La suegra se siente mujer nuevamente
Sexo con la suegra en la noche .
Mi suegra llevaba meses viviendo con nosotros. Es una mujer de 50 años, chaparrita, tetoncita y algo llenita, pero no se porque siempre me pareció atractiva y provocaba algo en mi.
El sábado pasado nos quedamos solos ella y yo en la casa, Mi esposa es enfermera y estaba en el turno de la noche, mis dos hijas, por su parte, salieron a una fiesta con sus amigas.
Llegué del trabajo más tarde de lo habitual, eran las 9 de la noche por lo cual mi suegra me esperaba con la cena pero con una actitud malhumorada.
—¿Por qué tan tarde? —me dijo, cruzándose de brazos.
—Mucho trabajo, suegra, No empiece Por Favor —
—¿Será trabajo o será otra cosa?
No será que te aprovechas de la confianza que te tiene mi hija para andar por ahí de cabron—insinuó con una mirada que me recorrió de arriba abajo.
—Mire, estoy tan cansado que si alguien me tienta, seguro me quedo en el arranque —le solté, harto—. Pero si quiere probar, aquí estoy.
Se quedó muda, mirándome con una mezcla de indignación ,Coraje y curiosidad.
Cenamos en un silencio incómodo. Después, me quedé dormido en el sofá frente al televisor hasta que ella me despertó cerca de la medianoche para que me fuera a mi cuarto.
Pase al baño a lavarme los dientes, y al pasar frente a su habitación, la vi sentada en la orilla de la cama, con la puerta entreabierta.
—Hasta mañana —le dije, deteniéndome.
—Oye, no puedo dormir —respondió ella, suavizando el tono—. Me preocupa que las niñas anden en la calle a esta hora.
—Ya están grandes, suegra. Relájese, ya no tardan en llegar.
Entré a su cuarto, casi por instinto. Me senté a su lado y empezamos a platicar, la cercanía era eléctrica. El camisón de satín que llevaba apenas le cubría lo necesario y en un descuido, o quizás no tanto, puse mi mano sobre su muslo,la piel estaba tibia y suave.
Empecé a masajearle la pierna por encima de la tela. Ella no se movió, solo soltó un suspiro largo. Yo sentía que el pantalón me iba a reventar. Poco a poco, fui deslizando y subiendo el camisón. Al llegar a su entrepierna y descubrí que no llevaba nada debajo. La sorpresa me dejó mudo.
—¿Qué estás haciendo? Sabes que esto está mal —susurró, aunque su cuerpo decía lo contrario.
—Usted también lo quiere, no me diga que no.
—Soy tu suegra… —dijo, pero ya tenía las manos en mis hombros.
No hubo marcha atrás. Mis dedos buscaron su humedad y la encontraron. Ella gimió, me tomó de la mano y me obligó a probar mis dedos llenos de sus fluidos.
—Seria mejor si lo hago directamente suegra—en ese momento ella perdió por completo la compostura de señora seria.
Se puso boca arriba y abrió las piernas,su intimidad era clásica, la tenía muy peluda pero jugosa. Me hundí entre sus piernas, bebiendo de ella mientras ella apretaba mis orejas con sus muslos, al borde del clímax.
Cuando soltó su primer orgasmo, el espasmo fue tan fuerte que mojó las sábanas blancas.
Me subí sobre ella, besando sus pechos aún bien conservados. Cuando intenté penetrarla, se tensó un segundo.
—Espera… —jadeó—. Desde que mi marido me dejó, nadie me ha tocado. No sé si pueda…
—Déjese llevar, —le susurré.
Ella asíntio por lo que entré despacio,estaba tan estrecha que parecía la primera vez. La sensación de urgencia, sabiendo que mis hijas podrían abrir la puerta principal en cualquier momento, hizo que el sexo fuera brutalmente intenso por lo que ella se movía con un hambre acumulada, arañándome la espalda y pidiendo más.
Cuando sentí que el final llegaba, intenté retirarme, pero ella me enganchó con las piernas, pegándome a su vientre con una fuerza increíble.
—¡Adentro! ¡Dámelo todo adentro! —me gritó en un susurro desesperado.
Terminamos fundidos en un solo cuerpo, jadeando, con el oído atento por si escuchábamos el coche de las niñas en la cochera.
Nos quedamos abrazados unos minutos, recuperando el aliento y tiempo después ella me dio un beso de lengua cargado de complicidad.
—Vete a tu cuarto antes de que lleguen —me dijo, volviendo a usar ese tono de mando, pero esta vez con una sonrisa—.
Mañana volvemos a ser los de siempre… pero ya sabes dónde encontrarme cuando la casa se quede sola.
Me fui a mi cama justo a tiempo; diez minutos después escuché las risas de mis hijas entrando por la sala. Nadie sospechaba que, en el cuarto del fondo, su abuela acababa de recordar lo que era sentirse mujer.

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