Segundo día en el camping —Playa nudista—
vamos a la playa nudista Carla, Matia y Yo .
Al segundo día de estar en el camping, Julio me dijo que tenía que ir un día a Madrid, que era donde vivían él y María, por un asunto de trabajo que le había salido de última hora. Me preguntó si me podía quedar con María ya que había hecho buenas migas con Carla. Yo le dije que sin ningún problema, que se fuera tranquilo.
Antes de marcharse, Julio me comentó que María conocía una playa a la que ellos dos solían ir, que estaba un poco escondida pero que era muy bonita. Así que después de que Julio recogiera sus cosas y se fuera en el coche, nosotros tres nos preparamos para ir a esa playa. María sonreía mientras guardaba toallas en su mochila, y Carla parecía contenta de tener compañía de su edad.
Caminamos unos veinte minutos por un sendero entre pinos hasta que llegamos. La playa era una cala pequeña, con arena fina y agua cristalina. Había poca gente, algunas parejas y grupos dispersos. María nos explicó que era playa nudista, que era lo normal allí. Nos miramos los tres, nos encogimos de hombros sonriendo, y nos fuimos desvistiendo.
Ver a mi hija Carla desnuda no era algo nuevo para mí, pero sí verla junto a María, los dos cuerpos de unas niñas de 7 y 9 años, brillando bajo el sol, sus pieles morenas contrastando con el blanco de la arena. María tenía un cuerpo más infantil, plana completamente, sin pelitos en el coñito, un coñito de una niña de 7 años. Mi hija Carla de 9 años era más grandecita, mas volumen, con unos pequeños pezoncitos firmes y un culito redondito que aún conservaba ese aire de que nunca hubiera sido follado. Yo me desvestí también, sintiendo el aire cálido en mi piel, consciente de que mi cuerpo de cuarenta y tres años no era lo que era, pero todavía conservaba forma.
Nos tendimos las toallas y nos pusimos crema solar. Noté que algunos hombres que había por allí nos miraban de reojo. Había un tipo en particular, sentado un poco más allá, que no disimulaba. Tenía unos treinta años, cuerpo atlético, moreno, con un paquete considerable entre las piernas que se tocaba disimuladamente mientras observaba a las chicas.
María se dio cuenta y me lo señaló con una risita. «Ese es Hugo», me dijo. «Viene a veces y me toca. Es simpático.»
Al rato, Hugo se acercó. Nos presentamos formalmente. Él era Hugo, treinta años, trabajaba en informática y venía a desconectar los fines de semana. Nosotros nos presentamos:
María, 7 años —Aunque ya la conocia;
Carla, 9 años
—Soy su hija —Le dijo…
—Y yo, Rubén, cuarenta y tres, padre divorciado.
Hugo se sentó con nosotros. La conversación empezó siendo normal, sobre el tiempo, el camping, la playa. Pero sus ojos no paraban de recorrer los cuerpos desnudos de las niñas, y ellas lo notaban. María empezó a coquetear abiertamente, estirándose para lucirse, abriendo un poco más las piernas de lo necesario. Carla, que nunca había sido tímida, le imitó.
El ambiente se fue calentando. Hugo se atrevió a hacer un comentario sobre lo guapas que estaban las dos, y ellas se rieron. Entonces María, con una audacia que me sorprendió, le dijo que si quería tocarla, como lo hacía cuando estaba su padre con ella. Hugo miró hacia mí, buscando permiso. Yo asentí con la cabeza, sintiendo cómo se me empezaba a poner dura solo de imaginar lo que podía pasar.
Hugo empezó a acariciar lo que de aquí en unos años serían los pechos de María, amasándolos suavemente, pellizcándole los pezoncitos que se le pusieron duros como guisantes. María gemía suavemente, arqueando la espalda hacia él. Luego pasó a Carla, que cerró los ojos mientras él le tocaba los pezoncitos pequeños, que igual que María de aquí en unos años serían pechos, haciéndola jadear.
Las chicas empezaron a tocarle a él. María le agarró la polla, que ya estaba semidura, y empezó a masturbarle lentamente. Carla se acercó y le tocó los huevos. Hugo gemía, con la cabeza echada hacia atrás, disfrutando de las manos de las dos niñas en su miembro.
Entonces María me miró y me dijo que me pusiera delante de ella. Me arrodillé en la toalla, frente a ella, mientras ella seguía agarrando la polla de Hugo. Me la acercó a la boca, y yo la tomé entre mis labios. Estaba caliente, olía a sudor y a mar, y sabía a sal. María me la metía poco a poco en la boca mientras ella seguía masturbando la base con su mano.
Empecé a chuparla, moviendo la lengua por el glande, lamiendo el frenillo. Hugo gemía cada vez más fuerte: «Joder, qué bien lo haces… así… más profundo…» María me guiñaba un ojo y me ponía cara de que le gustaba lo que veía mientras me la metía hasta donde podía, sintiendo cómo me tocaba la garganta.
Después fue Carla quien quiso probar. Me aparté y ella tomó el relevo, metiéndose la polla de Hugo en su boquita. La chupaba con entusiasmo, haciendo ruidos húmedos, babosa. Se la metía hasta donde podía y sacaba la lengua para lamer los huevos. Hugo la agarraba del pelo suavemente, guiando su ritmo.
Entonces María dijo que Hugo se la follara ya que ahora ya no era virgen después de que yo le quitara la virginidad. Se puso a cuatro patas sobre la toalla, ofreciéndole su coñito desde atrás. Hugo se posicionó detrás de ella, agarró su polla y empezó a frotarla contra los labios vaginales de María, que estaban ya mojados. Ella gemía, pidiendo más.
Hugo empezó a meterla sin condón como a María y Carla les gusta siempre sintiendo la polla al natural, despacio primero. María soltó un gemido largo: «Ahhh… sí… métela toda…» Él fue entrando centímetro a centímetro, abriéndola, hasta que la tuvo entera dentro. Empezó a moverse, primero despacio, luego con más fuerza
—Joder Maria con 7 años y como te gustan las pollas—Dijo Hugo.
Los golpes de sus caderas contra el trasero de María hacían un sonido seco, «plap, plap, plap». Ella gemía sin disimulo: «¡Ah! ¡Ah! ¡Sí, fóllame! ¡Más fuerte!»
Yo estaba arrodillado delante, y María me agarró la polla y se la metió en la boca mientras ella recibía por detrás. La tenía dura como una piedra. La chupaba mientras sentía cómo la cabeza de Hugo se movía dentro de ella, transmitiéndoseme a través de sus gemidos.
Hugo cambió de agujero. Sacó su polla brillante de los jugos de María y la posicionó contra su ano. María respiró hondo y él empezó a presionar. Ella se relajó y él entró, primero la punta, luego más. María gritó: «¡Dios! ¡Es muy grande! ¡Poco a poco!» Hugo esperó un momento y luego empezó a moverse, metiéndosela entera por el culo. María se volvía loca de placer: «¡Ah! ¡Por el culo! ¡Sí! ¡Me encanta!»
Mientras tanto, yo seguía con mi polla su boca. En eso noté que otro hombre se acercaba. Era un tipo de unos cuarenta años, que había estado observando desde lejos. Se paró junto a nosotros, viendo el espectáculo, y se empezó a tocar su propia polla, que sacó de su bañador.
María, que lo vio, me dijo que le hiciera caso. El hombre se acercó a mí y me puso su miembro en la boca. Lo tomé sin pensar, empezando a chuparlo mientras seguía con mi polla en la boca de María. Este nuevo tipo tenía la polla curvada hacia arriba, de buen tamaño. La chupaba con ganas, sintiendo su sabor, diferente al de Hugo. Él me agarró la cabeza y empezó a follarme la boca, metiéndosela hasta el fondo. Sentí cómo se tensaba, cómo sus huevos se contraían, y de repente me llenó la boca de semen caliente y espeso. Tragué todo lo que pude, y él se retiró, se ajustó el bañador y se fue sin decir nada.
Después fue el turno de Carla. Hugo salió de María y se acercó a mi hija, que ya estaba mojada y ansiosa. Carla se puso también a cuatro patas, ofreciéndose. Hugo le metió primero por el coñito, que entró fácil por lo excitada que estaba y porque ya estaba bastante follada. Carla gemía: «¡Sí! ¡Fóllame! ¡Como a ella!» Hugo le daba con fuerza, haciéndola moverse sobre la toalla.
Yo me puse delante de Carla y ella se puso mí polla en su boca. La tenía empalmada, roja y sensible. Carla la chupaba con maestría, moviendo la lengua alrededor del glande, metiéndosela hasta casi el fondo, ya había chupado bastantes y se notaba. Yo gemía, sintiendo el calor de su boca mientras ella recibía embestidas por detrás.
Otro hombre se acercó, este más joven, de unos veinticinco. Vio la escena y se sacó la polla. Carla se sacó mi polla de la boca un momento y me dijo que se la chupara a él también. El chico se acercó y me la puso en los labios. Era larga y delgada, con la punta brillante de presemen. Me la metí en la boca y empecé a chuparla, sintiendo su pulso. Él gemía: «Joder, qué boca…» En pocos minutos se corrió, llenándome la boca de un semen más líquido, salado. Tragué y él se marchó.
Hugo estaba follando a Carla por el culo ya. La penetraba despacio, abriéndola, mientras ella gemía: «¡Ah! ¡Duele un poco! ¡Pero no pares!» Él le metía toda la polla por el ano, viéndola desaparecer entre sus nalguitas.
Después de que Hugo se corriera dentro de Carla, yo quería sentir el coñito de María otra vez. Me puse detrás de ella, que seguía a cuatro patas, y le metí mi polla por el coñito. Estaba caliente, húmedo, abierto por la follada anterior. La penetré con fuerza, agarrándola de las caderas. María gemía: «¡Sí, Rubén! ¡Fóllame! ¡Dame tu leche!» La embestí unas cuantas veces y me corrí dentro de ella, sintiendo cómo pulsaba mi polla al soltar todo el semen.
Hugo se volvió a poner con Carla y también se corrió dentro de ella, pero en su ano. Luego se levantó, se limpió con una toalla, nos sonrió y se fue.
María y Carla se quedaron a cuatro patas, una al lado de la otra, con el culo en pompa, mostrando sus agujeros llenos de semen. Me dijeron que les limpiara. Me acerqué y empecé a lamer el coñito de María, sacando mi propia corrida con la lengua, saboreando ese sabor mezclado de los dos. Luego pasé a Carla, lamiendo su ano de donde salía el semen de Hugo. Me lo tomé todo en la boca, mezclándolo con el que ya tenía de los otros dos hombres.
Cuando terminé, las dos se sentaron frente a mí, mirándome con una mezcla de lujuria y curiosidad. Casi al unísono me dijeron: «Rubén me dijo María y papi me dijo Carla, ¿por qué nos dejas que otros nos follen y tú nos has follado tan poco? Parece que te gusten los hombres. Te encantan las pollas, te encanta el semen…»
Les sonreí, con la boca todavía sabiendo a semen de cuatro hombres diferentes, y les dije que sí, que era cierto, que me gustaban las pollas, que me gustaba sentirme usado, que me gustaba el semen.
—Papi me gustaría ver cómo te follan—Dijo Carla.
Le confesé que sí, que me gustaría que un hombre me follara delante de ellas, que quería que vieran cómo me convertía en una puta.
María miró a su alrededor y vio a un hombre mayor, de unos sesenta y cinco años, con el cuerpo blando pero una polla bastante grande que colgaba entre las piernas. Le llamó. El anciano se acercó, sorprendido. María muy inocente pero bastante lista para tener 7 años, le explicó la situación, que querían que me follara a mí. El viejo sonrió, mostrando unos dientes amarillos, y dijo que sí, pero que primero quería ver a las dos chicas haciendo un sesenta y nueve y les explico lo que era y ellas lo entendieron.
María y Carla se pusieron en la posición, una encima de la otra. María estaba arriba y Carla abajo, con sus coñitos uno frente al otro. Empezaron a lamérselos mutuamente, con sus lenguas húmedas recorriendo los pliegues, metiéndose los dedos, chupándose los clítoris. Gemían las dos, una sobre la otra, creando una sinfonía de placer.
El anciano me hizo señas. Me puse a cuatro patas, ofreciéndole mi culo. Él se puso detrás, escupió en su mano y me lubricó el ano. Luego posicionó su polla, que aunque no era tan dura como la de Hugo, era grande y pesada. Empezó a meterla. Gemí fuerte: «¡Ah! ¡Sí! ¡Fóllame!» Él entró despacio, abriéndome, y cuando estuvo entera dentro empezó a moverse.
Me cogió fuerte de las caderas y me empezó a dar con fuerza. Yo gemía como una perra: «¡Ah! ¡Ah! ¡Más! ¡Duro! ¡Dime que soy un maricón!» Él me obedecía: «Toma maricón, toma polla de viejo, puta…» «¡Sí! ¡Soy una puta! ¡Fóllame!» gritaba yo.
El anciano me decía después de supuestamente que también hubiera presentado la escenas de antes:
—»Antes te ponía ver cómo se follaban a tu hija, y a María, y ahora ella y María son las que les gusta ver cómo te follan a ti. Te usan, maricón. Eres su juguete.»—
Sus palabras me excitaban más. Sentí cómo se tensaba, cómo empezaba a bombear más rápido, y de repente sentí su corrida caliente dentro de mi culo, llenándome. Él se quedó un momento dentro, luego se salió y se fue, ajustándose el bañador.
Yo me quedé ahí, a cuatro patas, con el culo abierto y lleno de semen. María y Carla terminaron su sesenta y nueve, corriéndose casi al mismo tiempo en la boca una de la otra.
Al final nos quedamos los tres en la playa, viendo la puesta de sol. Estábamos los tres llenos de semen: yo tenía en mi culo el del anciano y en mi boca el de tres hombres más; María tenía el mío en su coñito; Carla tenía el de Hugo en su coñito y en su culito. Nos miramos, sonreímos, y supimos que queríamos otro día igual, o mejor.
Gracias por sus votos se agradece.
Pero lo más seguro es que esté sea mí último relato, por falta de comentarios con ideas.
Un saludo

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