Mi madrastra cristina
Este relato es parte real y parte fantasía ustedes decidan que parte lo es, es mi primer relato aquí espero les guste tengo más experiencias pero decidí empezar con esta. .
Desde la primera vez que la vi me pareció sexy.
Cristina era mi madrastra, y además nunca nos llevamos bien. Ella no me quería demasiado y yo, por orgullo, terminé tratándola de la misma manera.
Así que durante mucho tiempo hice lo único que podía hacer: fingir que no me interesaba.
Pero sí me interesaba.
La deseaba desde mucho antes de que cualquiera de los dos se diera cuenta.
Nunca pensé que ella pudiera sentir lo mismo.
Mucho menos que un día terminaríamos solos en el corredor, abrazados, con Cristina aferrada a mí y yo sintiendo que, por primera vez, ya no estaba intentando apartarme de ella.
Ese fue el principio.
Todo comenzó una noche que llegue del trabajo y ahí estaba ella llorando.
Había discutido con mi padre le pregunté si estaba bien lo cual le pareció raro ya que como dije no éramos presisamente amigos.
Me quedé un rato abrazándola mientras ella me contaba lo que había pasado. Yo intentaba consolarla, aunque, siendo sincero, también estaba empezando a pensar en otras cosas.
Ella es morena, de cabello rizado, con aquel pequeño lunar cerca del labio superior, las piernas torneadas y ese cuerpo normal, de mujer adulta, que yo nunca había querido mirar demasiado.
Pero esa noche sí la estaba mirando.
Cristina: —Estoy cansada de que se ponga así.
Bruno: —Ya sé.
Cristina: —No, no sabes.
Bruno: —Tal vez no. Pero sé que yo no te trataría así.
Cristina me miró.
Bruno: —Si tú fueras mi mujer, yo no te haría sentir así.
Bruno: —Te consentiría.
Ella no dijo nada.
Bruno: —Te diría que eres muy guapa.
Cristina bajó un poco la mirada.
Bruno: —Te besaría.
Mientras hablaba, seguí sobándole las piernas. Ya no era solamente un masaje. Mis manos subían y bajaban lentamente, y Cristina no decía nada.
Bruno: —No entiendo cómo puede tenerte así y luego hablarte de esa manera.
Cristina: —No hables así.
Bruno: —¿Por qué?
Cristina: —Porque no sabes lo que dices.
Bruno: —Sí sé.
Continué masajeándole las piernas. Cristina estaba cansada y distraída, todavía afectada por la discusión. En un momento abrió un poco las piernas sin darse cuenta.
Yo lo noté.
Y, por supuesto, me calenté todavía más.
Me acerqué y le besé una de las piernas.
Cristina se quedó quieta.
No dijo nada.
Yo continué, subiendo poco a poco, mientras seguía hablando con ella como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Bruno: —Yo no te trataría así.
Cristina: —Ya me lo dijiste.
Bruno: —Pues es verdad.
Continúe besando sus piernas, vientre y manos.
Cristina permaneció quieta.
Yo quería seguir.
La verdad es que en ese momento tenía ganas de hacer mucho más. Pero no me atreví. No sabía hasta dónde podía llegar y tampoco quería arruinarlo todo en una sola noche.
Así que continué un poco más, besándola y acariciándola, hasta que Cristina finalmente se dio cuenta de cómo estaba avanzando la situación.
Se quedó en silencio unos segundos.
Cristina: —Ya estoy cansada.
Bruno: —¿Sí?
Cristina: —Sí. Me voy a dormir.
Bruno: —Está bien.
Me levanté.
Antes de que se fuera, volví a abrazarla.
Bruno: —¿Me das un besito?
Cristina soltó una pequeña risa, como si yo fuera un idiota.
Cristina: —Bueno.
Y me dio un beso en la mejilla.
Después se fue a dormir.
Yo me quedé ahí, pensando en lo que había pasado.
No había conseguido hacer todo lo que quería.
Pero tampoco me había rechazado.
Después de aquella noche, empecé a buscar la manera de estar más tiempo a solas con Cristina.
Mi papá normalmente llegaba tarde y bastante borracho. A veces se ponía a decir tonterías, pero la mayoría de las veces terminaba dormido.
Y cuando él se dormía, Cristina se quedaba sola.
Yo empecé a llegar más temprano del trabajo. Al principio fingía que era casualidad, pero no lo era. Si sabía que mi papá ya estaba dormido, buscaba cualquier excusa para quedarme cerca de ella.
Cristina: —¿No tienes que hacer algo?
Bruno: —Sí.
Cristina: —¿Y no lo vas a hacer?
Bruno: —Más tarde.
No necesitaba inventar grandes excusas. A veces simplemente me sentaba cerca de ella mientras hacía sus cosas. Otras veces la ayudaba con cualquier tontería de la casa.
Lo importante era estar ahí.
Después empecé a hacer algo más.
Comencé a faltar algunas mañanas a la universidad.
No muchas al principio. Una clase. Después otra.
Yo sabía perfectamente que Cristina se quedaba sola en casa durante esas horas, y cada vez me costaba menos encontrar una razón para quedarme.
Cristina: —¿Hoy no fuiste a clases?
Bruno: —No.
Cristina: —¿Por qué?
Bruno: —No tenía ganas.
Cristina: —¿Y eso te parece una buena razón?
Bruno: —No.
Cristina: —Entonces eres un idiota.
Bruno: —Probablemente.
Ella me miró, pero no siguió preguntando.
Y eso era lo que yo quería.
No necesitaba que Cristina me invitara a estar con ella. Solo necesitaba que no me echara.
La diferencia entre nosotros empezó a cambiar poco a poco.
Antes, si nos quedábamos solos, cada uno se iba por su lado.
Ahora yo buscaba estar cerca de ella.
Y Cristina, aunque todavía podía mostrarse fría conmigo, ya no parecía tan incómoda con mi presencia.
A veces hablábamos.
A veces simplemente estábamos en la misma habitación.
Yo no tenía prisa.
Sabía que Cristina era consciente de lo que había pasado.
Y también sabía que, si seguía acercándome, tarde o temprano volvería a encontrar una oportunidad.
Una mañana me quedé en casa en lugar de ir a la universidad.
Cristina estaba en la cocina.
Cristina: —¿Otra vez aquí?
Bruno: —Buenos días para ti también.
Cristina: —Pensé que tenías clases.
Bruno: —Tenía.
Cristina: —¿Y?
Bruno: —No fui.
Cristina me miró unos segundos.
Cristina: —¿Por qué?
Bruno: —Porque no quise.
Cristina: —Vas a reprobar.
Bruno: —Todavía no.
Cristina negó con la cabeza y volvió a lo que estaba haciendo.
Yo me quedé ahí.
Esta vez no tenía ninguna excusa.
Y tampoco me hacía falta.
Bruno: —¿Dormiste bien?
Cristina: —Más o menos.
Bruno: —¿Tu marido volvió a llegar borracho?
Cristina: —Sí.
Bruno: —¿Y?
Cristina: —Nada.
Bruno: —¿Nada?
Cristina: —Se quedó dormido.
Me quedé callado.
Después me acerqué un poco.
Bruno: —Entonces hoy estás sola.
Cristina me miró.
Cristina: —No estoy sola.
Bruno: —Estoy hablando de tu marido.
Cristina: —Ya sé de quién estás hablando.
Y ahí quedó.
No hizo falta decir más.
Yo sabía por qué había faltado a clases.
Cristina probablemente también.
Y, por primera vez, no se fue.
Simplemente empecé a faltar a algunas clases cuando sabía que mi papá no iba a estar en casa.
Cristina se dio cuenta bastante rápido.
Cristina: —¿Otra vez no fuiste a la universidad?
Bruno: —No.
Cristina: —¿Y eso?
Bruno: —Me dio flojera.
Cristina: —Qué responsable.
Bruno: —Estoy haciendo un esfuerzo.
Cristina: —No se nota.
Bruno: —Tú tampoco te esfuerzas mucho por hacerme cambiar de opinión.
Cristina me miró.
Cristina: —¿De qué hablas?
Bruno: —De nada.
Ese tipo de comentarios empezaron a aparecer cada vez más.
No le decía directamente lo que estaba pensando. No hacía falta.
Yo ya había descubierto que era mucho más divertido dejarle la duda.
Una mañana encontré una prenda de ropa interior de Cristina.
No voy a decir que fue completamente accidental.
La tomé y me la llevé a mi habitación.
Aspire su aroma toda la tarde
No era algo que tuviera planeado hacer. Pero una vez que la tuve, no pude evitarlo.
Después la devolví.
O eso intenté.
No fue suficiente una sola vez y lo hice más y más cada prenda que encontraba la dejaba llena de mi leche.
Hasta que un día
Cristina:- Bruno!!
Bruno: —¿Qué?
Cristina: —¿Tú agarraste algo de mi habitación?
Bruno: —No.
Cristina: —Te estoy preguntando en serio.
Bruno: —Yo también.
Cristina me miró fijamente.
Bruno: —¿Qué falta?
Cristina: —No te hagas.
Bruno: —No me estoy haciendo.
Cristina: —Eres un enfermo.
Bruno: —Eso es una acusación muy fuerte.
Cristina: —Te estoy diciendo que no vuelvas a tocar mis cosas.
Bruno: —Entonces no las dejes donde pueda encontrarlas.
Cristina se quedó mirándome.
Cristina: —¿Qué dijiste?
Bruno: —Nada.
Esta vez sí sonreí.
Ella negó con la cabeza y se fue.
Después de lo de las bragas, algo cambió.
Cristina ya sabía que yo la deseaba.
Al principio parecía molesta.
Después empezó a jugar un poco con eso.
Cristina: —¿Vas a salir?
Bruno: —Más tarde.
Cristina: —¿Con quién?
Bruno: —Depende.
Cristina: —¿De qué?
Bruno: —De quién esté disponible.
Cristina me miró.
Cristina: —Eres un enfermo.
Bruno: —No he dicho nada.
Cristina: —No hacía falta.
Bruno: —Entonces no te quejes.
Cristina: —No te emociones.
Bruno: —No estoy emocionado.
Cristina: —Se te nota.
Bruno: —Tú me estás mirando.
Cristina: —Te conozco.
Bruno: —No tanto.
Cristina negó con la cabeza y se fue.
Pero no se fue muy lejos.
Y yo sonreí.
Con Cristina empezaron a pasar cosas así.
A veces se quedaba cerca de mí mientras yo estaba haciendo algo. No porque necesitara hablar conmigo. Simplemente se quedaba.
Yo la miraba.
Ella lo notaba.
Cristina: —¿Qué?
Bruno: —Nada.
Cristina: —Otra vez.
Bruno: —¿Otra vez qué?
Cristina: —Mirándome.
Bruno: —¿Y?
Cristina: —Nada.
Bruno: —Entonces no pasa nada.
Cristina me miraba con fastidio, pero ya no siempre se iba.
A veces se quedaba ahí.
Y yo continuaba mirándola.
En ocasiones, al pasar junto a mí, me rozaba el hombro o la pierna. Otras veces era yo quien le tocaba la cintura durante un segundo más de lo necesario.
Ninguno decía nada.
No hacía falta.
Una tarde me encontró mirándola mientras se arreglaba.
Cristina: —¿Otra vez?
Bruno: —¿Qué?
Cristina: —Tú sabes.
Bruno: —No.
Cristina: —Sí sabes.
Bruno: —Pues no.
Cristina: —Eres un descarado.
Bruno: —Y aun así sigues aquí.
Cristina me lanzó una mirada.
Cristina: —No te confundas.
Bruno: —No estoy confundido.
Cristina: —Más te vale.
Pero no se apartó.
Y eso era lo que empezaba a cambiar.
Antes, cuando yo la miraba demasiado, Cristina se iba.
Ahora podía quedarse.
Podía dejar que la mirara.
Incluso podía provocarme un poco y después fingir que no había hecho nada.
Y yo, por supuesto, no iba a quejarme.
También empezó a buscarme después de discutir con mi papá.
No siempre me contaba lo que había pasado.
A veces simplemente aparecía donde yo estaba.
Una noche se sentó a mi lado.
Cristina: —¿Qué haces?
Bruno: —Nada.
Cristina: —Siempre estás haciendo nada.
Bruno: —Y tú siempre vienes a buscarme.
Cristina me miró.
Cristina: —No te emociones.
Bruno: —Otra vez con eso.
Cristina: —Porque te emocionas muy fácil.
Bruno: —Depende de quién esté cerca.
Cristina soltó una pequeña risa y me dio un golpe leve en el brazo.
Cristina: —Cállate.
Bruno: —Hazme.
Se quedó mirándome un segundo.
Después apartó la vista.
Yo sonreí.
No había pasado nada.
Todavía.
Pero Cristina ya no era completamente pasiva en todo aquello.
Y yo cada vez tenía menos ganas de fingir que no sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Esa noche, estaba en mi habitación cuando escuché llegar a mi padre.
Al principio no presté atención.
Después oí a Cristina hablar desde la habitación.
Cristina: —anda ¿si?
Mi padre respondió algo que Bruno no alcanzó a distinguir.
Cristina: —por favor tengo muchas ganas.
Hubo un silencio.
Después se escuchó la voz de mi padre, más baja.
Cristina respondió algo que tampoco pude entender.
Yo permanecí sentado en la cama.
No estaba intentando escuchar.
Pero tampoco hice nada para dejar de hacerlo.
Con el paso del tiempo, la conversación dejó de ser una conversación.
Se escuchaban gemidos cortos y jadeos
Y entendí lo que estaba ocurriendo.
Me causó curiosidad.
Cristina estaba ahí, al otro lado de la pared, con mi padre follando jaja.
Me mantuve atento.
Pasó un rato.
Después escuché a mi padre hablar.
Cristina respondió con un tono apagado.
Hubo otro silencio.
Y luego la voz de mi padre volvió a escucharse, satisfecha.
Cristina no sonaba igual.
No necesité escuchar mucho más para entenderlo.
Mi padre había terminado.
Cristina no.
Y esa conclusión sí me produjo algo.
No una molestia o celos
Sino todo lo contrario, por primera vez, pensé que quizá Cristina no estaba recibiendo todo lo que quería.
A la mañana siguiente, Cristina apareció en la cocina.
Llevaba un short corto y una camiseta amplia.
Yo ya estaba ahí.
La miré.
Cristina: —¿Qué?
Bruno: —Nada.
Cristina: —Otra vez.
Bruno: —Te queda bien.
Cristina se detuvo.
Cristina: —¿Ahora vas a opinar sobre mi ropa?
Bruno: —Solo dije que te queda bien.
Cristina: —Qué raro estás.
Bruno: —¿Yo?
Cristina: —Sí.
Bruno: —Quizá dormí bien.
Cristina me miró durante unos segundos.
Bruno: —Aunque no todos tuvieron una noche tan buena.
Cristina se quedó quieta.
Cristina: —¿Qué quieres decir?
Bruno: —Nada.
Cristina: —Bruno.
Bruno: —¿Qué?
Cristina me observó.
Cristina: —¿Escuchaste?
no respondí.
Cristina: —Bruno.
Bruno: —No dije nada.
Cristina bajó la mirada.
Bruno: —Pero tú tampoco pareces muy contenta.
Cristina levantó la mirada de golpe.
Cristina: —Eres un enfermo.
Bruno: —Eso ya me lo habías dicho.
Cristina se quedó con su café en la mano.
Solo la observó.
Cristina: —¿Qué?
Bruno: —Nada.
Cristina: —Deja de mirarme así.
Bruno: —¿Así cómo?
Cristina no respondió.
Y esta vez, aunque se dio cuenta de que la estaba mirando, no se fue.
Cristina: —No sabes de qué estás hablando.
Bruno: —Puede ser.
Cristina: —Entonces deja de hacer comentarios.
Bruno: —Está bien.
Bruno tomó otro sorbo de café.
Bruno: —Aunque yo no dejaría a una mujer a medias.
Cristina levantó la mirada.
Cristina: —Eres un enfermo.
Bruno: —Solo digo que algunos deberían aprender a hacer mejor su trabajo.
Cristina lo miró durante unos segundos.
Después tomó su taza y se sentó frente a mi.
No dijo nada.
Pero tampoco se fue.
Cristina: —¿Y tú cómo sabes tanto?
Bruno: —¿De qué?
Cristina: —Del sexo.
Bruno: —Leo mucho.
Cristina: —Ah, sí.
Bruno: —No.
Cristina: —Entonces, ¿cómo?
Bruno: —He tenido parejas.
Cristina lo miró.
Cristina: —¿Tú?
Bruno: —¿Qué tiene de raro?
Cristina: —No sé.
Bruno: —¿Pensabas que nunca había estado con nadie?
Cristina: —No pensaba nada.
Bruno: —Claro.
Cristina: —¿Y cuántas?
Bruno sonrió.
Bruno: —¿Te da curiosidad?
Cristina: —No.
Bruno: —Entonces no preguntes.
Cristina: —Eres insoportable.
Bruno: —Pero no estoy mintiendo.
Cristina lo miró durante unos segundos.
Después bajó la vista hacia su café.
Cristina: —Termina de desayunar.
Bruno: —Sí, señora.
Más tarde, Cristina estaba en la cocina.
Llevaba un short de algodón y una camiseta amplia. Estaba de espaldas, ocupada con la comida, cuando entré.
Esta vez no me limité a pasar junto a ella.
Me acerqué por detrás.
Ella notó mi presencia.
Cristina: —¿Qué haces?
Bruno: —Nada.
la rodee por la cintura.
Cristina se quedó quieta.
Y no se apartó.
Me pegué deliberadamente a ella, lo suficiente para que Cristina notara la dureza de mi miembro contra su trasero.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Cristina no dejó de mover la cuchara.
Bruno tampoco la soltó.
Cristina: —Bruno…
Bruno: —¿Qué?
Cristina no respondió inmediatamente.
Bruno: —¿Te molesta?
Cristina se quedó callada.
Después giró un poco la cabeza para mirarlo.
Cristina: —Estás aprovechándote.
Bruno: —Tú empezaste.
Cristina: —¿Yo?
Bruno: —Sí.
Cristina me miró fijamente.
Yo le sonreí.
Cristina no se apartó.
Y esta vez, ninguno de los dos pudo seguir fingiendo que aquello era simplemente una broma.
Esa noche, mi padre no llegó.
Cristina recibió un mensaje cerca de las diez.
—No viene —dijo mientras dejaba el teléfono sobre la mesa.
Yo estaba sentado en la sala.
—¿Otra vez?
Cristina: —Parece.
Bruno: —¿Y eso te sorprende?
Cristina: —No.
No hablaron mucho más del tema.
Cristina terminó de recoger algunas cosas y después se sentó en el sofá.
Yo estaba al otro lado.
Durante unos minutos, ninguno dijo nada.
Cristina miraba la televisión.
Y yo la miraba a ella.
Cristina: —¿Qué?
Bruno: —Nada.
Cristina: —Ya me estás empezando a cansar con tu nada.
Bruno: —Entonces pregúntame algo.
Cristina me miró.
Cristina: —¿Qué quieres que te pregunte?
Bruno: —No sé. Tú eres la que me estaba haciendo preguntas esta mañana.
Cristina apartó la mirada.
Cristina: —Solo tenía curiosidad.
Bruno: —Ya lo sé.
Cristina: —No te creas tan importante.
Bruno: —Nunca dije que lo fuera.
Cristina se quedó callada.
Después de un rato, se levantó.
—Voy a ponerme más cómoda.
No respondí nada.
Unos minutos después, Cristina regresó.
Llevaba una bata ligera sobre su ropa de dormir.
Yo seguía sentado en el sofá.
Cristina se acomodó a mi lado y apoyó la espalda contra el respaldo. Después estiró las piernas y dejó los pies sobre mis piernas.
No me preguntó.
Simplemente lo hizo.
bajé la mirada hacia sus pies.
Cristina continuó mirando la televisión.
pasé una mano por uno de sus pies.
Cristina sonrió.
No apartó las piernas.
Y continúe acariciándola lentamente, primero el pie y después el tobillo.
La televisión seguía encendida frente a ellos, pero ninguno estaba prestando demasiada atención.
Seguí subiendo lentamente por su pierna.
Cristina permanecía recostada, tranquila, dejándose consentir.
De vez en cuando miraba la pantalla.
De vez en cuando me miraba.
Y cada vez que sus ojos se encontraban, ambos volvíamos a mirar hacia la televisión.
Pero mi mano continuaba subiendo.
Cristina no dijo nada.
Tampoco apartó sus piernas.
Y yo, cada vez menos distraído, continue acariciándola.
Pero mi mano continuaba subiendo.
Cristina seguía recostada en el sofá.
No me detuvo.
Ella continuó mirando la televisión, aunque ya no estaba prestando atención.
Mi mano se detuvo un momento.
Cristina bajó la mirada hacia él.
No dijo nada.
Solo sonreí .
Con la otra mano, apartó lentamente la bata de Cristina.
Ella no intentó cerrarla.
sigui acariciándola por encima de la ropa.
Cristina cerró los ojos.
Su respiración cambió.
Entonces deslice la mano por debajo de sus bragas.
Cristina abrió un poco más las piernas.
No dijo nada.
Simplemente se dejó consentir.
Yo ya no fingía que estaba distraído.
Cristina tampoco.
Yo continue acariciándola lentamente, atento a cada reacción de ella.
Cristina apretó los labios y volvió la cabeza hacia el respaldo del sofá.
sonrei y continue.
Cada vez más seguro de sí mismo.
Cada vez más atrevido.
ya estaba acariciando descaradamente la concha de mi madre, primero introduje un dedo después dos, abría esa vagina con unas ganas bestiales y metía y sacaba los dedos cada vez más rápido y fuerte.
Cristina dejó de fingir que veía la televisión.
Se giró hacia mí .
la miré .
Cristina no dijo nada.
Solo lo atrajo hacia ella.
A partir de ahí, la ropa empezó a sobrar.
la ayude a quitársela poco a poco, sin apresurarse.
Después en el cuello.
En los hombros.
Las tetas.
Y por último en la boca apasionadamente.
Bruno:- ahora veras que no mentía cuando dije que sabía de que hablo.
Baje lentamente besando todo su cuerpo hasta llegar a su vagina nuevamente, paso su lengua muy despacio de abajo hacia arriba, encontré el clítoris y empecé a jugar con el y mi lengua.
Ella gemia y se retorcía y tomó la cabeza mi cabeza para frotarse salvajemente hasta acabar.
Bruno:- ahora es mi turno, se desnudo completamente y la tomo por el cabello acercando la a su verga le ordenó abrir la boca y ella obedeció dándole una mamada deliciosa.
Bruno:- así así chupa mami que rico, lo sabes hacer muy bien
Cristina:- si mmmm así amor te gusta? ¿Te gusta que mami te coma la verga?
Bruno:- me encanta, me encanta lo putita qué eres, desde hace mucho tiempo quería tenerte así.
la separé , la recoste en el sofa y ella se abrió de piernas ofreciendo se a su nuevo macho.
Bruno:- preparate mami aquí voy.
De una estocada bruno se la clavé.
Ella dio un grito ahogado y continue bombeando con la intensidad de un joven cada vez más duro ella gemia y gozaba como una zorra.
El ritmo de ambos terminó cambiando.
Cristina dejó de intentar mantener el control.
Ya no había bromas ni provocaciones.
Solo respiraciones entrecortadas, cuerpos demasiado cerca y la sensación de que, después de semanas de tensión, finalmente habían cruzado el límite.
Bruno la sostuvo con más fuerza.
Cristina cerró los ojos.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.
Y entonces ambos llegaron al clímax casi al mismo tiempo.
Después, la habitación quedó en silencio.
Cristina permaneció recostada, respirando profundamente.
Bruno se quedó junto a ella.
Ninguno habló inmediatamente.
La televisión seguía encendida frente a ellos.
La misma película continuaba reproduciéndose, aunque ninguno sabía qué había ocurrido durante la última hora.
Cristina fue la primera en recuperar la compostura.
Se cubrió un poco con la bata.
Cristina: —No digas nada.
Bruno sonrió.
Bruno: —No iba a decir nada.
Cristina lo miró.
Cristina: —Te conozco.
Bruno: —No tanto.
Ella soltó una pequeña risa, aunque intentó ocultarla.
Después volvió a mirar hacia la televisión.
Durante unos minutos permanecieron en silencio.
No había romanticismo.
No había promesas.
Ni siquiera había una conversación sobre lo que acababa de ocurrir.
Solo una nueva realidad entre los dos.
Cristina ya no podía fingir que Bruno simplemente la molestaba.
Y Bruno ya no tenía que conformarse con imaginarla.
Finalmente, Cristina se levantó.
Se acomodó la ropa y recogió algunas cosas del sofá.
Bruno la observó.
Cristina: —¿Qué?
Bruno: —Nada.
Cristina: —No empieces.
Bruno: —No he dicho nada.
Cristina lo miró durante unos segundos.
Después negó con la cabeza y se alejó.
Bruno se quedó sentado en el sofá.
Sonriendo.
No porque estuviera enamorado.
No porque aquello hubiera cambiado sus sentimientos por ella.
Sino porque ahora sabía que Cristina también lo deseaba.
No porque estuviera enamorado.
No porque aquello hubiera cambiado lo que sentía por ella.
Sino porque ahora sabía algo que antes solo había imaginado:
Cristina también lo deseaba.
Y, desde esa noche, había una diferencia entre ellos.
Bruno ya sabía cómo hacerla perder el control.
Cristina ya sabía lo que él podía hacerle.
Y ese secreto les pertenecía a los dos.
Bruno la observó mientras ella se alejaba por el pasillo.
Cristina se detuvo antes de entrar en su habitación.
Volvió la cabeza.
Sus miradas se encontraron.
Ninguno dijo nada.
Cristina sonrió apenas.
Después cerró la puerta.
Bruno se quedó solo en la sala.
Sonriendo.
Ahora sabía que Cristina le pertenecía cuando estaban solos.
Que podía hacerla suya.
Y que, si volvía a encontrar el momento adecuado, ella probablemente volvería a dejarlo.
Aquella noche no había sido el final de nada.
Había sido la primera vez.
Y ahora que Bruno sabía lo que Cristina podía darle, ya no tenía ninguna intención de conformarse con una sola noche.
Espero lo disfruten tanto como yo lo hice, más adelante subiré algunos más con n3_n4s, una con la hija de Cristina.


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