• Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (2 votos)
Cargando...
Fantasías / Parodias, Heterosexual, Sexo con Madur@s

La Maestra y su Chiquitín

Una profesora MILF seduce a su alumno Lucas, un chico inocente de 8 años. Tras descubrir sus robos de bragas, la tensión explota en clases particulares llenas de sexo explícito, ternura y placer prohibido🔥.

Me llamo Elena Vargas, tengo 47 años y soy la profesora de Educación Sexual de primaria. Soy una mujer madura, de curvas generosas: pechos grandes y pesados que siempre luchan por contenerse bajo las blusas ajustadas, caderas anchas, un culo redondo y firme que se marca cuando camino con tacones, y unas piernas gruesas pero bien torneadas. Mi cabello es castaño oscuro con algunas mechas plateadas que me dan un aire distinguido, lo llevo suelto hasta los hombros. Mis labios son carnosos, siempre pintados de rojo oscuro, y mis ojos verdes suelen mirar con esa mezcla de autoridad y calidez que hace que los alumnos se sonrojen.

Llegué al colegio como cualquier otro día, con mi falda lápiz negra ajustada por debajo de la rodilla, una blusa blanca algo escotada y una chaqueta fina. No esperaba nada fuera de lo normal. Hoy tocaba la última clase del día: Educación Sexual. Una materia que siempre daba con profesionalismo, explicando anatomía, consentimiento y métodos anticonceptivos de forma clara y madura.

Entré al aula, dejé mi bolso sobre el escritorio y sonreí al grupo.

-Buenas tardes, chicos. Saquen sus cuadernos, hoy vamos a repasar la fisiología del placer y las respuestas del cuerpo.

Fue entonces cuando noté a Lucas.

Lucas era un chico especial. Con 8 años recién cumplidos, medía apenas 1,32 metros. Tenía el cabello negro revuelto, ojos grandes y castaños llenos de inocencia, mejillas suaves y una boquita pequeña y rosada que siempre parecía estar entreabierta por la timidez. Era extremadamente inocente para su edad.

Su tamaño lo hacía destacar, pero siempre había sido respetuoso y calladito.

Sin embargo, hoy estaba raro.

Desde que me vio entrar, Lucas no paraba de moverse en su pupitre. Se removía inquieto, sus manitas pequeñas agarraban el borde de la mesa con fuerza, y cada vez que yo caminaba frente al pizarrón o me inclinaba ligeramente para escribir, él se agitaba más. Sus piernas cortas se balanceaban bajo el pupitre y, en un par de ocasiones, lo vi apretar los muslos y morderse el labio inferior.

-¿Todo bien, Lucas? -pregunté con mi voz suave y maternal, mirándolo directamente.

Él se puso rojo hasta las orejas y bajó la mirada rápidamente, pero sus manitas seguían aferradas al pupitre como si intentara controlarse. Asintió sin decir nada.

Seguí con la clase, explicando con calma cómo el cuerpo reacciona ante la excitación. Hablé de la erección, de la lubricación, de la sensibilidad… y cada vez que mencionaba algo relacionado con el placer, Lucas se movía más. Su pupitre crujía levemente. Podía ver cómo su pecho subía y bajaba rápido.

Me acerqué un poco más a su fila, caminando despacio con mis tacones resonando en el piso. Al detenerme frente a él, noté que intentaba esconder algo bajo sus brazos cruzados sobre la mesa. Sus ojos grandes me miraron desde abajo, llenos de vergüenza e inocencia, y su boquita temblaba ligeramente.

-Lucas… -dije bajito, solo para él, con una ceja ligeramente arqueada-. ¿Estás prestando atención, mi niño?

Él tragó saliva con dificultad. Su carita estaba ardiendo.

Seguí explicando la clase, pero no podía dejar de mirar de reojo a Lucas.

El pobre se removía cada vez más en su pupitre, sus manitas pequeñas apretando el borde de la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos. Su carita estaba completamente roja y sus ojos grandes y castaños evitaban los míos a toda costa.

De pronto, levantó su bracito tímidamente.

-Profe… ¿puedo ir al baño? -preguntó con voz bajita y temblorosa, casi un susurro.

Lo miré un segundo. Parecía realmente incómodo, apretando los muslos bajo el pupitre.

-Claro, Lucas. Ve y regresa rápido, mi niño.

Se levantó con dificultad de su silla, su cuerpecito diminuto de apenas 1,32 metros se movió con prisa hacia la puerta. Caminaba raro, como si intentara esconder algo entre las piernas. Cerró la puerta detrás de él y desapareció por el pasillo.

La clase continuó con normalidad.

Expliqué los puntos de placer femenino y masculino, dibujé algunos diagramas en el pizarrón y respondí las preguntas de los demás alumnos.

Unos quince minutos después, la puerta se abrió de nuevo.

Lucas regresó.

Estaba más tranquilo, mucho más relajado. Su carita ya no estaba tan roja, sus hombros caídos con alivio y sus movimientos eran más suaves. Se sentó en su pupitre y, por primera vez en toda la clase, logró mirarme más de dos segundos sin apartar la vista.

Incluso una tímida sonrisita se asomó en su boquita rosada. Me pregunté qué habría pasado en ese baño… ¿el inocente Lucas habría tenido que aliviar esa tensión que yo claramente le había provocado con la clase?

Terminó la hora. Los alumnos empezaron a guardar sus cosas y salieron del aula entre risas y conversaciones. Yo me quedé sentada en mi escritorio, revisando las notas finales del semestre en mi laptop.

Y ahí estaba.

Lucas tenía las calificaciones más bajas de todo el curso en Educación Sexual. Demasiado bajas. Sus exámenes eran incompletos, apenas había entregado un par de tareas y su participación en clase era casi nula.

Fruncí el ceño, preocupada.

-Lucas -lo llamé con voz suave pero firme cuando ya casi salía por la puerta-. Espera un momento, por favor.

Él se detuvo, girándose hacia mí con esa mirada inocente de siempre. Sus manitas sujetaban la correa de su mochila.

-Mañana después de clase quiero hablar contigo -dije, cerrando la laptop-. Tus notas están muy bajas, mi niño. Voy a tener que llamar a tus padres para una reunión. Necesitamos ver cómo podemos subir eso antes de que termine el semestre.

Lucas tragó saliva visiblemente, sus ojitos grandes se abrieron un poco más y volvió a sonrojarse. Asintió en silencio, mordiéndose el labio inferior con esa boquita tan pequeña y tentadora.

-S-sí, profesora Elena… -murmuró bajito.

Lo vi salir del aula, su cuerpecito pequeño moviéndose por el pasillo.

Me quedé sola, pensando. Mañana tendría que ser más… cercana con él si quería ayudarlo. Mucho más cercana.

Al día siguiente, después de las clases, recibí a los padres de Lucas en la sala de profesores. Eran una pareja amable, algo preocupada por el rendimiento de su hijo. El papá, un hombre callado, y la mamá, más habladora, se sentaron frente a mí.

-Elena, estamos muy preocupados -dijo la mamá-. Lucas siempre ha sido un buen chico, nunca da problemas, pero últimamente sus notas están bajando mucho, especialmente en tu materia.

Asentí con comprensión, manteniendo mi tono profesional y cálido.

-Precisamente por eso los llamé. Lucas es un alumno excelente en conducta, muy respetuoso y tranquilo. No quiero que pierda el año por esto. Puedo ofrecerle asesorías personalizadas para que recupere todo. No solo Educación Sexual, también las otras materias donde se distrae con facilidad. Serían clases particulares en mi departamento, que está cerca del colegio. Así podemos trabajar con calma, sin interrupciones.

Los padres se miraron un momento y aceptaron de inmediato, visiblemente aliviados.

-Muchas gracias, profesora. Sabemos que con usted va a estar en buenas manos -dijo el papá-. Lucas te respeta mucho.

Quedamos en que empezaríamos esa misma semana, tres veces por semana por las tardes. Les di mi dirección y el horario. Lucas era un buen chico, inocente y aplicado cuando lograba concentrarse. Solo necesitaba un empujón extra.

Esa misma tarde, después de confirmar con los padres, le avisé a Lucas antes de que se fuera.

-Lucas, mi niño -lo llamé con suavidad cuando pasaba por mi escritorio-. Hablé con tus papás. Empezaremos las asesorías en mi departamento a partir de mañana. Te voy a ayudar con todo lo que necesites, ¿sí? Quiero que saques buenas notas.

Él se detuvo, sus ojitos grandes y castaños se abrieron un poco y esa boquita rosada se entreabrió en una expresión de sorpresa tímida. Asintió rápidamente, apretando las manitas sobre las tiras de su mochila.

-S-sí, profesora Elena… Gracias -murmuró bajito, sonrojándose apenas.

Lo vi alejarse por el pasillo, caminando con esa inocencia natural que siempre tenía. Mañana lo tendría en mi casa, solo él y yo, repasando materias. Estaba segura de que podría concentrarse mejor en un ambiente más tranquilo.

Llegué a mi departamento un poco antes de la hora acordada. Era un lugar amplio y acogedor, con una sala que usaba como estudio: un escritorio grande, un sofá cómodo, pizarrón portátil y buena luz natural. Preparé algunos libros y cuadernos sobre la mesa. No esperaba nada raro; solo quería ayudar a Lucas a mejorar sus notas.

Tocaron el timbre puntual. Abrí la puerta y ahí estaba él, con su mochila colgada al hombro y la mirada baja.

-Pasa, Lucas. Bienvenido -dije con una sonrisa cálida, cerrando la puerta detrás de él-. Siéntate donde quieras, mi niño. Vamos a empezar con lo más urgente.

Él entró despacio, sus ojitos grandes recorriendo todo con nerviosismo. Se sentó en la silla frente al escritorio, pero no paraba de moverse: juntaba y separaba sus manitas sobre las rodillas, se acomodaba el pelo revuelto y evitaba mirarme directamente a los ojos. Su carita ya empezaba a teñirse de un suave rubor.

-¿Estás bien? -pregunté

suavemente mientras abría el cuaderno de Educación Sexual-. Te noto un poco nervioso. Es normal la primera vez, pero aquí podemos trabajar tranquilos. Nadie nos va a interrumpir.

-S-sí, profesora Elena… estoy bien -murmuró con esa voz bajita y temblorosa. Intentaba mantenerse firme, pero sus deditos no paraban de juguetear con el borde del cuaderno-. Es que… nunca había venido a la casa de una profe.

Sonreí con ternura.

-No te preocupes. Vamos a repasar primero los temas de fisiología que vimos ayer. Mira, aquí tengo los diagramas…

Comencé a explicarle con calma, inclinándome sobre la mesa para señalarle los puntos clave del libro. Hablaba despacio y con voz suave, describiendo cómo funciona la excitación en el cuerpo humano. Lucas intentaba seguirme, pero al moverme o ajustar mi blusa, tragaba saliva y apretaba los muslos. Sus manitas se cerraban en puñitos sobre sus piernas. Después de unos quince minutos, levantó la mano tímidamente.

-Profe… ¿puedo ir al baño, por favor? -preguntó casi en un susurro, con las mejillas ardiendo.

-Claro, mi niño. Está al final del pasillo, la puerta blanca a la derecha -le indiqué con una sonrisa tranquilizadora.

Lucas se levantó rápido, casi tortorpeme caminó deprisa hacia el pasillo. Cerró la puerta del baño detrás de él con un clic suave.

Me quedé sentada revisando sus apuntes anteriores, sin darle mayor importancia. Pobrecito, seguro estaba nervioso por estar a solas conmigo.

Era tan inocente…

Pasaron unos minutos. Escuché el agua correr un momento y luego silencio. Cuando regresó, estaba más calmado: la carita menos roja, los hombros más relajados y hasta logró sentarse con mayor tranquilidad, aunque todavía evitaba mirarme mucho tiempo seguido. Su boquita rosada estaba ligeramente húmeda, como si se la hubiera mordido.

-¿Mejor? -pregunté con cariño.

-S-sí, profesora… -respondió bajito, asintiendo con la cabeza.

Volvimos a la explicación, pero yo no podía evitar notar cómo su mirada se escapaba a veces hacia mi escote o mis labios cuando hablaba. Seguía siendo el Lucas inocente de siempre, solo que en mi departamento todo parecía… más íntimo.

Seguimos trabajando un rato más. Lucas se concentró mejor después de su visita al baño, aunque todavía se ponía nervioso cada vez que me inclinaba sobre la mesa para señalar algo en sus apuntes. Sus manitas temblaban ligeramente al pasar las páginas y su boquita se entreabría cuando yo hablaba con voz suave.

Pobrecito, estaba haciendo un esfuerzo enorme por mantenerse atento.

Al cabo de casi una hora y media, cerré el cuaderno y le sonreí con cariño.

-Bien, mi niño. Por hoy terminamos aquí. Has trabajado muy bien. Sigue así y vas a subir esas notas rapidito.

Lucas se levantó, guardó sus cosas con más calma que al principio y se colgó la mochila al hombro. Su carita ya no estaba tan roja y hasta logró mirarme a los ojos un par de segundos.

-Gracias, profesora Elena… por todo -murmuró bajito, con esa voz tímida e inocente-. Hasta mañana.

-Hasta mañana, Lucas. Cuídate -respondí, acompañándolo hasta la puerta. Le di una suave palmadita en el hombro antes de que saliera.

Cerré la puerta y solté un suspiro. La primera sesión había ido mejor de lo esperado. Me sentía satisfecha de poder ayudarlo.

Como tenía algo de calor después de la tarde, decidí darme una ducha relajante. Fui al baño, me quité la ropa y abrí el agua caliente. Mientras me enjabonaba el cuerpo bajo el chorro, no tenía ni la menor idea de que, durante su visita al baño, Lucas había abierto discretamente el cesto de la ropa sucia y había tomado una de mis bragas -unas negras de encaje, todavía con mi olor- metiéndolas rápidamente en su mochila.

Apenas salió del edificio, Lucas caminó unos metros hasta doblar la esquina. Miró a ambos lados para asegurarse de que nadie lo veía y abrió su mochila con manos temblorosas. Ahí estaban: las bragas negras de la profesora Elena, aún tibias y con su aroma íntimo. Las apretó entre sus manitas pequeñas, sintiendo cómo su pollita volvía a endurecerse dentro del pantalón.

Se apresuró a caminar hacia su casa, casi corriendo, con el corazón latiéndole fuerte y la cara ardiendo de vergüenza y excitación. Esa noche, solo en su habitación, pensaba darles un buen uso: envolver su pollita con esa tela suave y húmeda, oler profundamente el aroma de su maestra mientras se masturbaba pensando en sus tetas grandes, sus labios rojos y ese cuerpo maduro que lo volvía loco.

Habían pasado unos días desde la primera asesoría. Lucas había venido un par de veces más, siempre puntual y calladito. Hoy tocaba otra sesión en mi departamento, esta vez combinando Educación Sexual con repaso de otras materias donde se distraía con facilidad.

Cuando llegó, noté que estaba diferente. Ya no parecía tan nervioso como la primera vez. Se sentó frente al escritorio con más confianza, sus manitas descansando sobre el cuaderno, y hasta me miró a los ojos cuando le hablaba. Durante la clase de Educación Sexual respondió varias preguntas correctamente, con voz bajita pero clara.

– Muy bien, Lucas -le dije sonriendo mientras señalaba el diagrama en el libro-. ¿Y qué pasa cuando la excitación aumenta mucho en el hombre?

– Se… se pone dura… la pollita -respondió tímidamente, pero sin esconder la cara tanto como antes.

Sus mejillas se sonrojaron un poco, pero siguió atento.

Seguimos avanzando. Explicaba temas de anatomía y placer cuando levantó la mano de nuevo.

-Profesora Elena… ¿puedo ir al baño, por favor?

-Claro, mi niño. Ya sabes dónde es -respondí sin sospechar nada, señalando el pasillo.

Se levantó rápido y desapareció hacia el baño. Esta vez tardó un poco más, pero regresó más calmado, con esa expresión relajada que ya empezaba a reconocerle. Continuamos la clase sin problemas. Respondió más preguntas, tomó apuntes y hasta sonrió un par de veces cuando le elogiaba su progreso.

Al terminar la sesión, cerré los libros y solté un suspiro de satisfacción.

-Excelente trabajo hoy, Lucas. Vas muy bien. Nos vemos en la próxima.

Él se despidió con su vocecita suave, más tranquilo que nunca:

-Gracias, profesora… Hasta pronto.

Cuando se fue, decidí descansar un rato. Hacía calor y quería ponerme algo más cómodo. Fui a mi habitación, abrí el cajón de la ropa interior y empecé a buscar mi brasier favorito: uno negro de encaje, con buen soporte para mis pechos grandes y pesados.

No estaba.

Revisé otro cajón, luego el cesto de ropa sucia. Nada. Ese brasier había desaparecido. Fruncí el ceño, sintiendo una punzada de sospecha. Recordé que Lucas había ido al baño dos veces hoy… y también en la sesión anterior. ¿Podría ser? No quería pensarlo, pero era demasiada coincidencia. ¿El inocente Lucas robando mi ropa interior?

Me quedé un momento parada frente al cajón abierto, con una mezcla de sorpresa, confusión y algo que no quería nombrar todavía. Mi cuerpo maduro sintió un leve cosquilleo extraño al imaginarlo… pero sacudí la cabeza. No, seguro lo había extraviado yo misma. Mañana le preguntaría con discreción… o tal vez vigilaría mejor.

Llegó el día de la siguiente asesoría.

Esta vez estaba decidida a comprobar si mis sospechas eran ciertas. Antes de que Lucas llegara, dejé deliberadamente un par de prendas íntimas a la vista en mi habitación: unas bragas rojas de encaje transparente y el brasier negro que faltaba la vez anterior (o uno muy parecido). Los coloqué sobre la cama, como si se me hubieran olvidado al cambiarme, visibles desde la puerta entreabierta del pasillo. Si Lucas era el responsable, esta vez no podría resistirse.

Cuando tocó el timbre y lo hice pasar, todo empezó como siempre. Se sentó frente al escritorio, más activo y participativo que nunca. Sus ojitos grandes brillaban con esa inocencia fingida mientras respondía preguntas de Educación Sexual.

-Profe… cuando uno se excita mucho… ¿es normal que la pollita duela un poco por estar tan dura? -preguntó con voz bajita, pero sin esconderse tanto.

-Así es, Lucas. Es una respuesta natural del cuerpo -respondí con mi tono profesional, inclinándome ligeramente hacia él para explicarle con más detalle. Noté cómo su mirada se escapaba un segundo hacia mi escote.

La clase avanzó bien. Respondía, tomaba apuntes con sus manitas pequeñas y hasta parecía concentrado… hasta que, como era de esperar, levantó la mano.

-Profesora Elena… ¿puedo ir al baño, por favor? -pidió, con las mejillas ya ligeramente sonrojadas.

-Ve, mi niño. Tómate tu tiempo -dije con naturalidad, señalando el pasillo.

Lucas se levantó rápido y caminó hacia el baño, pero noté que sus ojos se desviaron un instante hacia la puerta entreabierta de mi habitación.

Cerró la puerta del baño tras él.

Esta vez esperé con atención. Pasaron varios minutos. Escuché el agua correr, luego silencio. Cuando regresó, estaba más relajado, con esa boquita rosada un poco más húmeda y la respiración calmada. Terminamos la clase sin problemas. Le elogié su progreso y lo acompañé hasta la puerta.

-Hasta la próxima, Lucas. Descansa -le dije con una sonrisa.

En cuanto cerró la puerta principal, fui directo a mi habitación. El corazón me latía un poco más fuerte. Miré sobre la cama…

Las bragas rojas habían desaparecido. El brasier también.

Mis suposiciones eran ciertas.

El inocente Lucas, con su carita angelical y sus manitas pequeñas, había entrado en mi habitación y robado mi ropa interior mientras yo estaba a solo unos metros. Me quedé parada ahí, mirando el lugar vacío en la cama, sintiendo una mezcla de sorpresa, indignación… y un calor inesperado subiendo por mi cuerpo maduro. Mis pezones se endurecieron bajo la blusa al imaginarlo en su casa, oliendo mis bragas, envolviendo su pollita con ellas mientras pensaba en mí.

Esta vez no iba a dejarlo pasar tan fácil. Mañana tendría que confrontarlo… o tal vez dejar que las cosas escalaran un poco más. Ya vería cómo reaccionaba.

Esa noche, después de cerrar la puerta de mi departamento y quedarme sola, el silencio se sintió más pesado que nunca. Me dirigí a mi habitación con pasos lentos, todavía con la imagen de la cama vacía grabada en la mente.

Las bragas rojas de encaje habían desaparecido. Confirmado. Lucas las había tomado. Mi pequeño alumno inocente, con esa carita angelical y sus manitas temblorosas, había entrado en mi intimidad y robado mi ropa interior… otra vez.

Me senté en el borde de la cama, sintiendo el peso de mis pechos grandes y pesados contra la blusa. Empecé a desvestirme despacio, como siempre lo hacía antes de dormir. Me quité la blusa, dejando que mis senos cayeran libres, apenas contenidos por el brasier negro. Luego bajé la falda, deslizándola por mis caderas anchas y mi culo redondo y maduro. Me quedé solo con la ropa interior, mirándome en el espejo de cuerpo entero que tenía frente a la cama.

«¿Qué estoy haciendo?», me pregunté en voz baja, mientras me soltaba el cabello castaño con algunas canas plateadas. Mis ojos verdes se veían más brillantes de lo normal, las mejillas ligeramente sonrojadas.

Sabía que estaba mal. Muy mal. Era su profesora. Él tenía 8 años, era mi alumno, y yo tenía 47. Una MILF madura, soltera, con un cuerpo que aún llamaba la atención pero que ya empezaba a sentir el paso del tiempo.

Meterme con un estudiante era cruzar una línea que podía costarme el trabajo, mi reputación, todo. Era unethical, peligroso… prohibido.

Lucas era tan inocente, tan puro en su timidez. Robar mis bragas era probablemente lo más atrevido que había hecho en su vida. ¿Cómo podía yo siquiera considerar aprovecharme de eso?

Pero al mismo tiempo…

Me quité el brasier lentamente, dejando que mis pezones grandes y oscuros se endurecieran al contacto con el aire fresco de la habitación. Mis manos bajaron por mi vientre suave hasta las bragas, que ya empezaban a humedecerse un poco solo con el curso de mis pensamientos. Me las quité también, quedándome completamente desnuda frente al espejo. Mi cuerpo maduro se reflejaba: tetas pesadas con algo de caída natural, caderas anchas, muslos gruesos, y ese coño maduro, depilado, que ya no había sentido una lengua o una polla en mucho tiempo.

Me acosté en la cama, todavía desnuda, y apagué la luz principal, dejando solo la lamparita de la mesita de noche. Me cubrí parcialmente con la sábana suave, pero mis manos no se quedaron quietas. Una subió a acariciar uno de mis pechos, pellizcando suavemente el pezón mientras pensaba en él.

Lucas… tan pequeño, tan lindo con esa boquita rosada siempre entreabierta, sus ojitos grandes y castaños llenos de inocencia, sus manitas delicadas. Me sonrojé al darme cuenta de lo que estaba sintiendo. Era atractivo para mí. Su inocencia me conmovía y me excitaba al mismo tiempo. Saber que ese chico, que apenas sabía nada del sexo, se ponía tan duro solo con mirarme en clase, que tenía que correr al baño a masturbarse pensando en mí… y ahora robaba mis bragas para olerlas y correrse con ellas en su pollita… me hacía sentir deseada de una forma que hacía años que no experimentaba.

«Elena, eres una tonta», me susurré a mí misma, sonrojándome más fuerte mientras deslizaba la otra mano entre mis muslos. Mis dedos rozaron mi clítoris hinchado, ya mojado. «Es tu alumno. Es malo. Está mal…»

Pero el otro lado de mí, la mujer solitaria de 47 años, hablaba más fuerte esta noche. Llevaba demasiado tiempo sola. Las citas fallidas, los hombres de mi edad que ya no me miraban con deseo real, o los más jóvenes que solo querían una noche y desaparecían. Lucas me miraba como si yo fuera la mujer más sexy del mundo. Me deseaba de verdad. Con esa pureza torpe y desesperada que solo alguien tan inocente podía tener.

Pensar que mi olor, mi esencia en esas bragas, era suficiente para que él se corriera una y otra vez… me humedeció todavía más.

Separé un poco las piernas bajo la sábana y metí dos dedos dentro de mi coño caliente y maduro, moviéndolos despacio mientras imaginaba la escena. Lucas en su habitación, pequeño y nervioso, sacando mis bragas rojas de su mochila. Oliéndolas profundamente, apretándolas contra su carita inocente. Bajándose los pantalones y envolviendo su pollita dura con mi encaje.

Moviendo sus manitas arriba y abajo, gimiendo mi nombre bajito:

«Profesora Elena… ahh… sus tetas… su culo…»

Gemí suavemente en la oscuridad de mi habitación, arqueando la espalda mientras aceleraba los movimientos de mis dedos. Mis pechos se movían pesados con cada respiración agitada.

Era la primera vez en mucho tiempo que me tocaba pensando en alguien específico, y el morbo era intenso.

Por un lado, la culpa me carcomía: «Es un alumno, Elena. Podrías arruinar su vida y la tuya.»

Por el otro, la excitación y la soledad ganaban terreno: «Es menor de edad. Es consentido. Nadie tiene por qué enterarse. Y él me desea tanto… Yo también lo deseo. Es lindo, tan tierno y obediente. Podría enseñarle todo. Ser su primera vez. Sentir esa pollita inocente dentro de mí…»

Me sonrojé intensamente al admitir eso en mi mente. Yo, la profesora madura y respetable, fantaseando con follarme a mi alumno inocente. La idea de sus manitas agarrando mis tetas grandes, su boquita chupando mis pezones, su pollita dura empujando dentro de mi coño maduro y experimentado… me hizo correrme con fuerza.

Mi cuerpo se tensó, mis muslos temblaron y un orgasmo largo y profundo me recorrió mientras gemía su nombre en voz baja:

-Lucas… mi niño… ahhh…

Quedé jadeando en la cama, con los dedos empapados y el corazón latiendo fuerte. Me quedé mirando el techo un buen rato, todavía desnuda, analizando todo.

Sabía que mañana en la próxima clase tendría que decidir. Podía confrontarlo seriamente y ponerle un alto… o podía dejar que las cosas siguieran su curso. Provocarlo un poco más. Ver hasta dónde llegaba su inocente deseo.

Y en el fondo, con las mejillas aún calientes y mi coño palpitando, ya sabía qué camino me tentaba más.

Llegó el día de la última clase de la semana. Mañana empezaba el fin de semana, así que decidí que hoy sería una sesión tranquila pero completa.

Había pasado la noche anterior dándole vueltas a todo: la culpa, la excitación, la soledad… pero aún no había tomado una decisión definitiva.

Quería ver cómo se comportaba Lucas hoy.

Tocó el timbre puntual. Abrí la puerta y lo recibí con mi sonrisa profesional de siempre. Llevaba una blusa blanca algo más ajustada de lo normal y una falda que marcaba mis caderas y mi culo maduro.

-Pasa, Lucas. Hoy repasaremos todo lo que hemos visto -le dije con voz suave.

Él entró con más confianza que la primera vez. Ya no se movía tanto ni evitaba mi mirada tanto. Se sentó frente al escritorio, sacó su cuaderno y me miró con esos ojitos grandes y castaños, su boquita rosada ligeramente entreabierta. Seguía siendo el mismo chico inocente de siempre, pero se notaba más cómodo en mi espacio.

La clase fluyó con normalidad. Empezamos con Educación Sexual, explicando respuestas del cuerpo, zonas erógenas y placer. Lucas respondía las preguntas con su voz bajita pero clara, participando más que nunca. Sus manitas pequeñas escribían apuntes con diligencia.

-Bien, Lucas. ¿Qué ocurre cuando la excitación llega al punto máximo en el hombre? -pregunté, inclinándome un poco sobre la mesa, dejando que mi escote se notara.

-Se… se corre, profesora. Sale el semen -contestó, sonrojándose solo un poco, pero sin esconder la cara como antes.

Seguimos con otros temas: matemáticas básicas y literatura.

Todo transcurría con calma. Yo lo observaba discretamente, notando cómo sus ojos se escapaban de vez en cuando hacia mis pechos o mis labios pintados de rojo. Pero se mantenía firme, concentrado en lo posible.

Después de casi una hora, como era de esperar, levantó su manita tímidamente.

-Profesora Elena… ¿puedo ir al baño, por favor? -preguntó con esa vocecita inocente.

-Claro, mi niño. Ve -respondí con naturalidad.

Lucas se levantó y caminó por el pasillo. Esta vez decidí actuar. Esperé unos dos minutos y me levanté silenciosamente. Fui primero a mi habitación; la puerta estaba entreabierta, pero no lo vi dentro. La ropa interior que había dejado «olvidada» sobre la cama seguía ahí.

Extraño…

Entonces lo escuché.

Desde el baño, al final del pasillo, llegaban sonidos suaves pero claros: respiración pesada, lenta al principio, luego jadeos cortos y ahogados. Mi corazón empezó a latir más fuerte. Me quedé parada frente a la puerta blanca, dudando. «¿Debería entrar? Esto está mal… podría asustarlo, humillarlo… o…»

Respiré profundo, sintiendo un calor traicionero subir por mi vientre y humedecer mi coño maduro. Ya no podía más con la curiosidad y ese deseo prohibido que había crecido en mí. Agarré el pomo, lo giré rápido y abrí la puerta de golpe.

Ahí estaba Lucas.

Sentado en el borde de la bañera, con los pantalones y los calzoncillos bajados hasta los tobillos. Sus manitas pequeñas sostenían una de mis bragas -las rojas de encaje que había robado la vez anterior- apretadas contra su carita. Tenía la nariz hundida en la entrepierna de la tela, oliéndolas profundamente, inhalando mi aroma íntimo con desesperación.

Sus ojitos grandes estaban cerrados, las cejas fruncidas de placer.

Y entre sus piernas, su pollita estaba completamente erecta y dura.

Era pequeña, proporcional a su cuerpecito diminuto, pero estaba hinchada al máximo, roja y palpitante, con la cabecita brillante por el precum que ya le chorreaba.

Una de sus manitas la rodeaba casi por completo y se movía arriba y abajo con movimientos rápidos y torpes, masturbándose con urgencia mientras gemía bajito contra mis bragas:

-Ahh… profesora Elena… sus tetas… tan grandes… huelo su coñito… mmhh…

Se veía tan inocente y a la vez tan obsceno: ese chico tímido y puro, con su boquita rosada entreabierta jadeando, las mejillas ardiendo, perdiendo el control por completo con mi olor. Su pollita pequeña se sacudía en su manita, dejando hilos transparentes de precum cada vez que subía y bajaba.

Me quedé congelada en la puerta, con la mano todavía en el pomo, mirándolo fijamente. Un torrente de sensaciones me invadió: sorpresa, excitación pura, ternura y un deseo ardiente que me mojó las bragas al instante. Mis pezones se endurecieron visiblemente bajo la blusa. Podía sentir cómo mi coño maduro palpitaba, humedeciéndose más y más.

Lucas abrió los ojos de golpe al oír la puerta. Su carita pasó de placer absoluto a puro terror en un segundo.

Sus manitas se detuvieron, pero su pollita siguió dura y temblando, apuntando hacia arriba. Las bragas rojas cayeron de su boquita al piso del baño.

-P-profesora… Elena… yo… yo no… por favor… -balbuceó con voz quebrada, intentando cubrir su pollita con sus manitas pequeñas, pero era demasiado tarde.

Lágrimas de vergüenza empezaron a asomar en sus ojitos grandes mientras me miraba desde abajo, completamente expuesto, inocente y excitado.

Me quedé ahí, respirando agitada, sin cerrar la puerta. Mi cuerpo maduro reaccionaba por sí solo: calor en las mejillas, pechos pesados subiendo y bajando, y un deseo inmenso de acercarme.

El silencio entre nosotros era denso, cargado de tensión sexual.

Me quedé unos segundos más en la puerta del baño, procesando la imagen que tenía delante: Lucas, con su carita angelical completamente roja de vergüenza, sus manitas pequeñas intentando cubrir inútilmente su pollita aún dura y erecta, y mis bragas rojas tiradas en el piso. El olor a excitación masculina joven flotaba leve en el aire del baño.

Mi corazón latía con fuerza, mi coño maduro seguía palpitando, pero respiré hondo y traté de mantener la compostura.

-Lucas… -dije con voz baja pero firme-. Sal del baño, mi niño. Súbete los pantalones y ven a la sala. Tenemos que hablar.

Él asintió frenéticamente, con lágrimas de vergüenza en los ojos. Se levantó torpemente, se subió los pantalones con manos temblorosas y recogió mis bragas del piso antes de seguirme. Caminamos en silencio hasta la sala. Yo me senté en el sofá y le señalé el lugar a mi lado. Lucas se sentó muy pegado al borde, con la cabeza baja, apretando mis bragas entre sus manitas.

-¿Por qué tenías mi ropa interior, Lucas? -pregunté suavemente, mirándolo directamente-. Y sí, sé que te la estabas llevando. No es la primera vez.

Él tragó saliva con dificultad. Su boquita rosada temblaba. Tardó un momento en responder, pero al final habló con voz bajita y quebrada:

-Porque… porque no puedo evitarlo, profesora Elena. Usted… usted es tan… hermosa. Huele tan rico… Necesito tener algo suyo. Me ayuda cuando… cuando pienso en usted en la noche. Lo siento mucho… por favor no me odie.

Su confesión me golpeó en el pecho. Me recosté un poco en el sofá, cruzando las piernas. Podía sentir cómo mis pezones seguían duros bajo la blusa.

-Explícame más, mi niño. ¿Desde cuándo pasa esto?

Lucas levantó un poco la mirada, sus ojitos grandes y castaños llenos de miedo y deseo al mismo tiempo.

-Desde que empezó la clase de educación sexual… Usted camina, habla, se inclina… y yo me pongo muy nervioso. Mi pollita se pone dura y no puedo controlarlo. Por eso pedía ir al baño… y por eso empecé a tomar sus bragas. Me siento muy atraído por usted, profesora. No sé por qué. Es mayor, es mi maestra, pero… me gusta mucho. Sus tetas grandes, sus labios, su olor… Me distraigo en clase pensando en usted. Por eso mis notas estaban tan bajas.

Hablamos con más tranquilidad. Yo escuchaba sin interrumpirlo mucho, dejando que sacara todo. Él se iba relajando poco a poco, aunque seguía sonrojado y apretando mis bragas entre sus deditos.

-No estoy molesta, Lucas -le dije con sinceridad, poniendo una mano sobre su hombro pequeño-. De verdad. Esto no es fácil de procesar para mí. Eres mi alumno, soy mucho mayor que tú… Esto está mal en muchos sentidos. Pero entiendo que es normal. Tienes las hormonas alborotadas, eres un niño joven y yo soy… una mujer madura que estás viendo todos los días. Es natural que te sientas atraído.

Lucas me miró con más esperanza.

-¿De verdad no está enojada?

-No lo estoy -respondí, sonriendo con ternura-. Pero esto tiene que quedar entre nosotros. Nadie puede saberlo. Ni una palabra. Ni a tus amigos, ni a tus papás. ¿Entiendes?

-Sí, profesora… Lo prometo.

Me quedé mirándolo un momento. Su inocencia me enternecía y me excitaba al mismo tiempo. Ese cuerpecito pequeño, esa boquita que había estado oliendo mi coño a través de las bragas hace solo minutos…

-Puedes quedarte con esa ropa interior -le dije bajito-. No la quiero de vuelta. Ya está… usada por ti. Pero la próxima vez, si necesitas algo, me lo pides antes de robarlo, ¿sí?

Lucas asintió rápidamente, con una mezcla de alivio y vergüenza que le hacía verse aún más lindo.

Ninguno de los dos dijo nada más sobre lo que realmente sentíamos. Yo no confesé que me había tocado pensando en él, ni que verlo masturbándose con mis bragas me había mojado. Él tampoco se atrevió a pedir más. El miedo a que todo se viera «normal» y sospechoso nos mantuvo callados sobre lo profundo del deseo.

Al final, abrí los brazos.

-Ven aquí, mi niño.

Lucas se acercó tímidamente y nos abrazamos. Su cabecita apenas llegaba a la altura de mis pechos.

Sentí su carita caliente contra mi escote, sus manitas rodeándome la cintura con cuidado. Lo abracé fuerte, acariciándole el pelo revuelto. Su respiración se calmó contra mi cuerpo maduro. Podía sentir el calor de su cuerpo pequeño contra el mío, y por un segundo, mi coño palpitó de nuevo al recordar la imagen de su pollita dura.

-Todo está tranquilo entre nosotros, Lucas -susurré contra su cabello-. Vamos a seguir con las clases y a subir esas notas. ¿De acuerdo?

-S-sí, profesora Elena… Gracias -murmuró contra mis tetas, sin querer separarse todavía del abrazo.

Nos quedamos así un buen rato, en silencio, sintiendo el calor del otro. El fin de semana estaba por empezar, y el aire entre nosotros había cambiado para siempre.

Así pasaron varias semanas. Lucas venía religiosamente tres veces por semana al departamento. Al principio las clases eran tensas, llenas de miradas fugaces y silencios cargados, pero poco a poco agarramos mucha confianza. Hablábamos de todo: de sus gustos, de mis años como profesora, de lo difícil que era ser tan pequeño en un mundo de gente grande. Él se abría más, sonreía y yo me permitía ser más cercana, más maternal… y también más mujer.

La tensión sexual crecía con cada sesión. Yo elegía ropa más ajustada: blusas que marcaban mis pechos grandes y pesados, faldas que se pegaban a mis caderas anchas y mi culo maduro. Él ya no pedía ir al baño tan seguido, pero cuando lo hacía, yo sabía exactamente qué estaba haciendo. A veces lo provocaba sin decirlo: me inclinaba mucho sobre la mesa, dejaba que mi escote se abriera, cruzaba las piernas despacio frente a él. Lucas respondía poniéndose rojo, respirando más rápido, y sus manitas apretaban el lápiz con fuerza. La atracción era mutua, evidente, y cada día se hacía más difícil ignorarla.

Esa tarde, al terminar la clase, Lucas guardó sus cosas con calma. Ya era viernes, y el ambiente se sentía más cargado que nunca.

-Bueno, profesora Elena… nos vemos el lunes -dijo bajito, poniéndose de pie y colgándose la mochila.

Estaba a punto de caminar hacia la puerta cuando, sin querer, golpeó un plumón que estaba en el borde del escritorio. El plumón cayó al piso y rodó un poco debajo de la mesa.

-Ay, se me cayó -murmuró, agachándose rápidamente.

Yo hice lo mismo casi al mismo tiempo, inclinándome desde el otro lado. Nuestras manos se encontraron sobre el plumón. Sus manitas pequeñas y suaves cubrieron la mía, más grande y cálida. El contacto fue eléctrico. Ninguno la apartó de inmediato.

-Perdón… fue sin intención -dije en voz baja, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba.

-S-sí… yo también… fue sin querer -respondió él, pero su voz temblaba.

Ninguno retiraba la mano. Sus deditos se movieron apenas, rozando los míos con timidez.

Se sentía bien. Demasiado bien. Su piel era suave, caliente, y ese simple toque después de semanas de miradas y deseo contenido me encendió por completo. Podía sentir cómo mis pezones se endurecían bajo la blusa y cómo mi coño maduro empezaba a humedecerse.

Levantamos la mirada al mismo tiempo. Sus ojitos grandes y castaños se clavaron en los míos, llenos de deseo inocente y desesperado. Mi respiración se agitó. La suya también.

Lentamente, sin decir nada, nos fuimos acercando por encima de la mesa. Su carita se elevaba hacia mí, yo me inclinaba más. El plumón quedó olvidado en el piso.

Nuestros labios se encontraron.

Al principio fue suave, casi tímido: su boquita rosada y pequeña presionando contra mis labios carnosos y pintados de rojo. Pero las semanas de contención explotaron. El beso se volvió lascivo, hambriento.

Abrí la boca y él me imitó torpemente, dejando que mi lengua entrara a buscar la suya. Gemí bajito contra sus labios mientras lo besaba con ganas, devorándolo. Lucas soltó un jadeíto inocente y respondió con más fuerza, sus manitas subiendo para agarrarme de los brazos. Su boquita era cálida, húmeda, y besaba con esa mezcla de torpeza e intensidad que solo alguien tan inocente podía tener.

El beso se hizo más profundo, más sucio. Chupé su labio inferior, mordí suavemente, y metí la lengua de nuevo, explorando su boca mientras él gemía contra mí. Mis pechos pesados se apretaban contra el borde de la mesa. Podía sentir el calor de su cuerpo pequeño, su respiración agitada, y cómo temblaba entero por el contacto.

-Elena… -susurró entre besos, usando mi nombre sin el «profesora» por primera vez, con la voz quebrada de placer.

No respondí con palabras. Solo lo besé más fuerte, más lascivo, dejando que toda la tensión acumulada saliera en ese beso interminable. Nuestras lenguas se enredaban, saliva se mezclaba, y mis labios dejaban marcas rojas en su boquita inocente.

Sus manitas subieron más, rozando tímidamente el costado de mis tetas por encima de la ropa.

Nos separamos solo cuando nos faltó el aire, con los labios hinchados y brillantes, mirándonos fijamente. Su carita estaba completamente roja, los ojos vidriosos de deseo, y yo sentía mi coño empapado, palpitando con fuerza.

Ninguno dijo nada por un momento.

Solo respirábamos agitados, conscientes de que acabábamos de cruzar una línea que ya no tenía vuelta atrás.

Ninguno de los dos dijo una sola palabra. Nuestras miradas lo decían todo: deseo puro, semanas de contención rompiéndose de golpe.

Tomé su manita pequeña y caliente entre la mía y lo jalé con urgencia hacia el sofá de la sala. Caminamos rápido, casi tropezando, el corazón latiéndome con fuerza en el pecho. En cuanto llegamos, lo empujé suavemente hacia atrás y me senté sobre él a horcajadas, mi falda subiéndose por mis muslos gruesos.

Volvimos a besarnos con intensidad salvaje.

Mi boca carnosa devoró su boquita rosada e inocente, metiendo la lengua profundamente, chupando y mordiendo sus labios con hambre.

Lucas gemía bajito contra mí, respondiendo con torpeza desesperada, sus manitas subiendo por mi cintura. El beso era húmedo, ruidoso, lleno de saliva y necesidad.

Nuestras lenguas se enredaban con fuerza, yo succionaba la suya y él intentaba seguir mi ritmo, jadeando dentro de mi boca.

Sin separarme de sus labios, empecé a desabotonar mi blusa blanca con dedos temblorosos de excitación. Me la quité de un tirón y la tiré al piso, quedando solo con el brasier negro de encaje que apenas contenía mis pechos grandes, pesados y maduros.

Mis tetas se desbordaban por encima de la tela, el escote profundo y tentador.

Lucas soltó un gemidito ahogado al verlas. Sus manitas pequeñas y ansiosas subieron inmediatamente a mi espalda, buscando torpemente el broche del brasier. Lo intentaba con desesperación, respirando agitado contra mi boca, sus deditos temblando y fallando una y otra vez mientras seguía besándome con ganas.

-Mmhh… -gemí contra sus labios, sintiendo su frustración y lo mucho que deseaba tocarme.

Al ver que no lograba desabrocharlo, me separé apenas un segundo de su boquita hinchada, llevé mis manos atrás y solté el broche con facilidad. El brasier se aflojó y lo dejé caer por mis brazos, liberando por completo mis pechos grandes, deliciosos y pesados.

Mis tetas maduras saltaron libres, grandes, suaves, con un leve balanceo natural. Los pezones grandes, oscuros y ya completamente erectos apuntaban hacia él, rodeados de areolas anchas. Eran pesadas, llenas, con esa suavidad y calidez de una mujer de 47 años que aún se mantenía muy deseable.

Lucas se quedó mirando mis tetas con los ojitos grandes abiertos de pura admiración y lujuria inocente. Su boquita rosada se entreabrió, respirando agitado, y sus manitas subieron lentamente, casi con reverencia, hasta tocarlas. Sus deditos pequeños se hundieron en la carne suave y caliente de mis pechos, apretándolos con torpeza pero con mucho deseo.

Yo gemí bajito, arqueando la espalda para empujar mis tetas más hacia su carita, sintiendo cómo mi coño maduro se empapaba completamente bajo la falda.

Mis pechos grandes y pesados subían y bajaban agitados, los pezones duros y oscuros apuntando hacia él. Lucas seguía sentado debajo de mí, con sus manitas pequeñas aún aferradas a mis tetas, apretándolas con esa mezcla de torpeza e inocencia que me volvía completamente loca. Podía sentir su pollita dura y palpitante presionando contra mi entrepierna a través de la ropa.

Necesitaba más. Lo necesitaba a él sobre mí.

Me levanté de su regazo con las piernas temblando de excitación y me recosté en el sofá, apoyando la espalda contra los cojines. Mi falda se subió hasta la cintura, dejando a la vista mis muslos gruesos y las bragas negras ya empapadas. Con ambas manos empecé a frotarme los pechos lentamente, amasándolos, levantándolos y dejándolos caer, pellizcando mis pezones grandes entre los dedos. Gemí bajito, mirándolo con ojos cargados de deseo.

-Ven aquí, mi niño… -susurré con voz ronca y maternal.

Hice una seña clara con el dedo índice, llamándolo hacia mí, curvándolo en un gesto inequívoco de «ven».

Lucas no necesitó más explicación. Sus ojitos grandes se iluminaron con esa inocencia hambrienta y se acercó rápido, casi gateando sobre el sofá hasta quedar entre mis piernas abiertas. Su carita quedó justo a la altura de mis tetas enormes.

Respiraba agitado, con la boquita rosada entreabierta y babeando un poco de anticipación.

Sin decir nada, se lanzó hacia adelante como un bebé hambriento.

Su boquita caliente se cerró alrededor de mi pezón derecho con avidez, chupando fuerte. Gemí alto, arqueando la espalda y empujando mi teta más profundo en su boca. Sus manitas pequeñas se aferraron al otro pecho, apretándolo con fuerza mientras succionaba con sonidos húmedos y obscenos.

-Ahhh… sí, así, mi niño… chupa más fuerte -jadeé, acariciándole el cabello revuelto con una mano.

Lucas mamaba con desesperación, como un bebé que por fin encontraba el alimento que tanto ansiaba.

Chupaba, succionaba, tiraba de mi pezón con los labios y la lengua, haciendo ruidos húmedos y glotones. Luego empezó a dar mordidas suaves, inocentes pero ansiosas, mordisqueando la carne blanda y sensible de mi teta grande, dejando pequeñas marcas rojas en mi piel madura. Cambiaba de un pecho al otro, enterrando su carita entre ellos, lamiendo el valle profundo entre mis senos, oliéndome, saboreándome.

-Mmhh… profesora Elena… tan suaves… tan ricas… -murmuraba contra mi piel entre chupada y chupada, con la voz ahogada.

Sus manitas pequeñas amasaban lo que su boquita no alcanzaba, apretando, hundiendo los deditos en la carne pesada de mis tetas. Yo me retorcía de placer debajo de él, frotando mis muslos contra sus costados, sintiendo cómo mi coño maduro goteaba de excitación. Su pollita seguía dura, presionando contra mi pierna mientras él se frotaba inconscientemente, perdido en el placer de devorar mis pechos.

Lo abrazaba contra mí, empujando su cabecita más profundo entre mis tetas, dejándolo ahogarse en ellas. Sus mordidas se volvían más ansiosas, sus chupadas más fuertes, dejando mis pezones hinchados, rojos y brillantes de su saliva. Cada lamida y cada mordidita enviaba descargas directas a mi clítoris.

-Buen chico… chupa las tetitas de tu profesora… así, mi Lucas… -gemía, completamente entregada al momento.

Su boquita inocente seguía trabajando mis pechos con hambre pura, como si nunca quisiera parar.

Seguimos disfrutando del momento con una intensidad que me hacía olvidar todo lo demás. Lucas estaba completamente entregado, su boquita rosada y caliente devorando mis tetas grandes y pesadas. Chupaba con hambre, mordisqueaba, lamía y gemía contra mi piel mientras sus manitas pequeñas amasaban todo lo que podían. Yo lo abrazaba contra mí, arqueando la espalda, gimiendo bajito y acariciando su cabecita revuelta. Mis pezones estaban hinchados, rojos y ultrasensibles por sus atenciones.

Cada chupada enviaba ondas de placer directo a mi coño empapado.

Pero la realidad golpeó de pronto.

Miré el reloj en la pared y me di cuenta de la hora.

-Lucas… mi niño… para -susurré con voz ronca y llena de deseo, aunque me costaba horrores decirlo.

Lucas soltó mi pezón izquierdo con un fuerte y obsceno sonido de succión: ¡plop! Unos gruesos hilos de saliva brillante conectaron su boquita hinchada y entreabierta con mi pezón erecto, estirándose antes de romperse. Su carita estaba completamente roja, los labios mojados de saliva y los ojitos vidriosos de placer. Miró mis tetas brillantes y babeadas con frustración pura.

-Profesora Elena… -protestó bajito, con voz temblorosa.

-Es mejor que te vayas ya, mi niño -dije con ternura, incorporándome un poco en el sofá y cubriendo mis pechos con un brazo-. Si no, vas a llegar muy tarde a tu casa y tus papás van a preguntar. No queremos problemas, ¿verdad?

Lucas se quedó un momento ahí, arrodillado entre mis piernas, con su pollita aún dura marcando claramente sus pantalones. Su expresión era de pura frustración infantil: cejas fruncidas, boquita haciendo puchero y manitas apretando los cojines del sofá. Estaba molesto, claramente quería seguir chupando y tocando, pero al final asintió con resignación. Se bajó del sofá y empezó a guardar sus cosas en la mochila con movimientos lentos y visiblemente contrariado.

Mientras él se alistaba, yo me puse de pie, todavía con las tetas al aire, pesadas y marcadas por sus mordidas y chupadas. Me acerqué a él y le acaricié la mejilla.

-Mañana es sábado -le dije bajito, con una sonrisa prometedora-. Tus papás salen en la tarde a cenar solos, ¿verdad? Ven cuando ellos ya no estén en casa. Podemos tener toda la tarde y parte de la noche solo para nosotros.

Lucas levantó la mirada, y sus ojitos se iluminaron de nuevo.

-¿De verdad, profesora?

-Sí, mi niño. Y esta vez… vas a tener un examen de Educación Sexual -añadí con voz más ronca, mirándolo fijamente-. Pero será un examen físico. Muy práctico. ¿Entiendes?

Lucas tragó saliva visiblemente, su pollita dio un brinco dentro del pantalón. Asintió con rapidez, entendiendo perfectamente lo que eso significaba.

-S-sí… entiendo, profesora Elena.

Antes de que se fuera, lo tomé suavemente de la barbilla, me incliné y le di un beso profundo en los labios.

No fue tierno esta vez: metí la lengua en su boquita, saboreándolo con ganas, chupando su labio inferior mientras él gemía contra mí. Nos besamos con hambre durante casi un minuto entero, mis tetas desnudas presionándose contra su pecho.

-Vete ya, mi niño… -susurré contra su boca cuando nos separamos, con un último mordisco suave a su labio-. Mañana te espero. No llegues tarde.

Lucas asintió, todavía aturdido y con la carita roja. Se colgó la mochila, me miró una última vez con deseo puro y salió por la puerta.

Me quedé sola en la sala, con los pechos marcados, el coño palpitando de necesidad y una sonrisa en los labios. Mañana iba a ser un día muy largo… y muy placentero.

El sábado por la mañana me desperté con una mezcla de nervios y excitación que hacía años no sentía.

Sabía que Lucas vendría en cuanto sus padres salieran de casa, y quería que esta tarde fuera inolvidable para él… y para mí.

Primero me metí a la ducha. Dejé que el agua caliente recorriera mi cuerpo maduro: mis pechos grandes y pesados, mis caderas anchas, mi culo redondo y mi coño ya ligeramente hinchado de solo pensar en lo que iba a pasar. Me lavé con cuidado, depilándome completamente para que todo estuviera suave y listo. Me puse crema hidratante con aroma a vainilla en todo el cuerpo, prestando especial atención a mis tetas y entrepiernas.

Después salí a comprar lencería erótica. Elegí un conjunto negro y rojo muy provocativo: un brasier semitransparente de encaje que apenas contenía mis pechos grandes, con aberturas que dejaban mis pezones al descubierto si se movía un poco; unas bragas tipo tanga con abertura en la entrepierna, y unas ligas que se ajustaban a mis muslos gruesos. Me veía como una verdadera MILF hecha para ser follada. Me sonrojé al mirarme en el probador, imaginando las manitas pequeñas de Lucas intentando tocar todo eso.

De vuelta en casa, me maquillé con esmero: labios rojos intensos, sombra oscura en los ojos para resaltar el verde, y un toque de rubor en las mejillas. Me peiné dejando mi cabello castaño suelto sobre los hombros.

Finalmente, me puse la lencería nueva y encima una bata de seda negra, corta y ajustada, que ocultaba todo pero dejaba entrever el encaje cuando me movía. El escote era generoso y la bata apenas cubría la mitad de mis muslos.

Ahora solo quedaba esperar.

Me senté en el sofá, crucé las piernas y miré el reloj. Pasó una hora… luego otra. El tiempo se hacía eterno. Empecé a ponerme nerviosa. ¿Y si se arrepintió? ¿Y si sus padres no salieron? ¿O tal vez se asustó después de lo de ayer? Caminaba de un lado a otro, la bata se abría ligeramente dejando ver el encaje negro contra mi piel madura. Mi coño ya estaba húmedo de anticipación y frustración.

«Quizá no venga…» pensé, mordiéndome el labio. Me sentía tonta y cachonda al mismo tiempo, una mujer de 47 años esperando a su alumno inocente como una adolescente.

Entonces sonó el timbre.

El corazón me dio un vuelco. Corrí hacia la puerta y la abrí sin dudar.

Ahí estaba Lucas, jadeando un poco como si hubiera venido corriendo todo el camino. Su carita inocente estaba sonrojada por el esfuerzo y la emoción, sus ojitos grandes y castaños brillaban con deseo y nerviosismo.

Llevaba ropa casual y su mochila colgada al hombro.

-Profesora Elena… llegué lo más rápido que pude -dijo con su vocecita bajita y entrecortada, mirándome de arriba abajo-. No quería perderme esto… no quería perderme de usted.

Sonreí con ternura y excitación, sintiendo cómo mis pezones se endurecían bajo la bata. Lo tomé de la manita y lo jalé suavemente hacia adentro, cerrando la puerta con llave detrás de él.

-Bienvenido, mi niño… -susurré, inclinándome para darle un beso suave en los labios-. Pensé que ya no vendrías. Pero ya estás aquí… y tenemos toda la tarde y la noche solo para nosotros.

Lucas tragó saliva visiblemente, sus ojos recorriendo la bata entreabierta, intuyendo lo que había debajo. Su boquita rosada se entreabrió y pude notar cómo su pollita empezaba a marcarse en sus pantalones.

Estaba listo. Y yo también.

Lo tomé de la manita con ternura pero firmeza y lo guié por el pasillo hasta mi habitación. La luz era suave, la cama grande y perfectamente hecha. Cerré la puerta detrás de nosotros, creando una intimidad total.

-Siéntate en la cama, mi niño -le dije con voz suave y autoritaria.

Lucas obedeció, sentándose en el borde del colchón. Sus manitas pequeñas se apoyaban en sus rodillas, apretándolas con fuerza. Su carita estaba roja como un tomate, los ojitos grandes y castaños llenos de nerviosismo puro. Intentaba calmarse respirando hondo, pero su pecho subía y bajaba rápido y sus piernas cortas se movían inquietas. Era adorable verlo así: tan inocente y abrumado por lo que estaba a punto de pasar.

Me paré frente a él, sonriendo con cariño y deseo.

-El examen empieza ahora, Lucas -anuncié con voz ronca-. Y vas a tener que aplicar todo lo que hemos aprendido en las clases de Educación Sexual. ¿Estás listo, mi niño?

Sin esperar respuesta, desaté el cinturón de la bata de seda negra y la dejé caer al piso con un movimiento lento y sensual. La lencería erótica quedó completamente expuesta: el brasier semitransparente de encaje negro y rojo que apenas contenía mis pechos grandes y pesados, con mis pezones oscuros visibles a través de la tela; la tanga con abertura en la entrepierna que ya dejaba ver mis labios hinchados y húmedos; las ligas ajustadas a mis muslos gruesos y maduros. Mi cuerpo de 47 años se mostraba en todo su esplendor: curvas generosas, tetas pesadas, caderas anchas y un coño maduro listo para él.

Lucas soltó un jadeíto ahogado, sus ojitos recorriéndome de arriba abajo con adoración y shock.

Gateé lentamente sobre la cama hacia él, como una gata en celo, moviendo las caderas con sensualidad. Mis pechos pesados se balanceaban con cada movimiento, casi escapando del brasier.

-Vamos, mi niño… aplica todo lo aprendido -susurré con voz cargada de deseo mientras me acercaba-. Toca, besa, chupa… todo lo que quieras. Hoy eres tú quien va a explorar a su profesora.

Llegué hasta su entrepierna. Me arrodillé entre sus piernas abiertas y, sin perder tiempo, desabroché su pantalón con dedos hábiles. Bajé la cremallera y tiré hacia abajo tanto los pantalones como los calzoncillos de un solo movimiento.

Su pollita saltó libre, completamente erecta y dura.

Era pequeña, como todo en su cuerpecito, pero estaba hinchada al máximo, roja, palpitante y con la cabecita brillante por el precum que ya le chorreaba. Se sacudía ligeramente con cada latido de su corazón, apuntando hacia arriba con desesperación. Sus manitas se cerraron en puñitos sobre la cama, claramente luchando por no tocarse.

-Oh, Lucas… mira cómo tienes tu pollita por mí -murmuré con ternura y excitación, mirándola de cerca. El olor a joven excitado me llegó fuerte y me humedeció aún más-. Está tan dura y tan necesitada…

Me incliné más, mi aliento cálido rozando su pollita pequeña mientras lo miraba desde abajo con ojos llenos de lujuria. Sus ojitos grandes estaban fijos en mí, llenos de nervios, deseo y absoluta entrega.

Me quedé unos segundos admirando su pollita pequeña, erecta y palpitante justo frente a mi cara. Era tan tierna y a la vez tan dura por mí… La cabecita roja brillaba con precum que ya empezaba a gotear. Respiré profundamente, inhalando su olor joven y excitado, y sentí cómo mi coño maduro se contraía de anticipación dentro de la tanga abierta.

Sin decir nada más, me incliné hacia adelante y saqué la lengua. Empecé despacio, lamiendo desde la base de su pollita hasta la punta, recorriendo toda su longitud con la lengua plana y caliente. Lucas soltó un respiro pesado, casi un gemido ahogado, y sus manitas apretaron con fuerza las sábanas de la cama.

-Mmm… qué rica está tu pollita, mi niño… -susurré contra su piel antes de abrir más la boca.

La metí entre mis labios carnosos y rojos, envolviéndola completamente.

Como era pequeña, podía tomarla entera sin esfuerzo. Empecé a chupar de arriba abajo, moviendo la cabeza con ritmo lento pero firme: bajaba hasta que mis labios rozaban su pubis y subía hasta casi sacarla, succionando con fuerza. Mi lengua no paraba de moverse, haciendo círculos alrededor de su cabecita sensible, lamiendo el frenillo y girando alrededor del glande hinchado.

-Ahh… ¡profesora! -jadeó Lucas con voz quebrada.

Sus respiraciones se volvieron pesadas y entrecortadas. Cada vez que yo bajaba la boca y apretaba los labios alrededor de su pollita, él soltaba un jadeo profundo y tembloroso, apretando las sábanas con sus manitas pequeñas hasta que los nudillos se le ponían blancos. Su cuerpecito se tensaba, las caderas se movían involuntariamente hacia arriba, intentando follar mi boca con torpeza inocente.

Yo gemía alrededor de su pollita, vibrando con la garganta mientras la chupaba con más intensidad. Subía y bajaba la cabeza más rápido, haciendo sonidos húmedos y obscenos: glup… glup… glup. Mi saliva corría por su pollita pequeña, bajando hasta sus bolas y mojando las sábanas. De vez en cuando sacaba la boca para darle lamidas largas y lentas, girando la lengua en círculos amplios alrededor de toda su longitud, y luego la volvía a meter hasta el fondo, succionando fuerte.

Lucas solo podía jadear.

Respiraciones pesadas, gemidos ahogados y pequeños «ahh… ahh…» salían de su boquita rosada entreabierta. Sus ojitos grandes estaban entrecerrados de placer, mirando hacia abajo cómo mi cabeza subía y bajaba entre sus piernas, mis pechos grandes balanceándose dentro del brasier erótico.

-Está… muy caliente… su boca… profesora Elena… -logró decir entre jadeos, casi sin aliento.

Yo lo miré desde abajo con ojos llenos de lujuria, sin sacar su pollita de mi boca. Aceleré un poco el ritmo, chupando con más fuerza, haciendo círculos rápidos con la lengua alrededor de la cabecita mientras mi mano subía para acariciar suavemente sus bolas pequeñas.

Sentía cómo su pollita palpitaba dentro de mi boca, cada vez más dura, más hinchada, preparada para explotar.

Sus manitas seguían aferradas a las sábanas con desesperación, su pecho subía y bajaba rápido y todo su cuerpecito temblaba de placer bajo mis atenciones.

Seguí chupando su pollita con devoción, moviendo la cabeza más rápido, succionando con fuerza mientras mi lengua no dejaba de hacer círculos húmedos alrededor de su cabecita sensible. Los jadeos pesados de Lucas llenaban la habitación, cada vez más desesperados. Sus manitas pequeñas seguían aferradas a las sábanas, arrugándolas con fuerza, y su cuerpecito temblaba debajo de mí.

Quería llevarlo al límite.

Me concentré en la punta y cerré los labios justo debajo de su cabecita. Con mucho cuidado, mordí suavemente el prepucio, estirándolo con mi boca.

Tiré de él lentamente hacia arriba, sintiendo cómo la piel suave y elástica se extendía entre mis labios carnosos.

Lucas soltó un jadeo agudo, mezcla de placer y sorpresa, arqueando la espalda.

-Ahhh… ¡profesora! -gimió con voz quebrada, sus ojitos grandes muy abiertos.

Mantuve la mordida suave unos segundos más, estirando ese prepucio tierno mientras mi lengua lamía la punta expuesta. Luego lo solté de golpe, dejando que su pollita pequeña rebotara húmeda y brillante de mi saliva, palpitando furiosamente en el aire. Un hilo grueso de saliva conectó mi boquita con su pollita por un segundo antes de romperse.

-No te vas a correr todavía, mi niño -susurré con voz ronca y maternal, mirándolo desde abajo con una sonrisa lujuriosa-. El examen apenas empieza.

Me incorporé, me subí completamente a la cama y me coloqué encima de él a horcajadas. Mi cuerpo maduro lo cubría, mis pechos grandes y pesados balanceándose peligrosamente cerca de su carita.

Lucas me miraba con adoración absoluta, respirando agitado, su pollita dura y mojada apuntando hacia arriba entre mis muslos.

Con una mano aparté la tanga erótica hacia un lado, dejando mi coño maduro completamente expuesto. Mis labios hinchados y empapados brillaban de excitación, el clítoris hinchado y mi entrada palpitando visiblemente. Me acomodé justo encima de su pollita, rozando la cabecita contra mis pliegues calientes y mojados.

-Ahora vas a recibir tus primeros sentones, Lucas… -gemí bajito, moviendo las caderas en círculos lentos, frotando su pollita contra mi coño sin dejarla entrar todavía-. ¿Estás listo para sentir el coñito de tu profesora?

Lucas solo pudo asentir frenéticamente, con la boquita entreabierta y las manitas subiendo tímidamente hacia mis caderas anchas. Su pollita palpitaba con fuerza contra mi entrada, lista para ser tragada.

Me incorporé un poco sobre él, admirando su pollita pequeña, roja y completamente empapada de mi saliva, palpitando desesperada contra mi muslo. Con una sonrisa maternal y lujuriosa, terminé de bajarle los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos y se los quité por completo, tirándolos al piso. Luego le ayudé a quitarse el polo, levantando sus bracitos para sacárselo por la cabeza.

Ahora Lucas estaba completamente desnudo debajo de mí, su cuerpecito pequeño y tierno expuesto, su pollita dura apuntando hacia arriba como una invitación.

-Así está mejor, mi niño… -susurré, recorriendo su pecho con mis manos.

Volví a colocarme encima de él a horcajadas, mis muslos gruesos y maduros a cada lado de su cuerpo.

Aparté nuevamente la tanga erótica hacia un lado con dos dedos, dejando mi coño caliente, hinchado y empapado completamente abierto para él. La cabeza de su pollita rozó mis labios mayores, mojándose aún más con mis jugos.

-Respira, Lucas… -le dije con voz ronca mientras agarraba su pollita con una mano y la guiaba hacia mi entrada.

Empecé a bajar lentamente.

Para mí era deliciosamente normal: mi coño maduro, experimentado y muy mojado se abrió sin resistencia, tragándose su pollita pequeña centímetro a centímetro con facilidad.

Sentí cómo sus paredes calientes y suaves la envolvían por completo hasta que mis labios inferiores besaron la base de su pubis. Gemí bajito de placer, moviendo las caderas en un círculo lento para sentirla bien adentro.

Para Lucas, en cambio, fue una explosión absoluta.

-Ahh… ¡ahh! -soltó un jadeo agudo y tembloroso cuando la cabeza de su pollita entró en mí. Sus ojitos grandes se abrieron como platos y su boquita rosada se quedó entreabierta en un grito silencioso.

Seguí bajando más y él empezó a perder el control. Sus manitas pequeñas se movían sin rumbo fijo, golpeando el colchón con golpes suaves y desesperados, apretando las sábanas, arañándolas. Todo su cuerpecito se tensaba debajo de mí.

-Pro… profesora… ¡es tan caliente… tan apretado… ahhh! -jadeó con voz quebrada, casi gritando de placer cuando finalmente estuve completamente sentada sobre él, su pollita pequeña enterrada hasta el fondo dentro de mi coño maduro.

Empecé a moverme despacio, subiendo y bajando con movimientos controlados. Cada vez que bajaba, su pollita entraba completamente y él soltaba un nuevo jadeo o gritito ahogado. Sus bracitos se agitaban, dando pequeños golpes al colchón mientras su carita se contorsionaba de placer puro e inocente. Sus piernas cortas temblaban debajo de mí.

-Está… está muy rico… su coñito… me aprieta toda la pollita… ¡ahh! ¡ahh! -gemía sin parar, respirando pesadamente, con los ojos entrecerrados y la boca abierta.

Yo lo miraba con ternura y excitación, apoyando mis manos en su pecho pequeño mientras cabalgaba lentamente sobre él. Mis pechos grandes se balanceaban pesadamente dentro del brasier erótico con cada movimiento, casi escapándose. Mi coño lo apretaba con cariño, envolviendo su pollita con calor húmedo y succionándola cada vez que subía.

-Tranquilo, mi niño… disfruta… siente cómo tu profesora te está follando… -gemí bajito, acelerando un poco el ritmo de los sentones.

Lucas solo podía jadear y gemir, moviendo sus manitas de forma descontrolada, golpeando suavemente el colchón con las palmas mientras su pollita palpitaba fuertemente dentro de mí. Sus caderas intentaban empujar hacia arriba de forma torpe e instintiva, buscando más profundidad, más placer.

Estaba completamente perdido en su primera vez dentro de un coño.

Me quedé sentada sobre él unos segundos, sintiendo cómo su pollita pequeña palpitaba fuertemente dentro de mi coño maduro, completamente envuelta por mis paredes calientes y empapadas. Era una sensación deliciosa: tan dura, tan ansiosa, llenándome aunque fuera modesta en tamaño. Lucas respiraba con dificultad, su carita completamente roja y sus ojitos grandes entrecerrados de placer abrumador.

Empecé a moverme despacio.

Subí lentamente las caderas hasta casi sacar su pollita de mi interior, dejando solo la cabecita dentro, y luego bajé con suavidad, tragándomela entera otra vez. Un sentón lento, profundo y caliente.

-Ahh… -gimió Lucas con voz temblorosa.

Repetí el movimiento, subiendo y bajando con deliberada lentitud, dejando que sintiera cada centímetro de fricción. Mi coño lo apretaba con cariño, succionándolo con cada bajada. Sus manitas pequeñas se movieron por instinto y se aferraron a mis caderas anchas y maduras, clavando sus deditos en la carne suave de mis muslos y nalgas.

-Tranquilo, mi niño… siéntelo bien -susurré con voz ronca, mirándolo desde arriba mientras continuaba con sentones lentos y profundos-. Siente el calorcito de mi coñito envolviendo tu pollita…

Lucas apretaba mis caderas con fuerza, sus manitas temblando mientras intentaba acostumbrarse a la intensidad. El calor húmedo de mi interior, la fricción apretada de mis paredes deslizándose arriba y abajo por su pollita sensible… todo era demasiado para él. Su boquita rosada estaba abierta, soltando jadeos cortos y entrecortados.

Poco a poco fui aumentando el ritmo.

Empecé a bajar más rápido, más fuerte. Mis caderas subían y caían con mayor urgencia, haciendo que mis pechos grandes rebotaran pesadamente dentro del brasier erótico. El sonido húmedo y obsceno de mi coño tragándose su pollita llenaba la habitación: plap… plap… plap…

-Ahh… ¡ahh! ¡Profesora Elena! -jadeó Lucas más fuerte, sus manitas apretando mis caderas con desesperación, intentando sujetarse mientras yo lo montaba.

Su pollita pequeña entraba y salía cada vez más rápido, completamente empapada de mis jugos. Yo gemía con cada bajada, sintiendo cómo su cabecita rozaba deliciosamente mis paredes internas. Mis muslos gruesos temblaban por el esfuerzo y el placer, y mi clítoris hinchado rozaba su pubis cada vez que me sentaba completamente sobre él.

-Así, mi niño… agárrame fuerte -gemí, acelerando todavía más. Mis caderas se movían con ritmo constante y profundo, follándolo con ganas-. ¿Te gusta el coñito de tu maestra? ¿Está rico y calentito para tu pollita?

Lucas solo podía gemir y jadear, sus manitas clavadas en mis caderas, apretando y soltando de forma instintiva mientras intentaba acostumbrarse a la abrumadora sensación. Su cuerpecito se sacudía debajo de mí con cada sentón, sus piernitas cortas temblando y su boquita soltando gemiditos inocentes y desesperados. Sus ojitos no se apartaban de mis tetas rebotando ni de mi cara de placer.

Yo seguía cabalgándolo con más fuerza, disfrutando cada reacción de su inocencia, cada jadeo, cada vez que su pollita palpitaba dentro de mí.

Seguía cabalgándolo con ritmo constante, mis caderas subiendo y bajando, sintiendo cómo su pollita pequeña entraba y salía completamente de mi coño empapado. Los sonidos húmedos llenaban la habitación y las manitas de Lucas seguían aferradas con fuerza a mis caderas anchas, clavando sus deditos en mi carne madura.

Me incliné hacia adelante lentamente, dejando que mis pechos grandes y pesados se presionaran contra su pecho pequeño. Mi cara quedó muy cerca de la suya. Podía sentir su respiración agitada, caliente contra mis labios.

-Ven aquí, mi niño… -susurré con voz ronca antes de capturar su boquita rosada en un beso profundo y lascivo.

Lo besé con hambre, metiendo mi lengua en su boca mientras aceleraba poco a poco el movimiento de mis caderas. Al principio seguían siendo sentones profundos y controlados, pero cada vez más rápidos, más fuertes. Mis nalgas chocaban contra sus muslos con más intensidad: plap… plap… plap…

Lucas gemía dentro de mi boca, su boquita intentando seguirme en el beso pero temblando de placer. Su lengua se enredaba torpemente con la mía, saliva mezclándose mientras yo lo devoraba. Sus manitas subieron desde mis caderas hasta mi espalda, abrazándome con desesperación, apretándome contra él.

-Mmhh… ahh… profesora… -jadeaba entre besos, con la voz quebrada.

Yo aceleraba más y más, follándolo con ganas. Mi coño apretaba su pollita con cada bajada, succionándola, envolviéndola en calor húmedo y fricción perfecta. Mis tetas se aplastaban contra su pecho y mis pezones duros rozaban su piel. El beso se volvía más sucio, más baboso: chupaba su labio inferior, mordía suavemente, metía la lengua hasta el fondo mientras mis caderas se movían como una máquina, dando sentones rápidos y profundos.

Lucas disfrutaba todo el acto con el cuerpo entero. Sus ojitos grandes se ponían en blanco de placer, su boquita no paraba de gemir y jadear contra la mía, y sus piernitas cortas temblaban debajo de mí. Pero también se notaba que hacía un esfuerzo enorme por aguantar. Apretaba los dientes, fruncía el ceño, y sus manitas se clavaban con más fuerza en mi espalda y en mi culo, intentando controlarse para no correrse tan pronto.

-Está… demasiado rico… su coñito me aprieta… ahh… ahh… no quiero acabar todavía… -logró decir entre jadeos y besos, con voz temblorosa e inocente.

Su pollita palpitaba violentamente dentro de mí, hinchada al máximo, rozando todas mis paredes sensibles.

Cada vez que bajaba con fuerza, él soltaba un gritito ahogado y movía sus manitas de forma descontrolada, arañando suavemente mi espalda, apretando mi culo maduro, tratando de aguantar el placer abrumador que le estaba dando su profesora.

Yo sonreía contra sus labios, acelerando todavía más el ritmo, moviendo las caderas en círculos mientras lo besaba con pasión. Quería llevarlo al límite, disfrutar de su inocencia luchando por no explotar dentro de mí.

-Buen chico… aguanta un poquito más para mí… -gemí contra su boquita, mordiendo su labio inferior mientras seguía follándolo sin piedad.

No podía parar. El placer de sentir su pollita pequeña pero tan dura dentro de mí era adictivo. Aceleré el ritmo de mis sentones, subiendo y bajando mis caderas con más fuerza y velocidad.

Mis nalgas gruesas chocaban contra sus muslos cada vez más rápido: plap-plap-plap-plap. Mi coño maduro lo tragaba entero con cada bajada, apretándolo con fuerza, envolviéndolo en calor húmedo y jugos que chorreaban por sus bolas.

Lucas empezaba a perder el control por completo. Su respiración se volvió rapidísima, casi desesperada, jadeos cortos y agudos que salían de su boquita rosada entreabierta. Su carita estaba roja, sudada, con los ojitos entrecerrados y las cejas fruncidas en una mezcla de placer abrumador y esfuerzo por aguantar.

-Lucas… -gemí contra su boca, sin dejar de montarlo con fuerza-. Si quieres correrte, mi niño… hazlo ahora… ¡No te aguantes más!

Aumenté todavía más la velocidad.

Mis caderas se movían como una posesa, dando sentones rápidos, profundos y fuertes. Mis pechos grandes rebotaban salvajemente contra su pecho. El sonido húmedo de mi coño follándolo resonaba fuerte en la habitación.

-¡Córrete, Lucas! -le dije subiendo el volumen de mi voz, casi ordenándole-. ¡Córrete dentro de tu profesora! ¡Vamos, mi niño! ¡Déjalo salir todo!

-Ahh… ahh… ¡Profesora Elena! -gimió él con voz quebrada.

Cerró los ojitos con fuerza, su carita se contrajo de placer absoluto y soltó un pequeño grito agudo y tembloroso:

-¡Aaaahhh!

No paré ni un segundo. Seguí cabalgándolo con fuerza, apretando mi coño alrededor de su pollita, moviendo las caderas en círculos rápidos mientras le susurraba y gemía cerca de su oído:

-Córrete… córrete para mí… ¡siente cómo te ordeña mi coñito!

Lucas temblaba entero debajo de mí.

Sus manitas pequeñas se clavaron con desesperación en mis nalgas, apretándolas con toda su fuerza. Todo su cuerpecito se tensó de repente… y finalmente se corrió.

Sentí cómo su pollita palpitaba violentamente dentro de mí, contrayéndose varias veces. Soltó chorritos cortos y calientes de semen, muy poco debido al tamaño de su pollita, pero cada pulsación era intensa. Me llenó apenas un poco, pero el sentimiento de su pollita latiendo y descargándose dentro de mi coño maduro me hizo gemir de placer.

-Así… eso es, mi niño… córrete todo dentro de mí… -susurré con voz ronca, sin dejar de moverme más lento ahora, ordeñando hasta la última gota de su pollita mientras él jadeaba y gemía con la boca abierta, completamente perdido en el orgasmo.

Cuando por fin dejó de temblar y su pollita empezó a suavizarse dentro de mí, me detuve y me quedé sentada sobre él, sintiendo su semen tibio dentro. Lucas tenía los ojitos cerrados, respirando con dificultad, la carita empapada de sudor y una expresión de placer absoluto y agotamiento.

Me incliné y le di un beso suave en los labios, acariciándole el cabello revuelto con ternura.

-¿Cómo te sientes, mi niño? -pregunté bajito, todavía con su pollita dentro de mí.

Lucas seguía debajo de mí, jadeando con la boca abierta, su carita completamente roja y empapada de sudor. Sus ojitos grandes y castaños estaban vidriosos, perdidos en el placer. Su pollita pequeña aún palpitaba débilmente dentro de mi coño, soltando las últimas gotitas de semen. Me quedé sentada sobre él, sintiendo su calor y su respiración agitada contra mis pechos.

-Profesora Elena… -murmuró con voz temblorosa y entrecortada-. Eso… eso fue… lo mejor que he sentido en toda mi vida… Su coñito es tan caliente… tan rico… Nunca había sentido algo así…

Sonreí con ternura, acariciándole la mejilla con una mano mientras movía suavemente las caderas, manteniendo su pollita aún dentro de mí.

-Me alegra mucho oír eso, mi niño -respondí con voz suave y maternal-. Me hace muy feliz saber que tu primera vez dentro de un coño fue tan placentera.

Me incliné más cerca de su carita, rozando sus labios con los míos y mirándolo fijamente a los ojos. Mi expresión cambió a algo más juguetona y dominante, aunque mantuve una sonrisa cálida y cariñosa.

-Pero… los jovencitos que se corren tan rápido merecen un castigo, ¿no crees? -susurré contra su boquita-. No puedo permitir que termines tan pronto en tu examen práctico. Voy a seguir hasta vaciarte por completo, mi Lucas… hasta que esa pollita no pueda dar ni una gota más.

Le di una sonrisa cálida, casi amorosa, pero mis ojos brillaban con lujuria pura. Mis caderas empezaron a moverse de nuevo, lentos círculos provocadores, apretando mi coño alrededor de su pollita sensible que apenas empezaba a ablandarse.

Lucas tragó saliva visiblemente. Su boquita se abrió y cerró sin emitir sonido al principio. Sus ojitos se abrieron más, llenos de una mezcla de excitación, miedo y anticipación. Podía sentir cómo su pollita daba un pequeño brinco dentro de mí solo con mis palabras.

-P-profesora… -balbuceó bajito, tragando saliva otra vez con dificultad. Sus manitas pequeñas seguían aferradas a mis caderas, temblando ligeramente. Sabía exactamente lo que le esperaba. Sabía que no iba a parar.

Me incorporé un poco, todavía sentada sobre él, y empecé a subir y bajar de nuevo con movimientos lentos pero firmes, sintiendo cómo su pollita empezaba a endurecerse otra vez dentro de mi coño lleno de su semen y mis jugos.

-Buen chico… -ronroneé con cariño-. Prepárate, porque ahora sí voy a follarte como se debe.

Lo empujé suavemente hacia atrás hasta que quedó completamente acostado en la cama y me coloqué encima de él un momento más, besándolo con hambre. Luego me levanté, me quité la tanga y el brasier por completo, quedando totalmente desnuda. Me acosté de espaldas, abrí las piernas y lo jalé hacia mí.

-Ven, mi niño… ahora vas a follarme en misionero -susurré.

Lucas se colocó entre mis muslos gruesos, su pollita pequeña ya dura otra vez. Lo guié con la mano y él empujó torpemente. Gemí cuando entró en mí. Su cuerpecito pequeño se acomodó sobre el mío, sus manitas apoyándose a los lados de mi cabeza. Empezó a mover las caderas de forma instintiva, metiendo y sacando su pollita con jadeos cortos.

-Así… más adentro, Lucas… -gemí, abrazándolo contra mí.

Sus embestidas eran cortas pero ansiosas. Sentía su pollita entrando y saliendo de mi coño caliente mientras sus manitas se aferraban a mis hombros. Sus ojitos grandes me miraban con adoración y placer, su boquita entreabierta soltando gemidos contra mis tetas que rebotaban con cada empujón. Lo abracé fuerte, envolviéndolo con mis piernas mientras él follaba con toda su inocente energía.

Después de un rato lo detuve y lo hice acostarse de lado. Me coloqué frente a él, levanté uno de mis pechos grandes y se lo acerqué a la boquita.

-Chupa, mi niño… chupa fuerte mientras yo te masturbo.

Lucas se lanzó como un bebé hambriento. Su boquita se cerró alrededor de mi pezón y empezó a chupar con fuerza, mordisqueando y gimiendo contra mi teta. Al mismo tiempo, mi mano envolvió su pollita pequeña, aún mojada de mi coño, y empecé a masturbarlo despacio.

Subía y bajaba la mano con movimientos firmes, apretando justo debajo de la cabecita, girando la muñeca. Sus manitas pequeñas se aferraban a mi teta que estaba chupando, amasándola mientras succionaba con sonidos húmedos y glotones. Sus jadeos vibraban contra mi pezón.

-Mmhh… qué rico chupas… -gemí, acelerando la masturbación.

Su pollita palpitaba en mi mano, dura y caliente. Lucas gemía más fuerte contra mi pecho, sus caderas empujando hacia mi puño mientras seguía devorando mi teta, babeándola entera.

Lo empujé para que se acostara de espaldas otra vez y me subí encima con urgencia. Aparté mis labios hinchados y me senté de golpe, tragándome toda su pollita de una sola vez.

-Ahora sí… voy a follarte yo otra vez -jadeé.

Empecé a dar sentones fuertes y rápidos. Mis caderas subían y caían con fuerza, haciendo que mis tetas grandes rebotaran salvajemente.

Lucas gemía debajo de mí, sus manitas agarrando mis muslos con desesperación. Su pollita entraba y salía completamente, empapada, mientras yo lo montaba sin piedad, moviendo las caderas en círculos y apretando mi coño alrededor de él.

-Ahh… profesora… ¡su coñito me va a matar! -gritaba entre jadeos, su carita contorsionada de placer.

Yo gemía alto, cabalgándolo cada vez más rápido, sintiendo cómo su pollita pequeña rozaba todos mis puntos sensibles.

-Ahora quiero que me folles tú desde atrás, mi niño -le dije con voz ronca.

Me puse en cuatro sobre la cama, arqueando la espalda y levantando mi culo maduro y redondo hacia él.

Lucas se arrodilló detrás de mí, su pollita dura y temblorosa. Lo ayudé a colocarse y empujó.

-Así… métela toda -gemí.

Sintió cómo entraba en mi coño desde atrás. Sus manitas pequeñas se aferraron a mis caderas anchas y empezó a follarme con embestidas cortas pero ansiosas. Su cuerpecito chocaba contra mi culo, produciendo sonidos húmedos y fuertes. Cada empujón hacía que mis tetas grandes se balancearan debajo de mí.

Lucas jadeaba con fuerza, sus manitas apretando mi carne mientras intentaba meterla lo más profundo posible. Su pollita entraba y salía rápidamente, follándome con toda la energía que le quedaba.

-Más fuerte, Lucas… ¡fóllame! -gemí, empujando mi culo hacia atrás contra él.

Él aumentó el ritmo lo mejor que pudo, gimiendo y jadeando, sus manitas recorriendo mi espalda y mi culo mientras me penetraba una y otra vez. Su pollita palpitaba dentro de mí, acercándose de nuevo al límite.

Estaba en cuatro sobre la cama, con el culo levantado y el arco en la espalda, ofreciéndole mi coño maduro y empapado. Lucas, arrodillado detrás de mí, empujaba con toda su energía inocente. Su pollita pequeña entraba y salía de mí con embestidas rápidas y cortas, produciendo sonidos húmedos y obscenos cada vez que chocaba contra mi culo grande y redondo.

De pronto, sus manitas pequeñas empezaron a darme nalgadas instintivas.

¡Plaf! ¡Plaf!

Eran nalgadas torpes pero cargadas de deseo, sus deditos impactando contra mis nalgas maduras. Gemí alto de placer, sintiendo cómo cada golpe enviaba ondas calientes directamente a mi clítoris.

-Ahhh… ¡sí, Lucas! ¡Así! -jadeé, empujando mi culo hacia atrás contra él.

El sonido de sus manitas golpeando mi carne lo envalentonó. Aumentó la fuerza de sus embestidas con las pocas fuerzas que le quedaban. Su cuerpecito pequeño chocaba contra mí con más urgencia, su pollita entrando y saliendo más rápido, follándome con desesperación. Cada nalgada iba acompañada de un empujón más profundo, aunque sus movimientos eran cortos y frenéticos.

-Profesora… su culo… se siente tan rico… -gemía con voz rota, casi sin aliento.

Yo gemía más fuerte con cada nalgada y cada embestida, moviendo mi culo en círculos para ayudarlo. Mis tetas grandes se balanceaban pesadamente debajo de mí, rozando las sábanas.

Lucas aceleró todo lo que pudo, sus manitas dando nalgadas más seguidas mientras follaba con todo su ser. Sus jadeos se volvieron cada vez más agudos y desesperados.

Finalmente, dio unas últimas embestidas fuertes y cortas, clavando sus deditos en mis caderas con fuerza.

-Ahh… ¡ahh…! ¡Profesora Elena! -gritó con voz quebrada.

Se corrió dentro de mí con todo lo que le quedaba. Sentí cómo su pollita pequeña palpitaba violentamente, soltando chorritos calientes y débiles de semen dentro de mi coño. Se vació por completo, temblando entero contra mi culo.

Cuando terminó, Lucas se desplomó hacia un lado, cayendo exhausto sobre la cama. Quedó tirado boca arriba, completamente sudado, el pecho subiendo y bajando con dificultad, respirando con jadeos cortos y débiles. Apenas tenía fuerzas para abrir los ojos. Su boquita estaba entreabierta, buscando aire.

Su pollita, ahora fuera de mí, estaba toda roja, hinchada, magullada y extremadamente sensible por la intensa fricción de mi coño. Palpitaba débilmente sobre su vientre, brillante de nuestros jugos mezclados, luciendo casi dolorida después de tanto uso.

Pequeñas gotitas de semen seguían saliendo de la punta.

Me giré y me acosté a su lado, acariciándole el cabello revuelto con ternura mientras observaba su estado. Estaba absolutamente agotado, con el cuerpo temblando y la carita llena de placer y cansancio extremo.

-Descansa, mi niño… -susurré besando su frente sudada-. Lo hiciste muy bien hoy.

Lucas solo pudo emitir un débil gemidito de respuesta, demasiado exhausto para hablar.

Lucas estaba completamente destruido sobre la cama, sudado, respirando con dificultad y con los ojitos entrecerrados. Su pollita roja e hinchada descansaba sobre su vientre, palpitando débilmente y luciendo muy sensible. Me quedé a su lado, acariciando suavemente su pecho pequeño y sudoroso, dándole tiempo para recuperarse.

De pronto, reunió las pocas fuerzas que le quedaban y murmuró con voz ronca y débil:

-Agua…

Sonreí con ternura y le besé la frente.

-Ahora mismo, mi niño.

Me levanté de la cama, todavía desnuda, sintiendo cómo su semen se deslizaba lentamente por el interior de mis muslos. Fui a la cocina, llené un vaso grande con agua fresca y regresé rápidamente a la habitación.

Me senté en el borde de la cama y lo ayudé a incorporarse un poco, sosteniendo su cabecita con una mano.

-Toma, bebe despacio… aunque sé que no me vas a hacer caso -dije con cariño.

Lucas agarró el vaso con sus manitas temblorosas y lo bebió todo de un tirón, con desesperación. Tragaba con avidez, sin dejar ni una gota, como si hubiera corrido un maratón. Cuando terminó, soltó un suspiro largo y me devolvió el vaso vacío. Se recostó de nuevo, respirando un poco más calmado, aunque todavía exhausto.

Me acosté a su lado y lo atraje hacia mí. Lucas se acurrucó inmediatamente contra mi cuerpo maduro, buscando calor y consuelo.

Juntó su cabecita contra mis pechos grandes y pesados, descansando su mejilla sobre uno de ellos mientras su boquita rozaba mi piel. Mis brazos lo rodearon, abrazándolo con ternura, y una de mis manos le acariciaba el cabello revuelto.

-¿Cómo te sientes, mi Lucas? -pregunté bajito, besando la coronilla de su cabeza.

-Fue… increíble, profesora Elena -murmuró contra mis tetas, con voz aún débil pero llena de emoción-. Nunca imaginé que se sentiría tan rico… estar dentro de usted, tocarla, que me montara… Todo. Pero… mi pollita me duele mucho ahora. Está muy roja y sensible…

Miré hacia abajo y vi su pollita pequeña todavía hinchada y magullada, descansando sobre su muslo. Acaricié suavemente su mejilla.

-Lo siento, mi niño… -susurré con arrepentimiento sincero, aunque una parte de mí disfrutaba del recuerdo-. Tal vez me pasé un poco. Te follé con demasiada fuerza y por mucho tiempo. Tu pollita no está acostumbrada a tanto. Pero no pude contenerme… estabas tan rico y tan duro para mí.

Lucas negó levemente con la cabeza, hundiendo más su carita entre mis pechos grandes y suaves.

-No importa… valió la pena -dijo bajito, respirando mi olor-. Me gustó mucho. Aunque ahora me duele, solo de recordar cómo se sentía su coñito apretándome… ya quiero más.

Sonreí y lo abracé más fuerte, apretando su cabecita contra mis tetas mientras le acariciaba la espalda con lentas caricias. Su boquita rozaba uno de mis pezones, y sentí cómo suspiraba de placer y cansancio al mismo tiempo. Nuestros cuerpos desnudos estaban entrelazados, sudados y satisfechos. Su pollita magullada descansaba contra mi muslo, todavía sensible.

-Descansa ahora, mi niño -susurré con voz maternal, besando su cabello-. Hoy ya te vacié por completo. Mañana veremos cómo sigue tu pollita… y si necesita más atención de tu profesora.

Lucas solo asintió débilmente, acurrucándose más profundo entre mis pechos, como si ese fuera el lugar más seguro y placentero del mundo. Su respiración se fue calmando poco a poco contra mi piel, mientras yo lo abrazaba con cariño, sintiendo una mezcla de ternura, deseo y satisfacción profunda.

Nos quedamos abrazados en la cama, mi cuerpo maduro envolviendo su cuerpecito pequeño. Lucas tenía la carita hundida entre mis pechos grandes y suaves, respirando con calma contra mi piel. El cansancio lo venció rápido y yo también me dejé llevar. Nos dormimos profundamente durante media hora, piel contra piel, sudados y satisfechos.

Desperté primero. La luz de la tarde ya empezaba a bajar y la noche se acercaba. Le acaricié el cabello revuelto con ternura y le besé la frente.

-Lucas, mi niño… despierta -susurré suavemente.

Él abrió sus ojitos grandes y castaños, aún adormilado, y sonrió tímidamente al verme. Su pollita magullada descansaba contra mi muslo.

-Vamos a bañarnos juntos antes de que te vayas -propuse con una sonrisa cálida-. Ya está anocheciendo y no quiero que llegues tarde a casa.

Lo ayudé a levantarse. Sus piernitas estaban un poco temblorosas. Lo llevé al baño de la mano y abrí la ducha. El agua caliente empezó a caer sobre nosotros. Me metí primero y lo jalé hacia mí, abrazándolo bajo el chorro.

Enjaboné su cuerpecito con cuidado, pasando la esponja por su pecho, su espalda y, muy suavemente, alrededor de su pollita roja e hinchada. Lucas suspiraba de placer y alivio mientras yo lo lavaba.

Mientras lo enjabonaba, le hablé con voz suave y cariñosa:

-Pasaste el examen de Educación Sexual con nota máxima, mi niño. Sin duda alguna. Estuviste increíble. Por haberlo hecho tan bien… a partir de ahora en mis clases lo tendrás todo fácil. No vas a necesitar hacer tareas ni estudiar. Siempre vas a tener buenas notas. Solo ven a las asesorías… y a verme.

Lucas levantó la mirada, sus ojitos brillando de felicidad y gratitud. Asintió con su boquita entreabierta.

Terminamos de bañarnos, lo sequé con una toalla grande y lo ayudé a vestirse. Cuando estuvo listo, lo acompañé hasta la puerta principal. La noche ya caía afuera.

Antes de abrir, Lucas se detuvo y me miró con esa inocencia que tanto me enternecía.

-Profesora Elena… gracias por esta experiencia. Fue lo más bonito y lo más rico que me ha pasado en la vida.

Sonreí con ternura. Me incliné lo suficiente para quedar a su altura, tomé su carita entre mis manos y lo besé profundamente. Nuestros labios se unieron con cariño y deseo residual. El beso fue largo, cálido, con nuestras lenguas rozándose suavemente.

-No hay de qué, mi Lucas -susurré contra sus labios.

Él me miró a los ojos, sonrojado pero sincero:

-Te quiero mucho, profesora Elena…

-Y yo a ti, mi niño -respondí con una sonrisa suave, acariciando su mejilla-. Yo también te quiero mucho.

Nos dimos un último beso corto y luego abrí la puerta. Lucas se colgó la mochila al hombro, me miró una vez más con esa boquita rosada curvada en una sonrisa tímida y se fue por el pasillo hacia la salida del edificio.

Cerré la puerta y me apoyé contra ella, todavía desnuda bajo la bata que me había puesto rápidamente. Mi coño aún sentía los restos de su semen y mi cuerpo vibraba con todo lo que había pasado. Sonreí para mí misma, sabiendo que esto apenas estaba comenzando.

Los días siguientes volvieron a la normalidad aparente. Lucas regresaba a las clases regulares en el colegio, y yo seguía dando mis lecciones como siempre. Pero todo había cambiado entre nosotros. Cada mirada que cruzábamos estaba cargada de complicidad y deseo.

Esa tarde, en la última clase del día, noté que Lucas estaba muy triste.

Tenía la cabecita baja, los hombros caídos y apenas participaba. Sus manitas pequeñas jugueteaban nerviosas con el lápiz, pero su boquita rosada estaba apretada en una línea de frustración. Era evidente que las otras materias lo estaban superando; sin mi ayuda personalizada, todo se le hacía cuesta arriba.

Cuando sonó el timbre y todos los alumnos salieron del aula, cerré la puerta y me acerqué a su pupitre.

-No te preocupes, mi niño -le dije con voz suave y cariñosa-. Todo va a estar bien.

Lucas levantó lentamente la cabeza, sus ojitos grandes y castaños llenos de tristeza. Pero al mirarme, su expresión cambió por completo.

Me había desabotonado la blusa blanca con rapidez y me había subido el brasier, dejando mis pechos grandes, pesados y maduros completamente expuestos frente a él.

Mis tetas colgaban libres, los pezones grandes y oscuros ya endurecidos por la excitación del momento. Estábamos solos en el aula, y la luz de la tarde entraba por las ventanas iluminando mi piel.

Lucas se quedó congelado un segundo, con la boquita entreabierta y los ojos muy abiertos.

-Con gusto te ayudaré con las otras materias también, Lucas -susurré, mirándolo con una sonrisa cómplice y llena de promesas-. Vendrás a mi departamento cuando lo necesites… y yo me encargaré personalmente de que todo te vaya bien. ¿Entendido?

Le lancé una mirada cargada de lujuria y ternura al mismo tiempo.

Lucas tragó saliva, pero poco a poco una sonrisa tímida y traviesa apareció en su boquita rosada. Sus manitas pequeñas bajaron discretamente y se colocaron sobre su entrepierna, donde ya se notaba un pequeño bulto empezando a formarse bajo sus pantalones. Apretó ligeramente, avergonzado pero claramente excitado.

-S-sí, profesora Elena… -murmuró bajito, sin dejar de mirar mis tetas expuestas.

Me abroché la blusa con lentitud, cubriéndome de nuevo, pero la imagen ya estaba grabada en su mente. Le guiñé un ojo y le acaricié la mejilla con el dorso de la mano antes de separarme.

-Ahora ve a casa, mi niño. Mañana seguimos.

Lucas se levantó, todavía sonriendo y con las manitas intentando disimular su excitación. Salió del aula con pasos más animados, mirando hacia atrás una última vez.

Y así, con esa promesa silenciosa flotando entre nosotros, nuestra historia prohibida continuaba.

———————————-

¡Y así termina esta historia tan caliente y prohibida! ❤️

Espero de corazón que les haya gustado tanto como a mí escribirla.

Me encantó crear esta dinámica entre Elena, la MILF madura y experimentada, y el inocente de Lucas. Fue muy divertido y excitante explorar esa mezcla de ternura, dominación suave y deseo prohibido.

Si les gustó el relato, cuéntenme qué les pareció en los comentarios: ¿Qué escena fue su favorita? ¿Les gustó más la parte lenta y de tensión o las escenas más explícitas?

Y sobre todo… ¡déjenme ideas para más historias! Puedo continuar esta misma si quieren (más encuentros, riesgos en el colegio, celos, etc.) o crear una nueva, así que me encanta escribir estas fantasías con mucho detalle y sentimiento.

¿Les gustaría una segunda parte? ¿Otra historia con temática similar? ¡Los leo!

12 Lecturas/18 junio, 2026/0 Comentarios/por Amy_young15
Etiquetas: amigos, colegio, madura, maduro, maduros, mayor, mayores, sexo
Compartir esta entrada
  • Facebook Facebook Compartir en Facebook
  • X-twitter X-twitter Compartir en X
  • Whatsapp Whatsapp Compartir en WhatsApp
  • Paper-plane Paper-plane Compartir en Telegram
Quizás te interese
Sexualidad juvenil (Parte 1)
Cada tarde es mejor…
Con mi primo nos fallamos a mi tía borracha
DESCUBRIENDO EL DESCAMPADO 2ª PARTE
Mi sobrino en Badoo
Con sobrina de 16
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Siguenos en X/Twitter
Únete a nuestro grupo en Telegram

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.495)
  • Dominación Hombres (4.626)
  • Dominación Mujeres (3.369)
  • Fantasías / Parodias (3.750)
  • Fetichismo (3.036)
  • Gays (23.158)
  • Heterosexual (9.047)
  • Incestos en Familia (19.559)
  • Infidelidad (4.793)
  • Intercambios / Trios (3.395)
  • Lesbiana (1.220)
  • Masturbacion Femenina (1.116)
  • Masturbacion Masculina (2.155)
  • Orgias (2.268)
  • Sado Bondage Hombre (493)
  • Sado Bondage Mujer (213)
  • Sexo con Madur@s (4.787)
  • Sexo Virtual (282)
  • Travestis / Transexuales (2.581)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.748)
  • Zoofilia Hombre (2.353)
  • Zoofilia Mujer (1.728)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba