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Heterosexual, Infidelidad

Marita

Una Instructora Fitness y buena animadora. Su trabajo le entusiasmaba y sabía contagiar ese entusiasmo a sus pupilos. Sin embargo, esa comunicación pronto escalaba en un trato confidente por ambas partes..
Esta es una historia inspirada en hechos dispersos que me ha contado un compañero de trabajo acerca de la zona en que él nació y creció, antes de emigrar a la CDMX. Decidí unirlos en unos cuantos personajes para darles cuerpo.

Edgar es un profesor de Ciencias Naturales en una secundaria pública de Aguascalientes. Su padre también fue profesor, en el estado de Zacatecas y originario de un poblado situado entre las fronteras de Zacatecas, Jalisco y Aguascalientes, precisamente las entidades del Bajío donde se desarrollaron con mucho ímpetu las llamadas primera y segunda guerras cristeras, donde, en una pequeña parte de los pobladores, aún persisten rescoldos de odio heredado por sus ancestros quienes no aceptaban al magisterio, al grado de que Edgar nació en un estado norteño donde fue a resguardarse su madre porque el padre se mantuvo firme en su puesto de profesor.

Marita nace en 1986 en una ranchería del Bajío mexicano, lugar de muchas tradiciones sincréticas de pobladores autóctonos con el catolicismo, además de haber sido refugio de soldados franceses que desertaron durante la invasión francesa posterior a la Guerra de Reforma. Ella, de piel blanca y ojos color verde esmeralda, está orgullosa de sus raíces, particularmente la danza y el baile corren por sus venas. Su abuelo fue matachín, es decir bailarín de danza que realizan para celebrar fiestas católicas y lo hacen con penachos y vestimentas multicolores propias de sus ancestros.

Marita fue a estudiar la secundaria a la ciudad de Aguascalientes, pues en su región solamente había hasta primaria. Allí conoce a Edgar. Ella se enamora del profesor y al concluir sus estudios termina embarazada debiéndose casar pronto. Cinco años después tienen otro hijo. Marita se había conservado delgada, pero cinco años después de su segundo embarazo ha embarnecido, se le notan los brazos anchos y una ligera pancita. Decide acudir a hacer ejercicio al local fitness que tiene el amigo y compañero de trabajo de Edgar, el profesor de educación física y su esposa. Se aplica correctamente y no sólo se pone en forma, regresando a su figura delgada, sino que pronto descuella, al grado de que es contratada para trabajar en el local dando muy buenos resultados y certificándose periódicamente, además de tomar diversos talleres de perfeccionamiento.

Marita pronto es contratada por los gobiernos municipal y estatal para promover el ejercicio al aire libre de manera periódica. Dado su dinamismo, entusiasmo y carisma, también se extienden los contratos a unas compañías del área automotriz que, además de promover una nutrición adecuada a sus empleados, les ofrecen la práctica de ejercicio físico vigoroso moderado, y un descanso apropiado para la recuperación física. La constante superación y actualización de Marita en esa área, incluida la coreografía, rinde frutos económicos mayores a los ingresos de su esposo, quien sigue muy enamorado de ella y ésta renta un amplio local para dar el servicio a la clientela particular.

Allí acuden principalmente mujeres, muchas amas de casa de diferentes clases sociales que buscaban un escape a sus rutinarias tareas y encuentran un ambiente mejor que el del “Gym”, además de obtener resultados en su figura y bienestar corporal. También acuden damas con profesiones diversas y empleadas de oficina. El común denominador de la clientela son madres, la mayor parte divorciadas y otras cuyos maridos no las satisfacen sexualmente. Entre una sesión y otra, Marita convive con su clientela en los vestidores o la cafetería de su local.

–¿Cómo te va en la universidad? –pregunta Marita a Coco, una de las clientes que es catedrática, ahora también amiga desde que le confió las razones de su divorcio.

–¡Muy bien, cada día rindo más! y con menos horas de permanencia. El ejercicio, con la música que elijes, me hace sentir muy bien. ¡Hasta inicié mis estudios de doctorado!

–¡Qué bueno!

–Pero me hace falta una pareja… Aunque me contengo para no volver a desilusionarme –aclara Coco compungida.

–Por lo visto, lo que te hace falta es un hombre cuando lo necesites –Marita hace una señal de copulación–, sin que se ate a ti…

–¡Eso! ¡Ja, ja, ja! Pero no creo que se pueda, la mayoría de los que me atraen, ya están casados o son machines alcohólicos divorciados –explica Coco regresando al gesto triste al final de su comentario.

–Si alguno te gusta y tú a él, ¿qué importa que esté casado? Es mejor así: no creas compromisos que te aten –esclarece diáfanamente Marita. Y Coco se queda callada, pero con la mirada en la lejanía–. ¿Qué pasa?, ¿No te lo permite tu moral? Se trata de usarlos, queriéndolos un poquito nada más.

–¿Tú lo harías teniendo marido, o permitirías que éste tenga relaciones con otra? …Aclaro, no estoy pensando en tu esposo, sino en una situación hipotética –corrige de inmediato Coco.

–Te confieso que, a los diez años de casados, nuestro matrimonio iba al fracaso. Varias maestras le coqueteaban a Edgar, incluso alumnas. Pero me salvó el ejercicio.

–¿Con el ejercicio le dejaron de coquetear? ¡Eso no es cierto! Sí, te habrás puesto mejor y serías más atractiva para él, pero lo que ya estaba encaminado…, no lo parabas.

–Sí, me puse “muy buena”, también corregí algunas imperfecciones del cutis, cosas ligeras, pero mejoraron mucho mi aspecto. Incluso gané algunos concursos locales de belleza y obtuve un segundo lugar a nivel nacional. Pero, antes de hacer eso, tuve tiempo de pensar serenamente. Dices bien, no podría impedir que alguna de sus amigas lo convenciera de tener una aventurilla, y seguramente las tuvo, pero fui terminante en pedirle que “con las niñas no”, son alumnas de secundaria, ¡a lo más de 16 años! Le aconsejé que les dijera que sí, pero que esperaran cuando ellas ya fueran mayores de edad.

–¿Así de tranquila aceptarías que tu marido se acostara con las otras? –preguntó Coco muy intrigada.

–Bueno, para entonces yo estaba acudiendo a tomar algunos cursos intensivos en otras ciudades y deberías de ver los cuerpos bien trabajados de los maestros y otros colegas… Además, no me faltaban propuestas para intimar. Obviamente no las acepté, pero ¡cómo me calenté! –confesó Maira–. También le advertí: “Además, con tus amigas sé discreto, que también lo seré yo con los míos para que no sufran los niños. Y si quieres irte a vivir con alguna, nos divorciamos sin mayor problema”.

–¡Qué franca y directa, Marita! ¿Se molestó mucho?

–Al parecer, con su respuesta, no negó que tuviese alguna aventura. Pero aceptó enfáticamente que seguiría evadiendo a las alumnas. Tampoco mencionó algo en contra de que yo tuviese algún affaire. Así que, si alguno de los moscones en las reuniones foráneas se me antoja, me lo tiro.

–Pues así, se ve bien, pero, y advierto que no te lo deseo, si a ti o a él se les atraviesa alguien de quien se enamoren, el matrimonio se romperá. Y con ese acuerdo de “apertura” será más probable esa posibilidad. A mí me pasó así –explicó Coco– Sin embargo, tienes razón, con un casado es más fácil no comprometer mi independencia.

En otra ocasión, prácticamente la hizo de casamentera entre dos clientes. Una médica fisioterapéutica que acudía regularmente con Marita atendió en el hospital a Joaquín ,quien tuvo una larga convalecencia después de sufrir un accidente automovilístico. Joaquín era un viudo de 40 años y quien por su cuenta debía realizar unas rutinas de ejercicios que ella le asignó. Para llevar un control más cercano le solicitó a Marita que diariamente, durante 30 minutos, ella supervisara que Joaquín hiciera los ejercicios que semanalmente le marcaría la fisioterapéutica, en presencia de Marita el primer día de la semana. De la constancia y dirección de los ejercicios marcados, dependería la recuperación total de Joaquín en menos de un año. Al concluir su rutina diaria, Joaquín descansaba en su colchoneta mirando la Zumba de un grupo de mujeres que acudían tres días a la semana.

Desde el primer día, Joaquín se prendó de Rubí, también viuda y se percató de que, en un mes, Rubí había alcanzado una agilidad y coordinación muscular notorias, además de haber disminuido el exceso de grasa en la cintura, quedando el pecho y las nalgas más firmes, pero sin que le disminuyeran notoriamente de tamaño. Rubí se percató de que Joaquín la observaba y, a veces sus miradas se cruzaban y eventualmente sonreían. Tuvieron que pasar dos meses para que ellos se atrevieran a intercambiar un “Hola” o un “Adiós”. Se sentían enamorados, o algo parecido a ello, pero no intentaban un mayor acercamiento. Él se sentía disminuido físicamente ante la gran agilidad de Rubí, quien gozaba la música tanto como Marita. Rubí lo miraba con recelo, ¿por qué siempre se quedaba a mirar los saltos de las damas?, era evidente que disfrutaba lujuriosamente de los movimientos de ellas. Pero no, a la única que Joaquín miraba era a Rubí.

–¿Quién es ese señor que hace algo de ejercicio y luego se queda mirándonos? –le preguntó Rubí a Marita al terminar la sesión.

–Es un cliente de la doctora Hernández, a quien debo marcarle las rutinas semanales que ella me indique. Sólo debe estar 30 minutos. Si les incomoda le puedo cambiar el horario o pedirle que sólo descanse cinco minutos y se vaya –señaló Marita temiendo que Joaquín lanzara miradas libidinosas al resto de la clientela.

–¡No! Sólo preguntaba… –exclamó Rubí ruborizándose.

–Ah, entiendo… –dijo Marita sonriendo.

–¡No! Bueno sí, pero eso es todo. Adiós –expresó Rubí y se retiró.

Al día siguiente, cuando Marita verificó con Joaquín el avance de los ejercicios, le soltó la duda sobre el porqué no se retiraba al concluir su rutina.

–Debo descansar un poco, pero extiendo el tiempo de descanso porque me gusta ver los giros, saltos y movimientos que ustedes hacen, particularmente a una persona de quien desconozco todo. Pero si te incomoda, me iré de inmediato al terminar –formuló tranquilamente Joaquín sin manifestar molestia.

–No, sólo era curiosidad mía, por mí, mientras no haya quejas, puedes seguir de mirón –dijo Marita sonriendo

Durante la segunda media hora, Marita pudo comprobar lo que ya sabía: Joaquín miraba a Rubí y ella lo miraba cuando giraba su cuerpo en la dirección donde éste se encontraba. A la semana siguiente, Marita dedicó tiempo para saber algo más personal de cada uno de ellos con Joaquín antes de que le marcara las rutinas señaladas por la doctora Hernández; y a Rubí, al concluir la sesión de zumba. Supo que habían enviudado hacía dos años o poco más, que ambos tenían un hijo varón de edades similares, sin mayores problemas económicos que los de una clase media a la que pertenecían, como los profesionistas en ejercicio que eran.

El viernes les preguntó directamente, por separado, sobre si pensaban seguir viviendo solos con su hijo. Rubí dijo estar resignada a continuar así y Joaquín señaló que hasta que no estuviera completamente rehabilitado y pudiera bailar como lo hacían sus alumnas, no pensaría en dejar la soledad para no sentirse menos que los demás. A ambos, al rematar la plática con cada uno, los invitó a tomar un café al concluir la sesión del lunes y aceptaron gustosamente.

Rubí y Joaquín se miraban sonrientes, pero sin mayor comunicación, mientras esperaban que Marita se desocupara. Cuando la instructora llegó, los presentó.

–Ya sé que se han visto mutuamente durante tres meses, ¡y vaya que se han visto! Ella es Rubí, él es Joaquín –se dieron la mano musitando “mucho gusto”–. Apuesto a que no se conocían de nombre les dijo y ellos seguían con las manos juntas, mirándose y sonriendo –¡Hey, Paula!, tres cafés por favor –ordenó Marita a la mesera–. ¿Sabían que ambos tienen varias cosas en común, además del calor de sus manos? –dijo mirando las manos aún entrelazadas.

–¡Perdón! –exclamaron al unísono, soltando apurados sus manos y estallaron los tres en risas.

Mientras tomaban el café, Marita mencionó lo que tenían en común: estado civil padres de hijos con edades parecidas, una timidez exagerada que los mantenía en el ostracismo. Luego se levantó y dijo “El café está pagado, me tengo que ir cualquier otra cosa es por cuenta de ustedes. El bar está a la vuelta, junto al ‘cinco letras’, por si se les ofrece” dejando ver una gran sonrisa y se alejó contoneándose, como si estuviese en la pasarela.

–¿Te gusta cómo se mueve al caminar? –le preguntó Rubí a Joaquín.

–Sí, pero me gusta más tu andar… –contestó Joaquín tomando la mano de Rubí y salieron del local.

Efectivamente, hubo boda cuando Joaquín concluyó su rehabilitación.

Una de las ocasiones en que Marita fue a una capacitación y certificación rutinarias, acompañadas de Angélica y Sara, otras dos instructoras fitness de su ciudad rumbo a Guadalajara, platicaban en el autobús de aventuras pasadas y respectivas expectativas para esta ocasión.

–El año pasado que tú no fuiste a Monterrey, Susy se encamó a dos muchachos, uno de San Luis y otro de Coahuila –dijo Sara– y era la primera vez que ellos iban.

–¡Anda! Mi comadre Susy ya es abuela y aún anda echándose una cana al aire el viernes y otra el sábado –comentó Marita.

–¡No! ¡Se tiró a los dos juntos las dos noches…! –precisó Angélica, soltando una carcajada que escuchó en todo el pasaje y hubo más risas.

–¡No mames…! ¿Serio? –preguntó Marita.

–Te lo juro, mana, no quiso que le ayudara –insistió Sara.

–Te creo, mi comadre tiene su arrastre con los jóvenes. Una vez que nos acomodaron juntas me dijo “Ya quedé con Luis, el de León que voy a quedarme en su cuarto, aceptas a su compañero en el nuestro?” –les contó Marita.

–¿Y aceptaste el intercambio? –preguntó Angélica.

–Pues sí, hay que apoyar a mi comadre calenturienta, más después que vi al que iba a ir conmigo, parecía soldado del Colegio Militar: joven, alto y bien marcado. Casi no dormimos y para llegar a tiempo al desayuno nos costó trabajo –explicó Marita.

–¿A poco se quedaron pegados como gua-guas? ¡Ja, ja, ja…! –volvió a carcajearse Angélica a todo volumen.

Así, con bromas y veras, se la llevaron durante el camino. Al llegar a la capital de Jalisco fueron al hotel donde sería el evento. También estaba incluido un performance como bienvenida en la inauguración. El performance incluía una Pelea de lucha libre entre dos luchadores enmascarados cuyos cuerpos eran unas verdaderas moles. Mientras Marita los miraba actuar, ella fantaseó con uno de los combatientes y no le quitaba la vista, sobre todo al gran bulto que se le notaba en la malla. Al concluir ese acto, El luchador quedó frente a Marita, dándose éste cuenta que ella estaba, prácticamente babeando ante su figura. Al iniciar el acto de inauguración donde se darían las indicaciones sobre cómo se daría la certificación de los instructores se le pidió al público que se sentaran. El luchador tomó lugar al lado de Marita.

–¿Está ocupado este lugar? –preguntó a Marita, escuchando Sara, quien ya se dirigía a su lugar, precisamente ése.

–No, siéntate, guapo –dijo Marita mirando a Sara para dejarle claro a ella que se buscara otro lugar.

–Gracias, pero ¿por qué me dices “guapo” si traigo aún la máscara? –preguntó directamente el luchador.

–De lo que a mí me gusta, se ve que estás muy guapo… –contestó Marita, apretándole el pene en el momento que se sentó el deportista, sorprendiendo a éste–, pero si te quitaras la máscara, yo me quitaría lo que desearas…

Resumiendo. A la noche durmieron juntos. Marita se dio gusto acariciando ese cuerpo tan musculoso y disfrutó, en toda su extensión del enorme pene que le había atraído.

–El único lugar donde debes traer máscara es aquí –le dijo Marita cuando iniciaron los juegos sexuales, colocándole un condón de talla XL.

El luchador se miró en las esmeraldas de los ojos de Marita, quien los cerró al besarle los labios. La noche se hizo poca. El olor a macho del luchador, la enervaba y éste manipulaba el cuerpo de Marita como si fuera muñeca para colocarla en las poses que se le ocurrían. Ella, lo permitía sumisamente y movía el cuerpo como si estuviese danzando al ritmo de la música que traía en su cabeza.

En la mañana, después de la ducha, el luchador abrazó a Marita cuando ella se disponía a salir del cuarto del caballero que la había disfrutado.

–¿Vendrás otra ves en la noche, puta? –escuchó Dalita y se molestó por el trato y lo fuerte del abrazo, del cual se zafó.

–¡Yo no soy puta! El puto eres tú –dijo soltándose de la mano que firme apretaba su muñeca.

–Pues te comportaste como una profesional. Conmigo no te pongas rejega pues puede irte muy mal. Estoy acostumbrado a tratar mujeres como tú –le gritó el luchador.

–Estás muy bien, tienes una buena verga, pero eres muy soso. ¡Te falta mucho para ser un verdadero hombre! ¡Sólo eres un puto para usar! –le espetó en la cara y salió de la habitación dejando al luchador sorprendido.

No se volvieron a ver. En el viaje de regreso, Sara y Angélica escucharon los pormenores de esa noche de aventura de Marita, con el machín, y concluyó señalando “Se pueden gozar cuerpos espectaculares, pero ternura y sabor, sólo en Edgar, mi marido”.

4 Lecturas/11 junio, 2026/0 Comentarios/por Chicles
Etiquetas: amiga, colegio, hijo, madre, mayor, mayores, militar, padre
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