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Heterosexual, Incestos en Familia, Orgias

madres descubiertas y chantajeadas 4

El chico le confiesa a su amigo Juan y otros dos amigos que violo a su madre y a la madre de Juan, y ahora los chicos se unen a la diversión .
Capitulo 4

La mañana siguiente, el sol apenas comenzaba a teñir de dorado el horizonte cuando Carlos, con una sonrisa de triunfo que apenas podía ocultar, interceptó a sus tres mejores amigos en el camino hacia la escuela. El aire estaba cargado de la energía de lo que estaba por suceder.

—¡No se cansen de mirarme así de feliz! —exclamó Carlos, con la mirada brillante—. ¡Lo hice! ¡Ayer en la mañana cuando falté a clases hice lo que todos pensábamos que era imposible!

Juan, el mejor amigo de Carlos, se detuvo en seco, con los ojos como platos. Él sabía que Carlos había faltado a clase, pero no imaginaba la magnitud de la hazaña.

—¿Qué hiciste exactamente, cabrón? —preguntó Juan, con la voz cargada de curiosidad.

Carlos se detuvo y, con una fluidez casi cinematográfica, comenzó a narrar cada detalle. Les contó cómo había decidido faltar para espiar a su madre y a la madre de Juan. Les describió cómo, desde la ventana, las vio desnudas, sudando y moviéndose con sensualidad mientras hacían ejercicio. Les contó la llegada del repartidor, la humillación de las mujeres al dejarse manosear por un extraño, y cómo él había capturado cada segundo en su celular.

—Y luego… —Carlos hizo una pausa dramática, sintiendo cómo su miembro se tensaba bajo el pantaluz—. Las atrapé. Las amenace con delatarlas y las violé. Las hice pedir clemencia, las hice gritar y las hice tragarse mi semen por todos sus agujeros hasta que se quedaron repletas de mi leche.

Los tres amigos se quedaron boquiabiertos. Juan casi se tambaleó de la sorpresa.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó Juan, dando un paso adelante—. ¡Tú violaste a tu propia madre y a la mía ayer? No manches cabron!

—Miren las fotos —dijo Carlos, sacando el celular y mostrándoles la galería.

Vieron las imágenes: las curvas de las dos mujeres, los rostros de gozo y entrega cuando eran manoseadas descaradamente por un repartidor con el rostro lleno de lujuria que no se creía que dos mujeres tan despampanante a le permitieran manosearlas a su gusto.

—¡Mierda, Carlos! ¡Eres un pinche animal violador! —exclamó Gus, con la boca abierta, pues ahora sí creía que su amigo había violado a sus madres

Gus, que vivía solo con su hermana mayor de 18 años, dio un golpe en su propio muslo, sintiendo una oleada de lujuria.
—¡Quédate ahí! —le dijo a Carlos—. Si tú pudiste hacer eso, nosotros también tenemos que hacerlo.

El grupo comenzó a debatir con fervor. Desde hacía un año, todos habían confesado sus deseos más profundos y perversos. Juan y Carlos habían confesado que deseaban a sus respectivas madres, mientras que los cuatro compartían el deseo por la hermana de Gus, una joven con unas tetas y unas nalgas tan espectaculares que todos en la calle la miraban queriendo violarla y ellos cuatro definitivamente querían poseerla. Además, la dinámica sobre la pequeña hermana de Sam, de 10 años, se volvió el centro de la conversación de él y Carlos, aunque los otros dos no tenían interés por la pequeña.

—¡Tenemos que hacerlo hoy! —sentenció Juan, con la mirada encendida de lujuria—. ¡No vamos a ir a clases hoy! ¡Vamos a ir a la casa de Carlos y vamos a reclamar a nuestras madres y las vamos a compartir con ustedes también! Dirigiéndose a Sam y Gus.

—¡Espera un segundo! —intervino Gus—. Yo preferiría que no las violentos, sino que tratemos de convencerlas con palabras lindas y ayudándonos de las fotos para chantajearlas, me gustaría que ellas también disfruten con nosotros. No quiero que sea solo violencia pura. Quiero que las mujeres sientan el placer de ser deseadas por nosotros.

Carlos lo pensó por un momento y entonces con la autoridad de quien ya había reclamado su territorio, asintió aprobando la propuesta.
—Está bien, creo que tienes razón, además así podremos tenerlas cuántas veces queramos y por su propia voluntad, puede ser que hasta ellas mismas nos pidan que las follemos. Pero escuchen bien: al principio, tenemos que forzarlas. Tenemos que reclamarlas por la fuerza porque ellas no están preparadas para aceptar eso, así que las forzamos y poco a poco las vamos calmando y lnos esforzamos por qué comiencen a gozar. Osea que una vez que estemos dentro, una vez que las tengamos bajo nuestro control, vamos a hacerles ver qué podemos tratarlas bien para que ellas también gocen. Vamos a ganarnos su confianza para que pasen de la sorpresa a la entrega total.

—¡Me encanta! —dijo Sam, que estaba pensando en su pequeña hermana—. ¡Perfecto, y eso nos puede dar ideas para que después pensemos como hacer algo parecido para tener a nuestras hermanas también y que todas ellas se vuelvan locas de placer!

Los cuatro amigos se miraron, con la sangre hirviendo. El plan estaba sellado. Sin perder un segundo, se dirigieron a la casa de Carlos.

Al llegar, se detuvieron frente a la ventana principal. Carlos hizo una señal de silencio y todos se asomaron. Allí estaban ellas: la madre de Carlos y la madre de Juan, completamente desnudas, ninguna de las dos le había contado a la otra que habían sido violadas por Carlos, así que continuaban con su vida como si nada hubiera pasado, las dos mujeres estaban haciendo ejercicio como todos los días con la piel brillando por el sudor del ejercicio, moviendo sus cuerpos con gracia y sensualidad en la sala.

—Es el momento —susurró Carlos.

Con movimientos de depredadores coordinados, los cuatro amigos se acercaron a la entrada. Carlos, con una llave abrió la puerta principal con una suavidad casi mágica. Los cuatro se deslizaron hacia adentro, entrando en la casa como sombras.

En cuanto cruzaron el umbral, en un movimiento sincronizado y silencioso, los cuatro amigos comenzaron a despojarse de su ropa. Sus prendas cayeron al suelo, revelando sus cuerpos jóvenes y hambrientos con sus vergs completamente erectas y duras. Se quedaron allí, de pie, con los ojos fijos en las dos mujeres, listos para comenzar la conquista.

El sonido de la música en la sala hizo que la entrada de los cuatro jóvenes pasara desapercibida para las mujeres, y antes de que pudieran emitir un solo sonido por arriba de la música, la escena en la sala se convirtió en una visión de lo que se convertiría en campo de batalla de la lujuria.

En ese preciso instante, las dos mujeres estaban en una posición de vulnerabilidad absoluta. Ambas estaban de pie, con las piernas estiradas ligeramente abiertas y los cuerpos inclinados hacia adelante, con las manos apoyadas en sus pies para estirarse. Esta postura hizo que sus glúteos —esos culos grandes, redondos y firmes que tanto habían fascinado a los chicos— se proyectaran hacia atrás, apuntando directamente hacia la entrada de la sala.

Para Juan y Gus, que estaban en la vanguardia, ver esas curvas de carne expuesta fue como un disparo de adrenalina directa al cerebro. Sus cuerpos reaccionaron antes de que sus mentes pudieran procesar la situación.

—¡Maldita sea, qué culos tan perfectos tienen! —exclamó Gus, con los ojos casi saltando de sus órbitas.

Sin decir una palabra, como si fueran impulsados por una fuerza invisible, Juan y Gus se lanzaron hacia adelante.

Juan, con un rugido de deseo, se lanzó sobre su propia madre. En un movimiento violento y explosivo, se posicionó detrás de ella y hundió su miembro en su coño de un solo empujón. La penetración fue tan profunda y repentina que la mujer soltó un grito que pareció desgarrar el aire.

—¡¡AHHHH!! —chilló ella, sintiendo cómo la carne de su coño se abría para recibir al chico.

Al mismo tiempo, Gus hizo lo mismo con la madre de Carlos. Con una fuerza bruta, se lanzó sobre ella, clavando su miembro en su centro íntimo con una estocada que la hizo arquear la espalda hacia atrás.

—¡¡AAAHHH!! —gritó la madre de Carlos, con la boca abierta por la sorpresa.

Las dos mujeres, todavía en estado de shock, intentaron reaccionar. La madre de Juan trató de girar el cuerpo para enfrentar a Juan, pero Sam inmediatamente se colocó delante de ella y la sujetó con firmeza para que Juan pudiera violaría a gusto, mientras Juan tenía sus manos apretando las nalgas de su madre con una fuerza casi dolorosa.

—¡No te muevas! —le gritó Juan, con la cara contraída por el esfuerzo—. ¡Te voy a follar ahora mismo!

—¡Pero Juan! —exclamó ella, con el rostro rojo por la vergüenza y el asombro—. ¡Eres mi hijo, eres un niño! ¡¿Cómo puedes hacerme esto, soy tu madre?!

Mientras tanto, la madre de Carlos intentó empujar a Gus, pero Carlos se había puesto delante de ella y la sujetaba con fuerza para que Gus pudiera follarla a su antojo, mientras Gus se aferró a ella como un león a su presa.

—¡Déjame, Gus! —le reclamó ella, con la voz quebrada—. ¡Eres el  amigo de mi hijo y eres un niño! ¡Es una locura!

Pero la resistencia de las mujeres fue rápidamente doblegada por la fuerza de los chicos. Mientras Juan y Gus se encargaban de la penetración frontal, Carlos y Sam se convirtieron en los anclajes de la hazaña.

Carlos, con una mirada de pura posesión La sujetó con tanta firmeza que ella apenas podía moverse, asegurando que el cuerpo de Gus se deslizara por completo dentro de ella sin interrupciones.

—¡No dejes que se escape! —le ordenó Gus a Carlos, mientras sus propios ojos brillaban con la victoria de tener a la madre de su amigo bajo su dominio.

A su lado, Sam hizo lo mismo con la madre de Juan obligándola a mantenerse firme mientras Juan la penetraba con una violencia rítmica.

—¡Quédate quieta! —le dijo Sam a la madre de Juan, mientras ella intentaba retorcerse—. ¡Te vamos a hacer disfrutar de esto!

La sala se llenó con el sonido de la violación. Juan y Gus comenzaron a embestir con una ferocidad casi salvaje. Cada estocada era un golpe seco, una invasión de la carne. Los chicos eran rápidos y violentos impulsados por la lujuria, sus caderas moviéndose con una velocidad y una fuerza que hacían que la piel de las mujeres vibrara.

—¡Ahhh! ¡Ay! —gritaba la madre de Juan, sintiendo cómo el miembro de Juan se deslizaba por su canal—. ¡Juan, por favor! ¡Eres mi hijo! ¡Eres un niño de trece años! ¡No deberías estar haciéndome esto!

—¡Te estoy haciendo sentir lo que siempre has estado escondiendo! —le gritó Juan, con la mirada encendida de deseo mirando el tremendo culo de ella, mientras su miembro se hundía hasta los testículos—. ¡Te estoy reclamando!

A su lado, la madre de Carlos soltaba lamentos similares, mientras Gus la trataba con una intensidad agresiva.

—¡Gus, detente! —suplicaba ella, con las lágrimas rodando por sus mejillas—. ¡Es tu amigo! ¡Estás violando a la madre de tu amigo, y también eres un niño! ¡Es una locura que nos estés haciendo esto!

—¡Es tu castigo por dejar que el repartidor te tocara! —le rugió Gus, con la voz cargada de una lujuria salvaje—. ¡Ahora somos nosotros quienes te tenemos!

La violación fue constante y cruda. Durante varios minutos, los dos chicos mantuvieron el ritmo, embistiendo con una desesperación que parecía no tener fin. La piel de las mujeres estaba caliente, y el sonido de la carne chocando entre sí llenaba cada rincón de la casa. Los chicos estaban completamente cegados; para ellos, el hecho de que fueran «niños» o «hijos» era secundario frente al placer de la posesión.

—¡Mírame! —le dijo Juan a su madre, mientras la penetraba con una estocada final que la dejó casi sin aliento—. ¡Soy el dueño de este momento!

Finalmente, la tensión en los cuerpos de los chicos llegó a su punto máximo. Juan, con los ojos cerrados y la respiración agitada, sintió cómo su miembro se tensaba hasta el límite.

—¡Ahhh! —rugió él, lanzando una descarga de semen caliente y potente directamente dentro del coño de su madre.

Al mismo tiempo, Gus, con un grito de puro placer, liberó su propia semilla dentro de la madre de Carlos, llenando su interior con la calidez de su entrega.

Las dos mujeres quedaron allí, con los cuerpos temblando por el impacto de la descarga, con los ojos aún abiertos por la sorpresa y las lágrimas de la sorpresa aún frescas en sus rostros.

—¡No puede ser…! —susurró la madre de Juan, sintiendo el calor de la semilla de Juan dentro de ella—. ¡Eres un niño, Juan! ¡Es una locura lo que estás haciendo, te has corrido dentro de mi, te has corrido dentro de tu propia madre!

—Lo sé —respondió Juan, con una sonrisa de suficiencia, mientras aún mantenía su miembro enterrado en ella—. Pero ahora, eres mía.

La madre de Carlos, por su parte, se dejó caer un poco hacia adelante, con la frente apoyada en el hombro de Carlos, sintiendo la vibración de la victoria en el cuerpo de Gus que acababa de reclamarla.

—¡Es tu castigo! —le recordó Carlos, con la mirada fija en la suya.

—. ¡Te he reclamado como mi propiedad! Agregó Gus.

Los cuatro chicos permanecieron allí por unos segundos, rodeando acariciando y besando a las dos mujeres, disfrutando del silencio que siguió a la explosión de gritos y la sensación de haber logrado lo que parecía imposible. La lujuria todavía vibraba en el aire, y el aroma de la piel, el sudor y el semen llenaba la sala.

El silencio que siguió a la primera descarga de energía fue profundo y cargado de significado. Los chicos, aún con sus miembros palpitantes y la respiración entrecortada, comenzaron a relajarse. La tensión violenta de la sorpresa inicial empezó a transformarse en una atmósfera de intimidad y descubrimiento.

Carlos, con la mirada aún fija en su madre, tomó su rostro entre sus manos. Con una suavidad que contrastaba con la fuerza con la que la había reclamado el día anterior y como la sujeto hacia apenas unos minutos, la miró a los ojos.

—Lo siento por la sorpresa —susurró Carlos, su voz ahora suave y melodiosa—. Pero no tienes idea de cuánto tiempo te hemos deseado. Te he observado desde hace meses. Cada vez que te veía hacer ejercicio, cada vez que te veía moverte por la casa… siempre quise ser el hombre que te poseyera.

La madre de Carlos, aún con el cuerpo vibrando por la penetración de Gus, parpadeó, con las lágrimas de sorpresa aún en sus mejillas.

—Es… es una locura, Carlos —dijo ella, con la voz un poco quebrada—. Eres mi hijo. Es una locura que me hayas reclamado así de repente.

—Lo sé, mamá —respondió él, inclinándose para besarla en la frente, luego en la mejilla y finalmente en los labios—. Pero ahora que te he reclamado, quiero que seas mía de verdad. No quiero que solo sientas que te he tomado por la fuerza; quiero que sientas cuánto te deseo.

A su alrededor, el resto de los chicos se unieron al festín de caricias. Gus, que aún tenía a la madre de Carlos dándole la espalda con su culo hacia él, comenzó a besar su suelo y sus muslos mientras Carlos besaba su cuello y sus hombros, mientras que Juan y Sam que rodeaban a la madre de Juan hacían algo similar con ella.

—No queremos que sea solo una posesión forzada—dijo Gus, mientras sus labios recorrían la curva de la nalga de la madre de Carlos—. Queremos que disfrutes cada centímetro de nosotros. Queremos que sientas lo deliciosa que eres.

—¡Es verdad! —añadió Juan, mientras acariciaba el costado de su propia madre—. Eres una mujer espectacular. Tu cuerpo es como una obra de arte, y nosotros somos los que la admiramos.

Las dos mujeres, aunque inicialmente confundidas por la audacia de los chicos, empezaron a relajarse bajo el bombardeo de caricias y besos gentiles. Sus cuerpos, que antes estaban tensos por la sorpresa, empezaron a suavizarse. Las manos de los chicos recorrían sus curvas con una devoción casi religiosa.

—Eres tan suave… —susurraba Sam, mientras acariciaba el pecho de la madre de Juan—. Tus tetas son tan grandes y perfectas.

—Y tu culo… —añadió Carlos, apretando con suavidad la curva de su propia madre—. Es el más redondo y firme que he visto en mi vida.

La madre de Juan soltó una pequeña risa, una mezcla de asombro y un ligero asomo de placer.

—Es increíble… nunca imaginé que ustedes, siendo tan jóvenes, tendrían este deseo por nosotras. Ni siquiera imaginamos que nos verían de esta manera.— dijo la madre de Juan.

—Nosotros nos hemos enamorado de sus cuerpos —dijo Juan con seguridad—. Y ahora que hemos podido entrar, queremos que nos dejen quedarnos.

La madre de Carlos, que estaba siendo besada por Carlos y acariciada por Gus, sintió cómo un ligero calor de lujuria empezaba a cambiar de naturaleza. Ya no era el calor del susto, sino el calor del deseo.

—Si nos prometen que nos tratarán bien… —dijo ella, con una sonrisa que empezaba a iluminar su rostro—. Si nos prometen que nos harán gozar y que nos tratarán como mujeres deseadas y no solo como trofeos… entonces aceptamos.—

—¡Lo prometemos! —respondieron los cuatro chicos al unísono, con una determinación vibrante.

Con la aprobación de las mujeres, la verdadera fiesta comenzó. El ambiente cambió instantáneamente. El miedo se evaporó y las mujeres se abrieron completamente a la presencia de los cuatro chicos.

Carlos tomó la iniciativa. Se posicionó detrás de su madre, mientras ella se arrodilló frente a él. Con un movimiento fluido, él la penetró por atrás.

—¡Oh! —exclamó ella, sintiendo la profundidad de la conexión.

Mientras tanto, la madre de Carlos, con una expresión de pura entrega, se inclinó hacia adelante, abriendo sus labios para recibir el miembro de Gus. Gus la penetró por la boca con una cadencia rítmica y constante, mientras ella lo succionaba con una pasión creciente.

—¡Mírala! —exclamó Gus mientras la admiraba—. ¡Es como un sueño!

A su lado, Sam y Juan compartían a la madre de Juan. Sam se recostó sobre la alfombra la tomó por la cintura, la hizo colocarse sobre él apoyando sus codos en la alfombra, con su rostro frente al de Sam y la penetró por su coño, mientras que Juan, con una sonrisa de satisfacción, se posicionó detrás de ella para penetrarla por el ano.

—¡Es como tener dos amantes a la vez! —exclamó la madre de Juan, con los ojos cerrados, sintiendo cómo el miembro de Sam llenaba su coño y el de Juan llenaba su parte trasera.

La sala se llenó de un coro de gemidos y suspiros. Los chicos no dejaron de elogiar a las mujeres mientras recorrían sus cuerpos con las manos.

—¡Eres tan deliciosa! —decía Carlos mientras sus estocadas en su madre eran profundas y firmes—. ¡Tu culo es tan redondo, duro, firme , bien parado que casi puedo sentir cada músculo con mis manos!

—¡Y tus tetas! —decía Sam, mientras sus labios no se separtaban del pecho de la madre de Juan—. ¡Son tan grandes y firmes, parecen hechas para que yo las devore y las posea!

—¡Mierda, Juan! —exclamó su madre, mientras él la penetraba con una velocidad creciente—. ¡Siento cómo tu miembro llena cada rincón de mí!

Durante más de una hora, la sala se convirtió en un santuario de placer. Los chicos no se detuvieron.

Después Carlos, con una fuerza renovada, se concentró en su madre, llevándola de la mano hasta el suelo para que ella estuviera de espaldas, permitiéndole entrar en ella con una profundidad que la hacía soltar suspiros de puro placer. Gus, por su parte, se colocó debajo de ella y por delante, besando cada una de sus tetas mientras la penetraba con una intensidad constante.

—¡Es como estar en el cielo! —decía la madre de Carlos, mientras sus ojos se cerraban por el placer.

A su lado, la verdadera magia ocurría con la madre de Juan. Sam la tomaba por la cintura y la elevaba ligeramente, permitiendo que Juan la penetrara por el ano mientras él la besaba profundamente.

—¡No puedo creer que estemos haciendo esto! —decía la madre de Juan, con una sonrisa de pura felicidad—. ¡Es el mejor sexo que he tenido en mi vida!

Los chicos se turnaron por cada uno de los tres hoyos de cada una de las mujeres. Juan fue el siguiente en penetrar el coño de la madre de Carlos, seguido de cerca por Gus, quien se encargó de su ano. Sam, por su parte, se encargó de la boca de la madre de Juan, mientras Carlos la reclamaba por el coño.

—¡Miren cómo se abren sus cuerpos! —exclamó Carlos, maravillado por la elasticidad y la suavidad de sus madres.

La escena era una coreografía de lujuria. Los chicos se movían entre las dos mujeres como si estuvieran en una danza perfecta. En un momento, Juan y Sam estaban ambos dentro de la madre de Juan (uno en el coño y otro en el ano), mientras Carlos y Gus compartían a la madre de Carlos (uno en el coño y otro en el ano).

—¡Soy tu puta! —le susurró la madre de Juan a Juan, mientras él la penetraba con una estocada final.

—¡Y tú eres mi reina! —respondió Juan, con una sonrisa de pura victoria.

Cada vez que uno de los chicos se corría, el otro se aseguraba de que la mujer recibiera la entrega completa. El semen caliente llenaba los coños, los anos y las gargantas de las mujeres, dejando un rastro de placer y satisfacción en cada rincón de sus cuerpos, cada uno de los chicos pudo follar y correrse dentro de cada mujer en cada uno de sus agujeros, en su coño, en su boca y en su ano.

—¡Es el mejor día de mi vida! —exclamó Carlos, mientras se recostaba contra el sofá, las mujeres ahora los veían con una mirada de amor y entrega, los miraban a los cuatro como sus dueños.

La tarde avanzaba, y la casa estaba impregnada del aroma del sexo, el sudor y la felicidad de cuatro chicos que habían logrado reclamar lo que más deseaban, y dos mujeres que habían encontrado en ellos la fuente de un placer que nunca imaginaron que experimentarían con sus propios hijos y los amigos de sus hijos.

1 Lecturas/4 de noviembre de 2026/0 Comentarios/por darkjuan
Etiquetas: amigos, follar, hermana, hijo, madre, mayor, semen, sexo
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