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Heterosexual, Incestos en Familia, Masturbacion Masculina

Mi hermana menor me hace pajas parte 1

Mi hermana menor va aprender como hacerle pajas a su hermano mayor pero su hermano mayor no piensa abandonar su fraternidad .
El aire de febrero de 2026 se sentía especialmente pesado ese martes. Era un día gris, de esos que invitan a quedarse encerrado, y el silencio de la casa solo se rompía por el zumbido del refrigerador y el sonido distante del tráfico. Yo, Yitsuki, con mis 16 años y la mente ya puesta en las tareas del instituto, intentaba concentrarme en mi teléfono, pero la atmósfera de aburrimiento era palpable.Lucy, mi hermana de 10 años, estaba en esa etapa en la que el mundo le quedaba pequeño y la casa se sentía como una prisión. Pasaba demasiado tiempo sola mientras nuestros padres trabajaban, y esa energía acumulada se transformaba en una necesidad desesperada de atención. Me miraba con esos ojos insistentes, balanceando los pies sobre la alfombra, hasta que finalmente cedí. Sabía que si no jugaba con ella, no dejaría de molestarme en todo el día.—¡Yitsuki, juega conmigo! ¡Por favor! —suplicó, saltando a mi lado.Accedí a jugar a las cosquillas, algo que siempre había sido un éxito rápido para hacerla reír y cansar la. Me lancé sobre ella en el sofá, y durante los primeros minutos todo fue el caos habitual: risas estridentes, patadas al aire y el sonido de los cojines moviéndose violentamente. Ella se retorcía, riendo a carcajadas, mientras yo intentaba encontrar sus puntos débiles para que se rindiera.Sin embargo, Lucy tenía una forma muy particular de defenderse cuando se sentía acorralada. En medio de la risa, su juego se volvió más agresivo de lo normal. Mientras yo seguía con las cosquillas, ella, en un movimiento rápido y coordinado, lanzó sus manos hacia abajo. No fue un golpe ni un empujón; fue un pellizco seco, fuerte y preciso, justo en mis partes nobles.El aire se me escapó de los pulmones de golpe. El mundo se quedó en silencio por un segundo y mi rostro pasó de la diversión a una expresión de shock absoluto. Me encogí instintivamente, alejándome de ella con un gemido ahogado, mientras Lucy se quedaba ahí, sentada en el sofá, mirándome con una mezcla de travesura y total indiferencia, como si pellizcar me ahí fuera la única forma efectiva de ganar la batalla.—¡Eso no se hace, Lucy! —logré articular, mientras intentaba recuperar el aliento y la compostura, dándome cuenta de que jugar con ella era, a veces, un deporte de riesgo.

Me quedé unos segundos recuperando el aliento, tratando de que el dolor desapareciera mientras Lucy me miraba con esa chispa de malicia en los ojos, sin remordimiento alguno. Suspiré profundamente, procesando la travesura, y lentamente me acerqué a ella.

Extendí mi mano y la puse sobre su cabeza, despeinándole el cabello con un movimiento rápido y juguetón, sacudiendo un poco para romper esa actitud de «victoria» que tenía. Ella soltó una risita, pensando que quizás yo estaba olvidando el incidente, pero mi tono de voz fue firme, aunque mantenía la calma.

—Niña traviesa… —le dije, mirándola fijamente pero con una media sonrisa—. Tienes que ser más delicada con tu hermano mayor. Si sigues jugando así de bruto y me pellizcas ahí, te aviso que no habrá más juegos de cosquillas por el resto de la semana.

Lucy dejó de reírse inmediatamente y puso una cara de preocupación fingida, sabiendo perfectamente que las cosquillas eran lo que más le divertía de pasar la tarde conmigo. Se quedó callada un momento, procesando la amenaza de perder su entretenimiento favorito, y empezó a jugar con el borde de su camiseta, dándose cuenta de que esta vez se había pasado de la raya.

—Está bien… lo siento, Yitsuki —murmuró, aunque seguía teniendo esa mirada pícara que me advertía que, en el fondo, no estaba totalmente arrepentida.

Me acomodé en el sofá, todavía sintiendo un ligero eco del pellizco, pero satisfecho de haber dejado claras las reglas del juego.

Habían pasado tres días desde aquel incidente en el sofá. La rutina de febrero seguía su curso gris, y yo creía que Lucy había aprendido la lección sobre los límites. Aquel viernes, el cansancio del día me pesaba, así que entré en mi cuarto con la única intención de quitarme la ropa y darme una ducha caliente para relajarme.

Me encontraba en medio de la habitación, ya desvistiéndome, cuando el silencio se rompió de la manera más abrupta posible. De la oscuridad del armario, Lucy salió disparada como un resorte, gritando a todo pulmón:

—¡Te pillé!

El susto fue tan repentino que casi doy un salto hacia atrás. Mi corazón se aceleró por la sorpresa de verla aparecer de la nada, oculta en un lugar donde yo jamás hubiera imaginado que estaría escondida. Antes de que pudiera reaccionar o cubrirme, ella se lanzó hacia adelante con la intención de hacerme cosquillas, pero en medio del caos del movimiento y su impulsividad, Lucy hizo algo totalmente inesperado: en lugar de ir a mis costados, cerró la mano y agarró mi pene por sorpresa.

El tiempo pareció detenerse. No hubo dolor esta vez, sino una sensación de shock absoluto. Lucy, que se había quedado congelada en el acto, no soltó el agarre de inmediato. En lugar de eso, se quedó mirándolo con una expresión de asombro genuino, con los ojos muy abiertos, como si estuviera descubriendo algo totalmente nuevo o extraño, procesando la diferencia física entre nosotros con una curiosidad infantil y distraída.

Tratando de mantener la calma a pesar de la situación absurda, extendí mi mano y la puse sobre su cabeza, sobándole el cabello con suavidad para distraerla y que soltara el agarre.

—¿Pero qué haces agarrando mi pene, Lucy? —le pregunté, con un tono de voz que mezclaba la confusión y la reprimenda, aunque sin llegar a enfadarme.

Ella parpadeó un par de veces, recuperando la compostura, y me miró con esa inocencia traviesa que siempre la caracterizaba.

—Quería hacerte una broma —respondió con total naturalidad, encogiéndose de hombros—. Y estaba muy aburrida… no había nada interesante en la televisión.

Me quedé mirándola, suspirando. Era increíble cómo su aburrimiento podía llevarla a situaciones tan surrealistas.

Justo cuando pensaba que la situación se había calmado, Lucy volvió a mover la mano hacia abajo y agarró mis testículos. Vi cómo sus ojos se abrían aún más, con una expresión de asombro puro, como si estuviera explorando un terreno desconocido. Yo, por mi parte, simplemente puse cara de resignación.

Me resultaba imposible enfadarme con ella. A pesar de sus travesuras, Lucy era demasiado tierna, y sabía que pasaba demasiado tiempo sola. En ese momento, yo era prácticamente su única compañía; parecía que le costaba hacer amigos y que su curiosidad era la única forma que tenía de llenar ese vacío y combatir el aburrimiento.

Cuando volvió a agarrar mi pene, decidí que, si iba a seguir con aquello, al menos debía hacerlo sin riesgo de lastimarme.

—Hazlo con cuidado, Lucy, que no me duela —le advertí suavemente.

Sujeté su mano con delicadeza y comencé a guiarla, enseñándole el movimiento. Bajé su mano lentamente hasta que el glande quedó expuesto; ella abrió los ojos al máximo y soltó una risita nerviosa y emocionada, fascinada por el cambio. Luego, le indiqué que subiera la mano, haciendo que se escondiera nuevamente. Para ella, el proceso parecía un truco de magia.

—Esto se llama una paja —le expliqué con naturalidad, tratando de normalizar la situación.

Lucy, movida por la curiosidad, pasó un buen rato subiendo y bajando su mano, concentrada en el movimiento. Yo me limitaba a suspirar, manteniendo la calma y sobándole la cabeza con afecto mientras ella experimentaba con esa nueva «actividad».

Finalmente, después de unos minutos, sentí que ya era momento de poner un límite.

—Ya es suficiente, Lucy. Tengo que vestirme e irme a bañar —le dije con calma.

Mi hermana, con una seguridad y una desfachatez que me dejaron mudo, me miró con una sonrisa triunfal y soltó:

—Me doy por satisfecha, Vi y toqué más de lo que quería.

Me soltó el agarre sin dudarlo y, sin darme tiempo a responder, salió corriendo de la habitación gritando que volvería a ver la televisión, dejándome allí, solo y procesando lo absurda que había sido la tarde.

Con el paso de los días, lo que empezó como una curiosidad infantil se convirtió en una rutina extraña y recurrente entre nosotros. Lucy se había vuelto persistente; ya no era solo un juego esporádico, sino que buscaba constantemente hacerme cosquillas y, casi inevitablemente, terminar tocando mi pene. Al principio sentía cierta resistencia, pero con el tiempo el hastío se convirtió en una aceptación relajada.

Llegó un punto en que, simplemente para que dejara de insistir o por pura curiosidad compartida, permitía que sacara mi polla flácida. Ella, concentrada y aplicando los movimientos que yo le había enseñado aquella primera vez, se esforzaba en hacer que se pusiera dura, observando el proceso con una fascinación casi científica.

Para la tercera o cuarta vez que esto ocurrió, la dinámica había cambiado. Ese día, yo me sentía especialmente excitado; hacía tiempo que no me masturbaba en privado y la tensión acumulada era evidente. Lucy mantuvo su mano firme durante mucho más tiempo de lo habitual, sin soltarme, y fue entonces cuando ocurrió: ella vio por primera vez cómo la leche empezaba a salir por la punta. Me permití que fuera testigo del final, y pude notar en su rostro una mezcla de sorpresa y triunfo, como si hubiera completado un desafío.

A partir de ahí, el juego se volvió más atrevido y físico. En algunas ocasiones, con el pene ya erecto y cerca de su cara, empezaba a darle pequeños golpes juguetones. Ella, en lugar de apartarse, reaccionaba intentando darme algún mordisco. Lo hacía suavemente, casi como un juego de cachorros, pero eso solo añadía más intensidad al momento.

Se convirtió en un juego secreto que nos encantaba a ambos —aunque, siendo honesto, yo disfrutaba mucho más que ella—. Entre esos mordiscos distraídos y besos inocentes pero cargados de curiosidad, la tensión llegaba a su límite y terminaba eyaculando sobre lo que tuviera delante, ya fuera su mano, su ropa o su propia piel.

Aquellos días de febrero se volvieron una burbuja de secretos compartidos en la casa, transformando la relación entre hermano mayor y hermana pequeña en algo completamente distinto.

El tiempo pasó volando y la dinámica entre nosotros cambió drásticamente a medida que Lucy crecía. Lo que en aquel febrero de 2026 parecía un juego surrealista y secreto, se fue desvaneciendo lentamente mientras ella dejaba atrás la infancia.

Para cuando Lucy cumplió los 13 años y yo llegué a los 19, aquel comportamiento había desaparecido por completo. La niña curiosa y descarada que se escondía en el armario había sido reemplazada por una adolescente que empezaba a entender el concepto de la privacidad y la moralidad. Para ella, recordar aquellas travesuras de cuando tenía 10 años se había convertido en una fuente de vergüenza profunda; probablemente sentía que eran cosas «de niñas» que ya no encajaban con la persona que quería ser.

Nosotros, por un acuerdo tácito y silencioso, nunca volvimos a tocar el tema. No hubo conversaciones al respecto, ni reproches ni risas compartidas sobre el pasado. Simplemente, ese capítulo de nuestras vidas quedó archivado en un rincón oscuro de la memoria, un secreto que ambos preferíamos ignorar para mantener la armonía en la casa.

Lucy empezó a abrirse al mundo. Ya no estaba sola y aburrida en casa esperando a que yo jugara con ella; ahora tenía su propio círculo de amigas, salía los fines de semana y tenía sus propias preocupaciones adolescentes. Mi rol en su vida también evolucionó: ya no era el compañero de juegos o la víctima de sus pellizcos, sino el hermano mayor protector y mentor. Me pasaba las tardes ayudándola con sus estudios, explicándole materias difíciles y asegurándome de que fuera bien en la escuela.

A veces, mientras la veía estudiar concentrada, me preguntaba si ella recordaba aquellos días tanto como yo, o si realmente los había borrado de su mente. Pero veía la seriedad de su rostro y la madurez de sus gestos, y comprendía que el tiempo lo había curado todo, transformando aquel vínculo extraño en una relación fraternal sana y estable.

Continuará.

 

4 Lecturas/3 julio, 2026/0 Comentarios/por Nacho064
Etiquetas: adolescente, amigos, escuela, hermana, hermano, leche, mayor, polla
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