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Fantasías / Parodias, Heterosexual, Voyeur / Exhibicionismo

Morbo

Complemento de «Crónica Citadina».
Hay muchas formas y estilos de vestir.

 

Existe la discreción, esa que apenas reclama una mirada y se desvanece entre la gente como si no quisiera ser recordada.

 

Existe la normalidad, que camina junto al mundo sin anunciarse.

 

Existe la sensualidad, la que insinúa más de lo que muestra y todavía conoce el significado de la mesura.

 

Después viene lo provocativo, ese que no se conforma con ser visto: exige la mirada, la sostiene y la convierte en complicidad sin pedir permiso.

 

Y finalmente, lo vulgar, ese que ya no insinúa ni provoca: simplemente se entrega entera, sin pudor ni cálculo, como quien ha olvidado que alguna vez existió el disimulo.

 

Las dos últimas dejaron de ser la excepción hace tiempo. Hoy caminan por las calles con la tranquilidad de quien ya no necesita justificarse.

 

Hace tiempo que la línea entre lo sensual y lo provocativo se ha estado desgastando lentamente, como una piedra bajo el agua constante.

 

Después empezó a ocurrir algo todavía más interesante: la distancia entre provocar y exhibirse empezó a desvanecerse también.

 

He visto mujeres caminar con una naturalidad casi admirable, con la misma desfachatez con la que una puta de esquina espera cliente, convencidas de que no están comunicando nada, como si la elección de cada prenda hubiera llegado a su cuerpo por puro accidente. Me encanta esa convicción.

 

Lo provocativo dejó de ser un recurso. Se convirtió en un uniforme cotidiano. En lenguaje. En segunda piel. Exhibirse ya no es un gesto. Es costumbre. Casi respiración.

 

Llamémoslas por su nombre verdadero: MORBOSAS.

 

Porque el morbo no comienza en la calle.

No nace cuando alguien las mira.

Nace mucho antes.

 

Nace desde que se plantan frente al espejo.

 

En ese instante silencioso en el que se detienen frente al cristal y deciden, con absoluta conciencia, qué se van a poner, qué versión de sí mismas mostrarán al mundo, qué van a ofrecer primero. No eligen solo una blusa, una falda, un vestido o un pantalón. Eligen qué atraerá primero la vista, qué detalle permanecerá unos segundos más en la memoria de quien las cruce, qué parte de su cuerpo hablará antes que su boca.

 

¿Decidieron ponerse leggings?

 

Se toman su tiempo para mirarse. Se giran. Se miran de lado. Luego se inclinan apenas, lo suficiente para que la tela se tense y la división entre las nalgas quede perfectamente marcada, tan precisa que sea imposible de ignorar. Si todavía no es suficiente, toman el borde superior y lo jalan hacia arriba con fuerza hasta que la tela se estira al máximo. Entonces sí. Cada curva, cada pliegue, cada centímetro de carne queda dibujado con una claridad casi cruel.

 

¿Eligieron la minifalda?

 

Mientras más corta, más exacta. Mientras más se asome el final del muslo y se intuya lo que queda más arriba, más perfecta se vuelve la promesa.

 

Y si tienen piernas gruesas y un trasero grande… uufff ¡Qué delicia!

 

¿Y si tienen buenos senos?

 

Entonces eligen el top, la blusa o el escote que los resalte de más, que los empuje hacia adelante sin disimulo. Como una ofrenda.

 

No es casualidad. Es deliberación. Un acto consciente de entrega visual.

 

No solo se elige una prenda. Se elige un mensaje. Se estudia el efecto de cada tela, de cada corte. Se gira el cuerpo. Se observa desde distintos ángulos. Se corrige. Se cambia. Se vuelve a probar.

 

Después llegan las fotografías, los videos y a publicarlo en todos lados, sin olvidar sus frases que dan risa o lástima: “Bye”. “Que tengan lindo día”. “Holiii”. Siempre escrito debajo, como si no acabaran de entregar la prueba de su propio exhibicionismo.

 

La función comienza incluso mucho antes de abrir la puerta de casa.

 

La mayoría sabe perfectamente qué está mostrando y qué pretende atraer.

 

Lo fascinante no es el ritual. Lo fascinante es la facilidad con la que después llaman casualidad a aquello que prepararon con tanta intención.

 

Y no solo el cuerpo. El maquillaje también es arma. Pestañas postizas, tan largas que casi se siente el aire cuando parpadean. Algunas con uñas ridículamente largas. Labios —que si son carnosos, mejor— los pintan del rojo más intenso, ese color que no deja otra imagen posible que la de una boca ocupada, lenta, paciente, mientras los ojos permanecen fijos en ti y las manos —con esas uñas— se enredan donde más importa.

 

Y no crean que esto solo ocurre en cuerpos que la gente llama “perfectos». Las flaquitas, (casi tablitas), se empeñan en no quedarse atrás. También se meten en leggings y falditas aunque sus piernas parezcan “hilitos”. También usan escotes aunque no haya casi nada que sobresalga.

 

Aquí hay que resaltar que son las que más juegan o abusan de su apariencia casi “aniñada”. Especialmente cuando el rostro todavía conserva algo de inocencia; intentando proyectar esa imagen de “Lolita” o “Petite.” Se pintan los ojos y los labios con la intención precisa de parecer niñas. Lo complementan con coletas, trenzas, moñitos, falditas escolares. A veces un peluche o una mochila infantil. El juego de la inocencia prostituida. Perversión pura. Deliciosa en su precisión.

 

Las gordas también se sumaron. Leggings que se hunden entre la carne, ombligueras o playeras demasiado cortas que dejan las lonjas al aire como si fuera un manifiesto silencioso. Aunque no estoy seguro de qué es lo que quieren manifestar.

 

Lo cierto es que la provocación rara vez necesita palabras.

Habla el escote antes que la boca.

Habla el maquillaje antes que la sonrisa.

Habla la ropa mucho antes que la persona.

Y casi siempre habla exactamente el idioma que pretendía hablar.

 

La palabra “mesura” parece estar muriendo lenta y agónicamente de vergüenza.

 

La sociedad no se corrompe de golpe. Se acostumbra. Primero tolera. Después imita. Y finalmente celebra aquello que antes rechazaba. Así han caído todas las épocas. Esta no será la excepción.

 

Una cosa es vestirse con sensualidad. Otra es exhibirse y después hacerse la tonta. Fingir que la prenda “quedó así porque sí”. El paso de lo sensual a lo descarado es exclusivamente su responsabilidad. Y la han asumido con entusiasmo.

 

Si el cuerpo es voluptuoso, se entiende que ciertas prendas les queden ajustadas. Hay cortes que no perdonan. Pero también existe la ropa holgada. Pero ese tipo de ropa es la última opción o ni siquiera la consideran ¿cierto?

 

Aunque ese argumento de usar ropa holgada tampoco es correcto en su totalidad.

Hay mujeres que no importa lo que usen, siempre encuentran un modo de lucir lo que sea que se pongan.

 

La sociedad está podrida, sí. Pero no por accidente. La mayoría de estas mujeres ha decidido convertirse en objetos de deseo a tiempo completo. No solo en la calle. En YouTube, en Instagram, en TikTok, en OnlyFans o en cualquier rincón digital donde la carne tenga precio. Y lo peor —o lo mejor, según el apetito de cada uno— es que las generaciones que vienen, desde edades cada vez más tempranas, empujarán esta porquería a niveles que no sé si alguien pueda imaginar.

 

He escuchado a niñas de 8 o 9 años cantando canciones super sexualizadas, especialmente las del idiota de Bad Bunny. He visto a algunas de 12 en adelante moverse ya con la precisión de quien ha aprendido demasiado pronto. Un ejemplo claro fue aquel documental titulado “Cuties», que Netflix terminó retirando precisamente por la forma en que exhibía a las menores.

 

¿Y las madres?

Las dejan escuchar. Las dejan vestir. Incluso muchas veces ellas mismas son el ejemplo. Ellas mismas compran la ropa. “Se ven lindas” “Es lo que está de moda” dicen casi en automático.

 

Y bueno, no quiero meterme más en ese tema de la infancia sexualizada y la adolescencia porque da para decir mucho más. Basta con señalar que el deseo y el morbo no respetan calendarios.

 

El punto es otro: existe un ejército de mujeres morbosas que se graban, se abren, se retuercen y se ofrecen sin el menor reparo hacia su dignidad, y lo hacen bajo el estandarte vacío del “empoderamiento femenino” o de “las mujeres facturan”. Claro que facturan. Facturan exactamente como lo que han decidido ser.

 

La mujer que factura con un trabajo verdadero y antepone su dignidad ante todo… esa vale oro.

Las demás solo cotizan carne.

 

No importa si es en el gym “entrenando”.

Posan. Mil fotos. Ángulo de nalga. Video parando el culo todo lo que pueden. Frase motivacional hueca o cualquier mamada que les pase por la mente en ese segundo: “Sin foto no cuenta”. “Se entrenó”. “¿Ya entrenaron?”.

 

En el antro, en la calle, en su propia casa… siempre el mismo ritual: menear el culo con precisión calculada, el rebote de la carne, las tetas atrayendo completamente la vista, la cara que simula un orgasmo barato. Todo por atención. Todo por likes. Todo por dinero.

 

¿Es realmente necesario que todo tenga que mostrarse tanto, o que la ropa sea tan ajustada? ¿Es necesario fingir que no se sabía?

 

Si la respuesta es “SÍ” permíteme aplaudirte, porque me encanta tu respuesta.

 

El deseo rara vez conoce la palabra «bastante». Siempre pide un poco más. Un centímetro más de piel. Un ajuste más preciso. Un escote más profundo. Un dobladillo más corto. No porque sea indispensable, sino porque el deseo nunca aprende a detenerse.

 

La exhibición ya se ha vuelto un lenguaje. Y ese lenguaje ya casi no sorprende. Es morbo alimentando más morbo. Sobre todo el mío.

 

Hay mujeres que todavía encuentran belleza en la discreción y en la sensualidad que no necesita anunciarse. Otras, en cambio, parecen preferir que la ropa diga todo.

 

Esas morbosas a las que les encanta provocar.

 

Esas que, si alguien comenta algo sobre su cuerpo o su forma de vestir, se ofenden y gritan “acoso”. Y eso puede que a veces lo sea. Y otras veces no. Pero también es cierto que se ganan cada mirada sucia desde el segundo en que eligieron esa prenda. Porque saben perfectamente cómo se ven. Cómo queda cada centímetro de tela. Cómo se marca la división de las nalgas. Cómo se dibuja el pezón bajo la tela fina. Cómo el borde de la minifalda promete más de lo que cubre.

 

Y aun así se esconden detrás de las mismas excusas mediocres:

 

“Yo me visto como quiero”.

“Los leggings me dan comodidad”.

“Me puse minifalda porque tengo calor”.

“Fue lo primero que encontré”.

 

Quizá sea cierto algunas veces.

Quizá no.

 

Lo único que sé es que el ser humano posee un talento extraordinario para disfrazar de casualidad aquello que decidió con absoluta conciencia.

 

¿O es que acaso se visten de la manera más provocativa posible y piensan “me voy a poner esto para no llamar la atención”?

 

Y aquí aparece la contradicción que más me divierte y que a la vez es la joya de la hipocresía:

 

Si el tipo que las mira les gusta y les dice “linda”, suena a piropo.

Pero si el tipo no les gusta, el mismo comentario se convierte en acoso.

 

¿Alguien dijo doble moral? ¿No? Entonces escuché mal. Disculpen.

 

Así funciona el deseo humano.

 

Caprichoso.

 

Selectivo.

 

Conveniente.

 

Hay miradas que halagan y hay miradas que incomodan.

 

Dicen que cada quien es libre de vestir como quiera.

 

Y tienen razón.

 

Del mismo modo, nadie puede impedir que una mirada exista.

 

Las personas miran.

 

Siempre han mirado.

 

Siempre mirarán.

 

No porque alguien se los ordene, sino porque así está hecho el ser humano.

 

El deseo no pide permiso para aparecer.

La imaginación tampoco.

 

Esa ha sido una de las pocas constantes que jamás han cambiado.

 

Si ves a una mujer así en la calle, contoneándose y ofreciendo el espectáculo al caminar… mírala. Disfrútala.

 

Recórrela con los ojos.

 

Morboseala.

 

Porque exactamente para eso se puso esa ropa.

 

Pero morboseala como se merece. Que sienta cómo la manoseas y cómo te la estás cogiendo solo con la mirada.

 

No necesitas tocarla para convertirla en una fantasía. No necesitas acercarte para que tu cabeza empiece a completar aquello que la ropa dejó a medias.

 

Mira el escote, el top, la playera ajustada o lo que sea que esté usando. Observa sus tetas, su forma, cómo las levanta el brasier, si es que trae. Y si no… observa ese pequeño detalle que la tela apenas consigue ocultar. Imagina el peso.

 

Mírale las piernas. Sigue la línea de sus caderas. Detente en sus nalgas cuando se aleje. Observa el suave rebote de su carne con cada paso, el modo en que los leggings se ajustan entre sus curvas. El borde de la minifalda que despierta la imaginación precisamente porque no termina de mostrarlo todo.

 

Mira aquello que apenas alcanza a cubrir.

 

Disfruta cada detalle que puso frente a ti: sus pestañas, sus uñas, sus labios. Y si tu imaginación empieza a hacer cosas que no debería… déjala.

 

Conviértela por unos segundos en todo aquello que tu imaginación quiera hacer de ella.

 

Ese es precisamente el juego.

 

Ella decidió cómo salir de casa.

 

Tú decides qué hacer con lo que ves.

 

Porque ellas mismas despiertan los pensamientos que después aseguran detestar.

 

Pero el malo, el que tiene la culpa de todo, por supuesto, es el que las mira.

 

Nunca ellas.

 

Jamás.

 

Pero… ¿y el hombre?

 

El hombre también hace lo mismo. Entra al “mercado de carne”, quizá en menor medida, pero entra. Y sí, también me incluyo.

 

Si tienes un buen físico, lo aprovechas. A veces con ropa ajustada. A veces con playeras sin mangas para lucir brazos y hombros.

 

Y ellas también miran.

 

También recorren con los ojos.

 

También observan las nalgas, los brazos, el pecho, la espalda. También lanzan miradas que duran un poco más de lo necesario. Algunas incluso se ofrecen con cierto disimulo.

 

El juego y el morbo no pertenecen exclusivamente a un sexo.

 

Todos miramos.

 

Todos imaginamos.

 

Todos tenemos nuestros propios secretos.

 

Pude escribir y podría seguir escribiendo tantas cosas más… pero no serviría de mucho.

 

Las modas cambiarán.

 

Las plataformas cambiarán.

 

Los discursos cambiarán.

 

El mecanismo seguirá siendo exactamente el mismo.

 

El deseo encontrará nuevos disfraces.

 

La vanidad encontrará nuevos escenarios.

 

Y una última cosa antes de terminar.

 

Si conoces a alguien, o si tú misma no encajas con lo que acabas de leer y te respetas, felicidades.

 

Eres como oro brillando entre tanta mierda.

 

Pero si sí eres una de ellas…

 

¡GRACIAS!

 

Por mostrar tanta piel.

 

Por provocar.

 

Por exhibirte.

 

Por alimentar el morbo de quienes te miran.

 

Gracias por dejar detrás de ti más de un pensamiento sucio.

 

Gracias por invitarnos —casi a obligarnos— a mirar… aunque después te hagas la indignada cuando descubres que, efectivamente, estamos mirando.

 

Sigue haciéndolo.

 

Yo, por mi parte, seguiré disfrutando de lo que provocas.

 

Cuando alguien te vea y no te guste, recuerda cuánto te esmeraste en arreglarte.

Recuerda lo deliberada que fue cada elección.

Recuerda todo aquello que elegiste mostrar.

 

Y si antes de salir lo publicaste en todos lados…

 

déjate de estupideces.

 

No tienes derecho a molestarte por las miradas que tú misma convocaste.

 

No puedes controlar lo que alguien imagine al verte.

 

Y por favor…

 

no dejes de vestirte así.

 

No dejes de exhibirte en todas tus redes sociales.

 

No dejes de salir con esas prendas que consiguen que más de una mirada se quede siguiéndote cuando pasas.

 

A mí me encanta.

 

Me encanta verte así, tan rica.

 

Me encanta que me enciendas la cabeza y que, sin siquiera conocerme, seas capaz de llenar mi imaginación con cosas que probablemente jamás sabrás que pensé.

 

Así que sigue.

 

Sigue poniéndote aquello que sabes que te queda demasiado bien.

 

Sigue caminando como si no notaras las miradas.

 

Haz como si no supieras exactamente lo que provocas.

 

Porque mientras tú continúes ofreciendo el espectáculo, siempre habrá alguien dispuesto a disfrutarlo.

 

Y quizá algún día, por esas casualidades perversas que tiene la vida, alguno de esos juegos de imaginación deje de quedarse únicamente en la cabeza.

 

Hasta entonces…

 

sigue provocando.

 

Yo y muchos más seguiremos mirando.

 

—Azmodan.

6 Lecturas/28 agosto, 2026/0 Comentarios/por Azmodan
Etiquetas: cogiendo, culo, exhibicionismo, mamada, mayor, orgasmo, puta, sexo
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