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Fantasías / Parodias, Heterosexual, Sexo con Madur@s

la niña hermosa del barrio y el nuevo vecino 2

Ahora el nuevo vecino no puede contener su deseo .
El señor T esperó hasta que los pasos suaves se apagaron por el costado de la casa. Contó diez segundos, luego veinte, hasta que la verja del jardín se cerró de golpe contra la calle. Entonces empujó la puerta con un dedo y entró en el dormitorio.

La lámpara seguía encendida. La niña estaba donde Carl la había dejado, boca abajo, la falda de tablas recogida alrededor de la cintura, el culo pequeño y blanco al aire, rosado por el uso. La habitación olía a sexo y a sudor y al dulzor limpio de la droga que aún le quedaba en el aliento. Se bajó el pasamontañas de la frente para cubrir todo su rostro, el pasamontañas solo tenía la abertura de los ojos y la boca, se lo acomodó y la miró.

«Mírate», dijo, y la voz le salió ya cambiada: más grave, más áspera, una voz que subía del fondo de un pozo; lo hacía a propósito, la fingía, para que si ella se despertaba no pudiera reconocerle la voz. «Todavía durmiendo. Todavía perfecta». Se arrodilló en el colchón a su lado. Era tan pequeña. Toda su espalda era casi tan estrecha como su mano abierta. Le pasó la palma por el caballete de la columna y ella respiró, lenta y pareja: ya no le quedaba droga, solo el sueño profundo de una niña que había jugado demasiado y se había agotado.

«Qué niña tan buena», susurró. «Durmiendo durante toda la violación. Durmiendo mientras él gozaba de tu cuerpo». Los dedos le encontraron el borde de la falda y la levantaron. Tenía el coño desnudo y liso, rosado y blando, todavía brillante con la leche de otro hombre, fue hacia el baño, mojó una toalla y limpió su culo y su coño, regreso la toalla al baño y saco su pañuelo para secarla. La visión le hizo doler la polla contra el pantalón.

«Se corrió dentro de ti», dijo. «Lo vi. Estaba en ese pasillo y lo vi meterte su pequeña verga y pensé: ahí está. Ahí está la elegida». Bajó la boca a su culo y le besó cada nalga, luego arrastró la lengua entre las dos, sobre el agujero, hasta el coño, saboreandola. Ella hizo un ruido pequeño en sueños, un murmullo de gatito, y no se despertó.

«Shh», respiró contra su piel. «Shh, pequeñita. El tío no ha hecho más que empezar». La giró con suavidad, boca arriba. La camisa seguía abierta de cuando Carl la había desabotonado antes, así seguía, desabrochada, mostrando el pecho plano y los pezones diminutos, rosados e hinchados, duros por el aire. La cabeza se le ladeó, el pelo rojo derramado sobre la almohada. Angélical. Una niña de once años.

«La preadolescente más hermosa que he visto en mi vida», dijo. «Y he mirado. He vigilado a cada colegiala de cada ciudad en la que he vivido durante años, esperando a una como tú. Esperando una noche como esta». Le acarició la mejilla con el revés de los nudillos. «No me pierdo esto. Por nada».

Se inclinó y se llevó el pezón a la boca, chupó fuerte, lo revolvió con la lengua hasta que se le puso tieso y rojo. Ella gimió en sueños y giró la cabeza. Pasó al otro, luego le besó el vientre hacia abajo, sobre las costillas, hundiendo la cara en su estómago blando y plano, respirándola a través de la lana. Le levantó las piernas, se las abrió y hundió la cara entre ellas, lamiéndole el clítoris, el coño, pasando su lengua hasta que ella estaba completamente ensalivada.

«Así está mejor», dijo, limpiándose la boca. «dulce. Como debe estar una niña de diez años». Se sentó sobre los talones y se sacó la polla. Más grande que la del otro, pero tampoco una polla grande, solo normal, de tamaño promedio: No lo bastante gruesa para lastimarla si se descuidaba y la embestia de forma salvaje, pero él sabía cómo tener paciencia. Se colocó contra su raja, húmeda por su boca, y empujó.

Estaba estrecha. Incluso mojada, incluso abierta ya una vez, estaba estrecha alrededor de él, y la sensación le arrancó un gruñido. Empujó más adentro, despacio, mirándole la cara. Ella frunció el ceño. Los labios se le entreabrieron. «Ya casi, pequeñita», jadeó. «Solo aguántalo. Aguántalo todo». Metió el resto de una embestida seca. Ella abrió los ojos de golpe.

No supo dónde estaba, aunque aparentemente estaba despierta no estaba completamente consciente, era como estar entre sueñs o una pesadilla para ser más exactos. Después le cayó encima el peso de él, el dolor entre las piernas, la forma negra sobre ella; chilló, un chillido crudo de garganta entera, y las manos se le subieron a empujarle el pecho sin fuerza por el adormecimiento, aún no parecía real sino un sueño. «¡No! No, no, no…».

«Shh». La voz profunda era tranquila, casi amable. «Shh, pequeñita. No chilles».

«¿Quién eres? ¡Quítate! ¡Quítate!». Se sacudió debajo de él, tratando de empujarle los brazos, la lana sobre la cara. Los dedos le encontraron el borde del pasamontañas y él le atrapó las muñecas y se las inmovilizó contra el colchón por encima de la cabeza.

«Cuidado, niña. No vas a querer verme la cara».

«¡Por favor!». La voz se le quebró entre balbuceos, seguía semi inconciente. «Por favor, para, duele, por favor…».

«Claro que duele». Le removió las caderas, empujó más adentro y le vio la cara a la niña descomponerse. «Tienes diez años. Eres diminuta. Y yo estoy dentro de ti. Se supone que duele».

«No tengo…». Jadeó cuando él volvió a moverse. «No tengo…».

«Shh». Empujó, fuerte, y lo que fuera que iba a decir salió como un grito. «Sí tienes. Eres mi colegialita de diez años. Lo he querido toda mi vida».

«¡No! Por favor, para, te lo ruego…».

«Sigue rogando», dijo, y la voz profunda era casi tierna. «Me gusta. Me gusta oírte rogar mientras estoy dentro de ti». Ella sollozó y apartó la cara. Seguía con las manos inmovilizadas. Seguía con las piernas abiertas, seguía sin despertar del todo su voz se iba como si estuviera borracha, aún estaba semi dormida. No había nada que pudiera hacer salvo quedarse ahí tumbada y aguantarlo.

«Lo vi cogerte primero», dijo, follándola despacio, a propósito, mirando su polla entrar y salir de su pequeño coño rosado. «Lo miré desde el pasillo. Lo vi abrirte. Y pensé: ahí está. La elegida. La niña más hermosa que he visto en mi vida, y a mí me toca ser el segundo».

«Tú no…». Ella no entendía, no sabía de que hablaba aquel hombre. «Se supone que tú no estes aquí…».

«Se supone que estoy justo aquí». Volvió a empujar, más fuerte. «Justo aquí dentro de ti. Toda mi vida, cada niña que he visto, cada colegiala con su faldita de tablas, he querido una. He querido sentir una alrededor de la polla. Y aquí estás, y no eres cualquier niña, eres la niña más linda que existe». Se inclinó, la cara cubierta de lana junto a su oreja. «Y eres mía».

«No…».

«Sí». Aceleró el ritmo y sus protestas se volvieron sollozos, luego grititos rotos que acompañaban cada embestida. «Dilo. Di que eres mi niña de diez años».

«Por favor…», lloró ella.

«Dilo».

«Soy… no soy…». No pudo terminar aún no estaba consciente. Cada vez que intentaba decirle algo la voz se iba y los ojos se le cerraban como queriendo volver a dormir, él se hundía en ella y las palabras se convertían en un grito entre sueños.

«Eso es», dijo él de todos modos. «Eso es, pequeñina. No tienes que decir nada. Solo quédate ahí y aguántalo». La folló más fuerte, los huevos chocándole contra el culo desnudo, las manos apretadas en sus muñecas. Ella había dejado de pelear. Tenía los ojos húmedos y semi cerrados, los labios hinchados, la respiración en jadeos cortos.

«Qué estrecha», gimió. «Qué perfecta. Voy a correrme dentro de ti, niña. Voy a llenarte, igual que el otro. Y después voy a penetrar ese culito. Y después…». Sonrió bajo la lana. «Después voy a usar esa boquita preciosa».

«No», susurró ella. «No, por favor, eso no…».

«Sí», dijo. «Todos los agujeros, pequeñita. Voy a usar todos los agujeros». Se hundió en ella fuerte y rápido y sin piedad, y ella gritó con cada embestida, las lágrimas corriéndole por las sienes hasta el pelo rojo. Se corrió con un gruñido bajo, hundido hasta el fondo, bombeando su semilla muy adentro, y se quedó ahí un momento, respirando agitado.

«Buena niña», dijo. «Buena niña. Te lo aguantaste todo». Salió. Antes de que ella pudiera moverse, la agarró de la cadera y la giró boca abajo, levantándole el culito al aire.

«No… no, por favor…».

«Shh». Le apretó la cabeza de la polla contra el agujero del culo. «Solo respira, pequeñita. Este va a doler más». Empujó. Ella chilló, un sonido fino y agudo, los dedos arañando las sábanas.

«Por favor, por favor, para, eres demasiado grande…» aún a media voz a media energía pues seguía aturdida por los remanents de la droga.

«¿Sí?, no es tan grande, aunque a una niña como tu le parezca grande». Empujó más adentro. «Mm. Eso es. Aguántalo. Mi niña de diez años aguantándolo por el culo». Sollozó contra el colchón entre sueños aún, el cuerpo temblando, todo su cuerpecito temblando debajo de él.

«Qué bien», gimió, follándole el culo ahora, despacio al principio, luego más fuerte. «Qué estrecho. Qué perfecto. Podría quedarme aquí para siempre, pequeñita».

«Por favor», rogó ella, amortiguada por la almohada. «Por favor, déjame ir. Por favor, solo quiero irme a casa…».

«Estás en casa». Se rio, un retumbo bajo. «Esta es tu cama, niña. Y yo soy tu dueño ahora. Me perteneces». La voz profunda fingida. «Aunque tú nunca lo vas a saber». Ella no lo notó. Estaba demasiado lejos entre sueños o pesadillas, llorando, suplicando, las palabras pegándose en un largo «por favor».

Se corrió dentro de su culo con un escalofrío, sujetándole las caderas quietas, llenándola, y salió despacio. Ella se derrumbó de lado, temblando, intentando hacerse un ovillo. «Una más», dijo.

«No». Su voz era apenas un susurro. «No, por favor, no más».

«Una más», repitió él, y la tomó de los hombros, la giró boca arriba y se arrodilló sobre su cara. Tenía la polla brillante con ella y con su propia leche, y se la apretó contra los labios. «Abre». Ella negó con la cabeza, los ojos apretados.

«Abre la boca, pequeñina, o te la abro yo». Despacio, temblando, ella abrió, de cualquier manera la hubiera podido meter sin problemas pues la niña aún estaba casi dormida. Él empujó adentro y ella arcó, las lágrimas corriéndole por las mejillas.

«Eso es», respiró, follándole la boca, sin profundizar, solo lo justo. «Eso es. Chúpala. Saboreate. Saborea a los dos». Ella hizo ruiditos de atragantamiento, las manos en sus muslos, empujando débilmente, inútilmente.

«Toda mi vida», dijo, la voz espesa, «toda mi vida quise esto. Una niña de diez años. La boca de una niña de diez años alrededor de mi verga». Empujó un poco más adentro y ella volvió a arcar. «Y aquí estás. Y eres perfecta». Se corrió en su boca con un gemido, y ella no tuvo más remedio que tragar, atragantándose, tosiendo, con lágrimas y leche corriéndole por la barbilla. Salió, se limpió en la falda y se puso de pie.

Ella se quedó ahí, destrozada, el pecho subiendo y bajando, los muslos brillantes, la cara mojada. «Quédate ahí», dijo. «No te muevas. No chilles». Entró al baño, abrió la ducha, esperó a que el agua estuviera tibia. Luego volvió, la levantó de la cama como si no pesara nada y se la llevó. Ella no peleó. Estaba blanda y pequeña en sus brazos, la cabeza contra su pecho, los ojos casi abiertos.

La puso de pie bajo el agua y la lavó él mismo: el pelo, la cara, el pecho plano, entre las piernas, el culo, todo. Fue cuidadoso. Tierno. Le quitó de la piel y del pelo todo rastro de los dos, hasta que quedó limpia y rosada y oliendo solo a jabón. «Buena niña», dijo, secándola con una toalla. «¿Ves? Toda limpia. Nadie lo sabrá nunca». Ella lo miró, a la lana negra sobre su cara, y no dijo nada, ya casi estaba despierta.

La llevó de vuelta a la cama, la acostó, le subió la sábana hasta la barbilla. Ella se hizo un ovillo de lado, de espaldas a él, y cerró los ojos. Él se quedó junto a la ventana y miró la calle: vacía, callada, la luz de su propio porche brillando en la casa de al lado. Luego salió por donde había entrado, por la ventana sin pestillo, y volvió a casa cruzando el césped oscuro, quitándose el pasamontañas solo cuando su puerta de entrada se cerró detrás de él.

Andy se quedó en la cama mucho rato, mirando la pared. Le dolía un poco el cuerpo en sitios donde nunca le había dolido, aunque no demasiado. No podía entender del todo si había sido una pesadilla o había sido real, pero ese ligero dolor en su cuerpo no podía ser otra cosa que el recuerdo de una violación real, aunque su memoria y su presencia no se habían sentido del todo reales. No podo verle la cara. No tenía ninguna marca, ni ropa rota, ni señal de nada. La casa estaba en silencio a su alrededor.

Decidió, hacia el amanecer, que no le había pasado a ella, que había sido una pesadilla. Le había pasado a otra niña como ella, pero no a ella. A alguna niña de un sueño. A alguna niña que tenía once años como ella y estaba dormida. Y esa niña ya no estaba. Se levantó. Se duchó otra vez. Se vistió. Se cepilló el pelo hasta que brilló y se sonrió al espejo hasta que la sonrisa pareció real y por dentro se sintió real.

A las seis de la tarde el coche de sus padres entró en la entrada. El señor T estaba en su porche, regando una planta que no necesitaba riego.

«¡Hola!», gritó, dejando la regadera en el suelo mientras ellos bajaban. «Ustedes deben de ser los de la casa de al lado».

Paul le estrechó la mano. «Paul. Ella es mi mujer, Vivian. Acabamos de volver de la ciudad».

«Bienvenidos a la calle», dijo el señor T con calidez, la voz limpia y tersa, nada parecida a la voz que había fingido susurrado en la oscuridad. «Soy el señor T. Me mudé hace unos días. De hecho, creo que ya conocí a su hija». Sonrió. «Una cosita adorable. La vi salir con su uniforme escolar el otro día. Tiene diez años, ¿verdad?».

Vivian se rio, clara y desenvuelta. «¡Ay, no tiene diez! Tiene once. Casi doce, en realidad. Es gimnasta y patinadora: siempre ha sido menuda. La gente siempre le echa menos años por su cara de ángel, aunque tiene un cuerpecito muy atlético y bonito».

La sonrisa del señor T no se movió. «Once, casi doce», repitió, saboreando la palabra. «Vaya. Me engañó por completo».

«Lo sacó de los dos», dijo Paul, sonriendo de oreja a oreja. «Somos traga años en esta familia».

«Familia preciosa», dijo el señor T. Y entonces se abrió la puerta principal y Andy salió al porche. Llevaba un vestido de verano, el pelo rojo cepillado y brillante, y parecía… feliz. Radiante. Ojos azules luminosos, sonrisa amplia y verdadera, como una niña que había dormido de maravilla.

«¡Mamá! ¡Papá!». Bajó los escalones corriendo y los abrazó a los dos, y ellos se rieron y la estrecharon.

«Hola, cariño. ¿Qué tal tu noche? ¿Estás bien?».

«Perfecta», dijo ella. «Todo bien. Comí demasiadas golondrinas en casa de mi amiga. Dormí como un tronco». El señor T la observaba. Once, casi doce. No diez. Ella se volvió hacia él, y su sonrisa se volvió un tono más brillante, un tono más coqueta, la cabeza ladeada, la mano extendida.

«Hola», dijo. «Soy Andy. Usted debe de ser el vecino nuevo». Él le tomó la mano. El apretón era cálido, la piel suave.

«Señor T», dijo. «Encantado de conocerte como es debido».

«Igualmente». Su sonrisa le sostuvo la mirada un momento más de lo necesario. «Bienvenido al vecindario». Él le sonrió de vuelta, el pulgar rozándole los nudillos.

El señor T y sus padres siguieron conversando mientras ella reflexionaba: «Este hombre es incluso mayor que mis padres, y aun así es un hombre grande, fuerte y tierno. Cómo me gustaría haber perdido la virginidad con alguien como él; me habría tratado como una princesa. Además, parece fuerte: seguro que me protegería de la gente mala, me protegería de hombres como el hombre de mi pesadilla».

De pronto interrumpieron sus pensamientos cuando oyó a su padre dirigirse a ella. «¿No crees, princesa?».

«Perdón, ¿qué decíais?», preguntó, intentando sumarse a la conversación.

«Sería un placer para nosotros que el señor T se uniera a la cena», respondió su padre.

«¡Claro! Debería venir con nosotros, señor T», dijo ella, hablándole directamente y regalándole otra sonrisa, esta vez inconfundiblemente coqueta. Sus padres no lo notaron; después de todo, ¿por qué iban a hacerlo? Era solo una niña, y seguramente incapaz de albergar tales pensamientos.

Pero el señor T desde luego notó el coqueteo dirigido a él. «Once», pensó. «Todavía mejor. Está coqueteando conmigo; parece estar bien: tranquila, feliz, como si no hubiera pasado nada. Y como no me reconoce y está coqueteando conmigo, quizá debería ganarme su confianza e intentar seducirla. Ya la tuve una vez. Y ahora podría tenerla otra vez, y esta vez estará despierta para ello. Esta vez dirá que sí».

 

2 Lecturas/4 de noviembre de 2026/0 Comentarios/por darkjuan
Etiquetas: amiga, baño, culo, hija, mayor, padre, sexo, vecino
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