Mi primera vez con mi tio Venancio
En este relato cuento como experimenté el sexo cuando tenía 8 años, ojalá les guste..
Recuerdo que cuando era pequeña, mi mamá tuvo que ir de viaje y yo me quedé con mi tío Venancio. él era un hombre de treinta años que vivía cerca de nuestra casa. Tenía una relación muy dulce con él. Cada vez que nos visitaba jugábamos por horas y nunca se cansaba. En cambio yo, terminaba dormida en sus brazos.
Mi tío era un hombre de campo. Le gustaban mucho los animales y siempre decía que eran la mejor compañía porque no tenían maldad.
Después de una hora de viaje llegamos a su casa. No era muy grande, pero sí bastante acogedora. Mamá tocó varias veces la bocina y, después de cinco minutos, salió muy feliz a recibirnos:
—Hola, mis niñas, ¿cómo están? —saludó con los brazos abiertos de par en par.
—Hola, Venancio, ¿bien y vos? —respondió mamá dándole un fuerte abrazo y un beso en la mejilla.
—Hola, tío, bien —lo saludé extendiendo mis brazos.
—Mi princesa, ¡qué grande estás! —dijo tomándome de la cintura para alzarme.
—Sí, ahora tengo cinco —le dije abrazándolo de la cabeza.
—Sí, ya sos una señorita —me dijo mirándome con una sonrisa.
—Vamos a dentro y conversamos un rato.
—Bueno, sí, pero un ratito nomás.
—Está bien, pero che, algún día descansá. No se puede andar por la vida corriendo. A veces hay que hacer una pausa y disfrutar de lo que hay a tu alrededor.
—Sí, sería bueno. El problema es que después esas pausas no me pagan las deudas.
—Cambiando de tema, ¿qué estabas haciendo que te demoraste tanto?
—Estaba dándole de comer a los animales.
—Ah, con razón. Siempre con los animales.
—Y bueno, ¿qué querés? Es mi forma de entretenerme.
—Y aquí en el medio de la nada tenés que ser muy creativo para no aburrirte.
Mi mamá le explicó que me iba a quedar con él por un mes, porque ella tenía que viajar por trabajo y, en cuanto aceptó cuidarme, se fue.
Ya solos, nos pusimos a ver un poco de televisión. Él me recostó sobre su pecho y sobaba mi pierna izquierda que estaba flexionada. Su mano se deslizaba continuamente desde la rodilla hasta mi glúteo y mi entrepierna. No quería salirme de ahí, era tan relajante la caricia que me había quedado sin fuerzas. De vez en cuando se me escapaban suspiros tan profundos que me hacían temblar. Luego me acomodó a horcajadas sobre su regazo y lo miré con los ojos entrecerrados; sin perder tiempo me besó el rostro y al mismo tiempo deslizaba su mano continuamente desde mis costillas hasta mi cadera. Mi piel se había erizado y a veces mi respiración se escapaba por mi boca chocando tibia contra la de él. Su entrepierna se había ubicado de a poco entre mis labios y me la friccionaba lentamente. Su cuerpo se desesperó, sus palmas se hicieron sentir un poco más junto con su bulto y sus labios succionaban los míos por separado. Me corrió el cabello que estorbaba mi vista, sus ojos estaban cerrados. Mi ropa interior se impregnó de una humedad cálida. Mi braga se fue gastando hasta dejarla descubierta. Las caricias se detuvieron por unos segundos, la estática del cierre de su pantalón se escuchó a lo lejos por la interferencia de la tele. De pronto sentí su piel haciendo contacto con la mía. Buscaba la entrada a tientas hasta que el instinto lo guió. Presionó, sentí un hormigueo intenso empapado por un líquido resbaloso. Mi piel se hidrató y mi intimidad se estiró para recibirlo. Mi interior latía ardiente y él me mecía empujando con su pene mis jadeos. Me tomó de las nalgas, las amasaba y presionaba para encontrar más profundidad y logró que la mitad se refugiara.
El mar de caricias duró cerca de cinco minutos. Toda la energía que se había acumulado durante todo el acto se descargó haciéndome convulsionar con contracciones eléctricas que corrían por mi pierna que me hacían levantar los dedos de los pies. Me desvanecí sobre él, que a los segundos disparó tres chorros calientes y generosos en mi sexo. Me recostó sobre el sofá, se acostó sobre mí y me acariciaba las mejillas, yo lo miraba fijo con mi pecho subiendo y bajando al ritmo de mi aliento entrecortado.
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