madres descubiertas y chantajeadas 2
por fin el sueño de Carlos se vuelve realidad .
Capítulo 2
La madre de su mejor amigo, esa mujer blanca de curvas voluptuosas y piel de porcelana, se levantó del sofá con un movimiento fluido. Sus enormes tetas, con esos pezones rosados que parecían tres gotas de rocío sobre una colina, se balancearon con cada paso. A pesar de que su cuerpo estaba completamente expuesto, sus ojos seguían clavados en la pantalla de su celular, deslizando el dedo sobre el cristal mientras sus piernas torneadas y su culo redondo y perfecto se movían con una elegancia natural.
Carlos, fuera de la ventana, sintió que la sangre le hervía. La lujuria lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Ya no era solo curiosidad; era una necesidad animal, casi violenta. El deseo de poseer a esa mujer, de reclamar ese cuerpo que parecía una obra de arte, lo poseía por completo.
—Maldita sea, necesito tenerla —susurró Carlos, sintiendo cómo su miembro se tensaba bajo el pantalón.
Con el corazón martilleando contra sus costillas, Carlos se decidió. Se deslizó por la puerta principal, girando la llave con una precisión quirúrgica. Entró como un depredador, aprovechando el silencio absoluto que había dejado el baño de su madre. La madre de su amigo seguía ahí, de pie en el centro de la sala, con la mirada perdida en el teléfono, con las caderas relajadas y los pechos proyectándose hacia adelante.
Carlos se despojó de su ropa en un movimiento rápido y fluido, dejando que su cuerpo de trece años se llenara de la energía del momento. Se lanzó hacia ella, cerrando la distancia de un salto.
Debido a su estatura, Carlos se encontró frente a la impresionante arquitectura del pecho de la mujer. Sus tetas eran tan grandes que, cuando se inclinó, sus labios quedaron perfectamente alineados con la curva de sus pezones. Sin previo aviso, Carlos abrió la boca y se hundió en la carne blanda de uno de sus pechos, succionando con una fuerza casi voraz mientras que con sus manos sujetó el tan deseado culo de la madre de su amigo.
—¡Ahhh! ¡Mierda! —gritó la mujer, el grito naciendo de sus pulmones con una potencia que hizo vibrar el aire.
Pero Carlos sonrió con una mezcla de malicia y placer. Él sabía que su madre estaba en el baño, sumergida en su propio mundo, con los audífonos puestos, escuchando su música favorita. Ella no escucharía ni el estruendo más fuerte de la sala.
La madre de su amigo, sorprendida por la audacia del chico, sintió la boca de Carlos envolviendo su pecho mientras sus manos se aferraban a su culo. Carlos no solo estaba besando; estaba reclamando. Sus manos se hundieron en sus nalgas, apretando la carne firme y redonda con una fuerza que casi le dejaba marcas.
—¡Carlos! ¡¿Pero qué demonios haces?! —exclamó ella, con la voz cargada de una mezcla entre el susto y la indignación.
Ella lo empujó con fuerza, intentando separarlo de su pecho, pero Carlos se aferró como un león a su presa. El chico la miró a los ojos, con la mirada brillante por la lujuria.
—Te voy a comer entera —le soltó él, con la voz un poco ronca por la excitación.
—¡Suéltame, mocoso! —le reclamó ella, con el rostro encendido de enojo—. ¡Es una falta de respeto! ¡Estás siendo un pequeño salvaje!
Carlos, con una sonrisa de suficiencia, sacó rápidamente el celular del bolsillo de su pantalón que había dejado sobre el sillón. Con un movimiento rápido, le mostró la pantalla.
—Mira esto —dijo él, mostrando la galería de fotos que había tomado desde la ventana—. Tengo fotos de cuando estabas haciendo ejercicio, y tengo fotos de cuando el repartidor te estaba tocando. Si se lo digo a tu marido, dirá que te quedaste ahí, como una estatua, dejando que un extraño te manoseara como si fueras una puta.
La mujer se quedó paralizada. Sus ojos se abrieron de par en par y su mandíbula se relajó. La vergüenza la golpeó como una bofetada. El secreto de su exhibicionismo estaba en manos de este chico de trece años.
—No… no digas nada —susurró ella, sintiendo cómo la sangre se le escapaba de las mejillas.
Carlos no perdió ni un segundo. Aprovechó su parálisis para volver a lanzarse sobre ella. Esta vez, no fue un beso suave. Fue una embestida. Volvió a hundir su boca en su pecho, succionando con una intensidad que casi le robaba el aire. Sus manos volvieron a agarrar sus nalgas, apretándolas con una fuerza casi dolorosa, mientras sus dedos se hundían en la carne firme de su trasero.
—¡Ay! ¡Suéltame! —gritió ella, pero esta vez no hubo fuerza en su empuje pues ella sentía que la amenaza la había desarmado.
—No te vas a mover —le dijo Carlos, su voz cargada de una determinación posesiva—. Te voy a violar aquí mismo, en esta sala.
—¡No, Carlos, por favor! —suplicó ella, sintiendo cómo el miedo a ser delatada empezaba a mezclarse con la sensación de ser invadida.
—¡Te dije que te voy a violar! —repitió él, con una mirada casi feroz—. No me importa si te gusta o no, te voy a tener.
La mujer, que era notablemente más alta que él, pudo haberlo apartado fácilmente con un solo brazo, pero se quedó ahí, atrapada por la amenaza de las fotos y la mirada hambrienta del chico. Ella intentó retroceder, pero Carlos la mantuvo anclada contra él, su cuerpo pequeño pero potente dominando la voluntad de la mujer adulta.
—Por favor… —susurró ella, mientras él volvía a reclamar su pecho con una succión profunda y húmeda—. No lo hagas…
—Lo voy a hacer —respondió él, con la voz vibrando de pura lujuria—.
Ella sintió el primer movimiento de su cuerpo, el inicio de una unión que ella no había planeado, pero que él ya había decidido reclamar. El aire en la sala se volvió denso, cargado con el aroma de la piel, el sudor y la electricidad de una posesión inesperada.
El ambiente en la sala se cargó de una tensión eléctrica, casi asfixiante. La madre de su mejor amigo, con la mirada fija en el rostro de Carlos, vio cómo la chispa de malicia en los ojos del chico se transformaba en una llama de fuego puro. Ella intentó dar un paso atrás, pero Carlos, impulsado por una fuerza casi sobrenatural de deseo y poder, la tomó por la cintura con una firmeza que le robó el aliento.
—No te vas a escapar —gruñó el chico, su voz rompiéndose por la intensidad del momento.
Sin previo aviso, y con la fuerza de un animal que ha estado esperando el momento justo para atacar, Carlos la obligó a inclinarse hacia adelante, dejando que sus enormes pechos se proyectaran hacia él. En un movimiento explosivo, violento y repentino, él la envolvió con sus brazos y, con un empujón de cadera que casi la hizo tambalearse, la forzó a abrir sus piernas.
—¡Carlos, espera! —logró decir ella, pero el grito se convirtió en un jadeo de sorpresa.
Con un movimiento de cadera potente y sin ningún tipo de suavidad, Carlos hundió su miembro en el centro de ella. Fue una penetración profunda y brusca, un impacto seco que la hizo arquear la espalda hacia atrás. La verga de Carlos entró de un solo golpe, atravesando la resistencia de su cuerpo hasta que la punta rozó los testículos, llenando cada rincón de su coño.
—¡AHHHH! —el grito de la mujer fue un lamento de puro impacto.
Fue un golpe seco, como si el aire hubiera sido expulsado de sus pulmones de golpe. La penetración no fue un encuentro suave; fue una invasión. El chico la sujetó por las caderas, sus dedos hundiéndose en la carne de sus nalgas, casi dejando marcas rojas por la presión de su agarre.
—¡Te voy a violar ahora mismo! —rugió Carlos, y comenzó a moverse.
Y entonces, comenzó la embestida. Carlos no se movía con la cadera con la cadencia rítmica de un hombre que busca el placer; se movía con la ferocidad de un depredador que reclama su territorio. Cada estocada era larga, profunda y cargada de una fuerza bruta que hacía que el cuerpo de la mujer se balanceara de adelante hacia atrás.
—¡No! ¡Para! ¡Carlos, por favor! —gritaba ella, con el rostro contraído por el dolor y la sorpresa—. ¡Eres un niño! ¡Eres el amigo de mi hijo! ¡No puedes hacerme esto!
Pero Carlos estaba poseído. Sus ojos estaban casi cerrados por el placer, y su respiración era un jadeo pesado y ruidoso. Con cada embestida, su cuerpo chocaba contra el de ella, y el sonido del choque de sus cuerpos llenaba la sala.
—¡Cállate! —le gritó él, mientras su verga se deslizaba por las paredes internas de su coño—. ¡Esto es tu castigo! ¡Te vas a quedar quieta y vas a recibirlo!
—¡Pero es una falta de respeto! —chilló ella, intentando empujarlo con las manos, pero sus brazos no respondían al recordar que el chico podía delatarla y por lo tanto eran débiles frente a la determinación del chico—. ¡Te estoy dando todo mi cuerpo y tú me tratas así!
—¡Es tu castigo por andar de puta con otros hombres! —le espetó Carlos, su voz cargada de una arrogancia casi cruel—. ¡Te vi con el repartidor hace un momento! ¡Te dejaste tocar por él como si fueras un objeto para satisfacer el deseo de los demás, pues entonces ahora vas a satisfacer mi deseo! ¡Ahora eres mía!
Con cada palabra, Carlos intensificaba el ritmo. La violación era una danza de fuerza bruta. Él la empujaba hacia atrás, obligándola a retroceder hasta que sus talones se hundieron en la alfombra, mientras él se lanzaba hacia adelante, clavando su miembro en ella. La mujer sentía cómo su cuerpo era reclamado por este chico que, aunque era más pequeño que ella, poseía una voluntad dominante y salvaje.
—¡Ay, Dios mío! ¡Me duele! —lloraba ella, las lágrimas empezando a rodar por sus mejillas—. ¡No quiero que me violes, Carlos! ¡Es tan humillante tener que dejarle a un niño que me posea!
—¡No te vas a mover! —le gritó él, dándole una estocada final que la hizo soltar un gemido agudo—. ¡Te voy a coger si quieres o no quieres!
Carlos estaba en un estado de trance. Cada vez que su verga entraba en ella, sentía la calidez y la humedad de la mujer, pero su mente estaba enfocada en la victoria de haberla sometido. Él no estaba buscando su aprobación; estaba reclamando su posesión. El movimiento era rápido, casi frenético, con el cuerpo de la mujer vibrando bajo su peso.
A medida que el clímax se acercaba, el ritmo se volvió aún más frenético. Carlos arqueó la espalda, sus músculos tensándose, mientras sus manos apretaban las nalgas de la mujer con una fuerza casi dolorosa, como si quisiera moldearlas a su gusto.
—¡Mira cómo te tengo! —le dijo él, con la cara a centímetros de la de ella.
De repente, el cuerpo de Carlos se tensó por completo. Sus ojos se abrieron de par en par y un gemido profundo y gutural escapó de su garganta. Con un último empujón violento, casi proyectando a la mujer hacia adelante, Carlos liberó toda su energía.
—¡Ahhh! —gritó él, mientras su semen caliente se disparaba en el interior de ella, inundando su coño con una descarga poderosa.
La mujer soltó un grito de sorpresa, sintiendo el calor de la descarga interna. Ella no estaba disfrutando del clímax; estaba sintiendo la intensidad de la entrega. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, y su respiración era entrecortada por el impacto de la experiencia.
—¡Mírame! —le dijo él, aunque ella apenas podía mantener la mirada.
Carlos no la soltó inmediatamente. Con el miembro todavía profundamente enterrado en ella, mantuvo el contacto. Se quedó allí, disfrutando de la sensación de tenerla poseída. Mientras su verga permanecía firme en su interior, Carlos volvió a inclinar la cabeza, buscando nuevamente sus enormes tetas.
Con una suavidad que contrastaba con la violencia de la violación, comenzó a succionar uno de sus pechos, mientras sus manos seguían sujetando sus nalgas con firmeza. La mujer, con la cabeza apoyada contra el hombro del chico, seguía con los ojos cerrados, sintiendo el calor de su semen fluyendo dentro de ella, sintiendo el peso de la posesión y la cruda realidad de lo que acababa de suceder en la sala de su casa.
—Eres mía —susurró Carlos contra su piel, mientras el silencio de la casa volvía a envolverlos, dejando solo el sonido de sus respiraciones agitadas y el eco de los gritos que acababan de llenar el aire.
La atmósfera en la sala seguía cargada de la electricidad del primer orgasmo del chico dentro de la mujer. Carlos, con la respiración aún entrecortada y la mirada fija en la mujer que acababa de someter, sintió que la lujuria no se había agotado; por el contrario, se había transformado en una sed insaciable de dominio. La madre de su mejor amigo, con el cuerpo aún temblando por la penetración frontal, intentó recuperar el aliento, pero Carlos no le dio espacio para la recuperación.
—No te vas a quedar así —gruñó él, con una voz que denotaba una posesividad casi salvaje.
Con un movimiento firme, Carlos la tomó por los hombros y la obligó a girar el cuerpo. La mujer, con el rostro aún encendido por la vergüenza y el cansancio, se giró dándole la espalda. Carlos la tomó por la cintura y, con un impulso potente, la hizo bajar hasta que sus rodillas tocaron la alfombra.
—¡Arrodíllate! —le ordenó él, con una autoridad que la dejó sin palabras.
Ella obedeció, doblando las rodillas y apoyando las manos sobre el suelo, quedando en una posición de cuatro. Con el cuerpo así dispuesto, sus nalgas —ese atributo que tanto había fascinado a Carlos desde la ventana— se proyectaron hacia atrás, redondas y prominentes. Carlos se posicionó justo detrás de ella, como un depredador preparándose para el ataque final.
Sus manos, aunque todavía no muy grandes, eran fuertes, comenzaron a moverse frenéticamente sobre el trasero de la mujer. Él no solo la tocaba; la apretaba con una fuerza que casi parecía querer amasar la carne. Sus dedos se hundían en las curvas de sus nalgas, recorriendo cada centímetro de la piel suave y torneada y abría sus nalgas lo más que podía para contemplar ese delicioso año con él que Carlos y sus amigos habían fantaseado desde hacía varios meses.
—Mírate… qué culo tan delicioso tienes —le susurró al oído, mientras su mirada recorría la curva de su espalda.
Sin darle tiempo a reaccionar, Carlos se posicionó. Con un movimiento de cadera violento y profundo, hundió su miembro en el ano de la mujer.
—¡AHHHH! ¡Mierda, Carlos! —el grito fue más agudo que el anterior, un lamento de pura sorpresa y dolor.
La penetración anal era mucho más intensa, más apretada y, sobre todo, más invasiva. La mujer sintió cómo el esfínter se abría bajo la fuerza del chico, sintiendo cada milímetro de la verga de Carlos expandiendo su interior. Ella intentó echar hacia atrás, pero Carlos la sujetó firmemente por las caderas, manteniendo su cuerpo en la posición de cuatro mientras comenzaba a embestir.
—¡Para! ¡Te dije que pares! —suplicó ella, con la voz quebrada por la intensidad del momento—. ¡Es demasiado! ¡Me duele!
—¡No me vas a detener! —le rugió él, y comenzó a moverse con una violencia renovada.
Cada estocada era un golpe seco. Carlos la empujaba hacia adelante, haciendo que sus pechos se proyectaran hacia el frente, mientras su verga se deslizaba con fuerza en el canal anal. La violación era rítmica y feroz; el sonido de la piel chocando contra la piel llenaba la sala, mezclado con los gritos de la mujer.
—¡Es tu castigo! —le decía él con cada embestida—. ¡Te vas a quedar aquí hasta que yo termine contigo!
La mujer lloraba, sintiendo cómo su cuerpo era reclamado por la fuerza bruta del chico. El dolor inicial empezó a transformarse en una sensación de presión constante, una sensación de estar completamente poseída por la voluntad de Carlos. Él no se detuvo, ni siquiera cuando ella intentó apartarlo con sus manos. Él la reclamaba como si fuera su propiedad privada, cada estocada siendo una declaración de poder.
Finalmente, con un último empujón que casi la hizo caer de frente, Carlos sintió que la tensión en su cuerpo se liberaba. Sus ojos se cerraron y un gemido profundo escapó de su garganta mientras su semen caliente se disparaba profundamente dentro de su ano.
—¡Ahhh! —gritó ella, sintiendo la descarga interna.
Carlos se quedó ahí por unos segundos, con el miembro todavía enterrado, disfrutando de la sensación de la calidez de su semen llenando el espacio interno de la mujer. Él disfrutaba el hecho de que ella estuviera ahí, sometida bajo él, con el cuerpo vibrando por la penetración.
Luego, con un movimiento fluido, la ombligo a girarse hacia él. La tomó por la barbilla, obligándola a mirarlo, y con una orden imperiosa, la hizo acercarse a su rostro.
—Ahora, hazlo —le ordenó, señalando su miembro que aún estaba erecto y palpitante.
La mujer, con una mezcla de resignación y sumisión, abrió la boca. Carlos la obligó a tomarlo. Ella comenzó a mamar su verga con una dedicación casi servicial. Al principio, sus movimientos eran tímidos, pero a medida que el tiempo pasaba, la suavidad de sus labios y la calidez de su boca empezaron a envolverlo.
—¡Mmmmm! —la mujer soltaba pequeños sonidos de satisfacción, y por primera vez en toda la noche, una pequeña chispa de placer real empezó a brillar en sus ojos. Estaba empezando a disfrutar de la sensación de tenerlo en su boca, aunque el recuerdo de la violencia de hace unos minutos aún estuviera fresco en su mente.
Carlos la miraba con una sonrisa de satisfacción, viendo cómo sus labios rodeaban su miembro. Ella lo succionaba con fuerza, moviendo la lengua sobre la punta y el cuerpo de la verga. Fue un par de minutos de este intercambio, hasta que Carlos sintió que la presión en su base se volvía ainsoportable.
—¡Ahhh! —exclamó, arqueando la espalda.
Con un movimiento de cabeza, proyectó su miembro hacia adentro de su boca. La mujer abrió los ojos de par en par, sintiendo cómo el semen caliente llenaba su garganta. Ella no tragó de inmediato, pero Carlos la obligó a hacerlo, y ella finalmente se tragó cada gota, dejando que el sabor de la victoria de Carlos llenara su boca.
Carlos se separó de ella, limpiándose un poco el hilo de saliva que unía sus labios. La miró de arriba abajo, con una expresión de triunfo absoluto.
—Escúchame bien —le dijo, con la voz profunda y autoritaria—. A partir de ahora, eres mía. Cuando yo quiera, tú vas a follar conmigo. No importa si te gusta o si no te gusta, lo importante es que lo vas a hacer.
La mujer asintió rápidamente, todavía con la boca un poco húmeda por su semen.
—Si no lo haces, o si te quejas, se lo diré a todos. Le diré a tu marido que te dejaste violar por un niño de trece años. Le diré a tu familia que te quedaste ahí, desnuda y disponible, mientras el repartidor te tocaba.
—No… no lo digas —susurró ella, con los ojos brillantes por la vergüenza.
—Entonces, ponte de pie —le ordenó él, señalando la puerta—. Vístete ahora mismo y vete a tu casa. Mi madre va a salir del baño en cualquier momento y si nos ve así, toda la sorpresa se acaba.
La mujer no esperó ni un segundo más. Con movimientos rápidos y casi apresurados, buscó su ropa entre las sillas y el sofá. Se deslizó en su vestido y se ajustó el cabello, tratando de recuperar la compostura, aunque todavía podía sentir el calor de la penetración en su cuerpo y el sabor de Carlos en sus labios.
Carlos la observó mientras ella se preparaba, sintiendo que finalmente había reclamado su trono. Ella le dio una última mirada, una mezcla de respeto y una pizca de temor, antes de dirigirse hacia la puerta.
—Hasta pronto, Carlos —dijo ella en un susurro.
—Hasta la próxima —respondió él con una sonrisa de suficiencia, mientras ella salía de la casa, dejando atrás el rastro de su entrega.

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