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Heterosexual, Infidelidad, Sexo con Madur@s

La Noche Inesperada

Una historia que me contaron y hoy lo dejo publicado aquí, que hasta donde sé es verdad. Probé herramientas digitales para su redacción… Espero que les guste….
El reloj de la pared marcaba las siete de la noche cuando recibí el mensaje de mi hija: «Papá, ¿puedes venir a buscarnos? Terminamos el estudio». Suspiré, dejando el libro que apenas había comenzado a leer sobre la mesita. Mi esposa estaba en la casa de su madre, quien se había puesto grave esa tarde y yo tenía la casa solo para mí. O eso pensaba.

En quince minutos estaba llegando donde estaba mi hija. La noche era fresca, con esa brisa tibia que prometía calor para los días siguientes. Al estacionar frente a la casa, vi a tres chicas salir, riendo entre ellas, cargando mochilas y una bolsa extra que parecía contener ropa.

Mi hija abrió la puerta trasera del auto. «Papá, ¿te importa si mis amigas pasan la noche en la casa? Tenemos que terminar un proyecto y nos queda mucho por hacer».

Miré por el espejo retrovisor. La pelirroja, me sonrió tímidamente. La rubia, asintió con entusiasmo. Ambas eran amigas cercanas de mi hija y las había visto crecer durante los últimos cinco años.

«Claro que no me importa», respondí, intentando no sonar demasiado entusiasta. «Pero avisen a sus padres».

«Ya lo hicimos», dijo la pelirroja desde el asiento trasero. «Dijeron que está bien siempre que sea para el proyecto escolar».

Durante el trayecto de regreso, las escuché hablar animadamente sobre lo que debían diseñar. Esas conversaciones me transportaban a otra época, a cuando la vida parecía más simple y los problemas se limitaban a entregar trabajos a tiempo.

Al llegar a casa, las chicas se instalaron en la sala, extendiendo libros, tabletas y cuadernos sobre la mesa del comedor. Yo me retiré a la cocina para prepararles algo de comer.

«¿Les hago unos sándwiches?» pregunté desde el umbral.

«¡Sí, por favor!» respondieron al unísono, sin levantar la vista de sus apuntes.

Mientras cortaba el pan y preparaba el relleno, no podía evitar observar a escondidas. La pelirroja se había quitado el suéter talla oversize, quedando en una camiseta ajustada que revelaba curvas que, francamente, no recordaba que tuviera. La rubia, por su parte, se había soltado el cabello que normalmente llevaba recogido, dejando que cayera en ondas sedosas sobre sus hombros. Y mi hija, parecía la más concentrada de las tres, mordiendo el extremo de su lápiz mientras leía un texto denso.

Les dejé el aperitivo en la mesa y me retiré, me fui a mi habitación a leer el libro que comencé antes que me llamaran. Pero iba de vez en cuando para ver como estaban las cosas. Cuando pasaron tres horas, aproximadamente, les escucho:

«Chicas, necesito una pausa», anunció la rubia, estirando los brazos por encima de la cabeza. Su camiseta se levantó ligeramente, revelando un par de centímetros de piel suave en su abdomen.

«Yo también», admitió la pelirroja.

Yo estaba acercándome, cuando la rubia se dirige a mi y me dice:

«¿Tiene algún refrigerio?»

«Sí, hay helado en el congelador».

Mientras la pelirroja servía cuatro tazones de helado de chocolate, noté que el ambiente había cambiado. La concentración académica había dado paso a una relajación más íntima. Las chicas se habían acomodado en el sofá, con las piernas cruzadas bajo ellas, formando un círculo casual.

«¿No quieres uno?» me preguntó la rubia, haciendo el espacio a su lado en el sofá.

Medité por un momento antes de aceptar. Tomé mi propio tazón y me senté junto a ella, consciente de que su muslo rozaba el mío levemente y lo que podría significar para ella o a otra chica de su misma edad.

La conversación derivó de su experimento a temas más personales. Hablamos de estudios, planes futuros y luego, inevitablemente, de relaciones.

«¿Cómo conociste a tu esposa?» preguntó la pelirroja, lamiendo su cuchara con una lentitud que me resultó sensualmente lujuriosa.

«En el trabajo», respondí, intentando mantener la mirada en sus ojos y no en sus labios. «Ella es de atención al público y yo de desarrollo comunitario. Nos conocimos en el comedor, discutiendo sobre quién había reservado una mesa».

«¿Fue amor a primera vista?» inquirió la rubia, recostándose más contra el respaldo del sofá, lo que hizo que su pecho se arqueara ligeramente.

«Diría que fue irritación a primera vista», confesé con una sonrisa. «Pero esa irritación se convirtió en respeto, luego en amistad y finalmente en amor».

Mi hija sonrió, habiendo escuchado la historia mil veces pero aparentemente disfrutando de compartirla con sus amigas.

«¿Y nunca tuviste aventuras antes de casarte?» preguntó la pelirroja, con una curiosidad que me pareció más allá de lo casual.

El ambiente en la sala se cargó de una electricidad repentina. Las tres me miraban expectantes, como si mi respuesta fuera de vital importancia.

«Tuve algunas relaciones antes de casarme», admití cuidadosamente. «Pero nada serio, de hecho una que otra vez lo hice dos o tres veces con mujeres distintas el mismo día», tratando de parecer un Don Juan.

La rubia dejó su tazón vacío en la mesa de centro y se estiró, arqueando la espalda de una manera que mostró todas sus curvas. «Debe ser extraño, pasar de tener varias parejas a estar con una sola persona para siempre».

«Tiene sus ventajas», respondí, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba. «La intimidad que se construye con los años es diferente».

«¿Diferente cómo?» preguntó mi hija, y por primera vez noté que no estaba mirándome a los ojos, sino observando cómo mis manos sostenían el tazón.

Me aclaré la garganta. «Bueno, cuando conoces a alguien tan profundamente, cada… contacto… tiene más significado. No es solo físico, es emocional, intelectual».

La pelirroja se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. Su escote se abrió ligeramente, ofreciendo un vistazo de la parte superior de sus senos. «Suena romántico. Pero ¿no extrañas la emoción de lo nuevo? La exploración de un cuerpo desconocido?»

Las palabras flotaron en el aire entre nosotros, cargadas de una intención que ya no podía ignorar. Miré a las tres, una tras otra. Mi hija parecía nerviosa pero expectante. La pelirroja lucía desafiante, como si estuviera probando límites. Y la rubia tenía una expresión suave, casi soñadora.

«Creo que es hora de que vayan a dormir», dije, poniéndome de pie con cierta torpeza.

«¿Ya?» protestó la rubia, poniendo ojos de cachorro triste. «Es muy temprano todavía».

«¿No le mostraste a tu papá el baile que estamos aprendiendo para el festival?» preguntó la pelirroja a mi hija de repente, con una sonrisa pícara.

Mi hija enrojeció. «No, eso es…»

«¡Vamos, es divertido!» insistió la rubia, levantándose y extendiendo una mano hacia mi hija.

Antes de que pudiera protestar, las tres estaban de pie, despejando un espacio en el centro de la sala. Mi hija miró hacia mí, pareciendo indecisa por un momento, antes de encoger los hombros con resignación.

«Es solo un baile tonto», murmuró, mientras la rubia buscaba música en su teléfono.

Una canción de ritmo sensual llenó la sala, con un compás lento y sugerente. Las tres chicas se alinearon, y comenzaron a moverse.

No era un baile profesional, sino algo entre una coreografía ensayada y movimientos improvisados. Pero lo que les faltaba en técnica, lo compensaban con creces en sensualidad. Sus caderas se mecían al ritmo de la música, sus brazos se elevaban por encima de sus cabezas y sus cuerpos se torcían y giraban con una gracia natural que me dejó sin aliento… Y con el pene completamente erecto.

Observé, incapaz de apartar la mirada, mientras la camiseta de la pelirroja se levantaba cada vez que alzaba los brazos, mostrando su abdomen plano. La rubia cerraba los ojos, perdida en la música, dejando que sus manos se deslizaran sobre sus propias curvas. Y mi hija, bailaba con una confianza que nunca le había visto, mirándome directamente a los ojos mientras sus caderas describían círculos hipnóticos.

La canción terminó y las tres quedaron jadeando ligeramente, con sonrisas triunfantes en sus rostros.

«Bueno… eso fue…» busqué las palabras adecuadas, encontrando solo «impresionante».

«¿Quieres intentarlo?» preguntó la rubia, acercándose y tomándome de la mano antes de que pudiera responder.

«No, no sé bailar», protesté, pero ya me estaba levantando.

«No es difícil», murmuró la pelirroja, colocándose a mi otro lado. «Solo déjate llevar».

Mi hija estaba al mando del teléfono y nuevamente otra canción comenzó, esta vez más lenta aún, casi como un vals moderno. La rubia colocó mis manos en su cintura, mientras ella rodeó mi cuello con sus brazos. La pelirroja se colocó detrás de mí, sus manos en mi cintura, moviéndose al mismo ritmo.

Estaba atrapado entre ellas, sintiendo sus cuerpos presionándose contra el mío, inhalando sus perfumes mezclados, sintiendo el calor que emanaba de sus pieles. Mis manos, en la cintura de la rubia, notaban cada movimiento de sus caderas. La respiración de la pelirroja en mi nuca me erizaba los vellos del brazo.

«Relájate», susurró mi hija, quien ahora bailaba a un aldo mío, sus manos en mi pecho. «Nadie va a juzgarte».

Y así, me relajé. Dejé que mi cuerpo siguiera el ritmo, que mis manos se deslizaran un poco más abajo en la cintura de la rubia, llegando a tocar la parte superiror de su nalga, que mi espalda se arqueara contra el pecho de la pelirroja, sintiando las dimensiones del mismo. Cerramos los ojos, los cuatro, perdidos en la música y en la proximidad de nuestros cuerpos.

Cuando la canción terminó, nadie se movió. Seguíamos allí, en medio de la sala, respirando al unísono, con una tensión palpable en el aire.

Fue la pelirroja quien rompió el hechizo. Se inclinó hacia adelante y susurró en mi oído: «Tu corazón late muy rápido».

No pude responder. Las palabras se habían atascado en mi garganta.

La rubia, todavía con los brazos alrededor de mi cintura, alzó la mirada hacia mí. Sus ojos azules parecían más oscuros en la penumbra de la sala. «¿Te gustó?»

Asentí, incapaz de articular sonido alguno.

Mi hija dio un paso atrás, mirándonos a los tres con una expresión que no supe interpretar. «Tal vez… tal vez deberíamos prepararnos para dormir».

«Todavía no tengo sueño», dijo la pelirroja, sin apartar su mirada de mí. «¿Y tú?»

«Yo… probablemente debería irme a la cama», dije, aunque mis pies parecían clavados en el suelo.

«¿Por qué?» preguntó la rubia, deslizando una mano desde mi cuello hasta mi pecho. «La noche es joven. Y tu esposa no está en casa».

La mención de mi esposa actuó como un balde de agua fría. Me separé bruscamente, rompiendo el contacto con ambas.

«Chicas, esto no está bien», dije, intentando sonar firme aunque mi voz temblaba ligeramente.

«¿Qué no está bien?» preguntó la pelirroja con inocencia fingida. «Solo estábamos bailando… Entre amigos».

«Hija», me dirigí a ella buscando una aliada. «¿No crees que es hora de dormir?»

Ella miró a sus amigas, luego a mí y finalmente asintió. «Sí, tienes razón. Vamos, chicas».

Las tres recogieron sus cosas y comenzaron a dirigirse hacia la habitación de mi hija. En la puerta, la pelirroja se volvió. «Buenas noches. Y gracias por el baile».

«De nada», murmuré, sintiendo un alivio mezclado con una punzada de decepción.

Me quedé en la sala, recogiendo los tazones vacíos y apagando las luces. Mi mente era un torbellino de emociones contradictorias. Lo que había ocurrido —o casi ocurrió— era inapropiado en múltiples niveles. Y sin embargo, mi cuerpo todavía respondía al recuerdo de sus cuerpos contra el mío, de sus manos en mi piel, de sus susurros en mis oídos. Todo me erizaba la piel y me excitaba sobremanera.

Después de lavar los platos, me dirigí a mi habitación, pasando por delante de la puerta cerrada de mi hija. Desde dentro, podía escuchar risas ahogadas y murmullos. Me apresuré a entrar en mi cuarto, cerrando la puerta con un click definitivo.

Me desvestí y me metí en la cama, solo en bóxer, pero el sueño no llegaba. Cada vez que cerraba los ojos, veía imágenes: la pelirroja inclinándose hacia adelante, sintiendo el tamaño de sus pechos, la rubia mirándome con esos ojos azules que cautiva a cualquiera y mi hija bailando con esa confianza nueva que me traía loco. Me revolví en las sábanas, sintiendo una tensión en mi cuerpo que no cedía.

Debía haber sido una hora más tarde, sin lograr poder dormir nada, cuando escuché un suave golpe en mi puerta. Me quedé quieto, conteniendo la respiración, esperando que fuera mi imaginación.

El golpe se repitió, un poco más fuerte esta vez.

«¿Sí?» contesté, mi voz sonando ronca en la oscuridad.

La puerta se abrió lentamente. Contra la luz del pasillo, distinguí una silueta femenina. No podía ver quién era, pero por la altura y la forma, adiviné que era la rubia.

«¿Estás despierto?» susurró.

«Sí», respondí, sentándome en la cama. «¿Pasa algo?»

Entró en la habitación, cerrando la puerta suavemente detrás de ella. Ahora que mis ojos se habían adaptado a la oscuridad, pude ver que llevaba solo una camiseta larga que le llegaba a donde terminaban sus nalgas. Sus piernas, pálidas y esbeltas, brillaban tenuemente en la penumbra.

«No puedo dormir», dijo, acercándose a la cama. «Pensé que tal vez tú tampoco.»

«Esto no es buena idea», dije, aunque no hice nada para detenerla cuando se sentó en el borde del colchón.

«¿Por qué?» preguntó, deslizando una mano bajo las sábanas hasta encontrar la mía. «Los dos lo queremos, hoy estás sólo y las muchachas están dormidas.»

«Pero eres amiga de mi hija», protesté débilmente, mientras sus dedos se entrelazaban con los míos.

«Y soy una muchacha que encuentra atractivo a un hombre maduro», respondió, su voz apenas un susurro en la oscuridad. «¿Hay algo malo en eso?»

Su otra mano se posó en mi muslo, a través de la sábana. El calor de su palma parecía quemar a través de la tela.

«Pero…» comencé, pero no pude cómo continuar.

Ella se inclinó hacia adelante y en la oscuridad pude ver el contorno de sus labios, entreabiertos, acercándose a los míos. Dudé por un instante eterno, sintiendo el conflicto desgarrarme por dentro. Luego, con un gemido ahogado, cedí.

Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, exploratorio. Sus labios eran increíblemente suaves y sabían a helado de chocolate, a juventud. Mi mano se liberó de la suya para enredarse en su cabello rubio, sorprendentemente sedoso entre mis dedos.

El beso se intensificó, volviéndose más profundo, más urgente. Ella se subió a la cama, arrodillándose a horcajadas sobre mis piernas, sin romper el contacto de nuestros labios. Su camiseta se levantó, y sentí sus nalgas a ambos lados de mis muslos.

«Quédate quieto», susurró contra mis labios. «Déjame hacer esto.»

Sus manos se deslizaron, explorando mi pecho, mi abdomen. Sus dedos trazaron los contornos de mis músculos, ahora más suaves que en mi juventud pero aún definidos. Yo, por mi parte, me permití tocar sus piernas, subiendo desde sus rodillas hasta los límites inferiores de sus muslos, pero sin atreverme a ir más allá.

«Tienes miedo», notó, separándose un poco para mirarme. En la oscuridad, sus ojos parecían pozos sin fondo.

«No es miedo», mentí. «Es… precaución», lo único que se me ocurrió.

«Deja de pensar», murmuró, bajando la cabeza para besarme nuevamente. Esta vez, su lengua encontró la mía, y un escalofrío me recorrió la espalda.

Sus manos bajaron hasta la cintura de mi bóxer, deslizándose por debajo de la banda elástica. Contuve la respiración cuando sus dedos encontraron mi pene, ya erecto y palpitante. Un gemido escapó de mis labios, ahogado por su boca.

«Shhh», me susurró. «No queremos despertar a nadie.»

Comenzó a moverse, su mano creando un ritmo lento y deliberado que me hizo arquear la espalda. Con mi mano libre, finalmente me atreví a tocar más allá, encontrando la curva suave de sus nalgas. Ella gimió suavemente, presionándose contra mi palma.

«¿Te gusta?» preguntó entre besos.

«Sí», jadeé. «Demasiado.»

«Entonces no pares.»

Durante lo que pareció una eternidad pero probablemente fueron solo minutos, nos perdimos en ese intercambio táctil, en besos profundos y caricias exploratorias. Mi mente había dejado de protestar, rendida ante la abrumadora realidad que estaba frente de mi.

Fue entonces cuando la puerta se abrió.

Ambos nos separamos bruscamente, como adolescentes sorprendidos. En el marco de la puerta estaban la pelirroja y mi hija, observándonos con expresiones que no logré descifrar en la penumbra.

Por un momento, nadie habló. El silencio era tan denso que podía escuchar el latido de mi propio corazón.

«Parece que empezaron sin nosotras», dijo finalmente la pelirroja y su voz sonaba extrañamente serena.

«Hija, yo…» comencé, sintiendo una ola de vergüenza y culpa abrumadoras.

«Shhh, papá», dijo ella, entrando en la habitación. «No digas nada.»

La pelirroja cerró la puerta detrás de ellas y ambas se acercaron a la cama. La rubia no se había movido de mi regazo, pero ahora se inclinó para besarme suavemente en el hombro, como reafirmando su presencia.

«¿Esto… esto fue idea tuya?» pregunté a mi hija, mi voz apenas un susurro.

«Fue idea de todas», respondió, sentándose al borde de la cama. «Hemos estado hablando de esto durante semanas.»

«¿De qué?» pregunté, completamente perdido.

«De ti», dijo la pelirroja, uniéndose a nosotros. Se sentó al otro lado de la cama, su mano encontrando la mía. «De lo atractivo que eres. De lo amable que siempre has sido con nosotras. De lo… maduro.»

«Y pensamos», continuó mi hija, «que antes de que sea mas tarde para todas, ya que nos vamos a la universidad, antes de que todo cambie. Queríamos tener esta experiencia… Contigo.»

Mi mente luchaba por procesar sus palabras. «¿Las tres? ¿Juntas?»

La rubia asintió contra mi hombro. «A menos que no quieras.»

Miré a las tres, una tras otra. Mi hija, con quien compartía lazos de sangre pero que en ese momento me parecía casi una extraña, con una confianza y determinación que nunca le había visto. La pelirroja de ojos verdes, siempre la más audaz del grupo, mirándome con un desafío que era también una invitación. La rubia suave, todavía sentada sobre mí, su calor impregnando cada centímetro de mi cuerpo.

«Esto está mal en tantos niveles», murmuré, pero incluso yo podía escuchar la falta de convicción en mi voz.

«¿Por qué?» preguntó la pelirroja, deslizándose en la cama a mi lado. «Somos grandes. Nadie está siendo forzado. Es solo… una noche especial entre personas que se aprecian.»

Su mano se posó en mi pecho, justo sobre el corazón. «Y podemos ver que tu corazón quiere decir que sí, incluso si tu cabeza protesta.»

La rubia comenzó a moverse de nuevo, su mano reanudando el ritmo que había interrumpido la llegada de las otras. Un gemido escapó de mis labios y mi hija se inclinó para silenciarlo con un beso.

Fue ese beso, el de mi propia hija, lo que finalmente quebró mis últimas resistencias. Sus labios eran más suaves de lo que había imaginado y besaba con una habilidad que no sabía que poseía. Mi mano se elevó por su propia voluntad, enredándose en su cabello castaño, tan familiar y tan extraño al mismo tiempo.

Cuando nos separamos, las tres me miraban expectantes.

«Una condición», dije, mi voz ronca por la emoción. «Mañana, esto nunca sucedió. Es nuestro secreto. Y nunca, nunca se repite.»

Las tres movieron la cabeza asintiendo casi sincronizadas.

«Ahora», susurró la pelirroja, «deja de hablar.»

Lo que siguió fue una sucesión de sensaciones tan abrumadoras que mi mente apenas podía procesarlas. La rubia se deslizó de mi regazo, quitándose la camiseta en un movimiento fluido. En la penumbra, su cuerpo era una escultura pálida, con curvas suaves y pechos pequeños pero perfectamente formados. Se inclinó sobre mí, tomándome en su boca con una habilidad que me hizo gritar en silencio, mis dedos enredándose en su cabello rubio.

Mientras tanto, la pelirroja se despojó de su propia ropa, revelando un cuerpo más voluptuoso, con curvas generosas y piel cubierta de pecas que parecían constelaciones en la oscuridad. Siempre me gustaba ver su cuerpo, hoy mucho más. Se acostó a mi lado, guiando mi mano libre hacia su pecho, gimiendo suavemente cuando mis dedos encontraron su pezón ya erecto.

Mi hija observaba por un momento, como estudiando la escena, antes de quitarse su propia ropa. Ver el cuerpo desnudo de mi hija fue quizás el momento más surrealista de todos. No era la niña que recordaba, sino una mujer joven, con curvas suaves y una confianza en su desnudez que me dejó sin aliento. Se unió a la pelirroja a mi lado y juntas comenzaron a explorar mi cuerpo con manos y bocas, mientras la rubia continuaba su trabajo más abajo.

«Papá», susurró mi hija en mi oído y la palabra, en ese contexto, tuvo un efecto electrizante. «Relájate. Disfruta.»

Y así lo hice. Dejé que mis sentidos se inundaran con la experiencia. El sabor de la piel de la pelirroja cuando besé su cuello. La sensación del cabello sedoso de la rubia entre mis dedos. El sonido de los gemidos suaves de mi hija cuando mi mano libre encontró su sexo, húmedo y caliente.

El tiempo perdió todo tipo de significado. Hubo momentos en que estaba sobre la pelirroja, sintiendo cómo se envolvía a mi alrededor, sus uñas clavándose en mi espalda. Momentos en que la rubia me guiaba dentro de ella, moviéndose con una lentitud agonizante que me hacía temblar. Momentos en que mi hija me observaba, tocándose a sí misma mientras miraba, antes de unirse, reemplazando a una de sus amigas, aceptándome incestuosamente dentro de su cuerpo con un gemido que era tanto de dolor como de placer… Excitándome aún más.

Cambiamos posiciones, combinaciones, ritmos. A veces eran dos a la vez, mientras la tercera observaba o participaba con manos y boca. Otras veces me rodeaban completamente, un trío de cuerpos jóvenes y ávidos, cada uno con su propia textura, su propio sabor, su propia manera de moverse y gemir.

En un momento particularmente intenso, me encontré acostado de espaldas, con la rubia montándome mientras la pelirroja se inclinaba sobre mi rostro, ofreciéndose a mi boca y mi hija estaba a mi lado, guiando mi mano hacia donde ella quería. Fue demasiado y no suficiente, todo al mismo tiempo.

Los orgasmos llegaron en oleadas, a veces el mío, a veces el de una de ellas, a veces múltiples casi simultáneamente. Cada climax parecía abrir espacio para el siguiente, cada gemido sofocado alimentaba el fuego que ardía entre nosotros.

Finalmente, cuando el amanecer comenzaba a teñir el cielo fuera de la ventana, nos derrumbamos, exhaustos, en un enredo de extremidades sudorosas. Las cuatro respiraciones se sincronizaron gradualmente, los corazones acelerados comenzaron a calmarse.

Nadie habló durante largo rato. Las tres chicas se acurrucaron a mi alrededor, la rubia con la cabeza en mi hombro, la pelirroja con una pierna sobre las mías, mi hija con la mano posada en mi pecho, sobre el corazón.

«¿Te arrepientes?» preguntó finalmente mi hija, su voz apenas un susurro en la quietud previa al amanecer.

Miré al techo, buscando dentro de mí la respuesta. La culpa estaba allí, sí, al acecho en los bordes de mi conciencia. Pero en ese momento, abrumado por la saturación sensorial y la fatísica, lo que predominaba era una especie de asombro tranquilo.

«No en este momento», respondí honestamente. «Pregúntame mañana.»

1 Lecturas/28 agosto, 2026/0 Comentarios/por angeldelasfiestas
Etiquetas: amiga, amigos, hija, joven, madre, maduro, sexo, universidad
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