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Heterosexual, Incestos en Familia

Mis primas Elizabeth y Vale

Contaré lo que mis priman hacían cuando eran niñas y jugábamos, entre los primos, al “papá y la mamá” o al “doctor”..
He narrado que en la familia de mi mamá se da mucho el incesto, quizá iniciado por mi abuelo materno quien, dicen varios de los tíos, se cogió a todas sus hijas, seguramente contando con la complicidad de mi abuela quien se hacía la que no se daba cuenta. La familia es muy numerosa y todos católicos muy devotos, incluso un tío es obispo y dos primos son sacerdotes cogelones, me consta de uno: Diego, de quien desde niña estoy enamorada. También mis tíos, escondidos, se dieron cuenta de las prácticas del abuelo y se animaron a coger con sus hermanas. Al parecer, las únicas barreras eran la edad pues los hermanos menores no accedían fácilmente a coger con las hermanas mayores, pero los hombres mayores sí disponían fácilmente de todas las hermanas.

Por lo general, no nos permitían convivir con niños que no eran familiares, “No sabemos qué costumbres tengan”, decían los adultos, pero sí jugábamos mucho entre nosotros, propiciando el incesto. Los juegos del “papá” y la “mamá” o del “doctor” fueron el inicio, pero después eso se convertía en verdaderas orgías que iniciaban pidiendo que enseñáramos nuestros sexos. Las niñas de un lado y los niños enfrente.

Todos nos quitábamos la ropa de abajo, sin pantalones ni calzones, y nos mostrábamos, luego se acercaban los primos con la verga muy parada y nos la ponían entre las piernas deslizándola hacia adelante y hacia atrás. Yo, a mis doce años, tenía las tetas grandecitas y me subía el vestido hasta mostrarlas para que me las chupara el agraciado que me limaba la pucha. Por lo general no nos penetraban por la vagina, pero era frecuente que sí lo hicieran por el ano.

Elizabeth, la menor de todas con sus diez años, pero la que más experiencia tenía ya que inició desde pequeña en la cama de sus padres. Yo veía que Elizabeth de inmediato se tiraba a los primos  y hermanos a la cama, los arrastraba y rodaba para quedar ella abajo, y ella misma les colocaba el pene en la entrada de la pepa para que los primos se la metieran. Una vez vi que su hermano Humberto, de doce años, cerrando los ojos lanzó quejidos y Elizabeth se movió más aprisa abrazándolo más fuerte hasta que Humberto dio un grito de satisfacción quedándose quieto y mi prima lo soltó porque el pito se le salió. Humberto jalaba aire y ella lo rodó hacia la cama. “¿Te gustó así, manito?”, le preguntó Elizabeth sonriendo, sabedora de lo que había logrado. “Sí, ¡sentí riquísimo! Nunca había sentido tan bonito…”, contestó Humberto aún con los ojos cerrados y tenía una gota blanca entre el glande y el prepucio. Era la primera vez que mi primo se venía…

Mi prima me contó que ella exprimió a tres de mis primos por primera vez y que le gustaba sentir el calorcito del semen en la vagina. También me dijo que ya había recibido semen de otros vecinos, todos de quince años o más.

–¿Y cómo le haces para verlos, si no nos dejan hacer migas con otros? –le pregunté.

–Siempre es posible, Ishtar. Pero no te recomiendo que lo hagas porque tú deberías ponerles condón para que no te hagan niño –dijo, dejándome claro que yo no podría sentir ese calorcito ya.

Sí, seguí siendo virgen hasta los quince, cuando mi gran amor, mi primo Diego, me penetró con condón.

Elizabeth, a su edad, era muy experimentada en el sexo y yo la envidiaba por eso. Su carácter alegre, cara bonita, piernas torneadas y nalguitas paradas, además de su movimiento, la hacían preferida de todos los primos, incluidos sus tres hermanos. En una ocasión, cuando tres primos estaban con los calzones abajo y los penes estirados, ella propuso un juego.

–A ver, pónganse como si fueran niñas –les dijo a los primos. Dos de ellos se voltearon dejando ver las nalgas–. No, fíjense y miren, así…

Dijo tomando al del pene de Raúl, el más pequeño, doblándolo hacia abajo para ponérselo al primo entre las piernas y le ordenó que las cerrara para que no se le saliera. “Ustedes también pónganse así”, les ordenó.

–¿Así está bien? –preguntaron los otros después de obedecerla.

–Sí. ¡Que bonitas se ven, de nenas…! –les dijo y lamió los pubis.

Luego tomó a Francisco, que era el mayor de los tres, le hizo abrir las piernas y saltó la verga como resorte.

–¿A cuál de estas dos nenas te gustaría cogerte? –le preguntó y antes que Francisco contestara, le mamó la verga y lo chaqueteó un poco para que se mojara.

–A ésta –contestó al señalar a Raúl, y Elizabeth le acercó la verga colocándosela entre las piernas de “La nena” elegida–. Pues cógetela así…

Los primos se tomaron de las nalgas y comenzaron el movimiento, en poco tiempo, el roce de los sexos les hizo cerrar los ojos y evadirse de su condición. Hasta que Francisco eyaculó. Dejando el pene de Raúl cubierto de lefa, la cual Elizabeth limpió con la boca. ¡Me quedé asombrada!

Días después le pregunté si no le dio asco tomar el semen, y ella me contestó que no, que siempre le ha gustado, más el de su papá, quien le ponía el pene como biberón desde que ella era pequeña. Aclaro que los padres de Elizabeth son primos hermanos.

–¿Y qué dice tu mamá? –pregunté curiosa.

–Nada, mamá sabe que a mí me gusta limpiárselo después de que papá se viene en ella –confesó sin desparpajo.

Al tener la menarquía, le dijo su mamá a Elizabeth que ahora su papá usaría condón cuando cogiera con ella. Además, le advirtió que no permitiera que alguien eyaculara dentro de ella porque la harían mamá. Me puse verde de envidia al saber que su papá se la cogía desde pequeña ya que yo siempre quise eso para mí. Nunca pude seducir a mi padre y él murió años después.

Mi prima se casó a los 22 años, pero a los pocos meses se separaron. Según supe, su marido había aceptado que, de vez en cuando, ella se tirara a algún amigo pues, desde novios, Elizabeth le advirtió que ella cogía con quien se le antojaba, pero lo que dejó en shock a su esposo fue descubrir que ella cogía regularmente con los hermanos y el papá. Pasaron dos años para que volvieran a vivir juntos, pues su marido se convenció que con ninguna cogería mejor que con ella.

Hace poco, en una reunión del cumpleaños de su mamá, le pregunté con cuántos se había acostado.

–Con casi todos los primos, desde que éramos niños y seguimos. Además, con los tíos Efraín y Ruperto. Además, con más de cien que no son de la familia, pero desde que volví con mi marido y nació mi primer hijo raras veces me tiro a alguien que no sea de la familia –contestó desparpajadamente.

–¿Con Felipe y con Diego? –pregunté temerosa.

–Felipe, tu ex, es un puto muy usado por casi todas las mujeres de la familia, obviamente también por mí, coge muy rico, eso lo sabes tú. Con el padrecito Diego, no, ¡ni Dios quiera que yo vaya a pecar con un santo! –lo que me dejó tranquila porque Diego es sólo para mí.

Por el contrario de Elizabeth, Vale, otra de mis primas, prácticamente no ha cogido con los primos, aunque sí con su hermano Teo y con su papá, mi tío Ruperto. Por cierto, desde que murió su esposa, él ya no coge con ninguna mujer de la familia, no sé si porque no desea molestar a Vale con los celos.

Ruperto es otro hermano de mi mamá. Él es un año mayor que el tío Efraín. Ellos cogían con las dos hermanas menores que mi mamá, pero también se metían con algunas sobrinas, unos pocos años menores que ellos. Particularmente, Efraín desvirgó a Mague, mi hermana mayor. Nunca supe si mi hermana también estuvo en el regazo de Ruperto, pero seguramente no, pues él se casó muy joven con una chica a la que embarazó a los pocos días que él le enseñó cómo hacer el amor.

De ese embarazo nació Vale, una hermosa niña que no se despegaba de su papá. A los dos años nació Teo y cuatro años después murió la madre de ambos. Desde que Vale tenía un año, mi tío le complementaba la ración de leche que le daba su mamá, sin que la tía se enterara. Cuando nació Teo, el tío Ruperto se encargaba de bañar y vestir a Vale, quien se prendía del pene para chuparlo a la primera oportunidad, pero ya había aprendido que nunca debía hacerlo cuando la tía estaba presente. A veces, cuando la tía no estaba, y el tío cambiaba o bañaba a los dos, Vale también le chupaba el pitito y los huevos a su hermanito. “Golosa” le decía el papá y ella sonreía y abría las piernas para que el papá le chupara su rajita mientras ella seguía saboreando el penecito de su hermano.

–Ahora te haré con esto, mi nena… –un día le dijo Ruperto a Vale y le paseó la verga lubricada con presemen por las nalgas, el periné y la panocha, restregando especialmente el glande en su botoncito.

Vale calcula que fue a los cuatro años, cuando su papá le metió la puntita del glande por el ano, mientras ella le chupaba el pene a Teo, quien también aprendió que no podían jugar así frente a su mamá. Todos dormían en un mismo cuarto, pero en dos camas.

Mis tíos, casi siempre, cogían después que dormían los niños y antes que estos despertaran. Al menos eso creía la mamá, pero ellos miraban y aprendían en silencio.

Asimismo, Vale y Teo intentaban practicar cuando estaban solos lo que veían hacer a sus padres. También, Vale le exigía a su papá que a ella le hiciera lo mismo que él le hacía a su mamá. Ella quería sentir todo el pene adentro. Le pasó lo mismo que a mí, que se me antojó la tranca de mi papá cuando la veía entrar y salir muy mojada y reluciente de la vagina de mamá.

A los cinco años, Vale sintió dolor cuando el padre le metió la verga por el ano, pero lo soportó porque ella lo había pedido insistentemente.

Una vez que el padre le rompió el culo, uno de los juegos preferidos era mamarle el pitito a Teo y recibir leche en los intestinos.

Una ocasión, en la casa de los abuelos, Vale y Teo entraron a una recámara donde dos parejas de primos estábamos “jugando”. Ellos se quedaron en la puerta viéndonos y cuando nos dimos cuenta, los invitamos. “Vengan a jugar, sólo bájense los calzones”, les dijo Raúl, tomando a Vale de la mano.

–No. Ya nos vamos –contestó, separando la mano de Raúl.

–Bueno, pero no les digan a los demás lo que vieron –le dije a Vale acariciando su cara y le di un beso a Teo,

–No diremos nada. Adiós –dijo Vale con sequedad, sin dejar de verles los penes a los hombres.

Días después, Vale y yo coincidimos en casa de los abuelos. La abuela nos sirvió un helado y nos conminó a que saliéramos a tomarlo en la mecedora del portal mientras ella continuaba con el aseo de la casa. Aproveché para platicar con ella.

–¿Por qué no quisieron jugar con nosotros el otro día? –pregunté de manera casual.

–Desde que mi mamá murió, yo sólo cojo con mi papá y, a veces con mis entrenadores, cuando vamos de competencias, aunque mi papá no sabe que lo hago con ellos –aclaró sin remilgos.

Vale siempre ha sido muy estudiosa y obtenido primeros lugares en competencias o concursos. Específicamente el waterpolo y las matemáticas donde ha formado parte de las seleccionadas estatales. También Teo juega futbol, pero no le gustaron las ciencias al grado de participar en eso. Vale tenía ocho años cuando murió su mamá. Ella ocupó su lugar en la cama matrimonial, ya como la única mujer de su padre, que ella perdió la virginidad vaginal y, desde entonces, cada noche recibía la leche de su amado padre.

 

–¿Qué dijo Teo de lo que vio con nosotros? –pregunté más directamente aprovechando su apertura al diálogo.

–Él me dijo que sí se quería quedar, pero fue porque le gustaron tus tetas, yo creo que ha de extrañar las de mamá –y sí, yo tenía 14 años y mi tetamen estaba creciendo bastante.

–¿Él se las mamaba a mi tía?

–Sólo de pequeño, pero cuando veíamos coger a mis papás, él me apretaba los pezones al ver cómo mamaba mi papá, yo creo que se le quedaron las ganas desde entonces –explicó.

–Lo hubieras dejado, se hubieran quedado… –dije en tono lastimero.

–No, porque los primos también me hubieran querido coger a mí y yo no quiero con ninguno de ellos. Me gustan los penes grandes y los niños los tienen chiquitos. Yo sólo dejo que Teo me coja, pero no siento nada, sólo lo hago para agradar a mi papá que me pide que deje que Teo me lo meta. Mejor después tú se las das a probar –solicitó.

–Con gusto lo haré para darle ese placer a mi primito –le dije y ella sonrió, asintiendo con la cabeza.

Antes de una semana yo fui a visitarlos. Vi una foto que me gustó: Vale y mi tío estaban con ropa en la cumbre de un cerro, seguramente en el Ajusco, y el tío Ruperto la tenía tomada de la cintura con una mano y del pecho con la otra. A juzgar por el pelo y el vestido de Vale, ellos estaban girando, dando vueltas. Vale, con la cara llena de felicidad gritaba y extendía las manos.

–Allí hacíamos “el avioncito” al aire libre pues había mucho espacio. Nadie nos veía, sólo Teo quien tomó la foto, ¡estuvo riquísimo! –me dijo sonriendo.

–¿Estaban cogiendo? –pregunté pues veía que estaban vestidos.

–Sí, yo me quité los calzones. Mi papá se sacó la verga de la bragueta y me cargó de espaldas a él. Yo abrí las piernas y papá me metió la verga al inclinarme. Luego, ¡a dar vueltas! –explicó mi primo y me contó de otras cogidas memorables con su papá que yo escuchaba con envidia.

–Bueno, yo vine a ver a Teo, aprovechando que tu papá se fue a trabajar –dije y tomé a mi primo de la cabeza para sobarla en mi busto.

Vale sonrió al ver la gran emoción de Teo y ella nos ayudó a desnudarnos. Teo tuvo lo que esperaba. No estuvo mal, me apachurraba el pecho y abría la bocota para disfrutarme mejor. Su verguita ni cosquillas hacía, ¡qué bueno, pues yo seguí siendo virgen! Al año siguiente Diego me hizo mujer, aunque con condón…

Ya cuando yo tenía más de treinta años y estaba embarazada esperando a Lucy, Vale me felicitó efusivamente sobándome la panza.

–¡Qué emoción, vas a tener un bebe! –dijo y recargó su cara sobre mi vientre.

Ella me acaricio la panza y sintió las pataditas en su cara. Sonrió y exultante me gritó muy alegre “¡Siento a mi sobrinito, qué padre!”. Pero de pronto, su semblante cambió radicalmente y comenzó a llorar. La abracé y, con su cabeza recargada en mis tetas, la acaricié hasta que se calmó-

–¡Cuídate mucho, Ishtar, este crío tiene que nacer bien! –me dijo con los ojos llorosos– Yo ya he perdido dos… –me quedé sorprendida, pues nunca la vi embarazada–. Ningún embarazo pasó de tres meses.

–Cuéntame, Vale. Yo no sabía eso –supliqué.

–Sólo lo saben mi papá, mi hermano y el tío Enrique, quien me atendió en su hospital. Ambos abortos fueron repentinos, sin causa aparente –reveló Vale.

–Pero debe haber una explicación… –insistí.

–El tío Enrique concluyó que es muy posible que haya problemas en el caso de incesto, y que sería peligroso para mi salud volver a intentarlo y me ligó. Lo bueno es que, desde entonces, Teo ya no se pone condón cuando participa en los tríos con papá.

Hace pocos años murió mi tío Ruperto, pero Vale se quedó con el servicio de Teo y, a veces, otros primos.

6 Lecturas/28 agosto, 2026/0 Comentarios/por Ishtar
Etiquetas: cumpleaños, hermana, hermanos, incesto, mayor, mayores, primos, sexo
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