Mi tía la monja viene a mi consulta 1
Soy ginecólogo mi tía monja anciana necesita atención especial por sus molestias íntimas..
Mi tía Sor María de la Luz, de setenta y cinco años, entró con su andar pausado, el hábito gris oscuro barriendo el suelo linóleo. Me saludó con ese gesto sereno que siempre tuvo, una mezcla de bondad y distancia. Pero en sus ojos, esos ojos color de avellana que yo conocía desde niño, detecté un destello de incomodidad, una sombra de vergüenza.
“Juan Carlos”, dijo, usando mi nombre de pila como solo ella lo hacía. “Vengo por las molestias. Es… la sequedad. El picor. Duele a veces”.
Su voz era un susurro, como si confesara un pecado capital. Me senté frente a ella, tomé su historial. Menopausia a los cuarenta y cinco, celibato perpetuo por votos sagrados. Un cuerpo que, teóricamente, había renunciado a todo lo carnal décadas atrás.
La examiné. La ayudé a subir a la camilla, esa fría superficie de vinilo que había visto tantos cuerpos, pero nunca uno como el suyo. Cuando se recostó y separó las piernas, detrás de la cortina azul que ocultaba su rostro del procedimiento, contuve la respiración.
No era la vulva atrófica que esperaba ver en una mujer de su edad y su historia. Sus labios, aunque rugosos por los años, mantenían una firmeza sorprendente, un tono rosado que hablaba de una vitalidad secreta. Y el vello púbico, escaso pero presente, entrecano y blanco como la nieve, me pareció de una belleza extraña, casi sagrada. Pero sí, la sequedad era evidente. La mucosa brillaba de forma poco saludable, sin el brillo de la lubricación natural.
“Necesito una muestra de flujo, tía”, expliqué, intentando que mi voz sonara profesional, el mismo tono que usaba con todas mis pacientes. “Para descartar una infección o un desbalance hormonal”.
Intenté con el hisopo, pero fue inútil. Seco como el desierto. “¿En algún momento tienes secreción?”, pregunté, ya sabiendo la respuesta que buscaba.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier palabra. Luego, un suspiro tembloroso atravesó la cortina. “Solo… solo cuando caigo en la tentación”, murmuró, su voz quebrada por la culpa. “Cuando mi mente débil recuerda… cosas. Y luego rezo. Pido perdón a Nuestro Señor.”
Sus palabras no fueron solo una confesión. Fueron un detonante. Una imagen se formó en mi mente, nítida y prohibida: mi tía, en la austeridad de su celda, tocándose a escondidas, luchando contra un pliego que sus votos le negaban. Un calor repentino, intenso y vergonzoso, ascendió por mi vientre. Sentí la sangre acumulándose donde no debía, una traición de mi propio cuerpo.
“Entonces”, dije, y mi voz me sonó ajena, más grave de lo normal, “podríamos intentar replicar ese estímulo. Para obtener la muestra. Podrías… pensar en algo. En alguna de esas fantasías.”
“No puedo”, suplicó ella, y en su voz había un matiz que no era solo negación, era una petición. “No soy fuerte. Ayúdame, por favor. Haz lo que sea necesario.”
Esa fue la licencia. El permiso en clave. Con manos que apenas temblaban, saqué el transductor de la ecografía transvaginal. Envolví el frío plástico gris en un preservativo estéril, apliqué una generosa cantidad de gel lubricante.
“Esto puede estar frío”, advertí, mientras con una mano separaba sus labios y con la otra guiaba el instrumento. Ella contuvo la respiración cuando la punta hizo contacto, luego un gemido ahogado, de sorpresa o de algo más, escapó de sus labios cuando lentamente, centímetro a centímetro, el aparato penetró su sequedad.
Una vez dentro, comencé un movimiento suave, de vaivén, imitando el ritmo más básico y primitivo. Al principio fue mecánico, clínico. Pero luego, algo cambió. Su respiración se hizo más profunda, entrecortada. Un sonido húmedo, glorioso, comenzó a acompañar cada movimiento. La sequedad se estaba disipando, reemplazada por la lubricación que tanto necesitábamos.
“Ya está”, murmuré, viendo cómo el gel se mezclaba ahora con su propia humedad. “Ya tengo la muestra.”
“No… no pares”, jadeó ella, y sus dedos se aferraron a los bordes de la camilla. Tenía los ojos cerrados, su rostro, visible ahora porque me asomé, estaba contraído en una mueca de concentración extrema, de abandono.
Esa frase, ese permiso final, rompió el último dique de mi cordura profesional. La erección que había estado luchando por contener se volvió dolorosa, insostenible, palpando contra el interior de mis pantalones de vestir. No pensé. Solo actué.
Con movimientos rápidos y furtivos, bajé mi pantalón y mi ropa interior. Saqué el transductor, dejándolo colgando del cable como un testigo mudo. Y entonces, con el corazón martilleándome los oídos, me acerqué. Apliqué más lubricante sobre mi propio miembro, ya completamente erecto y palpitante, y lo coloqué a la entrada de su vagina, ahora brillante y receptiva.
El contraste fue abismal. El frío plástico del aparato versus el calor vivo de mi carne. Ella lo sintió de inmediato. Sus párpados se abrieron por un instante, una mirada de confusión pasajera que se disolvió en un placer más profundo.
“Se siente… diferente”, murmuró, sin abrir los ojos. “Más… lleno. Pero no pares. Por la Virgen, no pares.”
Esa fue la orden que necesitaba. Agarré sus caderas, sintiendo la delgadez de su cuerpo bajo el hábito subido, y comencé a empujar. Ya no era un movimiento clínico, era salvaje, necesario, impulsado por una lujuria que había hervido a fuego lento durante toda la consulta. Su interior, ajustado y cálido, se adaptaba a mí de una manera que no tenía sentido, que era un sacrilegio y una revelación al mismo tiempo. Ella arqueaba la espalda, sus gemidos ya sin restricción, un mantra de “sí, sí, sí” que salía entre jadeos.
El climax me tomó por sorpresa, un tsunami que partió desde la base de mi espina dorsal. Enterré mi rostro en el hueco de su cuello, oliendo a jabón simple y a sudor santo, mientras me vaciaba dentro de ella con sacudidas violentas e incontrolables. Ella gritó, un sonido agudo y corto, y su cuerpo se tensó como un arco antes de desplomarse, jadeante, en la camilla.
La realidad regresó como un balde de agua helada. Me separé rápidamente, viendo con una mezcla de horror y fascinación cómo mi semen, blanco y espeso, comenzaba a mezclarse con sus fluidos y a escurrirse por sus labios rosados y sobre la sábana de papel desechable.
“Espere”, dije, mi voz ronca. “Ya tengo la muestra necesaria.”
Con una frialdad que me asustó, tomé un frasco estéril de la bandeja y, con una espátula, recogí cuidadosamente la mezcla de nuestros fluidos. Era la muestra más perversa que jamás había tomado.
“Puede ir al baño a limpiarse y vestirse”, indicé, mientras yo mismo me recomponía, subiéndome los pantalones, lavándome las manos con un fervor que pretendía ser higiénico pero que sentía como un exorcismo fallido.
Cuando salió, ya con su hábito impecable y su rostro sereno, aunque con las mejillas ligeramente sonrojadas, le entregué el frasco.
“Lo enviaré al laboratorio”, mentí. “Pero no parece grave. Le receto estos óvulos y esta crema con estrógenos. Se aplica por la noche.” Luego, alargándole el frasco con nuestro contenido, añadí la mentira más grande: “Y esto es una vitamina de acción rápida. Debe tomársela ahora mismo, para aliviar las molestias de inmediato. Es muy efectiva.”
Ella, con una confianza que me partió el alma, tomó el frasco, destapó el tapón de rosca y, sin dudarlo, se lo llevó a los labios. Bebió cada gota, limpiándose después con el dorso de la mano con un gesto inocente. Su lengua capturó una última gota blanca en la comisura de su boca.
“Sabe… salado”, comentó, con una leve mueca.
“Los minerales”, improvisé.
“Quisiera verla en quince días”, propuse entonces, conteniendo la respiración. “Para un control.”
Una sonrisa genuina, amplia, iluminó su rostro. “Claro, sobrino. Vendré. Y…” bajó la voz, como si compartiera un secreto de confesionario, “traeré a la Madre Superiora. La pobre sufre de lo mismo, pero le da mucha vergüenza decirlo.”
Un nuevo escalofrío, esta vez de anticipación pura y dura, me recorrió la espalda. “Encantado”, respondí, y lo sentí. “Será un honor atenderla.”
Nos despedimos con un beso casto en la mejilla. El suyo olía a lavanda y a algo indefiniblemente íntimo. El mío, seguramente, a culpa y a lujuria.
Cuando la puerta se cerró, me apoyé contra la pared, mirando el frasco vacío en mi mesa. No había rastro de remordimiento. Solo una excitación profunda, renovada, y la imagen vívida de la Madre Superiora, otra sierva de Dios, esperando en mi camilla. Quince días me parecieron una eternidad. Continuará…..


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