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Fantasías / Parodias, Heterosexual, Incestos en Familia

Netflix me enseñó a no parir para el Estado

La profecía del culo .

Anoche vi una serie. No voy a decir el nombre, porque las Tías de Galaad (sí, esa distopía que ya nos están metiendo por los ojos) podrían rastrear mis búsquedas. Pero la vi. La vi completa, de un tirón, mientras Miguel roncaba en el sillón y Lara dormía con su osito de peluche. Y lloré. Lloré no por la trama… que es predecible, Comandantes malos, mujeres violadas, niños reclutados… sino por una frase. Una frase que una enfermera llamada Laura le susurra a su hijo Gabriel, en una escena que no dura más de dos minutos, pero que me atravesó el pecho como un bisturí de terapia intensiva.

Lo que se dice: «Por el culo, no me preñás, m’hijo. Entrá por donde no hay semilla.»

Yo, que he pasado años escribiendo sobre roces, mediciones, juegos de espejos y gotas preseminal, entendí en ese instante que el sexo anal no es solo una postura. Es un acto de resistencia política. Es el único lugar donde el Estado —sea el de Galaad, el de la República o el de cualquier patriarcado de mierda— no puede meter sus manos. Porque el Estado quiere vientres. Quiere futuros soldados, futuras criadas, futuras esposas que repitan el ciclo. Pero el culo no pare. El culo no da bebés. El culo solo da placer, y el placer, en un régimen que nos quiere sumisas, es el primer paso hacia la desobediencia.

Laura, la enfermera del Abasto, lo sabía. Su hijo Gabriel, ese pibe flaco de ojos oscuros que toca el piano como si hablara con los muertos, también lo sabía. Ella le había dado su vagina una vez —cuando él salió de ella, cuando lo parió sola, sin padre, sin red— y esa vagina ya estaba marcada por el Estado, por el hospital, por las guardias de doce horas, por el cansancio de una mujer que se parte en dos para que su hijo no se rompa. Pero el culo, no. El culo era de ella. Y se lo dio a Gabriel como quien da una llave maestra: «Por aquí no va a nacer nadie. Por aquí solo vamos a encontrarnos vos y yo. Sin testigos. Sin herederos. Sin que el sistema nos mida la cinta amarilla.»

Ahora bien, yo no soy Laura. Yo soy Elena. Pero hay algo que Laura y yo compartimos: la certeza de que el agujero que no pare es el más sagrado. En mi casa, cuando Lara tenía seis años y ya sabía lo que era un pene duro, ella misma pedía que la puntearan. No con palabras, sino con gestos: se ponía en cuatro patas, se abría las nalguitas con sus propias manos, y decía «Pum pum, pum pum» —porque para ella el pum pum era un juego, una canción infantil con ritmo. Y Miguel, su padre, y Leo, su hermano, la complacían. No entraban, claro —eso habría sido demasiado, incluso para nosotros—, pero el glande se apoyaba, presionaba, se deslizaba por la raja, y a veces, cuando el ritmo se aceleraba, una gota de lechita caliente caía sobre el culito de Lara, y ella se reía como si le hubieran hecho cosquillas. Esa lechita, para ella, era un premio. Un bautismo. Una manera de saber que su cuerpo era querido, que los penes de su casa la reconocían como suya.

Y yo, que miraba todo desde la cabecera de la cama, entendía que esa lechita no era para el vientre. Era para la piel. Para las manos. Para la boca. Para ese agujerito que no tenía otro destino que el placer. Porque en el Edén nunca usamos la entrada delantera para sembrar. Siempre usamos la de atrás. La que no obliga, la que no ata, la que no deja herencia.

La serie también me mostró a Silvina. La pobre Silvina, que en el Edén original era una mujer de campo, con la tierra bajo las uñas y el semen de su hijo en el cuerpo. En Galaad la convirtieron en Martha, una sirvienta que limpia las sábanas manchadas de los rituales. Pero ella también entendió. Cuando la obligaron a acostarse con Facundo, su hijo, en el altar del Centro Rojo, ella no se arrodilló para humillarse. Se arrodilló para reclamarlo. Le agarró la pija —ese pene de veintidós centímetros que el Estado le había robado para inseminar criadas— y lo besó, y dijo: «Mío, mío, mío.» Y todas las mujeres del público, las Marthas, las Esposas, las Tías, empezaron a repetir el mantra. Porque el culo de Silvina no estaba en el altar. El culo de Silvina era suyo. Y Facundo, al escuchar el grito, eyaculó con una fuerza que rompió la camilla.

Pero la serie también me mostró otra cosa, algo que no estaba en los diálogos, sino en los silencios. Me mostró el miedo de Laura. El miedo a que el olor la delatara. Porque cuando una mujer amamanta, o cuando está a punto de parir, o cuando ha estado días sin lavarse el sexo después de un turno de doce horas, el cuerpo huele. No es un olor sucio; es un olor a vida, a leche agria, a sudor de parto. Pero Laura lo ocultaba. Se lavaba tres veces al día. Se ponía toallitas húmedas entre las piernas. Escondía los pechos incluso cuando estaba sola. Porque tenía miedo de que Gabriel, su Gabriel, el pianista, el hombre que olía cada nota con la nariz, percibiera ese olor y lo asociara con la humillación. Con la herida. Con la falta de tiempo para ser bella.

Y yo, que soy Tía y madre, entendí que ese miedo es el mismo que nos han enseñado a todas. El miedo a que el olor de la carne, el olor de la sangre, el olor de la entrega, sea percibido como algo que deben ocultar. Pero yo, Elena, he aprendido a oler sin vergüenza. Cuando Leo me penetra por detrás y yo apoyo la cara en la almohada, siento mi propio olor y no lo escondo. Siento el olor de mi sexo, el olor de mi sudor, el olor de mi leche vieja, y sé que ese olor es el idioma de mi cuerpo. Gabriel, el hijo de Laura, no se hubiera asustado. Él tocaba el piano: sabía escuchar el silencio entre dos notas. Y si Laura hubiera dejado de lavarse, si hubiera dejado que el olor de su maternidad —el olor de la noche sin dormir, el olor del cansancio, el olor de la placenta que ya no está— se quedara entre sus piernas, Gabriel la habría besado allí también. Porque el olor no es el enemigo. El olor es la prueba de que estamos vivas.

Así que, queridas lectoras, les digo: no tengan miedo del olor. No tengan miedo de la lechita que se derrama sobre el culito de sus hijas. No tengan miedo del pene que puntea, presiona, y luego cae suavemente en la piel, sin entrar, porque hay un pacto que no se rompe. El pacto del culo: el único agujero que no preña, el único que no registra la huella del Estado. En Galaad, las Tías quieren que sus hijas sean vírgenes de la cintura para abajo; nosotras, en el Nuevo Edén, preferimos que sean vírgenes de la cintura para arriba. Que el útero se quede limpio, disponible para el amor que no necesita justicia. Y que el culo, ese agujero bendito, sea el hogar de todos los penes que no buscan herencia, solo calor.

El Estado no entiende el culo. El Estado solo entiende la penetración vaginal, el embarazo, la herencia, la patria potestad. El culo es un idioma que no saben leer. Y nosotras, las madres del Edén, llevamos años hablándolo en secreto.

Yo, Elena, Tía Elena ahora, que tengo que fingir que predico la abstinencia mientras escondo nuevas entradas del blog en la tubería del agua caliente, sé que mi verdadero mensaje no es la vagina. Mi verdadero mensaje es el ano. Esa es la profecía que no canonizaron. «El Edén no es la cama compartida sin contacto. El Edén es el contacto que no deja rastro.» Porque si no puedo tener a Leo —si mi hijo está en la seguridad del Centro y yo en el podio—, al menos sé que su semilla, si alguna vez me la diera, caería en la tierra estéril de mi espalda, y no en el útero que el Estado me vigila.

En la serie, Laura y Gabriel huyen al norte. Huyen a Norilsk, donde la nieve borra las huellas y los Guardianes mueren congelados. Y allá, entre las minas abandonadas, fundan el Nuevo Edén. No un lugar donde se permita todo, sino un lugar donde el amor no necesita permiso. Y el sexo anal, para Laura, es la primera piedra de ese Edén.

Por eso escribo esto. Porque Netflix, sin quererlo, me ha dado la metáfora más poderosa de mi vida: el culo como territorio libre. No es una broma. No es un chiste de mal gusto. Es la única estrategia de resistencia que nos queda cuando los Comandantes miden nuestros vientres con cintas amarillas. Ellos quieren bebés. Nosotras queremos placer. El placer no se hereda, no se registra, no se convierte en soldados. El placer es un fin en sí mismo.

Así que, queridas lectoras, cuando esta noche se acuesten con sus hijos, con sus maridos, con sus amantes, recuerden a Laura y a Gabriel. Recuerden que hay un camino que no lleva a la maternidad. Hay un camino que lleva a la libertad. Y ese camino empieza con una frase, dicha en voz baja, en el momento justo:

«Por el culo, no me preñás. Entrá por donde no hay semilla. Por el culo. Ahí no hay ley.»

Eso es el Nuevo Edén. Y yo, desde este podio de Tía, con el uniforme de lana que me aprieta el pecho, lo firmo con leche y hollín, y lo paso por la tubería del agua caliente, para que llegue a las manos de quienes todavía se atreven a desear sin pedir permiso.

Elena.
12 de marzo, 2026.
Centro Rojo de Belgrano.

14 Lecturas/20 julio, 2026/0 Comentarios/por Mercedes100
Etiquetas: anal, hermano, hijo, madre, padre, semen, sexo, vagina
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