Un coño de ébano
Uno de mis primeros poemas y del que más orgulloso estoy.
I
En la choza de barro rojo donde el sol africano quema la piel,
una madre negra, tetas grandes y pesadas como frutas maduras,
se sienta desnuda sobre la estera y abre las piernas lentamente.
Su hijo querido, piel de ébano brillante, ojos grandes y curiosos,
gatea hacia ella como quien busca el calor que lo trajo al mundo.
“Mamá… tengo sed”, murmura con voz de niño.
Ella sonríe, con los dientes blancos contrastando contra la noche de su piel,
y coge con una mano su enorme teta negra, apretándola hasta que sale leche espesa.
“Ven, mi pequeño… mama de mamá”.
El niño se prende al pezón oscuro y grueso, chupando con fuerza.
Mientras mama, la madre desliza su otra mano entre sus propias piernas,
abriendo los labios gruesos y rosados por dentro de su coño negro.
“Más abajo, mi amor… mama también aquí”, le susurra con voz ronca.
El niño, obediente y curioso, baja la cara.
Su boca pequeña roza el clítoris hinchado de su madre,
y empieza a lamer torpemente, como quien prueba un fruto nuevo y dulce.
Ella gime profundo, un sonido grave y animal que hace vibrar la choza.
“Así… chupa el coño de mamá… eres mi hombrecito”.
Con una mano le sujeta la cabeza rizada contra su sexo,
mientras con la otra se aprieta la teta y se rocía leche sobre el pecho.
El niño bebe la leche que corre por el vientre de su madre,
y lame el jugo que sale de su coño, mezclando ambos sabores en su boca.
Ella se corre con fuerza, temblando, inundándole la carita con su corrida
espesa y caliente.
El niño no se aparta. Bebe. Traga. Se mancha la barbilla y el pecho.
Cuando termina, la madre lo coge en brazos, lo sienta sobre su regazo,
y frota su coño mojado contra la pequeña polla dura del niño.
“Aún eres muy pequeño… pero ya eres mío”, le dice besándole la frente.
Y en la noche africana,
mientras afuera rugen los leones,
dentro de la choza solo se escucha el sonido húmedo
de una madre negra enseñándole a su hijo de cinco años
el sabor más prohibido del mundo.
II
Pero la noche es larga y la madre aún no ha terminado.
Lo acuesta sobre la estera, se pone encima de él a cuatro patas,
y baja lentamente su coño abierto y brillante hasta rozar la pequeña verga tiesa.
Con una mano guía el glande infantil y lo frota contra su clítoris hinchado,
mientras sus tetas pesadas cuelgan sobre la cara del niño, goteando todavía.
“Siéntelo, mi vida… esto es lo que sale de mamá cuando te tiene dentro”,
susurra mientras mueve las caderas en círculos lentos y húmedos.
El niño jadea, pequeño y abrumado, pero su instinto ya empuja hacia arriba,
buscando más de ese calor que lo envuelve como una boca viva.
Ella acelera el movimiento, frotando su sexo contra el de su hijo,
hasta que un segundo orgasmo la atraviesa como un relámpago oscuro.
Su coño se contrae, chorrea sobre la pequeña polla y el vientre del niño,
marcándolo con su olor, con su sabor, con su posesión absoluta.
Y cuando por fin se deja caer sobre él, sudorosa y satisfecha,
lo abraza fuerte contra sus tetas todavía húmedas y le besa la frente:
“Duerme ahora, mi pequeño… mañana volverás a mamar de mamá”.
III
La noche ya era dueña de la choza,
y la madre, aún temblando de placer,
miró a su hijo de cinco años con ojos brillantes
como brasas en la oscuridad africana.
Lo levantó en brazos, su pequeño cuerpo de ébano,
y lo sentó sobre su regazo desnudo.
Con una mano guio la verga infantil, todavía dura,
y la frotó lentamente contra su coño abierto y caliente.
—Siente, mi niño… esto es lo que sale de mamá cuando te desea.
El pequeño jadeaba, confundido y excitado,
mientras su madre movía las caderas en círculos lentos,
rozando su clítoris hinchado contra la polla diminuta.
Gotas de su jugo corrían por el vientre del niño,
mezclándose con el sudor de ambos cuerpos.
Ella aceleró el movimiento, apretando sus tetas pesadas
contra la cara del pequeño, que instintivamente comenzó a mamar.
—Chupa, mi vida… mama mientras mamá se frota contigo.
El niño succionaba con fuerza el pezón oscuro,
mientras su madre gemía cada vez más alto,
un sonido grave y animal que hacía vibrar las paredes de barro.
De pronto, un orgasmo violento la atravesó.
Su coño se contrajo con fuerza, soltando un chorro caliente
que bañó la pequeña verga y el vientre del niño.
Él tembló, soltando un gemidito agudo,
y por primera vez en su corta vida,
un placer desconocido le recorrió todo el cuerpo.
La madre lo abrazó fuerte contra su pecho sudoroso,
besándole la frente con labios temblorosos.
—Mi hombrecito… ya sabes lo que pasa cuando mamá te quiere de verdad.
Fuera, los leones rugían en la sabana lejana.
Dentro, solo se escuchaba la respiración agitada
de una madre negra y su hijo de cinco años,
unidos por el pecado más antiguo y más dulce.
Ella lo meció suavemente entre sus brazos,
mientras el semen y los jugos de ambos se secaban sobre su piel.
Y en voz muy baja, casi como una canción de cuna,
le susurró al oído:
—Mañana… mamá te enseñará algo más.
IV
Cuando el primer sol dorado besó la choza de barro,
la madre despertó a su hijo con un beso profundo y lento.
Lo tendió sobre la estera aún tibia de la noche anterior,
y se colocó encima de él como una diosa de ébano y fuego.
Sus tetas pesadas colgaban como frutos maduros,
balanceándose sobre la cara del pequeño.
Con una mano firme agarró la verga infantil,
aún tibia y endurecida por el deseo de la sangre.
—Hoy, mi guerrero de la sabana,
vas a entrar en el templo que te dio la vida.
Abrió sus muslos fuertes y oscuros,
y frotó lentamente la cabecita contra su coño hinchado,
mojado como la tierra después de la lluvia.
Poco a poco, con la paciencia de quien ofrece un sacrificio,
dejó que la verga del niño se hundiera en su calor profundo.
Un gemido grave y ancestral salió de su garganta,
mientras sus caderas comenzaban a moverse
como las olas del río cuando crece la luna.
El niño jadeaba, los ojos muy abiertos,
sintiendo cómo el coño de su madre lo abrazaba por dentro.
—Siente, mi vida… así es como una madre ama de verdad.
Ella cabalgaba con ritmo antiguo y profundo,
las tetas golpeando suavemente contra la cara del pequeño,
que lamía y succionaba los pezones oscuros con hambre.
El sudor brillaba sobre su piel negra como aceite sagrado,
y el aire de la choza se llenaba del olor espeso del sexo.
Más rápido, más profundo, con gemidos que parecían cantos,
la madre follaba a su hijo con toda la fuerza de su vientre.
Hasta que un orgasmo violento la atravesó como un rayo,
haciendo que su coño se contrajera con fuerza alrededor de la verga infantil.
El niño soltó un grito agudo y tembló entero,
corriéndose dentro de su madre por primera vez,
un chorro caliente y puro que ella recibió con un suspiro largo.
La madre se dejó caer sobre él, sudorosa y temblorosa,
abrazándolo contra su pecho amplio y caliente.
Besó su frente, sus ojos, sus labios,
y le susurró con voz ronca y llena de orgullo:
—Ahora llevas mi fuego dentro de ti, mi pequeño.
Eres carne de mi carne… y semen de mi deseo.
Fuera, los pájaros despertaban la sabana.
Dentro, madre e hijo permanecían unidos,
respirando el mismo aliento,
dos cuerpos de ébano fundidos en el pecado más antiguo del mundo.
V
Ya no había más movimientos, solo el peso sagrado de los cuerpos.
La madre seguía encima de su hijo, con la verga infantil aún dentro de ella,
su coño latiendo suavemente alrededor de esa carne que había parido.
El semen del niño y los jugos de la madre se mezclaban
en un caldo espeso y caliente que chorreaba lentamente
por entre sus muslos negros y brillantes.
Ella lo miró desde arriba, con los ojos llenos de luna y de pecado,
y le acarició la cara con ternura salvaje:
—Escucha, mi pequeño…
Dentro de ti ya no hay niño.
Llevas el coño de tu madre grabado en el alma,
y mi leche prohibida corriendo por tus venas.
Se inclinó hasta rozar sus labios con los de él,
y le susurró con voz grave y profunda, como un conjuro:
—Cada vez que te corras en tu vida,
recordarás este coño oscuro que te tragó.
Cada vez que una mujer te abra las piernas,
buscarás en ella el sabor de tu madre.
La madre apretó su coño una última vez,
exprimiendo las últimas gotas de semen infantil,
y dejó que el líquido caliente cayera sobre el vientre del niño,
marcándolo como se marca a un guerrero.
Luego se levantó despacio,
permitiendo que el niño viera cómo su coño abierto
goteaba la mezcla de ambos, blanca y espesa,
bajando por sus muslos como un río sagrado.
Se puso de cuclillas sobre la cara del pequeño
y, con voz ronca y maternal, ordenó:
—Lame, mi vida.
Límpiale el coño a tu madre…
bebe lo que tú mismo sembraste.
El niño, obediente y extasiado,
sacó la lengua y lamió con devoción
el coño hinchado y chorreante de su madre,
tragando su propia semen mezclado con los jugos maternos.
Ella cerró los ojos, temblando,
y dejó escapar un último gemido largo y profundo,
como si la tierra misma estuviera corriéndose con ellos.
Cuando terminó, lo abrazó contra su pecho sudoroso,
besándole la frente con labios todavía temblorosos,
y murmuró con una sonrisa oscura y satisfecha:
—Ahora sí, mi niño…
ya eres mío para siempre.
Y en la choza de barro rojo, bajo el sol implacable de África,
madre e hijo quedaron tendidos,
dos cuerpos de ébano unidos por semen, saliva y sangre,
fundidos en el pecado más antiguo,
más sucio
y más sagrado del mundo.


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