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Heterosexual

Me cogí a la buenota del hotel donde trabajaba 🏩

Esta es la historia de cómo tuve relaciones sexuales con la chica más deseada del trabajo.
Hola, espero que sus masturbaciones sean satisfactorias y sin remordimientos.

No me gusta autodescribirme, pero diré que soy un hombre de 48 años, casado desde hace una década, una hija de 16 años de edad y trabajo como profesor universitario. He contado varias historias en esta plataforma y todas han sido vivencias personales que me han pasado a lo largo de mi vida.

Cuando estaba a mitad de mi carrera universitaria, se me presento la oportunidad de trabajar en la recepción de un hotel en la ciudad donde vivo. Era uno de tipo ejecutivo, que tenía mucha más actividad entre semana que los sábados y domingos. Aunque comencé en el turno nocturno, poco a poco fui también cubriendo otros horarios, mañana y tarde, por la misma dinámica del recinto y el corto personal a disposición. Acepte la situación, porque la paga era bastante buena y a ellos le convenía, ya que les salía más barato pagarnos más y mejor, que contratar personal nuevo. Es así como de martes a viernes trabajaba en el día, los fines de semana lo hacía en la noche y el lunes era mi día libre.

Al año de estar trabajando allí, más o menos, contratan a una chica para manejar las reservaciones. Su rol era vital para la dinámica del hotel, ya que había mucha reserva de habitaciones y alguien tenía que encargarse de ello, además de ayudar a la recepción cuando alguien tomaba vacaciones. El día que ingresa, todos nos quedamos choqueados.

Era una rubia hermosísima de unos 23 años de edad, en esa época yo tendría unos 25 años, con labios carnosos, ojos verdes, 1,70 metros de estatura, lo necesariamente rellenita para que no fuera ni gorda ni flaca, un punto de equilibrio que a todo hombre lo vuelve loco, senos bien formados de un tamaño de mediano a grande, un tremendo trasero, redondo y bien parado, un rostro angelical que a los hombres nos dejaban babeando, una voz que solo podía imitar un coro de ángeles y un trato decente que a todos nos desarmaba.

Con ella fui agarrando confianza, ya que nos veíamos a menudo, además le gustaba hablar con hombres, decía que las mujeres son muy chismosas, y yo era el único «libre» y se sentía a sus anchas conmigo. Los demás hombres estaban casados, comprometidos o eran gays. Es así como me enteré qué estaba ennoviada, y no era para menos, con un hombre mayor que ella y la consentía bastante. De hecho ella no necesitaba el trabajo, pero quería el dinero ganado por sí misma, para demostrarse que podía hacerlo.

La confianza era tanta que cuando me tocaba trabajar de noche, sobre todo los sábados, ella llegaba pasada de alcohol al hotel y pedía una habitación para dormir. Al amanecer se retiraba, antes que llegara las camareras o la Ama de Llaves. Pero eso solo cuando estaba yo. Hubo una o dos ocasiones que no estaba y ella me llamaba para que intercediera con mis compañeros nocturnos y la dejaran pasar, aunque de seguro lo harían, ya que era una compañera de recepción. Pero no les tenía tanta confianza y le apenaba hacerlo.

Aquí debo decir que cerca del hotel donde trabajaba, estaba la calle con las mejores discotecas y sitios nocturnos de la ciudad. Por eso era común que el fin de semana se apareciera para dormir en una de las habitaciones, sobre todo si no salía con su novio y lo hacía con sus amigas. Ella le gustaba la bebida y andar de fiesta en fiesta, tenía juventud y posibilidad de hacerlo. Además, contaba con el beneplácito de uno de los dueños que la consideraban una cercana. No sé si se la quería coger, pero así era.

Por cierto, si era hermosísima con vestimenta de trabajo, ni decir cómo se veía cuando salía de rumba. ¡Dios, qué hermosura de mujer! Vestidos ceñidos al cuerpo que no dejaban nada a la imaginación, minifaldas que dejaban al descubierto sus torneadas piernas, blusas cortas o sin mangas, escotes reveladores, jean a la cadera, tacones levanta culo, etc. Para mí y mis compañeros nocturnos era un deleite verla llegar a pedirme una habitación.

En una noche de sábado, si mal no recuerdo era el mes de octubre, llega vestida con un jean negro bastante ajustado a la cadera, se le marcaba su vagina, además el cierre era de botones a uno de los lados de la cadera. Una blusa un poco holgada de color plateado de tiras cruzadas con la espalda descubierta, sin mangas (No tenía puesto brasier alguno). Unos tacones cortos que le hacían juego con la blusa y el pantalón. El cabello arreglado se hizo los bucles, y un maquillaje sencillo, pero que le hacía resaltar esos ojos verdes que tenía y destacaba aún más su hermosa sonrisa. Y para remate estaba bien borracha. De hecho, casi se cae al entrar a la recepción. El vigilante, que en ese momento estaba descansando en la recepción, la ayudo con bastante decencia para la borrachera que cargaba. Solo estábamos mi compañero que hacía la auditoría nocturna y yo haciendo el «Check In», además del mencionado centinela que se la mantenía más afuera del edificio que dentro de él.

Salí a socorrerla y al agarrarla del brazo me dice «Mi amor, dame lo de siempre». Era una de las habitaciones más pequeñas del hotel, quedan al final del pasillo al lado del aire acondicionado. Esas son las últimas en venderse, al menos que explícitamente las soliciten. Y eran las que dábamos para las parejas que solo querían «saciar» su hambre sabatina, ya que eran fácil de limpiar, cambiar las sábanas y las podíamos vender varias veces en la noche. Le dije a mi compañero que me diera la del quinto piso, esa le gustaba mucho a ella y siempre se la apartaba por si llegaba. Al tener la llave le pregunto si quiere que la acompañe, me dice que sí que va a necesitar mi ayuda cuando llegue a la habitación.

Vamos al ascensor, pero ella no logra sostenerse como es debido. Allí aprovecho para pasar mi brazo derecho por su espalda y tomarla por encima de la cintura, como la blusa era de espalda descubierta, la mano se mete dentro de ella logrando agarrarle un seno y constato que están bastante firmes al tacto. Mi mano sigue allí. Ya montados, marco el número 5 en el tablero y para que ella no se caiga, me abraza del cuello y coloca su cabeza en mi hombro, yo la tomo del pantalón como puedo y aprovecho de agarrar sus nalgas. Así estamos hasta detenerse el elevador. En el trayecto noto que ella lleva encima olor a licor, al parecer había bebido ron o whisky, pero se le notaba muchísimo. Solo lo soporto porque es ella quien está borracha, la verdad para mí es un olor detestable. Para que caminara mejor, le digo que se quite los zapatos, ella obedece se los quita y me los entrega. Salimos y tomamos el pasillo de la derecha, caminando hacia la habitación, no dejo de agarrar sus tetas, era muy fácil por la blusa que llevaba puesta.

Llegamos y abro la puerta, tiro los zapatos y en ese momento siento que mi erección está al máximo, de tanto tocarle las tetas y el culo. En el trayecto de la puerta a la cama, meto mis dos manos dentro de la blusa y descaradamente sobo sus tetas de nuevo y arrecuesto mi pene en ese gran culo que tiene, fue un alivio para las ganas que tenía de cogérmela en ese momento. Se tumba en la cama boca arriba y sus senos se bambolean de un lado al otro, haciendo que una de ellas se salga de su blusa. Al verla noto que tiene la aureola muy grande y oscura para lo blanca que era, eso le resalta un montón. Además de que ya tenía los pezones totalmente erectos. Ese tipo de aureolas no son de mi gusto, pero al vérsela a ella no me importó y disfruto de la vista que me da.

Le anuncio que ya está en la habitación, que me devuelvo a la recepción. Ella se trata de sentar apoyándose en sus codos, allí me pide que me quede un rato que me quiere pedir un favor. Trata de sentarse, la tomo del brazo para ayudarla, pero ella lo rechaza delicadamente. Cuando logra hacerlo, me pide que le ayude a quitar la ropa, a lo que le respondo con un «¿Qué? ¿En serio?», y me contesta «Siii, es que me cuesta quitarme el pantalón y quiero bañarme». En ese instante, una corriente eléctrica recorre todo mi cuerpo que culmina en las terminaciones nerviosas de mi pene haciendo que se levante más alto de lo que estaba. Tomo aire para enfrentar el desafío que tengo en frente y le digo que alce los brazos, ella lo hace obedientemente.

Desde su cintura comienzo a subirle la blusa, pero las palmas de mis manos están en total contacto con su piel. Con los ojos cerrados ella sonríe y se mueve lentamente, como si llevara el compás de un ritmo suave, no sé por qué lo hace, pero ayuda a que salga más fácil la prenda en cuestión. Cuando llego al pecho, no aguanto la tentación y las sobo descaradamente, ella suelta una risita, pero no abre los ojos, ni deja de moverse como lo venía haciendo. Finalmente, logro quitarle ese trozo de tela plateada y dejo al desnudo ese par de senos que traía loco a los hombres del hotel. Aprovecho la oportunidad y doy un beso francés a cada pezón, ella solo responde con un leve gemido y agarrándome el cabello me dice «Dejaaa, quédate quieto… Vamos, ayúdame a quitarme el pantalón».

Siguiendo sus indicaciones y dejando momentáneamente a un lado mis lujuriosos deseos, le digo que se recueste en la cama, obedece sin esfuerzo. Desabotono el pantalón por su lado derecho, haciendo que descubra una tira roja que debía ser su ropa interior. Me esfuerzo bastante para iniciar el trabajo de bajar ese jean, la verdad no sé cómo se lo puso, debió costarle un mundo con otro. El pantalón le quedaba ajustadísimo, por eso se le veía tan bien. Con mucho esfuerzo y demasiado contacto con su piel, logro bajarlo. Pero solo un poco. En eso descubro con bastante asombro y mucho morbo que esa tira roja era una diminuta tanga que la unía en la parte trasera un corazón metálico de color plateado. ¡Qué vista más hermosa de una mujer en tanga! Jamás la olvidaré. Pero a pesar de todo, debo seguir con la labor solicitada. Ya la prenda comenzaba a bajar las nalgas, llegando a los muslos. No deje escapar el momento para oler esa vagina y darle un beso, ella solo dio un ligero gemido. Revelando además que estaba empapada de sus jugos. En ese momento ya no quería más nada, sino cogerla allí mismo o de seguro me cogería a mí mismo en cualquier momento. Termino el trabajo de quitarle ese estorboso pantalón que llevaba puesto, que me llevó mucho tiempo.

Teniéndola así, acostada en la cama de un hotel, desnuda y solo «vestida» con una diminuta tanga roja, doy un paso atrás y admiro el monumento de mujer que tenía en frente y a mi entera disposición. En ese momento supe que Dios existe, tanta belleza junta no pudo haber sido creada por un acto terrenal, ¡Y menos carnal!, sino que debió ser una creación divina para enaltecer la contemplación estética femenina. En eso me agacho y comienzo a besarla desde los pies, ella se ríe, voy subiendo por las pantorrillas y los muslos, llegando a su entrepierna. Ella sigue riendo. Allí mi boca besa su clítoris y meto la lengua en su vagina por encima de la diminuta tanga, deja de reírse y suelta un gemido, esta vez más sonoro que los anteriores. Pero no me quedo allí, subo por su vientre, pasando por su ombligo, llegando a sus senos. Allí me dedico a besarlos, chuparlos y morderlos por un buen rato. Son una delicia divina, un manjar de los dioses. Ella me toma del cabello y arquea la espalda. Finalmente, llego a su rostro, sin antes dejar de pasar por sus hombros, cuello y oreja que hace erizarla.

Mirando su rostro y echando para atrás de su oreja unos cabellos sueltos que no me permitían contemplar lo hermosa que estaba, ella abre los ojos completamente, mientras se muerde su labio inferior. Me dice «Me tenéis a mil», a lo que le contesto «Vos me tenéis a un millón», tomando su mano y colocándola en mi pene, que de inmediato lo agarra con bastante fuerza. En ese momento nos besamos con ansias, deseos y, sobre todo, lujuria. No me importa el olor a licor que tiene, solo quería estar con ella. Me pajeaba el pene y yo masajeaba sus senos. Estaba al borde. Le digo «No aguanto más», a lo que ella contesta «Yo tampoco».

En eso me levanto rápidamente de la cama, desabrocho mi correa y el pantalón, bajo el cierre y cae la prenda sin mayor esfuerzo. Mi bóxer tenía una gran mancha húmeda que era mis jugos preseminales brotando a borbollones, tomo cada lado de la elástica de mi prenda íntima y lo bajo. A todas estas, ella estaba sobándose los senos ya abriendo sus piernas lo necesario para lo que venía, se le veía que deseaba mi pene en su interior. Me agacho y la acomodo para penetrarla, pero antes quiero disfrutar el momento y jugar un poco.

Tomo mi pene con mi mano diestra y comienzo a pasarla por encima de la diminuta tanga. Esta vez ella suelta un gemido sonoro, desde lo más fondo de su ser, sintiendo como rozo su sexo. Además, comenzaba un ligero movimiento de caderas. No dejaba de sobarse las tetas. Sigo con ese tortuoso roce de mi pene en su clítoris, me sentía en el cielo. Para seguir con el suplicio y alargar más la previa, retiro un poco mi pene y lo coloco en el orificio vaginal, dando ligeros empujones. Ya no sabía si gemía o gritaba, pero de su boca salía sonidos de placer con cada empujoncito que daba. Cada vez que separaba mi pene de su vagina, podía ver hilos transparentes que de seguro eran la combinación de nuestros fluidos sexuales.

Finalmente, la escucho decir «Vamos, cógeme de una vez», sin perder más el tiempo y haciéndole caso, separo un poco mi pene y mi otra mano desliza un poco a la izquierda el último obstáculo que se interponía entre mi pene y su vagina, esa diminuta tanga roja. Cuando la cabeza de mi pene comenzaba a entrar, suena mi teléfono. No era un repique cualquiera, era el que tenía asignado el teléfono del hotel. Cuando el aparato suena ella se sobresalta, por lo fuerte que sonaba. De hecho, creo que el susto le había bajado buena parte de la calentura, lo menciono por la reacción que tuvo. Dejé que repicara, pero volvió a sonar. Dije «Sabes que tengo que contestar», dirigiéndome a ella. Asiente al ver la expresión de mi cara.

Contesto, confirmando que era mi compañero de recepción, que me advierte que uno de los dueños había llegado al hotel. Se lo hago saber a ella y los dos sabemos lo que significa: Tengo que bajar de inmediato a la recepción, si no quería perder mi trabajo. Y en ese momento, necesitaba esos ingresos para costear la universidad. A regañadiente, me acomodé la ropa y bajé a la recepción. No sin antes despedirme con un beso y prometiéndonos una oportunidad para terminar lo comenzado. Bajé y me excuse de estar ayudando a una huésped con su equipaje y me tarde aún más para conectar el Wifi a su laptop, que en esa época no era la tecnología que es hoy. Un pretexto que siempre utilizamos cuando estamos en esta situación. Todo marchó sin novedad alguna, solo que el dueño no se fue sino hasta el amanecer, minutos antes que ella bajara y también se despidiera.

La siguiente vez que nos vimos, ella estaba que no me quería mirar la cara de la pena que cargaba. Después de mucha insistencia de mi parte, me dijo que andaba muy «alegre» por la salida y que hasta un levante tuvo, confirmándome que, a pesar de tener novio, ella salía a ligar en esas salidas sabatinas. Pero había bebido tanto que vomitó encima de él y la dejo botada, no teniendo más opción que llegar al hotel. Estaba muy apenada por no saber lo que hizo estando aquí, de la borrachera que cargaba, y que solo tenía recuerdos en la recepción cuando llegó y al despertarse antes de irse.

La verdad no quise decirle nada de lo que en verdad había pasado y terminé diciéndole: «Te llevé a la habitación y cuando llegamos te desplomaste en la cama, casi desmayada, allí te deje para irme de nuevo a la recepción» fue mi respuesta. Así dejé que el destino me deparara una mejor oportunidad, ya que esta que pasó, podía haberlo hecho con una mujer que no recordaría nada al siguiente día. Aunque así iba a ser, si no hubiese llegado uno de los dueños del hotel.

Lo que si sé, es que desde ese día la confianza entre ella y yo aumentó mucho más. Tanto que cada vez que podía nos agarrábamos las nalgas (como una manera de comunicarnos), nos saludábamos con un beso de pico en la boca (Iniciativa mía, que después me siguió), me agarraba el pene y yo las tetas cuando estábamos fuera del enfoque de las cámaras y nadie nos veía. Es obvio que mi calentura era tanta que casi todos los días que iba a trabajar, me dolían las bolas por ello.

Hasta un día la vi cambiarse de ropa delante de mí. Ella llegó vestida sin el uniforme y se tenía que cambiar, detrás de recepción hay un pequeño cuarto y allí estaba yo tomando mi correspondiente descanso. Llega y me dice que necesita cambiarse, a lo que digo que estoy en mi momento de descanso, que no pensaba moverme de allí. Y ni corta ni perezosa comienza a cambiarse delante de mí.

La verdad es que ese día estaba bastante sencilla. Un jean desgastado, sin llegar a tener roturas, pero bien entallado a su cuerpo. Una camiseta azul un poco holgada. Y unas zapatillas Converse color negro. Ella cierra la puerta trancándola, allí supe que la vería de nuevo en ropa interior. Gracias a ese anuncio mental que me hice, vino a mi mente aquella noche de octubre y mi pene comenzó a tener una erección.

Ella se quita las zapatillas y las medias que llevaba puestas. Se desabrocha y baja el cierre del pantalón, desde este momento ella me mira directo a los ojos, solo los retiraba unos segundos para ver lo que estaba haciendo. Yo le sigo la mirada y no la suelto en ningún momento. Se baja el jean dejando al descubierto unos cacheteros color rosado con pequeños adornos azules, yo la seguía viendo y ella a mí. Se quita la blusa revelando unos sencillos sostenes color azul, que combinan con el color de los adornos. Ella y yo seguíamos mirándonos fijamente. Saca de un bolso que traía el uniforme del hotel, se lo coloca, comenzando por el pantalón y la correa, seguido por la blusa y la chaqueta. Finalmente, se maquilla, se peina y sale. Antes de hacerlo, me da un beso en la boca y me dice «Te comportaste como todo un caballero… Y eso me gusta», dejándome con bastante ganas.

La calentura que cargué todo el resto del turno no fue normal y estaba detrás de ella insinuando que quería bajarla con ella misma, ya que la había provocado, pero nada la hizo doblegar. Todo se resolvió cuando llegó la camarera del turno nocturno, fui a buscarla y después de dos rapidines se me calmaron las ansias de coger. En este punto debo decir que por ser el único de recepción que estaba «disponible», tuve mujeres para escoger entre las camareras. Aunque todas eran mayores que yo, ninguna bajaba de los 35 años de edad y la mayoría eran cuarentonas, las tenía como quisiera: altas, rellenitas, bajitas, delgadas, tetonas, culonas, etc. Pero ninguna como ella y como no me paraba, mis necesidades sexuales eran calmadas por esas mujeres.

Todo transcurría más o menos de la misma manera hasta que un día, al final de la mañana, ella recibe una llamada y pide permiso porque tiene que salir de emergencia. No dijo nada y no apareció más. A los dos días, nos comunicaron desde la gerencia del hotel que por un problema familiar dejaría de trabajar con nosotros. Yo la verdad estaba cabizbajo por la noticia, pero a la final me resigné a no verla más. Traté de llamarla, pero siempre tenía el teléfono apagado.

Pasaron seis meses de ese hecho, cuando la vimos de nuevo, tomando el mismo trabajo que dejo atrás. No quiso decir mucho de lo sucedido, solo se limitó a decir que su pareja se metió en grandes problemas que la afectaron muchísimo y después tuvo que separarse de él, volviendo a casa de sus padres. Y hasta tuvo que cambiar de número telefónico para que no la siguiera molestando. Esta vez su trabajo era por necesidad, no por un capricho de mujer mantenida. Aunque eso fue lo que dijo, los rumores apuntaban a que dicho novio estaba involucrado de tráfico de drogas y trata de blancas. Lo estaban persiguiendo desde hace mucho tiempo y ese día lo capturaron. A ella la dejan quieta porque no estaba implicada en nada de eso. Al poco tiempo retomamos nuestras «interacciones» acostumbradas, y como siempre me llevaba una calentura de mil demonios, que calmaba con la camarera disponible. Así estuvimos por un buen rato.

Un día iba saliendo del turno del domingo, había pasado algunos meses desde que ella retomó su trabajo, ya era lunes por la mañana casi las 08:00 am. (Debí salir una hora antes). Fue un día que no me cuadraban las cuentas y salí retrasado. Esa vez estaba encargado de la caja. En el camino hacia la salida me encontré con ella. Estábamos en un pasillo que conecta la parte administrativa del hotel con el estacionamiento, allí estaba una garita donde se ubicaban las tarjetas de asistencias que todos los trabajadores debíamos marcar al entrar y salir. Ese pasillo era a cielo abierto, con paredes altas y sin frisar. Allí la abrazo de la cintura y nos damos el respectivo beso de pico en la boca, pero yo fui más allá.

Le di un “beso esquimal”, frote mi nariz con la de ella, el cual recibió con agrado al ver una sonrisa en sus labios. Volví a besarla en la boca y así estuvimos un rato cuando la calentura comenzaba a dominar mi cuerpo. En eso la arrecoste contra la pared y seguí besándola, ya no con suavidad, sino con la necesidad de un macho con ganas de coger. A todas estas ella se dejaba llevar y hasta comenzó a seguirme el juego. En más de una ocasión, durante el beso, era ella quien tenía el control. Su lengua era una delicia al moverse en mi boca y yo encantado que lo hiciera. Cuando mis manos comenzaron a agarrar sus nalgas, ella me abraza la cintura con sus piernas, para así buscar contacto entre nuestros sexos. Seguía arreacostada a la pared, yo agarrándola de las nalgas y sosteniendo todo su cuerpo, ella abrazándome con sus piernas. Yo estaba en el cielo y eso que teníamos la ropa puesta y solo estábamos besándonos.

Es así como nos detuvimos por un momento, nos miramos fijamente a los ojos y vimos la lujuria que cada uno tenía. Yo miro a los lados, ella también. Nos volvimos a mirar sabiendo lo que cada uno quería y era tener sexo. Recordé que a esa hora nadie está en el área de la piscina, ya que estaba disponible después del mediodía. Con un gesto le digo que me siga. Ella me sigue expectante, por no saber a donde la llevaba. Llegamos al final del pasillo hacia la zona de la piscina, tomamos el acceso para el personal del hotel y llegamos a donde están los baños. Nadie nos vio. Busco las llaves que están estratégicamente escondidas, sé dónde buscar porque uno de esos rapidines con una de las camareras fue allí mismo y ella me dijo dónde estaban. Abro la puerta y vamos hasta los vestidores, allí tendríamos la oportunidad de escondernos en caso de que algo salga mal.

Al encontrarnos allí, suelta su cartera. Yo me quito la chaqueta y la corbata. Nos miramos queriendo revisar mentalmente que queremos hacerle al otro, yo la desvestía con la mirada y ella no dejaba de ver mi bulto. Mi lujuria era tanta que fui yo el que se acercó a ella para besarla de nuevo, me recibe con tantas ansias como la mía. Mis manos no dejaban de recorrer cada parte de su cuerpo, ella hacía lo propio con las suyas. Cuando terminé de recorrerla, comencé a desabotonar mi camisa. Ella comenzaba a quitarse la chaqueta del uniforme y los zapatos.

Me quito la camisa y pongo mis manos en su blusa, se la levanto, se la quito y veo su brasier de encaje rosado. ¡Dios que bien se veían! La desabrocho y quedan a mi disposición, nuevamente, ese par de tetas que quedaron desnudas ante mí. A lo que me dispongo a chuparlas, besarlas y hasta morderlas, ella solo gemía de placer ante mis acciones. Mis manos comienzan a desabrochar su correa y a desabotonar su pantalón, cae al suelo y deja al descubierto todo su cuerpo, vestido solo con su tanga de encaje rosado que hacía juego con su brasier.

No pierdo la oportunidad de contemplar de nuevo su cuerpo por unos segundos, estaba hermosamente desnuda y dispuesta para mí. «Estás hermosa» fue mi pensamiento en voz alta que ella oye y se sonroja ante la confesión. Jamás pensé que pudiera tener esa reacción por algo que, de seguro, escucha a mucho… Pero así fue. Ella se acerca y comienza a quitarme el pantalón, desabrochando la correa y desabotonándolo, lo deja caer y estamos allí los dos: yo en bóxer y ella en tanga.

Sin perder mucho tiempo, ella toma con las dos manos cada lado de la elástica de mi bóxer y lo baja de golpe. No sabía que estaba tan ansiosa. De inmediato toma mi pene, lo masajea lentamente y se muerde el labio inferior. Me mira fugazmente y después se lo mete en la boca, dándome una buena mamada. Yo estaba que no aguantaba, eran muchas las sensaciones que estaba produciendo esos labios, esa boca y, sobre todo, esa lengua. Una de sus manos toma la base de mi pene y la otra acaricia mis testículos. Un éxtasis total. Yo me retorcía del placer. Después de un rato, por fin eyaculo y se traga todo mi semen, como si fuera la mejor de las exquisiteces.

Aunque seguía con mi pene erecto, a pesar de la eyaculación, yo quería devolverle el favor. Bajé su exquisita tanga rosada, alce una de sus piernas y la coloqué en mi hombro y así mismo comencé a besar su vulva, meter mi lengua en su orificio vaginal y estimular su clítoris. Ella trataba de agarrarse de la pared y de mi cabello, al recibir las sensaciones que trataba de darle. Seguí así, hasta que metí mi dedo medio, tratando de buscar su Punto G. Ella se retorcía de placer, me jalaba el cabello y buscaba sujetarse de donde fuera para no caerse. En varias oportunidades sus piernas fallaban, pero yo seguía en mis labores vaginales. Estimulaba su clítoris y al mismo tiempo su Punto G, dándole de seguro la mejor de las sensaciones. Arqueaba su espalda, sus caderas las presionaba más a mi boca para buscar mayor placer, la mano que tenía sostenida mi cabeza buscaba presionarla para sentir mucho más. No sé como no se cayó. Así llegó su orgasmo, sus fluidos vaginales eran abundantes, más de lo que podía esperar. Lo recibe mi boca, mano y lengua, tomando todo lo que brota. Allí estábamos los dos, buscando placer en un ambiente laboral.

Me levanto sin dejarla caer, la miro fijamente a los ojos. La beso, esta vez con restos de nuestros fluidos combinados en nuestras bocas y lenguas. Era un sabor extraño, pero únicamente nuestro. Jamás olvidaré como mis papilas gustativas percibieron por primera vez ese gusto a sexo y fluidos, a ella y a mí. Busco uno de los bancos que están cerca y la llevo hacia allá. Ella sabe lo que sigue y lo desea con ansias, tanto como yo. La acuesto en esa firme y fría tabla, la acomodo abriendo sus piernas en forma de M, me siento a solo unos pocos centímetros y acerco mi pene hasta su vagina. «La vida, el destino y el universo quisieron que fuera hoy el día que finalmente sucediera» digo antes de penetrarla por completo. Sonríe al escucharlo. La penetración es con suavidad, disfrutando cada milímetro lo introduzco. Ella gime de placer, arqueando su espalda y buscando abrazarme, clavarme sus uñas en mi espalda.

Mis embestidas comienzan lentamente, busco que su interior se adapte a la manera fálica de mi pene. Veo bambolearse sus senos y no pierdo la oportunidad de chuparlos de nuevo, jamás me cansaré de hacerlo. La abrazo, la beso, muerde mis labios de deseo. Intensifico mis embestidas, ella me susurra al oído, de una manera que me eriza la piel de todo el cuerpo, «Duro papi, más duro». Mi cuerpo responde a esas exigencias, dándole más duro a la penetración. Ella responde «Siii, así mismo es». Mantengo el ritmo, la firmeza y la intensidad de mis movimientos, disfrutando lo que hago a plenitud. Sigo así por un rato, cuando ella me dice «Quiero cambiar de posición». Espero a ver que desea y se levanta dirigiéndose a la pared más cercana.

Se apoya con una de sus mejillas a la pared más cercana, levanta su culo y sus manos abren sus nalgas para dejar al descubierto su vagina. «Ven, cógeme más duro», dice. Yo rápidamente salgo a complacer la petición de la hembra, con una penetración bestial, animal, brutal. Tanta fue la embestida que levanté su cuerpo y sus pies se debían poner de puntillas para que no se cayera, seguí dándole así por un buen rato. A estas alturas ella gemía a sus anchas, no le importaba que la oyeran, a mí tampoco. Al sentir que estoy por eyacular, levanto su pierna derecha para penetrarla mejor. Lo logro y ella lo siente, al escuchar que gime más duro. «Voy a acabar», digo «¡Dentro, bien adentro!… ¡Ni se te ocurra echarlo afuera!», grita al responderme. Y en solo unos instantes, sale la primera expulsión de semen que llena todo su interior. Mis embestidas no cesaban, más lentas, pero seguían el ritmo de cada expulsión. Buscaba llenar cada rincón.

Por fin, la última expulsión llega con jadeos y respiraciones entrecortadas, además de la aceleración de los latidos del corazón. Nos tumbamos al suelo, tratando de calmarnos. Cuando comenzamos a tomar el ritmo respiratorio adecuado, la beso. Cada vez que veo esos labios carnosos, no dejo de pensar en besarlos. «Fue lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo», le digo al separarnos. Ella me contesta algo que me dejo en una sola pieza: «¡Por fin me cogiste! Estaba celosa de que solo te cogieras a esas camareras, que bien putas son, teniéndome a mí a tu lado. Espero que de ahora en adelante ni se te ocurra irte con esas zorras», me sorprendió esa confesión y declaratoria. Solo se me ocurrió decir «Tranquila mi amor, teniendo sexo contigo ni se me ocurriría ir tras ellas», besándola nuevamente. Pasado un tiempo, decidimos arreglarnos. Yo para irme y ella para entrar al trabajo. La verdad es que ni nos dimos cuenta qué tiempo había pasado, hace media hora que debió haber entrado a trabajar. Rápidamente, salimos sin ser vistos, cierro los vestidores y dejo la llave en donde debe estar. Bajamos las escaleras y cada quien toma su camino, después del respectivo beso de despedida.

Ni que decir lo que sucedió después, obviamente deje de estar con las camareras, con ella tenía sexo todos los fines de semana y dos o tres veces entre semana. Era una chica que le gustaba el sexo. En una de esas me confiesa que desde chiquita siempre despertó morbo en el sexo masculino, por eso sus amiguitos, primos, tíos, hasta su papá y su abuelo la manoseaban constantemente. Pero fue su padre quien la desvirgó a los 12 años de edad, viviendo con él un torrente de pasión que hasta su madre participaba en esas sesiones íntimas. Con el tiempo su actividad incestuosa terminó, pero no se aminoró sexualmente. Constantemente era buscada por chicos y hombres que querían estar con ella, lo cual aprovechaba para sacar algún tipo de ventaja. Así fue que llegó al hotel, por recomendación de un amigo cercano de uno de los dueños y que le debía un favor. Además, cuando no era perseguida para cogerla, ella misma salía de cacería. Eso fue lo que pasó la vez anterior que no logramos tener sexo, su pareja estaba de viaje y ella salió a cazar, con la mala suerte que combino bebidas y no aguantó, vomitando sobre el semental escogido. Se hizo que no recordaba por pena hacia mi… A la final, no me importó.

La vez que consumamos el acto sexual, estaba de mala racha. No tenía pareja fija desde hacía más de cuatro meses y cada vez que salía de cacería algo se interponía. Una llamada de su madre por una enfermedad, su hermana que le pedía cuidar a su hijo, los tipos eran unos patanes y la trataban mal o sus amigas que ligaban y ella no lo lograba. Ya llevaba más de dos meses sin tener sexo y llegué yo a llenar ese vacío. Duramos más de un año en esa dinámica, hasta que llegó mi salida del hotel, ya me había graduado de la universidad y había obtenido el puesto de profesor aprendiz en una universidad de la región.

Quería que siguiéramos juntos, pero la convivencia me decía que no éramos compatibles. No me malentiendan, en el sexo y en la vida nos complementábamos muy bien: Ella era extrovertida, yo mucho más tranquilo; le gustaba bailar y salir a fiestas, yo era más de conversar y estar en casa; aunque algunas veces me gustaba someter, ella era la que llevaba la iniciativa en el sexo. Lo que pasaba es que nuestras cosmovisiones y lo que esperábamos de la vida era lo que chocaba y allí residía nuestra incompatibilidad. La separación, aunque dolida, fue consensuada. Decidimos tener una última noche juntos y disfrute cada poro de su piel como jamás lo había hecho, todavía extraño esas sesiones. Pero así es la vida.

Todavía seguimos en contacto, con el tiempo engordó, se convirtió en una «gordibuena» y no perdió para nada su encantó que tanto me conquistó. En la actualidad somos grandes amigos y conozco a su esposo e hijos, tiene tres: 2 niñas y un niño. Ahora vive en Europa desde antes que me casara con mi actual y única esposa. Y cada vez que paso por frente de la fachada de ese hotel, no dejo de recordar cada vez que estuve con la buenota que trabajó conmigo en ese lugar.

Espero que les haya gustado, trataré de estarles relatando otras de mis aventuras sexuales… ¡Larga vida y prosperidad! 🖖🏻

11 Lecturas/6 septiembre, 2026/0 Comentarios/por angeldelasfiestas
Etiquetas: amigos, gays, mayor, mayores, primos, recuerdos, sexo, vacaciones
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