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Bisexual, Heterosexual, Incestos en Familia

Lo que mi Mamá no Debió Ver

Al principio pensé que era una tontería. Yo solo quería recuperar mi celular y volver a hacer mi vida como antes. Después entendí que mamá no quería que simplemente recordara lo ocurrido. Quería que intentara entenderlo..

Así que voy a intentarlo.

No prometo que esta historia esté contada exactamente como sucedieron las cosas. Hay partes que todavía me cuesta recordar y otras que solo pude entender después. Algunas las descubrí cuando empecé a investigar por mi cuenta y otras me las explicó mamá.

No estaba haciendo nada malo.

Estaba en Facebook.

No recuerdo cuál fue la primera.

Quizá un video.

Quizá una noticia.

Quizá una de esas publicaciones que comienzan con una frase enorme y alarmante:

«LOS MÉDICOS NO QUIEREN QUE SEPAS ESTO».

Después apareció otra.

Y otra.

Yo no las estaba buscando.

Simplemente aparecían.

Ese era el problema.

Pero las miraba.

Porque cada una parecía llevarme a la siguiente.

Mostraba fotografías de hombres desnudos. Cuerpos perfectos, definidos, con músculos que yo ni sabía que existieran. Abdominales marcados, brazos tensos, piernas fuertes. Eran como dioses griegos, pero reales. Demasiado reales. Y yo me quedé mirando. No sé exactamente qué sentí. Creo que fue una mezcla de curiosidad y vergüenza. Curiosidad por saber cómo se sentían tener un cuerpo así, vergüenza por sentirme atraído por ellos. Vergüenza por saber que nunca me vería así.

Y empecé a preguntarme si yo me veía así. Me acerqué al espejo de mi armario, miré mi torso pálido, mis brazos delgados, mis piernas largas pero sin forma. No. No me veía así. Y esa sensación me dolió. Me dolió en un lugar profundo, en un lugar que no sabía que existía hasta ese momento. Un vacío en el estómago, una opresión en el pecho. Quería ser como ellos. Quería que me desearan como yo los deseaba a ellos.

Entonces apareció otro video. Esta vez no eran hombres. Eran mujeres. Mujeres desnudas, en posiciones que me hacían sentir calor en las mejillas. Mujeres con tetas perfectas, con culos redondos, con cuerpos que parecían sacados de una revista. Y yo me quedé mirando. No sentí lo mismo que con los hombres. Con los hombres había sido admiración, envidia, deseo de ser como ellos. Con las mujeres fue diferente. Fue deseo puro. Deseo de tocarlas, de sentirlas, de poseerlas.

Después otro. Y otro. Era como si Facebook hubiera descubierto algo sobre mí que yo mismo todavía no había descubierto. Un universo de deseos ocultos, de fantasías que nunca había permitido salir a la luz. Y yo me dejaba llevar, me dejaba arrastrar por esa corriente de imágenes y sonidos, de cuerpos y piel.

Y entonces, entre tantas imágenes, apareció una. Una foto que me detuvo. Una mujer en una cama, de espaldas, mirando hacia atrás con una sonrisa pícara. Tenía el cabello largo y lacio, cayendo sobre sus hombros. Tenía la piel clara, casi translúcida bajo la luz de la lámpara de noche. Tenía un culo hermoso, redondo y firme, que se marcaba perfectamente en la posición en la que estaba. Y sus tetas, aunque no se veían completamente, se adivinaban de tamaño regular, perfectas.

Y mi corazón se paró. Porque esa mujer se parecía a mi madre. Se parecía muchísimo a mi madre. No era ella, lo sabía. Pero podía serlo. Podría serlo si quisiera. Y esa idea me aterrorizó y me excitó al mismo tiempo.

Apreté los ojos, intentando borrar la imagen de mi mente. Pero era demasiado tarde. Ya estaba ahí, grabada en mi memoria. Mi madre, en esa cama, con esa sonrisa, con ese culo hermoso, con esas tetas perfectas. Y yo sintiendo algo que no debería sentir. Algo prohibido, algo incorrecto, algo que me hacía sentir sucio y culpable.

Cerré la aplicación, apagué el celular. Me quedé en la oscuridad, con el corazón latiéndome fuerte en el pecho, con la respiración entrecortada. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué sentía eso por mi madre? Era mi madre, por Dios. La mujer que me había criado, la mujer que me había dado la vida, la mujer que me cuidaba y me protegía. No podía sentir eso por ella. No debía.

Pero el deseo estaba ahí. Ardiente, intenso, incontrolable. Y sabía, con una certeza que me heló la sangre, que esa imagen no se iría fácilmente. Que esa imagen cambiaría todo.

—Agus.

Escuché la voz de mamá desde el pasillo. Me sobresalté, como si me hubiera pillado en algo malo. Como si supiera lo que acababa de pensar, lo que acababa de sentir.

Apagué inmediatamente la pantalla.

—¿Sí?

—¿Todavía estás despierto?

Miré la hora. 2:17.

—Ya casi me duermo.

Hubo unos segundos de silencio. Silencio que para mí se hizo eterno. Silencio en el que podía sentir su presencia, su energía, su calor. Y mi cuerpo reaccionó, traicionándome, sintiéndose atraído por esa presencia, por esa energía, por ese calor.

—Eso me dijiste hace una hora.

Sentí que apretaba los dientes. No quería hablar con ella. Últimamente me molestaba todo lo que hacía. Que me preguntara qué estaba haciendo. Que se asomara por la puerta. Que me preguntara si había comido. Que insistiera en saber a qué hora iba a dormir. Hasta escuchar sus pasos acercándose por el pasillo me ponía de mal humor.

Y ahora sabía por qué. Ahora entendía esa irritación, ese rechazo. Era mi cuerpo reaccionando a ese deseo prohibido. Era mi mente intentando protegerse de esos sentimientos que me asustaban tanto. Si la mantenía alejada, si la rechazaba, quizás el deseo desaparecería. Quizás podría olvidar esa imagen, olvidar ese sentimiento.

Pero sabía que no sería tan fácil.

—Ahora sí.

No es que mamá hiciera algo malo. Pero últimamente tenía la sensación de que se acercaba demasiado a mi cuarto, como si hubiera empezado a sospechar que detrás de esa puerta estaba ocurriendo algo que yo no quería que viera. Y eso me molestaba. A los quince años uno empieza a necesitar espacios que sean solamente suyos. Cuando mamá se quedaba parada frente a mi puerta, aunque solo fuera para decirme buenas noches, yo sentía que estaba invadiendo ese pequeño territorio que todavía podía controlar.

Esa noche, además, había algo que no quería que viera. No sabía exactamente qué era. No era que estuviera haciendo algo prohibido. No tenía conversaciones secretas ni estaba hablando con alguien que mamá no conocía. Simplemente no quería que preguntara qué estaba mirando. Porque probablemente habría tenido que explicárselo. Y yo tampoco sabía cómo hacerlo. ¿Cómo le explico a mi madre que sentí deseo al ver una foto de una mujer que se parecía a ella? ¿Cómo le explico que mi cuerpo reacciona a su presencia de una manera que no debería? No podía. No era posible.

Esperé unos segundos más, hasta estar seguro de que se había ido. Escuché sus pasos alejándose, el sonido suave de sus pisadas sobre el madera del pasillo. Y me relajé, pero solo un poco. Porque sabía que volvería. Que siempre volvería.

Volví a encender el celular. Y continué.

Pero esta vez fue diferente. Esta vez no buscaba hombres desnudos, ni mujeres perfectas. Esta vez buscaba algo más específico. Algo más oscuro. Algo más prohibido.

Buscaba fotos de mujeres que se parecieran a mi madre. Mujeres con cabello largo y lacio, con piel clara, con tetas de tamaño regular, con un culo hermoso. Y encontré muchas. Demasiadas. Y me quedé mirando, una y otra vez, sintiendo esa mezcla de culpa y deseo, de vergüenza y excitación. Y cada vez que veía una foto, la imagen de mi madre se hacía más fuerte, más real, más presente.

Y entonces encontré un video. Un video amateur, casero. Una mujer en una cama, masturbándose. Y esa mujer se parecía a mi madre. Demasiado. Y yo no pude evitarlo. Bajé el volumen al máximo, me puse los auriculares, y empecé a mirar.

La mujer en el video se tocaba, se acariciaba, se deleitaba en su propio placer. Y yo miraba, fascinado, excitado, culpable. Y mi mente empezó a hacer trucos, a jugar conmigo. Empezó a imaginar que esa mujer era mi madre. Empezó a imaginar a Silvia, mi madre, en esa cama, tocándose así. Y el deseo se hizo insoportable, una quemazón en el entrepierna, una necesidad urgente de alivio.

Bajé los pantalones, saqué mi miembro, ya erecto, y empecé a masturbarme. Mirando el video, imaginando a mi madre. Y el placer fue intenso, profundo, abrumador. Un placer que me hizo sentir vivo, que me hizo sentir poderoso, que me hizo sentir hombre. Pero también un placer que me hizo sentir sucio, pervertido, culpable.

Y cuando llegué al clímax, cuando eyaculé, la culpa me golpeó con la fuerza de un tsunami. El calor del placer se evaporó al instante, reemplazado por un frío helado que me recorrió desde la punta de los pies hasta la raíz de mi cabello. Me quedé allí, en la oscuridad de mi habitación, con el móvil todavía en la mano, la pantalla ahora iluminando mi rostro con la imagen congelada de esa mujer que se parecía tanto a mi madre. El semen, tibio y pegajoso, se enfriaba sobre mi piel y mis pantalones, un recordatorio físico y asqueroso de lo que acababa de hacer.

Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar la imagen de mi mente, pero era inútil. La imagen de mi madre, reemplazando a la mujer del video, era ahora una mancha indeleble en mi conciencia. Su sonrisa, su cuerpo, sus gemidos… todo se mezclaba en un torbellino nauseabundo de deseo y arrepentimiento. Me sentí el ser más repugnante del planeta. ¿Qué clase de hijo fantasea con su propia madre de esa manera? ¿Qué clase de monstruo acaba de masturbarse pensando en ella?

Apagué el teléfono de un golpe seco, lanzándolo sobre la cama como si me quemara. La oscuridad total me envolvió, pero no trajo paz. Solo amplificó la voz de mi propia conciencia, que me gritaba al oído lo pervertido y enfermo que era. Me levanté de la cama con torpeza, tropezando con mis propios pies, y caminé hasta el baño. Encendí la luz y me miré en el espejo. El reflejo que me devolvió era el de un extraño: un chico pálido, con los ojos oscuros y hundidos, con el pelo en desorden y una expresión de pánico y asco en el rostro. No me reconocí. Ese no era yo. Ese era alguien que había cruzado una línea, una línea que nunca debió siquiera vislumbrar.

Abrí el grifo del lavabo y metí las manos bajo el agua fría. La sentí como un choque eléctrico, pero no fue suficiente. Empecé a frotármelas con jabón, una y otra vez, como si intentara lavar no solo el semen seco, sino la suciedad de mi alma. El jabón olía a limpio, a pureza, y ese olor me hizo sentir aún peor. No merecía esa limpieza. No merecía nada.

Después de secarme las manos, me quité los pantalones y los calzoncillos, los mismos que habían sido testigos de mi pecado, y los arrojé al cesto de la ropa sucia con un gesto de rabia. Quería quemarlos, querer desaparecer cualquier rastro de lo que había ocurrido. Me metí en la ducha y abrí el agua, tan caliente como pude soportar. El vapor empezó a llenar el cuarto, empañando el espejo, como si intentara ocultar mi rostro de mi propia vista. Me quedé bajo el chorro de agua, con los ojos cerrados, dejando que el calor me quemara la piel, como si el dolor físico pudiera borrar el dolor emocional.

Pero no funcionó. La imagen de mi madre seguía ahí, persistente, invadiendo cada rincón de mi mente. Y con ella, el deseo. Sí, a pesar de la culpa, a pesar del asco, una pequeña parte de mí, una parte oscura y retorcida, todavía sentía el eco de aquel placer. Una parte que quería volver a sentirlo, que quería volver a ver ese video, que quería volver a imaginarla. Y ese pensamiento me heló la sangre más que el agua fría del lavabo.

Apagué la ducha y me sequé con una toalla, frotándome la piel con tanta fuerza que se me puso roja. Me puse un pijama limpio, uno que no estuviera manchado por mi culpa, y volví a mi habitación. El móvil seguía ahí, sobre la cama, como una serpiente esperando para volver a morderme. Lo cogí con cuidado, como si fuera un explosivo, y lo guardé en el cajón de mi mesita de noche, debajo de un montón de calcetines. No quería verlo. No quería volver a sentir esa tentación.

Me acosté en la cama, pero el sueño era imposible. Mi mente era un campo de batalla, y en él luchaban dos ejércitos: el de la culpa y el del deseo. Y yo estaba en medio, sin saber a cuál apoyar, sin saber cómo sobrevivir a esta guerra interna.

Cerré los ojos e intenté dormir, pero el sueño no vino. Solo vino la imagen de mi madre, sonriendo, con su pelo largo y lacio, con su piel clara, con su cuerpo perfecto. Y con ella, el deseo, la culpa, el miedo. Un ciclo interminable que me tenía atrapado, sin escapatoria posible.

Y entonces supe, con una certeza que me heló la sangre, que nada volvería a ser igual. Que mi relación con mi madre había cambiado para siempre. Que cada vez que la mirara, cada vez que hablara con ella, cada vez que la escuchara, vería a la mujer del video. Vería a la mujer de mis fantasías. Y tendría que luchar contra ese deseo, contra esa tentación, cada segundo de cada día.

Y no sabía si sería lo suficientemente fuerte. No sabía si podría resistir. Y esa incertidumbre me aterrorizaba más que nada en el mundo.

Durante las siguientes semanas, empecé a cambiar.

No de una manera que yo pudiera reconocer inmediatamente.

Simplemente dejé de hacer algunas cosas.

Comía menos.

Dormía menos.

Me miraba más al espejo.

Comparaba mi cuerpo con el de otros hombres.

Comparaba mi vida con la vida de personas que ni siquiera conocía.

Eso es lo que todavía me cuesta explicar.

¿Por qué seguía mirando algo que me hacía sentir peor?

En ese instante no sabía responder.

Ahora creo que la respuesta era mucho más complicada que «porque era adicto al celular».

Yo pensaba que estaba eligiendo qué mirar.

No sabía cuánto estaba aprendiendo la plataforma de cada una de mis elecciones.

Cada video que terminaba.

Cada publicación que abría.

Cada comentario que leía.

Cada cosa que ignoraba.

Cada segundo que permanecía mirando la pantalla.

Todo parecía insignificante.

Pero, juntos, esos pequeños datos empezaban a construir una versión de mí.

Mamá fue la primera persona que se dio cuenta.

No inmediatamente.

Primero me preguntó si estaba durmiendo bien.

Después si me pasaba algo en el colegio.

Después si había tenido algún problema con mis amigos.

No había ocurrido una tragedia.

Nadie me había hecho algo terrible.

No tenía una explicación.

Solo me sentía diferente.

Más preocupado.

Más inseguro.

Más cansado.

Y, al mismo tiempo, necesitaba seguir mirando.

Una noche mamá entró a mi habitación. La puerta se abrió lentamente, y su figura se recortó contra la luz del pasillo. Silvia, mi madre, a sus treinta años, todavía tenía esa apariencia que hacía que la gente la confundiera con alguien mucho más joven. Su cabello lacio y largo caía sobre sus hombros, y la luz tenue del pasillo se reflejaba en su piel clara. Estaba en pijama, un conjunto simple que no lograba ocultar la forma de su cuerpo: delgada, con esas tetas de tamaño regular que se marcaban sutilmente bajo la tela del pijama, y ese culo hermoso que incluso en la penumbra se adivinaba perfecto. Cualquiera que no la conociera no habría dicho que era madre de un adolescente.

Yo estaba sentado en la cama, con las piernas cruzadas y el celular en las manos. La había oído venir, como siempre. Sus pasos suaves sobre el suelo de madera, un sonido que últimamente me ponía los pelos de punta. No era un sonido amenazador, no. Era algo peor. Era un sonido que despertaba en mí una mezcla de irritación y… otra cosa. Algo que no quería nombrar, algo que me daba vergüenza hasta pensar en ello.

Ella se detuvo en el umbral, sin decir nada. Solo me miraba. Y yo la miraba a ella, a pesar de saber que no debería. A pesar de saber que cada segundo que pasaba mirándola era un segundo más cerca del peligro. Porque últimamente pasaba eso. Cada vez que la veía, mi cuerpo reaccionaba. No era una reacción consciente, no. Era algo primitivo, algo animal, algo que yo no controlaba. Un calor en el estómago, un hormigueo en la entrepierna, una tensión en los músculos que me obligaba a ponerme rígido.

Y esa noche no fue diferente. O quizás sí. Quizás esa noche fue peor.

Mamá se acercó lentamente, como si tuviera miedo de asustarme. O como si yo tuviera miedo de que se acercara. Los dos teníamos miedo, aunque no supiéramos de qué. O quizás sí lo sabíamos. Yo sí lo sabía. Yo tenía miedo de mí mismo. Miedo de lo que podía hacer, de lo que podía pensar, de lo que podía sentir.

—Agus —dijo, y su voz fue como una caricia, como un susurro que me recorrió la espina dorsal y me hizo estremecerme.

No respondí. Solo la seguí con la mirada, con el corazón latiéndome fuerte en el pecho, con la sangre hirviendo en las venas. Se acercó más y más, hasta que estuvo al lado de mi cama. Tan cerca que podía oler su perfume. Un perfume suave, floral, que siempre me había gustado, pero que ahora me resultaba insoportable. Porque ahora ese perfume estaba asociado a otras cosas. A fantasías oscuras, a deseos prohibidos, a noches de insomnio y masturbación culpable.

Se sentó en el borde de la cama, y el colchón se hundió con su peso. Un peso ligero, pero que para mí se sintió como una montaña. Una montaña que me aplastaba, que me dejaba sin aire, que me robaba el aliento. Y entonces ocurrió. Lo que siempre temía que ocurriera.

Sentí cómo mi miembro se despertaba. Cómo se ponía duro, cómo crecía, cómo se tensaba bajo el tejido de mis pantalones. Y no pude evitarlo. No pude controlarlo. Era como si mi cuerpo tuviera voluntad propia, como si mi miembro tuviera vida propia y supiera, simplemente supiera, que ella estaba ahí. Que mi madre estaba ahí, a mi lado, tan cerca que podía tocarla, tan cerca que podía sentirla, tan cerca que podía…

Cerré los ojos, intentando pensar en otra cosa. En cualquier cosa. En los hombres desnudos de Facebook, en las mujeres perfectas, en las matemáticas, en el fútbol, en cualquier cosa que no fuera ella. Pero era inútil. Mi mente se negaba a cooperar. Mi mente solo quería pensar en ella. En su piel, en su pelo, en su cuerpo. En sus tetas, en su culo. En todo lo que no debía pensar.

Y entonces sentí su mano. Su mano sobre mi pierna. Un toque suave, casi imperceptible, pero que para mí fue como una descarga eléctrica. Un toque que me hizo saltar, que me hizo abrir los ojos de par en par, que me hizo mirarla con pánico.

—¿Qué te pasa, Agus? —preguntó, y su voz estaba llena de preocupación. Una preocupación que me partió el corazón en mil pedazos. Porque yo sabía que no era esa la razón de mi reacción. Yo sabía que la razón de mi reacción era otra. Una razón que ella no podía saber, que ella no debía saber.

—Nada —mentí, y mi voz salió ronca, extraña. Como si no fuera la mía.

—Estás tenso —dijo, y su mano empezó a moverse, a subirse lentamente por mi pierna. Un movimiento inocente, un gesto maternal, pero que para mí fue lo más erótico que había sentido en mi vida. Un movimiento que me hizo ponerme aún más duro, si eso era posible. Un movimiento que me hizo sentir un dolor agudo, una necesidad urgente de alivio.

Apoyé las manos en la cama, a mi lado, y apreté con fuerza. Intentando controlar el impulso de gritar, de correr, de… no sé qué. De hacer algo, cualquier cosa, que pusiera fin a esa tortura. Pero no hice nada. Me quedé quieto, dejándome hacer, dejando que su mano siguiera subiendo, subiendo, subiendo, hasta que estuvo a punto de llegar a…

—Dame el celular —dijo entonces, y su voz me sacó de mi trance. Su mano se detuvo, y yo pude respirar de nuevo. O casi.

—¿Para qué? —pregunté, y mi voz seguía sonando rara.

—Porque sí —respondió, y su tono se había vuelto más firme. Más autoritario. Como si supiera que algo no andaba bien. Como si supiera que yo le estaba ocultando algo.

La miré, y por primera vez esa noche me fijé en sus ojos. En sus ojos oscuros, profundos, que parecían ver a través de mí. Que parecían saberlo todo. Y me sentí desnudo, expuesto, vulnerable. Como si ella pudiera ver mi erección, como si pudiera leer mis pensamientos, como si pudiera conocer mis fantasías más oscuras.

Y entonces su mirada bajó. Bajó de mis ojos a mi pecho, de mi pecho a mi estómago, de mi estómago a mis pantalones. Y se quedó allí. Fijada en la protuberancia que mi miembro formaba bajo la tela. Una protuberancia evidente, innegable, que delataba mi deseo, mi culpa, mi secreto.

Y el mundo se detuvo. El tiempo se detuvo. Mi corazón se detuvo. Y yo me morí de vergüenza. De una vergüenza tan profunda, tan abrumadora, que me hizo desear desaparecer. Que me hizo desear que la tierra se abriera y me tragara.

Pero no ocurrió. La tierra no se abrió. Yo no desaparecí. Y mamá siguió mirando. Mirando mi erección con una expresión que no pude descifrar. Una mezcla de sorpresa, de confusión, de… ¿qué más? ¿De deseo? ¿De repulsión? ¿De comprensión? No lo sabía. No podía saberlo. Solo sabía que su mirada me estaba quemando, que estaba destruyéndolo, que estaba cambiándolo todo.

—Toma —dije al fin, y le di el móvil con un temblor en las manos. Un temblor que no pude controlar, que delataba mi nerviosismo, mi pánico, mi miedo.

Ella lo cogió, pero sin dejar de mirarme. Sin dejar de mirar mi erección. Y ese doble gesto, esa doble mirada, fue demasiado para mí. Sentí que me ahogaba, que me faltaba el aire, que el mundo se cerraba sobre mí.

—Agus… —empezó a decir, pero se calló. Como si no supiera qué decir, como si las palabras se le quedaran atascadas en la garganta. Y yo agradecí su silencio. Porque no quería escuchar lo que tenía que decir. No quería escuchar su reproche, su decepción, su desprecio.

Ella miró la pantalla. No dijo nada. Solo empezó a desplazarse. Una publicación. Otra. Otra. Y yo me quedé allí, inmóvil, sin atreverme a respirar. Cada segundo que pasaba era una eternidad. Cada desliz de su dedo sobre la pantalla era un latigazo en mi conciencia. Mi erección no se había ido. Al contrario, parecía haberse endurecido aún más, un monumento a mi vergüenza, un testimonio de mi perversión, un nexo de unión entre el deseo y el terror que me consumía. El pijama de seda que llevaba puesto se sentía como papel de lija sobre la piel sensible de mi glande, y cada pequeño movimiento, cada mínima vibración del colchón, era una nueva forma de tortura.

Mamá seguía desplazándose. Su rostro era una máscara de concentración, pero yo podía ver la tensión en su mandíbula, el parpadeo rápido de sus pestañas. Estaba viendo lo mismo que yo había visto minutos antes. Los cuerpos perfectos, las pieles bronceadas, las posturas provocadoras. Estaba entrando en mi mundo, en mi santuario secreto, en mi infierno privado. Y yo no podía hacer nada para detenerla. Solo podía esperar. Esperar el juicio, la condena, el castigo.

Finalmente, levantó la mirada. Pero no me miró a los ojos. Su mirada volvió a bajar, a fijarse de nuevo en mi entrepierna. Y esta vez, su expresión era diferente. Ya no era solo sorpresa o confusión. Había algo más. Algo que me heló la sangre hasta la médula. Había una chispa. Un destello. Un brillo de… ¿curiosidad? ¿Interés? ¿Comprensión? No, no podía ser. Era mi imaginación, mi mente culpable jugándome una mala pasada, proyectando en ella los deseos que yo sentía. Tenía que ser eso.

Pero entonces, hizo algo que me hizo dudar de todo. Algo que me hizo cuestionarme mi propia cordura. Algo que cambió, para siempre, la forma en que la veía.

Con una lentitud que pareció deliberada, con una suavidad que se me clavó en el pecho como una daga de hielo, mamá dejó el móvil sobre la mesita de noche. Y su mano, en lugar de retirarse, se quedó allí. A centímetros de mi muslo. Tan cerca que podía sentir el calor de su piel a través del aire frío de la habitación. Tan cerca que podía ver las pequeñas venas azules que recorrían su muñeca, las uñas cortadas y sin esmalte, la piel suave y pálida de sus dedos.

—¿Tú ves esto todo el tiempo? —preguntó, y su voz era un susurro. Un susurro bajo, ronco, que vibró en el aire y resonó en mis oídos, en mi cuerpo, en mi alma. Una voz que no era la de mi madre. Era la voz de una mujer. Una mujer que estaba viendo a un hombre. Un hombre que, a pesar de todo, era su hijo.

No supe qué responder. La garganta se me había cerrado. La boca se me había secado. Las palabras se me habían quedado atascadas, como piedras en el conducto de una fuente seca. Solo pude negar con la cabeza, un gesto débil, patético, que no convenció a nadie. Ni siquiera a mí.

—A veces —logré decir al fin, y mi voz sonó extraña. Lejana. Como si viniera de otro cuerpo.

—¿Y por qué? —insistió, y su mano se movió. Un movimiento mínimo, casi imperceptible, pero que para mí fue como un terremoto. Sus dedos rozaron el tejido de mi pijama, un contacto tan breve, tan sutil, que casi podría haberlo imaginado. Pero no lo imaginé. Lo sentí. Lo sentí con una claridad abrumadora, con una intensidad que me hizo estremecer hasta la raíz de mi pelo.

Me encogí de hombros, un gesto de impotencia, de ignorancia, de rendición. ¿Por qué? ¿Cómo le explicaba que lo hacía porque me sentía vacío, porque me sentía feo, porque me sentía inadecuado? ¿Cómo le explicaba que lo hacía porque en esas imágenes encontraba un refugio, una escapatoria, una forma de sentirme vivo, aunque fuera por un instante? ¿Cómo le explicaba que lo hacía porque, últimamente, cada vez que la veía a ella, sentía lo mismo que sentía al mirar esas fotos?

—No sé —mentí de nuevo, y la mentida me supo a ceniza, a veneno, a muerte.

Mamá me miró entonces. A los ojos. Y en su mirada no había reproche. No había desprecio. No había decepción. Había algo mucho más complicado, mucho más profundo, mucho más aterrador. Había empatía. Había comprensión. Había… ¿deseo? No, no podía ser. Estaba loco. Estaba perdiendo la cabeza. Era la culpa, la vergüenza, el pánico, que me hacía ver cosas que no existían, que me hacía interpretar mal sus gestos, sus palabras, sus miradas.

Pero entonces, su mano se movió de nuevo. Y esta vez no fue un roce. Esta vez fue un contacto. Un contacto deliberado, consciente, inequívoco. Sus dedos se posaron sobre mi muslo, sobre el tejido del pijama, y apretaron ligeramente. Una presión suave, pero firme. Una presión que me robó el aliento, que me hizo latir el corazón con una fuerza que temí que me reventara el pecho.

—Creo que tenemos un problema —dijo, y su voz seguía siendo ese susurro bajo, ronco, que me desintegraba por dentro.

Yo pensé que hablaba de mí. Pensaba que mi problema era mi adicción al móvil, mi cambio de humor, mi secreto. Después comprendí que quizá estaba hablando del teléfono. Y mucho después descubrí que tal vez el problema era bastante más grande que los dos. Pero en ese momento, en ese instante eterno, solo había un problema. Un problema grande, duro, caliente, que se pulsaba bajo su mano.

Ella no retiró su mano. Al contrario, la dejó allí. Posada sobre mi muslo, sintiendo el calor de mi piel, sintiendo la tensión de mis músculos, sintiendo el latido de mi sangre. Y yo no me moví. No pude. Estaba paralizado. Paralizado por el miedo, por la vergüenza, por el deseo. Un deseo que crecía, que se intensificaba, que se volvía insoportable.

Y entonces, ella hizo lo impensable. Lo inimaginable. Lo prohibido.

Su mano empezó a moverse. Lentamente. Con una deliberación que me heló la sangre y me encendió las entrañas. Subió por mi muslo, acercándose cada vez más a mi erección, a mi vergüenza, a mi deseo. Y yo no hice nada para detenerla. No pude. Quería que se detuviera, quería que se fuera, quería que todo fuera una pesadilla de la que pudiera despertar. Pero, al mismo tiempo, una parte oscura y retorcida de mí quería que continuara. Quería que llegara. Quería que me tocara.

Y lo hizo. Sus dedos llegaron a su destino. Se posaron sobre la protuberancia de mi miembro, sobre el tejido tenso del pijama, y la rodearon. Un gesto firme, seguro, que no dejaba lugar a dudas. Un gesto que me hizo arquear la espalda, que me hizo escapar un gemido, que me hizo perder el control.

Cerré los ojos, entregándome a la sensación, al placer, a la locura. Su mano empezó a moverse, arriba y abajo, con un ritmo lento, sensual, que me volvía loco. Cada movimiento era una nueva forma de éxtasis, una nueva dimensión del placer, una nueva capa del infierno. Porque era un placer manchado, un placer prohibido, un placer que me destruía.

—Mami… —escapó de mis labios.

Ella no respondió. Solo apretó un poco más su mano, aceleró un poco su ritmo. Y yo me dejé llevar. Me dejé arrastrar por esa corriente de placer y culpa, de deseo y vergüenza, de amor y lujuria. La abracé, sin saber por qué, sin pensar en las consecuencias. La atraje hacia mí, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío, la suavidad de su pijama rozando mi piel desnuda. Su olor a lavanda y a ella misma me inundó los sentidos, una fragancia que hasta entonces había sido sinónimo de confort y seguridad, pero que ahora se había transformado en el afrodisíaco más potente del mundo. La sentí temblar en mis brazos, una vibración sutil que recorría todo su cuerpo y que se transmitía al mío, una prueba irrefutable de que no estaba sola en este abismo. Que ella también estaba cayendo.

Su mano nunca se detuvo. Siguió moviéndose, con una maestría que me pareció imposible, con una intuición que asustaba. Sabía qué hacer, sabía cómo tocarme, sabía cómo llevarme al borde del precipicio y mantenerme allí, suspendido en un éxtasis agonizante. Sus dedos se deslizaron sobre la tela del pijama, luego, con una audacia que me robó el aliento, deslizaron la banda elástica y me tocaron. Piel con piel. Fue una explosión. La yema de su dedo pulgar rozó el frenillo, y un gemido bajo y gutural se escapó de mi garganta. Su mano, cálida y suave, me rodeó con una firmeza que negaba cualquier duda. No era la mano torpe de una madre curiosa; era la mano segura de una mujer que sabe lo que quiere. Empezó a moverse, arriba y abajo, deslizando el prepucio sobre un glande que rezuma ya un líquido transparente y viscoso. Cada movimiento era una promesa, cada caricia una sentencia

—Agus… —susurró mi nombre contra mi cuello, y su aliento caliente me provocó escalofríos. No era un reproche. No era una advertencia. Era un reconocimiento. Una aceptación.

Abrí los ojos y la miré. Su rostro estaba a centímetros del mío, iluminado por la tenue luz del pasillo que se filtraba por la puerta. Vi sus ojos, oscuros y profundos, y en ellos no vi a la madre que me regañaba por no dormir. Vi a una mujer. Una mujer con deseo, con miedo, con una necesidad tan grande y tan oscura como la mía. Y en ese momento, supe que no había vuelta atrás. Que habíamos cruzado un punto de no retorno.

La besé como un ahogado busca aire. Metí mi lengua en su boca, explorando, poseyendo. Y ella me devolvió el beso con la misma ferocidad. Sentí cómo su pierna se enroscaba en la mía, cómo su cadera presionaba contra mi erección con una necesidad que reflejaba la mía. Ya no éramos madre e hijo. Éramos dos cuerpos en llamas, dos bestias buscando el mismo alivio en la oscuridad de esa habitación.

Su mano se movió más rápido, más firme, y mi cuerpo respondió. Mis caderas empezaron a moverse, sincronizándose con sus movimientos, buscando más fricción, más presión, más de ese placer que me consumía. La otra mano de mi madre, la que no estaba ocupada en mí, se deslizó por mi espalda, bajó hasta mi culo y me apretó, atrayéndome aún más hacia ella. Sentí sus pechos contra mi pecho, duros y puntiagudos a través de la tela de nuestros pijamas. Sentí su pierna subiendo, rozando la mía, buscando mi propia erección con una insistencia que me volvía loco.

Estábamos en una burbuja, en un universo paralelo creado por nosotros, donde las reglas del mundo exterior no existían. Solo existíamos nosotros. Solo existía nuestro deseo. Y era glorioso. Era aterrador. Era la cosa más bella y más horrible que había sentido en mi vida.

Ella me apretó más fuerte, su mano moviéndose con una urgencia que anunciaba el final. Sentí cómo el placer se acumulaba en mi entrepierna, una presión creciente, una ola que se elevaba, cada vez más alta, cada vez más fuerte. Estaba a punto de explotar, a punto de desintegrarme en mil pedazos, a punto de entregarme por completo.

—Mírame —me ordenó, y su voz era un susurro ronco, lleno de autoridad. Abrí los ojos y la miré. La miré directamente a los ojos mientras su mano me llevaba al paraíso y al infierno. Y en su mirada vi todo. Vi su amor, su dolor, su deseo, su culpa. Vi mi propio reflejo, un chico perdido, asustado, pero completamente entregado a ella.

Y entonces, llegué.

El orgasmo me golpeó como una tormenta, una ola de placer tan intenso, tan abrumador, que me hizo gritar. Un grito ahogado contra su boca, un grito de puro éxtasis. Sentí cómo mi cuerpo se tensaba, cómo se convulsionaba, cómo se vaciaba en un espasmo de placer indescriptible. Un placer que me limpió y me manchó al mismo tiempo. Un placer que me liberó y me esclavizó.

Me quedé allí, en sus brazos, temblando, sin aliento, con el corazón latiéndome como un tambor de guerra. Sentí el calor de mi semen, empapando el pijama, un recordatorio tangible, físico, de lo que acabábamos de hacer. Un recordatorio de que habíamos cruzado la línea. De que ya no había vuelta atrás.

Mamá no se movió. Me siguió abrazando, con la cabeza apoyada en mi hombro, respirando con dificultad. Y durante un momento, un instante fugaz, todo estuvo bien. El mundo exterior desapareció, y solo existíamos nosotros, dos almas unidas en un acto de amor prohibido.

Pero entonces, la realidad regresó. Como una marea fría, la culpa, la vergüenza y el pánico empezaron a invadirme de nuevo. Me di cuenta de lo que había hecho. Me di cuenta de lo que ella había hecho. Me di cuenta de que nuestra relación, nuestra vida, nunca más volvería a ser la misma.

La solté, como si me quemara. Me aparté de ella, retrocediendo hasta quedar pegado a la cabecera de la cama. La miré, y esta vez sí vi a mi madre. La mujer que me había criado, la mujer que me había dado la vida, la mujer a la que acababa de traicionar de la peor manera posible.

Su rostro estaba pálido, con los ojos muy abiertos, como si acabara de despertar de un sueño. O de una pesadilla. Miró su mano, la mano que me había tocado, y luego me miró a mí. Y en su mirada vi el horror. Vi el pánico. Vi el arrepentimiento.

—Agus… —dijo, y su voz temblaba. —Oh, Dios mío, Agus, ¿qué hemos hecho?

No supe qué decir. No había nada que decir. Solo había silencio. Un silencio denso, pesado, lleno de palabras no dichas, de promesas rotas, de secretos revelados.

Ella se levantó de la cama de un salto, como si el colchón le quemara la piel. Se alejó de mí, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si intentara protegerse de mí, de sí misma, de lo que acababa de ocurrir.

—Tengo que irme —dijo, y su voz era un hilo de voz, un susurro roto.

Se dio la vuelta y corrió hacia la puerta, sin mirarme atrás. La abrió y desapareció en la oscuridad del pasillo, dejándome solo, en la oscuridad de mi habitación, con el olor de su perfume en el aire, con el sabor de su boca en mis labios, y con la mancha húmeda y pegajosa en mi pijama, un recordatorio eterno de que las cosas que duelen, a veces, también placen. Y que ese placer, a veces, es lo que más duele.


Lo que pasó después no fue una solución. Fue un armisticio. Mamá decidió quitarme el celular, y yo la odié por ello. Odié que usara mi adicción como excusa para no mirarme, para no hablar de eso. Durante los días siguientes, el silencio en casa se volvió más pesado que la piedra. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban sobre la mesa del desayuno, veía el mismo pánico que había en sus ojos aquella noche. Y yo sabía que ella también veía el mío. El vacío que dejó el móvil no se llenó de música o amigos. Se llenó de ella. De su recuerdo, del olor de su perfume, de la sensación de su mano. El aburrimiento llegó, sí, pero era un aburrimiento febril, un ansia que me tenía las manos temblando. Empecé a fantasear con que volviera a mi cuarto. Empecé a desear que volviera a ocurrir. Entonces mamá me dijo: ‘Agus, yo no quiero que tengas miedo’. Y entendí. No estaba hablando del móvil. Estaba hablando de nosotros. Estaba hablando del monstruo que habíamos despertado. Ahora tengo mi celular otra vez. Y mientras escribo esto, lo tengo al lado. La pantalla está apagada. Pero no es porque ya no sienta la necesidad de encenderla. Es porque sé que lo que busco, lo que realmente necesito, no está en Internet. Está al otro lado de la puerta de mi cuarto. Y eso me aterra más que cualquier imagen en cualquier pantalla.

7 Lecturas/19 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: amigos, baño, colegio, hijo, madre, montaña, orgasmo, semen
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