Las Madres del Conurbano también cogen con sus hijos.
La historia de Linda de 38 años… una madre de un adolescente..
«Crónicas del Edén» — Entrada del 12 de febrero
Hace unos meses subí esta entrada en mi blog y como este jardín es ya también de ustedes, se los comparto…
Hoy tengo entre las manos una carta que me llegó hace tres noches y que no he podido —no he querido— soltar. Llegó sin avisar, como llegan las cosas importantes, en un sobre de papel madera que olía a jazmín y a trabajo. El remitente decía «Linda B. Mansilla, Ituzaingó», y ya desde el nombre supe que adentro había algo que me iba a encantar.
La leí de un tirón, de pie en la cocina, con la taza de té enfriándose sobre la mesada. Después la leí otra vez. Y otra. Me reí, se me llenaron los ojos de lágrimas, y sentí ese nudo en el pecho que solo aparece cuando una lectora te dice la verdad sin los adornos que nosotras, las que escribimos, solemos ponerle a la vida.
Linda no sabe escribir. Lo aclara ella misma, en el primer renglón, con una humildad que te parte el alma: «Elena, disculpeme, yo no tengo estudios, esto va a estar lleno de faltas». Y sí, tiene faltas. Tiene la ortografía de quien no pudo terminar la escuela porque había que laburar. Tiene la sintaxis de quien aprendió a hablar en una cocina de pensión y no en un taller literario. Pero tiene, sobre todo, una verdad que a mí, que me paso las horas puliendo adjetivos y domando párrafos, me dejó sin palabras.
Linda nos leyó a todas. Dice que nos leyó de madrugada, con el celular prestado de su jefa, escondida bajo las sábanas para que su hijo no la viera. Dice que no participó nunca porque le daba vergüenza. «Ustedes escriben lindo», me dice, «que yo qué iba a comentar, si apenas sé escribir». Pero esta vez, después de lo que pasó, sintió que necesitaba contármelo. Y me lo contó. Con sus palabras, con sus faltas, con su castellano de barrio que no pide disculpas aunque crea pedirlas.
Lo que Linda me cuenta es lo que yo, con mis herramientas, intenté transformar en el primer capítulo que ustedes van a leer. La tormenta, los cinco baños de la abogada, el camisón transparente, la frase exacta —«Mi buen chico. Mi orgullo. El hombre de mi vida»—, todo eso está en su carta. No lo inventé yo. Lo trajo ella, crudo, desnudo, hermoso, envuelto en faltas de ortografía y en una ternura que no se aprende en ningún lado.
Pero al darle forma —al pulirle las comas, al ordenarle los párrafos, al darle ese aire de cuento que yo sé darle a las historias—, me quedé pensando si no traicioné algo. Si la Linda de verdad, la que escribe «eyaculame» con hache y sin culpa, no es más poderosa que la Linda que yo vestí con el ropaje de mi prosa. Si no les debo a ustedes, y a ella, la oportunidad de leer lo que me mandó tal cual me lo mandó. Con sus tachones, con sus mayúsculas, con esa letra de mujer que agarró la lapicera como quien agarra una herramienta de trabajo.
Por eso, hoy les pregunto: ¿quieren que comparta la carta de Linda? La carta de verdad. La que huele a jazmín y a transpiración. La que me hizo llorar en la cocina a las dos de la mañana. No la versión que yo escribí, ordenada, sino la de ella, la de la mucama del conurbano, la que dice «soy una mina simple pero sé querer bien». Porque quizás ahí, en ese texto sin pulir, está la verdadera crónica del Edén.
Díganme si quieren. Y si quieren, mañana mismo la comparto.
Las quiero. Las leo. Las abrazo fuerte, a la distancia, como se abraza a las hermanas que no se conocen pero se saben.
Elena
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Capítulo 1: La tormenta
Era viernes y el calor no aflojaba ni a las diez de la noche. Linda bajó del colectivo en la esquina de Martín Fierro y caminó las tres cuadras hasta su casa con los pies hinchados dentro de las zapatillas y la espalda que le pedía cama. Venía de limpiar la casa de la abogada en el country, la peor de todas, la que tenía cinco baños y una cocina con isla donde siempre quedaba grasa de algo. Ese día había refregado hornallas hasta que los dedos se le acalambraron, y mientras volvía apretada contra la ventanilla del 302, sintió que la vida se le escapaba en restregones.
Pero cuando dobló en la esquina y vio la luz de la cocina encendida, el cansancio se le hizo agua. Matías estaba adentro. Seguro había preparado mate. Seguro estaba tirado en el sillón con el celular, con esa remera agujereada que ella le pedía que tirara y él no tiraba nunca porque era su favorita. Linda sonrió sola, en la vereda oscura, antes de abrir la reja.
—¡Mati! ¡Llegué, mi amor!
El grito le salió solo, como le salía siempre, ese pregón de madre que anuncia su llegada antes de meter la llave. Adentro, la casa olía a desodorante de ambiente y a algo dulce. Matías apareció en el pasillo, descalzo, con la remera agujereada y un short de fútbol.
—Hola, ma. ¿Todo bien? ¿Qué onda?
—Un infierno, nene. La mina esta tenía los cinco baños llenos de pelos. Cinco baños. ¿Quién tiene cinco baños? ¿Se baña en uno distinto cada día?
Matías se rio. Esa risa que Linda conocía desde la panza, ese sonido que le ordenaba el mundo. Se acercó y le dio un beso en la mejilla. Ella lo abrazó más fuerte de lo normal, un poco por el cansancio, un poco por otra cosa que no supo nombrar. Él se dejó abrazar, como siempre, como desde que era un bebé y se dormía sobre su pecho.
—Te hice fideos, ma. Con la salsa que te gusta.
—Ay, mi amor. Mi buen chico.
Comieron en la mesa de la cocina, uno frente al otro. Afuera, el viento empezó a levantarse. Las chapas del techo temblaron con una ráfaga, y Linda alzó la vista instintivamente. Tormenta. Otra vez. Las tormentas de enero en Ituzaingó eran cosa seria: se cortaba la luz, se inundaba la calle, y el jazmín de la fachada terminaba todo despeinado.
—Va a llover fuerte —dijo Matías.
—Mejor. Así baja el calor.
Cuando terminaron, él lavó los platos mientras ella se duchaba. El baño era chico, de paredes descascaradas, pero tenía buena presión de agua. Linda se quedó un rato largo bajo el chorro, dejando que el calor le aflojara los nudos de la espalda. Se enjabonó el cuerpo con una esponja vieja, pasándose el jabón blanco por los pechos, por el vientre, por los muslos. No pensaba en nada. O pensaba en todo, pero sin palabras. Se miró al espejo empañado y vio a una mujer de treinta y nueve años que seguía siendo linda, a pesar de todo. Las caderas anchas, los pechos generosos, las piernas fuertes. El cuerpo que había parido y que ningún hombre había tocado desde aquel camionero chaqueño que la dejó preñada y se fue.
Se puso el camisón de algodón, el más viejo, el que se le transparentaba con la luz. Salió del baño descalza. Matías estaba en su pieza, con la puerta entreabierta, mirando algo en el celular. La luz de la pantalla le iluminaba la cara a rayas.
—¿No te dormís, mi amor?
—Ya voy, ma. Dentro de un rato.
Linda se metió en su cama. El viento golpeaba las ventanas. Cerró los ojos. Pero no podía dormir. No era el calor. No era el ruido de las chapas. Era otra cosa, una inquietud que le subía desde el bajo vientre y que conocía de memoria, porque la había sentido cien veces antes, pero que nunca se había animado a mirar de frente.
Pensó en el blog de Elena. En aquel relato de la ducha, la madre que bañaba a sus hijos y sentía que el vientre se le contraía. En los comentarios de otras mujeres que decían sentir lo mismo. En la frase que se le había quedado tatuada en la cabeza: «La diferencia entre el amor maternal y EL AMOR es solo una cuestión de ropa».
Se levantó.
Fue hasta la cocina. El viento aullaba afuera, y un relámpago iluminó el patio por un instante. Linda apoyó las manos en la mesada. La luz de la cocina estaba apagada, pero la del pasillo seguía encendida. Se quedó ahí, en camisón, escuchando la tormenta que se venía.
Y entonces lo sintió. Ese rumor adentro, esa voz que no era la de la mucama ni la de la vecina ni la de la madre sacrificada. Era la voz de la otra, de la que leía el blog de madrugada, de la que se tocaba pensando en su hijo y después se dormía sin culpa. La voz que le decía que ya había esperado bastante. Que Matías no era un nene. Que ella se había pasado la vida dando sin recibir. Y que el único hombre que nunca le falló estaba a tres metros, del otro lado del tabique.
Linda caminó hasta la puerta de su hijo. No se anunció con un grito de «llegué, mi amor», sino con un silencio nuevo, un silencio que pesaba. Empujó la puerta.
Matías estaba sentado en la cama. No miraba el celular. Miraba la ventana, la tormenta que se acercaba. Cuando vio a su madre en el umbral, con el camisón transparente y el pelo suelto, abrió la boca para preguntar algo. Pero no preguntó nada. Porque sus ojos, esos ojos oscuros que siempre leyeron demasiado, entendieron antes que su cabeza.
Linda se sentó en el borde de la cama. Apoyó una mano sobre el pecho de su hijo, justo sobre el corazón, que latía fuerte, rapidito, como un pajarito. Sintió ese latido contra la palma y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Hijito —dijo, y su voz fue un susurro—. Mi buen chico. Mi orgullo. El hombre de mi vida.
Le acarició la cara. Después el cuello. Después el pecho. Los dedos le temblaban, pero no de miedo. Le temblaban de la urgencia contenida, de veinte años de soledad, de cinco baños ajenos refregados esa misma tarde.
—Mamá te quiere enseñar algo. ¿Me dejás?
Afuera, un trueno partió el cielo. La lluvia se largó con furia, golpeando las chapas, inundando la calle de tierra. Adentro, Matías no dijo nada. Pero tampoco se corrió. No apartó la mano de su madre cuando ella se la llevó a los labios y se la besó. No se quejó cuando Linda se inclinó sobre él y le rozó la boca con la boca.
—Sos lo único que tengo, Mati —susurró ella, contra sus labios—. Lo único que nunca me falló. Dejame que te quiera. Dejame que te quiera bien.
Y Matías, que había aprendido a leer los silencios de su madre desde antes de hablar, asintió.
Linda lo besó. Primero despacio, como quien prueba el borde de una taza caliente. Después más hondo, con la lengua, con los dientes, con un hambre que no sabía que tenía. Las manos le subieron por la nuca, por los hombros, por la espalda flaca de su hijo. Matías se dejó hacer. No era sumisión: era entrega. Era la confianza absoluta del pibe que creció sin padre y que aprendió que el amor era solo esto: su madre, su casa, su olor.
Ella le sacó la remera agujereada. Le besó el pecho, el ombligo, el nacimiento del short. Matías se estremeció, y su pene, que ya estaba duro bajo la tela, dio un saltito involuntario. Linda lo notó. Sonrió contra su piel.
—Mirá vos —dijo, y su voz sonó más ronca, más suelta—. Mi buen chico. Mi hombre. ¿Ves? Ya sos grande para todo.
Le bajó el short con una lentitud que era casi una ceremonia. La tela cayó por sus piernas, y el pene de Matías saltó libre, erecto, palpitante. Linda lo miró fijo, sin disimulo, y sintió que se le secaba la boca. Era hermoso. No el pene de un nene, sino el de un hombre joven, con el glande rosado y brillante, la piel estirada, las venas marcadas como ríos bajo la superficie. Un hilo de preseminal colgaba de la punta, y Linda, sin pensarlo, pasó el pulgar por ahí y se lo llevó a los labios. Salado. Caliente. Suyo. Lo tomó con la mano, despacio, como quien agarra algo sagrado. Sintió el calor, el latido, la vida que palpitaba contra su palma. Cerró los dedos alrededor y apretó apenas. El pene dio un saltito, y un gemido le salió a Matías desde el fondo del pecho. Linda miró hacia arriba, a los ojos de su hijo, y vio que él no apartaba la mirada. La miraba fijo, con una mezcla de asombro y deseo que le hizo cosquillas en el vientre.
—Qué hermoso que sos, mi amor —dijo, con la voz ronca, pasando el pulgar por el glande y sintiendo cómo se humedecía—. Todo. Enterito. De mamá.
Bajó la cabeza y lo besó. No con timidez. Con hambre. Abrió la boca y tragó la punta, sintiendo el sabor salado de su hijo en la lengua. Matías jadeó, y sus manos se aferraron a las sábanas. Linda chupó despacio, con una paciencia que no sabía tener, saboreando cada centímetro, sintiendo cómo el pene se endurecía aún en su boca. Lo llevó hasta el fondo, hasta que sintió que le rozaba la garganta, y ahí se quedó un momento, respirando por la nariz, oliendo el vello púbico de su hijo.
Después se incorporó. Se sacó el camisón por la cabeza, con un solo gesto, y quedó desnuda frente a él. La luz del pasillo dibujaba su silueta: los pechos generosos, caídos pero firmes, con los pezones oscuros y erectos; las caderas anchas, la cicatriz de la cesárea que Matías conocía de memoria porque la había visto mil veces; el vello oscuro entre sus piernas, ya húmedo, brillante. No se cubrió. No se avergonzó. Por primera vez en veinte años, Linda Beatriz Mansilla se mostró completa ante el único hombre que le importaba.
—Mirá, Mati —dijo, abriendo las piernas apenas, mostrándole el sexo húmedo y abierto, los labios hinchados, el clítoris asomando—. Esto es tuyo. Todo tuyo. Siempre fue tuyo.
Se montó sobre él. Tomó su pene con una mano y lo guió hacia su entrada. La punta rozó sus labios vaginales, y Linda sintió un escalofrío que le recorrió la columna. Bajó las caderas, despacio, sintiendo cómo la cabeza del pene se abría paso, cómo sus paredes se estiraban para recibirlo. Entró un centímetro, otro, y el gemido que le salió fue un aullido contenido. Estaba llena. Caliente. Completa.
—Ay, mi amor —susurró, con los ojos cerrados, sintiendo cómo él la llenaba hasta el fondo—. Qué grande que sos.
Matías jadeaba abajo, las manos aferradas a sus caderas, los ojos abiertos y fijos en ella como si estuviera viendo a una diosa. Linda empezó a moverse, despacio al principio, buscando el ritmo, la respiración, el ángulo. Sentía el pene de su hijo dentro de ella, rozando sus paredes, tocándole el fondo del útero. Cada movimiento era una caricia, un latido, un te quiero dicho con el cuerpo.
—Así, mi amor —dijo, acelerando el ritmo, sintiendo cómo el placer se acumulaba en su vientre—. Así. Movete conmigo. Dale.
Matías empezó a empujar desde abajo, encontrando el compás, hundiéndose en ella con una fuerza que la sorprendió. Linda sentía el pene entrar y salir, la fricción caliente, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando. La cama crujía. Y ella, Linda, la mucama, la madre sacrificada, se dejó llevar por el placer de ser penetrada por su propio hijo.
—Qué buen chico sos —dijo, y su voz era un jadeo—. Qué buena pija tenés, mi amor. Qué bien me la metés. El mejor hijo del mundo. El hombre de mi vida.
Le hablaba sucio, pero con cariño, con esa mezcla de halago y guarangada que sólo ella sabía hacer. Cada embestida era un te quiero. Cada gemido era un gracias. Y el cuerpo de Matías, joven y fuerte, respondía con la urgencia de quien está descubriendo algo que no sabía que necesitaba.
—Dale, mi amor —rogó Linda, apretando las piernas alrededor de él, sintiendo que el orgasmo se acercaba—. Acabame adentro. Llename de leche. No te salgas. Dámelo todo. Quiero sentirte. Quiero tenerte adentro. Hacé que sea tuyo.
Matías eyaculó con un gemido largo, agarrándose a su madre como si se agarrara de un mástil en medio de la tormenta. Linda sintió el calor adentro, ese líquido tibio que la inundaba, y se corrió también. No fue un orgasmo estruendoso: fue un espasmo hondo, un latido que le subió desde el útero y le explotó en el pecho. Se derrumbó sobre su hijo, jadeante, sudada, llorosa.
—Gracias, mi amor —susurró contra su cuello—. Gracias.
Afuera, la lluvia amainaba. Las chapas dejaron de temblar. El viento se calmó, y un olor a tierra mojada entró por la ventana entreabierta. Linda se quedó un rato largo así, abrazada a Matías, sintiendo su respiración, su calor, su piel. Después se incorporó, fue al baño, y volvió con una toalla húmeda. Lo limpió como cuando era un bebé, con gestos suaves, con amor. Matías la miraba en silencio, los ojos todavía brillosos. —Ma —dijo, y su voz fue un hilo—. Te quiero mucho.
Linda le acarició la mejilla. Le acomodó el pelo revuelto.
—Mi amor, yo no sé si esto está bien o está mal. Pero es nuestro. Es lo único que tenemos. Y yo te juro, por mi vieja que en paz descanse, que nadie en el mundo te va a querer como yo.
Matías asintió. Se acurrucó contra su madre, como cuando tenía tres años y tenía fiebre. Linda lo abrazó. La luz de la cocina seguía encendida. Y en la pieza del fondo, los dos cuerpos desnudos se quedaron quietos, flotando en ese silencio nuevo que era lo mejor de sus vidas.
Esa noche, antes de dormirse, Linda pensó en el blog de Elena. En las mujeres que contaban sus historias con palabras hermosas, con metáforas de jardines y frutos y luz de atardecer. Ella no sabía escribir así. No tenía palabras. Pero tenía esto: el peso de su hijo dormido sobre su pecho, el olor a sexo y la certeza de que por fin, después de veinte años, había hecho algo que no era para otros. Algo que era solo suyo.
—Mañana —murmuró contra el pelo de Matías—. Mañana no voy a ir a laburar. Mañana me tomo el día libre.
Y sonrió en la oscuridad. Porque sabía, con la misma certeza con que sabía que el jazmín de la fachada iba a florecer en primavera, que éste era solo el primer capítulo.


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