mis vecinas 1
Martha, Paulina, su hija y Andrea mi vecina me inician en la vida sexual, aunque despues todo terminó en una orgia.
Yo tenía 12 años, iba en la secundaria, mi madre trabajaba todo el día y me dejaba encargado con la vecina. Ella era maestra y me ayudaba con la tarea por las tardes después de la escuela. Martha era su nombre, una mamá soltera de 30 años, la cual, se convirtió en mi confidente con el pasar de los años. Era muy virtuosa físicamente, hacía gala de unas firmes y enormes tetas 36d, en las cuales, ella, nunca llevaba brasier; llegué a pensar que era enemiga de la ropa interior porque, bajo las mayas, el pants o el short nunca se le marcaba algún tipo de silueta de prenda intima.
Nunca le tomé importancia a esos detalles (por lo menos a esa edad) era como ver a mi propia madre, bajo todos los años de tutela, con ojos inadecuados e indecentes. Martha tenía una hija la cual era mi cómplice de juegos cuando terminábamos las tareas, jugábamos al trompo, al yoyo y presentarle a mis amigos entre otras cosas; por lo general ella, casi a diario, concretaba una cita con mis amigos (mayores). Después ella me premiaba por mi buena conducta jalándome el pene o haciéndome una pequeña mamada según como le hubiera ido con el gañan en turno (para ella era como un juego al que llamaba, manitas calientes).
Un buen día, había conseguido que el “líder del barrio” saliera con ella. No sé qué tanto le hizo que cuando ella regresó a la casa de su madre, mientras yo esperaba a la mía en el sillón de su sala viendo al chavo del ocho, se sentó junto am mí, diciéndome que precisamente traía las manos calientes, sacó mi pene en desarrollo y lo empezó a mamar como era costumbre. Su madre estaba en la cocina haciendo la cena, vistiendo unas mayas grises que transparentaban la ausencia de sus bragas.
Paulina (hija de Martha) comenzó a meterse mi pito hasta la garganta, cosa cual me extrañó cuando comencé a sentir como si me arrebataran la vida por el pito. Nunca me había venido en su boca y por no hacer ruido, aferré mis manos contra mi cara. Siempre se sentían curiosas sus mamaditas, esta vez era como si me quisiera desprender el miembro con sus succiones. Antes sentía cosquillas y ahora sentía unas inmensas ganas de hacer algo que no era pipí (eso fue hace más de veinte años y solo acordarme, despierta al cerdo que nació ese día).
Paulina bajo su pants con todo y calzoncitos, se los quitó solo de una pierna, y comenzó a cabalgarme como escaramuza a potro bruto, gritaba como perra en celo y yo no dejaba de pensar en el culo sin calzones de Martha, mi pito por primera vez se puso tan duro como poste de luz. También me preocupaba mi tutora, ya que su hija gritaba como gorda en opereta y si nos escuchaba yo estaría en problemas, no sé por qué, pero sabía que estaba mal lo que hacíamos. Siempre habíamos guardado el secreto de las manitas calientes… pero esa vez Martha llegó mientras su hija galopaba mi rabo y me recetó unos zapes. Me agarró del pito y me llevó hacia la banqueta de enfrente, donde vivía mi mamá, sólo para esperarla. No me dejaba subirme el pantalón, quería que mi madre viera lo que se comió su hija.
Su mano, abarcaba todo mi pene, dejando el glande expuesto; me dolía como lo apretaba. Era como si trajera a un perro de su correa. Comenzó a gritarme fuera de la casa de mi mamá que aún no llegaba. Gritaba cosas como deja le enseño a tu madre lo que le metiste a mi hija. Yo estaba en shock; no sabía si llorar o reír, porque me quitaron de uno de los probables mejores palos de mi vida, o llorar porque me andaban exhibiendo con mi pitillo como burro en primavera por la acera, casi frente a los vecinos.
Eran las 8:50, mi mamá siempre llegaba a las nueve. Martha al ser una mamá soltera y una veladora de niños, por lo general no tenía hombres en su casa, aunque algunas ocasiones veía entrar al vecino de atrás a su casa. Ella comenzó a hacer movimientos como los de paulina; una paja, pero con fuerza de odio dentro de su puño. Ella gritaba como histérica en la calle para que todos se enteraran, mientras me la jalaba violentamente con su mano derecha mi pene.
Me ardía, pero de alguna manera, me gustaba lo que ella hacía. Guardo silencio y de la nada me soltó del pito. eran las 8:55, (los cinco minutos más largos de mi vida) mi mamá venia en la esquina de la cuadra. Martha voltea y me observa al haberse percatado que mi mamá estaba por llegar, “ya sabrás de mí y de verdad, no le digas nada a tu madre o te mato” le balbuceé intentando no llorar “ya lo saben los vecinos”. Ella sonrió, mi madre ya venía cerca así que solo me pudo decir al oído “De ellos yo me encargo y de ti también”. Fui cogido, humillado y salvado en menos de dos horas; mi madre, si se hubiera enterado me habría quemado el miembro con un cigarro. Cuando llegó mi mamá donde estábamos, llevaba una cara de sorprendida e intuyendo que yo había hecho algo malo. Martha, antes de que mi mamá dijera algo, aseveró que sólo habíamos salido para explicarme algo de biología.
Esa noche fue insoportable, me dolían las bolas y no entendía por qué, sin contar que me preocupaba la amenaza de aquella bruja que me humilló, sin embargo, tenía una sensación de calor cada que recordaba los pezones de Martha marcados bajo su blusa, sin contar la pata de camello expuesta por sus mallas. Tomé mi pene casi por instinto y me la empecé a jalar como me lo hacía paulina, no pude terminar, pero mis preocupaciones se borraban mientras me ganaba el sueño por la fatiga del día.
A la mañana siguiente, me levanté a las seis am, como era costumbre, me vestí y me fui sin desayunar de la casa. Al salir, Andrea la vecina del otro lado, salió junto conmigo, (me extrañaba que hiciera eso, siempre me odió según ella por teto). “así que… ¿te cogiste con paulina?” la vi con cara de rabia y le advertí que no le dijera a mi madre (Martha podría matarme). “¿Sabes?” me dijo con un tono extraño en su voz, “ella dijo que tu pito sabía rico y estaba grueso, ¿Cuándo me toca?”. Me quedé callado y seguí camino a la escuela, después de diez minutos contesté “pensé que me odiabas” ella solo sonrió y comenzó a correr, yo no entendía una mierda. Paulina, Andrea y yo íbamos en la misma secundaria, cada uno en su respectivo año. yo en primero, Andrea en segundo y paulina en tercero.
En el receso Andrea me tomó del brazo y me platicó que paulina fue su primera agarrada de concha y chichis. ¿concha? Pregunté bien pendejo. “sí, donde le pusiste el pene y se enojó Martha” asentí con la cabeza sintiéndome estúpido, “tiene las manos suavecitas y más cuando las ensaliva”, comento Andrea; le dije que sus manos si eran suaves y que su saliva sabia rico. Andrea me tomó de la nuca sembrándome un beso largo y apasionado, se me empezó a parar el pito cuando ella metió su lengua “pronto será mi turno” me dijo con una risa coqueta. Cuando salí de la escuela, no podía dejar de pensar en la amenaza de Martha, no podía pensar en Andrea. Yo pensaba que Martha me colgaría de los huevos por meterle la cabecita de mi pene a su hija mientras se ponía a gritar como perra histérica.
Llegué a casa de Martha con miedo, como era costumbre a las dos de la tarde, no estaba paulina (le tocaba taller de futbol) y cuando entré hasta la cocina encontré a Martha en un short cachetero de mezclilla en el cual no se notaban pliegues de pantis pero si los pliegues de sus labios vaginales, ella nuevamente no llevaba brasier, de la nada note que mi pitillo se paró cuando recordé como me tocaba pensando en ella la noche anterior, sin embargo ella al sentir mi presencia, gritó con tono disgustado, “ya casi está la comida, ponte a hacer tarea en lo que termino, ya estas grandecito, la quiero bien hecha”. Me puse a hacer la tarea y aunque entendía que su actitud amarga era porque para ella, yo solo era algún tipo de enfermo como me gritó en la calle.
Todo el día Martha me trató como perro esclavo, en cuanto terminé la tarea, me puso a sacar la basura del baño, antes de tirarla me gritaba que la oliera, que total era un perro puerco. De antemano entendía que todo era mi culpa, pero la exageración fue cuando ella se fue a orinar y mientras me ordenaba que la acompañara al baño con gritos, me mostraba su pucha abierta y me decía “esto es una vagina real” me ordenó que le limpiara la “concha” con la lengua, yo nunca había mamado ni estado en algo así. Al ser blanca, su guayabita era rosa, Pero yo no lo entendía en ese momento. Su sabor a orina era desagradable y mientras limpiaba cada resquicio de su vagina ella me gritaba que era su perro, eso me humillaba, aunque la verdad, yo tenía una erección al 100.

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