Mi Primer Año con Maribel
Sudamérica. Anticipando futuros relatos, Nicolás hace un resumen de sus experiencias con Maribel (8 y 9) en el primer año de su relación..
El morbo sexual puede ser definido como el interés o la atracción a lo que es considerado como algo prohibido, inapropiado o muy difícil de conseguir para uno mismo. Tal definición, como habrán podido apreciar aquellos que hayan leído mis anteriores relatos, se ajusta muy bien a la relación que desde temprana edad mantuve con mi prima Maribel.
Un año había pasado desde que ella, a los ocho, y yo, a los doce, perdiéramos juntos la virginidad, y tan satisfactoria fue nuestra primera vez, que ya no pudimos ni quisimos parar. Siempre deseosos de probar cosas nuevas, intuitivamente fuimos aprendiendo y adoptando nuevas posturas, comenzando como era de esperarse con el misionero para luego pasar, en este orden, a otras como el vago, el jinete, el perrito y la cucharita.
Ningún rincón de la casa de Maribel se salvó de nuestros ataques de calentura. Habiéndonos limitado por un tiempo a hacerlo en su habitación, en un arranque de locura me la cogí una noche en el piso de la sala. Le siguió el baño algún tiempo después, y es que no me pude resistir a la tentación de estar con ella en la ducha. En la cocina, mi primita dejó unas patatas a medio pelar para, apoyada en el mesón, recibir gustosa mi miembro por detrás. La habitación de mi tía, por su parte, fue el escenario de nuestra única vez teniendo sexo con condón.
Sin temor a equivocarme, puedo decir que Maribel tuvo su temporada de mayor calentura a los nueve, y esto nada más cumplirlos. Todavía recuerdo cómo me montó aquel día con su vestido naranja, bien peinada y maquillada, para, apenas unas horas después, jugar a las muñecas junto a sus amigas con toda tranquilidad.
Los días pasaban y Maribel se hacía cada vez más temeraria, por no decir descuidada. Sin importar que hubiera gente en la casa, a tan solo una habitación de distancia, no dudaba en bajarse short y calzón para, sin un mínimo de vergüenza, masturbarse frente a mí y decirme con los ojos que fueramos a su cuarto
Así las cosas, el sexo en lugares públicos fue inevitable, pues mi primita estaba más que dispuesta a coger donde sea. Sin casi poder vernos durante las vacaciones de fin de año, tomamos la primera oportunidad que tuvimos, y lo hicimos en los inatendidos baños de un parque infantil. Con las vacaciones de mediados de año pasó otro tanto; Maribel las había pasado muy activa en la playa, así que, apenas volvimos a clases, no me pude resistir a su cuerpo tonificado, menos aún a su piel deliciosamente bronceada, y me la llevé detrás de unas aulas desocupadas de su escuela.
A lo anterior, como si no hubiese sido ya suficiente, de hecho hasta demasiado, a mi prima se le metió con fuerza la que, a día de hoy, es con toda seguridad la idea más descabellada que se le haya podido ocurrir. Un caso se hizo notorio en mi ciudad, y aquel morbo sexual al que me refiriera al inicio de este resumen despertaría en ella un incontenible deseo que acabaría por trastocar nuestra relación, haciéndola harto incómoda primero, pero llevándonos al mayor goce sexual después.
«¿Quieres que te embarace?», le pregunté, rendido a su deseo, que había terminado por convertirse también en el mío. «Jijiji, sí», respondió ella en el tono más juguetón. Poco y nada entiende una niña de nueve años sobre el sexo y sus posibles consecuencias, pero es tan difícil y hasta imposible negarse a semejante ofrecimiento.
Así concluye este resumen de mi primer año con Maribel, dando testimonio de hasta dónde puede llegar el deseo sexual a temprana edad cuando se cuenta con total libertad.

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