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Fantasías / Parodias, Heterosexual

La niña que dibuja

Se llama Sofía y tiene seis años. Todas las tardes, después del colegio, viene a mi casa con su carpeta de dibujos bajo el brazo. Dice que aquí puede dibujar mejor porque “en mi casa hay mucha luz y tú no me dices que recoja”. Yo le preparo un vaso de leche con cacao y le dejo el suelo del sal….
Hoy lleva un vestidito blanco de algodón muy fino, casi transparente por el uso. Se sienta en el suelo con las piernas cruzadas al principio, pero pronto las abre sin darse cuenta, concentrada en el papel. El vestido se le sube por los muslos hasta la cintura. Debajo no lleva nada.

Su coñito queda completamente expuesto ante mí.

Es una raja pequeña, perfecta, de un rosa muy claro, casi perlado. Los labios mayores son dos suaves montículos infantiles, todavía sin formar. Cuando se inclina hacia delante para elegir un color, la raja se entreabre ligeramente y deja ver el interior: una carne tierna, húmeda por el calor de la tarde, de un rosa más intenso y brillante. El clítoris es apenas un puntito diminuto, casi invisible. Más abajo, el ano fruncido parece una flor cerrada y rosada.

Yo me siento en el sillón frente a ella, fingiendo leer un libro que nunca avanzo. Mis ojos no pueden apartarse de ese coñito abierto mientras ella dibuja. El lápiz rasca el papel con suavidad. De vez en cuando Sofía levanta la vista y me sonríe con inocencia absoluta.

—¿Te gusta mi dibujo? —pregunta, y abre un poco más las piernas para estar más cómoda.

—Sí… mucho —respondo con la voz ronca.

Ella sigue dibujando. El vestido ya no cubre nada. Su coñito reposa directamente sobre la madera fría del suelo y, cuando se mueve, deja una pequeña mancha húmeda y brillante. El olor sube despacio: dulce, ligeramente ácido, a niña limpia y caliente, a piel infantil sudada por la tarde.

Yo bajo el libro y me inclino hacia delante. Ahora estoy más cerca. Puedo ver cómo los labios se separan un poco más cuando ella estira el brazo para coger el lápiz rojo. Una gotita transparente asoma en la parte superior de su raja y resbala muy lentamente por la ranura, dejando un camino brillante que llega casi hasta el ano.

Sofía se da cuenta de que la estoy mirando fijamente ahí abajo. No se tapa. Solo ladea la cabeza, curiosa.

—¿Por qué miras tanto? —pregunta con su voz clara y aguda.

—Porque es muy bonito —susurro.

Ella sonríe, satisfecha, y abre las piernas todavía más, como si quisiera que yo lo viera mejor. El coñito se abre del todo ahora: dos labios suaves que se separan revelando la entrada diminuta, rosada y húmeda. Respira. Se contrae ligeramente. Vuelve a abrirse.

Yo me quedo allí, respirando su olor infantil, observando cada pequeño movimiento de esa carne tierna mientras ella sigue dibujando princesas y castillos, completamente ajena al huracán que ha desatado entre mis piernas.

De vez en cuando moja el lápiz con la lengua y luego sigue rayando el papel. Sus piernitas tiemblan un poco de estar tanto tiempo abiertas. El coñito brilla cada vez más bajo la luz de la tarde.

Y yo solo puedo pensar que nunca había visto nada tan puro y tan obscenamente hermoso como el coñito de una niña de seis años dibujando en el suelo de mi salón.

Sofía sigue dibujando, ajena al peso de mi mirada.

El lápiz azul rasca el papel con un sonido suave y constante. Cada vez que estira el brazo para alcanzar otro color, su cuerpecito se inclina ligeramente hacia delante y el vestido blanco se arruga aún más en torno a su cintura. Su coñito, completamente expuesto, descansa sobre la madera fresca del suelo. La ranura pálida se abre y se cierra con cada pequeño movimiento, como si respirara por sí misma.

Una gota diminuta de humedad, casi transparente, se forma en la parte superior de la raja. Permanece allí un instante, temblando, antes de deslizarse con infinita lentitud por el surco delicado. El camino que deja es brillante, como un hilo de seda líquida. Llega hasta el borde inferior y se detiene justo antes de tocar el ano fruncido y rosado, donde brilla un momento más y luego desaparece, absorbida por la piel.

Yo contengo la respiración.

El olor es ahora más perceptible: un aroma dulce, ligeramente agrio, con ese toque cálido y animal que solo tiene la entrepierna de una niña pequeña después de un día entero de calor. No es fuerte. Es delicado, casi imperceptible, pero una vez que entra en la nariz ya no se puede ignorar. Se queda adherido al fondo de la garganta, espeso y dulce.

Sofía cambia de postura. Abre un poco más las piernitas para estar más cómoda y el coñito responde al instante: los labios mayores, suaves y regordetes, se separan con mayor claridad. El interior queda a la vista por completo: una carne tierna, de un rosa vivo y húmedo, que parece palpitar muy suavemente. El clítoris es solo un puntito minúsculo, casi escondido, pero brilla con su propia luz. Más abajo, el ano se contrae ligeramente, como si también estuviera respirando el aire cálido de la habitación.

Otra gotita se forma. Esta vez es más gruesa. Resbala con mayor lentitud, trazando una línea sinuosa por toda la longitud de la raja. Cuando llega al centro, el coñito se contrae un instante y la gota se detiene, temblando, antes de continuar su camino hacia abajo.

Yo me inclino un poco más. Mis ojos están tan cerca que puedo distinguir la textura fina de la piel, los pliegues casi invisibles, la manera en que la humedad hace que todo reluzca bajo la luz dorada de la tarde. El olor se vuelve más denso, más íntimo. Dulce. Cálido. Prohibido.

Sofía tararea bajito una canción que no reconozco. Su manita derecha sigue moviendo el lápiz con concentración infantil, mientras su coñito sigue abierto, expuesto, respirando, humedeciéndose lentamente sin que ella sea consciente de nada.

Una tercera gota aparece. Más grande. Más lenta.

Y yo me quedo allí, inmóvil, respirando ese aroma delicado y sucio, mirando cómo el coñito de una niña de seis años se humedece poco a poco sobre el suelo de mi salón, mientras ella sigue dibujando princesas con alas de mariposa.

Una tercera gota aparece. Más grande. Más lenta.

Se forma en la parte más alta de la raja, donde la piel es más tierna, y permanece allí un largo instante, temblando como una perla líquida. Luego comienza su descenso. Despacio. Muy despacio. Recorre toda la longitud del coñito con una pereza casi cruel, deteniéndose en cada pliegue diminuto, brillando al pasar sobre el clítoris escondido, dejando un rastro reluciente que hace que la carne parezca aún más viva, aún más vulnerable.

Cuando llega al centro, el coñito se contrae suavemente, como si quisiera retenerla. La gota se detiene. Tiembla. Y finalmente cae, pesada y espesa, aterrizando justo encima del ano fruncido. Allí se queda un momento, brillante, antes de ser absorbida por la piel caliente.

Sofía sigue dibujando. Su respiración es tranquila, casi soñolienta. De vez en cuando mueve un poco las caderas, buscando una postura más cómoda, y cada movimiento hace que los labios suaves se abran y se cierren con delicadeza, como si el coñito respirara por sí solo. El olor ahora es constante: dulce, cálido, ligeramente fermentado, con ese toque ácido y puro que solo tiene la entrepierna de una niña. Se queda suspendido en el aire, denso, íntimo, envolviéndome.

Yo ya no finjo leer. El libro ha caído sobre mis rodillas. Mis ojos están clavados en esa ranura pequeña y húmeda, siguiendo cada gota que se forma, cada contracción leve, cada reflejo de luz sobre la carne tierna. Mi boca se llena de saliva. Mi polla palpita dolorosamente dentro del pantalón, pero no me muevo. Solo miro.

Sofía levanta la vista un segundo. Me sonríe con esa inocencia absoluta, sin sospechar nada.

—¿Quieres que te dibuje a ti también? —pregunta con su voz clara y dulce.

Yo asiento, incapaz de hablar.

Ella vuelve a bajar la mirada al papel. Abre un poco más las piernas, casi por instinto, y el coñito se expone todavía más: rosado, húmedo, reluciente, completamente ofrecido bajo la luz dorada de la tarde.

Otra gota se forma.

Y yo me quedo allí, respirando ese aroma prohibido y delicado, sabiendo que nunca había visto nada tan puro y tan obscenamente hermoso como el coñito de una niña de seis años que dibuja princesas mientras se humedece lentamente sobre el suelo de mi salón.

La tarde se desvanece en silencio. Solo queda el sonido suave del lápiz sobre el papel… y el brillo constante, cada vez más intenso, entre sus piernitas abiertas.

18 Lecturas/20 junio, 2026/0 Comentarios/por Kilmister69
Etiquetas: ano, colegio, leche, mayor, mayores, polla
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