La prima Fabiola
La prima de mi esposa me pide ayuda y termina recibiendo verga. .
Fabiola es la prima de mi esposa. Está embarazada de 8 meses a sus 17 años; tuvo relaciones mientras estudiaba, así que sus padres la sacaron de la escuela para evitar la vergüenza ante sus compañeros.
A esa edad tiene un cuerpo muy bien proporcionado, con pechos medianos y un trasero respingón. Por el tema de la lactancia, sus pechos ya estaban llenos, por lo que casi siempre andaba sin brasier.
No llevo mucho tiempo de conocerla, pero cuando la miré quedé impresionado de lo hermosa que se veía, sobre todo por su figura y porque mide 1.40 metros; se veía deliciosa.
Iba pasando por afuera de su casa y me preguntó si podía ayudarle a bajar unas cajas de un estante, ya que estaban pesadas y ella no podía hacerlo sola. Así me adentré con ella en su casa; afortunadamente no había nadie más.
Me indicó cuál era la caja y la bajé, pero al agacharse ella para ver el contenido, sus pechos casi se salen de la blusa.
No sé cómo, pero volteó a verme y notó que mi mirada estaba fija en su escote, por lo que rápidamente disimulé mirando hacia otro lado. Sacó unos papeles de la clínica y me pidió que volviera a poner la caja en su lugar.
Al levantarla, mi pantalón quedó expuesto y, por ende, también mi erección. De repente, sentí cómo agarró a mi miembro sobre la tela y me dijo:
—No solo tú puedes alegrarte la vista.
Podemos hacer un trato: tú me lo muestras y a cambio te dejo ver mis pechos —mientras se llevaba el dedo índice a la boca de forma coqueta.
—¿Estás segura, Fabiola? —le pregunté.
Solo asintió con la cabeza. En ese momento, bajé el cierre de mi pantalón y solo saqué la punta, a lo cual ella se asombró un poco al verla.
—No manches, qué cabezota tienes —comentó.
Ella seguía con la mirada perdida en mi miembro hasta que lo guardé. Ahora era su turno: se abrió un poco la blusa, dejándome ver la mitad de su pezón rosado. A los pocos segundos se acomodó la ropa como si nada hubiera pasado.
—Podemos continuar en mi habitación, claro, si quieres… o a lo mejor te pega mi prima —dijo con picardía.
Terminó de decir eso y la seguí hasta su cuarto. Al llegar, me hizo sentar sobre la cama porque iría al baño, pero nunca me imaginé que al salir regresaría completamente desnuda. Sus pechos rebosantes y sus pezones eran una delicia visual, y qué decir de su vulva, con unos labios grandes que sobresalían.
A continuación fui yo quien se desnudó. Ella se me quedó viendo al miembro, que ya estaba erecto por todo lo visto, y se acercó mucho para admirarlo mejor.
—Wow, es muy grueso —dijo.
Con su mano intentó rodear el grosor, pero le faltaba como media pulgada para cerrarla. Comenzó a masturbarme por un rato, pero por el embarazo sus piernas se cansaron, así que se recostó a la orilla de la cama y me dijo:
—Ven, voy a intentar mamarlo.
Abrió la boca lo más que pudo y le entró la cabeza y un poco más. Se sentía riquísimo, así que comencé a moverme, prácticamente follando su boca. Introducía casi la mitad, y sentía cómo topaba en su garganta. Después de unos minutos, sus ojos se pusieron llorosos porque se estaba asfixiando, así que retiré mi miembro.
Me recosté a su lado para comenzar a lamer sus pezones mientras ella, con su mano, jugaba con la cabeza de mi miembro. Lengueteaba primero uno y después el otro, y no paré hasta que salió un poco de calostro. Estaba a punto de eyacular, por lo que bajé más hasta llegar a su sexo para succionar sus labios vaginales y, de vez en cuando, pasar mi lengua por el interior.
Al hacer esto, Fabiola comenzó a gemir y abrió más las piernas para que llegara más adentro. Le introduje dos dedos en la vagina, que ya estaba muy húmeda, lo que facilitó que resbalaran en su interior. Los metía y sacaba rápido hasta que comenzó a lubricar demasiado.
Ella gemía y decía: «Qué rico… uyyy… mmm», hasta que tuvo un orgasmo con el cual mis dedos quedaron prensados en su interior mientras lanzaba un grito de placer: ¡AAAAA!
La acomodé en el borde de la cama para penetrarla. Ya tenía el miembro listo e introduje solo la cabeza cuando escuchamos que tocaban la puerta. La ayudé a ponerse de pie rápidamente; como había una bata de baño cerca, se la puso para salir a ver quién era. Yo me cambié a toda prisa para evitar ser descubierto.
Efectivamente, era su madre, que venía por los papeles que Fabiola había buscado antes. Cuando entró a la habitación, se le hizo raro verme ahí y notar la ropa de su hija tirada, pero Fabiola le dijo que se iba a bañar. No sé si se lo creyó, pero antes de que me fuera, Fabiola me susurró que la viera mañana a la misma hora para ahora sí penetrarla.
Me despedí y salí rumbo a donde estaba mi esposa, a unas cuantas cuadras de allí.


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