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Heterosexual, Infidelidad, Sexo con Madur@s

Una muy especial mañana del sábado en el manglar 🌳

Todos los sábados en la mañana, recorro el interior de un bosque de manglar que está cerca de la casa. Allí tuve un reencuentro con la amiga de mi hija….
Hola, espero que sus masturbaciones sean satisfactorias y sin remordimientos.

No me gusta autodescribirme, pero diré que soy un hombre de 48 años, casado desde hace una década, una hija de 16 años de edad y trabajo como profesor universitario. He contado varias historias en esta plataforma y todas han sido vivencias personales que me han pasado a lo largo de mi vida.

Este relato tiene como protagonista a la amiga de mi hija, la misma del relato «Con la amiga de mi hija». Aunque no es una continuación como tal, allá se enteraran de como comenzó todo.

Esa mañana del sábado el aire salino del manglar me impregnaba solo al entrar en el bosque, estamos en esa época del año cuando el calor era más fuerte. Ese olor a humedad y descomposición que tanto me calma y que fue mudo testigo de la conquista de la mujer que hoy es mi esposa. A la edad que tengo, estos paseos solitarios son mi templo, el contrapeso silencioso a la vida cotidiana que llevaba: mi mujer, mi hija, la casa y el trabajo.

Las raíces aéreas del mangle rojo se retorcían como venas contra el cielo aún pálido y el único sonido era el pequeño crujido distante de los cangrejos violinistas. Aunque conocía al detalle cada sendero del bosque, siempre descubría algo nuevo. Un olor, una vista, una pequeña laguna.

Fue entonces cuando la vi, por un instante absurdo pensé que era una aparición, una de esas leyendas del mangle que se materializaba ante mí. ¿Era el hachero solitario? ¿Era el pescador fantasma? ¿El cangrejo asesino? La verdad era algo más terrenal, más humano.

«Hola», escucho cuando logro voltearme.

Era la amiga de mi hija y vecina de la comunidad. Tiene melena negra con ligeros rizos, que ahora recogía en un desorden deliberado y esos ojos oscuros que siempre parecían esconder algo. La había visto crecer, la conozco desde los 10 años y ahora tiene la misma edad que mi hija, además de pasar por mi casa con risas adolescentes, hasta convertirse en esta muchacha que ahora vestía una falda plisada que le llegaba a mitad de los muslos, de color negra, y una camiseta corta y pegada a su cuerpo, de color blanca y floreada, y que en conjunto mostraba unos contornos que yo observaba con detenimiento desde hacía tiempo… Sobre todo, de la cintura hacia abajo.

«¿Qué haces por acá?», contesto con genuina sorpresa.

«Me gusta venir a caminar al monte, cuando no soporto estar en la casa… Y hoy todos están peor que nunca» dijo, acercándose. Su respiración era un poco agitada, o quizá era mi imaginación.

«Pero hoy me dio un poco de miedo el ruido que venía del monte cuando estaba entrando, parecían gritos. No me gustó nada. Vi que entraste y pensé que podríamos acompañarnos», seguía conversando.

Los latidos de mi corazón se sintieron en todo mi cuerpo, especialmente contra mis costillas de mi pecho, al ver la escena: ella y yo solos en el bosque. Hacía dos semanas que tuvimos sexo por primera vez y quede con más ganas de hacerlo nuevamente. Mi mente se adelantó y crea un millón de formas de consumar el acto en ese bosque.

«Claro, no hay problema», contesto previendo lo que iba a pasar… Y por Dios que quería que sucediera.

Caminamos en silencio al principio, el sendero de tierra firme pero húmedo serpenteando entre los troncos caídos, cangrejos violinistas y una gruesa hojarasca. El espacio era íntimo, cerrado por el follaje con pequeños claros a cada cierto tramo, donde se podía visualizar el cielo azul por encima de la copa de los árboles. Yo iba delante, sintiendo su presencia a mis espaldas como una carga eléctrica. Hablábamos de trivialidades: los estudios, el calor, el alto costo de la vida. Pero cada palabra parecía tener un doble filo, cada pausa se llenaba de un zumbido tenso.

«Siempre me pareciste muy… Muy distinto», dijo en un momento. Su voz era muy baja pero la escuché.

«Mucho más tranquilo a los papás de mis otras amigas», declara abiertamente.

No supe qué responder, la verdad me extrañó el comentario. Se salía de los temas que estábamos conversando y jamás me había dicho algo parecido, ni siquiera después de lo que haber tenido sexo con ella y aumentar la confianza entre nosotros.

«Los años dan eso, supongo», tratando de dar una respuesta aceptable.

«No es solo eso», se detuvo, siento como se detiene su caminar.

Yo también me detengo y volteo al mismo tiempo. Me acerco a ella, nos mirábamos a menos de un metro de distancia. El aire entre nosotros parecía espesarse, podía cortarse con un cuchillo. Estábamos bien adentrando en el bosque, muy lejos del bullicio de la comunidad e inmerso en la naturaleza envolvente.

«A veces, cuando iba a tu casa, te veía leyendo en tu oficina o en tu cuarto. Me preguntaba en qué pensabas», dice con más lujuria que curiosidad. Se le notaba en su mirada, ya se la había visto antes.

Estaba seguro de que era una invitación. Clara, directa, irresistible. Desde ese día en mi casa, cuando tuvimos sexo, nuestras miradas furtivas delataban las ganas de reencontrarnos y volver a repetir esa pasión desenfrenada.

«Pensaba en cosas que no debería», salió de mis labios, como nunca lo había hecho y con una crudeza que me sorprendió.

Ella no retrocedió. Al contrario, una sonrisa lenta, cargada de complicidad, se reflejó en sus labios.

«¿Como qué?», responde sabiendo lo que ella quería, lo que yo quería… Lo que ambos queríamos.

Ya no había vuelta atrás. El bosque lo envolvía todo, era nuestro mejor cómplice. Cerrando la distancia final, alcé una mano y le acaricié la mejilla. Su piel estaba caliente. Ella inclinó la cabeza hacia mi palma, cerrando los ojos un instante.

«Como esto» murmuré al estar a centímetros de su cara.

La mano que acariciaba su mejilla, ahora toma con fuerza parte de su cabello y la traigo hacia mí. La otra mano toma su cintura con fuerza, jalando su cuerpo al mío. Ella esperaba esto para abalanzarse hacia donde estoy y tomarme igualmente del cabello por encima de mi nuca.

El primer contacto de nuestros labios no fue tierno. Fue hambriento. Todos los deseos retenidos y acumulados estallaron en ese mismo instante. Mis manos tiraron de esa camiseta corta y ajustada. Ella dio un gemido contra mi boca, sus dedos enterrándose en mi cabello, tirando con una fuerza que no me esperaba de ella. Nos movimos casi a ciegas, tropezando, hasta que mi espalda chocó contra el tronco de un mangle.

«Cómo quise que esto se repitiera», confesé entre besos que bajaban por su cuello, saboreando el sudor que corría por su piel.

«Me tenías loco», salía otra confesión de mis labios.

«Yo también», jadeó ella, desabrochando mi pantalón con manos expertas.

«Por eso vine hoy. Sabía que vendrías solo», confiesa la muy putita.

No hubo más preámbulos, no hubo romanticismo, ni mucho menos previa. Era pura necesidad animal, una lujuria desmedida que reclamaba su derecho de actuación. La levanté, ella me abraza del cuello con sus manos y enlazó sus piernas alrededor de mi cintura, anclándose. Seguimos besándonos. El roce de su ropa interior de tela fina contra mi abdomen era una tortura, sintiendo el calor de su entrepierna. Yo acariciaba todo su cuerpo, como si jamás lo había hecho antes.

Me termino de bajar el pantalón y el bóxer, llegan hasta la rodilla. Sin bajarla y con movimientos bruscos, toscos y hasta torpes, hago a un lado el cachetero que lleva puesto. Está muy mojada, la muy zorrita. Busco colocar mi pene en su entrada vaginal, así el aire húmedo del manglar nos envolvió, testigo mudo de nuestro acto prohibido.

Nos miramos, antes de que cualquier otra cosa sucediera, nos besamos nuevamente. Pero nuestros cuerpos piden consumar el acto. Cuando la penetré, ambos gritamos, un sonido ronco que se perdió entre los árboles. Era un encuentro feroz, un ritmo dictado por la urgencia y los años de experiencia acumulada. El tronco del mangle crujió a mi espalda con cada embestida. Sus uñas se clavaban en mis hombros, sus gemidos eran órdenes en mi oído. Miré su rostro, contraído en un éxtasis y era un espejo del mío. Era más intenso, más crudo, más real de lo que nunca me había atrevido a imaginar.

Me volteo sin dejarla de tener encima, el tronco me raspaba la espalda y era incómodo seguir así. Ahora ella está arrecostada al árbol. No me suelta el cuello y yo no suelto sus nalgas. De esta manera mis caderas tienen mayor libertad para penetrarla. Ella lo siente en la primera de las embestidas en esa posición, gritando como jamás la había escuchado. Me abraza más fuerte y sus gemidos siguen cerca de mi oído, siendo el combustible perfecto para seguir lo que estaba haciendo.

Aunque todo era excitante y energizante, siento que debo seguir de otra manera. El sonido que raspa la espalda de ella me indica que lo haga. Me detengo, la bajo al suelo, la volteo y la coloco de espaldas a mí, ella ahora abraza el tronco de mangle. Le bajo la falda y el cachetero a la vez, hasta llevarla a las rodillas, veo y acaricio sus nalgas. Ella sabe lo que viene. Vuelve a gritar de placer, al sentir cómo la penetro de nuevo con más intensidad que antes. Por la estatura que tiene y comparada con la mía, con cada embestida que recibe, su cuerpo se levanta, haciendo que sus pies se alejen del suelo, hasta llegar a estar casi suspendida en el aire.

«¡Dios Mío!… ¡Ahhh!… ¡Me tenías ganas!», dice entre jadeos y gemidos.

«Desde siempre mi amor… Ufff-ah… desde siempre», le respondo como puedo.

Las ansias contenidas salen a relucir, de una manera que jamás me imaginé. Quiero penetrarla mejor y se me ocurre algo. Le alzo la pierna derecha, tomando la parte posterior de su rodilla. De se dificulta un poco, ya que su zapatilla se enreda con las prendas que tiene puesta. Se zafa de ella y la acomodo como quiero. Me giro solo un poco y la penetro de nuevo. Los gemidos hace rato se convertían en gritos, pero desde este momento sus gritos parecían aullidos de hembra. Además, no sabe si agarrarse del árbol, de mí o del suelo. Lo que si sé es que la penetro más profundamente con cada embestida. Así quería tenerla: bien culiada, bien penetrada y profundamente … Y estamos así por unos minutos.

Siento que voy a terminar, mi mano que estaba acariciando su espalda y le daba unas nalgadas en el proceso, toma su cabello. Se lo jaló con fuerza. Mi otra mano no baja su pierna derecha. Cuando siente el jalón en su cabello, ella reacciona sabiendo que vendrá. Se aleja un poco del tronco y comienza a recibir de mi parte embestidas mucho más fuertes e intensas, que hace que grite de placer. Ya no importa si nos escuchan o no, de seguro nadie lo hará.

«Ah-ahh-ahhh… ¡Voy a acabar!», digo casi soltando las palabras de mi boca.

«Échalo adentro… Siii… Bien adentro», contesta la muy puta.

El clímax nos llegó como un maremoto, arrasándonos a los dos casi al mismo tiempo. Un temblor violento, un sonido desgarrador sale de ella contra el tronco y mi propio gruñido sordo, animal, brutal. No dejaba de moverme, la seguía penetrando con cada expulsión de semen. Su vagina lo succionaba con unos movimientos delirantes. Al extraer la última gota de mi lechita, nos calmamos. Nos quedamos allí, pegados, jadeando, mientras el mundo poco a poco volvía a su sitio. Yo acariciaba sus pequeños senos debajo de su camiseta, ella tratando de abrazarse al tronco para no caerse. El canto de un pájaro, el rumor del caño y el andar de los cangrejos eran los sonidos que acompañaban esa consumación pecaminosa.

Me separo con cuidado, la volteo y la beso en los labios. Nos soltamos, mirándonos a los ojos.

«Estuvo mejor que la otra vez», dice ella con una gran sonrisa en sus labios.

«De seguro los demás que vendrán, serán mucho mejores», contesto.

Ella sonríe con mucho más gusto.

Abrazados a ese árbol, nos fuimos recuperando de los jadeos y de las alteraciones respiratorias.

Nos arreglamos, después de que nuestras respiraciones tomaran el ritmo adecuado y nuestros latidos se calmaran lo necesario. Ella trata de limpiarse, venía preparada la muy zorra. Se arregló la ropa, la falda tenía restos de nuestros fluidos que logró quitar o al menos disimular a la vista. Se ajustó el cabello y me mira nuevamente a los ojos.

«Por favor, no quiero que lo sepa nadie. Yo tengo un novio que amo y que me adora, además soy la mejor amiga de tu hija. Solo me gusta culiar con vos, ese guevo tuyo me llena mucho más que el de mi novio», dijo con voz serena y hasta con un tono práctico.

«Tranquila, nadie lo sabrá», contesto sin titubear.

Acercándome a su oído le susurro «Y a mí me gusta mucho echarte esas culiadas que tanto te llenan», le devuelvo el comentario.

Se muerde suavemente su labio inferior por lo que escucha y me besa con ansias.

Caminamos de vuelta por el sendero, ahora con una distancia prudente entre nosotros. No intercambiamos más palabras. Al llegar al claro donde se acercaba la salida, ella se detuvo.

«Chao», dijo despidiéndose.

«Cuídate mi linda», me despedí.

Echó a correr, desapareciendo entre la espesura del sendero con la misma rapidez con la que había aparecido. Yo me quedé allí, respirando hondo, el olor a descomposición, a tierra y a sexo aún impregnándome. Luego de unos minutos, giré y caminé hacia la salida, hacia mi vida, llevando para siempre el manglar dentro de mí, no como un refugio de paz, sino como el escenario de un secreto ardiente y perfecto.

Espero que les haya gustado, trataré de estarles relatando otras de mis aventuras sexuales… ¡Larga vida y prosperidad! 🖖🏻

10 Lecturas/15 septiembre, 2026/0 Comentarios/por angeldelasfiestas
Etiquetas: amiga, hija, mayor, puta, semen, sexo, vagina, vecina
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