Maribel en Los Baños del Parque
Sudamérica, 2004. Tras varias semanas sin poder coger, Maribel (8) y Nicolás (12) aprovechan la primera oportunidad que se les presenta. Tan arriesgada como excitante, esta es la historia de su primera vez en lugares públicos..
Pocos días faltaban para navidad, y a Maribel no la había visto desde que terminara el año escolar. Su ausencia, como imaginarán, sobre todo por haber sido tan prolongada, me había dejado con no pocas noches de ansiedad. Con locura extrañaba a aquella pequeña niña de ocho que, en completa desnudez y entre infantiles gemidos, tantas veces alcanzara junto a mí el orgasmo.
Tras semanas de la más insoportable espera, por fin pude volver a verla, aunque al principio no me hice muchas ilusiones. Era sábado por la mañana, y nuestras madres habían decidido llevarnos al parque. Sentados los cuatro sobre el césped, mientras ellas se ponían al día, mi prima y yo, a pocos metros, jugábamos con escaso entusiasmo a las damas a la vez que nos atiborrábamos de refresco.
Tras la tercera botella, me levanté y, sin mirar a nadie, dije que iba a ir al baño. De inmediato, Maribel se levantó y replicó: «Yo también quiero ir», a lo que mi tía, tan oportuna como de costumbre, le respondió: «Estoy hablando un rato con tu tía. Aprovechá y andá con tu primo.» En verdad, tantas fueron las veces que mi tía facilitó el que su hija y yo quedáramos a solas, que aún hoy me pregunto si no sabía y consentía lo que hacíamos. En ese momento, sin embargo, no me lo pregunté, y tan solo me limité a llevarme a mi primita a los baños.
El parque, limitado en su totalidad por una valla metálica, ocupaba el espacio de cinco bloques. Una serie de montículos lo dividía naturalmente, dándole así sus diferentes secciones, que quedaban visualmente aisladas las unas de las otras. Aquel día, en particular, estaba casi vacío; otro punto a favor de un feliz reencuentro.
Quizás fuera el tiempo que llevábamos sin vernos, la presencia materna o el hecho de estar en un lugar público, pero hasta ese momento apenas me había fijado en Maribel. Voluptuosa como ella sola, resaltaba su figura con un overol blanco corto que dejaba sus piernas al descubierto. Más ajustado que el overol, y cubierto en parte por este, un top básico color crema permitía el acceso a los lados de su cintura a la vez que prometía un vientre desnudo. Unas medias blancas y unos tenis a juego completaban su atuendo.
«¿Cómo has estado?», le pregunté por fin a medio camino. Con la típica voz de alguien a quien no se ha visto en mucho tiempo, algo elevada y distante, ella me respondió: «Bien, me han llevado donde mi abuela. Ahí nomás hemos estado. ¿Y vos?»
Tan solo con oir su voz se aceleraron los latidos de mi corazón, y nuevamente mis ojos se posaron en ella, esta vez recorriendo su cuerpo de arriba a abajo, y fijándose por unos segundos en su sexo. Apartando la vista, y sin poder ocultar más mis deseos, en voz baja le dije: «Extraño tener sexo contigo» «¿Qué?», preguntó ella, aún con esa voz extraña. Acerqué entonces mis labios a uno de sus oídos, y, tras repetírselo, finalmente pareció soltarse. Entreabrió la boca sorprendida, tomando aire, y con una sonrisa dibujada en el rostro me miró y me dijo: «Ah, eso… Jijiji»
Nada más nos dijimos hasta llegar a los baños. Eran los típicos, uno para varones y el otro para damas, ambos accesibles por una puerta lateral. Con una erección que no había podido ni hubiese querido evitar, me fue algo molesto hacer lo mío, y tras ver mi miembro al terminar, solo pude pensar: «Ay, primita, cómo quisiera metértela.» A esta idea le siguió la imagen de ella
«Ya, ¿vamos?», preguntó ella al salir, pero yo, tomándola de la mano para evitar que se fuera, en voz baja le dije: «Esperá», y tras dirigir fugazmente la mirada al baño de damas, le pregunté: «¿Hay alguien ahí?» Bajando también la voz, extrañada, ella respondió: «No, ¿por qué?» Sin importarme nada más, la tomé y la besé con pasión, y ella, casi de inmediato, me correspondió. Separando mis labios de los suyos, la miré a los ojos, y mostrándole el baño de hombres, le insinué: «Ahí tampoco.»
Nos metimos a la primera de tres cabinas que ahí habían, y apenas cerramos la puerta, retomamos entre jadeos los besos. Apoyándola contra la pared, lamí su cuello, y ella mi rostro. Apreté sus nalgas, y ella las mías. Por unirse nuevamente nuestros sexos se morían. Le desabroché las hebillas del overol, con lo que al descubierto quedó su vientre. Sin ser suficiente para mí, subí su top crema al nivel de las axilas para poder deleitarme con todo su tronco. Poniéndome de cuclillas, bese y lamí su vientre a placer, y lo propio hice al subir a sus tetas.
Maribel se desabrochó los botones laterales del overol, con lo que este cayó hasta sus tobillos. El calzón era blanco, y su vagina se marcaba húmeda en él. Por debajo, sus piernas se movían deseosas a la espera de ser abiertas. Agitado a más no poder, levanté la vista para toparme con un rostro que, con lágrimas en los ojos y una boca jadeante, rogaba por que se le diera el placer por tanto tiempo negado.
Bajé su ropa interior, y de inmediato hundí mi rostro entre sus piernas. Olí su aroma de hembra en celo, besé y chupé, e introduje mi lengua, una y otra vez. Con un gemido ahogado, abajo se fue Maribel. Su rostro quedó frente al mío, y, tras mirarnos por unos momentos, como pudimos nos pusimos de pie. Apenas lo hicimos, ella me abrazó, y tras besarme en la mejilla, al oído me pidió: «Quiero ver tu pene»
Bajándome rápidamente pantalones y calzoncillos, llevé mi miembro entre sus piernas y empece a frotar. Tanto tiempo sin poder coger, y quizás por ello estaba resultando tan delicioso aquel encuentro. Punzada tras punzada del más puro placer, hasta que de repente…
Escuchamos la voz de una mujer.
(Continuará)

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