Laura confronta al bullying de su hijo
Una madre va a la casa del bullying para ponerlo en su lugar .
Laura era una mujer de 38 años que todavía provocaba miradas de deseo por donde pasaba. Su cuerpo era un pecado andante: pechos grandes y firmes, talla 36D, que se mantenían altos y redondos; cintura estrecha; caderas anchas y un culo carnoso, redondo y jugoso que se balanceaba con cada paso. Su piel blanca contrastaba con el cabello negro largo y liso, y sus labios carnosos, pintados de rojo, daban ganas de morderlos. Esa tarde, cuando su hijo Alejandro de 17 años llegó a casa con los ojos rojos y la voz quebrada, la rabia la invadió por completo.
—Mamá… Mateo otra vez. Me hace bullying todo el tiempo. En la escuela me empuja, me insulta delante de todos, y por redes sociales sube fotos mías editadas, me amenaza, me llama de todo… Ya no aguanto más. Por favor, haz algo.
Laura sintió que la sangre le hervía. Se levantó del sofá, el pecho agitado, y se miró rápidamente en el espejo. Llevaba un vestido negro ajustado que se pegaba a cada curva como una segunda piel: el escote marcaba la forma de sus tetas, la tela se tensaba sobre su cintura y se ajustaba a su culo de manera provocativa. Se puso unos tacones altos que alargaban sus piernas y salió de casa hecha una furia, decidida a confrontar al abusador.
Llegó a la casa de Mateo en pocos minutos. Tocó la puerta con golpes fuertes y decididos. Cuando se abrió, apareció él: 18 años, tez morena oscura, cuerpo recio y musculoso de tanto entrenar —hombros anchos, brazos gruesos con venas marcadas, pecho amplio—. Su rostro no era guapo: nariz ancha, labios gruesos, cejas pobladas, pero tenía una mirada arrogante y dominante que lo hacía intimidante. Solo llevaba un pantalón de chándal gris que colgaba bajo de sus caderas.
—¿Qué quieres? —preguntó con indiferencia, recorriéndola de arriba abajo sin disimulo.
—Quiero pasar —exigió Laura—. Voy a hablar con tus padres ahora mismo sobre lo que le estás haciendo a mi hijo.
Mateo soltó una risita y se hizo a un lado, cerrando la puerta detrás de ella. La casa estaba sola y en silencio, solo el zumbido de un ventilador.
—Mis papás están en Estados Unidos trabajando. Me mandan dinero y vivo solo. Así que haz lo que te dé la gana. No me va a pasar nada.
Laura explotó de rabia. Se acercó a él señalándolo con el dedo, el pecho subiendo y bajando con fuerza.
—¡Eres un maldito abusador! ¿Cómo te atreves a hacerle la vida imposible a mi hijo? ¡Voy a denunciarte en la escuela, en la policía, te voy a joder la existencia!
Mateo la miró fijamente, sus ojos bajando sin vergüenza por el escote del vestido y deteniéndose en las curvas de sus caderas. Su polla empezó a endurecerse solo de verla tan furiosa y tan buena.
—Está bien… te voy a dejar de molestar a tu hijo para siempre. Pero tengo una condición.
Laura entrecerró los ojos.
—¿Cuál?
—Te quitas ese vestido ahora mismo y me modelas la lencería que traes debajo. Quiero verte caminar, girar y posar para mí.
Laura se indignó.
—¿Cómo se te ocurre, hijo de la chingada? ¡Eres un enfermo!
Mateo sonrió con maldad y subió la apuesta.
—Si no quieres, entonces subo la apuesta. Ahora también me tienes que bailar como una stripper profesional. Despacio, sensual, moviendo ese culo y esas tetas para mí.
Laura gritó más fuerte, la voz temblando de furia.
—¡Estás loco! ¡Cómo se te ocurre pedirme algo tan asqueroso! ¡Eres un cerdo! ¡Mi hijo tiene razón, eres un maldito acosador! ¡No voy a hacer nada de eso! ¡Me largo de aquí y te denuncio!
Mateo se cruzó de brazos, claramente excitado por su resistencia.
—Pues ahora también, cuando me estés haciendo el striptease… te vas a dejar acariciar todo lo que yo quiera. Donde yo quiera. Con las manos, con la boca, todo el tiempo que me dé la gana.
Laura se exaltó todavía más, casi gritando.
—¡Esto es abuso! ¡Eres un degenerado de lo peor! ¡No te voy a dejar tocarme ni un solo pelo, hijo de puta! ¡Voy a gritar, voy a salir corriendo y todo el barrio va a saber qué clase de monstruo eres!
Mateo dio un paso más cerca, invadiendo su espacio. Su presencia era imponente. La miró directamente a los ojos con esa sonrisa peligrosa.
—Ahora voy a agregar una más —dijo con voz ronca y desafiante, retándola abiertamente—. Cuando estés bailando para mí y te deje tocarte… también voy a poder besarte cualquier parte del cuerpo que yo desee. Los labios, las tetas, el cuello, el coño… donde se me antoje. Y tú te vas a quedar calladita, dejando que lo haga.
Laura se quedó sin aliento por un segundo, los ojos muy abiertos por la indignación y la humillación.
—¡Estás completamente enfermo! —gritó, la voz quebrándose—. ¿Besarte? ¿Dejar que me beses donde quieras? ¡Nunca en la vida! ¡Eres un pervertido asqueroso! ¡Prefiero denunciarte y que te pudras en la cárcel antes que rebajarme a algo tan bajo!
Mateo se acercó aún más, casi rozándola, y bajó la voz a un tono oscuro y amenazante.
—Entonces sigue gritando y amenazando… y yo seguiré subiendo la apuesta. ¿Quieres que agregue que también te voy a follar la boca mientras bailas? ¿O prefieres aceptar lo que te estoy ofreciendo ahora y salvar a tu hijito de una vez por todas? Tú decides, mamita. O te quitas ese vestido y empiezas a mover ese culo rico para mí… o sigo agregando condiciones hasta que termines chupándome la verga en la calle para que todo el mundo vea.
El silencio se volvió denso. Laura respiraba agitadamente, el pecho subiendo y bajando con fuerza, las mejillas rojas. Vio en los ojos de Mateo que no estaba jugando, que cada resistencia suya solo empeoraba las cosas. Pensó en su hijo llorando esa tarde, en las humillaciones constantes, y sintió que no tenía otra salida.
Tragó saliva con dificultad, la voz apenas un susurro derrotado:
—Si hago todo eso… ¿me juras que nunca más vas a molestar a mi hijo? ¿Para siempre?
Mateo levantó la mano derecha con gesto solemne, aunque sus ojos brillaban de triunfo y deseo puro.
—Te lo juro por mi vida. Si cumples todo lo que te pido esta tarde —bailar como stripper, dejarte acariciar y besarte donde yo quiera—, tu hijo nunca volverá a saber de mí.
Laura cerró los ojos un segundo, humillada hasta el alma. Luego los abrió y murmuró:
—…Está bien. Lo haré.
Mateo sonrió victorioso. Puso música erótica en su celular: un reggaetón lento, con bajos profundos y vibrantes que llenaron la sala. Se sentó cómodamente en el sofá grande, abrió las piernas y se recostó hacia atrás, mirándola con anticipación.
—Empieza entonces, mamita. Despacio. Quiero disfrutar cada movimiento. No tengas prisa… tenemos toda la tarde.
Laura se paró en el centro de la sala, bajo la luz suave de la tarde. El corazón le latía desbocado. Empezó a moverse tímidamente al ritmo de la música, balanceando las caderas de lado a lado. Sus manos subieron temblorosas hacia la espalda y bajaron lentamente el cierre del vestido negro. El sonido del zipper fue claramente audible.
El vestido comenzó a deslizarse por sus hombros con lentitud. Primero reveló los tirantes del sostén negro de encaje transparente, luego la parte superior de sus tetas enormes, apretadas y empujadas hacia arriba. El vestido siguió bajando, descubriendo su cintura estrecha, el ombligo y finalmente la tanga negra minúscula que apenas cubría su monte de Venus depilado. La tela se enganchó un momento en sus caderas anchas antes de caer al suelo alrededor de sus tacones.
Mateo soltó un gemido bajo y profundo.
—Joder… qué cuerpo tan puta tienes.
Laura estaba ahora solo con el sostén transparente, la tanga que se perdía entre sus nalgas redondas y las ligas con medias negras. Sus pezones se marcaban duros contra el encaje. Siguió bailando, girando lentamente, sacando el culo hacia él, arqueando la espalda para que sus tetas se proyectaran. Movía las caderas en círculos lentos y provocativos, bajando y subiendo como si estuviera follando en el aire. El culo se meneaba con cada paso, las nalgas temblando suavemente.
Sin que Mateo se lo pidiera todavía, Laura, con las mejillas ardiendo de vergüenza y una mezcla extraña de rabia y calor entre las piernas, dio unos pasos hacia el sofá. Se paró justo frente a él, entre sus piernas abiertas. Luego, lentamente, se dio la vuelta y se sentó sobre su regazo, de espaldas a él, con el culo bien abierto sobre sus muslos.
Empezó a bailar en esa posición, moviendo las caderas en círculos lentos y profundos, frotando su tanga directamente contra el bulto duro que ya se marcaba bajo el pantalón de chándal de Mateo. La tela fina de la tanga era casi inexistente; sentía perfectamente el calor y la dureza de su miembro erecto presionando contra su vagina. Cada movimiento circular hacía que la verga gruesa se deslizara entre sus labios mayores, separándolos ligeramente a través de la tela húmeda.
Laura emitió un leve suspiro involuntario —un “ahh…” bajito y entrecortado— al sentir el miembro erecto del joven frotarse tan íntimamente contra su vagina. El calor que emanaba de esa polla dura la hizo estremecerse. Intentó disimularlo continuando el baile, pero sus caderas traicioneras seguían moviéndose más lento y más profundo, presionando con más insistencia. El glande hinchado rozaba directamente su clítoris a través de la tanga cada vez que bajaba, enviando pequeñas descargas de placer que le humedecían aún más la entrepierna.
Mateo gruñó de placer, sus manos grandes subiendo por los costados de Laura hasta agarrarle las caderas con fuerza, guiando sus movimientos.
—Así, mamita… frota ese coño rico contra mi verga. Siente lo dura que la tienes.
Laura siguió bailando sentada sobre él, el culo rebotando suavemente contra sus muslos, la tanga cada vez más mojada por sus propios jugos. Sus tetas, aún cubiertas por el sostén, se balanceaban con cada movimiento. El roce constante hacía que su respiración se volviera más agitada, y pequeños gemidos escapaban de sus labios sin que pudiera evitarlo.
Mateo, con la voz ronca de excitación, le susurró al oído:
—Quítate el sostén ahora. Quiero ver esas tetas grandes rebotando mientras sigues frotándote contra mí.
Laura dudó un segundo, pero obedeció. Se llevó las manos a la espalda, desabrochó el sostén y lo dejó caer al suelo. Sus tetas grandes y pesadas saltaron libres, balanceándose pesadamente con cada movimiento de sus caderas. Los pezones cafés oscuros estaban completamente erectos.
Mateo no perdió tiempo. Sus manos morenas subieron y agarraron esas tetas con fuerza, apretándolas, masajeándolas, pellizcando los pezones mientras Laura seguía bailando sentada sobre su regazo, frotando su coño empapado contra la verga dura que palpitaba debajo del pantalón.
—Están durísimas… y tu coño ya está chorreando —murmuró él, besándole el cuello con labios calientes y húmedos, chupando la piel suave mientras seguía apretando sus tetas.
Sus manos bajaron después al culo de Laura, separando las nalgas y presionándola más fuerte contra su polla. El roce se volvió más intenso, la tanga completamente empapada.
Mateo se bajó el pantalón de un tirón. Su polla gruesa, venosa y morena saltó libre, caliente y palpitante. Colocó la tanga a un lado con los dedos y frotó directamente el glande hinchado contra los labios resbaladizos del coño de Laura, sin penetrarla todavía, solo deslizándose entre ellos mientras ella seguía moviendo las caderas.
Laura soltó un gemido más audible, la cabeza echada hacia atrás.
Después de varios minutos de ese roce torturante, Mateo la levantó ligeramente, le arrancó la tanga de un tirón y la colocó de nuevo sobre su regazo, pero ahora de frente. Su polla quedó atrapada entre sus cuerpos, presionando contra el vientre de Laura.
La besó en la boca con fuerza, metiendo la lengua mientras sus manos exploraban todo su cuerpo. Luego la tiró en el sofá boca arriba, abrió sus piernas ampliamente y hundió la cara entre sus muslos. Su lengua ancha lamió desde el ano hasta el clítoris en lamidas largas y lentas, chupando el botón hinchado con hambre mientras metía dos dedos gruesos dentro de su coño empapado.
Laura se aferró a su cabeza, las caderas moviéndose contra su boca.
—Ahhh… Dios… me estás volviendo loca…
Se corrió con fuerza en su boca, temblando, soltando chorros de jugos calientes.
Sin darle tiempo, Mateo se colocó encima de ella. Frotó su polla gruesa contra la entrada empapada y empujó lentamente, centímetro a centímetro, abriéndola hasta el fondo. Laura gimió largo y profundo cuando sintió cómo esa verga enorme la llenaba por completo.
—Qué apretada y caliente estás, mamita…
Empezó a follarla con estocadas profundas y lentas al principio, saboreando cada sensación. Sus tetas rebotaban con cada embestida. Mateo se inclinó y besó su boca, luego bajó a besarle y chuparle las tetas con fuerza, mordiendo suavemente los pezones mientras aceleraba el ritmo.
La giró y la puso en cuatro patas. Le agarró el cabello como riendas y la penetró desde atrás con fuerza brutal, sus nalgas rebotando contra sus caderas morenas. Le dio varias nalgadas fuertes, dejando la piel blanca marcada de rojo. La besó en la espalda y en el cuello mientras la follaba sin piedad.
Luego la sentó encima otra vez. Laura cabalgó esa polla gruesa con desesperación, subiendo y bajando, sus tetas saltando frente a la cara de Mateo, quien las besaba, las chupaba y las mordía suavemente.
Finalmente, la colocó de nuevo boca arriba, le levantó las piernas sobre sus hombros y la penetró en la posición más profunda. Las embestidas eran brutales y rápidas, el coño de Laura chorreando, haciendo ruidos obscenos con cada golpe.
—Voy a correrme dentro de ti… ¿quieres mi leche caliente?
—¡Sí! ¡Córrete adentro! ¡Lléname toda!
Mateo rugió como un animal y empujó hasta el fondo. Su polla palpitó violentamente y descargó chorros espesos y calientes de semen directamente en el útero de Laura. Ella se corrió al mismo tiempo, apretando la verga con espasmos intensos, gimiendo sin control mientras sentía cómo la llenaba por completo.
Se quedaron unidos varios minutos, jadeando, sudados, el semen espeso comenzando a salir lentamente del coño bien follado de Laura.
Mateo le besó las tetas con suavidad y murmuró contra su piel:
—Tu hijo ya no tendrá ningún problema conmigo… te lo juro.
Laura cerró los ojos, el cuerpo todavía temblando de placer, sabiendo que había cruzado una línea oscura de la que ya no podría regresar… y que, en el fondo más prohibido de su ser, había disfrutado cada segundo humillante y deliciosamente intenso de esa tarde.



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