LA PUERTA EQUIVOCADA
Una puerta equivocada en el club, abre otras puertas en mi matrimonio..
A mis sesenta y siete años creía que ya conocía todas las formas posibles de sentir vergüenza, sorpresa y atracción. Pero aquel domingo descubrí que todavía podía quedarme sin palabras. Mi esposo había ido a jugar fútbol con sus antiguos compañeros de universidad. Eran hombres que rondaban los sesenta años, aunque algunos habían invitado a amigos más jóvenes.
A las cuatro de la tarde Raúl me llamó.
—Pamela, ¿puedes recogerme en el club? Después del partido vamos a conversar un rato.
—Claro. ¿A qué hora?
—A las cinco.
Llegué puntualmente. Pero Raúl no apareció. Esperé quince minutos. Después veinte.
Finalmente decidí entrar a buscarlo. Nunca imaginé que aquella pequeña decisión me llevaría a una situación tan desconcertante. El complejo deportivo tenía varios corredores que conducían a los vestieres, las canchas y las zonas de descanso.
Caminé por uno de ellos hasta encontrar a Fernando, un antiguo compañero de Raúl.
—¡Pamela! ¿Qué haces por aquí?
—Buscando a mi marido. Quedamos en que lo recogería.
Fernando frunció el ceño.
—Pero Raúl se fue hace unos veinte minutos con Alberto. Creo que Alberto se ofreció a llevarlo a casa.
—¡No puede ser!
—Seguramente intentó llamarte.
Revisé mi teléfono. No tenía ninguna llamada.
—Bueno, tendré que regresar.
Fernando señaló el corredor.
—Por allí encuentras la salida.
Le agradecí y comencé a caminar.
Sin embargo, después de doblar dos esquinas, comprendí que me había equivocado.
Abrí una puerta creyendo que conducía al estacionamiento.
Y me encontré en las duchas de los vestieres masculinos.
El sonido del agua llenaba el salón.
Había numerosos hombres adultos que acababan de terminar sus actividades deportivas. Algunos estaban duchándose y otros buscaban sus toallas.
Mi aparición produjo un silencio inmediato.
Me quedé inmóvil.
—¡Dios mío! ¡Perdón! —exclamé, llevándome una mano a las gafas.
Un hombre de cabello entrecano se apresuró a cubrirse.
—Señora, creo que se equivocó de puerta.
—¡Eso es evidente! —respondí, completamente ruborizada.
Algunos soltaron una carcajada.
Yo también terminé riéndome, aunque deseaba que el suelo me tragara.
—Estoy buscando la salida —expliqué—. Vine por mi esposo y terminé perdida.
Uno de los hombres, que tendría unos cuarenta y cinco años, se acercó prudentemente, manteniendo una toalla alrededor de la cintura.
—No se preocupe. Soy Mauricio. Puedo indicarle por dónde salir.
—Se lo agradecería muchísimo.
Mauricio señaló una puerta lateral.
—Por allí llegará al corredor principal.
—Muchas gracias.
Antes de marcharme, escuché una voz conocida.
—¿Pamela?
Me volví.
Era Ricardo, otro amigo de Raúl.
—¡Ricardo! ¡Qué vergüenza!
Él comenzó a reír.
—Creo que nunca habíamos tenido una visita tan inesperada.
—Y espero que jamás vuelvan a tenerla.
Las risas aumentaron. Fue allí cuando me dí cuenta que muchos de ellos estaban desnudos, sin siquiera tener la toalla encima. Ni siquiera Ricardo. En cuestión de segundos, pude percibir como sus miembros que inicialmente parecían aletargados, empezaron a cobrar vida y a levantarse cual astas. Ricardo se acercó a saludarme, y al abrazarme pude sentir como la punta de su falo me tocó, lo que me hizo estremecer. Comprendí que no era incomodidad al sentir como mis pezones se endurecieron al instante.
— Estás muy guapa.
—Y tú estás muy…viril, le dije ruborizada.
No sé porque, pero mientras él me miraba a los ojos, mis manos aprisionaban su magnífica verga que empecé a masajear de arriba a abajo. Mi mano no alcanzaba a rodear su tallo, que estaba duro como un bate. Acerca su cara y sin mediar palabra me dio un beso en la boca, buscando mi lengua con la suya que entrelace con lujuria. Mientras me besaba y yo lo pajeaba, con una mano abrió mi blusa y levantando el sostén libero mis senos que empezó a magrear y a apretarlos con fuerza y a la vez con delicadeza. Me continúo besando el cuello y fue bajando hasta mis tetas cuyos pezones parecían explotar de lo duro y grandes; se turnó en besarlos y morderlos mientras yo lo seguía masturbando.
De pronto sentí que mi mano libre fue ocupada por otro pene, y sin dudarlo, lo empecé a masturbar. Una polla gigantesca negra, con una cabeza brillante y dos testículos gigantes, de Sebastián, un antiguo conocido de mi marido que era abogado. La cabeza me daba vueltas de la excitación, mientras Ricardo seguía chupando mis tetas y yo masturbaba esos mástiles que llenaban mis manos con todas mis fuerzas.
Se acercaron otros hombres que me rodearon y entre todos, con gentileza, me quitaron la ropa; la blusa, el sostén, la falda y los panties; me acariciaban por todos lados, me sobaban las tetas, me pellizcaban los pezones, y entre todos subían la calentura de mi cuerpo, mientras sentía mi vulva completamente emparamada y como mis fluidos ya caían por el interior de mis muslos. Me sentía completamente como una puta, liberada completamente entre tantos machos que me deseaban.
Ricardo empezó a mugir, y tomándome de los hombres me guio a que me arrodillara, y quedando frente a esas dos pollas, las seguí masturbando mientras me turnaba para chuparlas. Pronto estaba mamando cinco pollas alineadas en circulo, y se iban acercando más hombres deseosos de participar. Con mi boca follaba la polla que tenía al frente, mientras masturbaba las de los lados, y los demás se pajeaban a si mismos; y así estuvimos como unos 15 minutos, saboreando cada verga que me ofrecían. Regresé de nuevo con Ricardo, que no fue que la lamiera, y su polla descargó un poderoso chorro de semen que tragué lo más que pude mientras brotaba de mi boca y caía sobre mis tetas.
Eso desató una reacción en cadena, y en seguida, todos empezaron a descargar sobre mí sus descargas de esperma, que caían sobre mi cabello canoso, sobre mis ojos, mis tetas, y pronto estaba cubierta de semen en mi rostro, mi cabeza, mis pechos, en un bukkake no buscado.
Lejos de disminuirse el tamaño de esas pollas con sus descargas, parecían empoderadas con la escena en la que yo era la protagonista. Sebastián, me ayudó a levantar del piso, y me llevó hacia las bancas del vestier, donde se acostó boca arriba, y me pidió que me subiera sobre él. Con lo arrecha y lo lubricada que estaba con mis propios jugos, me encaramé sobre él y me fui insertando esa tremenda verga que me fue llenando toda, mientras sentía como mis paredes vaginales se frotaban contra su falo. Me la metí toda, hasta que pude sentarme completamente sobre él. Me quedé quieta mientras sentía como el calor de mi lujuria me saturaba, para luego comenzar un sube y baja sobre ese mástil que parecía crecer aún más en mi interior. Sebastián chupaba mis tetas, mordiéndome los pezones, lo que me arrechaba aún más; sentía su lengua lamiéndolos, a pesar de los restos de semen de sus compañeros que los cubrían.
Sentí como alguien me cogía de las caderas, y detenía mis movimientos el tiempo suficiente para colocar la punta de su polla en la entrada de mi ano, y empezó a empujar. Intentó un par de veces sin éxito, hasta que logró insertar la cabeza, que me arrancó un alarido. Me siguió penetrando, mientras se expandía mi anillo anal, hasta tenerlo totalmente adentro. Mi cuerpo vibro en señal de un orgasmo que me dejó extasiada. Empecé a cabalgar de nuevo sobre Sebastián, a la par que quien me penetraba por el culo sincronizaba con mis movimientos. Que delicia sentir como esas dos pollas me penetraban sin cesar. El ano me ardía, pero no quería parar, no quería que parara de bombearme. Para completar, una tercera polla me fue ofrecida, y cogiéndola con una de las manos la comencé a mamar, chupando su glande, su tronco, para metérmela lo más que pudiera. Cogiéndome de la cabeza, fue él quien me empezó a follar la boca, con tanta fuerza como mis otros amantes. El que fuera una polla larga y delgada, favorecía que pudiera ingresar aún más, y aunque me producía arcadas, aguantaba, para seguir recibiendo esa polla que me follaba hasta la garganta.
Después de varios minutos, un nuevo orgasmo recorrió mi cuerpo, soltando como una descarga eléctrica que me recorrió desde la pelvis por la columna hasta mi cabeza. Con los temblores de mi cuerpo, mis amantes, empezaron a descargarse dentro de mí, en mi boca, en mi culo y en mi vagina, sentía como sus chorros me bañaban internamente. Tragué todo lo que pude, para desplomarme sobre el cuerpo de Sebastián, completamente arrecha, pero aun con ganas de más.
Me bajé de encima de Sebastián, para ir y subirme encima de otro que ya yacía recostado sobre la banca con su polla completamente erecta, que me introduje con facilidad, una nueva polla en mi culo y otra en mi boca, para repetir una faena que lejos de aburrirme me extasiaba de placer. Mis tres orificios fueron testigos de cuanto placer se puede recibir, y nuevamente recibieron la leche de mis amantes del segundo turno.
No me quejo para nada de mi intimidad con Raúl, pero esta tarde me sentía desaforada, quería más, quería aprovechar la presencia de todos estos varones que me apetecían.
Un nuevo tercio de vergas se dispusieron para follarme. Los reconocí; Javier, un economista regordete barbudo; César, un ingeniero eléctrico que vivía cerca a nuestra casa, y Eliecer, un moreno gigante, administrador de empresas. Me llevaron a un sofá, donde me pusieron a cuatro patas. Cesar me entró por detrás, profundo, mientras yo le chupaba la polla Javier y Eliecer se la masturbaba contra mi cara. Luego éste pidió el culo. Me relajé. Escupió entre mis nalgas, me abrió con los pulgares y empujó. El glande enorme me abrió despacio. Dolió al principio, un ardor intenso que se transformó en placer cuando estuvo a medio camino. Seguí empujando hasta que la tuve entera. Me folló el culo con embestidas largas y pesadas mientras Javier me embestía la garganta y César me metía dos dedos en el coño, buscando el punto exacto. Me corrí otra vez, más fuerte, el cuerpo entero temblando, mi clítoris latiendo como un corazón aparte.
Al final los tres me usaron a la vez. Javier en el culo, Eliecer en el coño y César en la boca. Tres pollas duras y enormes llenándome todos los agujeros. El ritmo era salvaje pero coordinado. Cada embestida me empujaba hacia otra. El sonido era obsceno: carne contra carne, saliva, gemidos, el chapoteo de mi coño y mi culo siendo follados sin piedad. Me corrí una tercera vez, y una cuarta, y perdí la cuenta. Cuando el Javier se corrió en mi culo, sentí el semen caliente llenarme. Eliecer lo hizo dentro del coño segundos después, y César se corrió en mi boca y me hizo tragarlo todo mientras todavía temblaba.
Me dejaron en el sofá, cubierta de sudor, de saliva, de semen que me salía del coño y del culo y me resbalaba por los muslos. Mi clítoris hinchado y pareciera que latía. Yo respiraba agitada, la cara manchada, la garganta ronca, el cuerpo destrozado y completo. Sonreí, aún faltaba Ricardo que me follara. Mi cuerpo exhausto, pedía más. queria su polla. Anhelaba su polla, la más grande de todos los que ya me habian follado. era el trofeo para cerrar la tarde.
Ricardo estaba sentado con la polla todavía semidura, gruesa, oscura, brillante de mi saliva y de su propio semen. Lo miré a los ojos y le dije sin rodeos:
—Quédate. Solo tú. Quiero entregarte el culo. Entero. Con tiempo. Con mucho lubricante. Quiero sentirla toda dentro.
Sonrió despacio, asintió, y todos los demás entendieron. Se despidieron y la puerta se cerró. Nos quedamos solos en el vestier, con el olor a sexo todavía espeso en el aire. Ricardo fue al baño y volvió con un bote grande de lubricante grueso, de ese que no se seca enseguida. Me tumbé bocabajo en el sofá, las piernas abiertas, el culo al aire. Él se arrodilló detrás de mí. Primero me abrió las nalgas con las manos enormes y me miró. Después vertió el lubricante a chorros. Frío al principio. Me resbaló entre los labios del coño, por el perineo, hasta el agujero. Él lo extendió con dos dedos, despacio, entrando solo la yema, girando, abriéndome con paciencia. Metió un dedo entero. Luego dos. Los movía en círculos, abriéndome, añadiendo más lubricante mientras yo gemía contra un cojín.
Se deleitó conmigo casi diez minutos solo con los dedos. Tres dedos al final, abriéndome, estirándome, el lubricante chorreando por mis muslos. Cuando sintió que estaba lista, se colocó detrás. Su polla, la más grande que he visto en mi vida, ya completamente dura otra vez, pesaba contra mi nalga. Vertió más lubricante sobre el tronco entero, se untó bien, y apoyó el glande enorme contra mi agujero.
—Respira —dijo con voz grave.
Empujó. Muy despacio. El glande me abrió. Sentí el ardor intenso, la presión, la sensación de ser estirada más allá de lo que creía posible. Paró. Esperó. Me acarició la espalda. Cuando relajé, empujó otro centímetro. Y otro. El grosor era brutal. Cada vena se notaba. El lubricante ayudaba, pero el tamaño era el tamaño. Cada embestida me empujaba sobre el sofá, al que trataba de agarrarme como podía. Centímetro a centímetro ganaba terreno; no era como ninguna de las que me habia culeado esta tarde. Paraba cada vez que yo apretaba demasiado, me daba tiempo, añadía más lubricante con los dedos alrededor de donde su polla me entraba. Yo empujaba hacia atrás cuando podía, abriéndome a propósito. El ardor se fue transformando en una plenitud caliente, profunda, que me llegaba hasta el estómago. Cuando por fin noté sus testículos contra mi coño y su vientre pegado a mis nalgas, supe que la tenía entera. Toda. Los 28 centímetros más gruesos que había sentido jamás dentro de mi culo.
Me quedé temblando. Él no se movió. Me dejó sentirla. La presión, el latido de su polla dentro de mí, el calor. Me acarició el clítoris con dos dedos, y me corrí solo de eso: de tenerla enterrada hasta el fondo, inmóvil, llenándome por completo.
Entonces empezó a moverse. Embestidas larguísimas, lentas al principio. Sacaba casi toda y volvía a entrar hasta el final. El lubricante hacía un sonido húmedo y obsceno. Cada vez que llegaba al fondo yo gemía más alto. Aceleró poco a poco. Una mano me sujetaba la cadera, la otra me tiraba de mi cabello canoso. Me follaba el culo con profundidad y control, sintiendo cómo mis paredes se aferraban a él. Yo empujaba hacia atrás, pidiendo más, pidiendo que me la metiera entera una y otra vez.
Me cambió de posición. Me puso de lado, una pierna levantada, y volvió a entrar de un solo empujón hasta el fondo. Así me tocaba el clítoris con más facilidad. Me corrí otra vez, apretándolo con el culo, sintiendo cómo él gemía por la presión. Después me montó a horcajadas, de espaldas a él, y me hizo bajar yo misma. Me la tragué entera otra vez, subiendo y bajando despacio, sintiendo cada centímetro, mientras mis tetas rebotaban.
Ricardo empezó a temblar mientras mugía, me hizo levantar y sentándome en el sofá me apuntó con su polla, que descargó un sorprendente y largo chorro de semen, que me baño completamente. Quedamos los dos tirados unos minutos sobre el sofá completamente extenuados. Nos fuimos a las duchas, nos vestimos, nos despedimos y sali al corredor.
Todavía estaba intentando recuperar la compostura cuando Mauricio apareció, aquel que me indicó en un principio como salir.
—¿Encontró la salida?
—Creo que sí. Aunque después de lo ocurrido ya no confío en mi sentido de orientación.
Sonrió.
—Fue una situación bastante divertida.
—Para ustedes, seguramente. Yo todavía estoy roja.
—No tiene por qué sentirse mal.
Lo observé con mayor tranquilidad.
Era un hombre atractivo, de sonrisa cálida y modales agradables.
—¿Conoce a Raúl? —pregunté.
—Sí. He jugado varias veces con él.
—Entonces comprenderá por qué estoy aquí.
—Por supuesto.
Caminamos hacia la salida.
—¿Puedo decirle algo? —preguntó Mauricio.
—Después de lo que acaba de pasar, creo que ya nada puede sorprenderme.
Sonrió.
—Tiene usted un gran sentido del humor.
—Es una de las pocas cosas que me ha permitido sobrevivir a sesenta y siete años de experiencias.
—Pues los lleva muy bien.
Lo miré por encima de mis gafas.
—¿Eso fue un cumplido?
—Uno sincero.
Me reí. —Hoy parece ser el día de las sorpresas. Me acerqué y tomándole de la mano, lo conduje de nuevo al vestier. Al cerrar la puerta, me cogió a besos que respondí con ganas. No había tiempo que perder, ya debía regresar a casa. Me llevó hasta el sofá, y poniéndome en cuatro patas, me levantó la falda, corrió el calzón y apuntando con su verga me penetró, follándome en cada envión con más fuerza. Embestidas profundas, pesadas, que me hacían avanzar en el sofá, teniendo que acomodarme y retroceder. El sonido de su cuerpo contra el mío llenaba el vestier. Me agarró fuerte de las caderas, se clavó hasta el fondo y se corrió. Sentí los chorros calientes llenándome el culo, uno detrás de otro, tan abundantes que me rebosaban alrededor de su polla y me resbalaban por el coño y los muslos. La mantuvo dentro un rato más, todavía dura, mientras yo temblaba. Después la sacó despacio. El semen me salió a borbotones. Me quedé bocabajo, el culo abierto, goteando, la respiración agitada, el cuerpo satisfecho de una forma profunda y de hecho, sucia. Nos despedimos con un beso, y salí del vestier después de limpiarme rápidamente.
Cuando llegué a casa, encontré a Raúl sentado en la sala.
—¡Pamela! ¿Dónde estabas?
Lo miré con fingida indignación.
—¡Buscándote!
—Pero Alberto me trajo.
—Eso descubrí después de recorrer medio complejo deportivo.
Raúl comenzó a reír.
—¿Te perdiste?
—Digamos que conocí instalaciones que jamás había pensado visitar.
—¿Qué instalaciones?
Lo observé unos segundos.
—Las duchas masculinas.
Raúl abrió los ojos.
—¿Qué?
Le conté lo ocurrido.
Al principio me escuchó sorprendido, tanto que tuvo que dejar su taza de café sobre la mesa y se paró.
—Dime una cosa —preguntó sin mirarme—. ¿Fue algo que tú quisiste?
—Sí. Nadie me obligó. Todos éramos adultos y fue una decisión voluntaria.
Volvió a sentarse.
—¿Y por qué me lo estás contando?
Sentí que se me humedecían los ojos.
—Porque eres mi esposo. Porque te amo. Y porque no quiero construir una mentira entre nosotros.
Él tomó mis manos.
—Pamela, tengo que confesarte algo que probablemente te sorprenda tanto como lo que acabas de contarme.
Lo observé intrigada.
—Durante muchos años he tenido una fantasía que nunca me atreví a compartir contigo.
—¿Cuál?
Me sostuvo la mirada.
—Imaginarte siendo deseada por otros hombres. Incluso imaginarte compartiendo una experiencia con varios de ellos mientras yo estaba presente.
Me quedé sin palabras.
—¿Me estás diciendo que alguna vez soñaste con verme en una situación como la que viví hoy?
—Sí. Pero una cosa es una fantasía y otra descubrir que realmente ocurrió. Necesito entender cómo me siento.
Aquella respuesta me conmovió más que cualquier reproche.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Sonrió tímidamente.
—Porque pensé que te ofenderías. Que creerías que no te amaba o que quería compartirte porque habías dejado de interesarme.
Me acerqué a él.
—¿Y ahora?
—Ahora descubro que hay aspectos de ti que todavía no conozco.
—¿Estás enojado?
—Me duele que haya sucedido sin que lo habláramos antes. Pero también quiero comprenderte. No quiero que una fantasía o una aventura destruyan lo que hemos construido.
Apoyé mi cabeza sobre su hombro.
—Yo tampoco.
Permanecimos abrazados largo rato.
Después, él me hizo una pregunta inesperada.
—Pamela, ¿quisieras volver a vivir algo semejante?
Levanté la cabeza.
—No lo sé. Lo que ocurrió fue inesperado. Pero si alguna vez volviera a suceder, quisiera que tú lo supieras y que ambos estuviéramos de acuerdo.
—¿Y aceptarías que yo estuviera presente?
Lo miré sorprendida.
—¿Eso es realmente lo que deseas?
—Es algo que he imaginado, pero solamente tendría sentido si tú también lo quisieras. No quiero convertirte en protagonista de una fantasía que no sea tuya.
Me emocionó escucharlo.
—Entonces tendríamos que hablar mucho —respondí—. De nuestros sentimientos, nuestros límites y de lo que significaría para nosotros.
Él asintió.
—Y también de algo importante: no quiero que mis compañeros crean que, por lo ocurrido hoy, tienen derecho a acercarse a ti de esa manera nuevamente.
—Por supuesto. Nadie tiene derecho a dar nada por supuesto.
—Además, tendríamos que cuidar nuestra privacidad, nuestra salud y, sobre todo, nuestro matrimonio.
Le acaricié la mejilla.
—¿Sabes qué es lo que más me sorprende?
—¿Qué?
—Que llegué a casa convencida de que esta confesión podía acabar con nosotros. Y ahora estamos hablando de cosas que nunca nos habíamos atrevido a decir.
Él sonrió.
—Eso no significa que todo esté resuelto, Pamela. Todavía tengo sentimientos encontrados. Pero prefiero que podamos hablar con sinceridad.
—Yo también.
Nos besamos con la ternura de quienes llevan décadas compartiendo la vida, pero también con la curiosidad de quienes acaban de descubrir algo nuevo.
Me cogió de la mano, y me fue llevando hasta la alcoba, mientras íbamos dejando la ropa en el camino. Al llegar a la cama, abriéndome las piernas sumergió su cabeza en mi coño.
— Estás muy húmeda, muy rica y con un olor fuerte delicioso. Olor a puta.
— Tu puta.
Raúl metía y sacaba su lengua de mi coño como si su lengua fuera su verga y me estuviera penetrando, después chupaba como si dentro de mi vagina hubiera un manjar que no quería perderse. Continuó su tarea lamiéndome el clítoris, después me lo chupaba como si fuera una verga pequeñísima. Allí tuve mi primer orgasmo esa noche, sentía que mi cuerpo me temblaba. Levantó mis caderas y prácticamente puso mi culo a la altura de su boca. Me levantaba y me bajaba y hacía que mi cuerpo se deslizara por su boca. Su lengua, que me parecía enorme, recorría mi coño y mi culo. Luego se detuvo en mi ano y comenzó a meterme la lengua con la misma dedicación que lo había hecho con mi concha. Parecía que mi ano estaba hecho para su lengua, pues entraba fácilmente.
Después se dio vuelta y me puso la verga en la cara, invitándome a que se la mamara, y así lo hice. Tenía que abrir la boca todo lo que podía para poder introducírmela. Le lamía la polla de la cabeza hasta la base, para después juguetear con sus testículos, se los mordisqueaba, se los chupaba y volvía a lamerle la polla. Mientras Raúl movía las caderas tratando de meterme más profundo la verga en la boca, me chupaba el coño, se metía los dedos en la boca y después me los metía en el ano, primero un dedo, después dos y finalmente no sé cuántos dedos me metió. Allí tuve mi segundo orgasmo, este fue más intenso que el anterior. Mis gritos fueron más fuertes.
Después de esto, se puso encima mío y me la metió. Me levantó una pierna y siguió metiéndomela, Después me la metió de costado. Luego se recostó en el sillón del cuarto y me dijo que me sentara en su verga. Le obedecí. Comencé a cabalgar sobre esa descomunal polla y sentía como se me introducía toda, y yo podía controlar el movimiento. Eso me excitó al máximo.
Cuando sentí que me venía otro orgasmo comencé a moverme más rápido y la sensación de placer fue indescriptible. Ahora, más calmada, pienso que esa es la mejor pose, porque una puede controlar la penetración y dirigir la velocidad y profundidad. Después de eso, me ordenó que me pusiera en cuatro patas, pero arrodillada. Sentí que me escupió en el culo y luego me metió un dedo despacio, comenzó un mete y saca con un dedo y después sentí que me metió dos dedos y continuaba con el mete saca. La verdad que hasta ese momento no sentía dolor, solo una sensación de incomodidad que era largamente anulada por el inmenso placer que sentía con los dedos de mi marido dentro de mi ano. Si me sentía sorprendida sobre qué tan rápido se acomodaba el esfínter, pensando en la culeada que me habían dado en la tarde. Volvió a escupirme en el culo, sacó sus dedos y puso la cabeza de su enorme polla en la entrada de mi ano. Yo hacía ya un buen rato que me había dado cuenta de que me la quería meter por el culo, y la verdad, estaba ansiosa porque lo hiciera.
— Espero que no te duela.
—-No me interesa que me duela, al contrario, quiero que me duela; quiero que seas tu él que me rompa el culo.
Poco a poco fue metiéndola. Metía un poco y se detenía unos segundos. Cuando me la metió toda sentí como si me estuvieran partiendo en dos. Sentí un gran dolor y solté un grito. Al mismo tiempo sentí un inmenso placer y comencé a moverme y a retroceder más para que me entrara más de su polla. Me sentía una puta, quería ser una puta, la puta de mi marido. Raúl siguió bombeando como si fuera el pistón de un carro. Me agarró fuerte las tetas con ambas manos y me apretó contra él. Entendí que se estaba viniendo. Sentí que me llenaba de leche, pero la leche no paraba de salir. Sacó su polla de mi ano y me la ofreció para que se la chupara, lo que comencé a hacer hasta dejársela limpiecita.
Realmente no sé cuántos orgasmos tuve, pero fue maravilloso. Nos quedamos reposando en la cama un rato. Luego me fui para el baño.
Y estaba con mis pensamientos, cuando Raúl poniéndose detrás mío mientras yo me recostaba en el mesón del lavamanos, me la clavó en el culo, y empezó un tremendo mete y saca, con potencia, con fuerza, penetrándome completamente mientras sus testículos me golpean con cada embate. Con mis manos me sostengo con cada empujón que me da, mientras el me penetra con fortaleza y con pasión. Literalmente quería comerme con su verga. Sacó su polla, y haciéndome arrodillar descargó su semen sobre mi rostro. Al levantarme, me dio un beso en la boca y se entró a duchar; al salir me dejó sala y se fue para la cama.
Allí, frente al espejo, observé mi rostro surcado por su semen, mi cabello canoso, mis ojos cafés y las marcas de los años. Sonreí al recordar mi desconcierto. La vida todavía podía sorprenderme. Todavía podía hacerme sonrojar, reír y experimentar aquella curiosidad que creía reservada para la juventud. Y comprendí que no necesitaba convertir cada impulso en una aventura para reconocer que seguía siendo una mujer llena de emociones. Porque algunas puertas equivocadas no nos conducen a donde imaginábamos, pero sí nos recuerdan que todavía quedan muchas cosas por descubrir sobre nosotros mismos.
Me duché, me lavé y fui para la cama donde me esperaba Raúl. No hicimos planes concretos ni prometimos aventuras extraordinarias. Simplemente nos quedamos descubriendo que incluso después de tantos años todavía existían territorios desconocidos en nuestra relación. Y comprendí algo que jamás habría imaginado aquella mañana: lo más sorprendente de mi confesión no había sido descubrir una fantasía secreta de mi esposo, sino descubrir que aún teníamos la confianza suficiente para hablar de nuestros deseos, nuestros temores y nuestros límites sin dejar de amarnos. Quizá habría nuevas experiencias. Quizá decidiríamos que aquella tarde debía permanecer como un episodio irrepetible.
Pero cualquiera que fuera nuestra decisión, esta vez la tomaríamos juntos.

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