Mis queridas nietas
Un abuelo se va a vivir con su hija, yerno y sus dos nietas; lo que creía que sería una nueva vida siendo un buen abuelo se convierte en un viaje lujurioso y prohibido.
MIS QUERIDAS NIETAS
Cuando me mudé a vivir a casa de mi hija Yezabel con sesenta y cinco años, creí que ya no podría sentirme tentado físicamente por mi hija, pero, en cambio aquella mórbida fijación filial luego se iba a trasladar a mi nieta mayor. En esos momentos ni siquiera pensaba en nada de eso, solo quería vivir una vida tranquila, lejos del centro, poner un negocio familiar e intentar ser un buen y listo abuelo.
Después de jubilarme de la empresa donde trabajaba de supervisor general… Mi vida pasó a una nueva etapa, pero ya no tenía a la madre de Yezabel que había fallecido de cáncer hace más de diez años. Y la casa me parecía tan grande que decidí venderla, mis hijas me decían que querían que me fuera a vivir con una de ellas, porque tenían espacio de sobra, y así con el dinero que habría ganado vendiendo la vieja casa podría hacer un buen negocio o con Yezabel o con Maritza. Pero como mi segunda hija vivía en la sierra fría del centro del país, me decidí por mi hija primogénita.
Viviría con ellas y mi yerno ahora en una buena zona urbana al este del caos limeño, cerca quedaba un parquecito, y a lo mejor ponía un negocio en el área o la misma casa que ahora me abría sus puertas.
Cuando toque el timbre era muy temprano de un día sábado, me abrió mi hija y nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto hace décadas. En ese mismo momento salía Sergio rumbo al trabajo loen su auto azul Mazda, tenía que ir hasta el centro de Lima, porque era sub gerente de una empresa de telefonía móvil, y se la pasaría trabajando hasta pasado el mediodía.
Solo me había aparecido en casa de mi hija con una caja con mis viejos libros, y un maletín de ropa necesaria que iba a necesitar para por lo menos una semana. Necesitaba ver si podía acostumbrarme a la rutina de la casa. Saber si era útil en algo más que solo estar ahí siendo el abuelo de buen corazón.
Dejé mis cosas en la habitación al fondo del pasillo como me había dicho mi hija, y me puse cómodo porque ya estaba pegando fuerte el sol. Por un momento pensé en mi vieja fijación mórbida por ella, y cuando la volví a ver no sentí para nada aquello que había enterrado en mí cuando ella solo era una linda, delgada y simpática adolescente.
Oí su voz que venía desde la sala y que llamaba a sus dos únicas hijas. Gabriela y Viviana, la primera iba a cumplir 15 a mediados de diciembre, y la segunda era una preciosa nena con la carita más inocente de todas, pero su cuerpecito ya estaba tomando sus formas. Conocía más superficialmente a la menor, pero con Gaby habíamos compartido más momentos en reuniones familiares. Aunque hace tres años había perdido contacto con mis hijas, porque me había decidido hacer un cambio drástico en mi vida.
Pensé que la buena onda con Gaby seguiría manteniéndome en confianza con ella, pero no se sintió muy contenta cuando me vio y nos saludamos. Yezabel puso paños fríos diciendo que las niñas no estaban acostumbradas a levantarse muy temprano un día sábado. Eran las siete de la mañana, y no me parecía para tanto porque a mí edad a veces a las cuatro y media ya estoy listo para empezar el día. Viviana me abrazó y su tierna voz mes conmovió más de lo que hubiera creído. -Abuelito, ¿vas a vivir ahora con nosotras? Decía efusiva y olvidando a su padre.
—Asi es hijita, y como Gaby no quiere hacer de niñera, a lo mejor te quedas con el abuelo mientras yo estoy fuera.
—¿Pero qué quieres decir mamá? Preguntó Gaby algo molesta.
—Voy a volver a trabajar con Sergio.
Yezabel no trabajaba desde el sexto mes que tenía en el vientre a la pequeña Viviana. Y ahora podría trabajar de nuevo, mientras a mí me encargaría hacer de niñera. Pero ¿Y el negocio que haría en casa? Aún no vendía la casa, y aún no sabía que podría emprender una vez tuviese el dinero, así que tome la noticia con tranquilidad.
Tenía mis propios ahorros, y también tenía la pensión, así que no me preocupaba. Pero no quería que mis hijas supieran aquel monto ni nadie que solo quisiera aprovecharse de un viejo amable como yo.
—Bueno, haz lo que quieras mamá, pero que conste que no pienso hacer tu trabajo en casa y, eso incluye cuidar a la boba de Vivi.
—No le digas así a tu hermanita. —No soy boba ¿cierto mamá?
La pequeña era toda inocencia ante nuestros ojos, y yo me reía ante su pedido tierno.
—Por supuesto bebé que no lo eres. Eres bella y una campeona. Dije cargándola unos segundos y luego poniéndola sobre mis rodillas.
Gaby puso cara de burla, y yo pensé que ya era costumbre suya. Habían bajado las dos en pijamas anchas de una sola pieza, y por un instante -antes de sentarnos a desayunar-, pude observar las largas, y blancas piernas que dejaba ver mi nieta.
Yezabel sirvió la mesa, y comenzamos a hablar de todo lo que mi hija había estado planeando, incluso antes de haber aceptado irme para su casa. Confiaba en mí, nunca le había puesto una mano, y estaba segura de que a pesar un poco renegón como todo hombre de mi edad, era un hombre intachable.
—Vas a volverte el héroe que mis niñas necesitan. Me susurró cuando ya las dos niñas se habían puesto a ver la TV en la sala de estar.
Se despidió de mí con un beso cerca de los labios, y luego la vi alejarse meneando la cola calle abajo. Dijo que volvería para almorzar juntos en la calle junto a Sergio y las niñas.
—Puedes quedarte viendo el fútbol o haciendo ejercicios en el sótano… Ahí tenían un mini gimnasio con las máquinas más modernas, según me decía, pero que yo aún no había visto con mis propios ojos.
Bueno, haré lo que quiera, me dije, y lo que yo quería era pasar más tiempo con mis sobrinas. Así que me decidí en ir a sus cuartos y molestarlas, por supuesto en buena onda.
Subí por las escaleras con energía, con mis zapatillas de goma que hacían el menor ruido a cada paso; quizás por eso, Gaby no me escuchó cuando abrí su puerta, y siguió en lo suyo como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Ella tenía los ojos cerrados, y los auriculares puestos. Gemía bajito, y se metía dedo con fruición.
Yo me quedé pasmado, y no me pude mover, bueno, solo mi erección se izo como una bandera dentro de mi shorts azul.
Gaby seguía con la pijama, pero debajo no tenía nada. Estaba echada en la cama boca arriba, y con las piernas separadas y dobladas. Tenía un lindo bello púbico, pero me parecía que debía ya afeitarse.
Chupó el dedo anular izquierdo y luego la bajó a su culito, acarició su ojete virgen y presionó con cuidado para no hacerse daño. Mientras tanto, el dedo de su mano derecha había bajado el ritmo, y ahora se penetraba lento.


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