Recepción al marido, al día siguiente de haber hecho un trío con dos putos
Aprovechando una salida de mi marido, cité a dos amigos para que hiciéramos un trío (el primero), , pero dejé pendiente contar cómo recibí a mi marido al día siguiente..
Después que despedí a mis amigos, eso ya lo conté en «Ber y Chicles atendieron mi petición de hacer un trío«, dormí de un tirón, como cuando era niña, hasta que la alarma del reloj me despertó pues se me había olvidado desconectarla el día anterior. Me dirigí al baño con la sensación de traer dos vergas dentro en cada paso que daba. “¡Gracias, amigos, me hicieron feliz!”, pensaba recordando lo feliz que la pasé, incluidos dos desmayos de placer, ¡nunca había tenido uno!
A mi marido le fue muy bien al día siguiente, los desmayos me sobrecalentaron y él se benefició
Apuesto que te quedaste con ganas de más acción.
Al despedirse me dieron unas lamidas por todo el cuerpo, “Lo tienes en excelentes condiciones”, “Síguelo usando, que nosotros estaremos para atender los deseos de lo que te falte”.
Dormí de un tirón, como cuando era niña, hasta que la alarma del reloj me despertó pues se me había olvidado desconectarla el día anterior. Me dirigí al baño con la sensación de traer dos vergas dentro en cada paso que daba. ¡Gracias, amigos, me hicieron feliz!
Mi amiga Gloria, “La Vaquita” comentó después de leer el relato “Además de las gracias que tienen, son muy serviciales. Si alguna vez tienes frío, te dan una calentada riquísima; pero si tienes calor en la vagina, te lanzan chorros para apagarlo…”, a lo que contesté “»¡Esos chorros, deliciosos! Claro que tomé nota de su disponibilidad, habré de usarla otra vez…»
Ber me hizo una observación que no relaté: “¡Te veías muy hermosa! Lo que se me hace raro es que hayas despedido a tu marido en zapatillas de tacón. En fin, las mujeres son muy raras. Lo cierto es que me encantó verte caminar encuerada y de tacones, ¡toda una puta sensual! Cuando te dirigiste a la cocina moviendo las nalgas, se me cayó la baba, tanto de la boca como de la verga. ¡Te veías divina! y los pasos medidos, un pie delante del otro, caminabas despacio y las nalgas se sacudían con dulzura… La próxima vez, quiero que hagas una pasarela quitándote la ropa”.
Sí, faltó de ser señalado en el texto ese detalle. Toda la mañana anduve con pantuflas. Efectivamente, no mencioné que, para recibirlos, además de pintarme los labios y peinarme, me puse tacones: paran más las nalgas y los excita al verte caminar. ¡Claro que la siguiente vez te haré una pasarela y un estriptís a tu gusto!, le aseguré.
Por su parte, Chicles hizo un comentario muy lindo que me levantó el ego “¡Estás muy buena por donde se te vea!”, reafirmando con estas palabras lo que me hicieron gozar, a pesar del temor que yo sentía antes de recibirlos a causa de nuestra diferencia de edades. Tita tiene mucha razón “Las tetas sirven muy bien de anzuelo, y, aunque estén algo caídas, les queda mucho de su encanto”, es obvio que habla desde la gran experiencia que le da su cotidianidad con los hombres.
Después de leer los comentarios, me contemplé desnuda ante el espejo y repitiendo lo mismo que dije hace unos 40 años atrás al mirar mi figura sin ropa “¡Eres muy linda decididamente!”, cantando una estrofa de “Lady Elizabeth”.
Estuve en negligé todo el día, haciendo el quehacer, leyendo y oyendo música. No hice de comer pues el día anterior hice para dos días. Mi esposo comería lo mismo que preparé para mis amigos, pero este día sí habría una variante: incluiría la sugerencia de Mar para la crema de jaiba: “ponerle un poco de lo que traía en mi concha”.
Así, cuando Gerardo, mi marido, me marcó para indicarme que ya estaba de regreso en la ciudad, volví a repetir el mismo ritual con el que recibí a mis amigos. Me acicalé un poco pintándome los labios y peinándome (tanto arriba como abajo, donde tengo una maraña). Portaba solamente el negligé y zapatos de tacón. Justamente, cuando terminé de acomodar la mesa, Gerardo abrió la puerta.
–¡Estás hermosísima Ishtar! –exclamó mi esposo–. ¡Y huele muy rico! –añadió al percibir el aroma de la comida.
Me acerqué moviendo sensualmente la cadera, además de darle juego al balanceo oscilatorio de mis chiches. Lo besé y mientras mi lengua templaba la firmeza de su deseo, comencé a desnudarlo.
–Lávate las manos mientras te quito los zapatos –le ordené.
Al concluir mi trabajo, le puse unas pantuflas y, después de deshacerme del negligé le pregunté. “Qué quieres hacer?” Gerardo, con sus manos en mis nalgas y su babeante glande en mi ombligo cuestionó: “¿A qué te refieres?
–Me refiero a lo que deseas primero. Ayer, cuando te fuiste aseguré “Mañana, cuando regreses, te tocará otra ordeña más”, pero quizá traes hambre… –precisé.
Por respuesta, me cargo de las nalgas, su boca se apropió de la mía, yo abrí las piernas y mi marido me penetró de un solo sablazo con su arma muy templada. Me agitó de arriba abajo varias veces hasta que sentí dentro de mi vagina el calor de su potente eyaculación. Me bajó y cuando mis pies estuvieron tocando el suelo, se salió de mí.
–Ya me dio sed y hambre… –susurró aún con los ojos cerrados y me soltó para darme la vuelta y nalguearme con delicadeza.
Sentí escurrir el semen por mi entrepierna, lo senté y fui a la cocina para añadir el producto de nuestro amor a la sopa de jaiba sin que se diera cuenta…
Si me preguntan, lo de ayer con mis amigos putos fue lujuria extrema, y lo de hoy fue amor completo.


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