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Fantasías / Parodias, Heterosexual

Un apagón electrizante (Relato breve, parte 1)

El ingeniero Noguera va a la enorme instalación eléctrica de una fábrica para intentar solucionar un apagón general. Esa tarde encuentra en los brazos de Sarita, la hija del licenciado Robles (quien lo convocó) experiencias prohibidas y electrizantes..
Un apagón electrizante.

Parte 1

Personajes:
Ing Alberto Noguera (42 años).
Licenciado Robles (40 años).
Sarita (11 años)

—¡Ing. Noguera! ¡Qué bueno que llega! ¡Cuidado! Está un poco oscuro porque estamos trabajando con la instalación de emergencia— le advirtió el sujeto cuando llegó al lugar sin poder ocultar la alegría que su presencia provocaba. Después de todo, esta era una de las fábricas más importantes del país y no se podía dar el lujo de detener su Operación tantas horas.
—Entiendo, no se preocupe señor Robles; ya aquí andamos…pero antes tengo que hacer algo en la computadora y firmar unos papeles, así como la orden que levantó— respondió de mala gana Alberto. Llevaba un tiempo de mal humor y lo adjudicaba al hecho de andar muy caliente. No sabía si una cosa tenía que ver con la otra ya que, aunque era extraño en él, no había tenido oportunidad de tener sexo y eso lo traía inquieto. Su esposa se había marchado de casa y, aunque las cosas estaban mal, el ingeniero sabía en sus adentros que más vale agujero al lado suyo que curarse con la mano.
Cuando el sujeto aquel abrió un despacho próximo, lo primero que oyó fue un grito:
—¡Hola, pa!
Lo que a Alberto le faltaba: una niña que debía estar entre los 9 y 11 años, delgada pero fuerte. Alberto se dió cuenta de esto por cómo la niña corrió, se trepó en Robles, su padre, y se sostuvo con su fuerte cuerpo, con las piernas enredadas en la cintura de Robles y los brazos alrededor del cuello del hombre que lo había recibido.
—Perdone ingeniero Noguera. Tuve que traer a mi hija a la chamba porque hoy hubo asueto— se disculpó Robles
Alberto seguía sorprendido e inconforme. Estaba seguro de que la presencia de la chiquilla iba a atrasar su trabajo y a demorar las cosas, lo que invariablemente le haría salir más tarde de ese lugar que estaba tan lejano de su domicilio. Eso síñin duda arruinaría la idea que había tenido hace unas horas, antes de la llamada de Robles: se daría un gusto ese día ante una jornada un tanto tranquila. Al estar tan caliente iría a conseguir dos cosas para saciarse: una puta bien buena y un par de gramos de lo que ustedes lectores se podrán imaginar.
Alberto miró detenidamente a la hija del sujeto. Notó extrañado que, aunque no había clases ese día, ella portaba el uniforme del colegio,  «seguramente confusión del padre», pensó. El uniforme era una blusa ajustada blanca, casi transparente y una falda a cuadros azul marino con verde oscuro que le llamó la atención dado que era bastante corta. Justo cuando iba a preguntarle al hombre la edad de la pequeña mujercita que tenía enfrente…
—Ella es Sara o Sarita. Apenas cumplió los 11… porque aún no los cumples, ¿verdad? — se dirigió Robles con simpatía hacia Sarita — y pues no nos dimos cuenta de que hoy no había clases… — se redirigió al ingeniero.
Alberto la vio y no podia creer lo que veía. Si bien Sara no era una mujer hecha y derecha, tenía un atractivo magnético y muy curioso. La blusa, que estaba firmemente ajustada, encerraba dos melones bastante considerables a pesar de que ella tuviera esa edad. Alberto sacudió la cabeza y despertó medianamente de su letargo; un letargo que no le parecía natural en él. Sin pensarlo volvió a ver a Sara («o bueno, Sarita», pensó burlón) y su ajustada blusa… entonces pensó que esos melones deberían ser muy jugosos cuando la niña saltó del sillón que estaba en esa oficina para saludarlo (tampoco eso le pareció buena idea) ya que rebotaban deliciosamente. De igual forma, aunque un poco maltratadas y no muy bien hidratadas que digamos, la (mini)falda dejaba al descubierto  unas piernas considerablemente torneadas y apetitosas.
Como Sara o Sarita había saltado intempestivamente, tiró su cuaderno y un lápiz lo que provocó que, al agacharse a recogerlos, Alberto tuviera lugares de primera fila para ver que la pequeña ya tenía formado un culo bastante decente… lo tenía que admitir para si mismo: el cabrón de Alberto no sabía si estaba caliente, si estaba de mal o buen humor o qué, pero sabía que frente a él tenía una hermosa chamaca de 11 años con un culo delicioso y unas tetas que seguramente sabían riquísimas.
Aunque Alberto Noguera se dijo a sí mismo que quizás eso no estaba bien, Sara reía, tomaba artículos de oficina y daba brinquitos con lo que retumbaba su culazo y rebotaban sus tetas que estaban bien buenas desde esa edad.
Aunque por un momento se decía a sí mismo que eso no podría estar bien, oyó la voz de Robles.
—Inge, me da mucho gusto que haya venido y sé que quizás la presencia de mi nena le agobie, pero es que no tuvimos otra opción…— admitía el licenciado Robles preocupado por la imagen que esto podría crear en el ingeniero, sobre todo, cuando se percató que, como era costumbre, era difícil que Sarita se quedase quieta.
—Además quisiera pedirle un favor— prosiguió el licenciado Robles.
—¡Hombre, que cabrón! — replicó Alberto con una carcajada un tanto irónica —déjeme antes terminar de hacerle el primer favor que me pidió— bromeó Alberto ya más relajado, algo que sorprendió a ambos caballeros.
Con ese intercambio, el licenciado Robles ya no consideró tan disparatado el favor: debía caminar  «rápido» primero a su auto y luego a una bodega no tan cercana, en lo que Alberto, sin mucha opción, aceptaba «echarle un ojo» a la riquísima Sarita.
El licenciado Robles notó algo raro en la manera en la que el ingeniero miraba a su pequeña, pero tenía que sacar adelante la Operación y no podía fallar, no en medio de un apagón.
Por su lado, Alberto no pudo evitar sentir como bajo su pantalón se le iba parando poco a poco la verga, que ya palpitaba en búsqueda de un agujerito que penetrar… sobre todo con un manjar magro, como Sarita, frente a él.

Todavía no pasaban ni 10 minutos. Sara intentaba distraerse y hacer las actividades que su papá le encomendó, aunque falló en la principal: no molestar a Alberto.
— Ingeniero… ¿qué? Es que no me acuerdo de su nombre—, preguntó Sara risueña.
— Noguers. Alberto Noguera
—Ingeniero Naranjas (la nena de 11 años lo dijo mal) es que este es el único sillón y está mojado…este… y ya no me puedo sentar ni acostar ahí, ingeniero … ¿Cómo me dijo que se llamaba?— lamentó Sara y quiso verificar lo que creía ya saber.
—Tú me puedes decir Alberto— invitó el ingeniero a Sara, no tan inocentemente…Quería ganarse su confianza aunque eso al parecer no fuera necesario; algo que entendió cuando Sara dijo:
—Oiga. Alberto, ¿me puedo sentar en sus piernas? Es que estoy aburrida y quiero jugar trenecito. Y el sillón está mojado.
Alberto se rio tímidamente pero, al notar nuevamente que su verga crecía, no pudo evitar acomodársela por encima del pantalón. También estaba anonadado por el hecho de que hubiera sido Sarita la que sugiriese un juego no tan inocente a su parecer.
—Bueno, supongo que sí— concedió el ingeniero— pero sólo un ratito y antes de que lle…
Estaba a media oración cuando Sara ya se había subido en él, lo que habría sido algo cara a cara, si acaso hubiesen tenido la misma estatura. Alberto sintió mucho placer, como un shock eléctrico que  hacía que se le endureciera más la verga.
—Muy bien pequeña. Acomódate aquí, chiquita. Alberto la había puesto justo encima de su verga.
Sara debió haberla sentido porque lo miró con sorpresa y sobresalto e hizo mueca de… ¿placer?
Ante eso, y sin recibir instrucciones, Sara empezó a mover su culito de atrás hacia adelante.
Alberto quiso tomarla por las nalgas para manipular las cosas y lograr que Sarita se moviera más rápido… y más rico…al hacer el movimiento para alcanzar las nalgas de la niña  se quedó helado con un descubrimiento que dejaría perplejo (y con la verga súper dura) a cualquiera:  Sara no llevaba ropa interior puesta.

Después de darse cuenta de esto, Alberto no se contuvo y acarició el culito de 11 años que, a decir verdad y para la edad en cuestión, era más bien un culote. Al sentir las caricias, Sarita empezó a meter velocidad en los movimientos para el placer de Alberto mientras emitia un ruido de su boca que estaba entre risa y gemido. Esto excitó mucho a Alberto cuya verga ya estaba bien dura, lo que hizo que cerrara los ojos para disfrutar.
—¿Qué es esto duro?— Preguntó Sara jadeando. Ya estaba algo sudada y su cara roja.
—Es mi verga.— contestó Alberto serio y orgulloso.
—¿Lo que que está en el escritorio se llama verga? — preguntó Sara extrañada.

Alberto abrió los ojos de golpe y giró para donde la estaba la mirada de Sara.
—¡Ah no! Es un casco— aclaró notando que los frotamientos de Sara se habían detenido —¿Y ahora? ¿Por qué te detienes? ¿Que ya no quieres jugar? — preguntó Alberto ya bien excitado, pero decepcionado por la interrupción.
Sara parecía estar interesada en el casco y comentó que no era como el de los «señores en moto».
Albero le comentó que eran diferentes porque el que estaba tocando era para la seguridad de un ingeniero lo que también estaba muy chingón.
Al escucharlo y sentir las caricias en las nalgas que no se detuvieron, Sara comenzó a prenderse de nuevo y gimió. También mencionó que el casco estaba duro
—Traigo otra cosa dura. ¿Quieres verla? — Le preguntó Alberto a Sara.

Ella respondió emocionada que sí. Arturo se agarró de un apretón el pinche bulto que ya tenía entre las piernas y se le marcaba bajo el pantalón. Posteriormente había determinado abrirse la bragueta y dejar sacar su pene. Sin embargo, afortunadamente, recordó que por muy bien que se le estuviera pasando y por muy excitada que él percibiera a la niña, la la pequeña en realidad no estaba sola y su padre podría regresar en cualquier momento. Ese pensamiento duró en su mente fracción de segundo porque Sara misma se empezó a subir más la falda y empezó a frotarse más rápido sobre el pantalón de Alberto.
«Esta ya es bien putota» se aventuró a pensar Arturo. Dicho pensamiento no había dejado su mente cuando Sara se echó para atrás y dejó al descubierto su panochita sin pelos tiernita Rosita inmaculada, ya húmeda.
Alberto, arrebatadamente, levanto su mano con el dedo índice y medio extendidos. Buscó su propia boca y los besó lentamente y luego buscó la boca de Sara, puso esos dedos en sus labios e hizo que los besara.
—¡Órale!— rió Alberto viendo a Sara quien se veía confundida pero ni siquiera por eso dejaba de frotarse en Alberto lo que hacía que sus melones se movieron bien rico también. — Ya eres mi novia.

—¿Que más debo hacer como tu novia?— preguntó ella.
—Quizás podrías dejar que te dé un beso.
—¡¡Pero me da pena!!!
—No te preocupes; yo te enseño.

Continuará ….

4 Lecturas/5 mayo, 2026/0 Comentarios/por GustaveFelix36
Etiquetas: colegio, culito, culo, hija, padre, puta, sexo, verga
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