Maribel en los Baños del Parque: Segunda Parte
Sudamérica, 2004. Ni el peligro de ser descubiertos es suficiente para evitar que Nicolás (12) y Maribel (8) disfruten de un rico reencuentro en los baños del parque..
Maribel y yo teníamos los pantalones abajo, los genitales al descubierto, y los corazones paralizados por el miedo. Nuestros latidos, sin embargo, en breve volvieron a acelerarse, aterrorizados, al escuchar la voz de aquella mujer que, en tan mal momento para nosotros, se detenía frente a la entrada del baño de varones.
«Ya, entrá ahí, cuidado con que te mojes», dijo ella con voz elevada. «Ya, pero no vas a entrar tú», le respondió un niño pequeño antes de meterse a la cabina contigua a la nuestra. Tras llevar mi dedo índice a los labios para decirle a mi prima que no hiciera ruido, escuchamos al pequeño hacer sus necesidades.
Con mirada asustada, Maribel se limitó a cubrirse la boca con una mano y el sexo con la otra. Yo, por mi parte, me mantuve lo más quieto que pude. Tras unos segundos que se nos hicieron eternos, el pequeño terminó y, no sin antes lavarse las manos, se retiró junto a su madre. Dos minutos dejamos pasar en silencio mi prima y yo antes de estar seguros de su partida.
«Ya se han ido, parece», fue lo primero que ella, siempre en voz baja, me dijo, y acto seguido se subió la ropa interior. Apenas lo hizo, me le acerqué y volví a llevármela a la pared. «Hay que seguir», le propuse con deseo al oído, tratando de bajarle el calzón otra vez. «Alguien puede venir», replicó Maribel, impidiéndomelo nerviosa.
Con la experiencia adquirida en tantas noches junto a ella, había aprendido ya hacía mucho el mejor modo para inducirla al sexo en aquellos poco frecuentes casos de resistencia por su parte. Sujetando sus nalgas con mis manos, llevé mi miembro entre sus piernas, fuertemente cerradas al principio, y empecé a puntearla.
Aún ahora, el frotamiento de pene a vagina es algo a lo que Maribel no se puede resistir, y aquella mañana de diciembre no fue la excepción. Sus piernas cedieron, relajándose y dejándome internarme entre ellas. La froté unas cuantas veces más por encima de la ropa interior y, tras ver aquellos ojos de entrega dibujados en su rostro, se la volví a bajar, solo lo suficiente para poder unir nuestros sexos en su desnudez.
Delicioso como siempre, el contacto de piel a piel la hizo estremecer, y a mí me llevó a disfrutar nuevamente de aquellas punzadas tan placenteras. «Solo un rato», me dijo jadeante, con las manos apoyadas en la pared. «Qué rica estás», le respondí al oído, con lo que llevó sus manos a mi cabeza para jugar con mis cabellos. Sus besos no se hicieron esperar.
«¿Qué ha pasado?», me preguntó extrañada cuando intenté penetrarla. «No te la estoy pudiendo meter, está incómodo», fue la respuesta que le di con cierta molestia. Con el overol y el calzón al nivel de los tobillos, a Maribel no podía abrirle las piernas, y algo semejante pasaba con las mías, limitadas en su movimiento por mis pantalones y calzoncillos.
«A ver, quedate quieto. Yo te voy a hacer», me dijo ella. En posición harto incómoda, tuve que doblar las rodillas para que nuestros sexos quedaran a la par, y para mantener el equilibrio, tuve que apoyar las manos en la pared por encima de sus hombros. Ella, por su parte, con la espalda apoyada en la pared, y las manos sujetas a mis nalgas, abrió las piernas tanto como su overol se lo permitió, y, de un empujón, chocó mi pene con su vagina.
Con ese brusco movimiento, mi dulce prima me hizo ver las estrellas. A la primera no entró, pero el solo contacto, con su seco sonido, y su sensación a la vez dolorosa y placentera, era algo nuevo para mí. Entre jadeos, Maribel arremetió, una y otra vez, metiéndosela unas veces y fallando otras. Se lo estaba gozando en grande, y yo también. Así siguió hasta que en una, metiéndosela toda, se la dejó ahí para venirse.
Las contracciones vaginales hicieron su labor, y nuevamente pude disfrutar del placer de eyacular en su interior. Varias semanas habían pasado desde nuestra última vez, y quizás esa fuera una de las razones para que nuestro reencuentro fuera tan delicioso.
Maribel, mareada, me soltó y llevó una de sus manos a su sexo chorreante. El semen viscoso salía de su interior, y ella se limpió con lo que más cerca tenía a la mano, que era su calzón. Sacando un poco de papel del bolsillo, y tras limpiarme yo, me puse de cuclillas y la limpié. Apenas lo hice, me tomé unos segundos para apreciar esa vulva, tan pequeña como complaciente, y agradecido la besé.
Al ponerme de pie, el rostro de Maribel me recibió con una pícara sonrisa de complicidad. Nos besamos una vez más, y tras subirnos las ropas, salimos de ahí. Cuando se hizo hora de irnos, pudimos ver de paso a quién pertenecía la voz que tan cerca había estado de nosotros. Era una mujer tan grande como un ropero, y vestida toda de negro. «De la que nos salvamos», debimos pensar en ese momento mi prima y yo.
Tras tantos años, el parque sigue ahí, y yo me pregunto si alguna otra niña de ocho habrá cogido en sus baños tan rico como Maribel me cogió aquella vez a mí.

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