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Fantasías / Parodias, Heterosexual, Sexo con Madur@s

La noche en que Santa Claus cumplió el deseo prohibido

Elena, una mujer de treinta y dos años que nunca dejó de creer en Santa Claus, escribe cada diciembre una carta íntima y la deja junto a la chimenea. Esta Navidad su deseo es diferente: ya no pide juguetes ni amor platónico, sino que el propio Santa baje del cielo y la tome como mujer..
La nieve caía en silencio sobre el pequeño pueblo de Valdefuentes. Dentro de la casa de piedra, Elena Pérez se arrodilló frente a la chimenea con la misma devoción con la que lo había hecho desde que tenía cinco años. Ahora tenía treinta y dos. Soltera. Arquitecta. Y todavía, contra toda lógica, creía en Santa Claus.

La carta temblaba entre sus dedos. Esta vez no había pedido un libro, ni un viaje, ni siquiera que alguien la quisiera de verdad. Había escrito, con letra temblorosa y tinta negra:

Querido Santa,

Este año solo quiero una cosa. Quiero que vengas. Quiero que me folles. Quiero sentir tu peso, tu barba en mi cuello, tu polla dentro de mí mientras me dices que he sido una chica buena. Por favor. Ya no soy una niña. Soy una mujer que sigue creyendo en ti.

Elena.

Dobló el papel, lo metió en el sobre rojo y lo dejó sobre el manto, junto a un vaso de leche y tres galletas de jengibre. Luego se sentó en el sofá, se envolvió en la manta de lana y esperó.

El reloj marcó la medianoche.

El aire cambió.

Un crujido profundo resonó en la chimenea. No era el fuego. Era algo más pesado, más antiguo. Un olor a nieve, a pino y a algo masculino y cálido llenó la habitación. Elena abrió los ojos de golpe.

Él estaba allí.

No era un disfraz. No era un hombre gordo con barba postiza. Era alto, imponente, con hombros anchos bajo el abrigo rojo forrado de piel blanca. La barba era real, espesa, plateada con mechones oscuros. Los ojos, de un azul profundo y antiguo, la miraban con una mezcla de sorpresa y algo más oscuro.

—Has sido muy explícita este año, Elena —dijo su voz, grave, con un acento que no pertenecía a ningún país moderno.

Ella se puso de pie, temblando. La manta cayó al suelo. Llevaba solo un camisón de seda blanco que apenas le llegaba a la mitad del muslo.

—Tú… existes.

Santa Claus dio un paso adelante. La nieve en sus botas se derritió contra la madera del suelo.

—Existo para quienes todavía creen. Y tú, pequeña, nunca dejaste de hacerlo.

Se quitó los guantes negros. Sus manos eran grandes, callosas, de alguien que había trabajado siglos. Las posó sobre las mejillas de Elena. El calor de su piel contrastaba con el frío que aún traía de fuera.

—Leí tu carta —susurró, inclinándose—. Todas las has escrito. Las de cuando pedías un pony. Las de cuando pedías que tu padre no se fuera. Y esta… esta es la más peligrosa de todas.

Elena no retrocedió. Al contrario: levantó la cara y le rozó la barba con los labios.

—Entonces cúmplela.

El sonido que salió de la garganta de Santa fue un gruñido bajo, casi animal. La levantó del suelo como si no pesara nada y la llevó hasta el sofá. La sentó a horcajadas sobre sus rodillas mientras él se dejaba caer. El abrigo rojo se abrió. Debajo solo llevaba una camisa blanca abierta en el pecho y unos pantalones negros que no lograban esconder la erección gruesa y pesada que ya empujaba contra la tela.

Elena sintió el calor a través de la seda. Su coño se humedeció de inmediato.

—Mírate —murmuró él, pasando los pulgares por sus pezones endurecidos—. Treinta y dos años y todavía escribes cartas a un hombre que no debería existir. ¿Sabes lo que eso hace? ¿Sabes lo que me provoca?

Desgarró el camisón de un tirón. La seda cayó a trozos. Elena quedó desnuda sobre él, los pechos firmes, el vientre suave, el vello del pubis ya brillante de excitación. Santa la miró con una avidez que no era de cuento.

—He esperado siglos a una mujer que todavía creyera con esta intensidad —dijo, bajando la cabeza y capturando un pezón entre los labios—. Y ahora que te tengo, no voy a ser delicado.

La chupó con fuerza. Elena arqueó la espalda y soltó un gemido. Sus manos se enredaron en la barba plateada, tirando. Santa respondió mordiendo el otro pezón, luego bajó, besando el vientre, hasta que la levantó y la acostó de espaldas sobre el sofá. Se arrodilló entre sus piernas y las abrió con ambas manos.

—Tan mojada… —observó, pasando la lengua por el pliegue de su coño—. Tan lista para ser follada por el mismo hombre que te traía regalos cuando eras pequeña.

Elena gritó cuando la lengua gruesa y caliente se hundió en ella. Santa no lamió con delicadeza: la comió con hambre, chupando el clítoris, metiendo la lengua hasta el fondo, frotando la barba contra sus muslos internos hasta dejarla enrojecida. Los dedos gruesos entraron después: primero uno, luego dos, luego tres, abriéndola, preparándola.

—Por favor… —jadeó ella—. Fóllame. Quiero tu polla. Quiero que me llenes.

Santa se incorporó. Se bajó los pantalones. Su polla saltó libre: gruesa, larga, venosa, con la cabeza brillante de precum. Era más grande de lo que Elena había imaginado en todas sus fantasías nocturnas. Él se alineó entre sus piernas, sujetó sus caderas con ambas manos y empujó de una sola embestida.

Elena gritó. El estiramiento fue brutal, delicioso. Santa gruñó contra su cuello mientras se hundía hasta las bolas.

—Joder… tan apretada. Tan caliente. Llevas toda la vida esperando esto, ¿verdad?

Empezó a moverse. Primero lento, profundo, dejando que ella sintiera cada centímetro. Luego más rápido. El sofá crujía. El fuego crepitaba. Santa la follaba con fuerza, con un ritmo que no pertenecía a ningún hombre mortal. Cada embestida hacía que sus pechos rebotaran y que el coño de Elena emitiera sonidos húmedos y obscenos.

—Di mi nombre —ordenó él, sujetándole la mandíbula—. Di quién te está follando.

—Santa… ¡Santa Claus! —gritó ella, clavándole las uñas en la espalda—. ¡Me estás follando! ¡Santa Claus me está follando!

Él sonrió contra su boca y la besó. El sabor de la nieve y el pino se mezcló con el sabor de ella. La levantó sin sacarla de su polla, la puso a caballo y la hizo rebotar. Elena se aferró a sus hombros anchos mientras se empujaba hacia abajo, tragándosela completa. Santa le sujetaba las nalgas, abriéndolas, metiendo un dedo en el culo mientras la follaba.

—Voy a correrme dentro —advirtió con voz ronca—. Voy a llenarte de leche de Navidad. Y cuando me vaya, vas a seguir sintiéndome mañana. Y pasado. Y el año que viene, cuando escribas otra carta, vas a saber exactamente a quién estás pidiendo que vuelva a follarte.

Elena llegó primero. El orgasmo la sacudió con violencia: el coño se contrajo alrededor de la polla gruesa, los muslos temblaron, un grito ahogado se le escapó contra la barba. Santa gruñó y aceleró. Tres embestidas más y se derramó dentro de ella con un rugido profundo, caliente, abundante. Elena sintió cada pulsación, cada chorro llenándola hasta que el semen empezó a gotear por sus muslos.

Se quedaron así un rato, jadeando. Santa no la sacó de inmediato. La sostuvo contra su pecho, acariciándole el pelo húmedo de sudor.

—Todavía crees en mí —susurró—. Incluso después de esto.

Elena, con la voz ronca y el cuerpo temblando, sonrió contra su cuello.

—Ahora más que nunca.

Santa la besó una última vez, lenta, profunda. Luego se levantó, se vistió con movimientos precisos y recogió la carta del manto. La guardó dentro del abrigo.

—Hasta el año que viene, Elena —dijo desde la chimenea, ya medio envuelto en magia y nieve—. Y escribe lo que quieras. Esta vez… te lo voy a dar todo.

El aire brilló. Él desapareció.

Elena se quedó en el sofá, desnuda, llena de él, con el semen todavía caliente entre las piernas y una sonrisa que no se le iba a borrar en mucho tiempo.

Fuera, la nieve seguía cayendo.

Y en algún lugar del cielo, Santa Claus volvía a su trineo con una carta en el bolsillo y una erección que aún no había bajado del todo.

Había sido una muy buena chica.

Y él, después de siglos, por fin había dejado de ser solo un cuento.

9 Lecturas/30 agosto, 2026/0 Comentarios/por aleferrariok
Etiquetas: culo, follando, metro, navidad, orgasmo, padre, semen, viaje
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