Otro fin de semana delicioso
Mi marido no quiso comprar una King size para que durmiéramos los cuatro, cuando invitábamos a su amigo y a su esposa, mi novia, pero colocó varios espejos que los estrenamos, como es debido….
Pues llegó junio y el jueves me fui a confesar con el padre Chema y lo esperé en el confesionario después de la segunda misa. A partir de que se fue el monaguillo, teníamos hasta las doce, en que éste regresaba para abrir otra vez el templo.
–Ave María purísima –dijo el sacerdote solemnemente.
–Sin pecado concebido –contesté.
–¿Qué pecados has acumulado en el mes? –me preguntó Chema.
–Ya cogí con mi papá, desnudos, en mi cama matrimonial. Dos veces durante tres horas cada una –precisé y el padre se soltó un par de botones y sacó el pene.
–Cuéntame cómo fue –me exigió y le conté con detalle lo que hice en la primera y segunda veces.
–¿Crees que tu papá sí llegue a convencer a tu mamá de darle por el culo? –me preguntó en alusión de que conmigo fue la primera enculada que papá hacía, pues mamá nunca había querido.
–No sé, mi mamá es muy firme –contesté–, pero yo se lo daré todas las veces que me lo pida, se mueve muy lindo.
–¿Con el maestro Bedolla has seguido cogiendo? –preguntó.
–Sí, lo hago una o dos veces al mes, cuando el lo necesita, pero que sea en miércoles, jueves o viernes en la mañana –indiqué–, pues ya sabe usted que dos días están destinados a mis primeros amantes y el fin de semana es para lo que mi marido quiera…
–¡Y vaya que quiere! –exclamó.
–Sí, le sugerí que cambiáramos nuestra cama tamaño Queen por otra King size para estar cómodos cuando vayan a casa Pedro y Dalita, esposa de él y novia mía –conté.
–¿Aceptó Ramón tu sugerencia? –me preguntó.
–No, dijo que así nos habíamos acomodado bien. Pero mandó poner espejos como los hoteles, ¡hasta en el techo! Y los estrenaremos el sábado…
–Bien pensado, cuestan menos y rinden más. Buena idea de tu marido –me felicitó– El próximo mes me vienes a contar cómo les fue. ¿Quieres que mañana vaya a bendecir tu recámara y veamos cómo nos vemos en ellos? –preguntó emocionado dándose unos jalones de verga.
–No, se darían cuenta los vecinos –dije sonriendo, pues sé que Chema se coge a alguna de las vecinas de la privada donde vivo.
–Te absuelvo de tus pecados. En el nombre (…) –me santiguó; después le besé y lamí la mano llena de presemen–. Ahora vamos a que cumplas tu penitencia –me dijo y nos subimos a cumplirla…
Me fue bien, tomé vino y leche riquísimos. Me bañó en la ducha culeándome delicioso. Me vestí y salí con la botella de vino de cosecha especial de la que Chema recibe mensualmente una caja de parte de los dueños de una vitivinícola del estado. Ya estaba yo afuera, en camino a casa, cuando escuché la llamada a misa del medio día.
El viernes fui a comulgar, me concebía yo misma como una santa que recibía bendición después de cumplir con la penitencia que mi pastor me imponía.
El sábado, mientras los maridos veían desnudos el futbol, Dalita y yo nos entretuvimos posando para mirarnos en los espejos, principalmente en el del techo, mientras jugábamos con el dildo y hacíamos tijeritas o 69. Después de comer, pusimos a los machos en la cocina para que cumplieran con las labores propias de su sexo: lavar los trastos.
Antes de pasar a la recámara, estuvimos tomando en la sala. Metíamos los penes en el vaso y los lamíamos. Ellos nos obligaban a inclinarnos para mojar los pezones en las copas y nos chupaban las chiches.
También bailamos y descansamos en las piernas de ellos enterrándonos los durísimos penes.
Por fin, pasamos a la recámara y mi marido inclinó a Dalita para cogérsela de perrito mirando cómo le rebotaban las chiches con la enjundia en que Ramón la agitaba. Entre tanto, yo me miraba en el espejo cómo mamaba el palote de Pedro y cómo le lamía las bolas tamaño toro. “Te ves hermosa así, Mar. ¡Qué ricas nalgas tienes!”, exclamaba mirándome en el espejo que él tenía de frente y yo a mi espalda.
Cogimos de diferentes maneras y nos miramos en el espejo del techo cómo mamábamos haciendo un cuadrado: yo se la chupaba a Ramón y Dalita a mi marido. A su vez, mi marido me chupaba a mí y Ramón a su mujer.
También, acostados y cogiendo, mirábamos cómo nos cogían los maridos. Luego ellos se giraban quedando nosotras arriba para que ellos disfrutaran el movimiento de nuestras nalgas en el espejo. Después de un par de eyaculaciones de los machos y que nosotras limpiamos rigurosamente con la boca sus penes, nos dormimos como nos gusta: los machos a la orilla abrazándonos de cucharita a las damas que nos besábamos y respirábamos nuestro amor.
A media noche vino algo excitante pues Pedro se cogió de pie a Dalita, cargándola de las nalgas dándole una buena sacudida y nosotros, en pose de misionero, los mirábamos. Dalita gritaba de tantos orgasmos que estaba disfrutando y echó la cabeza hacia atrás dejando ver el movimiento de tetas que su esposo le imprimía. Mi marido, al contemplar el bamboleo de las chichotas me dio verga con más energía. Cuando Pedro explotó dentro de su mujer, ella se incorporó besándolo, soltó el candado de sus piernas liberando a su esposo de la cintura y éste aflojó el tapón, antes sólido, de la vagina al quedar flácido por la descarga. Depositó a mi novia en la cama, quedaron ambos de rodillas, escurriendo el chorro atole en sus sexos. Le grité a Dalita para que me pusiera su panocha en la boca y le ordené a mi esposo que le chupara el pito a su amigo para que se lo limpiara. Ramón me obedeció y con cada mamada que daba la velocidad de la fornicación que me hacía aumentaba. Chupó tan rico que a Pedro se le volvió a parar y le obsequió otro chorro de lefa a Ramón, el cual tuvo que compartir con Dalita, en cuanto Pedro se acostó cansado por el esfuerzo, pues ella, sin separar su panocha de mi boca, se inclinó para besar a mi esposo, viniéndose éste de inmediato. Sólo escuchaba en mi oído el jadeo de Pedro quien trataba de recuperar el aliento e intentaba juntar su rostro al mío entre las piernas de su mujer. Una hora después, acordamos hacer lo mismo pero cambiando los papeles y Pedro, quien se cogía a Dalita le chupó la verga a mi esposo después que éste me cogió, y yo fui a poner mis cuatro labios de abajo en la boca de mi amada para que ella tomara el atole que me escurría abundantemente; ya saben, mi marido es muy lechero… Una vez que Ramón soltó otro trallazo en la boca de Pedro, yo besé a éste para que me compartiera la leche, el mismo sabor que mi novia estaba abrevando de mi panocha.
El domingo, nos fuimos temprano Dalita y yo a misa, pero no llegamos porque Amador nos interceptó, llevándonos a su casa, donde, después de mamarnos y atragantarse con lo que nos habían surtido los maridos, nos dio una carga a cada una en menos de una hora y nos regresó a casa.
Al llegar, hicimos un 69 cada una con su marido para tomar la lechita del desayuno y darles el atole que hicimos con mi amante Amador. Volvimos a salir, esta vez al mercado, dejando acostados a los maridos para que se repusieran de la venida que les sorbimos.
Compramos cuatro órdenes de menudo con el libidinoso de siempre a quien le mostramos algo de nuestros encantos y nos retiramos moviendo las nalgas al estilo puta. También pasamos por algo de fruta en el puesto de don Remigio y su ayudante Dagoberto, menor de 18 años pero bastante desarrollado y peludo como osito; ya conté cómo, en una urgencia mía y con el pretexto de que me ayudara a llevar las bolsas a casa, lo inicié en las artes amatorias.
–Queremos algo de fruta para nuestros maridos –le dije al puestero.
–¡Uh, no hay algo mejor que papaya y melones para los hombres! –dijo don Remigio ofreciéndome un melón.
–Gracias, pero de eso ya tuvieron mucho, incluso regado con yogur de sabores diferentes –señalé con malicia y Dagoberto, el muchacho que le ayuda al puestero, mostró una erección repentina provocando una sonora risa de Dalita.
–¡Ja, ja, ja! Creo que a alguien se acordó de esas precisas frutas… – externó Dalita moviendo la mirada a la montaña surgida en el pantalón de Dagoberto, quien se enrojeció de la cara.
–Les daremos manzana, kiwi y pera con un jugo de naranja –señalé eligiendo la fruta.
Al regresar a la casa, nuestros machos aún no se levantaban y nos pusimos a picar la fruta y exprimir las naranjas. Cuando estuvo listo, cada una llevó a la ducha al marido de la otra donde exigimos la culeada respectiva. Los secamos y así, en pelotas, desayunamos. Ellos mismos, sin que se lo sugiriéramos, llevaron los trastos al fregadero y los lavaron, mientras Dalita y yo, muy acarameladas, veíamos la televisión e intercambiábamos besos, caricias y chupadas.
Obviamente ellos llegaron con sus cervezas, le cambiaron al canal para mirar el futbol, pero no dejaron que nos fuéramos, cada quien agarró a su mujer y la sentó en las piernas. Obviamente ellos no miraban la pantalla y nosotras, felices, remolineábamos en sus vergas orgasmeando a más no poder. Sí, además del clásico presemen, se vinieron un poquito, pero luego Dalita y yo intercambiamos asientos, pero, antes de meternos las vergas, se las limpiamos con mamadas para que se templaran otra vez.
Parárselas fue muy fácil pues el sabor que tenían por tanto atole que soltamos en la cogida era un gran estimulante para chupar verga y huevos. Una vez sentadas, volvimos al movimiento circular de nalgas, pero devorándonos las lenguas llenas del sabor de atole. Los cuatro gemíamos y gritábamos moviéndonos tanto que nos vinimos varias veces y quedamos jadeando al dar bocanadas de aire para reponernos de tanto ejercicio.
Me pareció ver una silueta a la orilla de la ventana que daba al jardín del frente, donde la cortina estaba con una ligera separación; agucé la mirada y descubrí que sí, había un mirón. Dejé a Pedro reponiéndose y caminé para cerrar bien la cortina. El mirón emprendió la huida silenciosamente y descubrí que era Dagoberto, el ayudante en el puesto de frutas. Cerré bien y regresé a limpiarle la verga a Pedro, Dalita hacía lo mismo con mi marido. Al terminar, nos abrazamos y besamos para compartir el sabor de nuestra hazaña. Los hombres se quedaron tomando y nosotras fuimos a descansar a la cama disfrutando en los espejos la imagen de nuestros cuerpos y los mimos que nos hacíamos. Más tarde llegaron los maridos para ponerse su ropa, solicitando que nos vistiéramos.
–A ver, putas lesbianas, vístanse para ir a tomar una nieve a la plaza –ordenó Pedro.
Salimos de casa, cada quien con su cónyuge y salimos a la zona del parque donde se ponen los puestos en la tarde-noche. A la fila de las nieves, llegó Dagoberto formándose atrás de mí. Sin que se dieran cuenta, le pegué las nalgas a su pubis y después de moverme un poco, me separé de golpe.
–¡Perdón! –le dije–. Por tercera vez nos vemos hoy… –señalé mirándolo fijamente. Dagoberto se quedó callado y bajó la mirada–. No me gusta que me espíen, menos cuando cojo –dije esto último en voz baja, haciendo un gesto de disgusto severo.
–Discúlpeme… –musitó y, apenado, se salió de la fila.
Al regresar a la casa, Dalita me preguntó qué le dije algo al muchacho y concluyó “¿Te vas a volver a coger al peludo?”. “No, lo regañé porque se hizo una chaqueta viéndonos coger”. Dalita creyó que era una broma lo que yo decía.
Antes de que se despidieran, Dalita me dijo que le había gustado lo de los espejos. Le hice ver que la idea fue de Ramón, mi marido.
–Principalmente porque él quería verte sacudiendo las tetas mientras él o Pedro te cogían de perrito, y logró su objetivo. Pero el miércoles veré que hace mi papá al verlos…
–¿Le vas a ver los pelos, de cuerpo completo al bebé Dagoberto? ¿En eso quedaron? –insistió Dalita.
–No, no conviene ese niño, es tan caliente que nos espió mientras cogíamos. La cortina estaba un poco separada y el arbusto del jardín lo ocultó mientras se la jalaba –indiqué y Dalita se quedó con la boca abierta. Apenas hace tres días me confesé con el padre Chema y ya tengo más pecados cometidos.
–Es lo rutinario, no exageres… –precisó.
–Pues la cogida con ustedes, el trío que tú y yo hicimos con Amador, la modelada que adrede le di al mirón cuando fui a cerrar la ventana; mañana con Bernabé; el martes con Amador; el miércoles con mi papá; el jueves con el profe Bedolla, ya quedamos. Además de las ordeñas diarias a mi marido para darle atole a quienes les gusta. ¿Te parece poco en una semana? ¡Chema se la va a jalar bastante cuando le cuente los detalles! –externé dando por terminada la conversación.
–¡Esa es mi novia putísima! –dijo abrazándome–. No se te olvide escribir lo que pase con tu papá, me calienta tan sólo imaginármelo. Es más, esta semana me tiro al mío, en trío con mi mamá.



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