La niña del piso de abajo
Se llama Martina y tiene cinco años. Desde que tenía tres años, sus padres comenzaron a dejarla subir sola a mi casa. Al principio era solo por unos minutos: «Ve a ver si el vecino está, cariño, mamá y papá están ocupados». Yo era el vecino del quinto, el hombre solo y tranquilo que nunca se….
Sus padres discutían con una ferocidad contenida, como si temieran que los vecinos escucharan la verdad de su matrimonio roto. Las voces subían de tono por las tardes, las puertas se cerraban con violencia contenida y el aire se volvía espeso, irrespirable.
Entonces, como un pequeño animal que busca refugio, Martina subía las escaleras descalza. Tres golpecitos suaves en mi puerta. Yo abría y allí estaba ella, con los ojos todavía húmedos de haber escuchado cosas que no debía entender, pero que ya empezaban a marcarla.
Al principio solo venía a pedir un vaso de agua fría o una galleta. Yo se la daba sin hacer preguntas. Me sentaba en el sillón y la dejaba moverse por el salón a su antojo, como si mi casa fuera un territorio neutral, un lugar donde las voces altas no llegaban. Con el tiempo, aquellas visitas se volvieron más largas. Martina descubrió que aquí nadie le decía «cállate», «siéntate bien» o «no molestes». Aquí podía quitarse los zapatos, tumbarse en el sofá, hablar sola o quedarse en silencio.
Con el tiempo, aquellas visitas se volvieron un ritual. Sus padres discutían y el piso de abajo se llenaba de voces altas y puertas que se cerraban con fuerza. Martina subía las escaleras, llamaba con sus tres golpecitos suaves y entraba en mi casa como si fuera una extensión natural de su propio mundo.
Yo nunca le preguntaba nada. Simplemente le abría la puerta, le ofrecía algo fresco para beber y dejaba que se moviera por el salón con total libertad. Ella había crecido confiando en mí como se confía en un árbol grande y silencioso: algo seguro, algo que no grita, algo que siempre está ahí.
Para Martina, yo no era un extraño. Era «el señor de arriba», el hombre que nunca la regañaba, que nunca le decía «no hagas eso» y que la miraba con una paciencia infinita. Para mí… ella se había convertido en el secreto más peligroso y más dulce de mi vida.
Todas las tardes, cuando el reloj marca las siete y media, oigo los tres golpecitos suaves en mi puerta. Son siempre los mismos: débiles, casi tímidos, como si temiera molestar. Abro y allí está ella, de pie en el descansillo, con su vestidito rosa de tirantes que apenas le cubre la mitad de los muslos. El pelo castaño le cae en mechones desordenados sobre la frente y sus ojos grandes, de un marrón muy claro, me miran con esa seriedad absoluta que solo tienen los niños.
—Hace mucho calor—dice siempre, con esa vocecita aguda y cantarina que parece venir de otro mundo.
No espera respuesta. Entra descalza, dejando las huellas invisibles de sus pies pequeños sobre mi suelo de madera. El vestidito se le sube un poco al caminar y deja ver el comienzo de sus nalgas redondas y blancas, todavía sin ninguna curva de mujer.
Se detiene en medio del salón, se agarra el borde del vestido con ambas manos y, de un solo movimiento, se lo quita por la cabeza. Debajo no lleva nada. Nunca lleva nada.
Su cuerpo aparece desnudo bajo la luz tibia de la lámpara. Es un cuerpo tan pequeño, tan absurdamente perfecto en su inocencia, que mirarlo produce un dolor dulce y profundo en el pecho. El pecho completamente plano, solo dos puntitos rosados del tamaño de una lenteja, ligeramente hinchados por el calor. La barriguita redonda y suave, con un ombligo diminuto que parece un botón. Las piernitas delgadas, con rodillas redondas y tobillos tan finos que podrían rodearse con dos dedos. Y entre ellas, expuesto sin ninguna vergüenza, su coñito de cinco años.
Es una raja perfecta, completamente lisa, sin un solo pelo. Los labios mayores son apenas dos montículos suaves y cerrados, de un rosa muy pálido, casi translúcido. Cuando se tumba en el sofá y abre las piernas, como hace siempre, la raja se entreabre ligeramente y deja ver el interior: una carne tierna, brillante, de un rosa más intenso y húmedo. El clítoris es un puntito minúsculo, casi invisible. Más abajo, el ano diminuto, fruncido y rosado como una flor cerrada.
Martina se acomoda contra los cojines, abre las piernas todo lo que puede y me mira con calma, esperando. A veces, cuando el calor es muy fuerte, una gotita transparente se forma en la parte superior de su raja y resbala lentamente, dejando un camino brillante que llega hasta el ano. El olor que sube entonces es leve pero intenso: dulce, ligeramente ácido, a piel limpia de niña, a sudor infantil y a algo más profundo, algo que no tiene nombre pero que me llena la boca de saliva y me endurece la polla hasta doler.
Yo me siento en el sillón frente a ella, a poca distancia. No hablo. Solo miro. Miro cómo su pecho plano sube y baja con la respiración tranquila. Miro cómo sus deditos pequeños juguetean distraídamente con el borde del sofá. Y sobre todo miro ese coñito abierto, tan pequeño, tan vulnerable, tan obscenamente expuesto.
A veces ella misma se toca. Baja una manita y, con el dedo índice, separa un poco más los labios mayores. Entonces el interior queda completamente a la vista: carne tierna, mojada por el calor, reluciente. Mueve el dedito en círculos lentos alrededor de su clítoris diminuto y suspira, un suspiro pequeñito y satisfecho que suena casi como un ronroneo.
—¿Quieres tocarlo? —pregunta de pronto, con esa naturalidad aterradora.
Mi mano tiembla cuando la extiendo. El contraste es brutal: mi dedo grueso y adulto contra esa raja tan pequeña. Rozo apenas la piel suave y caliente. Martina se estremece ligeramente, pero no cierra las piernas. Al contrario, las abre un poco más. Mi yema presiona con cuidado y siento cómo el coñito responde, contrayéndose suavemente alrededor de la punta de mi dedo. Está ardiendo por dentro. Un calor húmedo, vivo, que parece succionarme.
Paso el dedo muy despacio por toda la ranura, desde el clítoris hasta el ano. Recojo esa gotita transparente y la extiendo. Martina cierra los ojos un momento y deja escapar un gemidito muy bajito, casi inaudible.
Yo retiro la mano y me llevo el dedo a la nariz. Aspiro profundamente. Ese olor dulce y prohibido me llena los pulmones. Luego me lo llevo a la boca y lo chupo despacio, saboreando el gusto ligeramente salado de su piel infantil.
Martina me observa todo el tiempo con sus ojos grandes y tranquilos, como si estuviera presenciando algo importante y hermoso.
Y así nos quedamos, ella tumbada con las piernas abiertas, su coñito reluciente y entreabierto, yo sentado frente a ella, respirando su olor, sabiendo que esto es lo más sucio y lo más puro que jamás he tocado en mi vida.
La tarde se alarga. La luz de la lámpara se vuelve más dorada. Y Martina sigue allí, desnuda, confiada, esperando pacientemente a ver hasta dónde quiero llegar esta vez.
Sus piernitas siguen abiertas, relajadas contra los cojines del sofá. El coñito pequeño permanece expuesto, ligeramente más hinchado ahora por el calor de la habitación y por el roce anterior de mi dedo. La ranura reluce con una humedad delicada, casi imperceptible, como rocío sobre pétalos tiernos. De vez en cuando, un músculo diminuto se contrae en su interior y la raja se cierra un instante para volver a entreabrirse, como si respirara por sí sola.
Yo me inclino un poco más hacia delante. El silencio es tan profundo que puedo oír su respiración infantil, ligera y regular. Martina me mira sin parpadear, con esa curiosidad tranquila que tienen los niños cuando observan algo que les parece importante. No hay miedo en sus ojos. Solo espera.
Extiendo la mano otra vez, muy despacio, como quien se acerca a un pájaro que podría asustarse. Esta vez no uso solo un dedo. Coloco toda la yema de dos dedos sobre su coñito, cubriéndolo por completo. Está caliente, casi febril. La piel es tan fina que parece que podría romperse con solo presionar un poco. Comienzo a moverlos en círculos suaves, muy suaves, rozando apenas la superficie. El movimiento es lento, reverente.
Martina deja escapar un suspiro pequeño, casi un gorjeo. Sus caderas se mueven apenas, un balanceo instintivo, inocente, como si su cuerpo supiera algo que ella todavía no entiende. Bajo los dedos siento cómo su coñito se humedece más. Una humedad cálida, ligera, que hace que mis yemas resbalen con mayor facilidad. El olor se vuelve más intenso: dulce, ligeramente ácido, con ese toque animal y puro que solo tiene la piel de una niña.
Inclino la cabeza. Mi aliento roza la cara interna de sus muslos. Martina abre un poco más las piernas, como si quisiera facilitarme el camino. Acerco los labios y deposito un beso muy suave, casi casto, justo encima de su raja. Luego otro, un poco más abajo. La lengua sale despacio, apenas un roce húmedo, y recorre la línea perfecta de su coñito de arriba abajo, saboreando esa humedad tibia y dulce.
Ella emite un sonido bajito, algo entre un suspiro y un gemidito curioso. Una de sus manitas baja y se posa sobre mi cabeza, no para apartarme, sino para sujetarse, como si necesitara anclarse a algo mientras algo nuevo y extraño le recorre el cuerpo.
Yo sigo lamiendo con lentitud infinita. La lengua se abre paso entre los labios suaves, explorando cada pliegue diminuto, deteniéndose en el clítoris minúsculo para rodearlo con delicadeza. El sabor es limpio, ligeramente salado, con esa dulzura infantil que me hace cerrar los ojos. Martina empieza a respirar más rápido. Sus piernitas tiemblan un poco, pero no las cierra. Al contrario, las abre aún más, ofreciéndome todo su coñito pequeño y caliente.
La luz dorada de la lámpara cae sobre su cuerpo desnudo como una bendición perversa. Y yo, arrodillado frente a ella, sigo lamiendo con devoción silenciosa, sabiendo que cada roce de mi lengua está cruzando un límite que ya nunca podré deshacer.
Martina suspira otra vez, más profundo, y sus deditos se enredan suavemente en mi pelo.
La tarde sigue alargándose, lenta, dorada y terriblemente dulce.



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