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Heterosexual, Incestos en Familia, Masturbacion Femenina

«Mañana te Enseño Otra Cosa»

Una ducha compartida y el descubrimiento que hace Lara..
La ducha de los Flores llevaba veinte minutos escupiendo chorros tibios cuando Lara, sentada en el piso dándole forma a una montaña de espuma, levantó la vista y vio algo que la dejó hipnotizada.

El chorro de Leo.

El agua resbalaba por su vientre, por el vello oscuro, llegaba hasta su mástil —fláccido, descansado— y allí se juntaba en una gota gruesa que colgaba un instante antes de caer. Caía derecho. Un hilo finito, transparente, que se estrellaba contra el piso, justo al lado de la rodilla de Lara.

—Mami —dijo Lara, con la voz que usa cuando descubre un planeta—. El pito de Leo hace chorrito como cuando hace pis.

Elena, que estaba enjabonándose los hombros, se volvió. Miró. Sintió cómo la sangre le bajaba al vientre con una lentitud deliberada. Sonrió con esa sonrisa suya que todo lo mide.

—Es verdad —dijo, y su voz era grave—. El de tu papá también.

Miguel, que hasta ese momento había sido una estatua en la esquina de la ducha, se dio vuelta. Su pija colgaba igual que el de Leo, pero más oscura, más arrugada, con el agua haciendo el mismo recorrido.

Lara tenía ahora dos chorros que caían desde dos alturas distintas.

—Son como mangueras —dijo Lara, fascinada—.

—Exacto —dijo Elena, arrodillándose junto a su hija. Su concha, al abrir las piernas, quedó expuesta, húmeda, brillante —. Son como mangueras.

—¿Y si se juntan los chorros? —preguntó Lara.

Elena tardó un segundo en responder. Su mirada viajó de los penes a los ojos de Lara.

—Mejor podríamos lavarles la cabeza —dijo, como si la idea acabara de nacer—. Con champú. Mucha espuma. El agua que baje va a ser blanca. Como la leche…

—¿Leche de verdad? —preguntó Lara, con los ojos brillando.

—Una leche especial. La que sale del cuerpo cuando está limpio y caliente.

Lara no entendía la diferencia. Para ella, leche era leche. Y si salía de los penes de su hermano y su padre, mejor. Más cerca.

—Quiero que me caiga —dijo.

—¿Qué querés que te caiga?

—El chorro blanco. Quiero que me moje toda.

Elena tomó la botella de champú. Vertió un puñado generoso en su mano. Se acercó a Leo.

—A ver, dejá que te lavo, hijo —le dijo.

Leo obedeció y se dejó hacer. Elena hundió los dedos en su pelo. Comenzó a masajearle el cuero cabelludo con movimientos circulares, firmes, lentos. La espuma blanca brotó, espesa, cubriéndole la cabeza. Debajo de sus dedos, Leo se tensó. Podía sentir el calor de la nuca de su hijo, la respiración que se volvía más corta.

—Relajate —susurró Elena—. Solamente te estoy lavando la cabeza.

Pero no era solo un masaje. Lara estaba sentada en el piso, mirando hacia arriba. La espuma comenzaba a descender por el torso de Leo. Llegó al pecho, al vientre, al vello púbico. El agua la arrastraba, formando hilos blancos y densos.

El pene de Leo seguía fláccido. La espuma bajó por el fuste, lo cubrió, y empezó a caer en gotas espesas desde la punta. Caían derechas, como una pequeña cascada de nata.

—¡Ya sale! —gritó Lara, entusiasmada.

Se colocó justo debajo. Abrió la boca. La lengua asomó, apenas, rozando el labio inferior. Esperó.

La primera gota de espuma cayó sobre su lengua. Blanca, tibia, con sabor a coco. Lara sonrió. La segunda le dio en la mejilla. La tercera en la frente. Extendió las manos, las puso en forma de cuenco, y recibió más.

—¡Es leche! —dijo, y se rió—. ¡Leche de verdad!

Elena, detrás, seguía masajeando la cabeza de Leo. Pero su otra mano, la que no estaba ocupada, bajó hasta su propio muslo. Rozó la humedad que ya empezaba a formarse entre sus piernas. Observaba a Lara bajo el chorro de espuma, la cara levantada, la lengua fuera, los ojos cerrados de felicidad.

Sintió un latido profundo en su vagina.

—Ahora papá —dijo Lara, cuando la espuma de Leo empezó a aclararse.

Elena soltó a Leo. Se acercó a Miguel. Miguel tenía los ojos cerrados, los brazos cruzados sobre el pecho. Elena le puso las manos en la cabeza, le hundió los dedos en el pelo, comenzó a masajear.

—Abrí los ojos, amor —le ordenó en voz baja.

Miguel los abrió. Vio a Lara, pequeña, parada bajo él con la boca abierta. Vio la espuma que empezaba a bajar por su propio torso, blanca, espesa, dirigiéndose a su oruga.

—Mirá cómo le gusta —dijo Elena, cerca de su oído—. Es solo agua con jabón. No la está pasando nada malo.

El pene de Miguel comenzó a reaccionar. La sangre empujó, lenta pero segura. El agua con espuma, que antes caía derecha, empezó a torcerse a medida que el pene se erectaba. La primera gota cayó sobre el labio superior de Lara. La segunda se desvió y fue al piso.

—¡Se torció! —dijo Lara, con la boca aún abierta—. ¡Otra vez se torció!

Elena rió. Una risa baja, íntima. No dejó de masajear la cabeza de Miguel. Sus dedos apretaban con más fuerza ahora, como si quisieran transmitirle algo a través del cráneo. Tranquilo, decía. No te muevas.

Miguel apretó los párpados. Pero su pija, traicionera, siguió erectándose. El agua ya caía completamente desviada, a los costados de Lara.

—No funciona —dijo Lara, con un dejo de tristeza—. No te lo hagas parar, papá.

Elena soltó a Miguel. Se arrodilló frente a Lara. Le limpió la espuma de la mejilla con el dorso de la mano.

—No es que no funcione, amor. Es que los hombres, cuando se emocionan, se ponen duros. Y entonces el chorro cae diferente.

—Que la oruga se vuelva para abajo de nuevo, mamá.

—Pensá que tiene a su niña pequeña mirándolos desde abajo con la boca abierta. Eso lo emociona a papá.

—¿A vos te emociona? —preguntó Lara.

—A veces —dijo Elena, y su voz era apenas un susurro—. Pero yo ya sé disimular.

Lara pensó un momento. Miró a Leo, que seguía apoyado en la pared, su verga apuntando al techo. Miró a su papá, que se había dado vuelta y miraba los azulejos.

—¿Y si me paro más lejos? —preguntó—. Así el chorro cae derecho antes de torcerse.

—No, amor. El chorro se tuerce. Donde vos estés, se va a desviar.

—¿Entonces nunca voy a poder tomar la leche?

Elena sonrió. Una sonrisa que era muchas cosas. Se acercó a Lara, la rodeó con los brazos, la apretó contra su pecho. Los pezones duros rozaron la espalda de la niña.

—Alguna vez —dijo—. Cuando los hombres aprendan a controlar lo que sienten.

Su mirada viajó a Leo. Leo sostuvo la mirada un segundo, después la desvió. Su pene, erecto, latía en el aire vacío. Elena lo miró largamente. Sintió la humedad entre sus piernas, la necesidad de cerrar los ojos y dejarse ir.

No lo hizo.

—Salí, Lara —dijo, con voz firme—. Ya está. El agua se enfrió.

—Pero quiero más.

—Mañana lo intentamos de nuevo. Con más champú. Y con los hombres un poco más relajados.

—¿Y si no se relajan?

—Entonces te voy a enseñar otra cosa.

Lara la miró. Elena sostenía su mirada.

—Otra cosa para tomar —dijo Elena—. Pero todavía no. Todavía sos muy chica.

Lara frunció el ceño, pero asintió. Salió de la ducha, tomó su toalla rosa, y empezó a secarse el pelo cantando una canción de dragones.

Elena se quedó dentro, con los hombres, un momento más.

Cortó el agua.

—Sálganse —dijo.

Miguel salió primero, sin mirarla. Leo se demoró. Elena lo agarró del brazo antes de que pudiera pasar.

—Te vi —le dijo, en voz baja—. Se te salió un poquito.

—No fue mi culpa —dijo Leo.

—Nunca es culpa de nadie. Pero la próxima, avisá.

Leo la miró. Su madre, desnuda, mojada, con los pechos aún brillantes, la mano alrededor de su muñeca. Sus ojos tenían algo que él no sabía nombrar.

—¿Para qué? —preguntó.

—Así te tapo con la mano. Con la boca si hace falta. Pero no delante de ella.

Leo tragó saliva. Asintió. Salió.

Elena se quedó sola en la ducha vacía. El vapor empañaba los azulejos. Se llevó la mano al sexo. Se tocó con suavidad, sintiendo la humedad que no era solo del agua.

Cerró los ojos. Pensó en la lengua de Lara. En la espuma blanca. En las pijas erectas, torciendo los chorros. En lo que ella había impedido que pasara.

Se vino en silencio, apoyada en la pared de azulejos.

Abrió los ojos. Abrió la puerta.

—¿Quién deja la toalla en el piso? —dijo.

Nadie respondió. En el Edén, todo estaba en orden.

—

Crónicas del Edén

Entrada: «La leche de mentira»

Publicado por Elena | 21 comentarios

Hoy en la ducha inventamos un juego nuevo. Les lavé la cabeza a los hombres de la casa con champú, mucha espuma, y el agua que bajaba por sus cuerpos era blanca. Lara la recibió con la boca abierta, como quien atrapa gotas de lluvia.

“¡Leche!”, gritaba ella. Y yo no la corregía. Porque para una niña, todo lo tibio y blanco que cae del cuerpo es leche. No importa de dónde venga.

El problema fue que los hombres se emocionaron y se pusieron ‘duros’, y los chorros se torcieron. Lara no entendía por qué el agua dejaba de caerle en la boca. Yo intenté explicarle, pero la ciencia a veces es muy compleja para una nena de seis años.

Así que paramos. Pero Lara pidió volver a intentarlo mañana. Con más champú. Y con los hombres más relajados.

Les dije que lo íbamos a intentar. Y que si no se relajaban, yo tenía otro plan.

No les conté cuál.

Elena 🌿

#LecheDeMentira #BañosConEspuma #ElCuerpoSabe #CrónicasDelEdén

—

Elena cerró la computadora. En la habitación, Lara ya dormía. Leo, en la suya, miraba el techo. Miguel roncaba en la cama matrimonial.

Ella se quedó un rato en el escritorio, desnuda, las piernas cruzadas. Su sexo seguía húmedo, pero ya no urgente.

Mañana, pensó. Mañana otra vez.

Y sonrió.

6 Lecturas/29 abril, 2026/0 Comentarios/por Mercedes100
Etiquetas: hermano, hija, hijo, madre, montaña, padre, sexo, vagina
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