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Heterosexual, Incestos en Familia, Intercambios / Trios

Mi tío Alberto y yo desvirgamos a mi hermanita Lidia la misma noche que cumplió 18 años.

Mi tío Alberto y yo desvirgamos a mi hermanita Lidia la misma noche que cumplió 18 años..
Mi tío Alberto y yo desvirgamos a mi hermanita Lidia la misma noche que cumplió 15 años.

La fiesta en la finca de los abuelos estaba descontrolada. Música ranchera a todo volumen, olor a carne asada, ron barato y sudor. Lidia, con su vestidito blanco corto que apenas le tapaba el culo, ya estaba completamente borracha. Mi papá le había estado dando tragos toda la noche, riéndose: “Ya sos una mujercita, mija, tomá como las grandes”. A la 1 de la mañana la nena no podía ni tenerse en pie. Sus ojos estaban vidriosos, las mejillas rojas y se reía tontamente mientras se tambaleaba.

La cargué en brazos. Sentí sus tetas firmes apretadas contra mi pecho y el calor de su coñito entre mis dedos cuando la sostuve por debajo del culo. La llevé hasta la habitación de huéspedes del fondo. Al abrir la puerta, ahí estaba mi tío Alberto, de 51 años, tirado en la cama con los pantalones en los tobillos, fumando un cigarro y jalándose lentamente su verga gruesa y venosa.

Esa pinga era una monstruosidad: 17 centímetros de carne oscura, gruesa como mi muñeca, con venas marcadas y un glande morado e hinchado que brillaba de precum. Los huevos peludos y pesados le colgaban sudorosos.

—Pasa, sobrino —dijo con voz ronca y tranquila, sin dejar de pajearse—. Cerrá la puerta.

Recosté a Lidia en la cama. Apenas la solté, su falda se subió sola y dejó ver sus panties blancos de algodón con ositos, completamente empapados. Una gran mancha amarilla de orina tibia en la entrepierna y una humedad transparente y pegajosa que le brillaba en los labios.

Mi tío soltó una risa baja y perversa.

—Mirá cómo está la putita… meada y cachonda. Hay que limpiarla bien.

Se levantó, pinga bamboleándose pesada, y le bajó los panties despacio por las piernas. Me los lanzó a la cara.

—Huele, Iván. Eso es olor a concha virgen.

Me enterré los panties en la nariz y la boca. El olor era brutal: orina caliente, jugos dulces y ácidos de hembra joven, un toque de sudor. Mi verga se puso durísima al instante. Me desabroché los pantalones y la saqué: 16 centímetros gruesos, rectos, con la cabeza hinchada y chorreando hilos de precum.

Mi tío se quitó la camisa, dejando al descubierto su torso velludo, fuerte y bronceado por años de trabajo en la construcción. Se arrodilló entre las piernas de Lidia, le abrió los muslos con fuerza y escupió directo en su coñito.

La vagina de mi hermanita era preciosa: pequeña, rosada, casi sin pelo, solo un suave vello rubio. Los labios mayores cerraditos, inocentes. Mi tío pasó su lengua gruesa y áspera desde el culito hasta el clítoris. Lidia se retorció y soltó un gemidito borracho.

—Ufff… qué rica está —gruñó él.

Empezó a comerle el coño con hambre. Lamía fuerte, chupaba los labios, metía la lengua dentro de esa rajita estrecha, sorbía los jugos que ya empezaban a brotar. La barba se le empapó completamente. La concha de Lidia se hinchó rápido: los labios se pusieron gordos, rojos y brillantes, el clítoris se asomó duro como un botoncito. Cada vez que le metía la lengua, ella movía las caderas inconscientemente, abriendo más la rajita.

—Mirá, sobrino… ya se le está abriendo la concha. Está pidiendo verga.

No aguanté más. Me subí a la cama. Mi tío se incorporó, la pinga brillante de saliva y jugos de Lidia. Me miró con esa sonrisa de macho:

—¿Quién la abre primero?

—Usted, tío… quiero ver cómo le rompe el himen.

Mi tío escupió en su glande, acomodó la cabeza gruesa contra esa rajita virgen y empujó. El glande entró con dificultad, estirando los labios rosados al máximo. Lidia soltó un quejido largo y ahogado. Él siguió empujando lento pero firme, centímetro a centímetro, hasta que sintió la resistencia del himen.

—Ahí está… —gruñó.

Dio un empujón fuerte y seco. Lidia arqueó la espalda y gimió fuerte:

—¡Aaaahh!

Se vio claramente cómo la verga de mi tío rompía el himen. Un hilito de sangre virgen mezclada con jugos salió alrededor de la pinga. Él soltó un gemido de puro placer y empezó a follarla con embestidas profundas y lentas, cada vez más fuertes. La cama crujía. Las tetas de Lidia saltaban dentro del vestido. Se le veía la verga entrando y saliendo, cada vez más manchada de rojo y crema blanca.

—Qué concha tan apretada, carajo… está estrangulándome la pinga.

Después de varios minutos la sacó. Su verga estaba completamente cubierta de sangre virgen y jugos. Me miró:

—Ahora vos, Iván. Metésela toda. Desvirgala vos también.

Me acomodé entre sus piernas abiertas. La concha de Lidia estaba hinchada, roja, abierta, chorreando. Apoyé mi glande y empujé. Estaba caliente, resbaladiza y extremadamente apretada. Sentí cómo los restos de su virginidad cedían alrededor de mi verga. Entré hasta los huevos de un solo empujón y gruñí como animal.

—Joder… está ardiendo por dentro.

Empecé a cogérmela con fuerza, agarrándole las tetas, pellizcándole los pezones duros. Mi tío se puso al lado de su cabeza, le abrió la boca y le metió la pinga sucia de sangre y jugos hasta la garganta. Lidia, borracha y medio inconsciente, solo gemía y tragaba por reflejo.

La follamos así por casi una hora. La cambiamos de posiciones: la puse en cuatro y la cogí por atrás mientras mi tío le comía el coño por debajo. Luego la sentamos entre los dos y la penetramos al mismo tiempo: mi tío le metió la verga en la concha otra vez y yo le follé la boca hasta que le corrí por primera vez en la garganta. Chorros espesos y calientes que ella tragó entre toses.

Finalmente, la puse de nuevo en misionero. Mi tío me dijo:

—Terminá adentro, sobrino. Llenale el útero.

Aceleré las embestidas, sintiendo cómo su concha me apretaba. Con un rugido le descargué todo: chorros potentes y espesos de semen que le llenaron la vagina hasta rebosar. Cuando saqué la pinga, salió un río de semen blanco mezclado con sangre virgen que le chorreó por el culo y manchó las sábanas.

Lidia quedó tirada en la cama, con el vestido subido, las piernas abiertas, la concha destrozada, roja, hinchada y abierta como un túnel, palpitando y expulsando semen lentamente.

Mi tío y yo nos miramos jadeando, con las vergas todavía semi-duras y sucias.

—Buen trabajo, sobrino —dijo él, dándome una palmada fuerte en la espalda—. Ya es nuestra putita. Mañana le seguimos enseñando a chupar y a tomar verga por el culo.

Limpiamos un poco el desastre, le bajamos el vestido y la dejamos durmiendo como si nada hubiera pasado.

Esa noche marcamos a Lidia para siempre.

Y apenas era el comienzo.

21 Lecturas/23 abril, 2026/0 Comentarios/por Yorg77
Etiquetas: culito, culo, hermanita, mayores, semen, sobrino, vagina, virgen
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