Un viaje de negocios
Cuando estaba separada de mi marido, trabajé en varios sitios, en todos ellos hubo sexo. Hace poco leí un relato que me recordó la fornicación que disfruté cuando salí con mi jefe a que me capacitara para atender a sus clientes..
Hace pocos días leí un relato de Alma Carrizo titulado «El viaje de trabajo» y recordé uno que yo hice con mi jefe a los Estados Unidos. Esto ocurrió hace muchos años, como 43, es decir yo tenía 32 años, una cara bonita y un par de tetas que me habían servido para gozar de varios amantes, además de haberme tirado a otros hombres cuando quise.
Yo estaba trabajando en un equipo que generaba propuestas para un candidato en campaña. La paga no era mala, pero no me sentía a gusto. Afortunadamente, recibí una propuesta de trabajo. Mi amante Roberto me había recomendado con uno de sus amigos industriales, Edwin, para atender asuntos publicitarios en varios estados de la unión americana. Edwin me llamó por teléfono para hacerme la propuesta, precisando mis tareas, las cuales yo sí estaba segura de poder cumplir.
Sin embargo, me preguntó si mis documentos, pasaporte y visas, estaban en orden para poder acompañarlo a la siguiente semana. Yo accedí y me dijo que me enviaría un primer adelanto de mi sueldo para que me preparara y dejara todo listo en mi casa. Al terminar, hablé con Roberto para preguntarle sobre la personalidad y trato de Edwin, ya que me pidió escoger “vestuario, ejecutivo, pero que no fuera tan formal, sino que también luzca la juventud y sus atributos”, lo cual no entendí más que me viera atractiva.
–¡Ja, ja, ja! No te asustes, se trata de vender, y la presentación cuenta mucho –dijo Roberto, ante mi pregunta.
–¿No querrá llevar “una nalga” para presumir como tenorio? ¿Y qué debo hacer si quiere –propasarse conmigo? –pregunté temerosa–. ¿Edwin ya sabe de nuestra relación? –insistí–. De ser así, ¿no querrá aprovecharse, creyendo que me puedo acostar con cualquiera?
–Eres muy perspicaz, Tal vez él piense tener algo contigo pues cuando le mostré tu foto le brillaron los ojos, pero eso fue al terminar de exponerle las virtudes que tenías para realizar el trabajo que él necesitaba, lo cual lo convenció antes de mirar la foto –explicó Roberto–. Respecto a que él quiera algo más, eso sólo lo propiciarías tú, no quiero ni pensar en ello, más conociéndote…
–Bueno… Oye, ¿y qué tal está? ¿Es joven?, ¿es viejo? ¿Guapo, como tú? ¿Casado o soltero? ¿Tiene aguante en el chaca-chaca? –pregunté porque… porque ya me conocen.
–¡Ja, ja, ja! No cabe duda, puTita… Edwin tiene uno cinco años más que yo, casado y con cinco hijos, todos menores de cinco años, dos en su matrimonio. No tengo foto de él, pero seguramente querrás una donde esté encuerado y de perfil… ¡Ja, ja, ja! No cabe duda, así serás hasta la muerte ¡Ja, ja, ja! –contestó jocosamente.
La verdad es que mi libido estaba desatada en esa edad, y también después… Arreglé mis asuntos, mi hermana pidió una semana de vacaciones para cuidar de mis hijos, le pagué el doble de su salario en el trabajo para que le fuera atractivo. Yo estaba expectante por conocer a mi nuevo jefe.
Se llegó el día. Desde la noche que él llegó a la ciudad me habló para decir la hora en que pasaría a recogerme a mi casa.
–Te habla un señor de acento chapín, lo pasé a la sala –me dijo mi hermana, y supe que era Edwin.
Me terminé de arreglar, tomé mi maleta y bajé.
–Hola, soy Tita y supongo que tú eres Edwin –le dije, extendiendo mi mano para saludarlo.
Yo suponía que su porte sería el de una persona de baja estatura, piel morena, ojos negros, cabello lacio, en fin, todo un chapín. Pero no, era de 1.75 de estatura, la piel era morena clara, de cabello negro, más bien quebrado que colocho, ojos verdes, labios algo gruesos, pero cercanos al rojo. Una mezcla adecuada y perfecta de razas. “A éste me lo tiro”, pensé de inmediato. Más cuando, sonriendo, tomo mi mano para besarla y se quedó embobado viendo mis tetas, que estaban cubiertas por un suéter delgado blanco y la delgadez del sostén, también blanco semitransparente que insinuaban con precisión el tamaño de mis aureolas guindas.
–Yo soy Edwin. Tu nuevo jefe, pero estoy a tus órdenes. Veo que Roberto se quedó corto en tu descripción. Más bien sólo me describió tus virtudes para el trabajo y me mostró una foto tuya de hace 10 años. En la foto se notaba la belleza de tu rostro. Pero… ¡Ahora te ves más bella que entonces! –dijo sin soltarme la mano y tuvo que voltear a verme a los ojos para comentar lo de mi rostro.
–Gracias por el cumplido. Gustas tomar algo o ya nos vamos –dije sacudiéndome delicadamente su mano.
–¡No, así estoy bien, gracias! –Perdón, esto te lo envió Roberto, pero dijo que lo abrieras hasta tu regreso –indicó dándome una caja de la cual despegué y abrí la tarjeta que decía “Pórtate bien”
–Nos está esperando el taxi afuera, para llegar a tiempo al aeropuerto –expresó Edwin y tomó mi maleta.
En el aeropuerto, una vez entregado nuestro equipaje y habiendo pasado a la sala de espera, debimos esperar una hora más para salir. Así que nos fuimos al restaurante donde comenzó a platicarme sobre lo que haríamos en las visitas programadas. También, durante el vuelo, continuó instruyéndome muy profesionalmente, sin contacto ni miradas lascivas y sentí que se alejaban mis posibilidades de tirarme a Edwin.
Ya en la Unión Americana, Edwin me fue soltando algunas responsabilidades y, al parecer, salí bien evaluada. Cuando llegamos a San Antonio, la última ciudad a visitar, disponíamos del domingo libre. Edwin, en el desayuno me preguntó qué se me antojaba hacer, pues ese día no habría trabajo.
–Hagamos lo que gustes, porque lo que yo quiero, y extraño, no es posible –le respondí sin aparentar mayor pretensión.
–¿Será estar con tus hijos? –inquirió inocentemente.
–Mis hijos son muy importantes, pero están a buen cuidado y me comunico frecuentemente con ellos. Lo que sí extraño es el trato de mis amantes –dije dejando implícita la falta de sexo.
–¡Oh! ¿Y solo ellos te pueden tratar así? ¿Cada cuando los ves para que te den lo que te hace falta? –preguntó Edwin.
–Al menos una vez a la semana a cada uno –expliqué cínicamente–. Bueno, la excepción es Roberto con quien es “al año” en lugar de “a la semana”, por razones de distancia.
–¿Y cuántos son los de “la semana”?
–Disculpa que no te lo diga, es un asunto muy íntimo, pero ha habido días en los que me he tenido que tirar a tres. Obviamente no juntos, no soy tan promiscua.
–Eso hace un mínimo de tres amantes, además de Roberto, el esporádico –señaló y yo hice un mohín que le concedía la razón.
–¿Aceptarías a otro esporádico en tu cama? –preguntó tomando mi mano, en franca alusión a su persona.
–La verdad es que no –señalé, y en ese instante Edwin dejó de ejercer presión en mi mano, señal de que quería retirarla–, pero también existen los “eventuales” –precisé, apretándole ahora yo la mano para que no la quitara.
–¡Púchicas! ¿Cuál es la diferencia? –preguntó confundido volviéndome a apretar la mano y sumando la otra a la caricia.
–Al esporádico, lo amo, al igual que a los habituales, pero eventualmente veo a alguien que se me antoja para ese momento, o ando caliente… y, si se da, cogemos rico –dije esbozando la sonrisa más seductora posible.
–¿Aceptarías que en estos días te calme esas ausencias que extrañas? –preguntó y me besó la mano.
Sonreí y moví la cabeza como signo de aprobación. Acerqué mi cara a la suya para darnos un beso. Ya no terminamos el desayuno, pues nos fuimos directamente a mi cuarto donde, con gran maestría, pero tardándose todo el día, me apagó la ignición de la primera noche que en ese momento era un incendio de tanto calor acumulado en varios días y que mis pajas no habían podido controlar.
Todos sus actos fueron muy delicados. Hasta los detalles más románticos los sentía como una caballerosidad para darme el sexo que yo requería y no se prestara a la traición a su amigo Roberto.
Fue muy evidente su admiración al quitarme el sostén, así como su satisfacción al acariciarme y mamarme las tetas. También yo disfruté el paseo de su boca desparramando besos y lamidas por todo el cuerpo, el cual correspondí de la misma forma, hasta concluir en un 69 donde extraje su miel, la cual le compartí en un largo beso donde Edwin estaba sentado en flor de loto y yo sosegada en su regazo frente a él, cruzando mis piernas en la parte superior de sus nalgas; exactamente como lo había hecho varias veces con Vinicio, un maestro de yoga que también era una de mis parejas.
A los quince minutos de estar en esa posición dándonos besos y caricias (obviamente mis mamas fueron las más visitadas), me preguntó sobre el método anticonceptivo que yo usaba.
–El DIU, desde el nacimiento de mi última cría –contesté y el esbozó una sonrisa de agrado.
–Ahora veré qué es, además de tu belleza, lo que les gusta de ti a tus amantes –expresó acostándome en la cama.
Me abrió las piernas, lamió una vez más mi vagina, pero en esta ocasión metió la lengua lo más que pudo, acompañada de un dedo. Continuó un minuto más con las lamidas para que, al mismo tiempo metiera en el ano el dedo mojado de flujo con el que acompañó el inicio del sexo oral. Sin quitar su dedo de mi culo, se acomodó para penetrarme y chuparme las chiches simultáneamente. Lo hizo como un maestro, mejor que muchas de mis parejas. ¡Yo estaba feliz! Mis sensaciones se multiplicaban al sentir esa simultaneidad de caricias en mi cuerpo. No pude evitar los gritos que me provocaban los múltiples orgasmos que venían en cascada. A punto del desmayo, sentí que el pene se endureció y me bañaron dos chorros de semen la vagina, que mi cuerpo respondió con algo parecido a un squirt, y perdí el conocimiento durante unos segundos, pues al volver en mí escuchaba el jadeo de Edwin y sentía en mi oreja el resuello tratando de recuperar el aire perdido en el esfuerzo.
Dormimos un buen rato, hasta que el hambre nos despertó. Pedimos servicio de comida al cuarto y, cuando el alimento llegó, me metí a la ducha mientras Edwin recibía el servicio en bata.
Comimos y platicamos un poco mientras admirábamos nuestros cuerpos, tanto de vista como de tacto y una que otra lamida o beso.
–¿Qué hubieras hecho si te decía que mi método anticonceptivo era el condón? –pregunté al recordar la abundancia en el escurrimiento de la mezcla de flujo y semen que sentí en mi entrepierna cuando me cogió a su gusto (y disfrute mío).
–Te hubiera pedido un condón –dijo con simpleza–, porque yo no traigo, ya que a mí no me gusta ponerme condón.
–¿Qué ha pasado cuando tu pareja no trae condón? –pregunté. Les recuerdo a los lectores que, en esa fecha, aún no se liberaba la pastilla anticonceptiva de emergencia para su venta, ¡faltaban años!
–Pues hace varios años no preguntaba, y si tampoco me ponían condón, suponía que usaban DIU o tomaban píldoras anticonceptivas –dijo encogiendo los hombros–. No obstante, en algunos casos, cuando descubrí que evidentemente eran vírgenes, tuve que esperar el paso del tiempo…
–¿Qué significa eso de “esperar”? –pregunté con curiosidad.
–Esperar a ver si hubo embarazo o no –contestó Edwin como si la respuesta fuese una obviedad.
–Al saberlo, ¿qué hacías entonces? –insistí en el punto.
–Si no hubo embarazo, me olvidaba del asunto, al menos que fuésemos a continuar esas relaciones, entonces les pedía que eligieran un método anticonceptivo –esclareció–. Pero si se hubiese dado la concepción, les proponía que abortaran, evidentemente pagando yo todos los gastos – aclaró, y se quedó callado mirando hacia lo lejos antes de continuar–. Hubo tres mujeres que no quisieron abortar y tengo tres hijos fuera de matrimonio.
Preferí cambiar el rumbo de la plática. Reposamos la comida bebiendo casi todo lo que había en el frigobar y, ya pedos, volvimos a coger (no quise escribir “hacer el amor” porque sólo queríamos sexo). Cómo me faltó un churro de MaryJane para aprovechar más las cualidades de este puto. A pesar de ello, quedé encantada con las regalías sexuales de mi empleo.
Los restantes días de la semana, nos ahorramos el alquiler de un cuarto en las restantes ciudades que visitamos. Nos echábamos dos palos antes de dormir y el consabido mañanero. Además de cabalgarlo bien templado, como burro en primavera, y tomar rico semen (recuerden que soy semenólica), aprendí dos que tres nuevas posiciones, las cuales puse en práctica, con mis queridos, a mi regreso al D. F.
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