmigo?
El silencio que siguió fue espeso. Él no contestó. Solo temblaba más.
Yo me quedé mirándolo, saboreando cada segundo de su terror y su ridícula esperanza destrozada.
—Entendí… —dijo él con voz temblorosa—. Ya me voy. No… no volverá a pasar.
No lo dejé terminar.
Lo agarré del brazo otra vez, con más fuerza, y lo empujé hacia atrás. Cayó sentado sobre la alfombra de mi habitación, los ojos abiertos de miedo. No le di ninguna explicación. Simplemente me di la vuelta, abrí la puerta y salí al pasillo. Caminé hasta el estudio con pasos firmes. Sabía exactamente lo que iba a buscar.
La barilla de metal liviana que uso a veces para marcar telas y ajustar maniquíes. Fina. Resistente. Perfecta.
La tomé. El metal estaba frío en mi mano. Regresé al dormitorio sin prisa. Cuando abrí la puerta, él seguía en el mismo sitio, temblando ya de forma visible. Las manos le fallaban. La respiración le salía entrecortada.
Me acerqué.
En un solo movimiento rápido le agarré la camisa por el cuello y tiré. Los botones saltaron. La tela se abrió y se la arranqué de los hombros, dejándole el pecho y la espalda completamente desnudos. Su piel pálida, fina, se veía todavía más frágil bajo la luz de la habitación. La pollita seguía escondida dentro del pantalón, pero el resto de su cuerpecito pequeño estaba expuesto.
Lo miré desde arriba.
—Tú buscaste esto —dije con voz calmada, casi suave—. Tú te corriste encima de mi ropa. Tú construiste tu altarito patético. Tú creíste que tenías derecho a desearme.
Levanté la barilla.
El primer golpe cayó seco sobre su hombro derecho. El sonido del metal contra la carne fue limpio. Él soltó un grito ahogado y se encogió. El segundo golpe fue en la espalda, un poco más abajo. La piel se enrojeció de inmediato. Él intentó protegerse con los brazos, pero yo no me detuve.
—No te muevas.
Otro golpe. Hombro. Espalda. La barilla vibraba ligeramente en mi mano cada vez que impactaba. Él temblaba más, los ojos llenos de lágrimas, la respiración hecha un desastre, pero no intentó levantarse. Se quedó ahí, recibiendo, exactamente como debía.
Yo respiraba con calma. Cada golpe era preciso. No lo suficiente para romperle nada. Solo lo suficiente para que lo recordara.
Y para que entendiera, de una vez por todas, lo que significaba olvidar su lugar.
—Bájate los pantalones y la ropa interior —ordené.
Él temblaba tanto que casi no podía obedecer. Los dedos le fallaban. Al final logró desabrocharse, bajarse el pantalón y el calzoncillo hasta los tobillos. Su pollita pequeña y ya flácida quedó a la vista, igual de ridícula que el resto de su cuerpo. Se quedó allí, desnudo de la cintura para abajo, la camisa destrozada todavía colgando de un brazo, la espalda y el hombro ya marcados por la barilla.
Levanté de nuevo el metal.
El golpe siguiente le cayó en la parte alta del muslo. Él gritó.
—¡Ah…! ¡Señorita, por favor…!
Otro golpe, más abajo, cerca de la nalga. La piel se enrojeció al instante.
—¡Duele…! ¡Por favor, ya no…! ¡Me arrepiento…!
No me detuve. La barilla volvió a caer sobre su hombro ya lastimado. Después en la espalda. Cada impacto iba acompañado de sus gritos ahogados y de frases rotas:
—¡Piedad…! ¡Por favor, señorita…! ¡No aguanto más…! ¡Lo siento…! ¡Lo siento mucho…!
Seguí hasta que la barilla empezó a doblarse ligeramente y sus piernas ya no lo sostenían del todo. Entonces me detuve. Él estaba de rodillas otra vez, temblando, la cara llena de lágrimas y mocos, la espalda y los hombros marcados de rojo.
Recogí toda la ropa: la camisa rota, el pantalón, la ropa interior, incluso lo poco que le había comprado días atrás y que todavía estaba en el cajón. Todo. No dejé ni un calcetín.
Lo agarré del brazo lastimado. Él soltó un quejido agudo cuando mis dedos apretaron la zona golpeada. Lo arrastré hasta el armario empotrado del pasillo, uno grande y oscuro que casi no usaba. Abrí la puerta, lo empujé dentro todavía desnudo y temblando, y cerré con llave. El clic del cerrojo fue limpio.
Me quedé un momento frente a la puerta cerrada.
Desde dentro solo se oían sus llantos. Rotos. Desesperados. Y entre sollozo y sollozo, una y otra vez:
—Lo siento… lo siento… señorita… lo siento tanto…
Me alejé por el pasillo con la barilla todavía en la mano y toda su ropa bajo el brazo.
El castigo apenas empezaba.
El castigo principal se mantuvo exactamente como había decidido.
Adrián permaneció desnudo.
Días enteros. Después semanas. Solo se le permitía ropa cuando salía a la calle a hacer las compras o algún recado imprescindible. Dentro de la mansión su cuerpecito pequeño, pálido y marcado seguía expuesto todo el tiempo. Yo me aseguraba de recordárselo cada mañana.
—Todavía hueles a culpa —le decía mientras él pasaba el trapo de rodillas—. Todavía eres un parásito que se corrió encima de mi ropa. No lo olvides.
Él bajaba la cabeza y respondía siempre lo mismo, con esa voz rota:
—Sí, señorita…
Seguí trayendo amantes cuando me aburría. Hombres jóvenes, cuerpos firmes, sonrisas fáciles. Los usaba y los despedía. Cada vez me satisfacían menos. El sexo se volvía mecánico. Predecible. Ellos gemían, se corría, se vestían y se iban. Y yo me quedaba mirando el techo con una sensación cada vez más plana.
Una tarde, después de que el último se marchara, bajé al salón. Adrián estaba limpiando el piso de rodillas, completamente desnudo como siempre. El trapo se movía con precisión. Entonces lo vi.
Su pollita.
Estaba erecta.
Pequeña, rosada, apuntando hacia arriba de forma casi ridícula contra su vientre bajo. Él se dio cuenta en el mismo segundo en que yo lo miré. Intentó girarse, cubrirla con la mano, disimular. Demasiado tarde.
Me quedé quieta, observándolo.
Hacía poco lo había sorprendido masturbándose con mi ropa. Ahora, sin que nadie lo tocara, sin que yo le hubiera ordenado nada, volvía a estar duro. Ninguno de los cuerpos perfectos que había traído a mi cama había logrado mantenerme interesada de verdad. Y sin embargo esa pollita insignificante se levantaba sola con solo estar cerca de mí.
Sonreí por dentro.
Una idea fría y clara se instaló en mi cabeza.
Tal vez también podía servir de juguete sexual. Uno que no tenía derecho a disfrutar. Uno que solo existía para ser usado. Y de esa forma, además, lo castigaría por todo lo que había hecho. Nadie había dicho nunca que Adrián tuviera que gozar del sexo. Solo que yo podía tomarlo cuando quisiera, como quisiera, y dejarlo después exactamente igual de vacío.
Puse el plan en marcha esa misma noche.
Eran casi las once cuando hablé en voz alta desde mi habitación:
—Adrián. Sube.
Lo oí subir las escaleras. Pasos pequeños, descalzos, acostumbrados ya a caminar desnudo por toda la casa. La puerta de mi dormitorio estaba entreabierta. Cuando entró, me encontró recostada en la cama.
Llevaba solo la bata de seda negra, entreabierta lo suficiente. Una pierna doblada. El cabello suelto sobre los hombros. Lo miré fijamente mientras él se detenía en el umbral, desnudo, la pollita otra vez a medio despertar sin que pudiera evitarlo.
No dije nada todavía.
Solo lo observé.
Y esperé a que la realidad de lo que estaba a punto de ocurrir empezara a caerle encima.
Me quité la bata sin prisa.
La seda negra resbaló por mis hombros y cayó al suelo. Debajo llevaba el conjunto que había elegido a propósito: un corpiño de encaje negro que apenas contenía los pechos, el escote profundo dejando ver casi todo, las bragas mínimas que se perdían entre los pliegues, ligueros y medias negras que subían hasta la mitad del muslo. Me quedé recostada contra los almohadones, una pierna flexionada, mirándolo desde arriba.
Adrián seguía en el umbral, completamente desnudo, la pollita ya semidura otra vez a pesar del miedo. Tragó saliva. Los ojos se le abrieron de más.
—Acércate —ordené.
Obedeció. Pasos pequeños. Temblorosos. Cuando estuvo a un metro de la cama lo detuve con un gesto.
—Mírate. Todavía te pones duro solo con verme. Qué patético. Un esclavo que se corre con la ropa de su ama y ahora se para solo porque le muestro un poco de piel. Eres un gusano, Adrián. Un parásito. Mi propiedad. Nada más. No tienes derecho a desearme. No tienes derecho a sentir placer. Solo existes para que yo te use cuando me dé la gana. ¿Queda claro?
—S-sí, señorita… —susurró, la voz rota.
Saqué de la mesita de noche el collar de cuero negro con la correa de cadena. Me incorporé un poco, se lo pasé alrededor del cuello delgado y lo ajusté con fuerza. El metal frío cerró contra su piel. Tiré una vez de la cadena para comprobar que quedara bien sujeto. Él soltó un quejido ahogado cuando el cuero le apretó la garganta.
—Buena perra —dije con calma.
Jalé de la correa. Él tropezó hacia delante y cayó de rodillas al borde de la cama. Lo arrastré un poco más hasta que su cara quedó a la altura de mi vientre. Entonces lo empujé hacia arriba, sobre el colchón, y lo obligué a quedar a cuatro patas entre mis piernas.
Me incliné. Le di un beso corto, casi suave, en la comisura de los labios. Después otro, un poco más lento. Él temblaba tanto que la cadena tintineaba.
—Sé hombre por una vez en tu vida —murmuré contra su boca—. Aunque sea solo mientras yo te use.
No esperé respuesta. Lo besé de verdad esta vez, profundo, dominando su lengua con la mía, mientras mi mano libre bajaba y rodeaba esa pollita ridículamente pequeña. Estaba caliente, dura, y cabía casi entera en mi puño. La apreté con fuerza. Él gimió dentro de mi boca, un sonido agudo y desesperado.
Me separé solo lo suficiente para hablarle al oído:
—No te atrevas a correrte hasta que yo lo diga. Si lo haces, el castigo de hoy te va a parecer un juego. Ahora… abre las piernas.
Él obedeció. La cadena tiraba cada vez que se movía. Yo me acomodé encima, todavía con el corpiño puesto, y froté el encaje húmedo de mis bragas contra su pollita. El contraste era casi ofensivo: mi cuerpo alto, curvo, caro… y esa cosa diminuta que apenas lograba rozarme como debía.
Sonreí.
Iba a usarlo exactamente como había decidido.
Sin importarme si disfrutaba.
Sin importarme si le dolía.
Solo porque podía.
Seguí besándolo un rato más.
Lento. Profundo. Dominando cada movimiento de su lengua torpe. Él intentaba seguirme el ritmo, pero se notaba la falta de experiencia. Cuando me separé, un hilo de saliva quedó uniendo nuestras bocas por un segundo.
—Tienes que mejorar en esto —dije, limpiándome el labio inferior con el pulgar—. Besas como lo que eres: un esclavo asustado que nunca ha tocado a una mujer de verdad. Aprende rápido. Porque a partir de ahora yo puedo hacer contigo lo que quiera… y tú no puedes oponerte. ¿Queda claro?
—Sí, señorita… -susurró, la voz temblorosa.
Me recosté contra los almohadones, abriendo un poco más las piernas. La cadena de la correa tintineó cuando tiré de ella para obligarlo a acercarse más al borde de la cama.
—Ahora quiero sexo oral.
Vi cómo se le dilataban las pupilas. Cómo tragaba saliva con dificultad por el collar apretado.
—Y presta mucha atención a la trampa, Adrián. Si fallas… si no me complaces como se debe… te echo de esta mansión esta misma noche. Sin ropa. Sin dinero. Sin nada. Te dejo en la calle exactamente como te encontré, pero peor: completamente desnudo. ¿Entiendes lo que está en juego?
Él tragó otra vez. La pollita le latía contra el muslo, traicionera, pero el miedo le temblaba en toda la cara.
—No… no fallaré, señorita. Lo prometo. No fallaré.
Sonreí, fría.
Con un solo dedo aparté la tela mínima de las bragas negras hacia un lado, dejando mi coño completamente expuesto frente a su cara. Ya estaba húmedo. El olor subió entre los dos.
—Adelante.
Jalé la correa con fuerza. Él tropezó hacia delante y su boca quedó a centímetros de mí. Dudó solo una fracción de segundo -el pánico de quien nunca había hecho algo así en su vida- y después bajó la cabeza.
La primera lamida fue torpe. Demasiado suave. Demasiado insegura. Su lengua caliente rozó apenas el clítoris y se retiró como si le quemara. Volví a tirar de la cadena, obligándolo a pegar la cara por completo.
—Más. No me des lástima. Cómeme de verdad o te juro que esta noche duermes en la calle.
Él gimió contra mi coño —un sonido ahogado y asustado— y empezó a lamer con más decisión. La lengua se movía sin técnica, solo con desesperación. Subía y bajaba, intentaba rodear el clítoris, se metía un poco entre los labios y volvía a salir. La inexperiencia se notaba en cada movimiento. Aun así, el calor de su boca, la vibración de sus gemidos contenidos y el simple hecho de tenerlo arrodillado, con collar, lamiéndome porque su supervivencia dependía de ello… me calentaba de una forma oscura y deliciosa.
Apreté los dedos en su pelo marrón y lo di un empujón más contra mí.
—Así. No pares. Y no te atrevas a usar los dientes.
Él obedeció como pudo, respirando entrecortado contra mi coño, la cadena tintineando cada vez que yo tiraba para corregir su posición. Su pollita seguía dura entre las piernas, olvidada, goteando un poco sobre la sábana, pero eso no me importaba en absoluto.
Solo me importaba mi placer.
Y el miedo absoluto que lo obligaba a seguir.
Apreté más los dedos en su pelo y tiré de la correa al mismo tiempo.
—Más adentro. Ahora.
Él soltó un gemido ahogado contra mí. La lengua, todavía torpe, se empujó entre mis labios y buscó más profundo. Lo sentí temblar mientras intentaba obedecer. No tenía técnica, solo pánico y la desesperación de no querer volver a la calle. Eso me bastaba.
—Así… más. No me des lástima con esas lamidas de cachorro asustado. Métemela de verdad o te juro que esta misma noche te dejo desnudo en la acera.
Jalé otra vez la cadena. Su nariz se aplastó contra mi clítoris mientras la lengua se hundía lo más que podía. El calor, la humedad, el sonido obsceno de su saliva mezclándose con la mía… todo se volvió más intenso. Empecé a mover las caderas contra su cara, usándolo exactamente como quería. Él no podía retirarse. Cada vez que intentaba tomar aire yo tiraba un poco más.
—No pares. No te atrevas a parar. Si dejas de complacer me, sales de esta casa sin nada. Sin ropa. Sin un puto centavo. ¿Queda claro, esclavo?
—Mmmph… sí… señorita… —logró articular contra mi coño, la voz vibrándole directamente sobre el clítoris.
Eso fue suficiente.
El orgasmo me golpeó de golpe, seco y fuerte. Apreté sus labios contra mí con las dos manos y la correa, frotándome sin piedad contra su boca mientras me corría. Los fluidos le chorrearon por la barbilla, por la lengua, por la garganta. Él intentó tragar a tropezones, tosiendo un poco, pero yo no le di respiro.
—Traga. Todo. No desperdicies ni una gota.
Lo mantuve ahí, la cara empapada, mientras las últimas contracciones me recorrían. Sentí cómo intentaba beberlo todo, cómo la saliva y mis fluidos se le escapaban igualmente por las comisuras de la boca y le caían al pecho desnudo. Cada vez que una gota se le escapaba, tiraba un poco más de la cadena.
—Dije todo. Limpia lo que se te cayó. Con la lengua.
Él bajó la cabeza al instante, todavía jadeando, y empezó a lamer el semen y los fluidos que le habían chorreado por el pecho y el estómago. La cadena tintineaba con cada movimiento. Su pollita seguía dura y abandonada entre las piernas, goteando sobre la sábana, pero eso no me importaba en absoluto.
Cuando por fin lo solté, tenía la cara brillante, los labios hinchados y la mirada completamente rota de miedo y sumisión.
Me recosté un segundo, recuperando el aliento, y lo miré desde arriba con una sonrisa fría.
—No está mal… para ser la primera vez de un completo inútil. Pero todavía puedes hacerlo mejor.
Me incorporé un poco más sobre los almohadones, todavía con la correa enrollada en la mano.
—Agradéceme —ordené—. En voz alta. Por el privilegio de haber podido lamer mi coño. Por no haberte echado todavía a la calle. Di las gracias como el esclavo agradecido que eres.
Adrián tragó saliva. La cara todavía le brillaba con mis fluidos. La voz le salió rota, casi un susurro al principio:
—G-gracias, señorita… gracias por… por dejarme lamerla… por no echarme… gracias por el privilegio…
—Más alto.
—¡Gracias, señorita! —repitió, más fuerte, las mejillas ardiéndole de vergüenza—. Gracias por permitirme servirla así… por no abandonarme…
Asentí, satisfecha con el temblor de su voz.
—Bien.
Me moví hacia abajo en la cama hasta quedar a la altura de su entrepierna. Su pollita estaba completamente dura, apuntando hacia arriba, pequeña, rosada, con el prepucio todavía cubriendo casi por completo la cabeza. Un poco de vello púbico oscuro y descuidado rodeaba la base. La miré con una mezcla de diversión y desprecio.
—Mírala. Se pone dura con cualquier cosa. Un soplo de aire y ya está lista para humillarte. Qué ridícula. Qué pequeña.
La agarré entre los dedos. Casi desaparecía en mi mano. Jalé el prepucio hacia abajo de un tirón seco, descubriendo la cabeza sensible de golpe. Él soltó un quejido agudo de dolor y se estremeció.
—Ahh… ¡señorita…!
—Silencio.
La toqué otra vez, más despacio esta vez, sintiendo el calor que desprendía. Estaba dura a su modo… caliente… y sucia. Ese vello le daba un aspecto todavía más patético.
—Después de esto te vas a rasurar todo. Completamente. Quiero esa pollita y ese coño de niño limpios, sin un solo pelo. Si la próxima vez que te mire veo vello, te arranco yo misma cada uno. ¿Entendido?
—S-sí, señorita…
Sonreí.
Entonces bajé la cabeza y se la metí en la boca de un solo movimiento.
La sensación fue casi cómica: cabía entera sin problema. Mis labios llegaron hasta la base sin esfuerzo. La chupé con fuerza, usando la lengua para presionar la parte inferior mientras subía y bajaba con un ritmo deliberadamente cruel. Él gritó. Las caderas le temblaron. La cadena tintineó cuando intentó arquearse.
Yo no me detuve.
Había hecho correrse a hombres mucho más grandes y experimentados en menos de un minuto con esta misma boca. Él no iba a ser la excepción. Al contrario: con lo pequeño y sensible que era, estaba segura de que no duraría nada.
Chupé más fuerte. Más profundo. Dejé que la saliva le chorreara por los testículos mientras lo miraba desde abajo, disfrutando cada mueca de pánico y placer que se le dibujaba en la cara.
—No te atrevas a correrte todavía —murmuré al separarme un segundo, un hilo de saliva uniendo mis labios a la punta de su pollita—. Aunque estoy casi segura de que no vas a poder evitarlo…
Y volví a engullírsela por completo.
Seguí chupándolo exactamente como sabía hacerlo.
Con fuerza. Con técnica. Con esa succión profunda y rítmica que había hecho correrse a hombres mucho más grandes y experimentados en menos de un minuto. Subía hasta la punta, jugaba con la lengua en la ranura sensible, y después lo engullía por completo hasta que mis labios tocaban la base. La saliva le chorreaba por los testículos. La cadena tintineaba cada vez que él se estremecía.
Adrián solo jadeaba.
Respiraba rápido, entrecortado, los ojos semi cerrados, las manos apretadas en las sábanas. La pollita latía dentro de mi boca, caliente y dura… pero no se corría.
Pasaron los minutos.
Yo no aflojaba. Al contrario: aumenté la velocidad, usé la mano para apretar la base mientras lo chupaba, dejé que mis dientes rozaran apenas la piel para añadir ese filo de dolor que siempre funcionaba. Él gemía más fuerte, el cuerpo entero le temblaba, pero seguía sin correrme dentro de la boca.
Al final me separé de golpe, un hilo espeso de saliva uniendo mis labios a la punta brillante de su pollita.
—¿Qué mierda? —escupí, mirándolo con auténtica incredulidad.
Él abrió los ojos, todavía jadeando, la cara enrojecida.
Volví a bajar la cabeza y lo chupé otra vez, esta vez de arriba abajo con movimientos largos y crueles, la lengua presionando con fuerza la vena inferior.
—Ya no tienes que aguantarte para demostrar que eres resistente —le dije al separarme un segundo, la voz cargada de molestia—. Córrete de una puta vez.
Él negó con la cabeza, la respiración todavía agitada:
—N-no… no me estoy aguantando, señorita… de verdad… no puedo… simplemente no…
Me reí por lo bajo, una risa fría y ofendida.
—Ya lo veremos. No me voy a dejar ganar tan fácil por una pollita de juguete como la tuya.
Y volví a metérmela en la boca con más fuerza que antes. Succioné hasta que las mejillas se me hundieron, usé la mano libre para masajearle los testículos con dedos firmes, y empujé la cabeza hacia abajo hasta que la punta le rozó la garganta. Él gritó. Las caderas se le levantaron. La cadena se tensó.
Pero todavía no se corría.
Yo seguí.
Porque ahora ya no era solo sexo.
Era una cuestión de orgullo.
Seguí chupando.
Con más fuerza. Con más rabia. Con todo lo que sabía hacer. Usé la lengua, los labios, la succión profunda, incluso dejé que mis dientes rozaran la piel sensible a propósito. Pasaron los minutos. Adrián solo jadeaba, temblaba, apretaba las sábanas… pero no se corría. Ni una gota. Ni un solo espasmo que anunciara el final.
Me separé de golpe, la respiración agitada, un hilo espeso de saliva uniendo todavía mis labios a la punta brillante de su pollita. La miré. Pequeña. Dura. Traidora. Completamente ajena a todo lo que yo le estaba haciendo.
—Esto no puede ser —murmuré, realmente impresionada y cada vez más molesta.
Lo intenté otra vez. Subí y bajé con violencia. Apreté la base con los dedos. Masajeé los testículos. Nada. Absolutamente nada.
Al final lo saqué de mi boca. Me quedé mirándolo unos segundos, el ceño fruncido, la respiración pesada. Y sin pensarlo demasiado… lo mordí.
Hundí los dientes en la carne sensible y moví la cabeza de un lado a otro, no lo suficiente para desgarrar, pero sí lo bastante para que el dolor fuera agudo y real. Adrián gritó. Un grito alto, desesperado, las caderas levantándose de la cama.
—¡Ahhh…! ¡Señorita, por favor…! ¡Pare…! ¡Duele…! ¡Por favor, pare!
Lo solté al instante. Un hilo de saliva y un leve enrojecimiento quedaron en la piel. Lo miré con los ojos entrecerrados, pura molestia.
—Idiota —escupí—. Esto no se puede quedar así.
Me levanté de la cama. Me quité el corpiño de un tirón. Después las bragas. Quedé completamente desnuda frente a él: pechos firmes, vientre plano, el coño todavía brillante y húmedo por el oral anterior. La cadena de su collar tintineó cuando él retrocedió un poco por instinto.
Me subí encima de su cuerpo pequeño, a horcajadas, y miré hacia abajo con una sonrisa fría y decidida.
—Voy a usar lo más efectivo que tiene una mujer para hacer correr a un hombre —dije, tomando su pollita entre los dedos y alineándola contra mi entrada—. Mi coño.
Y sin más preámbulos, empecé a bajar.
Bajé despacio.
Muy despacio.
Sentí la punta caliente de su pollita rozarme la entrada y después, centímetro a centímetro, ir abriéndome. Era pequeña, casi ridícula… pero suficiente para notar cómo me llenaba a su modo. Adrián abrió la boca en un gemido ahogado.
Los ojos se le llenaron de una mezcla de pánico, placer y absoluta rendición. Disfruté cada segundo de esa expresión.
—Mírate —susurré, todavía bajando—. Qué carita más patética. El esclavo que se creyó con derecho a desearme… ahora tiene mi coño tragándose esa pollita de juguete.
Cuando por fin lo tuve dentro del todo, me quedé quieta un momento, saboreando la sensación. Después tiré con fuerza de la correa. La cadena tintineó y el collar se le clavó un poco más en el cuello delgado. Él soltó un quejido.
—No me toques —ordené—. Ni una sola mano. Ni un solo dedo. Solo mírame. Quiero que veas cómo te uso.
Coloqué ambas manos sobre su pecho pequeño, casi plano, y empecé a moverme.
Al principio lento. Después más fuerte. Más duro. Me levantaba hasta casi sacármela y me dejaba caer con todo el peso, una y otra vez. El sonido húmedo y obsceno de mi coño chocando contra él llenó la habitación. Cada sentón era deliberado, egoísta, pensado solo para mi placer. Si le dolía, mejor. Si la cadena le cortaba un poco la respiración, mejor. Yo solo pensaba en mí.
Adrián no podía hacer nada más que mirarme. Las manos aferradas a las sábanas, los ojos fijos en mis pechos, en mi vientre, en la forma en que mi cuerpo se movía sobre el suyo. Jadeaba. Gemía. La pollita le latía dentro de mí, traicionera, pero yo no le daba respiro.
—Así… —gemí, aumentando la velocidad—. Solo existe para esto. Para que yo me monte cuando quiera. Para que yo me corra cuando quiera. Tú no importas. Tu placer no importa. Solo yo.
Y seguí follándolo. Duro. Constante. Sin piedad.
Usándolo exactamente como había prometido: como un juguete.
Seguí dándole sentones.
Cada vez más fuertes. Más bruscos. El sonido de mi coño golpeando contra él era obsceno, húmedo, constante. Adrián no se corría. Seguía duro dentro de mí, latiendo, pero sin ese final que yo necesitaba para sentir que había ganado. La rabia me subió caliente y afilada.
Él jadeaba. Quejidos entrecortados se le escapaban entre respiraciones agitadas. La mirada se le había vuelto perdida, vidriosa.
—M-me duele… —logró articular con voz rota—. Me duele mucho la pollita, señorita…
No me importó.
Puse ambas manos alrededor de su cuello delgado y apreté. Despacio al principio. Después con más fuerza. Los pulgares se hundieron a ambos lados de la tráquea. Él abrió más los ojos, las manos se aferraron a las sábanas, pero no intentó quitarme las mías.
—Es tu culpa —le escupí mientras seguía montándolo con violencia—. Todo lo que te está pasando es tu culpa. Por no correrte. Por atreverte a durar más que cualquiera de los hombres de verdad que he tenido. Vive con ello.
Apreté todavía más. La cadena del collar tintineó bajo mis dedos. Él forcejeaba por respirar, la cara se le ponía roja, después algo más oscuro. Un hilo fino de sangre le brotó de la comisura de la boca y le resbaló por la barbilla.
—Te odio —gemí, casi contra su cara, sin dejar de dar sentones duros-. Te odio mucho. No entiendo por qué te tuve piedad. Por qué te saqué de ese callejón. Si no te queda nada… si no vales nada…
Él logró abrir la boca lo suficiente. La voz le salió ahogada, rota, manchada de sangre:
—Me… me queda usted…
Y cerró los ojos.
Como si ya hubiera aceptado lo que viniera después.
Me quedé quieta un segundo. Las manos todavía alrededor de su cuello. Después las retiré de golpe. Él tosió, aspiró aire con desesperación, el hilo de sangre todavía brillante en su labio.
Mis sentones se volvieron más lentos. Más profundos. Ya no había la misma furia ciega. Solo una sensación extraña y densa en el pecho mientras lo miraba desde arriba, todavía montada sobre él, todavía usándolo.
Respiraba agitado. Temblaba. Pero seguía dentro de mí.
Y yo… yo seguía sin haber terminado.
Di dos sentones más. Tres.
El orgasmo me atravesó de golpe, seco y traicionero. Me arqueé encima de él, el coño apretándolo con fuerza mientras me corría, un gemido bajo escapándoseme entre los dientes. Sentí las contracciones recorrerme el vientre… y odie cada una de ellas.
Porque él seguía duro. Seguía sin correrme. Yo había terminado primero.
Me levanté de inmediato. Su pollita salió de mí con un sonido húmedo y se quedó apuntando hacia arriba, brillante, abandonada. Me senté al borde de la cama, de espaldas a él, y me abracé las rodillas. El silencio de la habitación se volvió pesado.
No entendía qué me pasaba.
No había logrado hacerlo correr. Ni con la boca. Ni con el coño. Nada. Y peor aún… en el momento en que lo estaba ahogando, cuando la sangre le salió de la boca y cerró los ojos, algo en mi pecho se había torcido. Una punzada absurda. Lástima.
Las mujeres como yo no sienten lástima. Las mujeres como yo no se detienen. Las mujeres como yo no se quedan sentadas después de follar abrazándose las rodillas como una niña idiota.
Bajé la cabeza. El cabello rubio me cayó sobre la cara. Pensé en los años. En los treinta y cuatro. En cómo el tiempo no perdona ni siquiera a las que tienen dinero y poder. En cómo algún día nadie me desearía con la misma intensidad. En cómo ese pensamiento me había atravesado justo cuando tenía a un esclavo temblando debajo de mí.
Oí movimiento detrás de mí. Pasos pequeños y descalzos. Adrián se acercó. Todavía desnudo. Todavía con el collar. Todavía con restos de sangre en la comisura de los labios.
—Señorita… —dijo en voz baja—. ¿Me permite hablar…?
No levanté la vista.
—Vete a la mierda. ¿Qué vas a saber tú?
Hubo un silencio. Después su voz, suave, casi cuidadosa:
—Nada. No sé nada. Pero… no la dejaré. Si algo la hace feliz… es que yo sea su saco de boxeo personal.
Me escapó una risa. Corta. Áspera. Inesperada.
Giré un poco la cabeza y lo miré de reojo. Él estaba de pie, pequeño, marcado, con esa expresión de perro fiel que tanto me irritaba y al mismo tiempo… me sostenía.
—No creas que lo entiendes —murmuré, todavía abrazada a mis rodillas—. No creas que entiendes nada.
Pero no le ordené que se fuera.
Y él no se fue.
El silencio se alargó unos segundos más.
Adrián seguía de pie frente a mí, pequeño, desnudo, con restos de sangre seca en la comisura de los labios y el collar todavía alrededor del cuello. Yo seguía sentada al borde de la cama, abrazada a mis rodillas, el cabello cayéndome sobre la cara.
Él habló primero, con esa voz suave que nunca lograba ser del todo firme:
—Aquí… al menos puedo sentir algo. Algo que creo que se llama cariño. O amor. Es una palabra rara para mí. Nunca supe qué era. Ni cómo se siente. Solo… sé que aquí, aunque me duela, aunque me humille… siento algo.
Levanté la vista lo suficiente para mirarlo de reojo. No sonreí.
—No sé qué me pasa —admití, la voz más baja de lo habitual—. Tal vez sea la edad. Treinta y cuatro. Algún día nadie me va a desear. Ni el más virgen. Ni el más urgido. El tiempo no perdona ni a las que tienen dinero.
Adrián negó con la cabeza, casi con suavidad.
—No es así, señorita. Usted puede ser linda… no importa cuánto pase. Y… usted manda. Siempre. Eso no cambia.
Me quedé mirándolo un momento. Después extendí una mano y le acaricié un poco la cabeza. Los dedos se enredaron un instante en su pelo marrón, desordenado. Fue un gesto pequeño. Casi absurdo viniendo de mí.
—Gracias… de alguna forma —murmuré.
Hubo silencio otra vez. Más denso. Menos hostil.
Al final hablé yo:
—De alguna forma… esto se sintió bien.
Él asintió apenas.
—A mí también, señorita.
Me incorporé un poco. La noche todavía era joven. Deslicé la mano con disimulo hasta su entrepierna. Encontré su pollita. Todavía semidura. La rodeé con los dedos y empecé a masturbarla despacio, con movimientos precisos, casi perezosos.
Adrián contuvo la respiración. Supo exactamente lo que se venía. Levantó la vista hacia mí.
Le guiñé un ojo.
Y sonreí.
No era la sonrisa fría de siempre. Era otra. Más pequeña. Más peligrosa. Una sonrisa que decía que la noche apenas empezaba… y que yo seguía mandando.
—Ven aquí —ordené en voz baja, sin soltar su pollita—. Todavía no he terminado contigo.
—Esto está lejos de acabar —dije.
Me recosté contra los almohadones y abrí las piernas con calma. El aire fresco de la habitación me rozó el coño todavía sensible. Miré a Adrián, que seguía de pie al borde de la cama, pequeño, nervioso, con la pollita otra vez dura entre las piernas.
—No voy a esperar toda la noche.
Él entendió. Se subió a la cama con movimientos torpes, el collar tintineando. Se colocó entre mis muslos, las manos temblando un poco al apoyarse a ambos lados de mi cintura. Lo noté nervioso. Inexperto. Exactamente como debía ser.
—Esta vez —ordené, mirándolo fijamente—, mete tu pollita en mi coño. Tú solo. Sin que yo lo haga por ti.
Asintió.
—Sí, señorita…
Tomó su pollita con una mano y la guió hacia mí. La punta caliente rozó mi entrada. Empujó. Falló. Resbaló hacia arriba. Volvió a intentarlo, más torpe todavía, el ceño fruncido de concentración. Yo no lo ayudé. Solo lo observé, disfrutando cada segundo de su inseguridad.
Al tercer intento logró entrar.
La cabeza se abrió paso y después el resto. Sentí cómo me llenaba a su modo: pequeño, duro, caliente. Él soltó un gemido ahogado al notar lo apretada que estaba. Se quedó quieto un segundo, respirando agitado, sintiendo la presión de mi coño alrededor de su pollita.
—Muévete —le recordé en voz baja—. No te quedes ahí como un idiota.
Obedeció. Empezó a mover las caderas. Al principio irregular, casi tímido. Entraba y salía con movimientos cortos, inseguros. Yo sentía cada centímetro, cada temblor de su cuerpo pequeño sobre el mío. La cadena del collar colgaba entre nosotros, rozándome el vientre cada vez que se inclinaba.
No lo guié. No lo corregí. Solo lo dejé follarme a su ritmo torpe mientras lo miraba desde abajo, saboreando el control absoluto de tenerlo encima… y saber que, aunque ahora fuera él quien se movía, yo seguía mandando.
—Para —ordené de pronto.
Él se detuvo en seco, todavía dentro de mí, respirando agitado. Lo miré desde abajo con calma.
—Tu forma de embestir es un desastre. Demasiado irregular. Demasiado tímida. Si vas a follarme, al menos hazlo con un mínimo de control.
Tomé una de sus manitas y la coloqué sobre su propia cadera.
—Aquí. Una mano en tu cadera. Así regulas mejor la profundidad y el ritmo. La otra… —tomé su otra mano y la puse sobre una de las mías, entrelazando apenas los dedos— …aquí. Para tener mejor agarre. Ahora muévete. Más preciso. Más firme.
Adrián asintió, concentrado. Ajustó la posición exactamente como le había dicho: una mano en su cadera, la otra sosteniendo la mía. Empezó a embestir otra vez.
Esta vez se notó la diferencia.
Los movimientos fueron más firmes. Más medidos. Entraba hasta el fondo con un empujón controlado y salía casi por completo antes de volver a hundirse. Cada embestida tenía más peso, más intención. Yo sentía cómo su pollita pequeña pero dura me abría una y otra vez, el roce preciso, el calor constante.
Apreté un poco los dedos alrededor de los suyos.
—Así… mejor. Sigue exactamente así. No te aceleres hasta que yo te lo diga.
Él obedeció. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando se volvió más rítmico. La cadena del collar tintineaba con cada embestida. Su respiración se mezclaba con la mía. Y aunque seguía siendo torpe en el fondo, ahora al menos follaba como alguien que estaba aprendiendo a servir de verdad.
Yo lo dejé continuar, disfrutando el control de haber corregido hasta la forma en que me penetraba.
Los gemidos se me escaparon sin que pudiera evitarlo del todo.
Cada embestida firme de Adrián me arrancaba un sonido bajo, casi involuntario. Él lo notó. Lo vi en la forma en que sus ojos se abrieron un poco más, en cómo la inseguridad se mezclaba con algo parecido a la satisfacción. Intuyó que estaba haciéndolo bien. Y eso lo impulsó.
Embestida tras embestida. Más profundas. Más constantes. Su mano seguía en su propia cadera, regulando el ritmo exactamente como le había ordenado. La otra sostenía la mía. Yo sentía el calor de su pollita entrando y saliendo, el roce preciso, el sonido húmedo y rítmico de nuestros cuerpos.
Después aceleró.
Más rápido. Más intenso. Las caderas le temblaban un poco por el esfuerzo, pero no se detuvo. La cadena del collar tintineaba sin parar. Su respiración se volvió agitada contra mi cuello.
—¿Lo… lo estoy haciendo bien, señorita? —preguntó entre embestidas, la voz entrecortada.
Apreté los dedos alrededor de los suyos y solté otro gemido más claro.
—Sí —respondí, casi sin aire—. No has fallado. Para mis estándares… estás cumpliendo.
Él soltó un sonido ahogado, una mezcla de alivio y placer, y siguió follándome con más decisión. Yo arqueé un poco la espalda, dejándolo continuar, disfrutando tanto del roce como del simple hecho de haberlo corregido hasta que por fin me diera lo que yo quería.
La noche seguía siendo joven.
Y yo todavía no había terminado con él.
Adrián seguía embistiendo.
Duro. Preciso. Exactamente como le había enseñado. Cada embestida me llenaba por completo a su escala, el roce constante, el calor, el sonido húmedo de mi coño tragándoselo una y otra vez. Entre jadeos logró hablar, la voz entrecortada:
—Sé… sé que no puedo ser yo quien disfrute, señorita… pero su coño… se siente bien…
Sonreí con superioridad, aún sintiendo cada empujón.
—Obviamente se siente bien —respondí, casi con burla—. Este coño es lo mejor que han probado la mayoría de mis amantes. Y créeme, he tenido muchos. Hombres de verdad. No una pollita de juguete como la tuya.
Él no se detuvo. Siguió. Embistió una y otra vez, pero el cansancio empezaba a notarse. El sudor le brillaba en la frente, en el pecho pequeño, en las sienes. El ritmo se volvió un poco más lento, más pesado. Las piernas le temblaban.
No iba a permitirlo.
Crucé las piernas alrededor de su cintura con fuerza, atrapándolo. Mis talones se clavaron en su espalda baja, impidiéndole salir. Al mismo tiempo tiré de la cadena de la correa, obligándolo a inclinarse más cerca de mi cara. El collar se le tensó en el cuello.
—No sales —ordené, la voz baja y firme—. No sales hasta que uno de los dos se corra. O eres tú… o soy yo. Nada para. Absolutamente nada. Y yo no me voy a dejar ganar tan fácil, Adrián. Así que sigue. Aunque te duelan las piernas. Aunque el sudor te ciegue. Sigue follándome hasta que uno de los dos termine.
Él soltó un gemido ahogado, atrapado entre mis muslos y la correa, y volvió a embestir. Más cansado. Más desesperado. Pero sin poder escapar.
Yo apreté las piernas con más fuerza y lo miré a los ojos, disfrutando cada segundo de tenerlo completamente atrapado.
Ambos aguantábamos.
Adrián embestía con lo último que le quedaba, el sudor resbalándole por la frente y el pecho, la respiración hecha un desastre. No quería parecer débil. Y, de alguna forma extraña, su cuerpo seguía sin rendirse del todo. Esa resistencia absurda que ya me había desconcertado antes. Yo estaba más cerca. El calor me subía por el vientre, las piernas me temblaban alrededor de su cintura, pero me negaba a soltarme primero. No otra vez.
Embestida tras embestida. Cada vez más torpes. Más desesperadas. Ninguno de los dos podía seguir mucho más.
Hasta que los cuerpos simplemente lo soltaron todo.
Grité. Él también. Al mismo tiempo.
Me arqueé con violencia, la espalda levantándose de la cama, la cabeza echada hacia atrás contra los almohadones mientras el orgasmo me atravesaba en oleadas fuertes y calientes. Mi coño se contrajo alrededor de su pollita con fuerza. Y en ese mismo instante lo sentí a él.
Se corría.
Chorros densos, calientes, uno tras otro, llenándome por dentro. Yo creí que sería poco. Que esa pollita ridícula no tendría mucho que dar. Me equivoqué. Seguía corriéndose. Y corriéndose. Demasiado. Tanto que sentí cómo me desbordaba, cómo el semen empezaba a escaparse alrededor de él, caliente y espeso.
Fue demasiado incluso para mí.
Con las piernas todavía temblando lo empujé hacia atrás. Su pollita salió de mí con un sonido húmedo y obsceno. Inmediatamente un chorro más grueso le salió disparado y me salpicó el vientre y los muslos. Él seguía temblando, jadeando, la cara completamente perdida en el placer, mientras los últimos hilos blancos le caían sobre mi piel.
Me quedé recostada, respirando agitada, sintiendo cómo su semen me resbalaba entre las piernas y me manchaba la cama.
Habíamos terminado juntos.
Y él… él había durado más de lo que cualquier hombre debería.
Me quedé tendida un momento, todavía sintiendo cómo su semen me resbalaba entre los muslos.
Respiraba agitada. El cuerpo me temblaba con los restos del orgasmo. Nunca… nunca había sentido algo exactamente así. Ni con los amantes más experimentados. Ni con los más grandes. Ni con los que sabían exactamente dónde tocar.
Giré la cabeza hacia él, todavía sin fuerzas del todo.
—Nunca sentí algo así… —dije, la voz cansada, casi confusa—. ¿Quién eres en realidad, Adrián?
Él me miró igual de desorientado. El pecho le subía y bajaba rápido. La pollita, ahora semiflácida y brillante, descansaba contra su muslo. Negó con la cabeza con suavidad.
—No… no lo sé, señorita. Solo soy yo.
Me recomposé un poco. Me sequé el sudor de la frente con el dorso de la mano y solté una risa baja, casi para mí misma.
—Sea lo que haya sido… se sintió bien.
Adrián asintió, todavía recuperando el aliento. Se dejó caer hacia atrás sobre la cama, exhausto, los ojos semi cerrados.
Yo no había terminado.
Me incorporé. Me puse a cuatro patas sobre el colchón, de espaldas a él, y arqueé la espalda. Moví el culo con deliberada lentitud, sabiendo exactamente el efecto que haría. La cadena de su collar tintineó cuando él levantó la cabeza al oír mi voz.
—Adrián.
Él abrió los ojos. Me vio así: en cuatro, moviendo las caderas, el semen de él todavía resbalándome por el interior del muslo.
—Esto no termina así —dije, mirándolo por encima del hombro con una sonrisa peligrosa—. Tengo toda la noche para dejarte en claro en qué lugar estás.
En el fondo lo hacía por más.
Porque quería volver a sentir eso.
Y porque, aunque no lo admitiera en voz alta, una sola vez no había sido suficiente.
Adrián se acercó.
Su pollita, que hacía apenas un momento estaba suave y gastada, volvió a levantarse. Se puso dura otra vez, rosada, apuntando hacia mí con esa misma insistencia absurda de siempre. Me quedé mirándola un segundo, todavía a cuatro patas, y solté una risa baja.
—Increíble…
Él llegó justo detrás de mí. Dudó. No sabía exactamente cómo colocarse. Lo noté en la forma en que sus manos flotaban sin decidirse a tocarme.
—Haz lo mismo —ordené—. Métela. Ahora.
Entendió. Tomó su pollita con una mano y la guió hacia mi entrada. Empujó. Entró. Pero fue torpe, demasiado superficial, sin el ángulo correcto. No me gustó.
Tiré con fuerza de la cadena del collar.
Él perdió el equilibrio y cayó hacia delante, el pecho golpeando contra mi espalda. Soltó un quejido ahogado cuando el cuello se le tensó por la correa.
—Hazlo bien —le gruñí por encima del hombro—. Como un hombre. No como un niño asustado que no sabe dónde meterla.
Se recompuso. Respiró hondo. Esta vez buscó el ángulo con más cuidado. La punta rozó mi entrada otra vez y después empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta quedar completamente dentro. Una de sus manitas se posó en mi cadera, exactamente como le había enseñado antes.
Y entonces embistió.
Firme. Más profundo. El roce me arrancó un gemido claro, casi feliz, que no me molesté en contener.
—Así… —susurré, arqueando un poco más la espalda—. Eso es. Sigue exactamente así.
Él obedeció. Empezó a follarme desde atrás con embestidas constantes, la mano aferrándome la cadera, la cadena tintineando cada vez que se movía. Yo gemía sin disimulo, disfrutando tanto del calor como del simple hecho de haberlo corregido otra vez hasta que por fin me diera lo que yo quería.
Gemí sin disimulo.
Cada embestida dura y precisa de Adrián me arrancaba un sonido más claro. Él seguía exactamente el ritmo que le había enseñado: firme, profundo, la mano aferrándome la cadera. El sonido húmedo de mi coño tragándoselo una y otra vez llenaba la habitación.
—Es hora de sincerarnos un poco —dije entre gemidos, mirándolo por encima del hombro—. Dime la verdad, Adrián. ¿Te gusta esto?
Él embistió otra vez antes de responder, la voz entrecortada:
—N-no, señorita… Solo importa usted…
Sonreí. Empujé las caderas hacia atrás con fuerza en la siguiente embestida, obligándolo a entrar todavía más profundo. Él soltó un gemido agudo, casi desesperado.
—¿Estás seguro? —pregunté, moviendo el culo contra él a propósito—. Porque si me eres sincero… no seré tan cruel durante el resto del acto.
Hubo un silencio cargado solo por el sonido de nuestros cuerpos. Él pensó. Lo noté en la forma en que sus dedos se apretaron un poco más en mi cadera.
—Sí… —admitió al fin, en voz muy baja—. Sí lo disfruto… pero solo un poco… Por favor… téngame piedad…
Me reí. La risa se mezcló con un gemido largo cuando volvió a embestirme.
—Qué tierno…
Seguí disfrutando. El calor me subía otra vez por el vientre. El orgasmo se acercaba, lento pero inevitable. Entonces se me ocurrió.
—Propongo un juego —dije, la voz todavía cargada de placer—. El que se corra primero pierde. El que gane… obtiene algo.
Él no dejó de moverse, pero lo sentí tensarse detrás de mí.
—Si gano yo —continué—, estarás desnudo. Completamente. Sin ropa dentro de esta casa durante medio año. Si ganas tú… no seré tan cruel contigo durante medio año.
Sonreí, sabiendo exactamente el peso de mis palabras.
—Y yo cumplo mi palabra, Adrián. Siempre.
Empujé otra vez las caderas hacia atrás, retándolo sin decir nada más.
La noche todavía era larga.
Y ahora… había un premio en juego.
El juego había empezado de verdad.
Yo empujaba las caderas hacia atrás con cada embestida, buscando el ángulo exacto que sabía que lo volvía loco. Él respondía con embestidas más firmes, más profundas, intentando no acelerar demasiado. El sudor nos resbalaba a los dos. La cadena del collar tintineaba sin parar. El sonido húmedo y rítmico de mi coño tragándoselo llenaba toda la habitación.
—No te corras… —gruñí entre dientes, moviendo el culo en círculos lentos y deliberados—. Aguanta, esclavo. Si te corres primero… medio año desnudo. ¿Lo recuerdas?
Él soltó un gemido ahogado y apretó más fuerte mi cadera.
—N-no… no me correré, señorita… usted tampoco…
Me reí, baja y provocadora, y empujé hacia atrás con más fuerza. Sentí cómo su pollita se hundía hasta el fondo y él temblaba detrás de mí. Estaba cerca. Yo también. El calor me subía por el vientre otra vez, traicionero, insistente. Pero no iba a perder. No contra él.
Embestida tras embestida. Cada uno intentando hacer caer al otro. Yo usaba los movimientos de cadera con precisión cruel: a veces lento y profundo, a veces rápido y corto, siempre buscando ese punto que lo hacía jadear más fuerte. Él respondía acelerando un poco, después obligándose a frenar, la respiración completamente destrozada.
—Mírate… —susurré, arqueando más la espalda—. Temblando. Sudando. Con esa pollita tan dura que parece que va a reventar. ¿Cuánto más aguantas, Adrián? ¿Cuánto?
—Más… que usted… —logró responder, la voz rota.
Fue entonces cuando perdió un poco el control.
Se tiró encima de mi espalda de golpe. El peso de su cuerpo pequeño pero caliente me aplastó contra el colchón. Me abrazó por las caderas con ambas brazos, aferrándose como si la vida le fuera en ello, y empezó a embestir rápido. Muy rápido. Desesperado. Profundo. Cada embestida me sacudía hacia delante. Yo gemía sin poder contenerme, las sábanas apretadas entre los dedos.
—Eso es… —jadeé, todavía intentando no correrme—. Más fuerte… si puedes…
Él no contestó. Solo follaba. Rápido. Constante. El sonido de nuestra piel chocando se volvió casi violento. La cadena del collar se le clavaba en el cuello cada vez que se movía. Yo empujaba hacia atrás al mismo tiempo, recibiendo cada embestida y devolviéndola, convirtiendo el acto en una pelea pura de resistencia y placer.
El orgasmo se acercaba para los dos. Lo sentía en la forma en que su pollita latía dentro de mí. Lo sentía en mis propias contracciones que ya no podía controlar del todo. Ninguno quería perder. Ninguno se detenía.
Hasta que los cuerpos simplemente no aguantaron más.
Grité primero. O él. Ya no importaba. El placer nos golpeó al mismo tiempo, brutal y sincrónico. Me corrí con violencia, el coño apretándolo en oleadas fuertes mientras él se vaciaba otra vez dentro de mí. Chorros calientes. Abundantes. Uno tras otro. Yo seguía contrayéndome alrededor de él, alargando el orgasmo, sintiendo cómo me llenaba por segunda vez esa noche.
Él se quedó temblando encima de mi espalda, todavía embistiendo con espasmos cortos mientras terminaba de correrme. Yo tenía la cara hundida en la almohada, la respiración completamente destrozada, el cuerpo sacudido por las últimas olas.
Habíamos empatado.
Otra vez.
Ninguno había ganado.
Y el semen de él volvía a resbalarme por los muslos mientras los dos intentábamos recuperar el aire.
Me quedé tendida un buen rato.
El pecho me subía y bajaba con fuerza. El sudor me resbalaba por la frente, por el cuello, por entre los pechos. La sábana debajo de nosotros estaba completamente empapada. El aire de la habitación olía a sexo, a piel caliente y a ese cansancio profundo que solo llega después de algo realmente intenso.
Adrián estaba igual de destrozado a mi lado. Pequeño, sudado, la respiración todavía agitada, el collar torcido sobre su cuello. Ninguno de los dos hablaba. Solo intentábamos recuperar el aire.
Pasaron los minutos.
Poco a poco fui recuperando la compostura. Me pasé una mano por la cara, aparté el cabello rubio pegado a la frente y solté un suspiro largo. Giré un poco la cabeza hacia él.
—Sin duda… —dije con voz cansada, pero sincera— fue el mejor orgasmo que he tenido en mucho tiempo. Se sintió… rico. Demasiado.
Él solo asintió débilmente, todavía sin fuerzas para contestar.
Creí que ya no había más.
Que el cuerpo de los dos había llegado a su límite. Que la noche, al menos en ese sentido, había terminado.
Me equivoqué.
Sin querer, mi mirada bajó. Y lo vi.
Su pollita, que hacía apenas unos minutos estaba suave y gastada, empezaba a levantarse otra vez. Lenta, pero firme. Se ponía dura frente a mis ojos, como si no conociera la palabra “cansancio”.
Me lamié los labios sin darme cuenta.
Una sonrisa pequeña, casi involuntaria, se me escapó.
Aparté la vista solo el tiempo suficiente para mirar el reloj digital de la mesita de noche.
Las nueve en punto de la noche.
Todavía temprano.
Muy temprano.
Volví a mirarlo. Adrián ya había seguido mi mirada. Sabía exactamente lo que yo estaba pensando. En su cara se mezclaban el agotamiento, un poco de miedo… y algo más. Una chispa de aceptación. Tal vez incluso de anticipación.
Me incorporé un poco sobre un codo, todavía sudada, todavía con el cuerpo pesado, y le sonreí. No era la sonrisa fría de siempre. Era otra. Más juguetona. Un poco malvada. La sonrisa de alguien que acaba de descubrir que todavía le queda mucha noche por delante.
—La noche es joven, Adrián —dije en voz baja, casi arrastrando las palabras.
Él cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había una mezcla extraña de resignación y… felicidad contenida.
Ya sabía lo que venía.
Y, en el fondo, no parecía arrepentirse.
Yo me recosté otra vez, mirando el techo, todavía sonriendo para mis adentros.
Todavía no había terminado con él.
Ni de lejos.
Había pasado un rato.
Ya no recordaba exactamente cuánto. Solo sabía que el sudor se había secado a medias sobre la piel y que el cansancio inicial se había transformado en otra cosa: una necesidad lenta, pesada y constante.
Estábamos de lado.
Yo de espaldas contra su pecho pequeño. Él detrás de mí, la pollita otra vez dura, enterrada hasta el fondo. No había prisa. No había juegos esta vez. Solo embestidas profundas, lentas al principio y después más firmes, mientras me follaba en cucharita.
Gemí.
Largo. Rico. Sin contenerme.
Cada vez que empujaba hacia delante yo empujaba hacia atrás, recibiendo todo. Su mano derecha se había deslizado hasta mi pecho. La tenía completa en su palma pequeña y la apretaba, la amasaba, jugaba con el pezón entre los dedos mientras seguía embistiéndome. El contraste entre su tamaño y el mío solo hacía que la sensación fuera más intensa.
—Así… —jadeé, la voz pastosa de placer—. Más fuerte. No te detengas.
Él obedeció. Las embestidas se volvieron más profundas, más constantes. Su respiración caliente me rozaba la nuca. La cadena del collar tintineaba suavemente cada vez que se movía. Yo gemía sin vergüenza, disfrutando cada roce, cada apretón en el pecho, cada vez que su pollita me abría desde detrás.
Seguía mandando.
Aunque él me estuviera follando, aunque su mano estuviera en mi pecho, aunque el placer me hiciera arquear la espalda contra él… yo seguía siendo quien decidía el ritmo con solo una palabra o un movimiento de cadera.
Y esa noche, al menos en ese momento, no quería que parara.
El tiempo había vuelto a pasar.
Ya no recordaba exactamente cuántas horas. Solo sabía que el cansancio se había transformado otra vez en necesidad. Ahora yo estaba encima.
De espaldas a él. En la posición que siempre me había gustado controlar: la de la princesa.
Mis rodillas a ambos lados de sus caderas, la espalda recta, el cabello rubio cayéndome sobre los hombros. Su pollita estaba completamente dentro de mí. Yo era quien se movía. Lenta al principio, después con más seguridad, subiendo y bajando las caderas con la precisión de quien sabe exactamente lo que hace.
Cada vez que me dejaba caer, un gemido largo y rico se me escapaba de la garganta. No me guardaba nada. Movía la cintura en círculos, después arriba y abajo, después inclinándome un poco hacia adelante para que él entrara más profundo. Mis manos se apoyaban en sus muslos para tener mejor equilibrio.
—Joder… qué rico —gemí en voz alta, sin disimulo—. Se siente tan bien dentro…
Detrás de mí, Adrián respiraba agitado. Sus manitas estaban posadas en mis caderas, pero sin atreverse a dirigir el ritmo. Solo sostenía. Su voz salió baja, casi contenida:
—Señorita… usted… se mueve tan bien…
Sonreí aunque él no pudiera verme. Aceleré un poco el vaivén de mis caderas, haciendo que el sonido húmedo de mi coño subiendo y bajando sobre su pollita se volviera más claro y obsceno.
—Claro que me muevo bien —respondí entre gemidos—. Llevo años sabiendo cómo usar un cuerpo. Aunque el tuyo sea… pequeño. Aun así… mmm… lo aprovecho entero.
Él soltó un gemido más ahogado, disimulado, como si todavía intentara no disfrutar demasiado en voz alta. Pero sus dedos se apretaron un poco más en mi piel y sus caderas subieron apenas un centímetro para encontrarme a mitad de camino.
Yo seguí moviéndome como una profesional. Arriba. Abajo. Círculos. Más profundo. Cada movimiento calculado para mi propio placer, aunque de vez en cuando apretara a propósito alrededor de él solo para escucharlo contener la respiración.
Gemía sin vergüenza. Largo. Descarado. Disfrutando cada segundo de tenerlo debajo, usándolo exactamente como quería, mientras la noche seguía avanzando y ninguno de los dos parecía dispuesto a detenerse del todo.
Ya no sabía cuánto tiempo había pasado.
Ni cuántas veces.
Solo recordaba que estábamos en la posición de la gran L. Yo recostada de lado, una pierna levantada y apoyada sobre su hombro, la otra extendida. Él arrodillado entre mis muslos, entrando en un ángulo profundo y preciso que me hacía arquear la espalda cada vez que embestía.
Era, sin duda, la mejor posición en la que había follado en mucho tiempo.
—No pares… —gemía yo, la voz completamente rota de tanto placer—. Sigue embistiéndome exactamente así… más fuerte… no te detengas…
Adrián obedecía. Las manos le temblaban al sujetarme el muslo levantado. El sudor le caía en gotas sobre mi piel. Cada embestida me llegaba tan profundo que se me escapaban gemidos largos, casi rotos, sin que pudiera contenerlos.
—Señorita… —jadeó de pronto, la voz desesperada—. Me… me voy a correr…
Lo miré a los ojos, todavía recibiendo cada embestida.
—Adentro —ordené sin dudar—. Córrete dentro. Todo.
Él empujó una última vez, profundo, y se derramó. Sentí los chorros calientes llenándome otra vez, uno tras otro, mientras él temblaba y gemía contra mi pierna. Yo apreté alrededor de él, alargando la sensación, disfrutando cada pulso.
Después de eso… la memoria se volvió borrosa.
No recuerdo si nos quedamos así unos minutos o si directamente cambiamos de posición otra vez. Solo sé que el cansancio ya no importaba. Que el cuerpo seguía pidiendo más. Que de alguna forma seguimos follando.
Quién sabe durante cuánto tiempo.
La noche se diluyó en calor, sudor, gemidos y el roce constante de su pollita entrando y saliendo de mí una y otra vez. Hasta que, en algún momento, la conciencia simplemente se apagó.
Desperté de espaldas.
La luz de la mañana entraba a través de las cortinas entreabiertas, demasiado brillante, demasiado real. Parpadeé varias veces, intentando enfocar el techo. El cuerpo me pesaba como si hubiera corrido una maratón. Cada músculo protestaba.
Giré la cabeza hacia el lado.
La cama estaba vacía.
Adrián no estaba.
Por un segundo el estómago se me encogió. Una sospecha rápida y desagradable cruzó mi mente: se había escapado. O peor… todo había sido un sueño enfermizo, absurdo, producto del cansancio y de demasiadas noches solitarias. La idea me irritó más de lo que debería.
No tuve tiempo de profundizar en eso.
El cuerpo me lo recordó de inmediato.
Estaba cubierta de una capa fina de sudor seco. El cabello se me pegaba a la nuca y a los hombros. Entre las piernas sentía esa humedad pegajosa que solo deja una noche demasiado larga. Y la cadera… la cadera me temblaba ligeramente cada vez que intentaba moverme. Sensible. Usada. Como si todavía recordara cada embestida.
Me incorporé con cuidado. Un quejido bajo se me escapó al sentarme. Me quedé un momento al borde de la cama, respirando hondo, sintiendo cómo los músculos de los muslos y de la espalda baja protestaban.
Al final me levanté.
No busqué ropa interior ni nada que me cubriera de verdad. Solo tomé la bata de seda negra que estaba tirada en el sillón, me la eché encima sin abrocharla del todo y caminé descalza hacia el baño. Cada paso me hacía notar la sensibilidad de la cadera y el leve temblor residual.
Cerré la puerta detrás de mí. Abrí la ducha. El agua caliente empezó a caer.
Me quité la bata y me metí debajo del chorro sin pensarlo dos veces, dejando que el calor me golpeara la nuca, los hombros, la espalda. Cerré los ojos y apoyé ambas manos en la pared de azulejos, dejando que el agua arrastrara el sudor, el olor y los restos de la noche anterior.
Todavía no sabía dónde estaba Adrián.
Pero por ahora… solo necesitaba esta ducha.
Me quedé de pie frente a la isla de la cocina, la taza de café todavía entre las manos. El aroma subía despacio. Adrián estaba sentado en el taburete, desnudo, esperando en silencio como siempre hacía cuando no le había dado una orden clara.
Hablé sin mirarlo directamente al principio.
—Lo de anoche… no estuvo nada mal. De hecho, me hizo correrme mucho más de lo que esperaba. Más de lo que había sentido en años, si soy sincera.
Él levantó un poco la vista. La sonrisa tímida volvió a aparecerle en los labios.
—Me alegra, señorita. De verdad.
Asentí despacio. Bebí otro sorbo de café mientras pensaba. El cuerpo todavía me recordaba cada hora de la noche anterior: la sensibilidad en las caderas, el leve cansancio en los muslos, esa sensación residual de haber sido usada… y de haber usado. Por primera vez en mucho tiempo no sentía la necesidad inmediata de echar a alguien de la cama. Y eso, viniendo de mí, era peligroso.
Dejé la taza sobre el mármol.
—Espera aquí.
Salí de la cocina sin más explicación. Subí las escaleras, entré en el vestidor y busqué entre la ropa que le había comprado semanas atrás. Elegí un conjunto simple pero decente: pantalón negro de corte recto, camisa blanca de manga larga y un par de calcetines limpios. Nada caro. Nada que lo hiciera parecer otra cosa que lo que era. Pero ropa, al fin y al cabo.
Bajé otra vez. Él seguía exactamente donde lo había dejado. Le extendí la ropa.
—Póntela. Aquí mismo.
Obedeció sin una sola pregunta. Se levantó del taburete y se vistió delante de mí, con esos movimientos cuidadosos y un poco torpes que ya conocía bien. Cuando terminó, la camisa le quedaba un poco grande en los hombros y el pantalón le marcaba la cintura estrecha, pero al menos ya no estaba completamente expuesto. El collar, sin embargo, seguía en su sitio. Eso no lo había quitado.
Me acerqué un paso.
—A partir de ahora tengo una forma de compensarte —dije con voz calmada—. Cuando seas muy obediente. Muy leal. Muy fiel a mí… te daré algo que te va a gustar mucho.
Él levantó la mirada, curioso a pesar del respeto.
—¿Qué es, señorita?
Me incliné un poco. Le susurré justo al oído, lo bastante cerca para que mi aliento le rozara la piel:
—Mi coño. El sexo será tu recompensa.
Me separé solo lo suficiente para verle la cara. Los ojos se le habían abierto un poco más. Tragó saliva.
Levanté una mano y le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos. La piel se le sentía caliente. Deslicé la yema del pulgar por su mandíbula, después hacia la comisura de los labios. Él no se movió. Solo me miraba. Con lentitud le introduje el dedo índice entre los labios. Los sintió suaves, cálidos. Empezó a chuparlo con cuidado, sin prisa, exactamente como le había enseñado a hacer otras cosas: con atención y sin cuestionar.
Lo mantuve así unos segundos. Después retiré el dedo con la misma calma.
Adrián habló en cuanto pudo, la voz un poco más ronca:
—Haré todo lo que diga. Sin rodeos. Todo.
Sonreí apenas.
—Eso ya lo sé bien.
En ese momento el teléfono vibró sobre la isla de la cocina. Lo miré de reojo. El nombre de uno de mis amantes habituales apareció en la pantalla. Uno de tantos. De esos cuerpos jóvenes y desechables que antes me bastaban. Ahora la sola idea me resultaba… plana.
Deslicé el dedo por la pantalla y rechacé la llamada sin contestar. Después levanté la vista hacia Adrián, que seguía de pie frente a mí, esperando.
—Hay mucho que hacer en la mansión —dije—. Limpieza a fondo. Cocina. Estudio. Todo lo que se haya descuidado. Empieza ahora. Si quieres una recompensa… ya sabes lo que tienes que hacer.
Él parpadeó.
—¿Qué recompensa, señorita?
Me quité la bata de seda con un solo movimiento. La dejé caer al suelo de la cocina. Quedé completamente desnuda delante de él, todavía con el cabello húmedo de la ducha y la piel marcada por la noche anterior. No me cubrí. No sentí necesidad de hacerlo.
—Tú la conoces bien —respondí con una media sonrisa.
Me di la vuelta y empecé a caminar hacia las escaleras, descalza, sin mirar atrás.
—Quiero encontrar todo impecable cuando baje. Estaré en el estudio. Si necesitas algo… llámame. Pero solo si es importante.
Oí su voz detrás de mí, clara y obediente:
—Sí, señorita.
Seguí subiendo. Detrás de mí, el sonido de sus pasos pequeños se dirigió primero hacia el fregadero y después hacia el salón. Ya estaba trabajando.
Entré en el estudio, cerré la puerta con suavidad y me quedé un momento de pie frente a los ventanales. La luz de la mañana entraba limpia. Los maniquíes mudos me observaban desde las esquinas. Sobre la mesa seguían los bocetos de la colección de otoño, exactamente donde los había dejado.
Sonreí para mí misma, lenta.
Las cosas, a partir de ahora, se iban a poner mucho más interesantes.
Y esa fue la última vez que pensé en echarlo a la calle.
Gracias por llegar hasta el final.
Espero que el relato les haya gustado. Si tienen algún comentario, observación o simplemente quieren decir qué les pareció, serán bien recibidos. Los votos también ayudan a saber si vale la pena seguir por este camino.
Hace un tiempo escribí un relato de zoofilia y no tuvo casi eco. Entiendo que ese tipo de historias no es del agrado de la mayoría, así que decidí no volver a publicarlas. A partir de ahora me concentraré solo en relatos como este.
Si dejan algún comentario, lo leeré. Siempre leo lo que me escriben y respondo cuando puedo.
Gracias otra vez por leer.
Se despide Amy_young15

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